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lunes, 10 de marzo de 2025

El presidente traductor [DIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Un traductor nos da la bienvenida a la UCV

 

 

         En 1808, fecha en la cual ocurre el que quizá sea el primer acontecimiento que podamos llamar antecedente —o, mejor, causa— de la declaración de independencia de Venezuela, un venezolano tradujo uno de los textos que, junto con otros cuantos, dio sustento político e ideológico a todo el movimiento de independencia en toda América Latina: El contrato social (1762), de Juan Jacobo Rousseau (1712-78).

         Lo que puede parecernos curioso es quién tradujo semejante libro, considerando las demás disciplinas a las que se dedicaba o por las que se ganó su página en la historia. Este traductor era principalmente científico, y también fue profesor universitario. Entre 1827 y 1829 dirigió la Universidad Central de Venezuela como el primer rector de su historia republicana. También fue político y legislador, senda por la cual llegó a convertirse en 1835 en el primer presidente civil de Venezuela. Este traductor se llamaba José María Vargas (1786-1954).

         Gabriel González Núñez, investigador de la Universidad de Texas, asegura que el doctor Vargas tradujo esta la obra de más conocida de Rousseau con el propósito de leérsela a sus amigos en las reuniones secretas que sostenían para analizar la situación los ciudadanos americanos con respecto a la situación política de la monarquía española, que en mayo de 1808 había sido depuesta por Napoleón Bonaparte. Vargas y otros intelectuales venezolanos comentaban el texto y de alguna manera preparaban (o se preparaban para iniciar) un futuro movimiento rebelde. González Núñez cree que para 1811 la traducción ya estaba terminada. (En 1802 el argentino Mariano Moreno la había traducido, pero no la publicaría antes de 1810.) No existen evidencias de que la de Vargas haya sido editada alguna vez. Sin embargo, el autor, basándose en un comentario de Pedro Grases, piensa que una traducción de El contrato social que se vendía en Caracas en el año en que se firmó el Acta de Independencia puede ser la que salió de las manos de Vargas.

         Cada cierto tiempo me sorprende la cantidad de personajes prominentes de la historia de Venezuela que se han dedicado en algún momento a la traducción. En los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, casi no había otra opción: estos eran los personajes que habían tenido la oportunidad de estudiar, viajar, aprender idiomas extranjeros. Sin embargo, en casos como el de nuestro doctor-docente-parlamentario-rector-presidente-traductor, uno se sorprende por la cantidad de áreas en las que destacaba y los aportes que hizo, que ahora vamos descubriendo poco a poco. De hecho, llega a tal punto la amplitud de los conocimientos y habilidades de este ciudadano de La Guaira, nacido un 10 de marzo, que con razón en su honor se celebra hoy el Día del Médico en Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DIII / 10 de marzo del 2025




Otros artículos de Edgardo Malaver


lunes, 16 de mayo de 2022

Más bien que Gómez [CCCLXXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Francisco Herrera Luque, autor de En la casa
del pez que escupe el agua (1978)

 

 

 

         Si me pusiera en esta tarde de lunes, para homenajear a mi abuela, que hoy cumpliría 101 años de edad, a enumerar las expresiones graciosas, hermosas o sabias que decía cada día, se me acabaría la semana sin que hubiera hecho otra cosa que narrar y narrar sus historias. Ya me detengo bastante tiempo en ellas cuando hablo con mis hijas, con mis alumnos o con parientes que, inocentes, a veces pisan la trampa de recordarla conmigo.

         Una que recuerdo mucho, que, de hecho, utilizo todos los días cuando me saluda alguien conocido, es estar más bien que Gómez. Usted me llama por teléfono y me pregunta: “¿Cómo estás, Edgardo?”, y yo respondo, como impulsado por un resorte: “¿Yo? Yo estoy más bien que Gómez”. Comencé a escuchar y a repetir de mi abuela esta expresión hace mil años y fue hace bastante poco que me di cuenta de que no dice “mejor”, sino “más bien”, que algo tiene que significar.

         La mayoría de las personas a quienes les confío esta respuesta piensa que lo digo porque Gómez (Juan Vicente, 1857-1935) “está muerto y yo estoy vivo”, pero casi no tiene nada que ver con eso. Digo casi porque ciertamente, en la mentalidad popular, en la mente de todos, vivir es estar “más bien” que estar muerto, pero, si la pensamos un poco, esta expresión nos revela unas implicaciones políticas e históricas que no aparecen a primera vista.

         Nunca se me ocurrió preguntarle a mi abuela lo que significaba estar más bien que Gómez, pero sabemos que, al llegar al gobierno, incluso ya desde los tiempos en que no era más que la sombra de Cipriano Castro (1858-1924), a Gómez comenzó a irle muy bien. Pasó de ser un hacendado sin muchas pretensiones de una apartada provincia andina a ser el hombre más poderoso y acaudalado de Venezuela; Gómez tenía tanto poder que ni siquiera se sentía obligado (aunque sus muchas constituciones lo decían expresamente) a residir en la capital de la república para gobernar. La fortuna de Gómez, que según el historiador Ramón J. Velásquez (1916-2014) ascendía al final de su vida a 115.000.000 de bolívares, estaba diseminada por todo el territorio de Venezuela. Además, lo que se le antojaba a Gómez, como si hubiera nacido de un rey de la Edad Media, era ley irrefutable. O sea, no es difícil concluir que cuando el dictador estaba en la cúspide de su poder, que entre abril de 1910 y el día de su muerte en diciembre de 1935, fue todo el tiempo, nadie estaba mejor que él.

         En 1935, Juanita Lárez, mi abuela, era ya una muchacha grande. Sus mayores y el entorno de la familia, la gente en general, toda Venezuela, debía utilizar aquella expresión para significar ‘estar muy bien’, como hipérbole del bienestar que disfrutaba la persona cuya situación era insuperablemente mejor que la de todos los demás en todo el país. Ella probablemente la oyó decir desde su nacimiento, y la utilizó en su juventud, en los años en que yo era niño, durante mi adolescencia y más tarde, hasta que los sonidos abandonaron sus labios.

 

* * *

 

         Llega alguien a casa por la tarde y le pregunta a mi abuela:

         —¿Cómo te has sentido hoy, Juanita Lárez?

         Y ella, margariteñamente, contesta:

         —¿Yo? Yo estoy más bien que Gómez —y agrega después de un segundo, con picardía—: Jodío está aquel a quien yo le debo... porque este año no le puedo pagar.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXIV / 16 de mayo del 2022

 

 

 

lunes, 1 de julio de 2019

Un ex nunca muere [CCLXVI]

Edgardo Malaver


 
Primavera de la vida (1859), de Camille Corot


        Pongo a mis alumnos a investigar sobre algunos venezolanismos “en vías de extinción” y una de las muchachas del grupo se interesa por la palabra coroto. El segundo paso es “averiguarle la vida” a la palabra, utilizarla, encontrar textos en que aparezca, explicarla, hacerle promoción. En pocas palabras, hay que “apadrinar” un venezolanismo y, tal como se haría con un hijo adoptivo, acogerlo en casa: “darle alimento, techo, vestido, educación y, lo más importante, cariño”.
         Esta estudiante, entonces, eligió coroto. Gran alegría para mí porque es de los que más uso. En la primera clase en que tiene una oportunidad, reporta un avance sobre su rastreo etimológico: como por arte de magia, se ha tropezado con la historia de los cuadros de Camille Corot (1796-1875) que tenía el general Antonio Guzmán Blanco (1829-99) en el palacio de gobierno. Sea o no sea cierta esa versión, vamos bien: la estudiante está trabajando con entusiasmo. El tema de Ritos esta semana, sin embargo, aparece cuando la alumna habla de Guzmán Blanco. Lo llama “expresidente Guzmán”. Y yo me detengo: ¿sí?, ¿de veras hay que referirse a un tipo como Guzmán Blanco como expresidente?, ¿contará sólo el hecho de que en el presente ya no lo sea?
         Yo creo que no cuenta. Lo regular, sí, es que un mandatario se convierte en expresidente cuando cesa en sus funciones, y sigue siendo expresidente per secula seculorum, a menos que vuelva a serlo o que asuma otro cargo y se le comience a llamar como corresponde al nuevo cargo, y luego se convierta en exministro, exgobernador, etc. O que muera, ¿no? Me parece a mí —digo yo, se me ocurre, así, como una idea loca, ya me dirán ustedes— que si se trata de alguien que ya no vive, ya no tiene sentido utilizar el prefijo ex-. El uso de la palabra presidente, cuando todo el contexto indica pasado remoto, no significa que estemos hablando el actual jefe del gobierno.
         Al hablar de Vargas, de Monagas, de Gómez, uno dice presidente porque habla de ellos en presente histórico, esa maravilla de conjugación de los verbos en presente que, siendo la misma de siempre, significa pasado y no presente. Por ejemplo, uno dice “Andrés Bello vive en Londres hasta 1829”, y nadie se pregunta si esa es la fecha del día de hoy. Y cuando hoy decimos que el tirano Aguirre entra en Venezuela por el Orinoco, no pensamos que esté explotando petróleo con una empresa rusa o china. No sé si el presente histórico pretende traer frente a nosotros los acontecimientos del pasado o deseamos con él transportar a nuestro interlocutor al día de los hechos. Qué bonita sería lograr esta segunda opción, ¿verdad?
         A pesar de ello, incluso si usamos el verbo en pretérito, nadie necesita que le aclaren que Páez, Rojas Paúl y Betancourt ya no son presidentes. A ver: “La carretera fue construida por Cipriano Castro, presidente de Venezuela entre 1899 y 1908”. No cabe usar el prefijo porque hablamos de aquel momento, no del actual. Otro ejemplo: “Los problemas que agobiaron a la población en los tiempos del presidente Medina no han sido estudiados suficientemente”. Si hablamos del momento en que el general Medina era presidente, no tiene mucho sentido que lo llamemos expresidente porque en ese momento no lo era. Meses después había que hacerlo, pero ahora no.
         Aunque lo menos que quiero es hablar de políticos y, mucho menos, de militares, pienso en aquellos cuatro presidentes de Venezuela que murieron en ejercicio del cargo: Linares Alcántara, Gómez, Delgado Chalbaud y Chávez. Es dudoso en este último caso, y es el más reciente, pero aún así no tiene sentido llamarlos expresidentes. Nunca lo fueron —esto también es muy discutible en el último caso—, pero si no lo fueron en vida, ¿pueden serlo ahora?
         Pero volvamos a lo verdaderamente importante: la lengua. ¿Quién quiere, fuera de mi clase, apadrinar un venezolanismo en vías de extinción? O colombianismo o mexicanismo o uruguayismo, según prefiera cada quien. ¿Alguien quiere rescatar alguno del olvido? ¿O simplemente hablar de él con cariño?

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXVI / 1° de julio del 2019



Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 10 de julio de 2017

Plebiscito [CLX]

Edgardo Malaver



En el 287 antes de Cristo, el pueblo romano se fue
de Roma hasta que se le reconocieron sus derechos


 


         Yo conocí la palabra plebiscito de labios de mi abuela Juanita, que me contaba a menudo su relato particular del final de las dictaduras de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Días o semanas después, oí a alguien más hablar del mismo tema, pero decía más bien plesbiscito. La confianza que le tenía a mi abuela era tal, que no se me ocurría de ninguna manera que ella se hubiera equivocado, así que, para estar preparado si se presentaba la ocasión, corrí a mi diccionario, y descubrí, primero, esa extraña ese antes de la ce y, luego, que la otra, la de la primera sílaba, como yo pensaba, era un error.
         En noviembre de 1957, Pérez Jiménez, sabiendo que, como 1952, no iba a poder ganar lícitamente las elecciones, decretó la realización de un plebiscito (no previsto en la Constitución de 1953) para que los ciudadanos decidieran si debía o no seguir en el gobierno hasta 1962. Durante la votación, que ocurrió en mitad de un período de protestas populares fuertemente combatidas por los cuerpos de seguridad, los votantes recibían un sobre con dos tarjetas: una circular y azul que expresaba el voto afirmativo y la otra cuadrada y roja para votar en contra del gobierno. Había que introducir una sola en la urna.
         Como suele suceder en las dictaduras, los empleados públicos fueron amenazados con perder sus trabajos si votaban por el no. En mi familia, mi tío Miguel, cuñado de mi abuela, trabajaba en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias (INOS) y el día siguiente del plebiscito debía llevar a la oficina cinco tarjetas rojas para demostrar que su familia había apoyado a Pérez Jiménez. De modo que la mía y muchísimas familias venezolanos debían encontrar una forma de votar en contra y, a la vez, conservar el empleo. La solución para mi abuela fue convertirse en una de los 186.015 votantes (6,35 por ciento) que entregaron el sobre vacío y se llevaron las dos tarjetas en un bolsillo.
         Los plebiscitos tienen una larga historia y un origen honroso. La lucha por la igualdad de derechos entre patricios y plebeyos en Roma comenzó unos 600 años antes de Cristo. Los plebeyos habían ido conquistando posiciones y objetivos hasta que, en el 287 antes de Cristo, a raíz de una victoria militar importante en los Apeninos, los patricios derogaron arbitrariamente los derechos de la plebs, del pueblo. La respuesta de éste fue abandonar en masa la ciudad, con lo cual paralizaron, de la noche a la mañana, casi todas las actividades cotidianas en toda Roma, acontecimiento que terminó llamándose Secessio plebis (separación plebeya).
         Congregados en lo que hoy se llama Trastevere, redactaron un proyecto de ley en la que las decisiones de los plebeyos, tomadas por medio de plebis scita, adquirían rango de ley para todos los ciudadanos romanos sin necesidad de aprobación del Senado. No volverían a Roma a menos que se aceptara y pusiera en práctica esta norma. Los nobles, temiendo la ruina económica de la ciudad a causa de la ausencia de la mano de obra, la aprobaron inmediatamente.
         La palabra plebiscito, entonces, se forma del genitivo plebis y el sustantivo scitum (resolución, decreto). Scitum está relacionado también con debate, dilucidación, consenso, y está presente en la raíz de nuestro sustantivo ciencia. En suma, puede traducirse plebis scitum como ‘decisión de la gente’. Y como se transparenta, no hay razón para pronunciar esa ese en la primera sílaba, porque la palabra plebe, que también tenemos en español desde siempre, no la incluye.
         En este momento de la historia de Venezuela, sin embargo, junto con el conocimiento de la palabra, de su pronunciación y su significado, lo que más valdría la pena sería hacer honor a su origen: la lucha por la igualdad de todos ante la ley, sin ventajas para los poderosos. En diciembre de 1957, Pérez Jiménez volteó las cifras del voto para permanecer en Miraflores. Logró salirse con la suya porque, en apariencia, tenía todos los poderes de su lado... y el miedo de mucha gente. Un mes después, fue él quien tuvo miedo cuando se le volteó todo el mundo.
         Hoy en Venezuela, miedo tienen muy pocos. Y como en Roma, los que están acorralados son los que están en el poder. Que decida la gente, diría un romano descalzo. Yo pienso en mi abuela, y oigo dentro de mí su voz que me dice y me repite: “Vivir en dictadura es lo peor, lo peor”.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLX / 10 de julio del 2017

lunes, 29 de mayo de 2017

Los números ordinales de la república [CLIV]

Edgardo Malaver


A la incontable multitud de estudiantes que, demasiado jóvenes aún,
han muerto en las calles de Venezuela en los últimos 60 días


Santiago Mariño (1788-1854) liberó Cumaná en 1813,
lo que permitió la fundación de la Segunda República



         Milagros Socorro publicó la semana pasada un artículo en la revista Clímax en que afirma con verdad: “Está claro que el lenguaje es una conducta”. Ciertamente, así como uno comunica, expresa, dice algo al hacer las cosas, también está uno haciendo algo al decir cualquier palabra que diga. El artículo de Socorro trata del atrevimiento del gobernador Henrique Capriles contra el presidente de la República. El acto de habla de Capriles, el de insultar, equivalió —y no sólo en la visión de la autora— a lanzar una piedra a la frente del gobierno en medio de las cotidianas y enormemente desproporcionadas agresiones de los cuerpos de seguridad del Estado contra los manifestantes en la calles de Venezuela durante todo el mes de abril y el mayo que ya va a terminar. Lanzando gases, chorros de agua, metras, puños, culatazos y balas, el gobierno informa al pueblo que no tiene derecho a exigir derechos —ni aun a la vida— y, lanzando una palabra, la oposición intenta descargarse de la rabia, la tristeza y el dolor de la muerte. De lejos quizá no, pero en el asfalto o junto a la tumba de un hijo, ese desbalance —el político y el lingüístico— es una daga punzante.
         En medio de este reguero de sangre, el presidente ha convocado a una asamblea constituyente, con lo cual retrocedemos, cuando menos, a 1999. Ese año comenzó a construirse, más discursiva que jurídicamente, una “noción” que se ha llamado “quinta república”. El recién contratado presidente de aquel momento argumentó que como se iba a redactar una nueva constitución, nacía una nueva república en la que pretendía erradicar los vicios de la anterior. Lo había anunciado en la campaña electoral, de modo que no le fue difícil implantar la idea en las encandiladas mentes de las mayorías. Lo apoyaba la mayoría, también cegada por el relámpago de la novedad, que tenía el exsoldado —¡ja!— en su Asamblea Constituyente. (Lo que es más, dijo que el país iba a llamarse “República Bolivariana de Venezuela” y al principio la Constituyente lo discutió y no lo aprobó, pero él refunfuñó y al día siguiente lo complacieron.) Pura creación de la lengua: toda una situación concreta, que modificaba radicalmente la vida de millones y millones de personas, salida de un par de palabras de un solo hombre.
         Cada vez que en los últimos 20 años he oído decir algo como “Esto no era así en la cuarta”, he intentado introducir la idea, casi nunca escuchada, de que aún estamos en la cuarta república, la que nació al disolverse la Gran Colombia en 1830. Los poquísimos que me han escuchado me han respondido: “Pero hay una nueva constitución”. De ser así, la actual sería en realidad la vigésima sexta república. ¿Dónde está la falacia? ¿Qué marca el fin de una república y el comienzo de otra?
         La Primera República, fundada con la adopción de la Constitución Federal de 1811, se extinguió el 25 de julio de 1812, con la Capitulación de San Mateo ante el general español Domingo Monteverde. (Esto significa que murió la república, el intento de echar adelante una nación nueva, ya no existía más.) La Segunda, nacida el 3 de agosto de 1813, cuando Santiago Mariño liberó Cumaná, pereció en la Quinta Batalla de Maturín el 11 de diciembre de 1814. (Otra vez dejó de existir Venezuela como país.) La Tercera se instaló en Angostura el 18 de julio de 1817 y desapareció el 17 de diciembre de 1819, al sumarse, por decisión del Congreso, a la recién fundada República de Colombia. (O sea, por tercera vez, Venezuela retrocede a la condición de provincia de otro Estado, ahora republicano.) Finalmente, el 6 de mayo de 1830, principalmente por influencia de José Antonio Páez, Venezuela reestableció sus instituciones republicanas y amaneció la Cuarta República. Desde entonces, por más laberíntica que haya sido la historia constitucional, no ha habido interrupción en la existencia de la república, ni siquiera de horas. Guerras civiles, vacíos de poder, gobiernos de facto, juntas de gobierno, democracia, alianzas cívico-militares, fraudes electorales, intentos de invasión, crisis económicas, presidencias efímeras y prolongadas, buenas y malas épocas, idas y vueltas, nada ha causado la ruptura ni el cese de la Cuarta República en 187 años.
         Aunque está claro que es un asunto que deben respondernos ante todo los profesionales del estudio científico de la historia y del derecho, parece fácil entender que lo que sucedió en 1999 había sucedido también en 1857, en 1858, en 1864, en 1874, en 1881, en 1891, en 1893, en 1901, en 1904, en 1909, en 1914, en 1922, en 1925, en 1928, en 1931 (estas últimas seis, por cierto, aprobadas para complacer a un solo presidente: Juan Vicente Gómez), en 1936, en 1947, en 1953 y en 1961. Probablemente en algunos casos, o en todos, la necesidad de adoptar una nueva constitución fue disfrazada de urgencia de “abolir los viejos vicios del pasado”, pero nunca se abolió la república jurídicamente ni se creó una nueva. En 1999 tampoco.
         La conclusión es que la “quinta república” existe apenas en el discurso político, adoptado con demasiada facilidad por la mayoría, incorporado activamente a su habitual “conducta”, como dice Socorro, aunque la historiografía aún ponga en duda la existencia de tal período histórico.
         Como ya sabemos, lo que llega al discurso, no se va de la mente de los hablantes y se propaga de generación en generación. Pero el problema no es el discurso, sino la poca reflexión que se hace al respecto. Y ahora que se ha convocado una nueva constituyente, aunque 79,9 por ciento de los venezolanos no la cree necesaria o se opone a ella, hay quienes han comenzado a hablar de la “sexta república”. Más palabras, pero... ¿más conciencia? Más lenguaje para crear más conductas. El peligro ahora, incalculable por incierto y por inmenso, es que esta vez, si termina realizándose, lo que puede llegar a convertirse en puro y simple discurso, vacío de significado y sin representación concreta en la realidad, es la república misma, sin números ordinales.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLIV / 29 de mayo del 2017

lunes, 9 de enero de 2017

We will come back [CXXXVIII]

Edgardo Malaver



Gallegos en sus años mozos, recién casado
con doña Teotiste Arocha


 

         Los presidentes de Venezuela son ideales para legar a las futuras generaciones frases llamativas, expresiones memorables, refranes, retruécanos, gritos de guerra, hasta conjuros para atraer fanáticos. Eleazar López Contreras (1883-1973), el primer militar venezolano que lo fue hasta el día en que se convirtió en presidente, imprimió en nuestra memoria lo que parecía ser su lema en medio del confuso susto que produjo la muerte de Juan Vicente Gómez (1857-1935): “Calma y cordura”. José Antonio Páez (1790-1873) no dijo su frase más notable como presidente, sino como soldado, pero su “¡Vuelvan caras!” trocó en victoria una matanza desoladora. En la madrugada del 23 de enero de 1958, acorralado por los militares sublevados, Marcos Pérez Jiménez (1914-2001) les dijo a sus más cercanos colaboradores: “Mejor vámonos, el pescuezo no retoña”.
         La llegada de la radio hace 90 años y luego la de la televisión en los años 50 proporcionaron una forma casi inalterable, pero sobre todo rápida y sencilla, de dejar registrados estos acontecimientos lingüísticos que en muchas ocasiones han contribuido a la unidad de los venezolanos... y en unas pocas, a destruirla.
         En 1978, cuando después de dos períodos presidenciales en el poder, Acción Democrática perdió las elecciones, los periodistas abordaron a Rómulo Betancourt (1908-81) en busca de las impresiones del patriarca del partido. Él les respondió: “Les voy a decir lo que dirían los amigos americanos: we will come back”. A partir de ese momento, todos, todos, todos los venezolanos, en todas las situaciones posibles e imaginables, respondían a todo y a todos: “We will come back”. Una generación más tarde, ya nadie utilizaba la expresión, pero su presencia en el habla cotidiana venezolana fue mil veces más que omnipresente.
         Hoy en la mañana, el presidente de Venezuela, conocedor de la decisión que estaba a punto de tomar la oposición en el parlamento, bromeaba diciendo: “No sé si todavía soy presidente”. Tiene toda la sonoridad de una de esas frases que se incorporan, por lo menos largo tiempo, al habla popular (y sobre todo al humor popular) hasta que llega alguna otra que la desplaza con renovada gracia... o falta de ella. En el futuro, si esta frase trasciende, seguramente nuestros nietos se preguntarán cómo era posible que el presidente no supiera si seguía siéndolo... o que bromeara al respecto. Sin duda, no es una situación regular. Y es quizá eso lo que distingue a estas afirmaciones asociadas al poder: que nacen de una situación bastante irregular. En la democracia, por lo menos aquellas en que están más o menos derechas las cosas, se sabe con toda claridad hasta cuándo será presidente el presidente.
         En situaciones irregulares, indeseables, desventajosas estaban también López Contreras, Páez y Pérez Jiménez. Y también Betancourt. Simón Bolívar (1783-1830), el día del terremoto de 1812, también estuvo en medio de una circunstancia harto adversa que él terminó revirtiendo a su favor. ¿Y qué frase histórica hemos citado los venezolanos más que “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”?
         Por ahora (¿quién recuerda este embrujo de frase?), no existe calma ni cordura en Venezuela, y su lengua lo manifiesta como acostumbra hacerlo según el estado de la historia: crispándose, violentando al interlocutor, cercándose para no compartir nada con nadie. La lengua bien puede, digamos para imitar a Luis Herrera Campíns (1925-2007), hipotecarnos los demás sectores del espíritu. Por eso la lengua, como el petróleo, bien podría sembrarse, como diría Arturo Úslar Pietri (1906-2001), que nunca fue presidente pero fue candidato. El habla de los presidentes bien podría influir en el desarrollo de todos los demás ciudadanos. No sé qué habría que hacer para lograrlo, pero, como diría Rómulo Gallegos (1884-1967), “un día será”.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXXVIII / 9 de enero del 2017