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lunes, 13 de abril de 2026

Una letra pequeñita que se mudó de idioma

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Monsieur le prof Bernard Cerquiglini

 

 

         No sé cómo ni cuándo comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores, es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun sin decir por qué, queda recomendado.

         Ayer o anteayer me llegó el aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés. ¡Pero...! ¡Resulta que es española!

         Se ve de lejos que, en francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín (que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.

         Por supuesto, en esta regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en francés: zède!).

         En francés pasa lo mismo, o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’) habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu (‘concebido’) sería /concú/.

         En español la cedilla habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia. También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual sentirse a gusto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 13 de abril del 2026

  

lunes, 5 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (I) [DXII]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

Momento en que Giuseppe Farina se convierte en el primer
campeón de la historia de la Fórmula 1 (1950)

 

 

         En primer lugar, debo disculparme con el público de Ritos de Ilación. Hace un año cometí la descortesía de abandonar una tarea a más de cuatro quintos de terminarla y, aunque he vuelto a aparecer por aquí, no he dado explicaciones. Quizá nadie se acuerde, pero en mis vacaciones del 2024 comencé a ofrecer una serie de artículos sobre el alfabeto español mientras viajaba por Venezuela, y en el momento en que repentina y anticipadamente tuve que volver al trabajo, se me acabó el combustible. Me quedé en la de.

         Estaba a punto de coger camino de Mérida a Chiguará cuando tuve que devolverme. Este año, después de tres días en Caracas, estoy otra vez en Valencia, con la familia de mi amiga Alejandra. Su hijo ya lee bien, incluso en lugar de pedirme anoche que le leyera un cuento, me pidió que lo escuchara leérmelo: “El soldadito de plomo”, su “historia de amor favorita de todos los tiempos”, dice.

         Entonces, sigue la e. Aunque en nuestro recuento es la sexta, la Academia la pone en el quinto puesto. Con ella comienzan 7.174 palabras (8,15 por ciento de las reunidas en la más reciente edición del diccionario). Pero, en conjunto, 11,75 por ciento de las palabras de la lengua española tienen al menos una e en alguna de sus sílabas.

         En la noche misteriosa del tiempo, esta letra puede haberse originado en cierto signo de los jeroglíficos egipcios que se parecía, más que a una letra, a un muchacho levantando los brazos como si brincara de alegría. Y alegría era lo que significaba ese signo para egipcios y hebreos, al menos al principio, es lo más probable. Ya faltando mil años para el nacimiento de Cristo, parecía más bien una bandera de las que les anuncian a los pilotos de Fórmula 1 el final de las carreras, pero no con cuadritos sino con rayas horizontales, inclinadas hacia abajo y a la izquierda. Los griegos la voltearon a la derecha, la llamaron épsilon, y ¿los romanos qué hicieron? Se la copi... ¡perdón!, la adoptaron, y así llegaron a la E mayúscula que uno reconoce hoy en día. No les menciono la Edad Media ni la Revolución Francesa porque ya ustedes saben que sin la e no habría habido Europa.

         Si pensamos que los egipcios comenzaron a hacer trazos inteligibles sobre la piedra hace más de 5.400 años, nos podemos imaginar la de historias que puede contarnos la e... ¡Y la de fans! La e, que hasta la mitad del siglo XIII era la única conjunción copulativa que conocían los hablantes del castellano —no se había destetado del todo de la conjunción et del latín—, recibió por esa época una visita helénica que, para el siglo XVII terminó quedándose en territorio hispánico: la y; y la gente, que no tenemos vida suficiente para saltar de una moda a la siguiente moda, ahora preferimos decir Pedro y María antes que Pedro e María, tan bonito que suena —los que estudiáis italiano me entendéis—. Pero un momento, la e tendrá otras debilidades, pero miedosa no es, de modo que no se le escapa ocasión de meterse entre dos palabras donde se pueda encontrar con su pariente latina: la i; y así, gracias a nuestras madres que nos corrigen, preferimos decir más bien soñar e imaginar, e incluso uvas e higos. Nos dicen en la escuela que es porque la repetición del sonido /i/ sería cacofónica —que es cierto—, pero sabemos en nuestro interior que es porque el sabor de las palabras de nuestros antepasados es más dulce.


(Volvemos la semana que viene con la segunda parte.)

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXII / 5 de mayo del 2025

 

 

 

Otros artículos de Ariadna Voulgaris

La a, primera y principal

La be, la casa de todos

La ce, joroba del desierto

(La che, peregrinación de una paria)

La de, puerta y arco 


lunes, 9 de septiembre de 2024

El guion de la ciencia-ficción [CDLXXVII]

Edgardo Malaver



Primera novela de ciencia-ficción de autor
venezolano: Pepe Alemán (1933)




No bien apareció, la semana pasada, el breve comentario que hice sobre la palabra robot, me escribió nuestra amiga Ariadna Voulgaris para preguntarme por qué le ponía guion al término ciencia-ficción. Aunque la alegría mayor es que me haya preguntado, le he explicado que es ahora, en el siglo XXI, cuando veo que otros escriben el término sin guion. Traigo la costumbre de ponerle guion a este término desde la época en que comencé a leer las novelas de Isaac Asimov y de Robert Heinlein, en mi adolescencia, y aunque la memoria hace con los recuerdos lo que le da la gana, yo recuerdo que en aquellos días siempre veía unidas con guion las dos palabras. La memoria es tan tercamente fiel a lo que uno quiere recordar que hasta recuerdo haberle explicado a alguien en el liceo —¿habrá sido a mi compañera Paula Rojas, de quinto año?— que, escrito así, significaba que las historias eran “al mismo tiempo científicas e imaginarias”. Así lo sentía yo al leerlas, así parecían querer mostrárnoslas los autores. Me encontraba en aquellos textos aparatos que, sin fuego, sin ingredientes, sin habilidades culinarias, ofrecían a los personajes exquisitos y nutritivos platos, para lo cual estos apenas tenían que tocar un botón. Estos aparatos, sin embargo, respetaban por ejemplo la ley de la gravedad. Si algo tropezaba con ellos, se caían al piso, incluso se estropeaban. Había personajes que ni siquiera sabían que en un pasado remotísimo había existido la Tierra, pero eran capaces de explicar la naturaleza del sonido de la Pequeña serenata nocturna que era perfectamente racional y perfectamente artística. Los personajes pertenecían, por ejemplo, a una especie del futuro, heredera nuestra, pero las emociones y el arte eran parte de su ciencia.

Además de esto, que debería ser suficiente para usar el guion, ¿qué habrá influido en mí para que lo hiciera con tanta convicción hasta ahora? ¿Habrá sido la forma sci-fi, en inglés, que nadie escribe de otro modo? (Cosa curiosa, por cierto, porque, observo ahora, al nombre completo tampoco le ponen guion en inglés.) Ariadna cree que es “un caso de rebeldía galileana”, pero yo no soy capaz de tanto heroísmo. Tiene que haber alguna otra razón... que implique menos riesgo.

Como todas las fuentes que lo mencionan, leo lo que dice la Academia al respecto. Para resumir, afirma que hay que escribirlo sin guion (ver 1.3.a. Sustantivos). Sin embargo, la explicación que da me convence precisamente de lo contrario, y los ejemplos que pone me hacen pensar que tan loco no estoy. La Academia lo trata de simple “composición” de sustantivo más sustantivo, y no sé si se refiere a lo que en otros momentos se ha llamado aposición. Lo que sí es coherente en la explicación de la Academia es la distinción que hace entre las uniones ocasionales y las permanentes entre dos sustantivos, pero ciencia ficción se distingue en ambos conjuntos por el hecho de que el núcleo del sintagma es el segundo sustantivo y no el primero, como en todos los demás casos. En ese detalle puede estar la falla del argumento.

Ya estaba a punto de admitir ante mí mismo que había cometido ese error tan sencillo durante toda mi historia de lector —y claro que sí, considerando la norma, es un error—, cuando descubrí en mi computadora un artículo de esos que voy recolectando porque pienso que pueden ser útiles para mis clases y luego, sin que yo lo decida, pasan meses antes de que los lea. El artículo se titula “¿Qué clase de ciencia es la ciencia ficción?”, de Guillermo Rojo, aparecido en la revista española ABC Cultural el 15 de octubre del 2022. Aunque este autor está más interesado en expresar que el término science fiction debería llamarse en español más bien ficción científica, que es lo que significa, me da la idea de que, expresándolo así, el proceso de comprensión del nombre es sencillo y natural, típico de la lengua española, mientras que la “defectuosa” traducción como ciencia ficción (que ciertamente es defectuosa) requiere un esfuerzo que no muchas veces llega a buen puerto en la mente del lector. Es cierto que un coche bomba es un vehículo automotor que en algún momento explotará, y un perro guía es un animal que conduce a una persona ciega por la calle, pero la ciencia ficción no es una ciencia que existe solamente en la imaginación de un escritor. El solo título de Rojo, que con razón es interrogativo, nos revela desde antes de empezar a leer, este “pequeño” “problema” que no es únicamente terminológico. También es de traducción, y a mí me da la valentía que me faltaba para conservar mi visión sobre el guion de ciencia-ficción.

En mi mundo, donde la ciencia es tan importante como la ficción, la definición de la ciencia-ficción como subgénero literario narrativo y toda su evolución (que no esperó el siglo XX para iniciarse) admiten pocos desvíos de aquella idea elemental que debo haber encontrado en algún texto de los que leía antes de terminar la secundaria: “historias que son al mismo tiempo científicas e imaginarias”. Estas historias contienen de todo, menos especulación vacía o superficial. Cuando es así, no son literatura y, por ende, no tienen nada que buscar en nuestros análisis. Lo que no puede dudarse es que juntos, conocimiento científico e imaginación artística componen un híbrido fascinante y notable. Sea, pues, también su nombre un híbrido que exprese cohesión y no dispersión entre sus componentes.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXVII / 9 de septiembre del 2024


lunes, 19 de agosto de 2024

Una del alfabeto [CDLXXIV]

Edgardo Malaver Lárez



La flor de la zanahoria ya no estaría al final de la lista



La semana pasada me preguntaba mi hija pequeña para que servía la letra K. (Agrego de una vez, desordenadamente, porque se me puede olvidar más tarde, que discutimos durante varios minutos si el nombre de la letra debía escribirse con ce o con la propia ca, y terminamos riéndonos mucho por causa de esas letras cuyos nombres comienzan, o pueden comenzar, con otras letras... “Es que no tienen mucha autoestima”, nos dijimos.) Ya se habrán imaginado que le expliqué que, al igual que la doble ve, la ca se utiliza para escribir palabras de origen extranjero que aún no nos hemos decidido a escribir con nuestra ce. Y le mencioné el artículo de Ritos sobre Catar del 2 de enero del año pasado, que no era buen ejemplo porque no involucra la doble ve pero que nos llevó al uso de la cu, que el alfabeto de Andrés Bello se utilizaría para escribir toda la serie de las sílabas ca-, que-, qui-, co-, cu- y sus emparentamientos con otras consonantes y vocales. O sea, se escribiría Qaraqas, saqeo, qinto, banqo y qualqiera.

—¿Y cereza?

Cereza se escribiría seresa. Y circo sería sirqo.

—¿Y zanahoria?

Sanaoria.

—¡¿Y entonces qué se escribiría con ce?!

—Pues nada. Dejaría de existir... y de confundir.

—Ay, qué bueno sería.

—Ciertamente, sólo que luego no seríamos capaces de leer todo lo que se ha escrito en el pasado, o nos costaría muchísimo. Lo que se está escribiendo hoy mismo sería casi incomprensible dentro de muy poco tiempo. Para muchos significaría volver a aprender a leer y escribir. Y una cantidad inmensa de gente se negaría a hacerlo.

Y termina diciéndome pícaramente, en voz bajita, como protegiéndose la boca con una mano: “Sería como un lenguaje secreto”.

¿Se imaginan? Que el alfabeto volviera a ser un lenguaje secreto, aunque todos sepamos leer y escribir... Fascinante.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXIV / 19 de agosto del 2024


lunes, 1 de julio de 2024

Una palabra de un quilo [CDLXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El quilo chileno no pesa mucho ni se escribe con ca

 

 

         Cuando yo era estudiante, un día, durante las vacaciones, en Margarita, me desperté casi a mediodía y descubrí que estaba solo en casa. Yo tuve que salir también y cuando estaba cerrando la puerta, llegó una antigua alumna de mi mamá que le vendía harina de trigo cada semana. El encargo aquella semana estaba incompleto por un problema de transporte y la mujer prometía traer lo que faltaba al día siguiente. Le escribí eso a mi mamá en una nota que pegué de la nevera, para que no pudiera dejar de verla.

         En la noche, cuando regresé a casa, mi hermana me esperaba, armada con pruebas documentales irrefutables, para vengarse de mí por todas las veces que, cuando ella estaba aprendiendo a escribir, le corregí casi todo lo que escribía en sus cuadernos: las palabras mal acentuadas, los verbos mal conjugados, las concordancias de género y número, todo aquello con lo que la atormenté hasta que llegó a sexto grado y yo me fui a la universidad. Es decir, después de verme cerrar con llave la puerta, para estar segura de que no me iba a escapar, en medio de un preámbulo reivindicativo, me puso delante la notita que yo había dejado en la nevera y me espetó: “Te pasas la vida corrigiéndolo a uno y luego vienes y escribes esto”.

         Leí sonriendo la nota y casi se me cayeron los ojos al piso de la sala: había escrito “...otros tres quilos de harina”. No dejaba atrás el asombro, porque ni para bromear había pensado nunca en escribir la palabra kilo con cu, pero no dejaba tampoco de reírme porque mi hermana celebraba aquello como si se hubiera ganado un millón de dólares en la lotería.

         Pasado el alboroto, escribí en mi cuaderno de esa época una reflexión sobre el asunto. Y recuerdo que cada cierto tiempo me volvía a la mente aquel extrañísimo error (nada extraño en realidad porque, al fin y al cabo, la grafía utilizada representaba el sonido que se necesitaba). Me fui a dormir esa noche pensando en el curioso episodio, pero sin que me atormentara. Y en la mañana me desperté, como todos los días de vacaciones, tarde, pero antes de desayunar la voz de mi hermana me trajo la imagen de la palabra quilo a la mente. Más o menos al mediodía me había fastidiado ya lo suficiente como para recurrir al diccionario. Para jugar, imagino ahora, porque ¿qué iba a encontrar?, ¿que kilo se escribe con ca? Eso ya lo sabíamos desde siempre. ¡Ah! Pero puedo buscar quilo, con cu. ¿Existirá? Y si existe, ¿qué significará?

         Pues resulta que encontré la palabra quilo, ¡con cu! La exclamación que lancé llegó por lo menos a las nubes. Salí disparado a pavonearme con el diccionario en la mano delante de mi hermana. “¿Qué te pasa?”, me dijo. “No me irás a decir que ahora la Academia escribe kilo con cu”.

         “Pues mira”, le dije riéndome y abriéndole el diccionario, su propio diccionario, por cierto, en la página donde estaba la definición:

 

quilo, m. p. us. V. kilo.

 

Las abreviaturas significaban: masculino, poco usual. Ver... Es decir, también se escribe con cu. Es el “protocolo” que siguen los diccionarios cuando abren una entrada para una variante menos frecuente que otra: nos envía a la que usa la mayoría de los hablantes. Es decir, hay lugares donde se escribe así. Pocos, pero los hay. Y cuando fuimos a buscar kilo, encontramos:

 

kilo, m. Tb. quilo, p. us.

 

También quilo, poco usual. E indicaba que era, como todos sabemos, el “acortamiento” de la palabra kilogramo. ¡Ah, kilogramo también aparecía con cu!

         Fue muy interesante aquella vez (y lo es hoy que lo vuelvo a buscar) enterarme de que kilo también significa (o significaba cuando existía esa moneda) ‘un millón de pesetas’. Además, quilo, con cu, nunca con ca, es toda ‘linfa de aspecto lechoso por la gran cantidad de grasa que acarrea, y que circula por los vasos quilíferos durante la digestión’. Esta acepción proviene del latín chilus, es decir, ‘jugo’. Sudar el quilo equivale a ‘trabajar con gran fatiga y desvelo’. En griego, ese chilus tenía su respectiva y.

         En Chile, quilo es de origen mapuche y nombra el ‘arbusto de la familia de las poligonáceas, lampiño, de ramos flexuosos y trepadores, hojas oblongas algo asaeteadas, flores axilares o aglomeradas en racimo, y fruto azucarado, comestible, del cual se hace una chicha’.

         Aunque mi hermana sigue pensando que yo estudié solamente para graduarme de licenciado en Traducción y Corrección, gracias a Dios desde que me percaté de la ignorancia que campea en mi mente sobre todo lo que se refiere a la lengua, especialmente nuestra complejísima lengua española, dejé de corregir a los pocos que corregía antes, que eran siempre las personas que más amaba. Ahora me corrijo a mí mismo, y quizá es eso lo que me permite disfrutar cada día más estas curiosidades y fenómenos tan fascinantes como estas singulares palabras que pueden escribirse con ca y a veces con cu... ¡ah!, y que, fíjese usted, Andrés Bello escribiría con ce.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXVII / 1° de julio del 2024

 

lunes, 6 de mayo de 2024

(La che, peregrinación de una paria) [CDLIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Flora Tristán, autora de Peregrinaciones de una paria (1838)

 

 

         Después de pasar cuatro días en casa de los abuelos de Alejandra, ahora acabo de llegar a Mérida. Es de noche. Espero que me sirvan la cena en un restaurant cerca del hotel. En una mesa detrás de mí los comensales, padre, madre e hijo de unos 15 años, conversan sobre el lugar al que viajarán mañana. El lugar se llama Chiguará, que, según Google Maps, está a 51,145 kilómetros de mi mesa. Por lo que dicen, comienzo a enamorarme.

         Este nombre me seduce de tal manera con su sonoridad tan hermosamente indígena y terráquea que me decido a desviar mis planes por segunda vez en estas vacaciones. Será un paréntesis, el primero, en esta historia que estoy contando porque en realidad hoy pensaba escribir sobre la letra de, pero, por la emoción con que hablan de Chiguará junto a mí, voy a hablar de la che.

         Es bastante más sencillo de explicar por qué esta letra (con la cual comienzan 4,24 por ciento de nuestras palabras) ya no tiene su propia sección en el diccionario que enseñarle a un niño cómo usar la ce delante de cada vocal. Casi basta con decir que desde 1803 (¡antes de la invasión de Napoleón!) hasta 1994 (¡madre mía, hace treinta años!), fue considerada una sola letra del alfabeto, a pesar de que estaba compuesta de dos, y fue así porque durante 190 años se tenía como suficiente la evidencia de que los dos caracteres, como sucedía con la elle, representaban un solo sonido (el de chino, por ejemplo, el de choza o el de hacha) y, por ende, la che era descrita como la cuarta letra del alfabeto español. A mí me parece más que suficiente ese argumento, pero a los actuales miembros de la Academia no les gusta... o por lo menos se han vuelto mayoría.

         Ciertamente, casi basta con eso, pero podemos ser más detallistas. La Ortografía de la Academia (2010) explica que a partir de la edición de 1992, una vez desalojadas de su habitación propia, las palabras comenzadas por che se ordenaron al final de la sección de la ce, después de las comenzadas por cu-: cháchara, por tanto, aparecía después que cuñado. Más tarde, el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de 1994, decidió que, aunque debíamos seguir considerándola un dígrafo, a la hora de ordenar palabras ortográficamente sí debíamos separar la ce de la hache. De modo que para la vigésima segunda edición (2001), las palabras comenzadas por che aparecieron flanqueadas por las comenzadas por ce- y las comenzadas por ci-, o sea, primero cena, después chasquido, cheque, chinche, chocolate y chusma, y más tarde cisne; el pobre cuñado, que nueve años antes las precedía, quedó unas cuantas páginas más adelante. Las que contienen la che en su interior (como ocho o colcha) también tuvieron que moverse de lugar. Así están ahora.

         No es, empero, la primera vez en la historia que la che ha debido tragar grueso y aceptar los cambios que la historia de la lengua le ha impuesto. Ya en el pasado nuestros bisabuelos tuvieron también que aprender a escribir, prescindiendo de la che, palabras que, de niños, habían aprendido con ella. Por ejemplo, cristianismo, cronológico o crisol, que en la época del primer diccionario de la Academia, 1726-39, se escribían christianismo, chronologico y chrysol. Pero siéntense, que se van a caer para atrás: ¡canciller, querubín y coro se escribían chanciller, cherubín y choro! Aunque en lingüística no cabe clasificarlo más que como una señal de la evolución de la ortografía, este hecho equivale, en geografía, al despojo de una parte del territorio de un país. Los grupos de defensa de los derechos históricos y lexicográficos de la che (no es chiste: existen) no pierden oportunidad de señalarlo.

         A la che, después de tanto recorrido, sólo le faltaría que, a lo Flora Tristán, su marido le dispare en la calle para quitarle lo poquísimo que le queda, lo que hasta su propia familia le niega. En los últimos tiempos, mucha gente la llama en realidad “ce hache”, desatentos a su prolongada peregrinación por el alfabeto. Ya parece saña.


         Llego a mi hotel después de la cena y un breve paseo. Un paseo más minucioso lo daré pasado mañana, cuando vuelva a Mérida. En la recepción, como también estoy peregrinando en estas vacaciones, acabo de contratar un taxi para ir mañana temprano a Chiguará.

 

Mérida, 19 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLIX / 6 de mayo del 2024

 

lunes, 8 de enero de 2024

¡Ja, ja, ja...! [CDXLII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¡Ah, doña Inés! ¡Oh, don Juan!
Foto: C. Fornas

 

 

 

         Todos nos hemos reído, ¿no? Y desde que existe la “correspondencia digital”, todos nos hemos reído digitalmente. Me salto el prolongadísimo período de “correspondencia de papel” (¿papírica?), que no creo que haya terminado en realidad, porque parece que a pesar de su longitud histórica, como que a nadie le llamó nunca la atención como ocurría, cómo llegaba de los labios al papel. Lo cierto es que ahora que tan poco escribimos sobre papel, a muchos les sucede preguntarse cómo habría que transcribir el sonido de las carcajadas. ¿Cómo se escribe la risa, por ejemplo, en las redes sociales?

         Eso ya estaba resuelto. No hay razón para que sea diferente a como había que hacerlo antes de la existencia de Whatsapp, pero está de moda ignorar (e ignorar como acto consciente y como propósito trascendente, ignorar como camino al éxito), y entonces cada día es el momento ideal para crear el mundo otra vez. La fotografía existe desde hace más de 180 años, pero esta generación y no hablo de los muchachos que este mes cumplen 15 o 16 años— cree con fe ciega que es la inventora de la “selfie”. Estoy demasiado apurado por ver lo que sigue, no tengo tiempo para recordar ni aprender sobre esto, lo voy a poner como suena: “jajaja”.

         ¿En serio suena así? Ver la onomatopeya de la risa escrita así me hace recordar ese grupo de verbos que tienen conjugaciones que parecen diseñados intencionalmente para explicar la acentuación de las palabras esdrújulas, graves y agudas: público, publico, publicó; líquido, liquido, liquidó; ejército, ejercito, ejercitó. Escrito así, ¿cómo se lee, cómo suena jajaja?

         La onomatopeya de la risa —la forma más razonable de transcribirla, quiero decir— se comporta como las interjecciones —sí, claro que estoy enterado del trance por el que están atravesando las interjecciones—, que no se atreven a invadir el territorio de las otras palabras que las circundan y, por eso, se quedan siempre detrás de una coma. Oigamos algunas:

 

Oh, clemente; oh, piadosa,

oh, dulce Virgen María...

 

Caramba, mi amor, caramba,

lo bueno que hubiera sido

si tanto como te quise

así me hubieras querido.

 

¡Ay, ay, ay, ay!

Toma este vals que se muere en mis brazos.

 

¡Ah, mundo!, la negra Juana,

la mano que le pasó.

Se le murió su negrito,

sí, señor.

 

         Estoy recordando un bolero que hace lo mismo, pero con los vocativos:

 

Amorcito, corazón, yo tengo tentación

de un beso.

 

Zorilla también lo hace, y sus versos se nos quedan colgados de la memoria:

 

Doña Inés del alma mía,

luz de donde el sol la toma,

hermosísima paloma

privada de libertad [...]

 

         No es muy diferente de cuando va usted caminando por la calle con un amigo y aparece de repente un caballo verde corriendo a toda velocidad contra el sentido del tráfico. Usted le coge un brazo a su amigo y exclama con urgencia: “¡Mira, mira, mira!”. O mejor dicho, no es muy diferente de cuando hay que escribir eso: se separa con comas.

         Ustedes no se pueden imaginar la de gente que me ha preguntado: “Pero ¿quién se ríe con tantas pausas?”. La pregunta es inteligente, pero esas comas no representan pausas sino una enumeración. (Aquí, bajito, entre nos, les confieso que, por amor a la paz, siempre me callo esta respuesta: “¿Y por qué leen con tantas pausas donde no aparece ninguna coma?”.) Se escribe así porque es una seguidilla de elementos iguales que no suman sentido a lo que se dice, sino algún otro rasgo. No se trata de un sujeto seguido de su verbo, que, a su vez, es seguido por un complemento (Pedro + comió + arroz + ayer, por ejemplo), cadena en la cual la presencia de comas ciertamente entorpecería la lectura.

         Al final, ja, ja, ja es una onomatopeya: en realidad no hay manera de representarla fielmente en la escritura. No son los sonidos del habla lo que uno emite cuando se ríe. Es como los ruidos que hace la naturaleza: una ola del mar, el relincho de un caballo, un árbol que cae al suelo. Tampoco podemos representar con íntegra certeza los ruidos que hacen nuestros inventos: ¿cómo se transcribe el ruido que produce el vuelo de un avión, el tambor de una lavadora, el disparo de una pistola? La gracia de las onomatopeyas es que traducen, o intentan traducir, a nuestro idioma esos ruidos, que son intraducibles y que en cada idioma se oyen distinto.

         La risa humana también es un sonido de la naturaleza, y en español, las normas de escritura del español simplemente han representado ese sonido con la mayor semejanza que han podido; es una curiosidad, una coincidencia que, al mismo tiempo, esta onomatopeya esté compuesta de interjecciones, no es una sola palabra. La imagen de una carcajada escrita puede, sí, parecer algo gracioso, pero no es cuestión de reírse.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLII / 8 de enero del 2024

 



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