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lunes, 26 de enero de 2026

Más lugares que nombres

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Hay una Tacarigua para cada venezolano... o poco falta

 

 

         A medida que pasa el tiempo, me acerco más a la conclusión de que hay en el mundo más calles que nombres que ponerles, más vecindarios, más ciudades, más ríos topónimos para llamarlos. A veces me da la impresión de que en Caracas hubiera tres avenidas Sucre, cuatro plazas Páez, cinco barrios El Progreso. Si los hay, una explicación sencilla —y bastante obvia, aunque requiera un poco de estudio de la historia— es que la capital de Venezuela ha ido creciendo, “absorbiendo” lugares que originalmente eran lejanos y adoptados sus topónimos sin darse cuenta de que se le metieron por las ventanas y de repente aparecieron escritos en el mapa. Y no pasa solamente en Caracas, ¡ni siquiera solamente en Venezuela!, pero el caso que nos interesa más es el nuestro... o me interesa a mí, al menos.

         Estas coincidencias, por cierto, por lo menos en mi mente, favorecen mucho la ficción. Imaginen un cuento policial en que el criminal ejecuta sus fechorías en una plaza Bolívar y vive, trabaja o visita a menudo y sin esconderse, frente a otra plaza del mismo nombre, rodeada de calles cuyos nombres se repiten y conducen a sitios históricos parecidos, en los cuales los mismos héroes protagonizaron acontecimientos memorables semejantes en épocas igualmente remotas. ¿Cómo se puede investigar un crimen en una ciudad como esta? ¿Cómo puede cualquier ciudadano encontrar su casa en semejante lugar? ¿Cómo sabe uno a cuál escuela ir a recoger a sus hijos en las dos de la tarde?

         En Venezuela se repiten muchos nombres de lugar. Parece ficción, pero los mapas muy rara vez mienten. Existe, por ejemplo, un Charallave en el estado Miranda y otro en el estado Sucre. De igual forma, tenemos la heroica ciudad de La Victoria del estado Aragua, pero también hay una La Victoria en Apure, a orilla del vibrador Arauca, es decir, en la frontera con Colombia. En el estado Anzoátegui, existe una Aragua de Barcelona, famosa por una batalla de 1814, y más al este, en Monagas, una Aragua de Maturín. Y no hay que olvidar que, en el centro de Venezuela, está el estado Aragua, aparentemente el titular del copyright.

         Y si es por nombres triples, San Carlos no es el único. Tenemos en el mapa una Caicara del Orinoco en el estado Bolívar, una Caicara de Maturín en el estado Monagas y una Caicara de Barcelona en el estado Anzoátegui. Cualquiera diría que la región oriental quiere superar récords de otras regiones, pero no parece que ninguna región se quedara atrás en este espíritu de la repetición toponímica. Y no es diferente en el lado occidental.

         Por si estas coincidencias entre estados no fueran suficientes, también las hay dentro del mismo estado. Miren cómo en el occidente de Venezuela hay una península de San Carlos en el municipio Padilla del estado Zulia, al norte, en la mera entrada del lago de Maracaibo, pero al sur del lago, la capital del municipio Colón se llama San Carlos del Zulia. Y, naturalmente, está la ciudad San Carlos, aunque sea la capital del estado Cojedes, hacia el este, entre el mar y los llanos.

         El nombre Tacarigua, sin embargo, quizá sea el topónimo más frecuente de Venezuela. Hay una Tacarigua en el Zulia y otra en Nueva Esparta (que se divide en Tacarigua Adentro y Tacarigua Afuera), ¡pero en Miranda hay tres!: Tacarigua de la Laguna en el municipio Páez, Tacarigua de Mamporal en Buroz y Tacarigua de Brion en Brion; y no sólo eso: hay en Miranda una laguna y el parque nacional que la abarca que se llaman Laguna de Tacarigua. Tacarigua es también el nombre indígena del Lago de Valencia, Carabobo. ¡Ocho lugares con el mismo nombre!

         Por su parte, los hagiónimos, como en todo el mundo cristiano, son incontables. Para no poner más que un ejemplo, digamos que en Venezuela tenemos por lo menos cuatro ciudades llamadas Santa Ana: en Anzoátegui, Táchira, Nueva Esparta y Falcón —en el mundo, por cierto, hay por lo menos 29, diez de ellas en México—. En Venezuela incluso existe una asociación de ciudades llamadas Santa Ana, que cada año celebra su asamblea general en uno de los estados miembros.

         ¿Y Bolívar? Es curioso que el nombre del Libertador no parezca dar nombre a muchos lugares —seguramente será una falla en mi investigación—. Sin embargo, si no contamos nuestra Ciudad Bolívar, hay en el mundo 13 ciudades llamadas así, ¡cinco de ellas en Estados Unidos! No parece incongruente que el nombre del ciudadano más destacado de la historia venezolana sea el que ha llegado a más lugares y el que se ha multiplicado más. Y mucho más que el propio nombre del país, porque el municipio de Venezuela, en la provincia de Ciego de Ávila, Cuba, es el único otro lugar del mundo, si he investigado bien, donde se repite el nombre de Venezuela.

         ¿Ustedes se acuerdan de aquel cuento de Andrés Eloy Blanco en que un pueblo llamado Mamporal —no, no, este es ficticio, aunque hay más de un Mamporal en Venezuela— y otro llamado Manatí compiten tanto para ser el único, el mejor, el que siempre derrota al otro en tal o cual cosa, que una vez se incendiaron dos casas en Manatí y los de Mamporal al día siguiente, para no ser menos, incendiaron adrede tres casas? Eso parece esta repetición tan llamativa de nombres a lo largo de un mismo país. Quién sabe si Andrés Eloy, como acostumbra, va a tener razón también en esto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIV / 26 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 26 de agosto de 2024

Una de terminología (o sea, de beisbol) [CDLXXV]

Edgardo Malaver


Argudín, receptor, campo
corto y... neologista


Estas son cosas que le pueden pasar a cualquier ciudadano de país beisbolero en territorio futbolístico. Un amigo de un club de lectura, que comenzó a interesarse en el beisbol recientemente durante un viaje a Nueva York, me pregunta hace días: “¿Es cierto que en Venezuela llaman mascota al guante que utiliza el receptor?”. Pues sí, le respondo, y agrego que el de primera base se llama mascotín; “pero me desayuno con la noticia de que se llama así sólo en Venezuela, ¿en otros países no?”. Y entonces digo yo a investigar. Y descubro que muchos que han escrito sobre el asunto dicen claramente que así es. Y explican por qué. Acaso el más notorio sea Juan Vené, y quien lo cuenta con mayor sencillez: el término se lo debemos al beisbolista cubano Emérito Argudín, popularísimo en su país, que llegó a Venezuela al final del siglo XIX. El jugador cubano trabajó tan duro para promover el beisbol en Venezuela que, según Miguel Dupouy Gómez, en 1902 fundó el primer periódico venezolano dedicado exclusivamente al beisbol, Base Ball, y en 1908 tradujo y publicó las reglas del deporte, que en adelante adoptaron todos los equipos que se iban formando. Argudín, según Vené, Dupouy y otros autores, tenía la idea de que su guante de cátcher le daba suerte de la manera en que tener un animal pequeño en casa, como se creía en esos años, favorecía la buena fortuna de la familia. Así que lo llamaba “su mascota”. Esta costumbre suya se difundió entre los jugadores y por medio de los periódicos, y la gente terminó llamando mascota al guante de cualquier receptor. Es fácil suponer que la similitud del guate de primera base con el del receptor llevó a todos a llamarlo mascotín. Manuel Antonio Malpica dice que Argudín era “fornido, de ojos verdes y de pequeño bigote”, además de buen corredor de bases. Pero quien nos ofrece la joya de esta breve investigación es Adolfo Navas, que, además de confirmar que Argudín, probablemente nacido en 1878, se convirtió en traductor para publicar las reglas del beisbol en Venezuela, resulta que en realidad se había venido a Caracas para estudiar en la Universidad Central de Venezuela, porque en La Habana la guerra (contra España primero, por la independencia, y contra Estados Unidos después) no le daba esa oportunidad.


emalaver@gmail.com



Año XI / N° CDLXXV / 26 de agosto del 2024

lunes, 5 de agosto de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (IV) [CDLXXII)

Edgardo Malaver Lárez



Las lenguas nuevas nacen con olor a verduras




También desaparece el artículo algunas veces cuando se refieren a personas: Ayer hablé con Padre Juan. La persona mencionada parece cambiar de estatus al adquirir una profesión, de modo que su título comienza a formar parte de su nombre: En la tarde atiende Doctor González. Es muy poco frecuente oír el artículo en este caso y su uso no luce señal de nivel educativo ni condición social.

Los venezolanos, por otro lado, en los últimos 30 años o más, probablemente por influencia de las telenovelas colombianas, han comenzados a “imitar” un uso que hasta entonces parecía ser exclusivo del español de Colombia. Antes del auge de estas telenovelas, no se oía decir en Venezuela ¿Será que me esperas un minuto? La estructura interrogativa ‘será que + oración’ se utilizaba solamente para expresar duda sobre un acontecimiento del cual uno no podía tener certeza de si había sucedido o no, como en ¿Será que María llegó temprano y se cansó de esperarme? En Colombia, sin embargo, esta fórmula es más bien una invitación, una proposición, un pedido. Un hablante venezolano, sin esta influencia, diría ¿Me esperas un minuto? Es una diferencia que parece significativa, pero hasta donde puede verse desde aquí, sucede en estos dos países, no más allá. Es decir, si el español de Colombia o el de Venezuela está destinado a convertirse en otro idioma, este será un rasgo característico de esa lengua... más probable en el caso colombiano. Pero ¿cómo saberlo ahora?

Hay mil ejemplos de pequeñísimas variaciones precisas, que, al estar repartidas entre tantos pueblos —porque la subdivisión regional, a veces incluso municipal, también influye—, siempre van a estar contenidas por el “centro gravitatorio” de la norma culta de cada país, que se aproxima mucho más al español general. Existen otras fuerzas que halan la lengua —a todas, no sólo a la española— hacia el centro y hacia la periferia, pero dada la configuración del mundo actual, en que las comunicaciones son tan instantáneas, es seguro que el español y todas las demás lenguas se tarden mucho más que el latín en fragmentarse y alejarse de tal manera de lo que son y han sido hasta este momento. Eso no detendrá de ningún modo la evolución, pero las condiciones han cambiado, el ecosistema lingüístico cuenta ahora con otros elementos y los depredadores y las presas de la actualidad tienen otra conciencia y otros parámetros para medir su entorno y sus posibilidades de acción.

Algo que hay que tener presente es que en realidad no hay, en este terreno, nada de qué preocuparse. No existe de verdad eso que tantos llaman integridad de la lengua. Las lenguas se defienden solas de los “embates” a que supuestamente son sometidas, o ceden ante ellos en la medida en que sus hablantes son o no seducidos por esta o aquella variación, por esta o aquella novedad, por esta o aquella forma (porque la lengua es una forma, no un fondo). Ni siquiera es que se defienden o que cedan: evolucionan, pero esa evolución responde a fuerzas que la definen en procesos que se toman siglos y siglos.

Si un día, llegado el siglo indicado, se produjera un quiebre en la unidad del español, lo más probable sería que alguna de las variantes, o más de una de ellas, y no el español americano todo, llegara a ser considerada una lengua nueva. El español de América Latina es un organismo demasiado extenso para avanzar con la unanimidad y la uniformidad requerida hacia el punto, lejanísimo, de transformarse en otra lengua cuyas reglas, cuya sintaxis, principalmente, sean otras. Si sucediera, falta tanto tiempo, que, de todas maneras, lo que se estaría llamando español antes de eso sería ya algo que no es lo que hablamos nosotros en este instante, tal como no parece serlo ahora la lengua en que escribió el autor del Mío Cid.

¿Que si el español de América Latina “corre peligro” y puede convertirse en “otro idioma”? Peligro no corre de ninguna manera porque la evolución es señal de salud, y otro idioma es todo idioma cada día que pasa, como los ríos bajo cada puente. De modo que si el español, y más precisamente el inmenso número de variantes del español que se habla América Latina, ha de convertirse en otro idioma, como una vez sucedió con el latín, será lo que tenía que suceder, será ésa la “lengua de los padres” para los futuros hablantes y, por más que se lo intente, nadie podrá hacer nada para evitarlo.


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Año XII / N° CDLXXIV / 5 de agosto del 2024

lunes, 29 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (III) [CDLXXI]

Edgardo Malaver Lárez



No siendo H.G. Wells, es difícil averiguarlo




Por ejemplo, es conocida esa característica del español de Argentina y de otros países cercanos de expresar en pretérito las acciones que han sucedido hace poco pero que podrían repetirse, que en otros lugares se expresan con el tiempo compuesto: todavía no comí en lugar de todavía no he comido. Dado que el tiempo compuesto expresa normalmente que una acción ha sucedido en el pasado, pero es posible (o seguro) que vuelva a suceder en el futuro, mientras que el pretérito señala que una acción sucedió una vez (o muchas) en el pasado pero ha quedado cerrada la posibilidad de que se repita, en algunos lugares del español se oye el ruido de bisagra oxidada cada vez que, a las ocho de la mañana, los amigos del sur afirman, por ejemplo, Aún no desayuné. ¿No será posible ya que desayune a las nueve y veinte o a un cuarto para las diez? El tiempo compuesto no he comido respondería esa pregunta sin que la formuláramos siquiera.

En México existe un curioso uso de la conjunción hasta, que ha comenzado, hace poco, a influir en el resto de la lengua del continente y que lleva a los hablantes no mexicanos decir unos cuantos absurdos al día. Es común ahora construir oraciones que normalmente parecen indicar, según la semántica de algunos verbos, lo contrario a lo que se desea decir, como, por ejemplo, El médico llega hasta pasado mañana. Llegar es un verbo que indica una acción puntual, es decir, una vez que uno llega a un lugar, ya llegó, no sigue llegando minutos después o durante un día y medio o una semana. De modo que lo naturalmente español en este caso sería El médico llega pasado mañana. En la otra opción, el médico se demora lo que falta para pasado mañana haciendo algo que normalmente es instantáneo: llegar.

En castellano regular, si se deseara enfatizar el tiempo que falta para que suceda el acto, la oración habría sido más bien El médico no llega hasta pasado mañana. En ese sentido, el hablante mexicano dice en realidad lo contrario de lo que desea decir. Sin embargo, cuando uno oye a un mexicano decir algo así, comprende inmediatamente. El problema aparece cuando el hablante es de otra nacionalidad: uno se pregunta qué querrá decir. Seguramente no será así en el futuro, pero es absolutamente imposible, no siendo H.G. Wells, averiguar ahora cuándo va a suceder, y, más que eso, si este rasgo sobrevivirá en caso de que el español de México se convierte en otro idioma. También es posible que aparezca otra estructura que reemplace a ésta y subsista.

En Perú, por cierto, existen diversas peculiaridades, pero una que salta a la vista (o al oído) es la omisión de la preposición a en algunas construcciones referentes al tiempo. Por ejemplo, un peruano puede pasar su vida entera diciendo, sin percatarse de esta omisión, Yo siempre llego de mi trabajo siete y media, pero los sábados llego cuatro o cinco. ¿Qué ha pasado con la preposición? En la lengua hablada luce como un intento de enfatizar la precisión con la que se habla del tiempo o el poco o mucho tiempo que se tarda un evento en ocurrir.

Los peruanos también hacen, unánimemente, elisión del artículo definido en ciertos nombres de lugar, sobre todo de calles y avenidas. En Lima, al menos, nadie dirá nunca Este autobús me deja en la Arequipa. Sin temor al riesgo de que se interprete que hace un largo viaje a otra ciudad, siempre eludirá el uso del artículo, y todos sabrán que ese hablante va apenas a la avenida Arequipa.


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Año XII / N° CDLXXI / 29 de julio del 2024


lunes, 22 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (II) [CDLXX]

Edgardo Malaver Lárez



Codex Aemilianensis, datado en el 994



Y cualquiera diría que esos cambios suceden en la informalidad de la lengua hablada cotidiana, en la calle, en el mercado, entre los niños, entre las personas que han tenido menos educación. Ciertamente. Si uno va a conversar con el ministro de Cultura de Costa Rica, es muy poco probable que le atrape un verbo mal conjugado; si uno se tropieza por ahí con un profesor de filosofía de la Universidad de Chile, sería extraño que hable con dequeísmo; pero así es como ha funcionado este negocio desde que Eva se acercó a Adán con aquella oferta que todos recordamos. Es precisamente en el mercado, en el barrio bullanguero, en la fiesta desordenada del pueblo reunido con el pueblo donde se cuecen las lenguas, donde hierven los cambios que serán la norma más aceptada y apreciada en el futuro. Es en la boca de los niños, que de camino de la escuela a la casa se atreven a decir lo que sus padres y maestros no les permiten, donde nacen las interjecciones, las formulas de tratamiento, las nuevas palabras del diccionario de dos y tres décadas más tarde. Pasados dos o tres siglos, a todos les parece que esas son las palabras que no se pueden violentar y que la juventud malhablada de ese momento está deformando la lengua que han recibido de sus padres (los malhablados del pasado, lo sabemos). La generación de Aristóteles se quejaba de lo mismo.

El latín no se convirtió en español, por ejemplo, porque en Hispania comenzaran a decir oculus en lugar de ophthalmos, caballus en lugar de equus, jocare en lugar de ludere. Sin duda, esa era una señal de lo que estaba pasando más adentro, pero la evolución esencial de una lengua hacia la otra ocurrió cuando los hispanos comenzaron a cambiar el orden de los elementos de la oración latina, a conjugar los verbos de manera diferente, a vincular mediante otras fórmulas las palabras de su discurso, a “torcer” la estructura que ofrecía el latín, la relación entre las palabras, y esa conducta les ofreció una mayor precisión, una mayor claridad, una mejor comunicación entre los miembros de la comunidad. Generación tras generación, los nuevos modos de expresión —que, sí, son siempre adoptados primero por los más jóvenes— fue fortaleciéndose, fue quedándose en la mente colectiva como las formas más adecuadas, más sencillas, más “correctas”, y fueron heredadas por la generación siguiente. Separados por una mayor distancia de las que existen hoy por causa de la mayor lentitud de las comunicaciones, fue apareciendo en Hispania un código que pocos en Roma reconocían. Pero no es razonable pensar que ese “español” que apareció entonces, hace mil años, es el que hablamos ahora. El español que hablamos ahora también es el resultado de una evolución, y lo más interesante de eso es que sigue y seguirá evolucionando hasta que, de tanto evolucionar, quién sabe, se convierta en otra cosa.

¿Existe, entonces, alguna señal en el español de América Latina que nos haga pensar que, aunque sea incipientemente, se esté convirtiendo en otra lengua? Quizá sea demasiado pronto para afirmarlo, pero, más allá de la mera sinonimia que siempre se menciona —en Colombia llaman suéter a lo que en España llaman chándal—, tendrían que aparecer cambios sintácticos, que tendrían que llevar, después de mucho tiempo, a la incomprensión total entre comunidades nacionales, para que pudiera llegarse a esa conclusión. ¿Se oyó eso? Comunidades nacionales enteras que difícilmente pudieran adivinar lo que les dicen sus vecinos de más allá del río. Esto, como reside en el corazón mismo de la lengua, es mucho más complejo que el simple cambio de un conjunto de sonidos por otro para llamar a un animal, una parte de una casa, un aparato.


(Seguimos la próxima semana.)


emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXX / 22 de julio del 2024

lunes, 15 de julio de 2024

¿Puede el español de América Latina convertirse en otro idioma? (I) [CDLXIX]

Edgardo Malaver Lárez



Hace ocho años una amiga que era editora en una página web me sugirió escribir un artículo breve, una reseña, una entrada de blog para aquella página. Me sugirió también el tema, que es el que ustedes ven en el título, y yo pasé varios días dándole vueltas en la cabeza a la idea, pero algo debe haberme ocupado lo suficiente para que el artículo se pusiera a escribirse solo en mi mente durante... ¡tres años! Pasado ese tiempo, como no soportaba la vergüenza, lo escribí y se lo envié, junto con mis súplicas para que me perdonara semejante demora. Resultó que era demasiado largo y finalmente no se publicó. Varias veces he pensado que podría aparecer en Ritos de Ilación, pero... ¡también es demasiado largo para Ritos! Sin embargo, en vista de la cercanía de las vacaciones, me decidí a adelantárselas al rigor académico y he convencido a todos de dividir el texto en cuatro partes y publicarlo a partir de hoy hasta el 5 de agosto. De modo que aquí voy con mi intento de respuesta a esta pregunta, que probablemente se hacían en Roma cuando oían hablar a los ciudadanos que venían de Galia, de Hispania e incluso de Dalmacia.


El abanico también vino de España, ¡y cómo ha evolucionado!




Lo más habitual en un artículo que trate sobre el español que se habla en América Latina —y con semejante título— es que el autor presente un inventario, ridículamente breve siempre, de palabras, conceptos y objetos que se nombran de diferentes formas en diferentes países. Estos autores parecen pensar que todos, sin movernos de casa, gracias a ellos, vamos a conocer a fondo las variedades de una lengua que ya se hablaba hace mas de mil años y que sirve hoy de código de comunicación al menos a 40 países, lo cual representa más de 560 millones de personas. Existen también los que se concentran en la vana empresa de identificar el país de América Latina donde se habla “el mejor español”, como si tal cosa existiera o fuera posible definir un criterio razonable para medirlo. Y, además, están los autores que se sienten atormentados por el fantasma de la perniciosa invasión lingüística extranjera que amenaza la intangible soberanía de la lengua que trajeron los conquistadores (es decir, la lengua que heredamos de unos tatarabuelos invasores).

Yo nací y crecí en un pueblo pequeño de un estado minúsculo de Venezuela —ocupa el antepenúltimo lugar entre sus 25 entidades federales ordenadas según el tamaño de sus territorios—, y ese estado, Nueva Esparta, es, además, un conjunto de tres islas, una de ellas inhabitada. Sin embargo, ya de pequeño, me llamaba la atención que rodando unos diez minutos hacia el sudeste era perceptible una buena diferencia con respecto a la manera de hablar de la gente. Por supuesto, lo más llamativo para mí no era que en el otro pueblo llamaran las cosas por otro nombre, que sucedía, sino que ahí la voz de la gente tenía otra música. Muy parecida a la de mi familia, pero perceptiblemente diferente, para ser un lugar tan cercano.

Las diferencias terminológicas me saltaban a la cara cuando nos visitaban mis primas del estado Zulia, que está en el otro extremo del país. Nos divertíamos de lo lindo señalando las cosas y preguntándonos unos a otros los nombres que les dábamos a todo en nuestros respectivos estados. El universo material recibía nuevos nombres, con lo cual renacía y tomaba nuevas formas, a partir de la iluminación milagrosa del contacto lingüístico. El mundo se enriquecía porque esas diferencias no lo hacían menos comprensible sino más amplio, más bello y más atractivo. El ventilador era para mis primas el abanico, el coleto era el lampazo, un polo era un helado; pero siempre las diferencias en las formas de hablar eran más notorias, verdaderamente más notorias, que las de vocabulario. La melodía que nos percibíamos mutuamente era ineludible debido a la distancia geográfica.

Y si uno viaja más lejos, pasa lo mismo: en Perú llamarán vereda a la acera, en Argentina llamarán colectivo al autobús y en México llamarán mensos a los tontos. Y no tengo que explicarle a nadie que la musicalidad de sus voces varía de una manera que nos tiene fascinados a todos desde que el mundo es mundo. Es decir, las diferencias léxicas y fonológicas no tendrían que llamar tanto nuestra atención porque son lo más cotidiano que hay en cualquier lugar donde los seres humanos se comuniquen mediante la lengua. Todos los días un perro muerde a un hombre, y eso no es noticia. Lo que sí llama a atención, al menos la mía, es que en algunos de estos lugares observo microscópicos cambios sintácticos. Estos sí son el hombre que muerde al perro.


(Seguimos la próxima semana.)


emalaver@gmail.com



Año XII / N° CDLXIX / 15 de julio del 2024

lunes, 8 de julio de 2024

Cuando a Roma fueres... [CDLXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Escena de Sophia Loren en Roma, de 1964

 

 

         Cuando a Roma fueres, haz como vieres” (Quijote II, 54), decía el Caballero de la Triste Figura, imitando a mi abuela. Parece una recomendación más bien sabia, si pensamos que en tiempos antiguos en los actuales quizá sí— no había manera de saber nada de otro lugar que no fuera presentarse en ese lugar y vivir un tiempo en él. No digo que me sienta inclinado a adoptar formas de decir las cosas que he encontrado en Perú, pero sí me veo a veces asombrado, sorprendido, agradado por algunas de ellas.

         Algunas personas aquí responden las gracias diciendo, por ejemplo, “Qué ocurrencia”. Puede ser también: “¿Cómo se le ocurre?”. Me imaginaba al principio que eran personas mayores quienes dirían así (porque en Venezuela esas expresiones sonarían como típicas de los abuelos), pero ya hace tiempo que concluí que la edad no es el factor determinante. Una de las primeras personas a las que oí responder así fue la directora de la escuela en la que mi hija iba a estudiar primer grado. En aquel momento quedé totalmente confundido, pero de camino a casa pensé que quizá había querido decir: “Qué ocurrencia la de usted, agradecerme por tan poca cosa”. Me colgué de esa interpretación y me gustó la expresión como señal de humildad.

         Discursivamente, es más poético, no hay duda, que el simple de nada del español general, que de todas maneras es también bastante humilde. Cuando respondemos “De nada” o “Por nada” a las gracias que nos da alguien, le estamos diciendo: “Me estás agradeciendo por nada, no estoy haciendo nada en realidad”. Pero esta forma que usan los peruanos impresiona al mismo tiempo por su cortesía y una resonancia proveniente de la retórica de otros tiempos.

         Hace unos días un hombre bastante joven que me atendió en una tienda, en la que solamente había entrado para preguntar un precio, respondió mi “Muchas gracias” con un “Imagínese”. Fue como que me respondiera: “Imagínese las pequeñeces por las que usted da las gracias”. Ojalá que nadie me desmienta esta interpretación porque me gusta el sonido de estas palabras, que le inyectan placer a la situación.

         ¡Ah...! El placer. Un día, siendo yo aún un muchacho, oí a una persona muy elegante y educada responder las gracias con un “Fue un placer”, y desde entonces lo uso. Quizá voy a sonar pretencioso, pero me atrae también esta fórmula porque implica que soy yo quien tendría que agradecer porque en realidad soy yo quien sale ganando debido al gusto que me da hacer... lo que sea que usted me está agradeciendo.

         Qué de metáforas. Y qué de descubrimientos. No se puede uno parar a reflexionar sobre las expresiones más conocidas, cotidianas y recurrentes, porque se tropieza con secretos, misterios y recompensas. No creo que llegue al punto de adoptar todas estas fórmulas y metáforas, pero sí disfruto su poesía y su poder comunicativo. Y llegados a este punto, apenas me resta darles a ustedes las gracias por su lectura y su paciencia... Vamos a ver qué me responden.

 

 

 

Año XII / N° CDLXVIII / 8 de julio del 2024

 

lunes, 27 de mayo de 2024

¡Ay, foj...! [CDLXII]

Edgardo Malaver



¡Foj...! ¿Fuiste tú, Dinamarca? Richard Burton como Hamlet 
en 1954. Foto: Getty Images



¿A ustedes no les huele mal? ¿Qué dicen cuando sienten un mal olor? ¿Qué exclaman si es muy fuerte o si aparece repentinamente? Existe toda clase de metáforas para ese momento, la creatividad lingüística de la gente no cesa, y aumenta cuando se trata, por ejemplo, de las imágenes escatológicas, pero existe una expresión, sorprendentemente sencilla, para el desagrado que revela y retrata ese desagrado con fidelidad y que se mantiene en algunas zonas del mundo de habla española. Es una sola sílaba, pero qué expresiva y delatora es cada vez que sale de nuestros labios fruncidos y narices arrugadas por un mal olor. Aunque ahora sé que tiene variantes, yo creí oyendo exclamar, en casa y fuera de ella, ¡Fos!, ¿a ustedes no les huele mal?

En realidad, la pronunciación más precisa sería foj, como dice el título, pero tocaba ser un tanto formal en el primer párrafo. Y quizá sería esta la pronunciación, digamos, intermedia entre otras dos que aparentemente representan, como veremos más adelante, dos extremos de “fineza”. Hasta ahora he encontrado, en la lengua hablada y en la bibliografía, las formas fo y fos. Esta última es la que con frecuencia adopta una forma más “popular”, que es foj.

Buscando bibliografía para el artículo de esta semana, me sorprendió que la primera fuente a la que acudí para estudiar la palabra fos, el diccionario de la Academia, no la tuviera. Fue la primera campana que me insinuó que podía ser un venezolanismo. La Academia tiene solamente fo, y ciertamente pone que es un venezolanismo, aunque sea hasta cierto punto: 


fo, 1. interj. U. para expresar asco. 2. interj. coloq. Ven. U. para indicar desaprobación o rechazo. hacer fo, o el fo, a alguien, 1. locs. verbs. coloqs. Col., Cuba, R. Dom. y Ven. Tratarlo con indiferencia o con desaire, no prestarle la debida atención.


Mis amigos caraqueños se están diciendo en este momento, mientras leen, que así es como se debe decir. Yo soy de allende el mar y me pregunto cómo Cuba y República Dominicana están mezcladas aquí con países continentales. Así que sigo buscando y, a pesar de la falta de pistas de cualquier tipo del diccionario, me tropiezo con el “Tesoro de los diccionarios de la lengua española” que ofrece la propia página de la Real Academia. Dentro de ese acertadamente llamado “Tesoro”, se me presenta el Diccionario histórico del español de Canarias. Y siento que entre insulares nos vamos a entender mejor. Dice el DHEC, entre todo lo que dice:


fo(s), foj. interj. Indica asco cuando se percibe mal olor.


Entre los muchos autores que menciona y que registraron la interjección está Benito Pérez Galdós, que lo escribe fos, y Fernán Caballero, que lo dice sin ese. Pero nada como el testimonio de los hermanos Luis y Agustín Millares en su obra Léxico de Gran Canaria, de 1924:


Fó! Magnífica interjección, importada de Cuba por nuestros indianos. Bonafoux asegura que es de uso frecuente entre los negros de Puerto Rico. No hay canario que, al percibir un olor desagradable, sobre todo de humana procedencia, deje de protestar con la típica interjección isleña ¡Fo! Las personas finas le añaden una ese; algunas dos eses: ─¡Fos! ¡Foss!


¡Caramba, la gente fina! Entonces, el foj que he pronunciado toda la vida es coloquial. Claro que sí lo es. No es una palabra muy delicada ni musical: pero yo hablo del español de América, y este diccionario, del de España. Y han pasado 100 años del comentario de los Millares. Las “personas finas” de este lado del océano en la actualidad no deben tener, digo yo, los mismos escrúpulos lingüísticos de las de aquel entonces en Canarias.

El diccionario también dice que fo, o cualquiera de sus variantes, se usa en Andalucía. Y agrega que podría ser un derivado de las interjecciones plenamente castellanas ¡pu!, ¡puf! o ¡uf!, dejando implícito que estas tienen la misma connotación de asco.

Yo tengo una tía, cuya frase más frecuente es A fulana todo le hiede y nada le huele. (Ya saben ustedes que hay quienes, siendo bien populares, dirían jiede.) Buena condensación para describir a aquellos que parecen tener un radar de lo que se está descomponiendo... o ya está descompuesto. La lengua es habilísima para dejar esos rasgos al descubierto, sólo hay que estar atento, y a veces ni siquiera eso. Quizá una primera señal, quizá la más clara, es que a diestra y siniestra dicen: “¡Foj...! ¿A ustedes no les huele mal?”. Y eso puede significar que todo les molesta, nada los complace. Y puede ser gente que huele muy bien.

La verdad es que la interjección fo y sus variantes, en apariencia tan poco visibles, en apariencia tan insignificantes, en apariencia tan repelente, resulta ser muy atractiva y está rebosante de información pragmática, rasgo que normalmente no se les atribuye a las interjecciones. Sí, la lengua revela más con las palabras más breves.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXII / 27 de mayo del 2024


lunes, 13 de mayo de 2024

Esteban de Jesús y Estelita del Llano [CDLX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La zorra y el cuervo. Ilustración de Arthur Rackham
para una edición de las fábulas de Esopo en 1912

 

 

         Como todo en la vida, la lengua tiene lo que podemos llamar sus ventajas y desventajas. Nos permite comunicarnos, pero al mismo tiempo es también fuente de discordias y desencuentros; con ella hablamos de amor, alabamos a Dios y sanamos las heridas de nuestros seres amados, pero al mismo tiempo nos pone trampas para que insultemos a nuestros amigos, para maldecir y para humillar a nuestros padres. La lengua es el clavel de nuestro jardín y la herida purulenta en nuestro costado. La lengua es lo mejor que tenemos y lo peor que tenemos, diría Esopo.

         En el nivel pragmático de la lengua, es decir, en lo que atañe a la comunicación efectiva, a cómo se convierte en hecho en la vida cotidiana, si es que llega a hacerlo, aparece a veces el obstáculo de que uno puede desear decirle a alguien algo que no desea que una tercera persona, también presente, escuche o al menos entienda. Es un obstáculo para la cortesía, sobre todo. Puede nacer en ese momento un conflicto si llamamos las cosas por su nombre y eso termina afectando la imagen positiva que tiene el tercero de sí mismo. Y en ese momento viene la imaginación en nuestro auxilio. Todos hemos oído a alguna madre hablar con una prima o una amiga frente a su niño que, aunque pequeño, está en capacidad de entender lo que se dice —¡y los niños siempre estamos atentos a la voz de nuestra madre!—, y cuando va a mencionar un detalle delicado, dice: “Lo que pasa es que el que te conté no puede ver la cebolla ni escrita ni pintada”. Es, ya sabemos, la alusión más clara que conocemos en español. Uno casi nace conociéndola, pero las madres siguen usándola.

         Existen otras mil formas de hacer eso, a veces en broma, otras para evitar avergonzar al otro (o para avergonzarlo), e incluso, cuando ya todos saben a qué o a quién se refiere uno, simplemente para mencionar al otro con humor. Sin embargo, no conozco forma más graciosa de hablar de alguien sin mencionarlo que los venezolanísimos Esteban de Jesús y Estelita del Llano. Estos dos nombres son simplemente eufemismos con apariencia de nombres reales, por lo menos posibles, equivalentes a este y esta, que pueden sonar bastante descorteses si uno los usa delante de los aludidos. Deben haber sido ingeniosos al principio —quién sabe cuándo sería—, pero hace mucho tiempo que ya todos sabemos a quiénes se refieren.

         También durante mucho tiempo he pensado que el “epíteto” Estelita del Llano tendría que haber nacido de la fama que en algún momento tuvo la artista venezolana conocida con ese nombre. Es comprensible que haya sido desde entonces la fachada del pronombre esta cuando el chismoso sentía el peligro de ser descubierto hablando de una mujer en su cara. Sin embargo, nunca antes supe si había aparecido antes la artista o la expresión. Y como no tenía noticias de ningún famoso llamado Esteban de Jesús, siempre pensé que la versión masculina del “apelativo” simplemente derivaba de su semejanza con una forma frecuente de poner nombre a los varones en Venezuela.

         A pesar de esto, uno hace bien en no darlo todo por sentado, y hoy que pensé en escribir sobre ese fenómeno, descubro, primero, que Estelita del Llano es un seudónimo y, después, que Esteban de Jesús era el nombre real, aunque yo no había oído nunca ni una sílaba sobre la persona que lo llevaba.

         La cantante y actriz venezolana Estelita del Llano en realidad se llama —porque aún vive— Berenice Perrone Huggins, y nació en Tumeremo el 28 de septiembre de 1937. Cantó por primera vez en público en 1960, en un concurso radial, que ganó y después del cual la emisora hizo una encuesta para ponerle seudónimo a la nueva artista. Desde entonces grabó 21 discos de boleros que ahora son conocidísimos en toda América Latina. En 1996 formó un exitoso grupo con las célebres Mirla Castellanos, Mirtha Pérez, Neida Perdomo, Mirna Ríos y Floria Márquez y con ellas recibió el Premio Casa del Artista al cantante del año. Hasta la primera década del siglo XXI estuvo activa en la música y la televisión, siempre fiel al género que la llevó a la fama, el bolero.

         Mientras tanto, el boxeador puertorriqueño Esteban De Jesús, nacido en Carolina el 2 de agosto de 1950, andaba buscando y conseguía la oportunidad de enfrentarse al legendario campeón panameño Roberto Durán, apodado Mano e Piedra, que no había perdido un combate en toda su carrera. El 17 de noviembre de 1972 De Jesús se convirtió en el primer hombre que logró derribar y vencer a Durán. Su nombre tiene que haber cubierto cientos de metros de papel periódico en aquellos días y en los años siguientes, cuando los dos peleadores volvieron a enfrentarse en Panamá y en Las Vegas. De Jesús murió de sida en 1989 mientras cumplía una condena a cadena perpetua por homicidio con el agravante del consumo de heroína. Durán estuvo entre los pocos que fueron a despedirse de él días antes del final.

         Todo esto me hace concluir que Esteban de Jesús y Estelita del Llano, sobre todo por sus coincidencias fonéticas, pueden haber surgido en la época de mayor popularidad de la cantante y el atleta: los años 60, 70 y 80. Quién sabe si se utilizaban antes (o si brotaron simultánea o consecutivamente), pero con semejantes historias detrás, palidecen las otras hipótesis. Si me equivoco, ojalá que aparezca pronto quien me corrija.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLX / 13 de mayo del 2024

 

domingo, 25 de febrero de 2024

¡Suerte y ‘Gaceta Hípica’! [CDXLIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¡HOY ES EL UNDÉCIMO ANIVERSARIO DE RITOS DE ILACIÓN!

 

  

Virgilio Decán (1930-2022)

 

 

 

         Cuando yo era pequeño, tenía un tío —lo tuve hasta el 2010, cuando aún no era viejo— que estaba enganchado con las carreras de caballo. Cada domingo durante una época, desde el mediodía, más o menos, mi tío se reunía con sus amigotes en uno de esos garitos abominables en que hombres “de mal vivir”, como decía mi abuela, beben alcohol, gritan, juegan cartas, se pelean, se prestan, se roban, se cobran, devoran mujeres imaginarias, compran carros que no existen, se hacen amigos, se enemistan... y apuestan. Y en aquel tiempo, no había “entretenimiento” más popular en Venezuela que las carreras de caballo. Y en realidad ni siquiera era un vicio al que cedían todos nada más los domingos. En el Hipódromo de La Rinconada, de Caracas, había carreras, que yo recuerde, los domingos, pero en el de Santa Rita, de Maracaibo, las había también los jueves, y algunos jueves aparecía mi tío por la calle de la casa de mi abuela, donde yo vivía, para sumergirse con placer en aquel que él llamaba, imitando a Aly Khan, el legendario narrador de carreras, “el maravilloso mundo de las carreras de caballo”.

         Khan —cuyo nombre verdadero era Virgilio Decán— tenía un programa en el canal Venezolana de Televisión en que él y otros locutores analizaban las posibilidades de cada caballo de cada carrera y en el que, por supuesto, hacían publicidad a muchas cosas. Y uno de los productos que anunciaban era la revista más conocida del hipismo venezolano: Gaceta Hípica. La publicación, fundada en 1950 y aún activa hoy, ofrecía todo tipo de datos para los apostadores: historias, récords, fotos, fechas y horas de las carreras, nombres de los jinetes, genealogía de los caballos, infinidad de información. Era tan difícil para las demás revistas, siempre menores, competir con Gaceta Hípica que aparecían y desaparecían como trapecistas de circo. A Gaceta Hípica le iba tan bien que se daba el lujo de poner al legendario narrador de carreras en todos sus comerciales. Y él hacía aquellos comerciales con la misma soltura con que mencionaba, tejidos armoniosamente en una sintaxis incorruptible, todos los detalles del veloz recorrido de 12 caballos por la pista. Aquella misma voz terminaba siempre el comercial con el lema de la revista: “¡Suerte y Gaceta Hípica!”.

         Aunque no nos percatábamos de ello entonces, el dichoso lema tenía todo lo que se necesitaba para conquistar corazones para el hipismo: era una equilibrada conjunción del azar de juego y el análisis racional de la información. La suerte, con frecuencia elusiva, y el conocimiento, acumulado en la revista, le auguraban al fanático de las carreras una buena racha, le deseaban suerte al apostador, pero le revelaban que no era suficiente: también requería la Gaceta Hípica.

         Puesto largamente en el oído de los venezolanos, el lema llegó a convertirse en una expresión más del habla popular: usted quería desearle a un amigo que le fuera bien en algún emprendimiento o aventura, le decía al despedirse de él: “¡Suerte y Gaceta Hípica!”. Después también se oyó: “¡Suerte y Gaceta!”. Y ahora, de vez en cuando, se oye, por ejemplo: “¡Éxito y gaceta!” y otras variantes, emancipada ya la expresión de su origen, al menos en la superficie.

         Después de un tiempo, las inmensas cantidades de dinero que podían ganarse si uno acertaba los ganadores en el juego del 5 y 6 (el sistema de apuestas de los hipódromos) se redujeron de tal manera que la mayoría de la gente perdió el interés en las carreras. Sin embargo, la influencia que había logrado esta actividad en la lengua hablada por los venezolanos ha subsistido hasta el sol de hoy, que Ritos de Ilación celebra su undécimo aniversario (cinco y seis) hablando de ella.

         Otras huellas de herradura que vemos en la lengua cotidiana son las expresiones estar fuera de lote, que se usa para referirse a un caballo (y por analogía a una persona) cuya capacidad está por encima de los de su grupo); ejemplar de poca monta, que se refiere al animal (o persona) con poco talento o habilidades para la competencia; quedarse en el aparato, es decir, no arrancar un caballo cuando se da el disparo de partida y, metafóricamente, no tener una persona la iniciativa en una actividad.

         El hipismo, como el beisbol y la parranda, acaso los tres grandes vicios de los venezolanos, ha sembrado con provecho muchas semillas en el habla. Y eso también es para celebrar.

         Gracias a Dios, un día las palabras de mi abuela hallaron el camino para llegar a lo que Freud llamó el consciente de mi tío, y este volvió a ser un trabajador ejemplar, como nunca antes había sido; con el tiempo llegó a vivir con comodidad, y no precisamente gracias al azar, y a dar educación y estabilidad a sus hijos... Y a sus sobrinos, porque no me imagino a qué temprana hora hubiera tenido yo que abandonar la universidad, si no hubiera sido por la generosidad de aquel tío.

         La vida de las personas y la vida de las lenguas van juntas, no cambia una si no cambia la otra, y cuando una florece, la otra da frutos. Los frutos de esta semilla que hace 11 años bauticé Ritos de Ilación, empresa tan fatigante y placentera al mismo tiempo, quizá crezcan dentro de mucho tiempo, pero aunque sea dentro de mucho tiempo, será bello sentarse bajo su sombra y disfrutar un poco del verdor de sus hojas y de la brisa que sopla.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXLIX / 25 de febrero del 2024

EDICIÓN DEL UNDÉCIMO ANIVERSARIO

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes):

Congorocho [VI], de Isabel Matos

¿Pronombre de lugar en español? [XLV], de Daniel Avilán

¡Ay, qué noche tan preciosa! [XCVI], de Edgardo Malaver Lárez

Picnic [CXLI], de Edgardo Malaver Lárez

Kikirikí [CXCVI], de Edgardo Malaver Lárez

Qué arrecho [CCXLIX], de Edgardo Malaver Lárez

A caballo regalado... [CCXCII], de Álvaro Durán Hedderich

El hashshish vuelve a los diccionarios [CCCXLV], de Luis Roberts

Aniversario con heterónimos [CCCLXXIX], de Edgardo Malaver Lárez

Ritos de Ilusión [CDX], de Edgardo Malaver Lárez