Mostrando las entradas con la etiqueta Verbos. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Verbos. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de enero de 2025

Como si alguien jugara con los verbos [CDXCV]

Edgardo Malaver

 

 

 

Antonio José de Sucre va a morir joven,
pero en el pasado

 

 

         ¿Qué va a pasar el día en que se nos ocurra que todo tenemos que tomárnoslo literalmente? Pues va a pasar que, en contra de lo que sería lógico, la lengua va a ser plana e inexpresiva y, además, no vamos a entendernos. La verdad es que no hay nada que sea literal. Si el signo lingüístico es arbitrario, nada puede ser literal, porque lo literal viene ya estipulado antes de tiempo, mientras que lo expresivo depende siempre de lo que está por pasar.

         Y esta particularidad de la lengua llega hasta el interior del verbo. Miren cómo juegan los tiempos con el verbo, parece que hubiera un duende dentro de ellos, haciendo travesuras. Uno puede expresar en presente eventos que en realidad han sucedido en el pasado (se le llama, aunque no siempre, presente histórico):

 

El mariscal Sucre nace en Cumaná y muere joven;

Ayer nada más, trato de abrir la puerta y descubro que está condenada;

Gómez le escribe una carta a Castro y le dice: “No vuelva, compadre”.

 

También puede aplicarse a los futuros:

 

Mañana me compro una camisa;

En un año me gradúo y me mudo yo solo a otra casa;

La próxima semana viene el electricista, le preguntas a él.

 

         Pero como sería injusto que no sucediera al contrario, igualmente suele utilizarse el pasado para hablar de acontecimientos del presente (como para restarle realidad a un hecho o como si imitáramos a niños que juegan):

 

[juguemos a que] Yo era médico y te operaba un riñón;

[imagínate que] Tu tío estaba vivo y venía a hablar contigo

[hazte cuenta de que] Mi mamá te adoptaba y te convertías en mi hermano.

 

Este tiempo, especialmente el copretérito, puede hacer la magia de imprimir modestia a una solicitud, como cuando uno dice:

 

Deseaba pedirle un favor;

Te llamaba para preguntarte sobre la fiesta;

Me preguntaba si era posible esperar aquí.

 

         Y lo más increíble de todo esto: el uso del futuro para hablar del pasado:

 

Los románticos adoptarán los ideales de la antigüedad griega;

García Lorca regresará a Granada, donde lo apresarán y lo asesinarán;

Más tarde, Estados Unidos lanzará la bomba y Japón se rendirá.

 

¡Bien podría este tiempo llamarse futuro histórico!

         También puede suceder, y sucede, que utilicemos el futuro para referirnos a un hecho que sólo vemos como probable, no cierto ni confirmado (lo cual lo hace más bien subjuntivo, pero en realidad vale como presente):

 

A estas horas, ya estarás en Francia;

Después de estos acontecimientos, María se sentirá destrozada;

Te habrás molestado conmigo, ¿no?

 

         Existe un “efecto” que se parece mucho a este pero que no es el mismo. En este caso, se usa un pasado (con más precisión, el que la Academia llama condicional, el que Bello llama postpretérito) para expresar que un hecho es simple imaginación o deseo. Imagínense que uno dice:

 

Por mí, estarías bien lejos;

Mi abuela te diría del mal que vas a morir y te echaría de su casa;

Preferiría morirme.

 

         Por otro lado, el imperativo afirmativo tiene una forma y el negativo otra: ve y no veas, camina y no camines, sufre y no sufras. Se nota mucho que el negativo, curiosamente, siempre es idéntico al subjuntivo (como si el subjuntivo fuera un tiempo); pero también puede expresarse el imperativo por medio del indicativo, ¿no es una hermosura?:

 

Amarás a Dios por sobre todas las cosas;

Vas ahora mismo y te disculpas con tu hermano;

Tú te comes esto y pasas la tarde como unas pascuas.

 

         Los tiempos verbales son diez: uno para lo presente, cinco para lo pasado y cuatro para lo futuro. Esto quiere decir que por más nombres que utilicemos para definir con toda precisión en qué momento ha sucedido un hecho, este siempre va a caer en las tradicionales y sencillas nociones de presente, pasado y futuro que todos conocemos. Pero el sabor de la lengua se multiplica cuando los hablantes mueven las piezas de lugar, como si estuvieran jugando con las palabras y sus posibilidades expresivas, con los verbos y sus tiempos, con lo dicho y lo significado.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCV / 13 de enero del 2025

 



Otros artículos de Edgargo Malaver:


lunes, 6 de marzo de 2023

Pretérito y copretérito [CDXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente sobre el lago de Maracaibo. Foto: C. Hernández


 

 

         Tal como decía en la edición 98 de Ritos, titulada “Antepretérito, antepresente, antefuturo” (¡del 7 de marzo del 2016!), la diferenciación entre los tiempos pretérito (habitualmente llamado pasado) y el copretérito es bastante sencilla, sobre todo si recurrimos a Andrés Bello, que ha pensado su clasificación para “uso de los americanos”, es decir, para los que hablamos la lengua española en América. Me preguntan mucho los estudiantes por qué veo tanta diferencia, en lo que escriben, entre las formas pensé y pensaba, por ejemplo, y cómo pueden identificar rápidamente la diferencia. Me da gusto que me pregunten porque la sola pregunta es ya evidencia del aguijón que les ha clavado el estudio de la lengua, además de que, como descubren poco antes o poco después, es un asunto fascinante.

         Echémosle una mirada a esta lista de oraciones:

 

Yo caminé ayer con mi mamá

Yo caminaba ayer con mi mamá

 

Mis amigos me regalaron libros

Mis amigos me regalaban libros

 

Comieron sin recordar su hambre

Comían sin recordar su hambre

 

¿Te quedaste sola en tu casa?

¿Te quedabas sola en tu casa?

 

Regresamos temprano a Maracaibo

Regresábamos temprano a Maracaibo

 

         Está más bien claro que en la primera oración de cada par el hablante se refiere a una sola oportunidad en que se realizaron las acciones, ¿no es cierto?; señala un punto preciso en la llamada “línea del tiempo”.

         En el primer caso, por ejemplo, ¿verdad que uno piensa: “Sí, claro, esta persona caminó ayer con su mamá, no anteayer ni la semana pasada”? Sabemos que eso pasó en el pasado, no en el presente ni en el futuro, y que pasó una sola vez. Por esta razón esta forma del pretérito, para la Academia, se llama perfecta y, además, simple: porque ha concluido y no ocurre más. Para Andrés Bello, eso es simplemente pretérito, es decir, pasado.

         En la segunda oración de todos los grupos no sucede exactamente eso. Es parecido, pero no es igual. En la segunda oración, se sabe con certeza que el acto de caminar (y los otros ejemplos) ocurre en diversas oportunidades durante un período impreciso del pasado. No se puede (ni siquiera el que habla lo sabe... ¡ni los que caminaban!) determinar qué día ni a qué hora comenzaron con la costumbre de caminar juntos ni cuándo la abandonaron. Ni siquiera se sabe si la han detenido en el presente. En suma, se trata de un período, no de un momento, en el que sucedía repetidamente lo que dice la oración. Es pasado también, pero la repetición que está implícita lleva a Bello a llamar esta forma copretérito. Es como que dibujáramos una “línea del tiempo” y pusiéramos un punto en ella por cada caminata, una al lado de la otra. Por eso aparece el prefijo co- en copretérito.

         Como ejercicio para mis alumnos, los invito a examinar el resto de oraciones y tratar de ver si sucede también en ellas lo he dicho sobre el primer par.

 

Equivalencias entre Bello y la Academia (Fernández López, 2018)

 

         En la tabla de Justo Fernández López que les pongo aquí, aparecen las tres formas de llamar los tiempos verbales en español. Mi opinión es que no hay mejor conjunto que el ideado por Bello. Es la más sencilla y la más clara. Creo que las otras también ofrecen detalles que permiten comprender la naturaleza de los tiempos, pero no superan la de Bello. Su libro sobre el castellano de América es, además de supremamente informativo, muy claro, en contra de lo que su prestigio sugiere.

         Además de esto, uno siempre puede preguntarse (porque es cuestión de preguntarse): ¿cuándo hice tal o cual cosa?, ¿fue una sola vez o fueron muchas?, y, si fue más de una, ¿sigue repitiéndose o ya he dejado de hacerlo? Quizá las respuestas a estas preguntas y las lecturas que hagamos nos darán la ansiada claridad.

         En este instante me doy cuenta (presente, el momento en que lo digo) de que escribí aquel artículo (lo hice una vez y no lo he vuelto a escribir) el 7 de marzo del 2016. En aquellos días, siempre escribía (¿ven?, una época) los jueves, ahora lo hago los domingos.

         Muy bien... como he terminado mis respuestas a todos los que me han preguntado sobre este asunto, hasta luego.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXI / 6 de marzo del 2023




Otros artículos de Edgardo Malaver


lunes, 9 de septiembre de 2019

Otro verbo con otros sinónimos [CCLXXIII]

Edgardo Malaver


Borges, autor de “Funes el memorioso”



         Hace tres semanas, intentando irme por el camino ancho al examinar los verbos comenzar y empezar, decidí concentrarme en los sinónimos y lo que decía el diccionario de la Academia; lo primero que sucedió fue que me costó decir lo mínimo en el espacio máximo que pauta Ritos, y lo siguiente, que encontré datos sobre ciertos sinónimos que me dejaron como corredor en pisicorre.
         Me armé una breve lista de sinónimos un tanto arbitraria y después consulté sus significados, lo cual sólo pocas veces me condujo al previsible camino en círculo al que conducen estos juegos. La lista era: comenzar, empezar, iniciar, principiar, emprender, entablar, abordar, intentar, encabezar, abrir, introducir, arrancar, guiar, conducir. Ya he hablado de los dos primeros. El tercero, iniciar, me dio una sorpresa.
         La primera acepción de iniciar es tan sencilla que el diccionario incluso lo define con un sinónimo: comenzar; pero luego dice en la segunda: ‘introducir o instruir a alguien en la práctica de un culto o en las reglas de una sociedad, especialmente si se considera secreta o misteriosa’. No luce en nada extraño porque describe una actividad en que se da los primeros pasos, pero sí se siente que no es ya un sencillo sinónimo de comenzar.
         La tercera acepción dice: ‘proporcionar a alguien los primeros conocimientos o experiencias sobre algo’. Igualmente parece un comienzo, aunque es claro que va más allá. Estas dos ideas nos llevan a las célebres ceremonias iniciáticas de sectas y grupos fanáticos que exigen a los aspirantes a miembros pasar por ciertos ritos, en ocasiones sangrientos, que incluso pueden comenzar en desastre. ¿O tendré demasiado Hollywood en la cabeza?
         Los sinónimos que encontré para iniciar, teniendo en cuenta estos significados, son: enterar, preparar, formar, instruir, aleccionar, enseñar, educar e incluso catequizar. ¿Vieron hasta dónde llega el asunto?
         Uno descubre estas mínimas redes de significados, urga un poco en sus etimologías, hasta en sus formas, y llega a preguntarse si no estarán, por algún sinuoso recorrido de la sinonimia y los  matices, conectados, asociados de alguna manera, emparentados como parientes lejanos que crecen en la misma casa. Sí, ¿serán sinónimas todas las palabras?
         Es por lo menos fascinante tropezarse con estos curiosos sinónimos que a veces se “alejan” o se diseminan en numerosos campos. Quién sabe si no son, en realidad, esas fuerzas las que nos permiten mantener el equilibrio. De otra forma, o no sabríamos reconocer un significado de otro o seríamos todos como Funes el memorioso, a quien atormentaba el poder de recordar no sólo “cada hoja de cada árbol de cada monte, sino cada una de las veces que la había percibido o imaginado”.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXIII / 9 de septiembre del 2019




Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 19 de agosto de 2019

Dos verbos sinónimos [CCLXXI]

Edgardo Malaver



Varios círculos (1926), de Vassily Kandinsky



         A mí me pasaba lo mismo: cuando escribía Comienzo a caminar por la calle de mi casa, la vocecita aquella que tenemos todos en la mente me gritaba: “¡Empiezo!”.  Y al revés. Me molestó tanto la vocecita de los riñones, que antes de terminar el bachillerato comencé —sí, comencé— a hacerme el sordo, y ella terminó cansándose de mí. Yo la recuerdo, pero como nunca me dio ni un solo argumento, ni siquiera se la menciono nunca a nadie.
         Eso fue hasta la semana pasada, que vino a visitar a mi esposa, que es su prima, el pintor peruano Juan Pablo Ríos —que también es karateca, con la celebridad que han cobrado en estos días los karatecas peruanos—. Y entre un comentario y otro, me mira a mí y me dice: “¿A ti no te pasa cuando escribes que dudas entre poner comenzar y poner empezar?”. Pues no, ya no me pasa, le digo, pero parecen simples sinónimos, no debe haber gran diferencia entre ellos. Pero la pregunta de Juan Pablo, además de halagarme, me persiguió todo el día, de modo que en la noche me puse a leer sobre el asunto. ¡¿Por qué no lo investigué antes?!
         La búsqueda más sencilla en el diccionario de la Academia me da que, como verbo transitivo, comenzar significa ‘empezar’. ¡Ja! Por fortuna dice de inmediato ‘dar principio’. Como intransitivo, en segunda acepción, también es empezar, pero esta vez, equivalente, entre paréntesis, a ‘tener principio’. Y en tercera, dice ‘dar comienzo’. Lo que se llama propiamente un círculo en geometría. Lo que me parece valioso de esta definición es la escuetísima nota etimológica: “Del latín vulgar cominitiare”. Es fascinante porque resulta que cominitiare se compone del prefijo con-, que significa ‘unión’, ‘totalidad’, y el verbo initiare, que significa, como se nota, ‘principiar’. Es decir, cuando comenzamos algo, nos estamos introduciendo en su conjunto total, iniciamos un recorrido que termina en abarcarlo todo. Por algo se dice que uno debe terminar lo que comienza.
         Empezar, por otro lado, significa, como transitivo, ‘dar principio a algo’ y, en segundo lugar, ‘iniciar el uso o consumo de algo”; como intransitivo, ‘tener principio en un lugar’ y ‘dar comienzo en el tiempo’. Me marea tanto círculo, pero me reconforta la etimología. Aunque parezca mentira, empezar no proviene del latín sino del propio español: se forma con el prefijo en- y el sustantivo pieza. ¡Madre mía! No es ya iniciar la hechura de algo sino convertirlo en un solo conjunto, hacerlo una sola pieza. Se me ocurre que, en el origen, deben haberse concebido así emparejar, empaquetar, quizá también enamorar y, más, enamorarse. Empezar parece llevarlo a uno a transformar algo en lo que uno desea.
         ¿Hay diferencia, entonces? Puede ser. Juan Pablo y yo coincidimos la semana pasada en que usábamos empezar en contextos más familiares e íntimos, y comenzar para asuntos más sociales y formales. Él agregó que los niños parecían preferir empezar y yo no lo había pensado, pero suena probable. Ahora mismo estoy pensando que mi niña pequeña dice frases como “Hay que llegar hasta el empiezo de la línea”. Debe ser por su juventud que este verbo no ha engendrado aún su sustantivo. Comenzar sí lo tiene y lo hemos conocido desde el principio.
         Comenzar también luce más colectivo que empezar. Quizá por eso empiezo, yo solo, a prever que pronto otras vocecitas, animadas por la resurrección de ésta, comiencen, en manada, a ilusionarse con el fin de mi prolongada desatención.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXI / 19 de agosto del 2019


lunes, 25 de junio de 2018

De la arrogancia a la cortesía [CCXIV]

Daniel Álvarez



“¿Hay algo más real que las palabras?”, 
se preguntaba Oscar Wilde


          Hoy en día, las personas conocen el precio de todo cuanto existe y los rodea, pero realmente saben el valor de nada. Con esto, quiero decir que hasta en el ámbito lexical se produce el mismo fenómeno: la gente desconoce el valor de las palabras.
         Por la única razón que, en efecto, incita a uno a hacer cualquier pregunta: simple curiosidad, me dispuse a estudiar el trasfondo de un verbo empleado, con gran frecuencia, en actos de justificación o arrepentimiento. Acogido por mi ignorancia, y, como dije, llamado por mi curiosidad, me preguntaba: ¿por qué al verbo disculpar se le añaden los pronombres reflexivos me y se, en ocasiones enclítico, y otras veces de forma independiente y antecediendo al verbo, cuando se trata de lamentarse o excusarse de una ofensa o falla cometida por uno mismo? Consideraba como todo un acto de pedantería el decir “me disculpo ante usted…”.
         Detallando este acto de habla minuciosamente y en un nivel primario, me hacía figurar una suerte de soberbia y vanidad, pues ¿quién es uno para atribuirse la potestad de perdonarse? Su estructura es básica, gira en torno al verbo disculpar, conjugado en primera persona, antecedido por un pronombre reflexivo, y precedido, generalmente, por una cláusula subordinada circunstancial causal, que justifica la razón de la contrición. Si vamos más allá de la gramática de la oración, y nos adentramos en un nivel más profundo, donde yace el sentido de la proposición, parece que el enunciado encerrara un significado fatuo y presuntuoso, pues, en sí, es el propio emisor (sujeto de la oración) quien se toma la inmodestia de perdonarse por una falta cometida por sí mismo, por un error perpetrado por su persona.
         ¿Cuántas veces ha de parecernos que, personajes del día a día pasan de ser individuos plenos de modestia y humildad a sonar soberbios y arrogantes? Es por ello que decidí iniciar este rito con aquella frase que señala que desconocemos el valor de las cosas, pues por valor me refiero, en este sentido, a significados y etimologías, y por cosas, a las palabras que componen la lengua; siendo la unión entre estos dos términos lo que añade sentido a los enunciados que emitimos. Así aclaro que el uso de estos sintagmas verbales no es tan arrogante como parece en primera instancia; al contrario, su sentido va más dirigido a aclarar que la falta cometida escapa de sus propósitos.
         ¿Pero qué significa disculpar? ¿De dónde proviene? Este verbo, perteneciente al primer grupo, procede del sustantivo femenino disculpa, palabra derivada de la unión entre el prefijo latino dis-, lo que significa ‘negación o contrariedad’, y del sustantivo culpa, el cual nos presenta un abanico de acepciones, de las cuales tomé las que se refieren a continuación: “f. imputación a alguien de una determinada acción como consecuencia de su conducta”; “f. psicol. acción u omisión que provoca un sentimiento de responsabilidad por un daño causado” (Diccionario de la Lengua Española, 2017). Por lo que podemos resumir que disculpa significa no tener culpa o responsabilidad de algo. Yendo un poco más allá de su etimología, podemos concretar que dicho verbo representa la acción de justificar un hecho, ofreciendo pruebas, razones o argumentos que excluyen a un individuo de tener culpa o responsabilidad sobre ello. Dicho de otro modo, es la razón que se da para argumentar o excusar alguna falta en la que se ha caído. Por ende, el disculparse no es un acto de petulancia ni soberbia, sino un hecho de autojustificación. En otras palabras, es un modo de prevenir o remendar un error o fallo cometido por uno mismo, a través de razones que aclaran que lo sucedido o dicho fue sin culpa alguna, es decir, sin ninguna intención.
         Lo mismo ocurre, con los verbos excusarse, perdonarse, absolverse e indultarse, verbos que suenan un poco engreídos al añadirle las partículas me o se, las cuales precisarían que la acción del verbo es concebida por el propio sujeto.
         Este extraño y peculiar fenómeno no solo sucede en nuestra lengua castellana, sino en otras lenguas romances como el francés, por ejemplo. Je m’excuse es el arrogante equivalente a nuestro me disculpo. Algunos de los enunciados que aminorarían este parecer altivo en nuestro idioma pueden ser discúlpeme o ¿podría disculparme?
         En resolución, traigo a escena una cita del escritor irlandés Oscar Wilde, que nos viene a la perfección en esta ocasión, y nos sirve de cierre para este “descortés” episodio; dice así: “¡Palabras! ¡Simples palabras! ¡Qué terribles son! ¡Qué claras, y vívidas, y crueles! Uno no puede escapar de ellas. Y sin embargo, ¡qué sutil magia hay en ellas! Parecen servir para dar una forma plástica a cosas sin forma, y tener música por sí mismas […]. ¡Simples palabras! ¿Hay algo más real que las palabras?” (El retrato de Dorian Gray, 1890, traducción propia). Dicho esto, no cabe duda de que la riqueza y el valor de las palabras establecen pronunciadas diferencias en el sentido de las proposiciones, de allí que suene vanidoso decir me disculpo, y cortés decir discúlpeme. ¿Y las diferencias entre disculparse y perdonarse? Este par lo dejaremos para otro rito.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXIV / 25 de junio del 2018




Otros artículos de Daniel Álvarez:

lunes, 4 de junio de 2018

Verbos del cuarto grupo [CCXI]

Edgardo Malaver


¿Qué habría respondido Alexis Márquez Rodríguez
en su columna
Con la lengua? (foto: YVKE)



         Queriendo siempre investigar un poco antes de decir nada, he demorado hasta ahora mi deseo de escribir sobre esta “hipótesis”, que se me ocurrió cuando era estudiante. La semana pasada, en dos ocasiones mencioné la idea en clase, y, como mis búsquedas iniciales han sido infructuosas, siento que puede ser estimulante para los estudiantes que reflexione sobre ello en Ritos. ¿No existió nunca un cuarto grupo de verbos en español? La respuesta es que no, está bien, pero la imaginación y el juego también nos llevan al conocimiento. Insisto, entonces, en este “aleteo de la ficción”, como dice Gabriel Jiménez Emán, por el mero placer de la lengua.
         No hace falta estudiar mucho para darse cuenta de que en español los verbos se dividen en tres grupos: los que en infinitivo terminan con -ar, los que terminan con -er y los que terminan con -ir. Eso es todo, no hay otros grupos, pero no pierde uno nada al elucubrar lo que podría haber sido el pasado de ese otro grupo de palabras, aparentemente todos sustantivos, que terminan con -or. ¿No es posible —al menos poético es— que en un tiempo remoto, tan remoto que no hayamos encontrado registros de él, ese grupo hubiera sido, antes de su metamorfosis en el uso, nuestro cuarto grupo de verbos?
         El verbo doler, por ejemplo, que pertenece al segundo grupo, ¿no habrá sido antes el verbo dolor? Es decir, eso que siento, lo que me afecta más íntimamente, no puede ser la misma calidad de “acción” que caminar, por ejemplo, que es algo que hago con mi propio cuerpo pero que aun así dista de mí casi lo mismo que mugir, que es algo que hace otro ser. En mi descabellada hipótesis, los verbos en -or con esta suerte de significado íntimo emigraron al primer o segundo grupo debido a su conjugación, pero parecen haber conservado intacta su transitividad. Otros miembros de esta pandilla podrían ser amor (que en el presente sería amar), error (o errar ahora), loor (o loar), picor (o picar), ardor (o arder), hedor (o heder), motor (o mover), olor (u oler), sabor (o saber), valor (o valer). Todos parecen, ¿verdad?, percepciones, sensaciones, valoraciones de lo que nos sale al camino, lo que nos llega por los sentidos y nos penetra hasta la raíz de lo subjetivo.
         Hay otros ejemplares que no son tan fácilmente clasificables: calor, candor, color, dulzor, favor, humor, pavor, pudor, rencor, resplandor, rigor, rubor, rumor, verdor, vigor. Parecen los rebeldes de este corpus, porque no es sencillo ubicarlos en alguno de los tres grupos actuales de verbos, pero sí conservan el sabor a sensación y a intimidad emocional o psicológica que dan sus parientes antes mencionados.
         Por los momentos, no quiero contaminar más la muestra, no sea que de pronto me llame un Bello, un Rosenblat, un Márquez Rodríguez contemporáneos para reprocharme que sea tan soñador; pero sí me gustaría descubrir un día que al final amor, dolor, sabor, olor son como verbos que han vivido toda la vida escondidos, que ese grupo de verbos existieron y que nuestros antepasados llegaron a sentir con tanta intensidad lo que ahora llamamos amor, sabor, rubor, que nos legaron esos sustantivos nuevos, que ahora utilizamos como cuerda sensible entre estados del espíritu y las “cosas” del mundo tangible. ¿Estoy muy loco?

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXI / 4 de junio del 2018





Otros artículos de Edgardo Malaver: