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lunes, 10 de marzo de 2025

El presidente traductor [DIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Un traductor nos da la bienvenida a la UCV

 

 

         En 1808, fecha en la cual ocurre el que quizá sea el primer acontecimiento que podamos llamar antecedente —o, mejor, causa— de la declaración de independencia de Venezuela, un venezolano tradujo uno de los textos que, junto con otros cuantos, dio sustento político e ideológico a todo el movimiento de independencia en toda América Latina: El contrato social (1762), de Juan Jacobo Rousseau (1712-78).

         Lo que puede parecernos curioso es quién tradujo semejante libro, considerando las demás disciplinas a las que se dedicaba o por las que se ganó su página en la historia. Este traductor era principalmente científico, y también fue profesor universitario. Entre 1827 y 1829 dirigió la Universidad Central de Venezuela como el primer rector de su historia republicana. También fue político y legislador, senda por la cual llegó a convertirse en 1835 en el primer presidente civil de Venezuela. Este traductor se llamaba José María Vargas (1786-1954).

         Gabriel González Núñez, investigador de la Universidad de Texas, asegura que el doctor Vargas tradujo esta la obra de más conocida de Rousseau con el propósito de leérsela a sus amigos en las reuniones secretas que sostenían para analizar la situación los ciudadanos americanos con respecto a la situación política de la monarquía española, que en mayo de 1808 había sido depuesta por Napoleón Bonaparte. Vargas y otros intelectuales venezolanos comentaban el texto y de alguna manera preparaban (o se preparaban para iniciar) un futuro movimiento rebelde. González Núñez cree que para 1811 la traducción ya estaba terminada. (En 1802 el argentino Mariano Moreno la había traducido, pero no la publicaría antes de 1810.) No existen evidencias de que la de Vargas haya sido editada alguna vez. Sin embargo, el autor, basándose en un comentario de Pedro Grases, piensa que una traducción de El contrato social que se vendía en Caracas en el año en que se firmó el Acta de Independencia puede ser la que salió de las manos de Vargas.

         Cada cierto tiempo me sorprende la cantidad de personajes prominentes de la historia de Venezuela que se han dedicado en algún momento a la traducción. En los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, casi no había otra opción: estos eran los personajes que habían tenido la oportunidad de estudiar, viajar, aprender idiomas extranjeros. Sin embargo, en casos como el de nuestro doctor-docente-parlamentario-rector-presidente-traductor, uno se sorprende por la cantidad de áreas en las que destacaba y los aportes que hizo, que ahora vamos descubriendo poco a poco. De hecho, llega a tal punto la amplitud de los conocimientos y habilidades de este ciudadano de La Guaira, nacido un 10 de marzo, que con razón en su honor se celebra hoy el Día del Médico en Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DIII / 10 de marzo del 2025




Otros artículos de Edgardo Malaver


sábado, 25 de febrero de 2023

Ritos de Ilusión [CDX]

Edgardo Malaver

 

 

 

Plaza Cubierta (1960). Foto: P. Gasparini

 

 

         Hoy sí vamos a cambiarle el nombre a nuestra publicación y, únicamente por estas 24 horas en que está cumpliendo diez años, la vamos a llamar Ritos de Ilusión. Durante ese tiempo, Ritos ha sido eso, una ilusión que, aunque llegue a todos de manera virtual, entre todos hemos convertido en materia concreta; porque no por haber adoptado, pocos meses después de nacer, la forma de blog, deja de ser una realidad tangible y notoria, por lo menos para nosotros.

         Para no atormentarlos con la habitual montaña de números que se dan en estos casos, diré apenas tres cifras. Desde que comenzamos en este camino, en el 2013, hemos recibido 188.306 visitas, 1.116 de ellas en estos últimos 30 días. El día en que hemos sido más populares ha sido el Día del Traductor (30 de septiembre) del 2019, cuando nos leyeron 6.396 personas. Son cifras modestísimas, pero nos ilusionamos pensando que son altas cuando tomamos en cuenta que no mostramos gente en ropa interior.

         Más interesantes, en realidad, son las cifras de los artículos que hemos publicado. Los tres más leídos hasta ahora han sido el agudo “Corte y cohorte” (número 70), de Ariadna Voulgaris, que ha sido “visto” 9.631 veces desde que apareció el 17 de agosto del 2015. En segundo lugar está el jocoso “El yensi” (número 199), de Luis Roberts, con 2.641 visitas desde el 19 de marzo del 2018, mientras que en el tercero está el pícaro “¿Qué es este merequetengue?” (número 9), de Sara Cecilia Pacheco, con 1.431 visitas desde el 26 de mayo del 2014.

         En los últimos 12 meses, nuestros lectores se han acercado 904 veces a “Nombre y apellido del Niño Jesús en castellano” (número 336), escrito por Edgardo Malaver el día de Navidad del 2020; han hecho clic 630 veces en “Corte y cohorte” y 581 en “¡Abajo cadenas!, gritaba el señor” (número 8), de Isabel Matos, publicado el 19 de mayo del 2014.

         ¿Cuáles son los favoritos de ustedes? A mí me han gustado mucho, muchísimo, unos cien de los 410 que hemos publicado hasta ahora. Y ya que me ponen un cuchillo en la garganta para que sea más preciso y para seguir agrupándolo todo de tres en tres, mi memoria me lanza, sin ningún orden relevante, “Titivillus” (número 145), de Luis Roberts, del 27 de marzo del 2017; “Buscando como palito e romero” (número 54), de Aurelena Ruiz, del 27 de abril del 2015, y “La lengua es una vaina seria” (numero 18), de Laura Jaramillo, del 18 de agosto del 2014. Hay más, pero son tantos y tan valiosos que, con la mayor franqueza, si tuviera que escoger uno por cada autor que nos han permitido adornar nuestras páginas con sus nombres, tendría que escribir 27 artículos... a menos que, injustamente, como he hecho hoy, no mencione más que los títulos y los nombres.

         Esta mañana, cuando conversaba sobre el aniversario con el grupo de WhatsApp de Luisa Teresa Arenas, la madrina de Ritos y su principal promotora, uno de sus antiguos colaboradores, Randold Millán, tuvo la idea de que celebráramos la fecha convocando una reunión virtual en que cada uno hablara de su artículo favorito de Ritos de Ilusión. A mí me enamoró la idea... me ilusionó, quise decir. De modo que les anunció que pronto habrá una celebración con ese propósito.

         Será un gusto incalculable ese día hablar de los textos escritos por los casi 30 estudiantes, profesores y amigos, de dentro y fuera de la Escuela de Idiomas y de la Universidad Central de Venezuela, que con los años se han sumado a esta ilusión para hacer verdad palpable nuestro amor por las palabras, por sus sonidos y por la fuerza que dan a nuestros actos y a nuestra imagen del mundo y de nosotros mismos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDX / 25 de febrero del 2023

EDICIÓN DEL DÉCIMO ANIVERSARIO




martes, 25 de octubre de 2022

Dos influencias... tres [CCCXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Somos tres: Jesucristo, don Quijote y yo. Muerte de Simón
Bolívar (1889), de Antonio Herrera Toro

 

 

         Ya casi me había dado por vencido: esta semana no parió mi mente un tema del cual hablar en Ritos de Ilación. Y en eso me pongo a revisar el foro de mi asignatura en la universidad para responder los comentarios, dudas y preguntas de los estudiantes, y me tropiezo con esto: “La explicación del profesor sobre la literatura, la ficción y el pacto ficcional me hacen reflexionar sobre la influencia que puede tener un texto en la vida de una persona”.

         Como no tengo otra vida en la cual pensar, aunque no parezca muy ingenioso ni sabio, pensé en la influencia de los libros en mi propia vida. El problema era que, no estando frente a frente con los estudiantes, iba a ser bien fastidioso hablarles de semejante tema. Así que respiré profundo y me puse a decirles lo menos que pudiera. Y me salió esto:

 

Estimada Rodríguez:

     La influencia de una obra literaria en la vida de una persona. Tengo que controlarme para no contarles, para no pasarme la noche entera escribiéndoles sobre esto. Me voy a limitar a dos casos, dos obras.

     Cien años de soledad es un libro que ejerce una atracción tal sobre mí que tengo que tenerlo escondido en mi biblioteca porque si está a la vista y yo paso por ahí, siento que el libro me hace lo mismo que le hizo Atenea a Aquiles aquella vez que estaba a punto de desenvainar la espada para matar a Agamenón, que lo cogió por los cabellos y le dijo: “Insúltalo como gustes, pero no lo mates, que por sus ofensas recibirás más tarde espléndidos presentes”. Si dejo que el libro me atrape, es decir, si lo abro, si leo el primer párrafo, estoy perdido, voy a tener que leer 300 páginas antes de seguir en lo que estaba al pasar junto a él.

     La segunda obra es Don Quijote de la Mancha, que es un libro que intenté leer a los 15 años, a los 18, a los 24, a los 25, a los 29, a los 30, y nunca pude... hasta que a los 33, como por un milagro, estaba yo un día leyendo el periódico y leí una palabra, no recuerdo cuál, y levanté la vista y dije: “Llegó la hora”. Y esa misma tarde comencé a leerlo y no me detuve hasta que lo terminé y ya saben ustedes que Don Quijote tiene más de mil páginas. Y después pasé como seis meses atormentando a mi familia y a mis amigos hablándoles todo el tiempo de don Quijote. Casi no hablaba de otra cosa en todo el día. Ahora solamente atormento a los estudiantes, pero en aquellos días, ya la gente adivinaba: “Sí, Edgardo, ya sé, seguro que don Quijote un día hizo algo como esto que está pasando ahora, ¿no?”. Es lo mejor, lo más bello, lo más impresionante que he leído en mi vida. Y los especialistas, que han leído mucho más que yo, dicen que es la mejor novela que se ha escrito en la historia.

     Mientras escribía esto me vinieron a la mente cinco o seis obras más, pero si me pongo hablar de ellas, no solamente pasaré la noche entera aquí sentado, sino que me iré acordando de otras y otras, y luego vendrán las películas y las obras de teatro y los cuentos de mi abuela y los de mis profesores y los que me cuento a mí mismo y los del cielo y de la tierra, y ay, madre mía. Y así ninguno de ustedes leerá nunca más el foro porque el profesor habla demasiado. Y será verdad.

     Hasta luego, María Elena.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCIX / 24 de octubre del 2022

 



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miércoles, 22 de diciembre de 2021

La mil veces bendita [CCCLXXII]

Edgardo Malaver

 

 

 

La universidad es el mediodía de Venezuela

 

 

         Hace unos 10 años, quién sabe si 15, tomé un taxi desde el Teatro Teresa Carreño hasta La California Norte; por alguna razón que no logré descubrir, el taxista quiso tratarme como turista y desde el principio estuvo describiéndome lo que íbamos encontrando. Me fastidiaba un poco oír nombres y datos que yo conocía tan bien como él, así que no le ponía mucha atención: teatro, mezquita, Parque Los Caobos, Jardín Botánico, pero cuando, casi inmediatamente, mencionó el mural de Zapata, levanté las antenas para oír lo que pudiera decir sobre la universidad. Y dijo: “Ahí detrás de ese mural está la Universidad Central de Venezuela, una universidad muy famosa que fue fundada por Marcos Pérez Jiménez como en los años 50, más o menos”.

         ¡¿Pérez Jiménez?! ¡¿Los años 50?! Era lo primero en lo que se equivocaba, y fue entonces cuando comenzó nuestra conversación. “No, señor”, le dije yo, “la Universidad Central fue fundada por un rey de España en 1721. O sea, la universidad es anterior a la independencia”. Disfruté mucho la sorpresa de aquel hombre y su deseo de saber más y el millar de preguntas que me hizo. Y la broma que hizo cuando nos despedimos: “Usted no se imagina lo que voy a presumir yo ahora que sé tantas cosas de la UCV, cuando me reúna con los compañeros de la línea”.

         La UCV es un concepto tan impresionante para los ciudadanos de Venezuela que hasta los que, tristemente, nunca han tenido la oportunidad de estudiar siquiera en otra institución desean conocerla, verla de algún modo cerca de ellos, buscar algo que los vincule con ella. Es natural que sea así, puesto que la vida de la universidad ha sido testigo, protagonista y promotora de la vida de Venezuela.

         Cuando se inundó el estado Vargas, cuando Irene Sáenz ganó el Miss Universo, cuando Pérez Jiménez llegó al poder, cuando los trabajadores petroleros hicieron aquella huelga contra López Contreras, cuando nació la Generación del 28, cuando los andinos entraron en Caracas con Cipriano Castro a la cabeza, cuando la familia de Teresa de la Parra volvió a Venezuela, cuando José Gregorio Monagas decretó la abolición de la esclavitud, cuando murió Bolívar, cuando se firmó el Acta de Independencia, cuando Humboldt subió el Ávila, cuando José Leonardo Chirinos tomó las armas, cuando nació Bolívar, cuando se conformó la Capitanía General, cuando Teresa Carreño debutó en París, cuando nació Francisco de Miranda, cuando Andresote y De León se opusieron a la Compañía Guipuzcoana, cuando se estableció la Compañía Guipuzcoana... cuando sucedieron todas estas cosas, ya existía la Universidad Central de Venezuela, y en muchas de ellas tuvo participación. Es natural que todos tengamos, o queramos tener, algo que ver con ella.

         La universidad, además, es para muchos de nosotros un hogar, un jardín, un nido. No se limita a ser una institución de educación superior, que crea y difunde conocimiento científico, humanístico, reflexión sobre la sociedad, la historia y el mundo, un ancla que nos mantiene conscientes de la realidad. Su significación es mucho mayor para quienes vivimos a su amparo y su sensibilidad nos atiende casi como una familia. Habrá quienes tengan otra visión, y habrá problemas que en épocas sombrías hayan aminorado esa sensibilidad y la hayan hecho parecer otra cosa, pero al menos a mí la universidad me ha protegido, me ha alimentado y ha dado luz durante dos tercios de mi camino. Sin esa sensibilidad hacia los más jóvenes, los más débiles y también los más talentosos, la vida de muchísimos de nosotros, que vivimos aún, y la de quienes la han vivido en períodos más felices o más dolorosos, habría sido otra vida, y no habríamos sido capaces de llegar a este día.

         Uno no se imagina que va a ver tantas fechas importantes, pero los venezolanos que hemos sido adultos en este siglo hemos podido celebrar ya los 500 años de Cumaná, los 200 años de la independencia y hoy los 300 de la UCV.

         Esta universidad, la cuarta que se fundó en lo que hoy se conoce como América Latina —antes de ella apenas había universidades en México y en Lima desde 1551 y en Santo Domingo desde 1558—, reúne en cada aula a estudiantes y profesores que provienen de los más disímiles lugares de toda Venezuela, y también de fuera de ella. Con 300 años de historia, se puede abarcar la biografía de ciudadanos comunes y de grandes figuras, muchas de las cuales han nacido en sus pasillos y bibliotecas... y en su hospital. Razón tenía aquella campaña publicitaria de los años 90 que decía: “La Universidad Central es Venezuela”.

         Aun si no fuera así, da un gusto y una dulce confianza saber que uno se ha sentado en los mismos pupitres que José Gregorio Hernández, Ida Gramcko, Juan Germán Roscio, Jacinto Convit, Luz Marina Rivas y Lya Ímber. La universidad colonial de los primeros tiempos, la universidad republicana que Simón Bolívar puso en las manos de José María Vargas en 1827 y la universidad que está “detrás del mural de Zapata” ha dado al mundo tantos frutos, tantas mentes, tantos espíritus, que no alcanzaría el día de hoy para que todos fuéramos a besar su mano.

         En la Escuela de Idiomas Modernos, un día invitamos a Rodrigo Blanco Calderón a nuestro Club de Lectura para que les hablara a los estudiantes de sus cuentos, y uno de los muchachos le preguntó: “¿Cuál es su parentesco con la Universidad Central de Venezuela? El escritor, sin vacilar un instante, respondió: “Yo soy hijo de la UCV”. Ese es también mi parentesco con ella.

         Yo cumplo años en mayo, pero en años como este del 2021, me dan ganas de cambiarlo para el 22 de diciembre para celebrar el mismo día que la mil veces bendita Universidad Central de Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 



Año IX / N° CCCLXXII / 22 de diciembre del 2021




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lunes, 24 de mayo de 2021

Un minuto de silencio [CCCLVII]

Edgardo Malaver

 

 

Cleusa de Williams (1936-2021)

 

 

 

         El 23 de abril tuvimos en la Escuela de Idiomas Modernos de la Universidad Central de Venezuela un encuentro virtual, como son ahora, para celebrar el Día del Idioma y homenajear a la amadísima profesora Cleusa de Williams, que había dejado este mundo el mes anterior. Y como el coronavirus nos ha puesto a todos los seres humanos a innovar las formas de hacer lo que siempre hemos hecho, nosotros ese día también hicimos de una forma nueva algo que hemos hecho toda la vida. Al principio de la reunión, guardamos un minuto de silencio por nuestra hermana Cleusa y por la enorme herencia que nos ha dejado en la escuela.

         Curioso minuto de silencio en que cada quien en su casa, en 16 países, se levantó de la silla y permaneció 60 segundos de pie frente a su computadora sin decir palabra. Tal como lo haría en un auditorio o en una plaza, pero en casa, solo, frente a una pantalla donde 43 cuadros mostraban a sendas personas haciendo lo mismo: estar callados frente a la pantalla. Hace menos de un año, ya nos parecía bien curioso —¿irregular?, trastornado?, ¿triste?— que alguien se pasara una hora o dos hablándole a una pantalla, pero nosotros ese día sólo nos quedamos parados frente ella, en silencio, un minuto.

         ¿Quién inventó que pasar 60 segundos de pie con la boca cerrada era forma de homenajear a la gente ya no vive? En 1919, después del fin de la Primera Guerra Mundial, un soldado australiano llamado Edward Honey (1885-1922), que había servido en el ejército británico, propuso en el diario Evening News que se conmemorara el primer aniversario del cese del fuego con cinco minutos de silencio en todo el país. Nadie le prestó atención, pero, meses después, la idea llegó a oídos del rey Jorge V (1865-1936), que la acogió, y el 11 de noviembre de 1919, un año después de la primera firma del Tratado de Versalles, celebró el aniversario recordando de esta forma a todos los que perdieron la vida en la guerra. Durante los ensayos de la ceremonia, presididos por Jorge, secundado por Honey, ambos acordaron reducir el tiempo a dos minutos al percatarse de que cinco eran demasiados.

         Unos días antes del aniversario, el rey había firmado una proclama en la que pedía a sus súbditos en el mundo entero “que a la hora en que entró en vigencia el armisticio, la undécima hora del undécimo día del undécimo mes, se observara durante el breve espacio de dos minutos una total suspensión de todas sus actividades cotidianas [...] de manera que, en perfecta tranquilidad, los pensamientos de todos se concentraran en la reverente remembranza de los gloriosos difuntos”.

         Desde entonces, durante más de 100 años ya, ante la inmensidad de la pérdida, ante la intimidad del dolor, ante la infinidad de méritos del fallecido, es el silencio reverente el que logra expresar lo que las palabras no podrían. Las palabras en semejantes momentos parecieran ausentarse, camuflarse, recogerse ellas mismas para sufrir su propio luto. Y como nunca hay palabras que puedan, ni mínimamente, restañar la mutilación que nos deja la muerte, el silencio es mejor.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLVII / 24 de mayo del 2021


 

 

 

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lunes, 16 de septiembre de 2019

¿Pergamino o cultura? [CCLXXIV]

Laura Jaramillo


Gallegos, una mente muy bien amoblada



         La cultura del venezolano es supremamente variada, probablemente como la cultura de cualquier país del mundo. Nuestra mentalidad tiene mucho que ver con esa multiculturalidad. Creo que son dos aspectos inseparables. Uno influye en el otro y el otro influye en el uno.
         Esto lo podemos ver, por ejemplo, en los muebles de nuestra casa. En Europa, quizás en algunos países latinoamericanos, probablemente se botan los muebles cuando se quiere cambiar el ambiente del hogar. En cambio, nosotros tapizamos una y mil veces los mismos muebles, hasta les cambiamos la forma, de cuadrado a redondo, de dos puestos a uno.
         Sin ir muy lejos, tenemos un perro caliente único, tomamos prestado un simple pan con una salchicha adentro y le pusimos aguacate, queso amarillo, huevo frito, salsa de tomate, mayonesa, mostaza y un largo etcétera.
         No obstante, hay muchas cosas en nuestra cultura que son quizás erradas y sería bueno erradicarlas, y una de ellas es la creencia de que mientras más títulos se tenga, más educación se tiene, educación de actitud, no de conocimiento. Se cree que por tener tres, cinco, seis pergaminos se es una persona muy bien portada.
         Pero esa educación viene del hogar, viene del buen uso cognitivo. El pergamino solo da fe del conocimiento, que puede adquirirse incluso bajo otras circunstancias. Si no, pregúntenle a Rómulo Gallegos.
         El hogar nos enseña a ser respetuosos, tolerantes, comprensivos, amables. El pergamino quizás refuerza esos valores, pero jamás te dará poder para insultar, irrespetar y hacer lo que salga del forro. El poder que se obtiene con el pergamino es el del saber, no el del pisotear.
         Entonces, que nos conozcan por nuestra gastronomía, nuestra hospitalidad, nuestro excelentísimo lenguaje y por nuestro alto nivel cognitivo, lo que le dará mucho más valor a nuestra maravillosa cultura.

laurajaramilloreal@gmail.com



Año VII / N° CCLXXIV / 16 de septiembre del 2019





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¡Qué molleja de metáfora!

lunes, 27 de junio de 2016

Las matemáticas son una sola [CXIII]

Edgardo Malaver



¿Matemática o matemáticas? No parece
sencillo ponerse de acuerdo



         Imagino que usted, como yo, habrá dicho alguna vez las matemáticas no fallan, no dan las matemáticas, ya no hacen las matemáticas como antes. Muy bien, en el habla parece muy adecuado, pero ¿se ha dado cuenta de que, en el terreno formal, ese plural no tiene sentido? ¿Cuántas matemáticas existen? ¿A quién le preguntamos? ¿A Newton, a Descartes, a Tales de Mileto? ¿Al Hombre que Calculaba? Uno siente que, ante una pregunta así, debería acudir a los especialistas, pero resulta que ese camino no ofrece muchas esperanzas. Por grande que sea, y no lo es, el cúmulo de datos que nos ofrece Internet nos deja más o menos en las mismas. Las fotografías de fachadas de escuelas universitarias dedicadas a la ciencia de Euclides no ofrecen mucha claridad o uniformidad para dilucidar el asunto. Las universidades Autónoma de Yucatán y del Estado de Juárez, de México; Industrial de Santander, de España; Sergio Arboleda, de Colombia, y Católica de Chile, por lo menos, pluralizan la palabra en sus nombres. La Nacional de El Salvador y la de Costa Rica no.
         En Venezuela, sin embargo, no parece muy frecuente ese plural, pero también se encuentra. La Universidad Simón Bolívar tiene una Coordinación de Matemáticas, pero, a menos que haya visto mal, las demás no tienen mucha vacilación al respecto. Por fortuna, la lógica nos indica lo que podríamos llamar la mejor respuesta, la más probable. Si hubiera que decir las matemáticas, entonces habría que decir también las biologías, las químicas, las físicas, etc.
         Otro elemento del habla cotidiana nos propone el plural: las matemáticas árabes, las matemáticas financieras, las matemáticas deportivas, pero tratándose de una ciencia, quizá debería imponerse el criterio de la uniformidad con los nombres de las otras disciplinas. Además, las “matemáticas” en las que pensamos cuando decimos, por ejemplo, que “no fallan” o que “no dan” no son toda la ciencia de Euler. Las “matemáticas” en esos casos son las cuentas, los números, los cálculos que uno hace en cada situación particular. Uno puede incluso llamar matemáticas, en plural, a casi cualquier reflexión en la cual adopte la práctica del razonamiento inductivo o deductivo, e incluso “operaciones” más sencillas como una regla de tres. En ese sentido, ese plural es bastante equivalente al que usamos en expresiones como ‘andar a gatas’, ‘hacer algo a escondidas’, ‘resolver las cosas a gritos’.
         Estas ideas no llegan ni cerca de dar una respuesta definitiva, pero, gracias a Pitágoras y a Galileo, la Escuela de Matemática de la Universidad Central de Venezuela cree que las matemáticas son una sola.

emalaver@gmail.com


Año IV / N° CXIII / 27 de junio del 2016