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lunes, 13 de mayo de 2024

Esteban de Jesús y Estelita del Llano [CDLX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La zorra y el cuervo. Ilustración de Arthur Rackham
para una edición de las fábulas de Esopo en 1912

 

 

         Como todo en la vida, la lengua tiene lo que podemos llamar sus ventajas y desventajas. Nos permite comunicarnos, pero al mismo tiempo es también fuente de discordias y desencuentros; con ella hablamos de amor, alabamos a Dios y sanamos las heridas de nuestros seres amados, pero al mismo tiempo nos pone trampas para que insultemos a nuestros amigos, para maldecir y para humillar a nuestros padres. La lengua es el clavel de nuestro jardín y la herida purulenta en nuestro costado. La lengua es lo mejor que tenemos y lo peor que tenemos, diría Esopo.

         En el nivel pragmático de la lengua, es decir, en lo que atañe a la comunicación efectiva, a cómo se convierte en hecho en la vida cotidiana, si es que llega a hacerlo, aparece a veces el obstáculo de que uno puede desear decirle a alguien algo que no desea que una tercera persona, también presente, escuche o al menos entienda. Es un obstáculo para la cortesía, sobre todo. Puede nacer en ese momento un conflicto si llamamos las cosas por su nombre y eso termina afectando la imagen positiva que tiene el tercero de sí mismo. Y en ese momento viene la imaginación en nuestro auxilio. Todos hemos oído a alguna madre hablar con una prima o una amiga frente a su niño que, aunque pequeño, está en capacidad de entender lo que se dice —¡y los niños siempre estamos atentos a la voz de nuestra madre!—, y cuando va a mencionar un detalle delicado, dice: “Lo que pasa es que el que te conté no puede ver la cebolla ni escrita ni pintada”. Es, ya sabemos, la alusión más clara que conocemos en español. Uno casi nace conociéndola, pero las madres siguen usándola.

         Existen otras mil formas de hacer eso, a veces en broma, otras para evitar avergonzar al otro (o para avergonzarlo), e incluso, cuando ya todos saben a qué o a quién se refiere uno, simplemente para mencionar al otro con humor. Sin embargo, no conozco forma más graciosa de hablar de alguien sin mencionarlo que los venezolanísimos Esteban de Jesús y Estelita del Llano. Estos dos nombres son simplemente eufemismos con apariencia de nombres reales, por lo menos posibles, equivalentes a este y esta, que pueden sonar bastante descorteses si uno los usa delante de los aludidos. Deben haber sido ingeniosos al principio —quién sabe cuándo sería—, pero hace mucho tiempo que ya todos sabemos a quiénes se refieren.

         También durante mucho tiempo he pensado que el “epíteto” Estelita del Llano tendría que haber nacido de la fama que en algún momento tuvo la artista venezolana conocida con ese nombre. Es comprensible que haya sido desde entonces la fachada del pronombre esta cuando el chismoso sentía el peligro de ser descubierto hablando de una mujer en su cara. Sin embargo, nunca antes supe si había aparecido antes la artista o la expresión. Y como no tenía noticias de ningún famoso llamado Esteban de Jesús, siempre pensé que la versión masculina del “apelativo” simplemente derivaba de su semejanza con una forma frecuente de poner nombre a los varones en Venezuela.

         A pesar de esto, uno hace bien en no darlo todo por sentado, y hoy que pensé en escribir sobre ese fenómeno, descubro, primero, que Estelita del Llano es un seudónimo y, después, que Esteban de Jesús era el nombre real, aunque yo no había oído nunca ni una sílaba sobre la persona que lo llevaba.

         La cantante y actriz venezolana Estelita del Llano en realidad se llama —porque aún vive— Berenice Perrone Huggins, y nació en Tumeremo el 28 de septiembre de 1937. Cantó por primera vez en público en 1960, en un concurso radial, que ganó y después del cual la emisora hizo una encuesta para ponerle seudónimo a la nueva artista. Desde entonces grabó 21 discos de boleros que ahora son conocidísimos en toda América Latina. En 1996 formó un exitoso grupo con las célebres Mirla Castellanos, Mirtha Pérez, Neida Perdomo, Mirna Ríos y Floria Márquez y con ellas recibió el Premio Casa del Artista al cantante del año. Hasta la primera década del siglo XXI estuvo activa en la música y la televisión, siempre fiel al género que la llevó a la fama, el bolero.

         Mientras tanto, el boxeador puertorriqueño Esteban De Jesús, nacido en Carolina el 2 de agosto de 1950, andaba buscando y conseguía la oportunidad de enfrentarse al legendario campeón panameño Roberto Durán, apodado Mano e Piedra, que no había perdido un combate en toda su carrera. El 17 de noviembre de 1972 De Jesús se convirtió en el primer hombre que logró derribar y vencer a Durán. Su nombre tiene que haber cubierto cientos de metros de papel periódico en aquellos días y en los años siguientes, cuando los dos peleadores volvieron a enfrentarse en Panamá y en Las Vegas. De Jesús murió de sida en 1989 mientras cumplía una condena a cadena perpetua por homicidio con el agravante del consumo de heroína. Durán estuvo entre los pocos que fueron a despedirse de él días antes del final.

         Todo esto me hace concluir que Esteban de Jesús y Estelita del Llano, sobre todo por sus coincidencias fonéticas, pueden haber surgido en la época de mayor popularidad de la cantante y el atleta: los años 60, 70 y 80. Quién sabe si se utilizaban antes (o si brotaron simultánea o consecutivamente), pero con semejantes historias detrás, palidecen las otras hipótesis. Si me equivoco, ojalá que aparezca pronto quien me corrija.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLX / 13 de mayo del 2024

 

lunes, 13 de marzo de 2023

¿Tú juegas ‘béisbol’ o ‘beisbol’? [CDXII]

Randold Millán

 

 

 

El zuliano Luis Aparicio, único beisbolista venezolano
en el Salón de la Fama de las Grandes Ligas

 

 

         Los expertos en la lengua y no me refiero a quienes la estudian sino a quienes la usan con propiedad y sin remordimiento, llevan a cabo un ejercicio muy complicado para los que intentamos entender las palabras que nuestras lenguas vecinas a veces nos prestan: acartonar palabras. A veces, estas vecinas no se dan cuenta de que les hemos quitado “prestada” una que otra palabra porque somos astutos o, más bien, afortunados de que antes de una acusación por robo, mejor decoramos lo prestado con un lacito sencillo en la parte de arriba ¡y listo!

         No me crean a mí. Mejor le pedimos a un fanático del béisbol que nos hable del deporte y, una que otra vez, así como si nos lanzara curvitas al “jom”, nos cambia la seña y termina pichándonos un beisbol que al principio pronunciaba diferente. Casi siempre empiezan dándonos referencias sobre el ídolo de los ídolos, es decir, el ícono con mejores récords en el salón de la fama. Miguel Cabrera no puede faltar; es joven, con números sorprendente y ya iguala a muchos que se tardaron más tiempo en hacerse notar. Claro, nada comparado con figuras del fútbol como Cristiano Ronaldo cuyos números le dan mejor vida que a Miguel Cabrera, sin duda alguna. Y aunque C7 ha demostrado que su estatus de icono se debe a su versatilidad en el mundo de los negocios, además del deporte, no es el futbol lo primero que uno piensa cuando un fanático de estos empieza a hablarnos de Cabrera, Aparicio, Galarraga, por decir algunos.

         Pero, bueno, no nos salgamos del tema, que con el más pequeño descuido es fácil saltarse de un período a otro, como también ocurre cuando usamos la palabra periodo, que por no asociarlo al tiempo, lo primero que hacemos es fingir que no nos incomoda si una mujer nos escucha decirla. Estos fanáticos del béisbol son tan apasionados con el deporte que, con orgullo, aclaran siempre que lo único bueno del béisbol gringo es que hay latinos, que no les hace falta armar tanto escándalos como otros deportes y que son felices con su propia versión de las olimpíadas del béisbol, conocida como la Serie de Caribe. Y aunque sí hay partidos de pelota en las olimpiadas y otras celebraciones que reúnen deportes cada cierto número de año, no son tan populares porque el sabor está realmente aquí (en el Caribe, pues).

         Así que, si quieres descubrir el glosario terminológico que se hereda entre fanáticos del béisbol, te recomiendo que vayas con guante en mano, bate listo y tacos cómodos por si te llevan a un terreno arenoso a jugar. Una recomendación, siempre di que es la primera vez que vas a jugar o la hospitalidad de los fanáticos te podría hacer pasar vergüenza cuando te pregunten qué posición prefieres jugar: “Tienes cara de que juegas bien en el dogaut” es la frase favorita de todos, y no escatimes una noche lluviosa ni un diacrítico, el tiempo siempre es perfecto para jugar. ¡Y si no, que lo diga el pícher o el cácher o el ompáyer o el centerfil!

 

randoldmillan121@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXII / 13 de marzo del 2023

 

martes, 8 de noviembre de 2022

Los puntos cardinales como singularia tantum [CDII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Aquel círculo, sus lagos y pulpos... Nocturno-luna (1917),
de Armando Reverón

 

 

         En agosto del 2016, durante las Olimpíadas de Río de Janeiro, publiqué en Ritos de Ilación un artículo titulado “Los Juegos Olímpicos como pluralia tantum”. Ya habrán adivinado que trataba de ese numeroso grupo de sustantivos que, en español, aunque se refieran a un solo objeto, permanecen en plural contra viento y marea. Y, extraño como los pulpos que habitan los lagos de la luna, no se me ocurrió nunca hasta hoy escribir sobre su “antónimo” sintáctico, los sustantivos singulares que persisten en ser singulares, nombres de cosas que tercamente insisten en ser una sola en la vida.

         Se dieron cuenta ya también de que este grupo se llama sigularia tantum, es decir, “todos singulares”. También pueden llamarse singulares inherentes, porque son inherentemente singulares, perdonen la obviedad. Miren ustedes los puntos cardinales: nos volveríamos locos si hubiera dos sures —algunos políticos de izquierda perderían la mitad de sus ideales—, no habría barco que no se extraviara en el mar si hubiera dos nortes, las películas de vaqueros quizá ni habrían aparecido en la historia si hubiéramos tenido dos oestes, y el sol no sería tan confiable cada mañana si hubiera dos estes o más.

         En suma, están por los cuatro confines de la tierra, pertenecen a nuestro mundo cotidiano. La sed, la salud, la gravedad, que tenemos tan cerca, pertenecen a los singularia tantum. Durante toda la vida nos movemos en este grupo de sustantivos, si consideramos que infancia (y niñez), adolescenciajuventud no—, adultez y vejez son siempre singulares. La gente muy generosa (miren la palabra caridad), la que siempre deja para mañana lo que puede hacer hoy (pereza), los que siembran (trigo, leña, perejil), los que hacen mucho ejercicio (vigor), e incluso los que estudian la bóveda celeste (cenit, nadir), todos ellos saben de lo que estoy diciendo. El orden en que los presento puede parecer carente de nobleza, pero tiene su importancia.

         Algunas veces, algunos de estos nombres, abstractos o concretos, pueden aparecer en plural, pero siempre está claro que ha habido para ello un cambio de contexto, de concepción del asunto considerado o simplemente de significado. Puede suceder que, pluralizados, estos sustantivos se tornen poéticos, tangibles (o intangibles), prosaicos o inimaginables. Algunos miembros muy mayores de mi familia, por ejemplo, si yo les hablara de estas peculiaridades de las palabras, me contestarían: “¡Déjate de calores, muchacho!”. Y me ofrecerían así un ejemplo de lo que les digo. Gracias.

         En definitiva, cada quien tiene una sola fe, una sola tez, aunque no siempre un solo cariz. Idealmente, nuestra mente tiene control de estas sutilezas, sea uno emisor o receptor del mensaje. De la mayor o menor atención o capacidad de captarlas a la primera —presumo yo— pueden depender la comprensión y los malentendidos... además de una montaña de factores, claro.

         De norte a sur, de este a oeste, del mercado a la academia, el reino de los singularia tantum convive entremezclado con el de los pluralia tantum para construir juntos el edificio del habla cotidiana, cuyos bloques permanecen unidos con argamasa de poesía.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDII / 7 de noviembre del 2022

  

lunes, 27 de julio de 2020

Las palabras prohibidas del COI [CCCX]

Ariadna Voulgaris


La publicidad evadiendo ingeniosamente 
la prohibición de decir nombres



         Me llama la atención este asunto desde el año 2004, en que un primo de mi amiga Alejandra estuvo en la selección nacional venezolana de natación y regresó de Grecia quejándose de que el Comité Olímpico Internacional (COI) ponía “demasiadas prohibiciones a la libertad de expresión de los deportistas” durante las Olimpíadas. Alejandra y yo lo animábamos diciéndole que era un gran logro en su carrera haber estado en Atenas a los 18 años y que en el espíritu olímpico era más importante competir honestamente, como él, que la ceguera de los organizadores. Pero él quería libertad de expresión, quería que se eliminara la “regla 40”.
         El miércoles que acaba de pasar tenían que haberse inaugurado en Tokio los XXXII Juegos Olímpicos de la Era Moderna. Nadie necesita que se le explique por qué no se hizo. Se celebrarán el año que viene, del 23 de julio al 8 de agosto. Pero hay algo que mortifica a los participantes quizá más que la posibilidad de obtener una medalla. La aborrecida regla 40 del COI, por lo menos hasta los Juegos de Río de Janeiro, prohibían a los atletas, entrenadores o cualquier miembro de las delegaciones permitir que “su persona, imagen o actuaciones deportivas fueran explotadas con fines publicitarios durante los Juegos Olímpicos”. Por supuesto, la regla no era aplicable a los patrocinadores del COI.
         Justificada por la institución alegando que busca salvaguardar las fuentes de financiamiento y atajar la excesiva comercialización del evento para concentrarse en el desempeño de los deportistas, la rigidez de la norma llegó al extremo, en el 2016, de proscribir, incluso en mensajes personales de los participantes por las redes sociales, el uso de palabras como Juegos Olímpicos, Olimpíadas, medalla, oro, plata, bronce, victoria o verano. Ni siquiera estaba permitido para los no patrocinadores y si estaba relacionado con el evento, ¡escribir Río o Río de Janeiro! Por tanto, un patrocinante que no financiara al COI no tenía derecho siquiera a felicitar a sus patrocinados después de una buena actuación ni publicar sus resultados destacados. La sanción podía ser la expulsión de las competencias e incluso el retiro de las medallas ganadas.
         Afortunadamente, las autoridades alemanas lograron para sus atletas el año pasado una flexibilización de la funesta norma. En un gracioso gesto democrático, el COI se dignó conceder que los alemanes podían utilizar las citadas palabras y las redes sociales durante las competiciones, pero aseveró que no se extendería este beneficio a los competidores de otras nacionalidades. Sin embargo, en junio de 2019, la norma dio un vuelco y se volvió “positiva”, “flexible” y “abierta”. Íbamos a saber hasta qué punto era cierto en estos días, pero hubo que recogerse durante meses y en algunos países siguen encerrados.
         Por lo visto, Atenea intervino en favor de la razón. Es que está tan fuera de la sensatez prohibir palabras, que los publicistas ya habían comenzado a evadir la restricción con mejores resultados que la cerrazón del COI. Hasta el espíritu olímpico, que predica la salud de la mente en armonía con la salud del cuerpo, tenía que estar en contra de aquel desatino.

ariadnavoulgaris@gmail.com





Año VIII / N° CCCX / 27 de julio del 2020

domingo, 15 de julio de 2018

Fútbol encriptado [CCXVII]

Laura Jaramillo



El premio a los ganadores del Mundial, la Copa,
es también una metáfora (foto: FIFA)



         Por estos días, con tanto fútbol a mi alrededor, he tenido el tiempito de ver algunos juegos, y he podido notar cómo los comentaristas y narradores tienen un genio para crear metáforas y expresiones que solo un aficionado puede comprender. Bueno, depende también del medio por el cual se escuche ese partido. Si se tiene la oportunidad de ver el juego, es posible, y más fácil, entender las analogías, lo cual será más difícil si el partido se oye por radio. Y no vayan a decir que escuchar fútbol por radio es más aburrido que un burro en un balcón. Ese ejercicio es exactamente igual a leer un libro, porque la imaginación se activa con tanta emoción y pasión.
         Ese deporte, conocido como el deporte rey, por ser uno de los más planetarios que existe, incita a crear un lenguaje metafórico, que a veces pareciera un lenguaje encriptado, pues hay que imaginarse muchas cosas para llegar al significado. Tengo varios botones de muestra.
         La contabilidad ahora no es exclusiva de los números, o del debe y el haber (columnas espantosas, por experiencia lo digo), sino que sirve también para capitalizar el balón, el tiempo o las victorias.
         El Salto Ángel ahora no es el único mundial, porque en el fútbol también hay cataratas de goles.
         El infierno no es el único lugar del diablo. En el fútbol hay diablos rojos, que, además, tienen su respectivo cancerbero, que debe cuidar muy bien esa portería, porque de lo contrario ese fuego interior puede durar toda la vida.
         Los toreros no son los únicos que esquivan al pobre torito al ritmo de ¡ole!; nosotros, los barrabrava, también gozamos con ese ritmo, cuando nuestros diablos capitalizan muy bien ese balón.
         A pesar de que ya no vivimos en la época del Lejano Oeste, el fútbol tiene sus pistoleros, que pueden ser los supremos goleadores, quienes deben tener cuidado de que no los desarmen. Y si los desarman, pues deben sacar su bicicleta o su tijera. También están los pistoleros que con suma rapidez desenfundan sus tarjetas, sin remordimiento alguno.
         El plomero no es el único que sabe de desagües, pues esos diablillos saben muy bien cómo hacer un caño. Y si se lo tapan, pues hacen un túnel, incluso mejores que nuestros boquerones.
         Y para finalizar (por ahora), los bebés, bueno las mamás, no son los únicos que saben de pañalitis, pues, con mucha suerte, esos diablos pueden curarla con un impresionante gol de vaselina.
Quizás no es el deporte, sino la emoción, la pasión, las alegrías y las tristezas las responsables de incitar tan peculiar lenguaje. Entonces, si lo descifraron, pues felicidades, han ganado una hermosa Copa del Mundo.

llaurajaramilloreal@gmail.com

  

Año VI / N° CCXVII / 15 de julio del 2018



Otros artículos de Laura Jaramillo:

lunes, 9 de julio de 2018

El idioma del fútbol [CCXVI]

Daniel Álvarez


A veces el 10 de su selección, en su equipo profesional
es... el 29



         Tras la tímida entrada en el área grande del centrocampista Edgardo Malaver, el jugador decidió dar un pase filtrado, que recibí y me permitió continuar la jugada. Quizás si hubiese continuado con su jugada individual y hubiese chutado a puerta, el equipo de Ritos de Ilación se hubiese puesto arriba en el marcador, lo que nos pondría un paso más adelante en la clasificación. Sin embargo, hizo una pequeña gambeta y dejó atrás a dos jugadores, hasta que vio un hueco formado entre dos defensas, y, con fuerza, dio un pase que me habilitaba ante la arquería. El público, que en un principio parecía feroz, ahora animaba desde las gradas. Nuestra directora técnica, Laura Jaramillo, dejaba seguir aquella extraordinaria jugada repentina, y seguía con atención cada detalle técnico y táctico. Seguramente, más tarde se presente e indique nuevas órdenes que estructuren mejor el juego y que lo llenen de profesionalismo.
         Al igual que la Marea Roja panameña, nuestro equipo debuta este año en el Mundial Rusia 2018, con una innovación temática que no se aleja de la lengua, sino que, con ella, acompaña la celebración de esta fiesta mundialista.
         Del mismo modo en que cualquier territorio maneja un dialecto o idioma en particular, el fútbol también sostiene un lenguaje específico. Como mencionó nuestra directora técnica en su rito “El fútbol como metáfora de guerra” (LXI, LXII y LXIII), el lenguaje deportivo, específicamente el aplicado en el ámbito futbolístico, no solo se atiborra de metáforas relacionadas con la guerra, sino que también incluye un sinfín de términos provenientes de variados campos semánticos. De este modo, se puede decir que, de alguna manera, el argot futbolístico es una fusión de diferentes elementos semánticos, que dan como resultado una estructura exclusiva.
         No basta con este hurto de términos, sino que, además, la jerga futbolera se apodera también de los números, los cuales son tomados a la fuerza y les es añadida una connotación completamente diferente a su valor real. De allí que lo que para cualquier hablante de nuestra lengua parece ser un número común y corriente, para los conocedores del fútbol denota a un jugador en concreto. En este sentido, el número en cuestión cumple con el cargo de señalar una posición determinada, y a la vez, estandariza las funciones y características del jugador que ocupa ese espacio. En otras palabras, por tradición, los números de los jugadores de fútbol se asocian con una posición específica en el campo de juego. De allí que cuando se habla de un 9, no se refiere al número per se, sino al delantero principal del equipo.
         En vista de esta nueva simbología, es preciso referirla a continuación con más detalle, con el propósito de adecuarnos mejor al lenguaje del fútbol. En principio, el portero titular del equipo siempre tiende a vestir la camiseta con el número 1, por lo que, por tradición, se emplea dicho número para referir tal ocupación. A su vez, los defensores generalmente llevan consigo los números 2 y 3, asignados al zaguero derecho e izquierdo, respectivamente. Entre ellos yacen los jugadores con los números 5 y 6, quienes son, indistintamente, defensores, solo que se sitúan un poco más adelantados que sus análogos. El centro del campo es ocupado por los números 4 y 8. El número 4 tiende a ser el mediocampista defensivo de contención, es decir, suele ser aquel que permanece un poco más atrás durante los ataques. En cambio, el número 8 es el mediocampista de ataque, quien estila conectar el juego entre el mediocampo y los atacantes. Por otro lado, tenemos el número 11 y el número 7, quienes ocupan, respectivamente, el lado izquierdo y derecho del campo contrario. Finalmente, como se mencionó anteriormente, el número 9 es aquel reservado para el delantero principal, quien acostumbra ser el más habilidoso de los atacantes; mientras que el número 10, por tradición, es aquel que se antepone a este último y quien juega como media punta.
         Sin embargo, esta sistematización numérica es estándar, por lo que cabe destacar que los equipos son libres de asignar los números a sus jugadores como les parezca, rompiendo con el esquema tradicional. Así pues, podemos ver jugadores con el número 17 ocupando el puesto de 9, es decir, jugando como delantero. También, es preciso remarcar que suele haber ciertas variaciones en cuanto a las posiciones de estos números, dependiendo de la formación que se emplee.
         Dicho esto, dejo, sobre el campo de juego, el balón de las manifestaciones lingüísticas que destacan en el vocabulario del fútbol, esperando por aquel jugador que dé el pelotazo final, que ponga a la caprichosa entre las telarañas, al equipo de Ritos en la final y al público exasperado por más.

danielalejandro.alba@gmail.com



Año VI / N° CCXVI / 9 de julio del 2018




Otros artículos de Daniel Álvarez:

lunes, 2 de julio de 2018

Los colores del fútbol [CCXV]

Edgardo Malaver



 
El rey Pelé rodeado de sus padres (foto: Jaime Prado)




         En una torpe entrada en el área de peligro, voy a chutar contra una arquería que no conozco, defendida por un cancerbero que parece una muralla troyana, rodeado como estoy de jugadores que saben lo que hacen y delante de un público feroz que no me dejará escapar si fallo; pero nuestra estimada Laura Jaramillo, que sería algo así como nuestro director técnico si Ritos de Ilación fuera un equipo de fútbol, no me ha dado señales de hacia dónde dirigir el balón.
         Juego, además, para una selección que no está participando en el Rusia 2018. No es como la Blanquirroja peruana, que volvió esta vez después de nueve mundiales de ausencia; ni como la Marea Roja panameña, que debutó este año. Mucho menos como la Celeste uruguaya, que ha visto la película en primera fila 13 veces. No, la mía, la Vinotinto, tiene que seguir mejorando, pero sí tiene con ellas en común que su nombre proviene del color del uniforme.
         Pasa también con las selecciones de España, llamada la Roja; la de Argentina, la Albiceleste; las de Colombia y la de México, apodadas Tricolor. Y fuera de la lengua española, pero limitándonos a los equipos de este Mundial, la de Francia se hace llamar los Azules; la de Bélgica, los Diablos Rojos; la de Brasil, la Verdiamarilla (o Auriverde, que es más bonito); la de Japón, los Samuráis Azules. Los serbios se dicen las Águilas Blancas, y los nigerianos se sienten águilas también, pero verdes. Los grandes ausentes, Italia y Holanda, se apodan, como todo el mundo sabe, Escuadra Azurra y Naranja Mecánica, respectivamente.
         A no ser por los colores, por la curiosidad de estos nombres, por las evidentes ínfulas de fuerza física y nacionalismo intenso que me revelan (en algunos casos sólo sugieren), es muy poco lo que puedo decir de este o cualquier otro deporte (quizá del beisbol pueda decir más). Sin embargo, el Mundial de Fútbol, cada cuatro años, me renueva la sensación color de lluvia que da el mes de junio, que nunca logro sintonizar cuando no hay Mundial. Las nubes grises y una breve temporada de frío blanco me instalan, otra vez, frente al televisor con mi hermano para ver Argentina 78, el Mundial blanco y negro, y España 82, el Mundial amarillo, y México 86, el Mundial verde.
         ¿De qué color es el fútbol? ¿De qué color es el Mundial del 2018? Parece rojo, como Rusia, aunque, en general, el fútbol es azul. ¿Qué nos da esa sensación? ¿La televisión, los uniformes, las banderas? ¿Las palabras? Cuando Pelé, en 1982, contaba por RCTV sus recuerdos de mundiales anteriores, aprendí unas cuantas palabras en inglés, que luego descubrí que servían para nombrar cosas fuera del fútbol: corner, offside, shoot. El superlativo de adjetivo fuerte en español, fortísimo, lo aprendí de Pelé ese año.
         Otras y más significativas manifestaciones lingüísticas (y cromáticas) destacan en el vocabulario del fútbol y, en este momento, del Mundial, los nombres de los jugadores, por ejemplo; ojalá que, si no ha sido eliminado su favorito, Jaramillo, o algún otro de nuestros amigos, autores o lectores (¿Juan Sifontes, quizá?), se lance al verde césped para anotarse un tanto en la arquería polícroma de Ritos.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXV / 2 de julio del 2018




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