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lunes, 26 de mayo de 2025

Y hablando de la alegría de Egipto... [DXV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Les Roulottes, campamento gitano cerca de Arles (1888),
de Vincent van Gogh

 

 

 

         Hablando de la alegría de Egipto, hay una que es de la India. No es egipcia, sino gitana. No es que yo sepa nada de los gitanos, de los egipcios ni de los indios, sólo vengo a comentar que la palabra gitano, en español, proviene de egiptano, que significa ‘egipcio’. Tanto que el diccionario no define egiptano, que está en desuso, sino que remite a egipcio. Y, por supuesto, agrega la acepción de ‘gitano’.

         Ah, ¿que por qué? Pues... eso ya no es tan sencillo, pero, dado el interés que muestran, les puedo resumir lo que sé (que acabo de decir que es nada, pero leí un poco ayer y hoy): en el siglo XIV, cuando llegaron a Europa, la gente, debido probablemente al color más o menos “moreno de verde luna”*, como dice García Lorca, se convencieron de que venían de Egipto. Ellos mismos, los gitanos, puede ser que pensaran que ese era su origen. En España tenían buenas razones para cometer este error porque los gitanos llegaron a ese país desde África por el Estrecho de Gibraltar. Y no parecían marroquíes, así que tenían que ser “egiptanos”, después, “giptanos”, después “gitanos”. En otros idiomas el nombre aún conserva la pe.

         Entonces los gitanos provienen de la India. Los hubieran podido llamar indianos, ¿no? Sí, ya lo iba a decir. En primer lugar, nadie sabía, antes del siglo XVI, que su verdadero origen era la India, esto se descubrió cuando se hicieron estudios serios sobre su lengua; pero, en segundo lugar, sí habría sido acertado y, además, afortunado llamarlos así porque, para aquella época, no se daba aún el nombre indiano a los españoles que, en los siglos XIX y XX, venían a “hacer la América” en la Indias Occidentales, principalmente a México, Cuba, Argentina, Chile, Uruguay, incluso Brasil, y no podía faltar... ¡Venezuela!

         Sólo me falta agregar (a riesgo de alargar más este largo resumen), que los sinónimos de gitano también son muy interesantes: el diccionario pone romaní, calé, cañí, cíngaro, pero me voy a detener en este último porque proviene del griego. Otro origen que les imaginaron algunos europeos a los gitanos (sobre todo en el este de Europa) era la antigua Frigia, donde, como tribu, clan, como secta, eran conocidos con el nombre de “Intocables”, y en el griego de aquella época esto se decía, aproximadamente, athinganos o tsinganos. Ya lo vieron, ¿verdad?

 

Valencia, 4 de mayo del 2025

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

______________

* Gracias, profe Malaver, por el poema del bello Federico en que aparece ese color

que a Pantone le falta. ¡Ja! “Antonio Torres Heredia, / Camborio de dura crin, /

moreno de verde luna, / voz de clavel varonil: / ¿Quién te ha quitado la vida /

cerca del Gualquivir?”.

 

 

 

Año XIII / N° DXV / 26 de mayo del 2025

 

 

 

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lunes, 1 de enero de 2024

La palabra del año [CDXLI]

Luis Roberts

 

 

 

Los suizos tenían bancos y ahora tienen palabra del año.
Banco Nacional Suizo

 

 

         En estas fechas en muchos países se elige cuál ha sido la palabra del año. Se elige por su frecuencia de uso en los medios de comunicación y en las redes sociales. Según Oxford University Press, la palabra fue rizz, que en la jerga juvenil de las redes significa ‘carisma’, estilo atractivo sexual. Estos ingleses tan suyos como siempre. Claro que para otras instituciones como el Collins Dictionary es IA (por ‘inteligencia artificial’) y para el Cambridge Dictionary es alucinar, relacionada con lo que produce la información falsa que se presenta como cierta.

         En la Bélgica francófona los lectores del diario Le Soir y los espectadores de la TV pública RTBF, la palabra ha sido bomba climática. En Francia ha sido c’est la Hess, de clara procedencia árabe, que significa ‘tener problemas’ o ‘estar en la pobreza’. En Japón zei, que significa ‘impuestos’; ellos sabrán por qué. En Suiza es monsterbank: qué raro que en Suiza sea una palabra relacionada con los bancos, ¿no? Y en Alemania, según la Sociedad de la Lengua Alemana (GfdS), es krisenmodus, ‘en modo de crisis’. Estos alemanes tan optimistas.

         En EUA según Merriam-Webster, la palabra más buscada en su diccionario es auténtico; otra vez Con la IA a cuestas. Lo curioso es que no haya sido la misma que en España, será porque no la usan a pesar de la crispación que hay allí, que, según algunos politólogos, los tiene al borde de una nueva guerra civil, y que, en el peor de los casos, si vuelve a la presidencia... no quiero ni pensarlo ni decirlo, pondría al mundo entero patas arriba.

         ¿Y cuál es esa palabra en España? Polarización, según la RAE. La polarización política que ha llegado al extremo de oír unos insultos personales en los medios, en la calle y hasta en el Parlamento, de tan alto calibre que sólo hace unos pocos años eran impensables. En las Cortes, el Parlamento, hace unos días se le oyó a la deficiente (en el sentido de la RAE y en el italiano) e irrespetuosa presidenta de la Comunidad de Madrid llamar “hijo de puta” al presidente del Gobierno, aunque luego precisara entre risas que lo que había dicho era “me gusta la fruta”.

         Desgraciadamente esto no es nuevo. Hace unos días el gran periodista y escritor español Iñigo Domínguez publicaba un artículo en el que se refería a Camilo José Cela que contaba que el cristiano viejo era malhablado, porque no tenía que justificarse delante de nadie y citaba como ejemplo el primer Concilio de Toledo en el 397, donde en una disputa teológica san Elipando calificó de borracho y farsante a san Beato de Liébana, que replicó llamándolo “cojón del anticristo”. Por si alguien duda de la exactitud de esta anécdota, o se la atribuye a la conocida facilidad de Camilo José Cela en decir groserías con la mayor naturalidad, que se pase por el pueblo de Liébana, en Cantabria, donde, según una tradición multisecular, se siguen haciendo unas deliciosas pastas dulces que se llaman “el cojón del anticristo”.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLI / 1° de enero del 2024

EDICIÓN DE AÑO NUEVO




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lunes, 9 de enero de 2023

El que se va de villa [CDVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente de los Suspiros, Barranco, Lima

 

 

         No habré sido yo el único que mil veces se preguntó, siendo niño, qué significaba “irse de villa” en el muy conocido refrán el que se va de villa pierde su silla, que es como lo oía yo cuando era pequeño y como sigo oyéndolo hoy en Venezuela. Tampoco habré sido el único que, un poco más grande, pensó, tratando de entender, que lo más probable era que originalmente se dijera el que se va de la villa... —ya comenzaba a sonar colonial, ¿no?—, y que el oído colectivo, arbitrariamente, ajustaría la métrica a siete sílabas, en contra del popular verso octosílabo. Y después, muchos habrán, como yo, concluido que esa villa tenía que ser Sevilla. ¿Qué otro nombre de ciudad española se iba a parecer más?

         El problema persistía porque era forzado decir: “El que se va de Sevilla pierde su silla” en momentos en que alguien se levanta y otro que ha estado de pie mucho tiempo aprovecha la oportunidad para sentarse —o cuando alguien descuida un negocio o un asunto que le interesa y luego lo lamenta al ver que ha sido desplazado—. Alguna vez me he propuesto comenzar a decir más bien: “El que se va a Sevilla...”, que resolvería la disparidad en el número de sílabas, pero no, con la lengua no hay quien pueda: sigue sonado como una guitarra con cinco cuerdas.

         Hoy me he tropezado en Internet con un libro que dejé en Caracas, El porqué de los dichos (1955), de José María Iribarren (1906-71), y echándole un vistazo rápido, me di en la frente con el refrán Quien se fue a Sevilla perdió su silla. Como no hace falta señalar las sutiles diferencias y por el mero placer de oír de una voz sabia la ansiada respuesta, voy a reproducir aquí lo que dice Iribarren:

 

Quien se fue a Sevilla perdió su silla

 

[Se emplea este dicho cuando alguien se ausenta momentáneamente de un lugar, por lo general una habitación, y, cuando regresa, otra persona ha ocupado su sitio. En sentido más amplio, indica que la ausencia puede ocasionar un perjuicio]

Este dicho debió de originarse del siguiente hecho histórico que refiere Diego Enríquez del Castillo en su Crónica del rey Enrique IV (caps. 26 y 54). En tiempos de Enrique IV le fue concedido el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca, y como el reino de Galicia estaba muy alterado, creyó el electo que el tomar posesión iba a costarle Dios y ayuda. Se lo pidió a su tío, y este convino en que iría él a Santiago a pacificar Galicia, y que mientras tanto su sobrino se quedase en el arzobispado de Sevilla.

Don Alonso de Fonseca restableció el sosiego en la revuelta diócesis de Santiago; pero cuando trató de deshacer el trueque con su sobrino, este se resistió a dejar la silla hispalense.

Hubo necesidad, para apearle de su resolución, no solo de un mandamiento del papa, sino de que interviniese el rey y de que algunos partidarios del sobrino de Fonseca fuesen ahorcados después de breve proceso.

Monláu, que refiere esto en su libro Las mil y una barbaridades (Madrid, 1869), concluye: «Dedúcese que el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella».

 

         Y le faltó decir que, además de todo esto, el sobrino, que se llamaba igual que el tío, no abandonó la hermosísima Catedral de Sevilla sino a punta de espada. La tensión se disipó en 1469. Es fácil imaginar que al terminar ese siglo, cuando los españoles acababan de llegar a América, o un poco después, a ambos lados del océano habría quien recordara que aquella situación había puesto en labios de la gente común la ahora archiconocida expresión. Los niños del siglo XX hemos tenido que investigar para saberlo.

         Además, en muchos lugares hay variaciones. Hoy mismo he leído que en Ecuador tienen su propia versión del refrán: El que se fue a Quito perdió el banquito. En algunos lugares de España dicen más bien Quien fue a Sevilla perdió su silla, y quien fue a Granada no perdió nada. No he oído, sin embargo, versión más creativa y graciosa que la peruana, probablemente para referirse jocosamente a la bohemia del barrio limeño de Barranco. Aquí, cualquier que oiga decir la versión sevillana del refrán automáticamente responderá: “Y el que se fue a Barranco perdió su banco”. E inmediatamente, aunque sea un desconocido, alguien replicará con la ingeniosa coda: “Y si viene de Lima, se sienta encima”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVI / 9 de enero del 2023

 

miércoles, 6 de octubre de 2021

Mal de amores con tenguerengue [CCCLXVIII]

Edgardo Malaver

 

 

Dante y Beatriz a orillas del Leteo (1889),
de Cristóbal Rojas

 

 

 

         Desde el miércoles de la semana pasada tengo en la mente una campana que repite y repite una expresión que yo oía mucho cuando era pequeño. Me la repite, sin embargo, incompleta, me repite la primera mitad, y yo sé que me la repite tanto porque quiere recordar la segunda. Confía en mí para que le busque la respuesta... y yo que confiaría en ella. Más o menos el sábado en la mañana comenzó a sonarme que la palabra que le faltaba debía ser tetrasílaba y, horas más tarde, que todas las sílabas tendrían la e como única vocal. Pensé en el merequetengue del merengue ese; pero no, tenían que ser cuatro sílabas.

         La expresión, que les lanzaban los adultos a los muchachos cuando los veían medio lelos, dominados por la falta de sueño, por los suspiros del primer amor, por el calor del mediodía, era como sinónimo de “¡Despiértate!”. “¡¿Qué tienes, fulano, mal de amores con...?!”. Y esta mañana, de tanto intentarlo, comenzó a llegarme de la región oscura una palabra que se parecía a tenguerengue. La pronuncié mientras tomaba café. “¿Será tenguerengue?”, me pregunté en voz alta. La dije, la repetí, la escribí, intenté recordarla en labios de mi mamá, pero nada me daba la certeza.

         Les pregunté a varios parientes que crecieron cerca de mí y antiguos compañeros de escuela. Pronto me llegaron cinco o seis mensajes que afirmaban recordar la palabra claramente, y también la expresión: mal de amores con tenguerengue.

         Mientras esperaba las respuestas, la gran sorpresa me la dio el diccionario. Resulta que la dichosa palabra estaba ahí y yo buscándola en mi memoria. Aparece, para ser más más preciso, en la locución adverbial en tenguerengue, que significa ‘sin estabilidad. Puesto a investigar, descubro que en el 2006 una Escuela de Escritores, de España, la eligió como la palabra más bella del idioma. También he leído que en toda España la usan y que, allá también, puede referirse a un estado de ánimo, como la aflicción o el quebranto “causado por el amor”.

         Después de unos 40 años sin saborearla, sin sentir su tersura de vocales entre el cerebro y la lengua, una palabra ha vuelto a mí. Celebro como quien descubre que un amigo de la niñez se acaba de mudar a la casa de al lado, y desde el primer momento ese amigo recuerda nuestro nombre y poco a poco, juntos, vamos recordando episodios, nombres, temores, alegrías. Y palabras, que son las lámparas del recuerdo, la dulzura de los recuerdos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXVIII / 4 de octubre del 2021

 

 

 

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lunes, 12 de abril de 2021

Una palabra de ida y vuelta [CCCLII]

Luis Roberts

 

 

 

Helio Pedregal interpreta en la serie Carlos, rey emperador (RTVE)
al elegantísimo Señor de Chièvres

 

 

         Hoy quiero compartir con ustedes la historia de una palabra, una historia que estoy seguro de que les sorprenderá, como me ha sorprendido a mí. Es la historia de una palabra de ida y vuelta. Ya verán por qué.

         A la muerte de Fernando de Aragón, el futuro emperador Carlos se embarca en Gante y llega a España el 17 de septiembre de 1517 para hacerse cargo de sus dominios. Al frente de su séquito, compuesto únicamente por flamencos y borgoñones, se encontraba Guillermo de Croy, señor de Chièvres (Bélgica), a quien el emperador Maximiliano, abuelo de Carlos, le había nombrado su tutor a la edad de nueve años. Carlos llega a España con 17 años. El señor de Chièvres, como toda su corte flamenca, fue recibido con muchas reticencias e incluso hostilidades, por la corte castellana. Razones no les faltaban pues una de las primeras cosas que hizo fue nombrar a su sobrino de 20 años, también Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo.

         Sin embargo, el señor de Chièvres también tuvo sus admiradores y aduladores, pues en una corte sobria hasta el aburrimiento como la castellana, en la que el color protocolario era el negro, Monsieur de Chièvres, traía con él una buena y colorida colección de los paños y telas de Flandes. Pronto se pasó de los comentarios críticos a algunos de los más vanguardistas que se propusieron vestirse como él, dando rienda suelta a los colores y esa moda pronto tuvo un adjetivo y un sustantivo: ir a la Chièvres, estar como Chièvres o, sencillamente, estar Chièvres. Tanto sustantivos como adjetivos equivalían a bello, colorido, moderno, bueno, etc. Ahora, a los que hablan francés les pido que se olviden de la correcta pronunciación, y lo digan como un castellano del siglo XVI, o del siglo XXI, da lo mismo. Con la s muda nos quedamos con chievre un paso, muy corto, más, y nos topamos con chévere. Y llegamos adonde queríamos llegar: el origen de la palabra chévere. El señor de Chièvres murió y su rastro desapareció de España así como la palabra chévere, que, sin embargo, arraigó con fuerza en el Caribe, cada vez con más acepciones y todas positivas.

         Pero ¿por qué digo al principio que es una palabra de ida y vuelta? Pues porque gracias a los culebrones venezolanos, hoy la palabra chévere se ha incorporado al léxico de muchos españoles peninsulares. Cosas veredes, Sancho.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 


Año IX / N° CCCLII / 12 de abril del 2021

 

 

 

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martes, 12 de febrero de 2019

Los más pendejos [CCXLVII]

Edgardo Malaver



 
Terminó siendo Úslar Pietri quien desalojó a Pérez Jiménez 
de Miraflores (foto: Fundación Casa Úslar Pietri)


         De joven, cuando a mi madre se le atribuía responsabilidad en algún problema, en alguna controversia, fuera en casa o en el trabajo, ella siempre se defendía diciendo irónicamente: “La más pendeja”. Nada como la ironía para decir lo que uno quiere decir diciendo lo contrario. Claro que hace falta que el interlocutor quiera entender que estamos siendo irónicos.
         Al menos en Venezuela, cuando se presenta una situación en que alguien pretende convencer a los demás de una idea o de un hecho demasiado inverosímil, uno siempre termina pensando o, si se siente ya muy ofendido, diciendo de frente: “¿Tú crees que yo soy pendejo?”. Imagínese usted que viene, por ejemplo, un gobernante y dice: “Vamos a sanear la administración pública, ya hemos comenzado a trabajar en un proyecto y, caiga quien caiga, los corruptos van a ir a la cárcel”; es —usted lo sabe bien— un discurso más que usual en todos los políticos del mundo, de todas las tendencias, pero cuando tienen una semana en el poder; cuando ya han pasado diez, trece, diecinueve años en el palacio de gobierno, está claro que ese gobernante piensa que la gente es pendeja. (En Venezuela, por cierto, pasa a menudo y la gente hace bien su papel, pero aquí no venimos los lunes a hablar de sociología, sino de la lengua.)
         Los lectores se van a sorprender cuando les diga que el diccionario de la Academia no da señales de que en Venezuela la palabra pendejo tenga un significado singular y sólo en la mitad de las acepciones anota que es coloquial. Singular es que en Perú no signifique ‘tonto’ o ‘cobarde’, como en todas partes, sino lo contrario: ‘astuto’. Y singular es que en Andalucía sea equivalente a ‘calabaza’. Pero en ninguna parte como en Venezuela ha sido, en algún momento, signo de pertenencia al selecto grupo de la gente honesta.
         En 1989, el escritor Arturo Úslar Pietri causó revuelo afirmando que en Venezuela casi no existe riesgo de ir a la cárcel por ser ladrón, pero al hombre trabajador y honrado lo más probable es que, en vez de aplaudirlo, se le insulte llamándolo pendejo. La opinión pública se escandalizó por la insolencia de un intelectual de la altura de Úslar, pero unos días después todos se autocalificaban de pendejos. Hasta se organizó una “Marcha de los Pendejos”, que llegó a Miraflores, al Congreso y a la Fiscalía, exigiendo que se luchara contra la corrupción. Un Solo Pueblo incluso escribió una canción al respecto.
         En todos estos años, la dichosa palabra ha ido ganando y perdiendo prestigio según quien la utilice, quien desee bautizar a los demás con ella o quien la crea propia y descriptora de su condición. En el irónico tiempo presente venezolano, en que la vida de tanta gente pende de un pelo, ya no parece fácil que nos creamos las pendejadas que nos cuentan los poderosos. Hay situaciones que no se sostienen ni con palabras, y quizá sean las propias palabras las que deban ponerse al frente para acabar con todo. Haría falta una sola cosa para no darse cuenta: ser bien pendejo.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLVII / 11 de febrero del 2019


lunes, 19 de marzo de 2018

El yensi [CXCIX]

Luis Roberts


 
En todas las épocas las cárceles han sido también
laboratorios lingüísticos. La Rotunda, 1934



       El lenguaje es un ser vivo que se alimenta de muchos nutrientes y así crece y cambia: los extranjerismos, los cultismos, los plebeyismos, etc. Los plebeyismos, o algunos de ellos, dan paso a las expresiones jergales de larga tradición en el español, desde Quevedo y Lope, pasando por la Celestina, Berceo o el Arcipreste, el imperdible Torres de Villarroel, a Larra, Valle, Baroja, Lorca, Alberti y un largo etcétera. Existe igualmente un argot generacional, que, aunque con vocación efímera y alimentándose en parte de plebeyismos, consigue que algunos de sus elementos persistan y se “culturicen” socialmente. Este argot generacional es, si cabe, más evidente en los grupos que la sociedad margina, o que se automarginan, para así tomar distancia, tomando el lenguaje como elemento distanciador.
       En 1983, el novelista, periodista y académico español ya fallecido Francisco Umbral, publicó su Diccionario cheli, siendo el cheli, palabra inventada por él, el argot surgido en Madrid a partir del final de los años 60, sacado de las cárceles por algunos jóvenes españoles de familias acomodadas, que habían aprendido a drogarse y a traficar en las universidades americanas, después de pagar condena en los centros penitenciarios españoles por esos delitos cometidos a su regreso al país. Ese cheli era un amasijo de términos castizos madrileños, romaníes (el idioma de la etnia gitana) y léxico carcelario. Muchas de esas expresiones, a pesar de ser “un código restringido”, en expresión de Berstein, han trascendido al grupo que pretendían representar, y se las encuentra hoy en el habla común del español de España. La bofiala trenaemplumarendiñarla pestañíchironaguripa, etc., son algunos ejemplos. A quién pueda estar interesado en el tema, les recomiendo el interesante trabajo de Margarita de Hoyos González, aparte del maestro Lázaro Carreter y los sociolingüistas Berstein, Beinhauer y Fishman, además del citado Umbral.
       Hace un tiempo, poco, mi amigo Álex, joven simpático, trabajador y estudiante, me contaba que un “pana” de su barrio, el de Campo Rico en Caracas, vendía en la calle el cartón de huevos a 50.000 bolívares, anunciando a voces su producto al grito de: “Yensis, a 50 bolos el cartón”. Extrañado le preguntó por qué llamaba “yensis” a los huevos, a lo que este, sonriente y pícaramente le contestó que cómo se le ocurría que iba a gritar que tenía huevos a 50 bolos, que la gente se mataría de risa. No les sorprendería el precio desorbitado de los huevos, ya entonces, hoy en 600.000, sino que usara el término huevo, que, es bien sabido, es el término con el que se designa en Venezuela, y sólo en Venezuela, al órgano sexual masculino. Le dije que tal vez era una rareza de su “pana”, un exceso de escrúpulo semántico, pero me confirmó que no, que el término se había extendido ya por varios barrios de Caracas y era de uso muy generalizado, que incluso lo usaban sus compañeros de trabajo.
       Azuzado por mi curiosidad lingüística, me propuse averiguar de dónde venía tan extraña palabra, y gracias al “pana” Google, di inmediatamente con el trabajo de Tamoa Calzadilla “Diccionario de la PRAN Academia Española”. ¡Eureka! El lenguaje carcelario, el lenguaje pran en este caso, el mismísimo cheli en Caracas. En el diccionario de Calzadilla, como en el de Umbral, nos encontramos con léxicos, si no todavía de uso generalizado por las capas más cultas de la sociedad, sí al menos reconocibles: achicharraoboca cosida, caleta, los causas, el chigüireo, la garita, el malandreo, la luz, el pran, el sistema, etc. Y, ¡oh, sorpresa!, el yensi. ¿Y qué es el yensi en la cárcel? El órgano sexual masculino.
       Nos encontramos pues ante un fenómeno que no sé cómo definir, de origen carcelario, sí, pero no es un eufemismo, ni un disfemismo, más bien parece un suavizador, un disimulador pudoroso, sólo para entendidos, para los conocedores del “código restringido”, pero para que lo usen incluso los que no saben lo que quiere decir, que no saben que es un sinónimo. Además, casi todos los étimos de las palabras que aparecen en este diccionario son identificables, excepto este, el del yensi, al menos para mi pobre cultura “malandril”.
       Mi amigo Alex me dice que a una linda compañera de trabajo, de sonrisa luminosa y de nombre Clara, como su sonrisa, le han adjudicado el apellido de Clara de Yensi, para que no haya dudas. Me imagino que cuando lea este artículo hará lo necesario para desbautizarla de tan ominoso apellido.
  

luisroberts@gmail.com



Año VI / Nº CXCIX / 19 de marzo del 2018