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martes, 23 de noviembre de 2021

Ochocientas velitas [CCCLXXI]

Edgardo Malaver

 

 

 

Alfonso X el Sabio, el primer defensor del “castellano derecho”

 

 

         A uno le cuesta siempre encontrar al menos un poco de información sobre sus bisabuelos, y mucho más sobre sus padres y sus abuelos. Cuando se tiene la suerte de tener una abuela que se interesa en esas cosas, es uno el que tarda años y décadas en darse cuenta de la importancia de esa información, patrimonio ignorado por la mayoría, y para entonces la abuela ha comenzado a perder facultades, le falla la memoria, se fatiga de nuestras preguntas, se desvía hacia otros recuerdos, mezcla datos reales con hechos imaginados, con dudas, con cuentos que contaban sus propios viejos, y llega el momento en que son tantas las preguntas e hipótesis que nacen en nuestra mente y son tan pocas las respuestas que conseguimos, que es mejor lanzarse en el mar de la ficción e imaginar un mundo que sea, para robarle miel a la literatura, como quisiéramos que haya sido.

         Imagínense ustedes la oscuridad, la vaguedad que podemos encontrar si tratamos de rastrear un antepasado que cumple 800 años de nacido. Por fortuna, este antepasado fue rey de Castilla, de modo que hubo en su tiempo, y ha habido desde entonces todo el tiempo y hay aún hoy, gente que se ocupa de investigar con seriedad la vida pública y privada del personaje, su contexto, su reinado, su descendencia, sus anhelos... y su obra. Y la obra de don Alfonso X el Sabio es precisamente lo que más nos interesa de él 800 años más tarde. Si Alfonso el Sabio no se hubiera empeñado hace tanto tiempo en convertir su forma de hablar y la de sus súbditos en una lengua capaz de expresar toda la ciencia y el arte, la historia y la filosofía existentes en su tiempo, no habría recibido el apodo de “el Sabio”, quizá ni siquiera recordaríamos su nombre de pila, mucho menos su fecha de nacimiento: 23 de noviembre de 1221.

         De los reyes de Castilla del siglo XIII, que es cuando comenzó el castellano a transformarse en lengua estándar, afirma Inés Fernández Ordóñez que ninguno destaca como Alfonso X, coronado en 1252, pues él institucionalizó “el uso del castellano y [promovió] la creación de una serie de producciones textuales sin parangón en su tiempo” (2009, p. 1). Desechando la práctica de todo el mundo “civilizado” de escribir en latín aunque se hablara ya alguna lengua vulgar, Alfonso decretó para su pequeño reino que las comunicaciones de todo tipo se hicieran en “castellano derecho” —“derechura” en la cual el primer y principal artífice sería él mismo.

         La escritura en lenguas locales, explica Fernández Ordóñez, comenzó en la primera mitad del siglo XIII, cuando Alfonso era un niño. En el reino de León se hablaban variedades que hoy se llamarían gallego-portuguesas y astur-leonesas; en Castilla, variadas formas de castellano, no una sola, repartidas desde el este hasta el oeste del reino; en Navarra, el vascuense y una modalidad navarro-aragonesa, y en Aragón, aragonés y catalán. Que una de esas limitadas variedades lingüísticas se haya desarrollado hasta llegar a cubrir una gran parte del territorio no conquistado por los árabes se debió, antes que a otras causas, a decisiones reales y al trabajo intelectual que realizaba y dirigía personalmente el propio rey. No parecen existir muchas evidencias confiables de que Alfonso el Sabio haya escrito todos los textos que se le atribuyen, pero sí está establecido que todo el trabajo que hacían los redactores, recopiladores, traductores, poetas, artistas, filósofos, historiadores, médicos, matemáticos, juristas e incluso lo que hoy llamaríamos astrólogos que trabajaban para él era planificado y pasaba por las manos y los ojos de Alfonso, que le hacía modificaciones y aportes, unos más creativos que otros, a veces de forma, otras de fondo (Arconada y Páez, 1971). “A cargo del soberano corrió, pues, la tarea de dar al vasto volumen de los materiales reunidos dirección, unidad y estilo” (p. 230).

         Nada más coronarse, Alfonso X inicia la reorganización de la célebre Escuela de Traductores de Toledo, que ya había hecho trabajos para él. Esta no era en realidad una escuela compacta en sentido estricto, sino más bien una “oficina” que había dado a Europa versiones en latín de magníficas obras filosóficas y poéticas de la cultura árabe. Alfonso redirige a aquel grupo, que incluía sabios y traductores árabes, hebreos y cristianos, hacia las lenguas vulgares, con privilegiado favor hacia la castellana, y los concentró bajo su autoridad como recopiladores, ordenadores, exégetas y productores de material literario y científico, todo con el propósito de difundir este conocimiento expresado en “vulgar e plano lenguaje”, a decir del propio rey.

         Detalle importantísimo es que, a partir de Alfonso, los traductores de Toledo abandonan la práctica de traducir a la lengua vulgar y luego traducir al latín, lo cual, por cierto, exigía un equipo de hasta cuatro personas que casi nunca hablaban todas las lenguas involucradas. Este salto, respaldado por el prestigio del monarca poeta, sirvió de inspiración para autores de generaciones siguientes que comienzan a escribir su obra prescindiendo del latín.

         Más de un investigador de la vida y obra del rey Alfonso, incluso Alan Deyermond, quizá el más detallista de todos, aseveran que la elección del castellano como lengua para la erección de su obra cultural fue una decisión política y no de otra naturaleza. “La lengua romance del siglo XIII, derivada del latín vulgar”, dice José Miguel Carrión Gutiérrez, “era una lengua popular, con un léxico muy reducido y una gramática tosca: en definitiva, era la lengua creada y usada por la gente ‘menos alfabetizada’” (1997, p. 104). Esa lengua, sin embargo, parece haber estado creciendo, gracias a la empresa cultural de Toledo, que es lo mismo que decir gracias a la traducción. Lo más probable es que, como asegura Deyermond, el castellano fuera lo que proporcionaba un coherente elemento común que mantenía cohesionadas a las mentes más brillantes de la época: judíos, árabes y cristianos, que en el reinado de Alfonso, a pesar de las diferencias raciales y religiosas, pudieron trabajar juntos.

         Se entiende en general que en el terreno político, el reinado de Alfonso X el Sabio no fue precisamente exitoso. Se le criticaba, por ejemplo, que incluso descuidó derechos hereditarios que lo habrían hecho más poderoso por estudiar las estrellas, indagar en la historia y leer y escribir poesía. No fue quizá el gobernante más habilidoso, pero presidió un esfuerzo cultural que aceleró enormemente el proceso por el cual la lengua romance hablada en Castilla alcanzaría más tarde su carácter de lengua estándar y, luego, pronto, de lengua literaria. No habrá resuelto a tiempo el siempre espinoso problema de la sucesión entre sus descendientes, pero creó cantidad de neologismos, introdujo mayor soltura sintáctica en la frase, hizo avances notorios hacia “las finuras de la subordinación” (Arconada y Páez, 1971, p. 231), fijó la grafía de muchas palabras.

         Hoy, exactamente 800 años más tarde, cual si se tratara de un bisabuelo cuya partida de nacimiento se ha perdido pero que nos ha dejado en herencia más libros en la sala que dinero en el banco, más palabras sabias en la memoria que propiedades costosas en el sur de Francia, tendríamos que brindar en su honor esta noche, tendríamos al menos que aplaudir al pronunciar su nombre.

         ¡Salud, don Alfonso!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Referencias bibliográficas

Arconada, L. y Páez, R. (1971). Historia y antología de la literatura española con referencias a la universal. Caracas-Madrid: Mediterráneo.

Carrión Gutiérrez, J.M. (1997). Conociendo a Alfonso X el Sabio. Murcia: Editora Regional de Murcia.

Deyermond, A. (2001). Historia de la literatura española (vol. 1: La Edad Media). Barcelona: Ariel.

Fernández Ordóñez, I. (2009). “Alfonso X el Sabio en la historia del español”. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Descargado de http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc5b0k8.

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXI / 23 de noviembre del 2021

 

 

 

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miércoles, 18 de noviembre de 2020

Vacancia en un dos por tres [CCCXXX]

Edgardo Malaver



Mucho espacio para presidentes vacantes




El Congreso de Perú vacó al presidente de la República, Martín Vizcarra, la semana pasada. Como Vizcarra había llegado a la presidencia, dos años y ocho meses antes, por ser el vicepresidente del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, que había dejado vacía la silla presidencial al renunciar, entonces la presidencia, según la Constitución, tenía que ser ocupada por el presidente del Congreso, que la semana pasada era Manuel Merino. Éste, que ostentaba el cargo desde los primeros días de la pandemia (porque el Congreso anterior había sido disuelto por Vizcarra) no tuvo oportunidad de disfrutar su luna de miel con el poder, pues casi todos los estudiantes universitarios de Perú y no pocos ciudadanos de más edad salieron a la calle a hacerle muchísimo ruido. Después de la juramentación, la primera vez que el nuevo presidente apareció en televisión (y lo hizo en video, no en vivo), fue para renunciar. Durante la noche anterior, habían renunciado todos sus ministros y la junta directiva del Congreso. Apenas habían pasado 122 horas.

No, no es que ahora en Ritos nos vayamos a dedicar a hablar de política. Es que si tres personas le preguntan a uno por “esa palabra tan rara” desde tres países diferentes, lo menos que se puede hacer es escribir la respuesta en Internet.

Ya en julio del 2018 escribí sobre el sustantivo vacaciones, al que se le nota que tiene la misma raíz que vacancia. Ahí ya dice lo que quiero decir hoy, así que, con el permiso del respetable, voy a transplantar un párrafo que necesito:


Vacaciones [y, por supuesto, vacancia] proviene del verbo latino vacare, es decir, ‘estar vacío, desocupado’. Ah, y concuerda con la inusualísima cuarta acepción: ‘el cargo o dignidad que está vacante’. De esta palabra derivan también vacío, vacuo e incluso evacuar (sí, vaciar... en todos los sentidos). Hasta los vagos, el vagar y la vagancia declaran su conexión con el vacare de nuestras vacaciones.


Eso es, vacancia es el sustantivo abstracto referido a la situación de “vaciedad”, de desocupación. Hasta podemos decir que un banco de la plaza que no está ocupado por nadie está vacante, o sea, en situación de vacancia. Las mociones de vacancia que se presentaron para echar del palacio de gobierno a Martín Vizcarra son simplemente peticiones de desocupar, de evacuar el palacio.

Ahora el que quedó vacante fue Merino. Un político de la oposición, que en Perú no se sabe bien hacia qué lado se inclina, dijo el lunes, día en que se debía elegir al nuevo presidente, que la palabra del día tenía que ser legitimidad, pero en Perú la palabra del año (por lo menos del mes de noviembre) ha sido vacancia, ni siquiera pandemia, como en el resto del mundo.

Vizcarra puede sentirse ahora de vacaciones, pero no podrá vagar fuera de su país porque entregó el pasaporte en la Fiscalía. Los estudiantes, cuyas vacaciones ya están cerca, siguen gritando que hay que vacar hasta al portero del Congreso.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXX / 18 de noviembre del 2020


lunes, 4 de febrero de 2019

El coprolito [CCXLVI]

Luis Roberts



El comandante en jefe de la prehistoria... y el presente



         Estoy sumergido en la lectura de un libro que hacía tiempo que quería leer y que por fin hace pocos días conseguí. Es un rara avis, un libro de divulgación científica que es un best-seller: De animales a dioses, de Yuval Noah Harari, un importante historiador, profesor y escritor israelí. Nos cuenta, exponiendo teorías, sin apenas intervenir, la aparición del homo sapiens sobre la Tierra y su posterior expansión desde África al resto del planeta. Por cierto, ¿cuánto tardarán en proponer que la ciencia se una al lenguaje inclusivo y hable de homo et mulier sapiens?
         Resulta que el homo sapiens ha sido y es el animal más depredador que ha parido la naturaleza. No sólo acabó con otros homínidos como el neandertal, el denisovano, etc., sino que en su primitiva etapa de cazador, antes de la revolución cognitiva y la aparición de la agricultura, arrasó con casi todas las especies, mamíferos y aves, de más de 50 kilos de peso. A su llegada a Australia, hace 45.000 años, había 25 especies de marsupiales de ese peso y 24 se extinguieron rápidamente. Aprovechando un deshielo, hace 14.000 años pasaron de Siberia a Alaska y en sólo uno o dos milenios llegaron hasta la Tierra del Fuego. “La fauna americana contaba con mamuts, mastodontes, roedores del tamaño de osos, manadas de caballos y camellos, leones de enorme tamaño y decenas de especies grandes cuyos equivalentes son hoy en día completamente desconocidos, entre ellos los temibles felinos de dientes de sable y los perezosos gigantes que pesaban hasta ocho toneladas y alcanzaban una altura de seis metros. En dos mil años Norteamérica perdió 34 de sus 47 géneros de mamíferos grandes y Sudamérica perdió 50 de un total de 60”. ¿Y cómo se sabe todo esto? Pues porque hay unos científicos llamados arqueozoólogos que se dedican a buscar huesos y, sobre todo, coprolitos.
         Esta palabra, coprolitos, propia de la terminología científica, que da título a este artículo, yo la desconocía, pero por su eufonía y fuerte contenido semántico y metafórico incorporo a mi léxico desde ya. ¿Y qué es un coprolito? La etimología está clara, y perdonen la referencia escatológica, es ciencia, pero el copros de excremento y el litos de piedra, nos remite a su significado: ‘excremento fosilizado’, en algunos casos pelotas enormes de excremento fosilizado desde hace miles de años, otros mucho más recientes.
         Si bien es cierto que palabras afines, como coprófago, han pasado con éxito al lenguaje vulgar con una gran facilidad, el comemiedda cubano, el coprolito, merece también incorporarse al lenguaje cotidiano, como yo ya he hecho. Es más, yendo a la riqueza metafórica que nos puede aportar, en este momento de vorágine política seguro que a todos se nos ocurre un nombre y una imagen de un coprolito.

luisroberts@gmail.com



Año VI / N° CCXLVI / 4 de febrero del 2019




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lunes, 7 de agosto de 2017

Reporteros [CLXIV]

Luis Roberts


Los Tontons Macoutes, los paramilitares de los Duvalier, 
aterrorizaron Haití a partir de 1958



         Hace unos días un amigo tuiteó, o retuiteó, no recuerdo, un tuit a la vez divertido y revelador, que decía: “Twitter es un sitio donde alguien dice que es un asesino ‘multiple’ e inmediatamente alguien le contesta que múltiple lleva tilde”. Con esta introducción quiero decir que las líneas que siguen no son una frivolización académica del sangriento y doloroso parto histórico que vive Venezuela, nada más lejos de mi intención, la de alguien que vive con tembloroso temor, pero con emocionada esperanza, el brusco golpe de timón que un pueblo está dando a la Historia. Pero trabajador de la lengua al fin, y enamorado de su herramienta, no puedo por menos que aprovechar para, con una sonrisa, hacer ciertas observaciones, utilizando estos hechos más como excusa que otra cosa.
         Como tantos otros, supongo, sigo la situación de la calle a través de Internet con la información que los medios alternativos nos ofrecen. Jóvenes y valientes reporteros y reporteras, jugándose hasta la vida en muchos casos, entre gases, tiros, carreras, etc., nos informan puntualmente de las tropelías y saña de unos personajes a los que no les falta más que la cruz gamada en su uniforme para encontrar un símil histórico de un ejército de ocupación y unos “tontons macoutes” que no necesitan mayor identificación. Supongo también que estos reporteros son comunicadores sociales, o están en vías de serlo, y aquí entro en materia, por lo que es más preocupante, si cabe, el estado del uso del idioma en nuestro país, como ya denunció hace años el maestro Rafael Cadenas.
         Para mi entender existen al menos tres factores concomitantes que nos permitan poder entender las causas de este pobre estado: la falta de maestros acuciosos que corrijan los errores desde la primera enseñanza y las aberraciones de los idiolectos populares, la falta de lectura que enriquezca el léxico, y un prurito propio de las clases menos favorecidas, social o culturalmente, de intentar elevar el registro por la falta de confianza en sus propios recursos.
         Aquí aprovecho para recordar a mi admirada amiga, la profesora Yajaira Arcas, y su explicación del paso del pelo al cabello en los barrios populares. Tal vez habría que añadir un cuarto factor, a caballo entre el primero, los maestros, y el tercero, el registro, y son los cuentos de camino, esos que siguen afirmando que las mayúsculas no llevan tilde o que el quisiese es de un registro inferior al quisiera. Vemos con asombro, y no sólo en este colectivo, pues políticos y profesionales varios no se libran de este estigma, la desaparición de verbos como mirar (¿por qué me ves?; porque no soy ciego), oír (puse el despertador a las 3 para escuchar unos tiros con gran deleite) poner (¿cuándo empezarán las gallinas a colocar huevos?), abrir (apertura la boca que no te escucho); sustantivos como pelo (¿cuándo iremos a la “cabellería”?), todo es un evento, ya no hay actos, hechos, accidentes, elecciones, todo son eventos, las famosas palabras muletas, el daño irreparable que el complejo de inferioridad ante el inglés, el papanatismo, nos está produciendo, no sólo a nivel léxico, sino sintáctico, con un uso no idiomático, por ejemplo, de la voz pasiva: “...unos guardias fueron quemados...”.
         Y volviendo a nuestros reporteros, y pasando de las muletas a las muletillas, produce una mezcla de hastío y risa la repetición como un mantra de “lo que es” o “lo que sería”: “lo que es la calle tal...”, “lo que sería la manifestación de hoy...”; el “a nivel”: “estamos a nivel de la calle tal...”; el “como tal”: “los resultados de la represión como tal...”.
         Y como colofón y para terminar, pues este es el objetivo de este escrito, transcribo algunas, unas pocas, de las expresiones que tengo apuntadas para ilustrar este mensaje, o reflexión con más sencillez: “Hicieron barricadas con troncos de árboles y otros utensilios”; “nos activaron bombas...”; “le propinó una herida...”; “la resistencia y los funcionarios enfrentan sus diferencias...”; “realizaron palabras...”; “nos detonaron perdigones...”; “realizaron detonaciones...”; “accionaron con sus armas...”; “algunas personas se realizan fotografías” (oído justo mientras escribo); “están aperturando un canal...”; “pueden colocar detenidos en cualquier momento”, y así hasta el aburrimiento. ¿Qué les parecería a estos jóvenes reporteros si alguien, yo por ejemplo, dijera: “nos lanzaron bombas”, “nos están disparando perdigones”, “le produjo una herida”, “dijeron palabras”, “resistencia y policías se enfrentan”, “dispararon”, “se hacen fotos”, etc.
         Muchachos, seguiremos oyendo sus crónicas con el corazón en un puño, pero parafraseando a un santo que no viene a cuento, podremos decir: “¡Oh, Dios, qué buenos reporteros si tuviesen un mejor lenguaje!”.

luisroberts@gmail.com





Año V / N° CLXIV / 7 de agosto del 2017


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Titivillus [CXLV], 27 mar. 2017
Hablemos como el pueblo [CL], 1° may. 2017


lunes, 24 de julio de 2017

Un tiro al gobierno y otro a la revolución [CLXII]

Edgardo Malaver


 
Revolucionario y gobernante, Bolívar estaría hoy
de cumpleaños. Grabado de M.N. Bate (1819)



Al niño don Simón, en su patio de granados
que siempre estaban en flor.

         ¿Cuándo se habrá puesto de moda la expresión un tiro para el gobierno y otro para la revolución? ¿Y dónde la habrán pensado por primera vez? Tendría que haber aparecido en una situación en que un gobierno estaba a punto de caer porque un grupo sedicioso se había levantado contra él y hubo un enfrentamiento armado, en que, aun así, había algunos indecisos... o más humano todavía, algunos que deseaban aprovechar lo mejor, o lo peor, de los dos mundos.
         Si se me hubiera ocurrido escribir esto hace cinco años, habría pensado en los enemigos de Bonaparte, en los de Bolívar, en los de Betancourt. Hoy, por más que la fuerce, mi mente no puede pensar en otro gobierno ni en otra “revolución” que los que componen la paradoja que vive en este instante Venezuela. ¿Quién es el gobierno y quién es la revolución? ¿Cómo se reconoce dónde está cada quién? ¿Nos ofrece la lengua alguna señal?
         ¿Qué pone el diccionario sobre estas palabras? La segunda de las 11 acepciones de gobierno dice: “Órgano superior del poder ejecutivo de un Estado o de una comunidad política, constituido por el presidente y los ministros o consejeros”. La segunda de las siete acepciones de revolución es: “Cambio profundo, generalmente violento, en las estructuras políticas y socioeconómicas de una comunidad nacional”.
         Es difícil imaginarse que un gobierno desee, permita o promueva alteraciones, alborotos o desórdenes. Son conceptos opuestos, adversos, antónimos. Es decir, la oposición que existe entre gobierno y revolución es la misma que hay entre autoridad y rebeldía, entre poder y desobediencia, entre paz y violencia. Lo curioso de nuestra circunstancia es que el gobierno se llama a sí mismo ‘revolución’. Cuando una revolución llega al poder, ¿no deja de ser revolución y se convierte en gobierno? He ahí la paradoja que desvirtúa la expresión popular.
         La vida, la realidad, las situaciones políticas no pueden ser nada más ni ir más allá ni tener mayor corporeidad que las metáforas bélicas. Ni siquiera la lógica puede dejar de quebrantarse ante las imágenes visuales del habla popular; pero algo intrincadamente extraño tiene que estar pasando para que tranquilidad y zozobra se hayan mudado al mismo campo semántico. Alguna anomalía tiene que estar ocurriendo para que los antónimos, siempre en inevitable disputa, se hayan ido convirtiendo en sinónimos, que antes eran tan cordialmente similares entre sí. Alguien tiene que estar lanzando una piedra a los aqueos y otra a los troyanos.
         Lo que no podemos dudar es que, al final de este laberinto —el político y el lingüístico—, la lengua de Venezuela también se verá un nuevo rostro, sentirá una nueva palpitación. Quizá sea menester para ello suprimir la vibrante múltiple del sustantivo revolución. O que revolución vuelva a ser, como insinúa el diccionario, un sustantivo que se opone a gobierno, particularmente durante alguna confrontación con él. O que el gobierno no le dispare a nadie para que nadie sienta el justo instinto de dispararle al gobierno, ni siquiera por los labios.
         Verdaderamente, está en plena revolución un enredo lingüístico. Algo tendrá que pasar para que no nos salga a todos el tiro por la culata.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXII / 24 de julio del 2017

lunes, 10 de julio de 2017

Plebiscito [CLX]

Edgardo Malaver



En el 287 antes de Cristo, el pueblo romano se fue
de Roma hasta que se le reconocieron sus derechos


 


         Yo conocí la palabra plebiscito de labios de mi abuela Juanita, que me contaba a menudo su relato particular del final de las dictaduras de Juan Vicente Gómez y de Marcos Pérez Jiménez. Días o semanas después, oí a alguien más hablar del mismo tema, pero decía más bien plesbiscito. La confianza que le tenía a mi abuela era tal, que no se me ocurría de ninguna manera que ella se hubiera equivocado, así que, para estar preparado si se presentaba la ocasión, corrí a mi diccionario, y descubrí, primero, esa extraña ese antes de la ce y, luego, que la otra, la de la primera sílaba, como yo pensaba, era un error.
         En noviembre de 1957, Pérez Jiménez, sabiendo que, como 1952, no iba a poder ganar lícitamente las elecciones, decretó la realización de un plebiscito (no previsto en la Constitución de 1953) para que los ciudadanos decidieran si debía o no seguir en el gobierno hasta 1962. Durante la votación, que ocurrió en mitad de un período de protestas populares fuertemente combatidas por los cuerpos de seguridad, los votantes recibían un sobre con dos tarjetas: una circular y azul que expresaba el voto afirmativo y la otra cuadrada y roja para votar en contra del gobierno. Había que introducir una sola en la urna.
         Como suele suceder en las dictaduras, los empleados públicos fueron amenazados con perder sus trabajos si votaban por el no. En mi familia, mi tío Miguel, cuñado de mi abuela, trabajaba en el Instituto Nacional de Obras Sanitarias (INOS) y el día siguiente del plebiscito debía llevar a la oficina cinco tarjetas rojas para demostrar que su familia había apoyado a Pérez Jiménez. De modo que la mía y muchísimas familias venezolanos debían encontrar una forma de votar en contra y, a la vez, conservar el empleo. La solución para mi abuela fue convertirse en una de los 186.015 votantes (6,35 por ciento) que entregaron el sobre vacío y se llevaron las dos tarjetas en un bolsillo.
         Los plebiscitos tienen una larga historia y un origen honroso. La lucha por la igualdad de derechos entre patricios y plebeyos en Roma comenzó unos 600 años antes de Cristo. Los plebeyos habían ido conquistando posiciones y objetivos hasta que, en el 287 antes de Cristo, a raíz de una victoria militar importante en los Apeninos, los patricios derogaron arbitrariamente los derechos de la plebs, del pueblo. La respuesta de éste fue abandonar en masa la ciudad, con lo cual paralizaron, de la noche a la mañana, casi todas las actividades cotidianas en toda Roma, acontecimiento que terminó llamándose Secessio plebis (separación plebeya).
         Congregados en lo que hoy se llama Trastevere, redactaron un proyecto de ley en la que las decisiones de los plebeyos, tomadas por medio de plebis scita, adquirían rango de ley para todos los ciudadanos romanos sin necesidad de aprobación del Senado. No volverían a Roma a menos que se aceptara y pusiera en práctica esta norma. Los nobles, temiendo la ruina económica de la ciudad a causa de la ausencia de la mano de obra, la aprobaron inmediatamente.
         La palabra plebiscito, entonces, se forma del genitivo plebis y el sustantivo scitum (resolución, decreto). Scitum está relacionado también con debate, dilucidación, consenso, y está presente en la raíz de nuestro sustantivo ciencia. En suma, puede traducirse plebis scitum como ‘decisión de la gente’. Y como se transparenta, no hay razón para pronunciar esa ese en la primera sílaba, porque la palabra plebe, que también tenemos en español desde siempre, no la incluye.
         En este momento de la historia de Venezuela, sin embargo, junto con el conocimiento de la palabra, de su pronunciación y su significado, lo que más valdría la pena sería hacer honor a su origen: la lucha por la igualdad de todos ante la ley, sin ventajas para los poderosos. En diciembre de 1957, Pérez Jiménez volteó las cifras del voto para permanecer en Miraflores. Logró salirse con la suya porque, en apariencia, tenía todos los poderes de su lado... y el miedo de mucha gente. Un mes después, fue él quien tuvo miedo cuando se le volteó todo el mundo.
         Hoy en Venezuela, miedo tienen muy pocos. Y como en Roma, los que están acorralados son los que están en el poder. Que decida la gente, diría un romano descalzo. Yo pienso en mi abuela, y oigo dentro de mí su voz que me dice y me repite: “Vivir en dictadura es lo peor, lo peor”.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLX / 10 de julio del 2017

lunes, 12 de junio de 2017

Prohibir la dictablanda [CLVI]

Edgardo Malaver


 
“¡Vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!”, les dice
Unamuno  a los españoles en “El error Berenguer”



         Todo el mundo supo en su momento que las hijas del príncipe Raniero III de Mónaco (1923-2005), Carolina y Estefanía, fueron durante su adolescencia un dolor de cabeza constante para él y para todo el principado. Las caprichosas niñas se pintaban el pelo de verde, se bañaban desnudas en el mar, dormían en la calle, hacían todo aquello que sus antepasados no pudieron hacer... al menos en público. ¿La solución del príncipe? Ponerles guardaespaldas para que les previnieran de lo que tenían prohibido. ¿Reacción de las muchachas? Enamorarse de los guardaespaldas, casarse con ellos, darles hijos. O, más escandaloso aun, hacer todo eso a la inversa. Siempre que usted prohíbe una conducta, logra justamente lo contrario.
         No es diferente en la lengua, aunque sí es peor. Si, haciendo realidad aquel cuento de Otrova Gomas, “Los fiscales del idioma”, pusiéramos un vigilante a cada hablante para que no dijera esta o aquella palabra, naturalmente el uso de esa palabra proliferaría, pero, a diferencia de las princesas de Mónaco, todos terminaríamos odiando furiosamente a nuestros vigilantes. No debe haber nada en el cielo ni en la tierra que la gente aborrezca con más crudo encono que escuchar correcciones de lo que dice.
         En Venezuela —a juzgar por lo que dicen ciertos de esos periodistas que siempre tienen una fuente cuyo nombre no pueden revelar—, parece que algunos canales de televisión tuvieran prohibido, por lo menos extraoficialmente, usar la palabra dictadura. Si fuera cierto, ya sabemos lo que va a pasar.
         Políticamente serán reprobables, pero estas prohibiciones siempre traen también la explosión de la creatividad lingüística. En este caso podríamos hacer como los periódicos españoles en 1930, cuando el rey Alfonso XIII (1886-1941) quiso “restituir la normalidad constitucional”, al final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1870-1930) nombrando como sucesor a Dámaso Berenguer (1873-1953). Éste no mostró talento alguno para el gobierno: ni continuó la dictadura, que habría complacido a los monarquistas; ni reinstauró la abolida constitución de 1876, que quizá habría favorecido al rey, ni, mucho menos, inició el proceso constituyente que exigía la oposición. Los periódicos bautizaron su gobierno “la Dictablanda”.
         Entonces prohibirían decir dictablanda. También parece que se hubiera prohibido decir guarimba, saqueo, desobediencia, para las cuales los medios, por los menos la televisión, ahora dicen términos como barricadas, robos masivos, violencia. ¿Y si prohibieran usar prostituyente, boliburgués, robolución? Quizá la explicación sea la que dio Laura Jaramillo la semana pasada: el cerebro humano como que tiene severas dificultades para obedecer las órdenes negativas.
         De todas maneras, el gran problema no parecer ser el sustantivo dictadura ni su significado. ¡El problema podría ser más bien llegar al punto de prohibir palabras! En 1931, aquel gobierno de Berenguer, indefinido y tímido, incapaz de sumar fuerzas e ideas para encontrar a una solución, sin destreza para imponer la ley, ni siquiera su propia ley, desembocó en el fin de la monarquía. Después de unas elecciones municipales que numéricamente ganaron los candidatos de la monarquía, el rey tuvo que irse al exilio.
         Quizá en Venezuela, en lugar de no mencionar la dictadura, que es retroceso, lo que habría que prohibir, porque impide avanzar, es la dictablanda.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLVI / 12 de junio del 2017

lunes, 5 de junio de 2017

PNL: más vida [CLV]

Laura Jaramillo


Aquiles Nazoa (1920-1976) disfrutando
de las cosas más sencillas



         Leyendo el artículo del profe Malaver, recordé unas siglas que también son interesantes, como es el caso de la PNL (Programación Neurolingüística), que por estos días juega un papel quizás importante sobre el comportamiento de la sociedad. Este tema puede parecer banal para algunos, porque puede ir contra las creencias que se tengan, tal vez porque quienes más hablan al respecto son los ahora denominados personal coaches; pero a la larga es un tema interesante, digno de estudiar y analizar desde el punto de vista del análisis del discurso.
         Para nadie es un secreto lo importante que es poner límites en nuestras vidas, para lo cual acudimos irremediablemente a la palabra ‘no’: no comas dulces, no pase la franja amarilla, no rayes las paredes, etc. Pero, ¿han notado que el niño que recibe un comando como los mencionados hace precisamente lo contrario? Esto a mí me enerva, pues ahí es donde uno busca un instrumento llamado chola. Claro, hay ocasiones en las cuales no podemos escapar del ‘no’, como el malvado ‘no hay pan’. Y es que el ‘no’ es como un desafío, un reto.
         Según los estudiosos del tema en cuestión, lo que sucede es que nuestro cerebro, en ocasiones, no procesa el ‘no’, es decir, nuestro cerebro no hace clic cuando el comando es negativo. Por ejemplo, ‘No pise la grama’, y la gente pisa la grama; ‘No metas el dedo en el enchufe’, y el tierno niño va directico al huequito ese. O cuando te dicen ‘No pienses en un carro azul’ y no se te viene ningún otro color de los millones que existen. Algo parecido sucede también con el ‘pero’, que es un conector que de alguna manera anula lo anteriormente dicho. Ejemplo: Tu torta estaba sabrosa, pero tenía demasiado chocolate. En casos como este la persona el receptor del mensaje se va a quedar con lo que se le dijo después del ‘pero’. Más allá de tocar un aspecto energético, pues no es el lugar ni soy la indicada, la idea es que comencemos a observar cómo estamos hablando y si eso que decimos tiene algún efecto en quien nos escucha.
         Todo este ¿galimatías?, repito, puede ser interesante por estos días tan turbulentos, pues a lo mejor, no sé, pudiéramos cambiar el efecto de nuestro mensaje. Hagamos un ejercicio. Por ejemplo, en vez de expresar ‘no más balas’, ¿qué tal si decimos ‘basta de balas’?; en vez de ‘no más muertes’, ¿qué tal ‘más vida’?; en vez de ‘no más represión’, ¿qué tal ‘más inteligencia’?, o, ¿’más libros y menos balas’? O seguir el ejemplo de los chilenos, quienes gritaron al mundo una frase muy elocuente: “Cuando se lee poco, se dispara mucho”. Directo y conciso. Bueno, esto con la esperanza de que no se les antoje ahora quemar, también, los libros (antes de eso, mejor hagamos como en Fahrenheit 451).
         En fin, quizás si, a pesar de las circunstancias, intentamos cambiar de sintonía, si leemos (y estudiamos) un poco más sobre PNL, tal vez pudiéramos cambiar el efecto de nuestro mensaje en quien lo escuche. Claudio Nazoa escribió alguna vez que su papá, el excelentísimo señor Aquiles Nazoa, decía que “en las cosas más sencillas era donde se encontraban las cosas más difíciles e interesantes de explicar y comprender”[1].

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Año V / N° CLV / 5 de junio del 2017





[1] http://mariafsigillo.blogspot.com/2011/04/aquiles-nazoa-guarataro-con-champana.html.