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miércoles, 24 de diciembre de 2025

El cumpleaños de todos los años [DXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 


 

El nacimiento de Jesús (1296), de Pietro Cavallini

 

 

         Ya llegó hace semanas la época del año en que comienzan los eruditos de Internet a pretender enseñarnos a los ignorantes —es más, a los crédulos— que Jesús, el protagonista de la Navidad nuestra de cada año, no nació en Navidad, es decir, que no nació el 25 de diciembre, como todos ingenuamente creemos o hemos dejado que nos engañen. Yo me fastidié de esos mensajes incluso antes de que apareciera Internet; pero este año algunos de estos sabelotodos hicieron una innovación bien original: este año la moda es afirmar con firmeza que, en realidad, a pesar de lo que nos han hecho creer por tantos siglos, Jesús sí nació el 25 de diciembre.

         Ariadna Voulgaris comentó este “fenómeno” en la edición de Navidad de hace cuatro años, titulada DECEMBRIS, y una de sus conclusiones es la misma a la que yo pretendo llegar hoy: que no importa. En teoría literaria —y los Evangelios son también textos literarios— se entiende que aquello que no es mencionado por el narrador sencillamente no existe; y, no sólo no existe, sino que tampoco vale la pena ponerse a analizarlo, porque al no estar presente no constituye símbolo ni imagen ni valor apreciable para nuestra interpretación del texto. Si Homero, por ejemplo, no nos dice que Odiseo es rubio, alto y musculoso, sino que es “rico en ardides”, debe ser que lo que interesa que el lector sepa y se imagine sobre el personaje es que es un hombre astuto, cosa que se ocupa de decir o dejar claro muchas veces en el texto. Si a usted le hace ilusión ponerles color a los cabellos de Odiseo o figurarse si tiene más estatura que usted o si la fuerza de sus brazos era de temer, seguramente encontrará en el texto suficientes datos para hacer un dibujo del personaje, pero igualmente lo que importa de veras para comprender su historia y lo que ella significa para los seres humanos será tener en mente que Odiseo era un hombre capaz de urdir estrategias, maquinaciones y componendas suficientes, por ejemplo, para ponerle fin a una guerra.

         Será bastante poco lo que logre con las elucubraciones sobre su color de pelo, su estatura o su fuerza física. Además, sin contar que sería una frivolidad, es más bien simple imaginárselo sin buscar mucho en el texto: era europeo, rey y soldado... pero no importa. Homero no se detuvo a darnos esos datos porque no son los relevantes. De igual forma, los narradores de los Evangelios no se detuvieron nunca a decirnos, ¡nada menos!, la fecha en que se iniciaba la biografía que nos ponían en las manos porque era ocioso hacerlo. Ni siquiera lo hizo el único evangelista que revela que antes de escribir dedicó un tiempo a investigar con cuidado la vida del protagonista de su relato.

         Otra buena razón para la ausencia de la fecha del nacimiento de Jesús en las primeras y principales fuentes sobre su existencia es el hecho de que en sus tiempos y en la cultura en que vivió no era costumbre celebrar el cumpleaños. Ni siquiera parece que hubiera sido importante anotar, recordar, tener presente la fecha en que se nacía. Ya he mencionado esto antes en Ritos, y lecturas más recientes me lo confirman, pero ahora sé que en realidad eran pocos y de clase alta los que celebraban el cumpleaños. Y Jesús, según su propio testimonio, “no tenía ni dónde reclinar la cabeza”.

         La costumbre de celebrar el cumpleaños era tan poco frecuente y tan elitesca que en toda la Biblia apenas aparecen dos: uno en el Antiguo y otro en el Nuevo Testamento. Y en ambos casos el personaje homenajeado ordena matar a alguien durante la fiesta, con lo cual tampoco le quedarían al pueblo judío ni a los primeros cristianos muchas ganas de adoptar semejante costumbre. El primer caso aparece en el Génesis, donde el faraón de Egipto al que servía el casto José, durante su cumpleaños, mandó colgar a su panadero. El segundo, contado por Marcos y por Mateo, es Herodes, que durante un banquete por su cumpleaños, víctima de los enredos de su mujer, ordenó decapitar a Juan el Bautista.

         Entonces, ¿necesitamos conocer la fecha en que nació Jesucristo? Para disfrutar, entender, analizar e interpretar el texto del Evangelio, y particularmente la celebración en que está involucrado hoy, esta noche, el mundo entero, no. Ni siquiera hace falta para detenerse a pensar si uno cree en Dios, si duda de su existencia, si confía en él o desconfía, si lo niega, si lo contradice. Lo importante es otra cosa. Si la talla de sandalia de Jesús fuera importante, lo sabríamos; si era zurdo, si tenía color favorito y cuál era, si tenía una cicatriz en un muslo, como Odiseo, san Mateo nos lo habría dicho y ese minúsculo detalle contaría para algo en la comprensión del mundo espiritual, que sí es algo de lo que Jesús no paraba de hablar.

         Total, que ahora están diciendo que Jesús sí nació el 25 de diciembre —falta la hora—, como hemos celebrado hasta este primer cuarto del vigésimo primer siglo, aun teniendo la certeza de que no sabíamos la fecha precisa. Y dicen incluso que en esa fecha lo celebraban en los primeros siglos del cristianismo. Pues muy bien, pero igualmente es lo de menos y da lo mismo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXIV / 24 de diciembre del 2025

EDICIÓN DE NOCHEBUENA





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domingo, 31 de diciembre de 2023

Y un río de Nocheviejas [CDXL]

Ariadna Voulgaris

 

 

Nochevieja en París, 1923

 

 

 

         En rigor, el título de esta notita, para conectar con la semana pasada, debería ser “Y 441 Nochebuenas”, pero con la imagen del río es más poético.

         Quizá algunos se acuerden de mí, aunque la última vez que me leyeron fue en noviembre del año pasado. Entonces les dije que aquel artículo llegaba un año tarde, y ahora está pasando algo parecido, aunque esta vez no he faltado a ninguna promesa.

         Lo que vengo a decirles hoy es sencillo: así como llevamos ya 800 años exactos celebrando la Navidad con los hermosos nacimientos que construimos casi todos en casa para esperar a Jesús en la noche del 24 de diciembre, también estamos celebrando hoy los 441 años, quizá más bien 440, quizá algunitos menos, de celebrar la víspera de Año Nuevo. Por lo que he leído en estos días, se entiende que nos estamos poniendo parranderos los 31 de diciembre desde el año 1582. Como diría mi santa madre, ¿qué se puso ese año en el maquillaje, pa que nos acordemos de él? Que cambiamos del calendario juliano al calendario gregoriano. El papa Gregorio XIII aprobó la corrección del retraso que había en el calendario, y en aquel octubre el mundo entero, por lo menos el europeo y cristiano, se fue a dormir el jueves 4 y, la mañana siguiente, se despertaron el viernes 15. Pero aquello no fue maquillaje. Todo el mundo terminó adaptándose a esta decisión. Los rusos resistieron hasta llegado el siglo XX, pero de la Revolución para acá, a pesar de que hubiera sido un punto irrenunciable para los santos bolcheviques, no han vuelto a hacer ruido con eso.

         También sucedió, aunque esto fue de más lento “acostumbramiento”, que al final del año la gente comenzó a hacer fiesta al llegar al final de aquel nuevo calendario. Quizá, elucubro yo aquí, ilusamente, fue en ese año o en esa época, que la mayoría comenzó a tener conciencia de la existencia de los calendarios para llevar la cuenta de los días. No me hagan caso.

         Por eso digo —¿me estás escuchando, Alejandra, mi santa?—, que son 800 Nochebuenas y 441 Nocheviejas. Y llego así al bello detalle lingüístico, sin el cual el director de esta publicación, ahora que usa lentes, lo mira a uno por encima de las monturas, como diciendo: “¿Tú me estás hablando en serio, criatura?”. Que la palabra nochevieja, por la cual se ha conocido tradicionalmente a la última del año, es una ingeniosa composición que “imita” la composición nochebuena. El que es viejo en verdad es el año, como en la gaita maracucha, pero metonímicamente se comprende que se llame así a la última noche. Es igual con la Nochebuena, que, en realidad, el que es bueno es Dios, pero metonímicamente...

         Mi amiga Alejandra dice que para ella la Nochevieja es la “octavita” de la Navidad. Es una razón para seguir con la parranda toda una semana. A mí me suena siempre una palabra muy española, o sea, española de España, propia de la forma en que los españoles hablan nuestro idioma. Seguramente se debe a que, en mi infancia, aprendí esa palabra en su casa, donde disfruté un río de Nocheviejas, cuando en la mía no recuerdo que los mayores la usaran. Y en su casa era natural, porque los cuatro abuelos de mi amiga eran españoles de España, y sólo la Navidad celebraban con más alegría que la Nochevieja.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXL / 31 de diciembre del 2023

EDICIÓN DE NOCHEVIEJA

 

 

  

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sábado, 31 de diciembre de 2022

Silvestre y Benedicto [CDIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Silvestre, el papa, y Constantino, el emperador

 

 

 

         Esta mañana murió Benedicto XVI. Había nacido en 1927 y había dirigido la Iglesia, muerto Juan Pablo II, desde el 2005 hasta el 2013, cuando dimitió con su ya célebre “non ho le forze”. Es apenas el segundo papa que muere un 31 de diciembre. Silvestre I, el primer pontífice que no tuvo que esconderse de las autoridades romanas para dirigir a la comunidad cristiana, también se despidió del mundo en esta fecha del año 335. Durante sus casi 21 años al timón, reinaron las buenas relaciones con el poder civil, y amainaron los prejuicios contra los cristianos en la ciudad de Roma.

         Son varias las cosas por las que se recuerda a Silvestre: aunque no hay certeza de ello, se dice que bautizó al emperador Constantino, que luego legalizó el cristianismo; logró la construcción o readaptación de templos, con lo cual los cristianos dejaron de orar en escondites, muchos de ellos bajo la tierra; inició los estudios de lo que ahora se conoce como derecho canónico, creó la primera escuela romana de canto. Pero hay un aporte de san Silvestre que nos interesa de manera particular, que es un aporte lingüístico. Puede ser mínimo, pero aún tiene sus reflejos en algunas de las lenguas romances que terminarían apareciendo casi mil años después de aquel 31 de diciembre: los nombres de los días de la semana. Por estas razones y otras, su fiesta se celebra el día de hoy, empañada ahora por la noticia sobre Benedicto.

         Intentando que, en la naciente liturgia, los días de la semana no llevaran nombres de deidades paganas, Silvestre los llamó ferias. El lunes, día dedicado por los romanos a la adoración de la Luna, comenzó a llamarse feria secunda; el martes, día de Marte, dios de la guerra, feria tertia; el miércoles, día de Mercurio (el Hermes griego, el mensajero de los dioses), feria quarta; el jueves, día de Júpiter (es decir, Zeus, padre de todos los dioses), feria quinta, y el viernes, día de Venus, diosa del amor, feria sexta. El sábado, heredado de los hebreos, y el domingo, creación cristiana en latín, quedaron intactos.

         Es atractivo el hecho de que, considerándolo a primera vista, en la actualidad el único idioma que conserva estos nombres es el portugués (¿quizá era el territorio más alejado de la capital del imperio?); el gallego también, aunque no es unánime. El catalán conserva, con la modificación natural de los siglos, la fórmula latina: dies lunae, dilluns; dies martis, dimarts, etc. —en realidad la conserva en todos los nombres de los días—. El francés y el italiano también han heredado el dies, pero en posición final —el francés lo extiende a toda la semana—. El español y el resto de las lenguas derivadas del latín prefirieron quedarse con las raíces de los nombres paganos... o sus transformaciones.

         Hasta el día de hoy, en el calendario litúrgico católico los días diferentes del sábado y el domingo se llaman ferias, es decir, días en los cuales, a pesar de lo que nos sugiera la sonoridad actual de la palabra, no suele haber solemnidades en tiempos ordinarios.

         Aquí entra también en la discusión aquella eterna pregunta que nos hacíamos todos en la edad escolar: ¿cuál es el primer día de la semana? ¿Por qué en el almanaque (no en todos) ponen el domingo antes que el lunes? La respuesta la da san Silvestre: si el lunes es la feria secunda, entonces el domingo ha de ser la primera. Además, antes de la existencia del cristianismo, el judaísmo nos había enseñado que, después de trabajar seis días creando todo lo que existe, Dios se tomó el séptimo día, llamado sábado, para descansar.

         A pesar de esto, culturalmente, contemporáneamente, civilmente, es presumible que después del reconocimiento de los derechos laborales, como muchísima gente descansa el sábado y el domingo, tendemos a considerar el lunes como el primer día de la semana. Civilmente, laboralmente, incluso académicamente. Se puede decir que es otro conteo de los días, que al final también da siete, pero en otro orden.

         La palabra feria, dicho esto, se nos hace muy interesante. Podemos preguntarnos, por ejemplo: ¿por qué día feriado significa ‘día de fiesta’, ‘día no laborable’? Porque originalmente, feria significaba ‘mercado’, un día regular en el que se trabaja, sobre todo en el intercambio comercial. Los ahora llamados fines de semana en rigor son para descansar (porque primero se trabaja y después se descansa, ¿no?). ‘Mercado’ es en la actualidad la primera acepción que da el diccionario.

         Sin embargo, el sustantivo feria también significa ‘fiesta’ y nombra a la concentración humana y el ambiente festivo que se forma en un lugar donde se compra y se vende, se come y se bebe, se canta y se baila, se celebra. A estos lugares no se va cuando uno está ocupado. Por eso, los días de fiesta a mitad de semana pueden llamarse, en general, “días feriados”.

         En la antigüedad, el sábado era inviolable para los judíos (aún lo es para los más ortodoxos). Para el mundo cristiano, el día sagrado es el domingo porque Jesús resucitó ese día. Y no debe haberles parecido a los primeros cristianos muy reverente poner el diem Dominicum, el ‘día del Señor’, al final de la semana.

         Son todas estas cosas, algunas, temas que aparecen y reaparecen, que se recuerdan, que se aclaran, como dice el refrán, cada muerte de papa. ¡Ah, los papas...! Esta noche de san Silvestre, dentro de unas pocas horas, estaremos brindando por todo lo que hemos logrado en el 2022 y tratando de que no duela tanto lo que hemos perdido. Ritos levantará la copa también por Silvestre, que, sin adivinarlo, nos dio tema para esta Nochevieja casi 1.700 años después de su muerte. Y también por Benedicto, el papa de la razón, que, obediente, no se apartó de su cáliz hasta el último día.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDIV / 31 de diciembre del 2022

 

viernes, 14 de octubre de 2022

¡Tierra! ¡Tierra! [CCCXCVII]

 Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Allá, capitán. Ilustración de la Real Academia 

de la Historia de España


 

 

         A mí, lo que me atrajo de este grito, cuando lo leí en el libro de lectura de cuarto grado, fue que difería de lo que siempre oía yo en las películas, que era “¡Tierra a la vista...!”. Todavía me estoy preguntado por qué aquel cuento pretendía, en apariencia, sonar original, diferente, fuera de lo común. Si era para llamar la atención, conmigo lo logró al primer intento. Necesité años y años de reflexionar sobre esto para darme cuenta, hoy, de que gritando “¡Tierra! ¡Tierra!” en lugar de “¡Tierra a la vista...!”, al menos en la distancia del tiempo y el espacio en que yo lo veía, Rodrigo de Triana sí denunciaba la desesperación que ya se vivía en el barco, que ya ponía en peligro la vida del capitán, además de la sorpresa de encontrar, después de muchos días infructuosos, lo que buscaban. Y también se oye en su grito la alegría de ver que aquel viaje de locos estaba por terminar... aunque en realidad no fuera así.

         Otra cosa que podemos pensar de la particular repetición que lanzó De Triana aquella mañana de octubre es la expectativa de ser él quien se ganaría, no únicamente los 10.000 maravedíes que habían prometido los reyes que darían al primer marinero que avistara las Indias (o las Chinas o los Japones). Don Cristóbal había prometido igualmente, días antes, un jubón de seda, que por lo que parece, de vuelta a España, sería de mucho lucir.

         Sin embargo, quien ha leído el Diario de a bordo de don Cristóbal, sabe que la noche anterior al avistamiento, el capitán había visto en la distancia unas “candelillas” que le parecían a él, aunque menos a sus colaboradores, indicio de actividad humana en territorio seco. Y aun antes habían ido encontrando en la superficie del mar diversidad de hojas, palos y otras cosas, incluso un trozo de madera labrada y con una pieza metálica, que implicaban la cercanía de una costa. O sea, el descubrimiento de América fue, más que un acontecimiento, un tránsito, un recorrido que se tomó días, no fue repentino —y en realidad llevaba años en el horno, por lo que sabemos de las peripecias de don Cristóbal para lograr el dinero necesario—. Mas, aunque el diario del capitán dice claramente que fue De Triana quien vio por primera vez la isla salvadora, se sabe por documentos posteriores que el premio se lo llevó Colón.

         Además de esto, a aquel marinero que se subió al palo mayor para verificar que se acercaban a tierra se refieren en los documentos con varios nombres: Rodrigo de Triana (o más bien “un Rodrigo”, que quizá era “Rodríguez” debido a un error del escribiente y que decía ser de un lugar llamado Triana), Rodrigo Pérez de Acevedo, Juan Rodríguez Bermejo (el único de los hombres de Colón que, según varios autores, procedía del municipio de Lepe, de donde era De Triana), “el marinero de Lepe” o simplemente “el lepero”. Es decir, en esta historia existen tantas dudas e imprecisiones con respecto a tantos detalles que hasta existe la duda de que realmente haya existido el histórico muchacho tan simpático que siempre me ha caído a mí— que lanzó el grito de “¡Tierra! ¡Tierra!”.

         Al final, decepcionado por la injusticia que se le había hecho, y harto del alboroto en que se había convertido aquel asunto de las Indias, según la narración de sus compañeros de expedición, De Triana se alejó de la marinería, se fue a África a perderse en ella, y llegó a “abjurar de la fe”, que no es poca cosa. En Lepe, sin embargo, hay estatuas en que se le representa señalando hacia Guanahaní. Y en el escudo del municipio aparece dentro de su cesta del mástil, dueño así de la memoria y el orgullo de su pueblo.

         También yo pienso en él y en la única palabra suya que quedó escrita, la misma dos veces. Cada vez que hago un descubrimiento, aunque sea, como en el caso de Rodrigo, la constatación de algo que ya otros —o yo mismo— habían observado, encontrado, descubierto, recurro al grito marinero que cerró la Edad Media y nos introdujo en la Edad Moderna: “¡Tierra! ¡Tierra!”. Era viernes.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCVII / 14 de octubre del 2022

 

martes, 4 de octubre de 2022

El octubre más breve de la historia [CCCXCV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

La ventaja de guardar papeles viejos. Calendario oficial
del año del Señor de 1582

 

 

 

A la memoria de mi amigo Gustavo Lanz

 

         Yo tenía en Margarita un amigo guayanés llamado Gustavo, que, excepto por su confianza extrema en la Virgen del Valle, no tenía casi nada de religioso. Cada 4 de octubre, sin embargo, manifestaba su felicidad por haber nacido el mismo día que san Francisco de Asís, “el santo de los animales”. Le encantaba ese título, porque, como san Francisco, Gustavo amaba a los animales. Cómo me hubiera gustado verlo asombrarse al leer que hubo un año en que la historia se abrevió precisamente... el 4 de octubre.

         Mucho después de la época en que vivió san Francisco, bastante después de terminada la Edad Media, llegó un día en que, después mucho cálculo, la humanidad se despidió de un mes tan normal como septiembre, y se introdujo, por primera vez, en un octubre que tendría apenas 21 días. ¡Veintiuno! En el año 1582, por bula del papa Gregorio XIII, para recuperar los 10 días que se habían ido quedando en el camino debido a los cálculos imprecisos que se habían hecho en Roma para instaurar el calendario juliano, a la medianoche del día de san Francisco de Asís, los calendarios debían saltar al día 15.

         En realidad no fue toda la humanidad: fueron solamente Italia, España, Portugal y Francia, los países que inmediatamente adoptaron el cambio, porque, después de todo, se trataba de un asunto que, como en la antigua Roma, atañía a la administración del Estado y luego, también, a la vida cotidiana.

         Como recordarán —porque aquí en Ritos de Ilación lo hemos dicho antes—, el calendario juliano, llamado así para honrar al gobernante romano que lo propuso, el célebre Julio César (100-44 antes de Cristo), entró en vigencia en el año 46 después de Cristo. Los matemáticos de César habían llegado a la conclusión de que el año duraba 365,25 días. ¿Veinticinco centésimas de día? Sí, seis horas, y pensaron que con agregar un día a febrero cada cuatro años sería suficiente para normalizarlo todo; pero resulta que ese cuarto de día no era exactamente de seis horas sino, como calcularon los matemáticos de Gregorio XIII, 11,25 minutos menos. Para el año 1582, cuando ya los españoles habían penetrado tanto en América como para fundar Buenos Aires dos veces, se habían acumulado 10 días de atraso.

         El error era conocido ya en el siglo IV, e incluso en el siglo XIII los expertos de Alfonso X el Sabio (1221-84) calcularon que hasta entonces el calendario juliano se desfasaba a un ritmo de 10 horas y 44 segundos cada año. Durante casi 1.540 años no pareció una diferencia demasiado significativa, hasta que en el calendario litúrgico, que era el importante para el mundo cristiano centrado en Europa, el error acumulado terminó alterando la fecha en que se celebraba la Pascua, que estaba fijado en el domingo siguiente a la primera luna llena de primavera. El papa entonces creó una comisión que debía hacer los cálculos para ajustar el calendario y, a partir de sus recomendaciones, emitió en febrero una bula que anunciaba el cambio para octubre de 1582.

         ¿Y qué pasó? Pues no pasó gran cosa, o pasaron cosas curiosas. Si las fiestas de cumpleaños hubieran sido tan populares como ahora (que no lo eran), los niños nacidos, por ejemplo, el 6 de octubre del año anterior, no habrían podido celebrar su primer cumpleaños sino en 1583. National Geographic cuenta que santa Teresa de Ávila (1515-82), que murió a las nueve de la noche del último día del calendario juliano, por causa de este cambio tuvo que “esperar” diez días para ser enterrada. Algunos países se resistieron tanto a adoptar el nuevo calendario que aún hoy, en la biografía de un escritor tan reciente como Fédor Dostoievski (1821-81) se tropieza uno con la nota en que se indican sus dos fechas de nacimiento y las dos de su muerte. Son 240 horas que sencillamente no existieron en nuestra historia.

         Cómo me hubiera gustado contarle esta historia a mi amigo Gustavo, que siempre me preguntaba si yo no tenía “entre mis curiosidades” algún dato suculento sobre el cual conversar o leer. Los ojos se le hubieran salido de las órbitas, incluso de las monturas de los lentes, cuando le dijera que con el calendario gregoriano la próxima vez que el actual e ínfimo desajuste exija un nuevo cambio de calendario será, según National Geographic, dentro de más de 3.000 años.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCV / 4 de octubre del 2022

 



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lunes, 12 de septiembre de 2022

Annus mirabilis [CCCXCII]

Edgardo Malaver

 

 

El horror y la maravilla suelen vivir juntos.
La miseria (1886), de Cristóbal Rojas

 

 

 

         La muy contemporánea expresión annus horribilis —que apareció, a pesar de su apariencia de antigüedad romana, en 1891, pero la acaba de popularizar, en 1992, la recién fallecida Isabel II— tiene, como era de esperar, una contraparte positiva. Es agradable comprobar que esta, la positiva, es más antigua y que tuvo un origen literario.

         Aunque construida en latín, las dos expresiones nacieron en la lengua inglesa, y annus mirabilis, en un poema de John Dryden (1631-1700), poeta, dramaturgo y traductor. Dryden, que siendo aún joven se convirtió en el modelo de escritor del período de la Restauración, publicó en 1667 un poema que enriqueció su reputación hasta el punto de obtener un cargo en la corte real. El poema se titulaba justamente así: “Annus mirabilis”, que al español habría que traducir como ‘año milagroso’ o ‘de los milagros’, ‘año maravilloso’ o ‘de las maravillas’. Curiosamente el texto trataba acontecimientos terribles que habían sucedido en el año anterior: la Gran Peste y el Gran Incendio de Londres. El poeta incluso comenzó a escribir el poema en el campo, donde se había confinado para huir de la epidemia de peste bubónica. Varios autores reflexionan que quizá el “milagro”, la “maravilla” a los que Dryden se refiere sean el hecho de que muchos lograron salvarse de tantas tragedias.

         Sin embargo, hubo también sucesos favorables para Inglaterra en aquel momento, como la victoria militar británica en la Batalla de los Cuatro Días, en junio, y la del Día de Santiago, en julio. Otros autores mencionan que el Incendio de Londres, que dejó a 70.000 personas sin hogar, trajo una renovación de la ciudad, emprendida por el rey Carlos II (¡oh, sí, el Carlos anterior al que acaba de heredar el trono de Isabel!), y aquello había que celebrarlo. Otro que, gracias al confinamiento, tuvo tiempo de estudiar y reflexionar mucho fue Isaac Newton, quien durante aquel período desarrolló la teoría de la gravitación universal y otras cuantas.

         Más esotéricamente, muchos relacionaron el año 1666 con el número 666 del Apocalipsis o con la atractiva escritura de aquel número en caracteres romanos, MDCLXVI, en que se utilizan todas las cifras posibles y en orden descendente. Creyendo que estas coincidencias confirmaban ineludiblemente el fin del mundo, mucha gente dejó atrás vicios y conductas reprochables, lo cual, sin ser seguramente el propósito del poeta, puede decirse que cantaba como milagro.

         Después de aquella fecha, diversas otras han sido “bautizadas” como annus mirabilis. El año 1905 es uno de ellos, a partir del hecho de que el físico Albert Einstein publicó ese año una serie de artículos que terminaron generando una nueva visión de la ciencia en general.

         Y aun hoy en día sigue haciendo maravillas la herencia de Dryden. Quizá se sorprenderán de saber que el nombre Mirabel, que este año ha sido tan popular, proviene también de la palabra latina mirabilis. No es descabellado pensar que haya sido intencional que en la película Encanto, de Byron Howard y Jared Bush, la protagonista haya recibido ese nombre, precisamente, porque ella, que no tiene ningún poder mágico especial, es en quien reside la magia; es decir, Mirabel es, en esa historia, la magia misma, el milagro hecho niña.

         No es extraño que de forma a veces imperceptible el pasado de la lengua salte al presente o que el pasado de una de ellas termine salpicando al presente de las demás. Ni extraña tampoco que por momentos parezca que todas las piezas de una situación, de un momento, vuelvan a encajar unas con otras, como si estuviéramos repitiendo el mismo cuento, pero en otro orden. Y resulta que la lengua despliega todas esas historias delante de nosotros todo el tiempo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCII / 12 de septiembre del 2022




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