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lunes, 17 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (II) [D]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

—¿Será tierra firme, capitán?
—¡Es Margarita, gañán!

 

 

 

(Continuamos...)


         Lo que no han considerado ellos es que una cosa es la lógica, incluso la lógica lingüística, que pocas veces coincide con la lógica matemática, y otra cosa es el uso concreto que le da la gente, el pueblo, especialmente el pueblo más sencillo, el menos prejuiciado por la educación formal, a cada expresión, a cada palabra, a cada nombre que le llega a los oídos.

         Así que les grabo yo también un audio en que les digo que sí, que los dos tienen razón por razones diferentes; ella porque está usando el razonamiento con sabiduría y lo explica claramente y él porque comprende la realidad como es y también como “debería ser”. Mi respuesta dividió el asunto en la dicotomía saussureana de norma y uso. La norma (que proviene del uso) es una cosa y el uso que da la gente a las palabras es otra cosa. Una vez que la gente comienza a usar las palabras de una forma, ese uso desembocará un día en norma, pero la norma siempre puede violarse, desviarse, descomponerse para ajustarse a la necesidad que tengan los hablantes. Y luego volverá a convertirse en norma y después sigue siendo posible que se desvíe y se use de manera diferente, incluyendo la manera “correcta”.

         Después de grabarles el primer mensaje, me acordé de Cristóbal Colón, que, demente de mí, se me ocurre que debe haber sido quien utilizó el nombre Tierra Firme en la lengua española por este lado del mar. Sin duda sus marineros la usaban, y mucho porque hacía ya muchos días que deseaban llegar a tierra y a tierra firme, como dice mi bella prima política uruguaya, aunque fuera una isla de diez metros cuadrados, porque estos hombres tenían hambre, porque se sentían engañados por el Almirante o porque no comprendían lo que habían venido a hacer navegando hacia el oeste como si fueran locos. Pero sin duda, la expresión tierra firme se quedó en Margarita y supongo que en muchos otros lugares relacionados y enamorados del mar, porque pertenece a la jerga de los marineros, de los pescadores, de la gente que vive del mar y que la lleva todo el tiempo en la mente y además la ama, pero que de vez en cuando siente que necesita regresar a casa. Siempre es bueno llevar alimento a la familia, ir a las fiestas del santo patrono, engendrar un hijo... o varios... esas cosas.

         No es difícil, pues, darse cuenta de que, aunque la lógica, la razón limpia nos indica que tierra firme es todo aquel territorio seco que nos libre, como diría el conde Olinos, de las furias del mar, sucede en ese lugar fantástico que es Margarita que la gente de todos los niveles de educación y de todos los campos de actividad humana dicen tierra firme para referirse solamente al territorio venezolano que está más allá del mar, y que para algunos seguramente se refiere solamente a Puerto La Cruz, a Cumaná, a Cariaco, a Píritu, quizá incluso La Guaira. Puerto Cabello y Maracaibo es ya demasiado lejos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° D / 17 de febrero del 2025

 



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lunes, 10 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (I) [CDXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Un carpintero de ribera siempre trabaja en tierra...
a veces en tierra firme

 

 

 

         Siempre aparece, con muy poco talento para el mimetismo dialectal, alguien que dice delante de mí (o dirigiéndose a mí), porque cree que los margariteños hablan así: “¿Cómo está ‘laisla’?”. Cuando me toca, respondo: “No, no, Margarita es el continente. La isla es Venezuela”. Una vez mi hija mayor me preguntó qué era entonces América, y yo le contesté que América era ya otro planeta.

         Ahora viene mi primo Moisés, que creció en Paraguachí y se casó con esta hermosa muchacha uruguaya, con quien es delicioso conversar porque llama las cosas por otros nombres, pero siempre termina uno sabiendo a qué se refiere, y cuando pregunta termina encontrando por sí sola de la respuesta... bueno, Moisés y ella hace como un mes me graban un audio en que me cuentan que tienen una contrariedad lingüística: ella tarda en captar cuando, hablando de Margarita, él menciona un lugar llamado Tierra Firme. En el audio me explica lo que yo sé: que los margariteños llaman así a todo lo que no es Margarita, es decir, Venezuela continental; y sí, eso significa también que las demás islas o son parte de Margarita o no son, a lo sumo son islitas que navegan realengas por el mar, pero no son tampoco, jamás, tierra firme).

         Entonces, el pobre Moisés, como preocupado, viene y me explica esto y me dice que su esposa no lo comprende porque, según ella, tierra firme es todo aquello que es tierra por oposición al mar, a un barco, a las olas. Si uno va en un bote y no encuentra la costa, puede llegar a desesperarse por encontrar tierra firme, y si lo que encuentra es una isla, eso es tierra firme, sin importar si es continental o no, porque no se mueve como el bote sobre el agua.

         Y entonces viene Moisés y me pregunta, admitiendo que en el fondo le parece que tiene bastante sentido lo que ella dice, qué pienso yo. ¡Yo...!, ¡que también hablo como él!, ¡que nací en Margarita como él!, ¡que crecí en Margarita como él!, ¡que fui a la escuela en Margarita como él!, ¡que soy descendiente del mismo carpintero de ribera que él!, ¡y que a los 18 años me inscribí en la Universidad Central como él! Es una especie de injusticia, una especie de ventajismo nuestro que le hacemos a la pobre chica uruguaya cuando la dejamos escoger como juez de la “diatriba” a otro margariteño que habla el mismo español que él. Pero claro que, estrictamente, ella tiene razón.


(La próxima semana les sigo contando.)


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCIX / 10 de febrero del 2025

 



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jueves, 30 de noviembre de 2023

Jugar un quintico [CDXXXV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El quinto círculo es de los iracundos. Mapa del infierno (1498),
de Sandro Botticelli

 

 

         Mi abuela me lo explicó un día: “Se dice jugar un quintico porque los billetes de lotería estaban divididos en cinco quintos, y uno podía jugar el billete entero, o, si uno no tenía suficiente centavo, cuatro quintos, tres, dos y hasta un quintico”.

         No me hizo falta más. Jugarle a alguien un quintico, que era lo que yo le había preguntado, significaba, haciendo las equivalencias, apostar, al menos, lo mínimo por esa persona. Y ese apostar tenía que estar asociado a su apariencia, juventud, belleza o algún valor que seguramente se suponía que se iba reduciendo, pero que en esta persona parecía mantenerse de alguna forma por más tiempo del esperado.

         Puede parecer un halago —que es la idea con la que me quedé durante muchísimo tiempo—, pero no deja de ser un poquitín despectivo, ¿no les suena?, porque se concentra en el atractivo que aún queda en la persona a quien se refiere, que ya es tan escasa en realidad que, literalmente, apenas representa un quinto de lo que sería más deseable. Si fuera un asunto matemático, se necesitarían más de dos “quinticos” para que uno valiera la pena. Traduciéndolo al sistema de calificación académica de 20 puntos, un quintico equivale a 04. Figúrese usted si la dichosa expresión jugarle a alguien un quintico es un elogio.

         Hoy, que he querido escribir sobre esta curiosidad del español venezolano, encuentro en alguna página web (que no me inspiró mucha confianza) que la expresión podría provenir del mundo de los toros. Aunque no tengo idea de cómo se apostaba a los toros —ni siquiera sé si se apostaba—, decía la vaga información que encontré que algo podía ganarse incluso con el quinto toro de la corrida. Se me ocurre, dudándolo mucho —y no lo decía el autor—, que podría ser esta una razón por la que no hay quinto malo.

         A nadie le hace falta que diga que prefiero la explicación de mi abuela. No es extraño. En asuntos de la lengua, muy pocas veces se equivocó. Era tanto lo que confiaba yo en sus didácticas palabras cuando me descifraba el mundo, incluso el mundo de las palabras, que cuando oía a nuestra vecina decir, por ejemplo, “¡Abájate de esta mata, hijerdiablo!”, o “Ponte el pantalón amarrón”, o “Llamaron a la polecía”, no había fuerza en el mundo que me hiciera pensar otra cosa que “Eso no es correcto, mi abuela no lo dice así”. Era tanta la confianza que le tenía, que incluso dando clases de gramática en la universidad la he citado.

         Caramba, ahora que abro este último párrafo, estoy pensando que he debido investigar también si la expresión se usa en otros países. ¿Qué voy a decir en la conclusión? Verdaderamente estoy como en el quinto sueño. Pero no, son las horas de sueño las que a veces se me van al quinto... infierno. ¡Uf...! Que vayan otros a parar a la quinta paila. Carlos Quinto, si quiere.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXV / 30 de noviembre del 2023

 


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lunes, 2 de octubre de 2023

Contrabando de palabras (I) [CDXXXIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Amelia Bloomer posa en 1853 con su revolucionaria
vestimenta, sin saber el éxito que tendría en el futuro

 

 

         Existe en español una palabra cotidianísima que mucha gente trata de evitar en la lengua hablada. Le tienen grima, sienten como que se les ensucian las manos al pronunciarla, que con ella se acercan a decir una obscenidad. Habrá también quienes la odien porque para ellos representa misterios humanos a veces molestos, otras dolorosos... o vergonzosos.

         La palabra pantaleta es tan incómoda para tantos hablantes en algunos ámbitos del español hablado en Venezuela que muchos prefieren contrabandear alguna otra palabra de otra lengua para no temblar de pudor al decirla. En Margarita, por ejemplo, muchas personas, al menos en situaciones formales, evitan llamar pantaleta a la prenda íntima femenina. Hace muchos años me puse a preguntarle a algunas personas qué sensación les daba esta palabra y algunas respondieron haber tenido siempre la de desagrado ante un objeto sucio o contaminado. Otras personas sentían que, en lugar de mencionar el objeto, la prenda, al decir pantaleta, estaban mencionando el órgano que oculta, que es en realidad lo íntimo, lo que ha estado siempre cubierto de misterio y, además, es pecaminoso, irrespetuoso, indecoroso mirar, tocar e involucrar en ciertos actos. En consecuencia, es más bien indecente (o hasta hace poco lo era en todas partes) dejar ver las pantaletas, no digo puestas en el lugar del cuerpo que les corresponde, sino tan sólo colgadas al sol o guardadas en su gaveta.

         ¿Qué han hecho los margariteños para solucionar tamaña dificultad? Contrabandear una palabra “más decente” de otras costas. No es en realidad que hayamos contrabandeado la palabra, sino que ella vino empaquetada en los cargamentos de ropa y otros artículos que en el pasado los margariteños importaban ilegalmente desde la isla de Trinidad. Eran en muchísimos casos los pescadores, que conocían también las aguas trinitarias, los que traían en sus embarcaciones el contrabando. Pronto comenzaron los margariteños a llamar a la controvertida prenda por el nombre que probablemente venía en el paquete, o simplemente como recordaban que la llamaban en Trinidad: bluma.

         Y esta palabra, que en Margarita muchos usan como eufemismo, tiene un origen digno de conocer, aunque no haya nacido en Trinidad. En los años 1850, la activista de los derechos de la mujer Amelia Jenks, nacida en Nueva York en 1818 y casada en 1840 con Dexter Bloomer, comenzó a vestir faldas que eran más cortas de lo regular, pero llevando siempre debajo de ella unos “pantalloons”, “pantalones turcos”, como parte de su campaña social para reformar las condiciones de vida y derechos de las mujeres, que incluía cambios en la vestimenta. Amelia Bloomer, que además era editora de un periódico de mujeres, aparecía en público, daba discursos y participaba en conferencias vestida de este modo, y sus seguidores y oponentes comenzaron a llamar bloomers la nueva prenda, que pronto comenzó a utilizar la mayoría de las mujeres, no solamente de Nueva York sino de otras ciudades de Estados Unidos.

         La prenda y la palabra se difundieron por todo el mundo. La primera ha evolucionado a su mínima expresión, pero la palabra parece seguir incólume. Los hablantes del inglés en Trinidad, país al que en la época de Bloomer aún le quedaban más de 100 de dependencia de Inglaterra, pronunciaban —y pronuncian— la palabra a la británica: /ˈbluːmə/, que los hablantes del español decimos y escribimos: bluma. No hace falta contar más.

         Llegados a la actualidad, después de tanto desprecio hacia pantaleta, es bluma la que a muchos nos suena más bien vulgar y falta de educación. He leído recientemente que en otros países no usan ni una ni otra, y en Cuba, quizá por la influencia de Estados Unidos, dicen más bien blúmer. Hay bombacha en Argentina, Paraguay y Uruguay; calzón en México, Colombia, Chile y Bolivia; panty en Perú y Panamá; braga en España, etc. ¿Por qué los venezolanos utilizan lo que parece un atrayente diminutivo de pantalón? Yo sé que no hay porqué.

         Así como cada ser humano es el fruto de un azar milagroso que se repite, duplicado, en cada generación, una fundición de células que pueden venir en vuelo directo desde el otro lado del mundo, las palabras también llegan a nosotros por rutas tan caprichosas como las marítimas, comerciales e incluso ilegales. No se detienen en su búsqueda de caminos para alcanzarnos, para hacerse nuestras, para darnos luz.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIV / 2 de octubre del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 24 de enero de 2022

Amameyado [CCCLXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El obispo anaranjado (o Euplectes franciscanus), un pajarito
africano con plumas negras y... amameyadas

 

         Qué difícil es, al menos cuando uno es medio insensible, dar con el nombre del verdadero color de las cosas, pero hay gente que tiene toda la habilidad que nos falta a otros. Existen personas que no pueden oírlo a uno decir “Eso es rojo” sin brincar a corregir: “No, eso es fucsia, eso es lila, eso es rosa viejo”. Mis hijas nacieron con ese resorte y les ha salido muy bueno, a pesar de lo mucho que lo usan. Las mujeres parecen tener ojos mejor preparados para esas precisiones (a menos que la verdad sea que los de los hombres no encuentran razón para detenerse en ellas).

         ¿Serán de veras tan diferenciados, en el uso de la lengua, los nombres que damos a los colores? Una persona mayor que conozco en Margarita se refiere siempre al color anaranjado como amameyado. A mí me fascina este uso porque no sólo viene a mi mente el color del mamey sino también el mismo mecanismo de formación de la palabra que en anaranjado: sufijo a + sustantivo naranja + sufijo -ado. Naturalmente, hay que haber visto (y hasta saboreado) un mamey para poder tener registrado su color en la mente. En Caracas, hasta donde sé, anaranjado convive con naranja (como adjetivo), pero el mamey no es frecuente ni en el mercado de Guaicaipuro.

         La verdad es que existen muchas formas de dar los nombres de los colores. Yo de pequeño descubrí el rojo, por ejemplo, y siempre lo llamo rojo; pero más tarde me di cuenta de que existía también lo que yo llamo rojo oscuro. Y cuando lo menciono así, siempre viene alguien que me corrige: “Eso es vino tinto”. Me pasa lo mismo con el azul. En Perú, por si fuera poco, lo que los venezolanos llamamos azul claro es únicamente celeste; para ellos el azul es totalmente otro color —normalmente ni siquiera se orientan cuando, en lugar de diferenciar tonalidades de azul, se trata de distinguirlo del rojo o del verde—. El amarillo quizá sea el que nos causa menos desacuerdos, aunque algunas personas prefieren llamarlo dorado todo el tiempo, con lo cual yo me quedo sin el oro y sin el moro.

         (Creerán que exagero, pero hace media hora le digo a una de mis niñas: “Ponte la gorra amarilla”, y ella me contesta: “Es color mostaza”. Y sí, parece más un frasco de mostaza que una pluma de canario. ¿Ven?, el simple siempre soy yo.)

         En Margarita, algunas cosas pueden ser color agua, que es esencialmente el aguamarina, pero más claro, y bastante más claro que el turquesa, por lo que he entendido recientemente. Mientras tanto, el rojo oscuro en Perú puede llamarse guinda (otra fruta que hay que probar para reconocer su color). Y un término que ya no se usa en el habla cotidiana y que algunos van a creer que es italiano, es azur, que es, si ojos más agudos que los míos no me contradicen, el azul más oscuro, que en Venezuela solemos llamar azul marino.

         Dediqué en estos días un tiempo a buscar sinónimos de los nombres de los colores primarios y secundarios y encontré esto: para el amarillo, ambarino, rubio, dorado, pajizo, gualdo —esta palabra hoy en día no se usa sino para hablar de banderas y escudos de los países y familias—. Para el azul, encontré añil, índigo, celeste, zarco, garzo, cerúleo —según el himno de Nueva Esparta, “Margarita es una de las siete estrellas que llena de rayos el cerúleo tul”, es decir, la franja azul de la bandera de Venezuela)—. Y para el rojo, colorado, encarnado, bermejo, grana, escarlata, carmesí, carmín, rubí —¿será por ser el más apasionado que es el que tiene más sinónimos?, ¿será por su encendida pasión que la protagonista de Lo que el viento se llevó se llama Escarlata?

         Los secundarios no salieron favorecidos en el número de sinónimos (que no es lo mismo que de metáforas). El verde tiene esmeralda, glauco, aceitunado; el violeta, morado, malva, lila, pero el anaranjado tiene tan pocos que el más común es... ¡naranja! Y, en español de Margarita, amameyado.

         Más creativos, más pretenciosos, más inocentes, todos estos modos de llamar a los colores revelan la naturaleza de la gente que los usa, y quizá también las necesidades que han tenido, la distancia que han recorrido desde el punto en que recibieron su idioma hasta el punto en que fueron relevados por la generación siguiente. Y así, generación tras generación, la lengua se alimenta a sí misma. En la lengua, como decía mi abuela, todo obra para bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXVII / 24 de enero del 2022

 

 

 

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miércoles, 6 de octubre de 2021

Mal de amores con tenguerengue [CCCLXVIII]

Edgardo Malaver

 

 

Dante y Beatriz a orillas del Leteo (1889),
de Cristóbal Rojas

 

 

 

         Desde el miércoles de la semana pasada tengo en la mente una campana que repite y repite una expresión que yo oía mucho cuando era pequeño. Me la repite, sin embargo, incompleta, me repite la primera mitad, y yo sé que me la repite tanto porque quiere recordar la segunda. Confía en mí para que le busque la respuesta... y yo que confiaría en ella. Más o menos el sábado en la mañana comenzó a sonarme que la palabra que le faltaba debía ser tetrasílaba y, horas más tarde, que todas las sílabas tendrían la e como única vocal. Pensé en el merequetengue del merengue ese; pero no, tenían que ser cuatro sílabas.

         La expresión, que les lanzaban los adultos a los muchachos cuando los veían medio lelos, dominados por la falta de sueño, por los suspiros del primer amor, por el calor del mediodía, era como sinónimo de “¡Despiértate!”. “¡¿Qué tienes, fulano, mal de amores con...?!”. Y esta mañana, de tanto intentarlo, comenzó a llegarme de la región oscura una palabra que se parecía a tenguerengue. La pronuncié mientras tomaba café. “¿Será tenguerengue?”, me pregunté en voz alta. La dije, la repetí, la escribí, intenté recordarla en labios de mi mamá, pero nada me daba la certeza.

         Les pregunté a varios parientes que crecieron cerca de mí y antiguos compañeros de escuela. Pronto me llegaron cinco o seis mensajes que afirmaban recordar la palabra claramente, y también la expresión: mal de amores con tenguerengue.

         Mientras esperaba las respuestas, la gran sorpresa me la dio el diccionario. Resulta que la dichosa palabra estaba ahí y yo buscándola en mi memoria. Aparece, para ser más más preciso, en la locución adverbial en tenguerengue, que significa ‘sin estabilidad. Puesto a investigar, descubro que en el 2006 una Escuela de Escritores, de España, la eligió como la palabra más bella del idioma. También he leído que en toda España la usan y que, allá también, puede referirse a un estado de ánimo, como la aflicción o el quebranto “causado por el amor”.

         Después de unos 40 años sin saborearla, sin sentir su tersura de vocales entre el cerebro y la lengua, una palabra ha vuelto a mí. Celebro como quien descubre que un amigo de la niñez se acaba de mudar a la casa de al lado, y desde el primer momento ese amigo recuerda nuestro nombre y poco a poco, juntos, vamos recordando episodios, nombres, temores, alegrías. Y palabras, que son las lámparas del recuerdo, la dulzura de los recuerdos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXVIII / 4 de octubre del 2021

 

 

 

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martes, 15 de diciembre de 2020

Obligado, a la fuerza, porque sí [CCCXXXIII]

Edgardo Malaver



Desde El Yaque (1966), de Ramón Vásquez Brito




Me pongo a conversar hace días con un primo político de Perú, y, por algún camino, pronto aparece el tema del nombre de los pueblos, que son casi todos muy curiosos, los venezolanos para él y los peruanos para mí. Entonces le comento sobre topónimos de Margarita, que son los más familiares para mí: Mata Redonda, Macho Muerto, Agua de Vaca. Pero él suelta la risa cuando le digo que hay en Juan Griego un lugar llamado Culo de Mono. Y luego le cuento un episodio que recuerdo de cuando era pequeño: las autoridades se tardaban en otorgar los permisos para la construcción de viviendas en un sector de Juan Griego, y después de un tiempo, la gente, saltándose las formalidades de la ley, comenzó a levantar las casas y el municipio no pudo hacer nada para desalojarlos. El lugar terminó llamándose Pueblo A Juro, al menos informalmente. Y así me enteré de que en el español de Perú no se utiliza la locución adverbial a juro.

Acudo al diccionario y descubro que su uso se limita a Venezuela y Colombia. Despejo, además, una duda que tengo desde que estaba en primaria: ¿qué significa ese juro? Mucho tiempo imaginé que se decía a juro porque el acto al que se refería se iniciaba o se desarrollaba a partir de un juramento. En mi mundo, lo que se hacía a juro, se hacía a fuerza de jurar por algo o por alguien, y por eso, simplificándolo, la gente terminó creando la locución, como quien dice a pie, a caballo, a nado. Nada más simple que este pensamiento mío, pobrecito.

En primer lugar, el diccionario pone que proviene de la palabra ius, iuris, es decir, ‘derecho’, y la primera acepción dice: “Derecho perpetuo de propiedad”. O sea, los habitantes de Pueblo A Juro no tienen nada que temer. En segundo lugar, la Academia nos hace saltar a de juro (está clarísimo, ¿no?, ‘de derecho’), que define así: “Ciertamente, por fuerza, sin remedio”. Por fuerza. Yo crecí entendiendo que eso significaba a juro, aunque el derecho debería primar sobre la fuerza. ¡La de detalles que se pierde uno cuando no habla latín!

Ahora me falta averiguar cómo funciona a juro en el español de Colombia. Y reflexionar sobre el verbo jurar, que tiene apariencia de pertenecer a la misma familia (semántica y jurídica) y que utiliza también tanta gente como si estuviera firmando un documento delante de un juez. ¿Y será igual que jurar por Dios? Mejor disfruto el noviazgo con a juro y después lo averiguo.





Año VIII / N° CCCXXXIII / 14 de diciembre del 2020




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