Mostrando las entradas con la etiqueta Colombia. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Colombia. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de diciembre de 2022

Antiguo manuscrito revela origen extraterrestre de la palabra ‘arepa’ [CDIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Locos y locainas de La Vela de Coro, Falcón
Foto: El Carabobeño


 

 

         Tarde o temprano tenía que suceder, tarde o temprano íbamos a encontrar la prueba irrefragable de que la arepa no es venezolana ni colombiana, sino que la trajeron los extraterrestres. Los diarios El Cucuteño, de Colombia, y La Señal de San Antonio, de Venezuela, acaban de publicar simultáneamente, en su edición de ayer, 27 de diciembre, un informe sobre los hallazgos de los investigadores de la Universidad de Londres y la Sociedad Nacional de Arqueología de Estados Unidos en la biblioteca de la antiquísima Misión de los Franciscanos en Santa Clara de la Piedra, que permite llegar a tal conclusión.

         El informe, firmado por los dos responsables de la investigación, Peter O’Connor y Martha C. Lee, comienza afirmando que han reunido información suficiente que podría poner fin a la disputa entre los venezolanos y colombianos acerca de diversos elementos culturales de gran interés en la historia de ambas naciones; sin embargo, la pieza fundamental de los hallazgos es, sin duda alguna, una carta encontrada la semana pasada en la sección de libros raros, dirigida por el abad de la congregación, fray Emiliano González de Zárate, al papa Julio II entre los años 1510 y 1514.

         Según O’Connor y Lee, en la carta fray Emiliano informa al papa que ha llegado al convencimiento de que los indígenas del lugar habían recibido la visita de seres extraterrestres (“res alieni”, “viris ex aliis planetis”) entrenamiento especializado para el cultivo de diversas especies vegetales, además de lo que hoy llamaríamos la “receta” de diversas comidas que se preparan aún en la región. Uno de ellos, expresa el informe, “sería el alimento básico de Colombia y Venezuela, que los ‘viris ex aliis planetis’ llamaban por el nombre de ‘arepe’ o ‘arepa’”. También dan indicaciones precisas de cómo hacer el fuego y la superficie en que debe cocerse la arepa.

         “Infortunadamente, falta al menos una página del valioso documento, que calculamos que originalmente tenía seis o siete”, dicen O’Connor y Lee. “La página faltante, junto con el resto del original, que no está en buenas condiciones, debe estar en la Biblioteca Vaticana, dado que iba dirigida al papa”.

         Con estos hallazgos, opinaron otros expertos consultados por El Cucuteño, quedaría pulverizadas las hipótesis lingüísticas según las cuales el vocablo arepa provendría del idioma hablado por los cumanagotos a la llegada de Cristóbal Colón. Lo que es más, por datos que asoman los arqueólogos británicos y americanos sobre la fecha de la visita de los seres alienígenas y los otros lugares del mundo donde habían aterrizado, puede llegarse a pensar ahora en la posibilidad de que hasta los bisabuelos de Jesucristo hayan comido arepas en la Palestina prerromana.

         Ni en Venezuela ni en Colombia se habían hecho investigaciones de esta naturaleza en la misión de Santa Clara de la Piedra, cuyas ruinas subsisten sobre la margen izquierda del río Táchira. La “vetusta construcción, que data del año 1500”, según el informe, fue abandonada antes del comienzo del siglo XVII (como había deducido un trabajo anterior de O’Connor), y lo único que permanece, casi intacto, es el sótano de la biblioteca, donde apareció el manuscrito.

         Al final de la nota, ambos periódicos indican a sus lectores que si habían leído hasta ese punto, entonces merecían saber que todo el texto ha sido escrito como una broma del Día de los Inocentes.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDIII / 28 de diciembre del 2022

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Ochocientas velitas

Mal de amores con tenguerengue

Niño (varón) y niña (hembra)

 

lunes, 4 de enero de 2021

Otra maldición de Bolívar [CCCXXXVIII]

Edgardo Malaver




Corona de oro que regalaron los cuzqueños a Bolívar en junio de 1825




El tercer asombro que experimenté en diciembre, cuando me puse a leer los documentos de Simón Bolívar para hablar de sus frases en el habla popular venezolana, fue con la idea extendidísima aquella de que Bolívar era masón. Apuesto fuertes a lochas que todo el que lea hoy Ritos de Ilación ha oído decir, ha pensado e incluso ha creído fielmente que el Libertador pertenecía a este grupo. Según mis observaciones, en Venezuela, todo aquel que ha superado los 30 años de edad y desea impresionar a cualquier interlocutor a quien crea de menor grado de instrucción, ha soltado, entre whisky y whisky, la desdichada frase (que intentaré no escribir más, porque a mí ni siquiera me ha importado jamás si es verdad o no y porque a Bolívar de lejos se le nota que no era importante para él).

Resulta que el 8 de octubre de 1826, desde Ibarra, Ecuador, Bolívar le escribe a Francisco de Paula Santander, que lo sustituye como presidente en Colombia, para responder varias cartas de éste, y en la post data, da su parecer sobre varias personas en Perú, en Ecuador y en Colombia con las cuales deben tener cuidado. Una de estas personas es un tal Flores, que “se ha hecho odioso por los masones”.

Un año antes, el 21 de octubre de 1825, en Potosí, Bolivia, le había escrito también para decirle, entre otras muchas cosas:


Vd. tiene la culpa [de los ataques], porque no los ha sabido tratar por las majaderías de masones [...]. Conmigo siempre están bien, porque los lisonjeo y los sujeto en los límites que me parecen justos. Malditos sean los masones y los tales filósofos charlatanes [...]. Por aquí no hay nada de esto, y los que haya serán tratados como es justo.


Sin embargo, la joya de la corona es un decreto emitido por Bolívar el 8 de noviembre de 1828, en el cual prohíbe las sociedades o confraternidades secretas en toda Colombia, fuere cual fuere su denominación. El decreto ordenaba a los gobernadores y jefes de policía disolver tales grupos y aplicar las sanciones sumariamente, para que nadie tuviera ocasión de alegar nada en su defensa.

Dado todo esto, o Bolívar era contrario a la masonería o se había decepcionado de ella. Es decir, si de veras había entrado en una organización masónica en 1804 estando en Cádiz, había llegado a un punto en que ya no pensaba igual y, porque le parecía nociva para la república, como dice el decreto, se le oponía.

En la carta de 1825 a Santander, le pide que no difunda sus cartas: “No mande Vd. publicar mis cartas, ni vivo ni muerto, porque ellas están escritas con mucha libertad y con mucho desorden”. Como si me lo hubiera dicho a mí, voy a dejarlos descansar de Bolívar. Nos vemos el 20 de marzo.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXVIII / 4 de enero del 2021





lunes, 15 de abril de 2019

Colombia, el país de las siglas [CCLVI]

Adrianka Arvelo



Santuario de Las Lajas, Ipiales, Colombia (foto: D. Delso)



         ARL, EPS, CDT, CC, CE, TdI y pare usted de contar cuántas más pueda haber. Todas importantes, todas cumplen con una función específica y trascendental. Obligatoriamente, debes tener ARL y EPS que, además, por ser extranjera, debes ser afiliada con tu CE o tu PEP, ¿tú qué prefieres?
         “Te explico: para la Caja de Compensación (que no es la CC), la ARL y la EPS, debes tener un documento con validez colombiana; es decir, tu cédula de extranjería (CE), tu permiso especial de permanencia (PEP) o una cédula de ciudadanía (CC), ¿sí me hago entender...?”. Y tú: ¿me entendiste?
         La burocracia colombiana es tan estratosférica que, algunas veces, se necesitan siglas para explicar las siglas. Es buscar alguna manera de reducir o resumir el entramado tan gigantesco que es inscribirse o afiliarse (palabra para desagradable) a todo en lo que el sistema colombiano requiere que estés.
         “¿Cuántos años tienes?” es una pregunta que, fácilmente, puede ser suplantada por un “¿tienes cédula o tarjeta?”, pues en Colombia quien es menor de edad usa tarjeta y al cumplir los 18 años tramita la cédula... ¿Vida crediticia? Necesitas vida crediticia para tener vida crediticia. Este es el mejor ejemplo de cómo son y cómo funcionan los sistemas en Colombia que, a su vez, es un buen ejemplo de cómo se pueden explicar, usar y entender las siglas en el país.
         Por ejemplo: “estoy trabajando para el ICFES, pero no tengo nada que ver directamente con el ICETEX, me pagan por ahí pero no trabajo para ellos”. ¿Ah?
         “¿Para entrar al SENA tienes que haber presentado el ICFES?”. “Te va a llegar un correo de la DIAN confirmando tu información para que te saques el RUT, pero primero recuerda haber sacado el RIT que, si no tienes cédula de extranjería (CE), lo puedes sacar con el pasaporte, mas no con el PEP aunque en tu PEP salgas registrada con tu cédula de identidad original, o sea, con la de tu país...”. Es en serio, me pasó. ¡Duré yendo al CADE tres días seguidos y, ¡ojo!, que es el CADE y no el CAI, porque en el CAI te atiende la policía y eso no tiene mucho que ver, aunque en el CADE saques papeles importantes y legales.
         Son casi cuatro años viviendo en Colombia y sigo tratando de entender cómo funcionan las leyes, las siglas, las siglas dentro de las leyes, las leyes con sus artículos (por ejemplo, el 1290, que jamás olvidaré), porque a toda ley la rige un artículo que parece ser más importante que la ley en sí misma.
         Pareciera ser que, como todo en el ser humano, más que una cuestión de entendimiento es, tan sólo, cuestión de aceptación y sumergirse dentro de la cultura de la mejor manera para no terminar ahogados por una letra de las tantas siglas posibles.

aarvelo22@gmail.com



Año VII / N° CCLVI / 15 de abril del 2019





Otros artículos de Adrianka Arvelo:

lunes, 14 de agosto de 2017

Que me coma el tigre [CLXV]

Edgardo Malaver



El escritor venezolano Antonio Arraiz llevó la tradición oral 
de Tío Tigre y Tío Conejo a la literatura escrita



         El cantante popular colombiano Nelson Díaz Sánchez murió en septiembre del 2010 a los 86 años. En 1968 había grabado una canción que le dio visibilidad duradera y un lugar en el repertorio musical de su país. De este lado de la frontera, los versos y sonidos de Díaz Sánchez desbordaron la música y se instalaron también en el habla popular.
         Cada Carnaval por lo menos, se oye en Venezuela alguna vez aquella famosa canción, en la cual un personaje es perseguido por una animal feroz que quiere comer su “carne morena”. Intentando evitarlo, se sube a un árbol, se sube a una loma, se tira en el río y finalmente se mete en una casa, “pa que no lo vea”. A todos estos lugares lo sigue la fiera, y él termina diciendo: “La cosa está fea”. El coro después repite y repite: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre, / que me coma el tigre, / que me coma el tigre”.
         Naturalmente, cuando en Venezuela uno siente que alguien le impone condiciones particularmente difíciles, que no le deja escapatoria, que, por más que la busque, no hay válvula que alivie la tensión de una situación, termina diciendo: “Tú lo que quieres es que me coma el tigre”. Estas situaciones pueden salir de la esfera personal y abarcar la social, política, religiosa, artística, etc., porque donde haya seres humanos habrá siempre unos pocos que querrán imponer a los más su voluntad y sus reglas. Unos seres humanos lucen más feroces que otros. El mundo ha sido siempre así, el problema aparece cuando el que se cree con derecho a dictar las pautas elimina también las válvulas.
         La figura intimidante del tigre, bañado por la naturaleza de colores impresionantes, protagoniza otras expresiones que involucran siempre el poder, el conflicto, la pelea. “Tigre no come tigre”, diría cualquiera que desea indicar que, por más fuerte o furioso que se muestre un enemigo, no la va a tener fácil si desea enfrentarlo. Si algún interlocutor está de acuerdo, dirá: “Y si lo come, lo vomita”.
         También puede representar la deshonestidad y la fragilidad ética. En una conversación referida a la frecuencia de conductas no muy decentes, uno dice: “¿Qué es una raya más pa un tigre?”. La tradición oral, por otro lado, nos ofrece el símbolo del tigre como encarnación de la fuerza bruta opuesta a la inteligencia y la picardía. El ejemplo inmejorable son los cuentos de Tío Tigre y Tío Conejo.
         Hay quienes matan a un tigre y luego le tienen miedo al cuero. Así, en realidad, no se logra gran cosa. Los sagaces suelen arrebatar nuevos territorios a los cobardes. La evidencia puede ser que a veces hay tríos de tigres que van por la vida sintiendo una honda tristeza. La esperanza para el futuro, siempre, es que las nuevas generaciones suelen heredar los rasgos de sus padres y abuelos. Indiscutiblemente, hijo de tigre nace pintao.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLXV / 14 de agosto del 2017



Otros artículos de Edgardo Malaver
Números impresionantes (I) [LXXIX], 19 oct. 2015
Pekín y Bombay [LXXVIII], 12 oct. 2015
Ilación [I], 25 feb. 2013

lunes, 22 de mayo de 2017

Colombia y Venezuela: falsos amigos [CLIII]

Laura Jaramillo


 
En italiano existe la palabra burro, que en español
equivale a
mantequilla


         Uy, hermano, no vaya a creer que aquí va a encontrar una barbaridad. No. Aunque sí hay que decir que en todo el globo terráqueo hay falsos amigos, no solo en Colombia y Venezuela. Pero en fin... Aquí usted lo que va a encontrar es un pequeño grupo de palabras que, quizás por el parecido morfológico y fonético, uno cree que significan un cosa pero al final son otra; los lingüistas decidieron llamar a esas palabras falsos amigos, solo por el hecho de que son traicioneros… o sea, los significados.
         El término es común en el área de la traducción. Por ejemplo, en italiano existe la palabra burro, que en español equivale a mantequilla. Pero resulta que en español también se da este fenómeno, si se puede llamar así, pues podemos encontrar variedad de significados para una sola palabra a lo largo y ancho de América (ah, sí, y de España también).
         Quizás lo que describo se pudiera considerar un caso de homografía, pero no, me gusta más la falsedad de las palabras cuando oigo una canción o cuando veo una novela de Colombia. Es que resulta que, a pesar de que tenemos tantas cosas en común, hay cosas también que nos diferencian. Qué aburrido sería que todos nos pareciéramos.
         Solo les voy a presentar un bocadito de las tantas que nos pueden jugar una mala broma. Esto es válido pa los colombianos también, porque ellos también tienen que saber que nosotros hablamos tan sabroso como ellos. Así, tenemos que:

Guayabo no es el despecho de nosotros, es un ratón, o sea, la resaca.
Parche no es un pedazo de tela, es una cita, una rumbita por ahí, una salidita, pues.
Patico no es el hijito de la pata, es un “elogio” a la mujer, pues es la combinación de pantera, tigre y cocodrilo.
Matoneo suena como a que matan mucho, pero no, es el chalequeo de nosotros.
Ahogao no es alguien que lamentablemente no sabía nadar, es nuestro sofrito.
Miscelánea es el nombre que le dan a esos lugares donde uno consigue desde un bombillo hasta una curita, una quincalla, pues.
Abanico no es el sofisticado instrumento que usa mi Cucha para los calorones de la edad; en la costa colombiana, el abanico es el ventilador. No se sorprenda cuando oiga: “Mijo, prenda el abanico, que hace calor”.
Arepera no es el lugar donde nosotros vamos a comer arepas; es el equivalente a cachapera.
Perico no es el que tristemente se me fue hace un mes, en Medellín es un café con leche. 

         Yo no diría falsos amigos, diría más bien amigos maravillosos, expresivos y sabrosos, tal cual como nosotros. Más que amigos, hermanos. ¡Eh, avemaría, hombre!

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIII / 22 de mayo del 2017

lunes, 28 de marzo de 2016

Colombianadas [CI]

Adrianka Arvelo


Una vez resuelto el dilema de si fue primero el huevo
o la gallina, falta saber qué fue primero: paisa o paisano



         “No puedes estar dando boleta con ese teléfono en la calle”. Eso fue lo que le dije a mi hermana esta mañana antes de salir de la casa. Resulta que uso con bastante frecuencia formas verbales, estructuras, frases y refranes procedentes de Colombia. Esto para mí no es ni nunca ha sido un problema, pero parece que a mis amigos les causa cierto “picor” oírme decir cosas como dar boleta, tenaz, parce y tantas más.
         “No soy buena para esto, pero tocó hacerlo” es otra de las frases que uso con regularidad aunque, en realidad, más que la frase, lo que uso es esa estructura; es decir, ese uso del verbo tocar que en el español de Venezuela implica la primera acepción que se da en el diccionario de la RAE: “Ejercitar el sentido del tacto”, pero que en el español de Colombia se utiliza en la lejana acepción número 22: “Ser de la obligación o cargo de alguien”.
         La verdad es que, también, al decir cualquiera de estas expresiones colombianas, estas “colombianadas”, la reacción de quienes me escuchan pareciera ser, en algunos casos, como burlista y hasta de desprecio. Por ejemplo: “Uuuuiissshhh, se le salió el colombiano, ¡vea!”. Acto seguido viene la risa. Es decir, pareciera haber un pleno conocimiento sobre la procedencia de estas expresiones que da pie a la burla y el torrente de ejemplos en forma de chiste sobre el lugar y su gentilicio. Habría que preguntarse también cuánto de lo que decimos es meramente venezolano (véase Ritos X, de Aurelena Ruiz) y hasta qué punto hemos puesto en nuestro contexto frases o estructuras que provienen de países vecinos.
         Podría pensar en la palabra paisa. En Colombia un paisa es una persona proveniente de la ciudad de Medellín, es decir, de Antioquia. En Venezuela, por su parte, existe, si se quiere, una variante de ésta y es paisano. Para nosotros, un paisano es alguien relativo a nosotros, de nuestro mismo lugar; dice la RAE: “Dicho de una persona: que es del mismo país, provincia o lugar que otra”. Qué fue primero entre paisano y paisa quizá sea como si fue primero el huevo o la gallina. Tal vez sea una exageración, pero es que debido o gracias a la cercanía actual entre estos países y, más aún, al hecho de haber sido en algún momento ¡hace menos de 200 años!una misma república, podría haber sucedido que para la época de la Gran Colombia se utilizaran ambas palabras, o quizá ninguna sino otra parecida y de la cual se derivaron éstas.
         Lo raro en todo esto es que a pesar del desagrado, el “picor” (insisto en esta imagen) o, incluso, la sorpresa por parte de quienes me escuchan decirlo, no hay desconocimiento en los oyentes y logran, ciertamente, entender lo que les estoy diciendo. No sé si sea exactamente porque dejan pasar por alto esa estructura o esa información, que es complementaria, y  entienden el mensaje o si, dada la influencia (por decir lo menos) de las telenovelas colombianas en Venezuela, ya ha calado en nuestro vocabulario un gran número de estructuras sintácticas, gramaticales y hasta fonéticas del vecino país.
         Venga a ver cómo me le explico... Vea, mijo, ¿esto sí tendrá que ver con una cuestión de etimología?, ¿con la historia de las naciones?, ¿o es que acá, simplemente, así como hemos adoptado personas de todas partes también aceptamos tan tenazmente las formas verbales que traen consigo? ¿Cierto que sí me entendieron todo lo que les dije? ¿Sí ve que no es tan difícil, ni tan ajeno, y pues mucho menos sorpresivo ese lenguaje colombiano al que (aunque no lo creamos, parce) ya estamos acostumbrados?
         Tal vez al alejarnos de la mera forma y quitarles el acento propio a estas oraciones seamos capaces de ver que se puede, sin mayor problema, entender todo lo que se nos dice, sin necesidad de poner una barrera imaginaria a cualquier venezolano que usa expresiones propias de Colombia o de cualquier otro país. Queda abierta, entonces, la posibilidad y ¿necesidad? de ponerse a escudriñar los orígenes de ciertas expresiones.


aarvelo22@gmail.com




Año IV / Nº CI / 28 de marzo del 2016

lunes, 26 de enero de 2015

Puchecas [XLI]

Laura Jaramillo




         Una tarde calurosa de abril, recibo la llamada de la vecina fufurufa, aquella de Barquisimeto, a quien de cariño le digo Fufu, preguntando a modo de recocha: “Buenas tardes, ¿Peluquería Puchecas Apretadas?”. Por supuesto que mi reacción fue una estruendosa carcajada.
         Pues bien, la Fufu y yo, como siempre nos la pasamos echando varilla, más bien recochando, desde esa hermosa tarde ‘abrilera’ vivimos haciendo chistes sobre las puchecas: que si puchecas caídas, puchecas asustadas, puchecas que dan vueltas, puchecas arriba, puchecas abajo, puchecas alegres, puchecas tristes, puchecas acaloradas, puchecas con frío y cualquier otra que se nos ocurra. Tanto la vecina como yo somos asiduas a la programación colombiana, así que compartimos el mismo código de comunicación.
         Como cosa rara, esos colombianos hacen uso espectacular de su lengua, y tienen esta palabra que para mí es magnífica, porque es un neologismo, es decir, que el DRAE aún no la registra, al igual que fufurufa y recocha, aunque estas dos últimas sí las registra el diccionario, pero son casos de neologismo semántico.
         Así como los colombianos, también me gusta inventar, y al igual que en el caso de fufurufa, les quiero indicar el significado de puchecas, a través del título de un libro ampliamente conocido, escrito por el colombiano Gustavo Bolívar: Sin puchecas no hay paraíso.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XLI / 26 de enero del 2015

lunes, 6 de octubre de 2014

Recochar [XXV]

Laura Jaramillo




         Continuando con el lenguaje jocoso y coloquial, quiero presentarles la primera palabra que descubrí del extenso y variado léxico colombiano. Fue esta palabra la que me sembró la curiosidad por descubrir y estudiar cada día la lengua colombiana. La escuché en un programa que se llama Desafío, y quien la dijo es de la isla de San Andrés, o sea, que, al parecer, recochar es léxico costeño, del Caribe, al igual que fufurufa.
         Recochar suena como a melcocha, pero no. Suena como a ‘cocha pechocha’, pero tampoco. Suena como a recharco, muchísimo menos. Es un verbo tan sabroso de expresar, como sus derivados: recocharecocherorecochería, y pare usted de contar, o, de inventar.
         Recochar expresa que algo es muy divertido, puede ser una situación o una persona. Expresa gozo por los estudios, el trabajo, los amigos, la vida. Para mi mamá, recochera de primera, es una palabra que suena a fiesta, a baile, a hora loca. Es una expresión equivalente a la venezolana, igual de sabrosa de pronunciar, joder, que también tiene sus derivados: jodedorjodedorcitojodedera. Palabras más, palabras menos, recochar es echar vaina.
         El DRAE no la acepta como verbo, sino como adjetivo, es decir, recocha, pero (¡qué pero tan maravilloso!) el significado no es al que me refiero, o, mejor dicho, no es al que se refieren los ilustres costeños. Tampoco joder tiene en el DRAE el significado que le damos venezolanos y colombianos. Sin embargo, el mismo diccionario registra una entrada parecida, recochineo, con un significado más o menos cercano. Confieso que nunca la he escuchado, a pesar de que el diccionario la presenta como léxico coloquial.
         En fin, como ya deben conocerme, recochar es un verbo que ya forma parte de mi vocabulario tan colorido. A todo el mundo le digo recochero, hasta a un tutor que tuve, muy serio él, lo bauticé como el recochero más recochero del oriente venezolano.
         Así de sabroso es el español, así de expresivo somos, colombianos y venezolanos; es más, deberíamos borrar las fronteras pa recochar más y mejor. Tanto el lenguaje colombiano como el venezolano tienen ese no sé qué tan particular, tan único, tan sabroso (insisto), que nos identifican y nos definen como hablantes de un español cada día más renovado.
         No sé si recochar, al igual que fufurufa, se originaron en el caribe colombiano, pero, de ser así, ¡qué sabroso es que la inmensidad del mar genere esta inmensa creatividad léxica!


laurajaramilloreal@yahoo.com




Año II / Nº XXV / 6 de octubre del 2014


lunes, 1 de septiembre de 2014

Fufurufa [XX]

Laura Jaramillo




         Me confieso amante del léxico popular, porque es un fiel reflejo de lo que pensamos, de lo que vivimos y de cómo vemos la vida. Lo coloquial es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’, como dijo alguna vez el periodista Jesús Cova cuando escribía en el diario Últimas Noticias, en la columna El Defensor del Lector, haciendo referencia al lenguaje bélico en el deporte.
         En el caso de los venezolanos y colombianos, existe una afinidad tan particular al momento de expresarnos que no es en vano cuando se dice que somos países hermanos. Afinidad que no veo con ningún otro país (perdonen si me equivoco). El léxico de ambos países es tan rico en ingenio, originalidad y expresividad, que es allí donde se conoce realmente la cultura del hablante.
         La característica más resaltante de ambos hermanos es la jocosidad del léxico. Ejemplo de ello es la palabra fufurufa. Cuando la escuché por primera vez, me sonó como a nombre de perro con full pedigrí. Luego, la volví a escuchar y pensé que era una forma diferente de llamar a la trufa, o, quizás, alguna fruta exótica de las tantas que existen en el hermoso caribe colombiano, porque fue de un colombiano que la escuché.
         Un buen día, o, mejor dicho, una buena noche, viendo un programa de humor colombiano (cultivo de la ingeniería léxica) llamado Sábados Felices, un comediante, representando al costeño, en su presentación explicó tan claro lo que significa popularmente fufurufa, que llegó a mí esa luz que te hace decir: “¡Aaahhh!”, y solo recuerdo que reí hasta más no poder. Ahora, como es mi costumbre, forma parte de mi léxico folclórico y costeño.
         Sin embargo, me llama la atención que mi vecina, muy barquisimetana ella, me dijo, muchísimo tiempo después de mi descubrimiento semántico, que en esa ciudad del estado Lara también es muy frecuente el uso de esta palabra y con el mismo significado. Curioso punto de encuentro semántico entre los hermanos países.
         Bueno, para resolverles la intriga, fufurufa, según el DRAE, es una persona “que manifiesta gustos propios de la clase social acomodada o [que] se cree mejor que los demás”, pero solo es de uso en El Salvador y en Honduras. Pero en Colombia y en Venezuela significa...
         No voy a poner la palabra, sólo haré una pequeña modificación al título de una famosa novela del gran escritor Gabriel García Márquez, pa que les caiga la locha y también puedan decir “¡Aaahhh...!”: Memorias de mis fufurufas tristes.

laurajaramilloreal@yahoo.com



Año II / Nº XX / 1° de septiembre del 2014