lunes, 19 de diciembre de 2016

Hayaca [CXXXV]

Edgardo Malaver


De la página 643 de la 15ª edición
del diccionario de la Academia (1925)



         Una vez, en el año 2000, trabajando como corrector en una revista, hice una travesura. En la edición de diciembre se me estaba escapando un error inmenso en un reportaje sobre las comidas venezolanas de Navidad. La palabra hayaca aparecía en casi todos los párrafos y yo no me daba cuenta. Un minuto antes de devolver el material al jefe de redacción, mi ángel de la guarda se apoderó del control de mis ojos e hizo que mi vista cayera sobre la dichosa palabra que se agazapaba sobre el papel entre las demás, que, cómplices, la escondían.
         Me devolví, me senté de nuevo en mi escritorio y cogí el diccionario, dominado por una pregunta, más que por una duda: “¿Por qué Álvaro Melgarejo, el periodista más correcto del estado, habrá escrito hallaca con ye?”. Y el diccionario, mirándome con los ojos de mi madre cuando me increpa: “¡¿Esa es la educación que yo te he dado?!”, me respondió: “Pastel de harina de maíz relleno con pescado, carne en pedazos pequeños u otros ingredientes, que, envuelto en hojas de plátano, se hace en Venezuela, especialmente en Navidad”. O sea, Melgarejo, como siempre, sabía lo que estaba haciendo.
         Qué tentación. Si un día, en el Sol de Margarita, había despertado el escándalo de todos al poner tilde a la mayúscula inicial del apellido del gobernador, lo cual estaba respaldado por las reglas del español, ¿qué destino me esperaba si dejaba, en apariencia, mal escrita una palabra tan importante en diciembre en toda Venezuela? Pero qué delicioso iba a ser ponerle el diccionario en la cara al director cuando viniera a reclamar que yo había dejado escapar un error de aquel tamaño (que para mí se había reducido inmensamente al pasar por la conciencia de Melgarejo). Iba a ser placentero demostrarles a todos en aquella revista que nadie corregía a los correctores, excepto cuando eran los redactores quienes se equivocaban. Qué tentación.
         Además, había sostenido con Melgarejo conversaciones sobre la manía de la gente de creer que la Academia tiene siempre la última palabra y, a pesar de ello, no hacerle caso nunca. Todo desembocaba siempre en la idea de que nadie se fija en cómo se escriben las palabras... en los medios de comunicación, se entiende. Así que aflojé mi resistencia y me dejé tentar por el diablito de la travesura. No corregí el “error” y entregué la que aquella tarde fue la última prueba que debía leer.
         (Ahora que Internet lo permite, he descubierto que la palabra hayaca, aunque con una definición más amplia, ha estado en el diccionario desde 1925, que desde el 2001 aparece al mismo tiempo como cubanismo y venezolanismo y que en este último caso tiene, como ortografía alternativa, hallaca.)
         En la noche, según me contaron, llegó Melgarejo a la redacción y preguntó por mí. Y todos les respondieron que ya había terminado mi turno. La tarde siguiente fui yo quien preguntó por él. Y me respondieron que había salido a una rueda de prensa del gobernador. Cuando llegué a mi escritorio encontré una nota con su letra que decía: “Ganamos una. Buen trabajo, muchacho”. Nadie más dijo nada.

emalaver@gmail.com






Año IV / N° CXXXV / 19 de diciembre del 2016

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