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lunes, 26 de enero de 2026

Más lugares que nombres

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Hay una Tacarigua para cada venezolano... o poco falta

 

 

         A medida que pasa el tiempo, me acerco más a la conclusión de que hay en el mundo más calles que nombres que ponerles, más vecindarios, más ciudades, más ríos topónimos para llamarlos. A veces me da la impresión de que en Caracas hubiera tres avenidas Sucre, cuatro plazas Páez, cinco barrios El Progreso. Si los hay, una explicación sencilla —y bastante obvia, aunque requiera un poco de estudio de la historia— es que la capital de Venezuela ha ido creciendo, “absorbiendo” lugares que originalmente eran lejanos y adoptados sus topónimos sin darse cuenta de que se le metieron por las ventanas y de repente aparecieron escritos en el mapa. Y no pasa solamente en Caracas, ¡ni siquiera solamente en Venezuela!, pero el caso que nos interesa más es el nuestro... o me interesa a mí, al menos.

         Estas coincidencias, por cierto, por lo menos en mi mente, favorecen mucho la ficción. Imaginen un cuento policial en que el criminal ejecuta sus fechorías en una plaza Bolívar y vive, trabaja o visita a menudo y sin esconderse, frente a otra plaza del mismo nombre, rodeada de calles cuyos nombres se repiten y conducen a sitios históricos parecidos, en los cuales los mismos héroes protagonizaron acontecimientos memorables semejantes en épocas igualmente remotas. ¿Cómo se puede investigar un crimen en una ciudad como esta? ¿Cómo puede cualquier ciudadano encontrar su casa en semejante lugar? ¿Cómo sabe uno a cuál escuela ir a recoger a sus hijos en las dos de la tarde?

         En Venezuela se repiten muchos nombres de lugar. Parece ficción, pero los mapas muy rara vez mienten. Existe, por ejemplo, un Charallave en el estado Miranda y otro en el estado Sucre. De igual forma, tenemos la heroica ciudad de La Victoria del estado Aragua, pero también hay una La Victoria en Apure, a orilla del vibrador Arauca, es decir, en la frontera con Colombia. En el estado Anzoátegui, existe una Aragua de Barcelona, famosa por una batalla de 1814, y más al este, en Monagas, una Aragua de Maturín. Y no hay que olvidar que, en el centro de Venezuela, está el estado Aragua, aparentemente el titular del copyright.

         Y si es por nombres triples, San Carlos no es el único. Tenemos en el mapa una Caicara del Orinoco en el estado Bolívar, una Caicara de Maturín en el estado Monagas y una Caicara de Barcelona en el estado Anzoátegui. Cualquiera diría que la región oriental quiere superar récords de otras regiones, pero no parece que ninguna región se quedara atrás en este espíritu de la repetición toponímica. Y no es diferente en el lado occidental.

         Por si estas coincidencias entre estados no fueran suficientes, también las hay dentro del mismo estado. Miren cómo en el occidente de Venezuela hay una península de San Carlos en el municipio Padilla del estado Zulia, al norte, en la mera entrada del lago de Maracaibo, pero al sur del lago, la capital del municipio Colón se llama San Carlos del Zulia. Y, naturalmente, está la ciudad San Carlos, aunque sea la capital del estado Cojedes, hacia el este, entre el mar y los llanos.

         El nombre Tacarigua, sin embargo, quizá sea el topónimo más frecuente de Venezuela. Hay una Tacarigua en el Zulia y otra en Nueva Esparta (que se divide en Tacarigua Adentro y Tacarigua Afuera), ¡pero en Miranda hay tres!: Tacarigua de la Laguna en el municipio Páez, Tacarigua de Mamporal en Buroz y Tacarigua de Brion en Brion; y no sólo eso: hay en Miranda una laguna y el parque nacional que la abarca que se llaman Laguna de Tacarigua. Tacarigua es también el nombre indígena del Lago de Valencia, Carabobo. ¡Ocho lugares con el mismo nombre!

         Por su parte, los hagiónimos, como en todo el mundo cristiano, son incontables. Para no poner más que un ejemplo, digamos que en Venezuela tenemos por lo menos cuatro ciudades llamadas Santa Ana: en Anzoátegui, Táchira, Nueva Esparta y Falcón —en el mundo, por cierto, hay por lo menos 29, diez de ellas en México—. En Venezuela incluso existe una asociación de ciudades llamadas Santa Ana, que cada año celebra su asamblea general en uno de los estados miembros.

         ¿Y Bolívar? Es curioso que el nombre del Libertador no parezca dar nombre a muchos lugares —seguramente será una falla en mi investigación—. Sin embargo, si no contamos nuestra Ciudad Bolívar, hay en el mundo 13 ciudades llamadas así, ¡cinco de ellas en Estados Unidos! No parece incongruente que el nombre del ciudadano más destacado de la historia venezolana sea el que ha llegado a más lugares y el que se ha multiplicado más. Y mucho más que el propio nombre del país, porque el municipio de Venezuela, en la provincia de Ciego de Ávila, Cuba, es el único otro lugar del mundo, si he investigado bien, donde se repite el nombre de Venezuela.

         ¿Ustedes se acuerdan de aquel cuento de Andrés Eloy Blanco en que un pueblo llamado Mamporal —no, no, este es ficticio, aunque hay más de un Mamporal en Venezuela— y otro llamado Manatí compiten tanto para ser el único, el mejor, el que siempre derrota al otro en tal o cual cosa, que una vez se incendiaron dos casas en Manatí y los de Mamporal al día siguiente, para no ser menos, incendiaron adrede tres casas? Eso parece esta repetición tan llamativa de nombres a lo largo de un mismo país. Quién sabe si Andrés Eloy, como acostumbra, va a tener razón también en esto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIV / 26 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 19 de enero de 2026

Chacachacare y Chacachacare

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Concepción Mariño, la terrateniente
margariteña en Trinidad que albergó
a los rebeldes en 1812

 

 

         Originalmente comencé a escribir este artículo sin darme cuenta en Guasap hace seis días. El martes de la semana pasada, el 13 de enero, mencioné la Expedición de Chacachacare, de 1813, en una conversación por Guasap con mis primos de Margarita, porque ese día se cumplían 213 años de aquel acontecimiento de la historia de la Guerra de Independencia de Venezuela. Dije además que era en realidad el mismo hecho que la Toma de Güiria, que siempre se cita como si fuera otro casualmente sucedido el mismo día. No, nadie me preguntó cómo se explicaba esto, pero, como soy impertinente y lo quería contar, me fui a verificar la fecha y los nombres de los protagonistas. De repente, cuando ya estaba a medio segundo de volver a la conversación, veo el nombre de Trinidad y Tobago. ¡¿Trinidad?!, me dije, ¿qué tiene que ver Trinidad?

         Todo. Desde pequeño he sabido de la existencia de Chacachacare, que es un pueblo, con su respectiva playa, de la isla de Margarita, muy cerca de la Península de Macanao. Y siempre me sentía feliz de saber que en un lugar tan pequeñito de mi islita pequeñita había pasado algo tan importante como la firma del Acta de Chacachacare. Sin embargo, siempre me preguntaba también por qué, aunque es muy cerca, aquellos 113 expedicionarios, dirigidos por Santiago Mariño, Manuel Piar y José Francisco Bermúdez, se habría puesto un objetivo tan lejano como Güiria. Es decir, partiendo de Chacachacare, que está al sur de Margarita, tendrían que navegar hacia el este, llegar primero a la punta de la Península de Paria, doblar a la derecha en la Boca del Dragón, dejar atrás Macuro, y después otra vez a la derecha para adentrarse en el Golfo de Paria; navegando otra vez hacia el oeste por la costa sur, llegarían a Güiria para arrebatársela a los españoles. Mariño y sus hombres lograron este objetivo en muy pocas horas, pero yo me preguntaba por qué no habrían pensado en objetivos más cercanos como Cariaco, Río Caribe o Chacopata. No es que fuera lejos, pero en un barco de comienzos del siglo XIX tiene que haber sido más bien complicado, ¿no? Es más, ¿por qué no liberar Punta de Piedras, Pampatar o Porlamar, en la costa sur de la propia Margarita?

         Pues resulta que el Chacachacare donde se firmó el acta y de donde zarpó la expedición es —¡siéntense!— una isla, ahora desierta, que pertenecía y pertenece aún... ¡a Trinidad y Tobago! Es más bien un islote que está muy cerca del extremo oriental de Paria. Al principio del siglo XIX estaba habitada y había ahí un leprosario. Pero también estaba una hacienda propiedad de Concepción Mariño, hermana de Santiago. Cuando Monteverde logró acorralar a Miranda en julio de 1812, el héroe margariteño se refugió en la hacienda de su hermana, y desde ahí preparó con Piar y Bermúdez el plan para la invasión, que fue tan exitosa que pronto recuperaron la ciudad y la provincia de Cumaná, la ciudad y la provincia de Barcelona y después la isla y la provincia de Margarita. Bolívar, entusiasmado por esta incursión, emprendió su regreso desde Colombia y llegó triunfante a Caracas. [Qué barbaridad, todo un año de guerra en 148 palabras.]

         Este descubrimiento me trae a la memoria aquella película de Hitchcock —me suena que era El hombre que sabía demasiado— en la cual el personaje de James Stewart, que investiga un crimen, sigue una pista hasta un lugar llamado Ambrose Chapel, que él interpreta como el nombre de una iglesia, y resulta ser el nombre de una persona. En mi caso, la clave del misterio estaba en la insospechada existencia de un lugar en un país que se llamaba igual a otro que estaba en otro país... ¡y a escasos kilómetros uno de otro! De un Chacachacare a otro no hay más de 250 kilómetros, y entre el extremo oriental de Paria y la isla trinito-tobaguense de Chacachacare, apenas 11.

         En la conversación del martes en Guasap, todos admitimos que no sabíamos de la existencia de la Chacachacare de Trinidad. “¡¿Se imaginan aquella confusión?!”, dijo uno de ellos. “Si la hazaña iba a depender de nosotros, qué desastre. Viene mi general Mariño y nos manda un guasap: ‘Miren, muchachos, que me puse de acuerdo con Piar y Bermúdez pa ir mañana a tomar Güiria. Nos vemos en Chacachacare tempranito’. Yo, escondido en Irapa, hubiera dicho dentro de mí: ‘Visquendervallemiarma, ahora hay que ir pa Margarita, tan cerca que estoy yo aquí de Güiria. ¡El Mariño este inventa unas vainas...!’”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIII / 19 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 3 de febrero de 2025

La isla de los perros [CDXCVIII]

Edgardo Malaver

 

 

 

Escudo de armas de las Islas Canarias.
Dibujo de 1772

 

 

         Seguro que, como me ha pasado a mí, a ustedes también se les ocurrió bien temprano la idea de que las Islas Canarias se llaman así porque hay en ellas una gran abundancia de canarios o quizá que todas variedades o especies de canarios que existen provienen de allá. La imagen de las Canarias que guardo en mi mente desde la infancia, debido a esa apresurada hipótesis, es amarilla porque siempre me imaginé que en aquellas islas, al contrario que en la mía, habría más canarios que gente, más canarios que árboles, más canarios que señales de tránsito. Pues fíjese usted que no es así.

         Esto ya lo sabe todo el mundo, pero yo acabo de ver la luz hace pocos días. El nombre de este territorio español en aguas africanas no tiene que ver con el canario silvestre, que Carlos Linneo (1707-78) llamó serinus canarius en 1758. Y es importante mencionar esta fecha porque resulta que la graciosa avecita sí que es endémica del archipiélago, pero no es por ella que él recibió este nombre sino a la inversa.

         Aunque hay opiniones divergentes (e incluso investigaciones muy serias que lo ponen en duda), las Islas Canarias recibieron ese nombre, según la tradición, en los primeros años del Imperio Romano, que acababa de anexionárselas. Entre los años 19 y 9 antes de Cristo, el rey Juba II de Mauritania (52 antes de Cristo-23 después de Cristo), que había crecido en Roma, envió una expedición a explorar las llamadas Islas Afortunadas (nombre mitológico de los tiempos en ni siquiera se sabía con certeza cuántas eran ni en qué punto del océano se localizaban); y de esa época y de esa investigación data, según lo narrado por Plinio el Viejo (23-79 después de Cristo) en su obra Historia natural (77 después de Cristo), el nombre Insulae Canariae. Y cuenta Plinio que los expedicionarios encontraron “multitudine canum ingentis magnitudinis, ex quibus perducti sunt Iubae duo” (vastas multitudes de perros de gran tamaño, de los cuales le trajeron dos a Juba). A partir de entonces las islas fueron llamadas Canarias porque había en ellas abundancia de canum, de canis, perros.

         A pesar de todo esto, existen investigadores que, por falta de evidencias, niegan la presencia de perros de cualquier tamaño en las siete islas en la época de Juba. Algunos de ellos, como Juan Álvarez Delgado, creen que el erudito rey pudo haber ido personalmente a la isla y haber dedicado a ese viaje uno de los once libros que escribió, otros lo descartan totalmente. Sin embargo, Juba II es reconocido como el gobernante y humanista que, como afirma Alicia García García, “sacó a las islas de la esfera del mito” en que vivió en la antigüedad clásica, junto con Madeira, las Azores, las Salvajes y Cabo Verde.

         ¿Los canarios? Los canarios, los pajaritos llamados canarios, fueron llamados así mucho después, e incluso se les llamó en realidad “canarios de las Canarias”, lo cual sugiere que ya existía el nombre actual del archipiélago.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCVIII / 3 de febrero del 2025




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lunes, 3 de enero de 2022

Cuarenta nombres propios [CCCLXXV]

Edgardo Malaver

 

 

Argelia Laya, política

 

 

 

         Miren estos nombres: Albania, Arabia, Argelia, Argentina, Armenia, Aruba, Australia, Austria, Bélgica, Bolivia, Colombia, Etiopía, Francia, Georgia, Grecia, Guadalupe, Holanda, Hungría, India, Irlanda, Italia, Jamaica, Jordania, Kenia, Liberia, Libia, Macedonia, Malvina, Mauritania, Montserrat, Namibia, Nigeria, Palestina, Samoa, Serbia, Somalia, Trinidad, Turquía, Uganda y hasta Venezuela. Cualquiera podría pensar que es una simple lista de nombres de países, y también lo es, pero lo que los asocia en este caso preciso es que, además, son nombres de mujer. No es una lista exhaustiva, está prejuiciada y carece de rigor, es decir, por ejemplo, mezcla nombres de mujer que son también nombres de países con nombres de países que son también nombres de mujer, pero nos da una señal de que no son pocos los nombres que sufren de ese trastorno de doble personalidad.

         Hay de todo. Y de todas partes. Los hay que pueden sonarnos poco probables, porque son poco comunes, como Uganda, Jamaica y hasta Venezuela, pero algunos otros, como Argelia, Bélgica y Francia, son bastante frecuentes. Entre los que parecen haber sido primero antropónimos femeninos antes de convertirse en topónimos están Guadalupe, Montserrat y Trinidad. Religiosos los tres y cristianos; marianos dos, teológico el otro; árabe, catalán y castellano, respectivamente. Incluso los hay triculturales, trinacionales y tricreyentes, como Palestina.


Bolivia Bocaranda, activista social


         Comencé a hacer esta lista pensando que predominarían los nombres de países europeos, pero resulta que son los africanos los más abundantes: 11, mientras que los europeos son 10. Pensé que los asiáticos serían más que los americanos, pero los americanos resultaron ser 10 y los asiáticos, seis. Y de Oceanía, como no incluí Nueva Zelanda, había apenas dos.

         Los hay de resonancia más poética y antigua, como Grecia, Mauritania y Turquía; los que tienen sabor a misterio, como India, Hungría y Macedonia, y aquellos a los que, de lejos, se les siente una temperatura cálida, como Arabia, Jordania y hasta Venezuela. Unos que no ubicamos en el mapa que guardamos en la mente (ni en el de papel), como Samoa; otros que sentimos como los vecinos bien vestidos, como Argentina, y aun otros que parecieran neologismos, como Liberia.


Grecia Colmenares, actriz


         Kenia, Etiopía y Somalia saben dulce en la lengua; Namibia está lleno de luz, y Colombia rebosa música y fiesta. Pero algo es bien seguro: uno no puede dejar de asociar un mundo entero, una larga historia, toda una cultura, conocida o desconocida, a una persona que lleva el nombre de un país. Multitud de imágenes y sonidos, ríos de significados, enjambres de color y canciones llegan a nuestra imaginación con cada uno de ellos.

         Mirando esta lista de 40, me fijo apenas en 13 nombres que creo haber oído o leído como nombres de mujer, quizá a seis o siete mujeres habré conocido en persona alguna vez con tan hermosos nombres. Lo que no dudo es que, si de veras, como se consideraba en la antigüedad, el nombre de una persona orienta su vida hacia ciertos destinos más que hacia otros, llamarse por el nombre de toda una nación tiene que ser un cielo abierto, una noche estrellada, una lluvia.

         También es hermoso que, hasta donde sé, pasa en todas las lenguas y en todos los países: en Rumania, en China... y hasta en Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXV / 3 de enero del 2022

 

 


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lunes, 4 de julio de 2016

Lecherías también es una sola [CXIV]

Edgardo Malaver Lárez



Escena cotidiana de las mañanas de Barcelona,
Anzoátegui, en 1907. ¿Vendrían de las lecherías?


         Como a los traductores les llaman la atención los detalles más sutiles en las situaciones más regulares, no pueden dejar de darse cuenta de la diferencia —¡inmensa!— que hay entre el plural de la palabra matemáticas (Ritos CXIII) y el del nombre de la ciudad de Lecherías, estado Anzoátegui. No es el mismo plural.
         Aunque muchos recordamos la época en que el plural de Lecherías no se ponía en duda, en los primeros años del siglo XXI a las autoridades del recién creado municipio Urbaneja, del cual es capital, les nació una duda: ¿por qué Lecherías se llama Lecherías?, ¿no será más bien Lechería? Los que se convencieron de la segunda opción, sin poner mucha atención a los que decían lo contrario, iniciaron una campaña para cambiar el nombre a singular. ¿Cambiar? O sea, que antes era en plural.
         No he encontrado la foto que veo claramente en mi memoria, pero parte de esa campaña era un letrero, que se leía incluso en Puerto La Cruz y que decía: “Lechería es una sola”. En realidad, aquel argumento no se mantiene mucho tiempo en pie si uno recuerda la cantidad de topónimos en plural que hay en Venezuela: Achaguas, Apure; Barbacoas y Tejerías, Aragua; Barinitas, Barrancas y Obispos, Barinas; Pedernales, Delta Amacuro; Caracas, Manzanares, Pajaritos y Sartenejas, Distrito Capital; Tucacas, Falcón; Chaguaramas y Tiznados, Guárico; Bailadores, Lagunillas, Mucuchíes y Timotes, Mérida; Guarenas y Paracotos, Miranda; Torbes, Táchira; Bobures, Cabimas, Lagunillas y Machiques, Zulia; los estados Amazonas, Barinas, Cojedes y Vargas. En el propio estado Anzoátegui, existen, por lo menos, Clarines y Pozuelos, y ninguno de estos lugares es medio pueblo, ni tres quintos de ciudad ni mucho menos dos ni tres estados. Cada uno de ellos es uno solo. El plural tiene otra explicación.
         El escritor Alfredo Armas Alfonzo menciona en algún artículo, aunque para muchos anzoatiguenses no es suficientemente convincente, que en el siglo XIX existían en ese sector, al oeste de Puerto La Cruz y al norte de Barcelona, negocios de productores y vendedores de leche de cabra, que, pasado el tiempo, terminaron dándole nombre al lugar. Sin embargo, Luis Mata García, reconocido especialista en toponimia, y Maximilian Kopp, cronista de Lecherías, defienden el singular y argumentan que antiguamente se le llamaba La Lechería. Al borde del siglo XX, apareció la mencionada discusión y la opción más favorecida oficialmente fue la del singular.
         Varios blogs y perfiles de Facebook de habitantes de Anzoátegui defienden con memoria y documentos particulares el plural. Yo, aunque sin el rigor que exige una investigación recta, he hecho una breve encuesta, que ha dado como resultado que cuatro de cada cinco personas por lo menos pronuncian Lecherías.
         El plural o el singular, la brevedad o la longitud de los nombres de los lugares donde hemos nacido contienen significativos segmentos de su historia, de nuestra historia, razón por la cual cambiarlos, sobre todo si se hace por decreto, puede ser un error. La voz de la gente termina imponiéndose, como en San Petersburgo o en el Congo. Pensemos también en el nombre del Ávila, el guardián de la capital de Venezuela, que la gente sigue llamando Ávila, a pesar de la voz oficial. Los nombres no los ponen las autoridades, sino la gente.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIV / 4 de julio del 2016