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lunes, 23 de noviembre de 2020

Gente que baila con dos pies y medio [CCCXXXI]

Edgardo Malaver



El sesquipedalismo desnuda al hablante como en una pintura de Henri Matisse. La danza, 1909





Ya habrá entrado usted en un supermercado en que el portero le haya querido visualizar la cartera o el morral [no existe ley que ampare esa irrespetuosa práctica, pero como usted no lo sabe, no se atreve a oponerse]. Ya habrá inicializado más de una vez su computadora. Ya algún funcionario le habrá recepcionado unos documentos sin revisionarlos. Ya usted se ha enfrentado a toda esta problemática y ha sentido que se le tensionan los músculos y se le movilizan las emociones negativas, o sea, se le negativizan. Pues no se deje influenciar, porque esa situación no se puede legitimizar en su emocionalidad

Si fuéramos romanos de la antigüedad, diríamos sin temor a quedar en ridículo, que hablar así equivale a bailar con dos pies y medio. Diríamos que somos sesquipedales, o sesquipedálicos. O sea, sufrimos de sesquipedalismo.

El pie, en la métrica de la poesía griega y latina, era una medida equivalente a muy pocas sílabas (casi siempre dos, casi nunca más de cuatro). En cada pie se marcaban dos tempos: uno hacia arriba y uno hacia abajo. En la poesía acompañada de danza, en la cual el golpe del pie del bailarín en el suelo señalaba el tempo ascendente o descendente, la palabra pes (pedis) terminó dando nombre a cada grupo de sílabas que componía el verso.

Entonces, bailar con dos pies y medio y no con dos, como las personas normales, habría equivalido a alterar el ritmo de la música, de la poesía y de la danza. Por esa razón las expresiones de los hablantes inclinados hacia la sesquipedalia verba son innecesariamente rimbombantes, desmesuradas, pedantes, y, ergo, malogran —al menos alteran, adulteran— la comunicación.

La señal más sonora de sesquipedalismo que encontramos todos los días es la sustitución del verbo abrir por aperturar; pero también es frecuente la de conmover por conmocionar, la de culpar por culpabilizar, la de marginar por marginalizar, la de poner por posicionar. Eso es en la región de los verbos. En el de los sustantivos, florecen permisología en lugar de permisos, impetuosidad en lugar de ímpetu, intencionalidad en lugar de intención.

Mis amigos van a decir que nada me satisface, pero resulta que existe la tendencia contraria: la de acortar palabras que ya tienen una forma acuñada en el habla común: optimar por optimizar, traumar por traumatizar; pero no va ser verdad. Hay dos ejemplos que, a mi juicio, añaden significado a una palabra anterior. Mi preferido es juguetear, que no significa lo mismo que jugar, y el otro es señalizar, que no apunta hacia el mismo lado que señalar.

El sesquipedalismo entonces parece una conducta contraria a lo que uno sabe de teoría lingüística —por lo menos el principio de economía del lenguaje—, pero resulta que también existe lo que podríamos llamar el antisesquipedalismo, y ambas actitudes nos dan datos de cómo es la lengua dentro de la mente de los hablantes.

Los unos, buscando parecer cultos, inteligentes, dueños de muchos conocimientos, en lugar de simplificar lo que desean decir, lo ornamentan, lo prolongan, lo complican. Los otros hacen lo contrario, pero terminan en lo mismo.

Y logran todos lo que lograríamos si bailáramos con dos pies y medio: tropezar, trastabillar con el ritmo y desequilibrar a los demás. En lugar de trastocar, trastornar, transformar las palabras, siempre y con fines tan vanos, habría que recordar el consejo más respetable que nos dejó Henry David Thoreau: “Simplificar, simplificar, simplificar”.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXI / 23 de noviembre del 2020




lunes, 28 de agosto de 2017

Viaje a la RAE (II) [CLXVII]

Luis Roberts



Lo que queda de la ciclópea sede del Partido
Comunista Búlgaro en la era postsoviética



         Iniciamos esta segunda etapa del viaje a la RAE, tocando un tema que debe estar de capa caída en estos atormentados momentos: la libido. Libido es deseo sexual y es llana, y lívido es amoratado, muy pálido y esdrújula; aunque uno puede acabar lívido de tanta libido.
         En un listado de cuarenta fobias o aversiones, parca cifra, elijo unas pocas realmente curiosas: la afenfosfobia, aversión a ser tocado; la aliguinefobia, aversión a las mujeres guapas; la belenofobia, aversión a las agujas, especialmente las de inyectar; la cacofobia, aversión a la fealdad; la cainofobia, aversión a la novedad; la chamainofobia, aversión al Halloween; la courofobia, aversión a los payasos; y, por último, dos lamentablemente muy usuales entre nosotros: la fronemofobia, aversión a pensar, y la ergasiofobia, aversión al trabajo.
         Una expresión aceptada por la RAE y de gran actualidad es a la búlgara para aludir decisiones tomadas por disciplinada unanimidad, a veces con más votos que votantes, como solía suceder en las reuniones del Partido Comunista Búlgaro.
         Es conveniente de vez en cuando repasar la lista de palabras con alternancias acentuales, las que admiten dos acentuaciones prosódicas, como afrodisiaco, alveolo, amoniaco o cardiaco, sobre todo los que nos dedicamos a la corrección, que, por cierto, es una de las palabras que presenta dos de las posibles duplicaciones de letras en español.
         Los medios se arman un lío tremendo con ciertos gentilicios. El árabe es una raza y una lengua; el islamista, musulmán y mahometano, profesa una religión. Un bosnio no es árabe, no habla árabe y generalmente es musulmán. El judío, hebreo o israelita es un pueblo en el sentido histórico y religioso. Hoy el hebreo es un idioma, el judío una religión y el israelí una ciudadanía y unas instituciones del estado de Israel. Así mismo, el finés es un idioma y el finlandés el gentilicio de Finlandia.
         Un bloguero bloguea, chatea, guglea, tuitea y retuitea en Twitter, evita a los piratas informáticos, crea boletines digitales, usa su tableta, marca tendencias o temas del momento, y todo esto en la red, usando su internet: esa es la maravilla de Internet. Y todos estos términos están aceptados con esta grafía para evitar los anglicismos.
         ¿Saben la regla del nueve para evitar el queísmo?  Convertir el enunciado en interrogativo: ¿de qué me alegro? (me alegro DE que...); ¿en qué confío? (confío EN que...); ¿de qué está seguro? (está seguro DE que...). Si la interrogativa lleva preposición, la enunciativa también. Y lo mismo para evitar el dequeísmo.
         ¿Lo implícito y lo tácito es lo mismo? Para muchos sí, para la RAE, no: lo implícito es lo no explicado y lo tácito lo no dicho.
         Si queremos jugar al calambur, o simplemente poner en aprietos a más de uno, no hay más que enredarles, aunque generalmente se enredan solos —pronunciando o escribiendo— con los famosos parónimos, las palabras que se diferencian en una letra, que quieren decir cosas distintas, a veces opuestas, y que muchos confunden para hilaridad de unos y sorpresa de otros. Veamos solo algunos: esotérico y exotérico; espiar y expiar; espirar y expirar; estirpe y extirpe; laso y laxo; seso y sexo; aprehender y aprender; adición y adicción; accesible y asequible; adoptar y adaptar; alimenticio y alimentario; amoral e inmoral; apertura y abertura; apóstrofo y apóstrofe; aptitud y actitud. Y hablando de lo alimentario: comible  y comestible no son lo mismo, como no es lo mismo querer que poder. Y eso puede pasar tanto con una seta como con una persona.
         Y ya para terminar esta segunda etapa, señalar que la palabra electroencefalografista: “persona especializada en electroencefalografía”, es, con 23 letras, la palabra más larga que aparece en el DRAE.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CLXVII / 28 de agosto del 2017



Otros artículos de Luis Roberts

lunes, 21 de agosto de 2017

Viaje a la RAE (I) [CLXVI]

Luis Roberts



Actinidia deliciosa, nombre científico de una...
¿marca comercial?



         Esta semana emprendí un viaje a la RAE; sí, a la Real Academia Española —único viaje que me permite la acongojante situación— para combatir la canícula, la lluvia y el semiocio, de la mano de dos utilísimos libritos —por su tamaño— de FUNDEU y con el rimbombante título de Compendio ilustrado y azaroso de todo lo que siempre quiso saber sobre la lengua castellana, el Primero y el Segundo, que compré hace meses, tal vez atraído por el título que me recordaba una divertida película de Woody Allen, y que, leídos, los sumo a mis libros de consulta. Como este viaje no es largo no es de la Alcarria, ni el Camino de Santiago, pero sí lleno de anécdotas, lo haremos en varias etapas y esta es la primera. Se trata de normas del castellano, conocidas las más, pero sorprendentes otras que nos ayudan a agachar la cabeza humildemente entonando algún que otro mea culpa; curiosidades, cambios, desusos y obsolescencias, etc. Empecemos pues el viaje.
         Hablando de desusos, recordemos la lista de las preposiciones e inmediatamente borremos dos: so, convertida en adverbio, y cabe, desaparecida en inacción. Pero tendremos que añadir tres pseudopreposiciones: mediante, durante y vía. Entre un listado de 55 solecismos por el mal uso de la preposición, señalaré los que más me suenan, en la calle, en la casa, o en los medios: a excepción de, a grosso modo, a la mayor brevedad, a reacción, a resultas, bajo el supuesto, con motivo a, da la casualidad que, de acuerdo a, de motu propio, en base a, en el corto plazo, tan es así. Los latinismos adaptados al español llevan su tilde: réquiem; pero no así las locuciones latinas: sui generis. Lapso y lapsus son cosas distintas, y siendo el lapso un intervalo de tiempo, se comete, no un lapsus sino una grave redundancia diciendo “lapso de tiempo”. Calcando del inglés (perdón por el gerundio), dicen hallar culpable, en vez del correcto declarar culpable; y presunto en lugar de supuesto; presunto se utiliza para designar a quien se considera posible autor de un delito cuando se han abierto diligencias procesales pero aún no hay fallo de la sentencia, antes de eso es solo supuesto. Por culpa del cine y la TV —perdón, por las malas traducciones—confundimos evidencia con prueba y crimen con delito y decimos querella criminal, redundancia al canto, pues toda querella es penal. Que módem es un acrónimo inglés y menstrual es la palabra más larga con dos sílabas son dos curiosidades refrescantes, pero que kiwi, como aspirina o clínex, sea una marca convertida en nombre, casi se me atraganta.
         Y ya que salieron a relucir las redundancias, algunos ejemplos paradigmáticos: accidente fortuito (¿existen accidentes no casuales?); en vigor actualmente (si no, ya no está en vigor); apología a favor (la apología es una alabanza, no puede ser en contra); divisas extranjeras, nexo de unión, cita previa, prever con antelación y tantas otras. Sin olvidar la ya famosa “extranjeros de otros países”.
         ¿Actualmente, he dicho? Pues con los falsos amigos hemos topado, esos que son falsos porque nos mienten, porque dicen ser españoles y son ingleses o franceses, los actual, adoptar, asumir, billones, bizarro, eventualmente, obsceno, sensitivo, etc. Los que en nuestro idioma quieren decir otra cosa y los usamos mal por culpa de esos falsos amigos.
         La enantiosemia, también llamada antonimia o antífrasis: palabras que tienen un sentido opuesto al otro, nos deja perlas como: perla, sancionar, en absoluto, gracioso, o el “quijotesco” huésped. Y hablando del castellano del Quijote, “parlar” en español es hablar mucho y sin sustancia, por lo que uno prefiere ser “hispanohablante” al afrancesado “hispanoparlante”. Por cierto, la palabra en español que tiene todas las tildes es “pedigüeñería” y es más valleinclanesca que “mendicidad”. Sendos no es equivalente a ambos y su uso como “enorme” no es propio de la lengua culta, por lo que sendos senos, se referiría únicamente a los senos de todas las personas mencionadas.
         En una granada y hasta divertida lista de arcaísmos, me quedo con dos con los que dirigirme a ciertos personajes sin el riego inmediato de la tortura: albuznaque (bruto, bestia) que ornea (rebuzna).
         Todos los días oímos, vemos y padecemos lo que se califica como catástrofe humanitaria, pero si supiéramos que humanitaria es sinónimo de “bondadoso y caritativo”, hablaríamos más bien de catástrofe humana. Y hablando de oír, oía es la única palabra no monosilábica que tiene tantas letras como sílabas.
         Este viaje, obviamente, no es por avión; si lo fuera, el comandante nos daría la altitud a la que volamos cuando lo hacemos sobre el mar y la altura cuando lo hacemos sobre la tierra. Pero, en cualquier caso, culminamos esta primera etapa para dar descanso, más a los lectores que a nuestro aún no fatigado cuerpo.

luisroberts@gmail.com




Año V / N° CLXVI / 21 de agosto del 2017


Otros artículos de Luis Roberts:


miércoles, 10 de abril de 2013

Electroencefalografistas y más récords [III]

Edgardo Malaver Lárez






         Hay gente para todo: gente que come moscas, gente que colecciona botellas de refresco, gente que se congela para esperar la resurrección. Y gente que recoge curiosidades lingüísticas.
         En español, las curiosidades son muchas. Por ejemplo, la palabra oía tiene tres sílabas en tres letras. La palabra menstrual es la más larga con sólo dos sílabas. El vocablo cinco tiene a su vez cinco letras, coincidencia que no se registra en ningún otro número. La palabra electroencefalografista, con 23 letras, se ha convertido en la más extensa de todas las admitidas por la Real Academia Española en su diccionario. En plural, serían 24. La palabra pedigüeñería tiene los cuatro firuletes que un término puede tener en nuestro idioma: la virgulilla de la eñe, la diéresis sobre la u, la tilde del acento y el punto sobre la i. El vocablo reconocer se lee lo mismo de izquierda a derecha que viceversa. Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante.
         Todo esto está en el nivel lexical, pero llevando este empeño al terreno de la morfosintaxis, encontramos una palabra cuya pronunciación requeriría, si la encontráramos escrita, que nos detuviéramos por lo menos un instante a pensar. ¿Cómo pronunciaría usted la forma verbal salle, el singular del imperativo sálganle o salidle? Tendría que ser ‘sal-le’, en contra de lo que parece indicar la ortografía.
         La semántica, finalmente, también nos ofrece sus aportes. París, por ejemplo, tiene fama de ciudad romántica, pero el nombre de ciudad que aparece al leer al revés la palabra amor es Roma.
         ¿Cuál otra se le ocurre a usted?

emalaver@gmail.com



Año I / Nº III / 10 de abril del 2013



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Ilación