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martes, 15 de marzo de 2022

Quiero un libro de Magdalena Seijas [CCCLXXXII]

Edgardo Malaver

 

 

Barquisimeto, como lo conoció Magdalena Seijas.
Foto cortesía de Luis Alberto Perozo

 

 

 

         La semana pasada, cuando mi amigo Sérvulo Uzcátegui volvió a las páginas de Ritos de Ilación, como casi siempre, con reflexiones literarias, se me antojó que yo debía hacer lo mismo. Y para que hubiera alguna diferenciación entre nosotros, pensé que si él hablaba de autores hiperconocidos como Teresa de la Parra y Julio Garmendia, yo iba a escoger alguno de tantos cuyos nombres nadie recuerda. Y fue así como, escarbando entre mis anotaciones, volví a dar con una mujer del siglo XIX que, a pesar de los obstáculos, se las arregló para dejarnos silenciosas evidencias impresas de su existencia.

         La escritora Magdalena Seijas, según Rafael Ángel Rivas y Gladys García Riera, nació en Barquisimeto un día que no ha quedado anotado, tan poco se sabe de ella. En alguna época, sin embargo, una calle de la ciudad ha llevado su nombre. Si usted desea ir del Instituto Universitario Jesús Obrero al restaurant La Flaca Fast Food, que está tres largas cuadras más allá en la calle 54, puede caminar hacia el este por la carrera 22-A, que antes de llamarse así, se llamó Magdalena Seijas. También existe un auditorio Magdalena Seijas en el Instituto Pedagógico de Barquisimeto.

         Seijas escribió al menos cinco novelas, según el diccionario de Rivas y García Riera: Aves sin nido (1903), Amor y fe (1904), Raquel (1905), Un rayo de sol (1907) y Flor de martirio (1920). En 1919, un año antes de su muerte, publicó también una obra epistolar titulada Aventuras de dos muñecas, título que insinúa al mismo tiempo narración y poesía. Como ensayista, publicó en 1902 Responsabilidad de las madres.

         No parece haber —debo seguir investigando— libros de cuentos de la autora, pero Rafael Fernando Seijas (1845-1902) incluye un cuento suyo en el célebre Primer libro venezolano de ciencias y bellas artes, de 1895. El cuento, a la vez breve y contundente, se titula “Cosas del tiempo”, y su protagonista, Consuelo, que de principio a fin del relato está sentada frente al espejo, aparece como un retrato la mentalidad que la época imprimía en las jóvenes y que las hacía incluso verse a sí mismas como meras imágenes superficialmente bellas, pero totalmente inútiles para otros fines, ni siquiera para el crecimiento de su propio ser interior.

         Seijas narra serenamente, describiendo a su personaje solamente en aquellos detalles que conciernen a su belleza física y el esmero que constantemente pone en acentuarla y hacerla visible y, con el paso de los años, en mantenerla a flote cubriendo las fallas, hasta que sufre la cruel derrota del tiempo y la decadencia natural de los cuerpos. Consuelo descubre, después de una vida de mirarse al espejo y esperar que su belleza atrajera a alguien, que todo ha sido un engaño y que ha perdido el tiempo. No le queda nada más que llorar, y también con esa sensación del fracaso más nítido se queda el lector, que se pone de su lado, pero no puede hacer nada por las mujeres del pasado. A pesar de esto, el relato, como toda obra de arte concebida con el ser humano en el norte, nos trae al presente para revelarnos su poder persuasivo y su imponderable belleza.

         Conocía este texto desde hace unos meses, pero hace unas tres semanas me tropecé con una nota de El Cojo Ilustrado resucitado por Twitter, donde ponían un texto firmado por Magdalena Seijas y aparecido en la revista en 1896. El texto, brevísimo y exquisito, se titula “El ideal”, y cabría perfectamente en lo que hoy llamamos prosa poética. José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), que con justa razón goza ahora de la fama de cultivar como un dios esta forma de hacer poesía, tiene que haber bebido, a pesar de ser más joven, de la misma fuente que Magdalena Seijas. Donde Ramos Sucre dice, en “Preludio” (1925):

 

El movimiento, signo molesto de la realidad, respeta mi fantástico asilo; mas yo lo habré escalado de brazo con la muerte. Ella es una blanca Beatriz, y, de pies sobre el creciente de la luna, visitará la mar de mis dolores. Bajo su hechizo reposaré eternamente y no lamentaré más la ofendida belleza ni el imposible amor,

 

ya Seijas había dicho, en “El ideal” (1895):

 

Yo haré solitaria el viaje de la vida, pues sin ti todo me lastima, pero en las noches silenciosas, si oigo un arrullo que no es ni el gemir de la torcaz ni la queja del aura en la espesura, ¡creeré que es tu voz que remeda un nombre que no puedo descifrar!

 

Donde Ramos Sucre dice:

 

...de tal modo que este será el epitafio de nuestro idilio y nuestra existencia: pasaron como sonámbulos sobre la tierra maldita...,

 

Seijas ha dicho:

 

el hombre también perece cual la flor, y sólo quedan en el corazón huellas de recuerdos o sobre las tumbas epitafios que nadie lee...

 

         A estas alturas no puedo esconder que estoy sencillamente encantado con la desconocida Magdalena Seijas.

         Hace unas horas encontré una revista mexicana de 1902 en la que aparece una historia firmada por ella. Sé que es la misma de Barquisimeto porque comienza hablando del “caudaloso Santo Domingo”, que corre de Mérida a Barinas para unirse al río Apure. “La loca del cacaotal”, que tiene una prosa por momentos sencilla, por momentos profunda, pero siempre armoniosa, trata, como los otros dos cuentos, del amor, de la vida y de la vida ingrata de las mujeres en un mundo injusto. Zuna es una esclava de 19 años que ha decidido dejar de alimentarse para acabar con el sufrimiento de haber perdido a su hijo y de haber sido separada de su África natal, donde ostentaba el rango de princesa. Aunque su ama, Josefa, se empatiza con ella y le da comodidades para que recupere el deseo de vivir, Zuna enloquece y sólo llega a alcanzar la felicidad gracias a la muerte.

         A este ritmo, posiblemente para diciembre pueda armar un libro de cuentos dispersos de Magdalena Seijas. Necesito que pronto vuelvan a abrir las bibliotecas nacionales para ir a buscar las novelas. Si alguien del respetable público tiene noticias de alguno de los libros de esta joya larense y venezolana, qué bueno sería escucharlas. Quiero un libro de Magdalena Seijas.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCLXXXII / 14 de marzo del 2022

 

 

 

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Traductores de lo intraducible

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lunes, 29 de agosto de 2016

Me voy pa las Italias [CXXI]

Edgardo Malaver



Plaza Miranda de la atractiva ciudad de Barquisimeto
en 1954. Arriba a la derecha, el obelisco


         Había planeado dejar que los lectores descansaran esta semana del tema del plural, pero acabo de toparme con una vieja lista de posibles temas para cuando no se me ocurriera qué escribir, y como era esa la circunstancia en que me encontraba, tuve que cerrar los ojos y ceder ante la tentación. Las notas que encuentro dicen simplemente: “Plural de topónimo distante: las Europas, las Américas”.
         ¿Por qué algunos hablantes (si es que verdaderamente son algunos) tienden a pluralizar algunos nombres de lugar? Mi hipótesis inicial, hace años, era que debía tratarse de una forma de aumentar en el discurso la importancia que revestía hacer un largo viaje o, aunque no fuera largo, a un lugar muy lejano. Podía ser impresionante para el hablante que alguien cercano lograra ir, por ejemplo de vacaciones, a las Méridas, a los Maracaibos, a los Barquisimetos. Y lo era mucho más, incluso para el que hacía el viaje, ir a los Méxicos, a los Mayamis, a las Europas.
         Aunque esta idea no queda descartada (más bien queda confirmada), las breves lecturas que he hecho antes de comenzar a escribir, me indican que esta forma de aumentativo, más que de plural, más popular que culto, podría provenir de los mismísimos orígenes de la expansión del castellano en la España de la Edad Media. En los siglos anteriores a los Reyes Católicos, España era un reguero de pequeños reinos que apenas se comunicaban para entrar en guerra y para celebrar matrimonios entre los hijos de los reyes. Isabel y Fernando, que se habían casado precisamente para unir las posesiones que sus antepasados habían ido acumulando, figuran como los que comenzaron a unir “todas las Españas”, como le escribió el humanista Diego de Valera (1412-88) al joven príncipe antes del casamiento. “Todas las Españas” bien pueden entenderse como la suma de Castilla y Aragón, la suma de todos los territorios que poseían los dos herederos, todos los que estaban bajo su influencia y todos los que, con su nuevo y agrandado poderío, no tardarían en sometérseles.
         En 1492, Isabel la Católica tomó posesión de los territorios antes dominados por los árabes, con lo cual terminaban reuniéndose también dos Españas, la cristiana y la musulmana. Inmediatamente llegó Colón a un nuevo territorio, que comenzaron a llamar, primero, las Indias, porque era donde creía el Almirante haber llegado, y, más tarde, las Antillas; partir a estas tierras a buscar fortuna comenzó a llamarse “ir a hacer las Américas”. En esa misma sintonía, regresar a la capital del reino —¡hombre, qué viaje más largo!— era recalar por los Madriles. En épocas tan cercanas como 1837, la Constitución española se refería a Isabel II como “reina de las Españas”, y eso que no poseía ya la americana.
         Sea a causa de la noción de distancia, de tamaño (más bien de grandeza) o de herencia, lo cierto es que el pueblo se apodera de esas formas expresivas, sobre todo porque son expresivas, y las mantiene, las perpetúa. Nunca he estado en las Australias, pero veo en el mapa que es lejísimos. Nunca he pisado las Arabias, pero me dicen los que han ido que la gente tiene otras costumbres. Nunca la he visto los Niuyores, pero leo en “La ciudad de nadie” que pasan cosas asombrosas. Deben ser lugares magníficos y misteriosos. Cada quien tiene su idea de ellos, son muy diversos. Será por eso que algunos, muchos, andan diciendo ahora: “Me voy pa las Inglaterras, pa los Portugales, pa las Italias”.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXI / 29 de agosto del 2016

martes, 16 de septiembre de 2014

Naguará de hipótesis [XXII]

Edgardo Malaver



         Leyendo, como a los 13 años, El hombre que calculaba (1938), de Malba Tahan, conocí la palabra guarismo, que me sonó desde el principio tan informal, tan misteriosamente llana y cotidiana, que no lograba incluirla en el conjunto de lo numérico. Un guarismo es una cifra, un número, y Beremís Samir, el protagonista, los utilizaba como si él hubiera inventado la matemática. La palabra proviene del árabe, lengua en que esta ciencia ha experimentado innumerables e inmensos avances durante toda la historia, es decir, ninguna palabra más justa para Beremís, que habla poco en la novela, pero cuando habla los sabios callan para escuchar.
         Sólo ahora se me ocurre utilizar la palabra guarismo para nombrar toda manifestación lingüística propia de los nativos y habitantes del estado Lara, a quienes en toda Venezuela llaman guaros. Existen guarismos muy expresivos que todos hemos oído: ah, mundo —“¡Ah, mundo, Barquisimeto!, / dijo un barquisimetano...”—, vacié —¿o bacié?—... y naguará.
         ¿Naguará? ¿No hay algo extraño, curioso, intrigante, en esa palabra?
         Tengo la hipótesis —en este artículo de hoy casi todo es hipótesis— de que en aquellos días de los que hablo esta expresión no estaba tan extendida como ahora por toda Venezuela. Entonces era una forma de reconocer a los larenses; ahora lo utilizan hasta los inmigrantes chinos. Y en esa diseminación por todo el territorio, ha ido perdiendo sonidos. Todavía oye uno de vez en cuando: “Una guará”, que es, en mi hipótesis, la forma de la expresión, el estadio de su evolución que, por alguna razón, comenzó a repetir en algún momento toda Venezuela; pero esa u se perdió —o se ha ido perdiendo— tal como, en contexto informal y oral, se pierden sílabas iniciales en expresiones como natanseria en lugar de qué vaina tan seria, o Ña Juana en lugar de doña Juana.
         Mi hipótesis más osada, sin embargo, es que antes de derivar en una guará, la conocida expresión debe haber sido una guarada, es decir, algo típico, característico, propio de los guaros, de los larenses. (Sucede, curiosamente, que es ahora al final de la palabra donde se produce la frecuente elisión de una sílaba.) Es el mismo tipo de construcción que aparece cuando, bromeando con los amigos, decimos, verbi gratia, que este o aquel acto, esta o aquella conducta es una marcelada, es decir, un acto o conducta propia de Marcela. Hasta hay quien, en este contexto, diría que todo aquello que hace Pedro es una pedrada. Quien dice entonces: “Naguará de hipótesis”, por ejemplo (aunque esta formulación no parece muy larense), además de expresar sorpresa, está diciendo, más o menos: ‘Esa hipótesis es una guarada, es como si fuera la hipótesis de un guaro’.
         Naguará, que ahora dudo de escribir como una sola palabra, es pues un “guarismo”, y como aporte regional al acervo del conjunto de la lengua, enriquece, en número y en belleza, la que se habla en Venezuela. Su uso cotidiano y la reflexión consciente sobre su significación es para los venezolanos una ocasión más para saborear, como saboreaba Beremís Samir la delicia de los números y sus relaciones, la dulzura de las palabras en las que nos movemos y existimos.

emalaver@gmail.com



Año II / Nº XXII / 15 de septiembre del 2014