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lunes, 3 de febrero de 2025

La isla de los perros [CDXCVIII]

Edgardo Malaver

 

 

 

Escudo de armas de las Islas Canarias.
Dibujo de 1772

 

 

         Seguro que, como me ha pasado a mí, a ustedes también se les ocurrió bien temprano la idea de que las Islas Canarias se llaman así porque hay en ellas una gran abundancia de canarios o quizá que todas variedades o especies de canarios que existen provienen de allá. La imagen de las Canarias que guardo en mi mente desde la infancia, debido a esa apresurada hipótesis, es amarilla porque siempre me imaginé que en aquellas islas, al contrario que en la mía, habría más canarios que gente, más canarios que árboles, más canarios que señales de tránsito. Pues fíjese usted que no es así.

         Esto ya lo sabe todo el mundo, pero yo acabo de ver la luz hace pocos días. El nombre de este territorio español en aguas africanas no tiene que ver con el canario silvestre, que Carlos Linneo (1707-78) llamó serinus canarius en 1758. Y es importante mencionar esta fecha porque resulta que la graciosa avecita sí que es endémica del archipiélago, pero no es por ella que él recibió este nombre sino a la inversa.

         Aunque hay opiniones divergentes (e incluso investigaciones muy serias que lo ponen en duda), las Islas Canarias recibieron ese nombre, según la tradición, en los primeros años del Imperio Romano, que acababa de anexionárselas. Entre los años 19 y 9 antes de Cristo, el rey Juba II de Mauritania (52 antes de Cristo-23 después de Cristo), que había crecido en Roma, envió una expedición a explorar las llamadas Islas Afortunadas (nombre mitológico de los tiempos en ni siquiera se sabía con certeza cuántas eran ni en qué punto del océano se localizaban); y de esa época y de esa investigación data, según lo narrado por Plinio el Viejo (23-79 después de Cristo) en su obra Historia natural (77 después de Cristo), el nombre Insulae Canariae. Y cuenta Plinio que los expedicionarios encontraron “multitudine canum ingentis magnitudinis, ex quibus perducti sunt Iubae duo” (vastas multitudes de perros de gran tamaño, de los cuales le trajeron dos a Juba). A partir de entonces las islas fueron llamadas Canarias porque había en ellas abundancia de canum, de canis, perros.

         A pesar de todo esto, existen investigadores que, por falta de evidencias, niegan la presencia de perros de cualquier tamaño en las siete islas en la época de Juba. Algunos de ellos, como Juan Álvarez Delgado, creen que el erudito rey pudo haber ido personalmente a la isla y haber dedicado a ese viaje uno de los once libros que escribió, otros lo descartan totalmente. Sin embargo, Juba II es reconocido como el gobernante y humanista que, como afirma Alicia García García, “sacó a las islas de la esfera del mito” en que vivió en la antigüedad clásica, junto con Madeira, las Azores, las Salvajes y Cabo Verde.

         ¿Los canarios? Los canarios, los pajaritos llamados canarios, fueron llamados así mucho después, e incluso se les llamó en realidad “canarios de las Canarias”, lo cual sugiere que ya existía el nombre actual del archipiélago.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCVIII / 3 de febrero del 2025




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lunes, 20 de mayo de 2024

La de, puerta y arco [CDLXI]

Ariadna Voulgaris



Delta del río Orinoco, en su camino hacia el Atlántico



         No fui a Chiguará. Recordarán que la noche en que llegué a Mérida, hace una semana, mientras cenaba, oí una conversación de otra mesa en que hablaban de este pueblo andino, y quise ir. Al amanecer de la mañana siguiente, recibí una llamada de mi trabajo y tuve que quedarme en el hotel... trabajando. El segundo día tuve que volver a Valencia, donde tenía material que necesitaba para hacer el trabajo. Sin embargo, el recepcionista de la primera noche me habló extensamente de un escritor importante en la literatura venezolana que nació en Chiguará, Antonio Márquez Salas, que ahora deseo mucho leer, ya les contaré.

         Hoy les traigo datos de la letra de (o d, o D, como quieran), que ahora es la cuarta del alfabeto español, pero ocupa el quinto lugar entre las que encabezan más palabras. Con de comienzan 5.793 palabras de la lengua española, 6,58 por ciento.

         Esta letra, por lo que me dice una enciclopedia que tiene Alejandra en su casa, Monitor, fue creada por los ilustres sabios egipcios. Leo en Internet que el ideograma de los egipcios era triangular, ya que representaba la puerta de las tiendas de campaña, pero en la enciclopedia hay un dibujo que la hace parecer la puerta regular de una casa contemporánea. Además, parece también una de minúscula de la actualidad, que se supone que crearon los romanos siglos después.

         El signo de los egipcios, pues, se “triangulizó”, deduzco yo humildemente, cuando lo adoptaron los fenicios, que lo llamaron dalet, “puerta”, y los hebreos, después, hicieron lo mismo. Para cuando el dichoso dibujito llegó a territorio heleno, se convirtió un triángulo de lo más sencillo y equilátero que podían trazar y que ellos llamaron delta. Dalet primero, después delta. Por ese camino llegó a Roma, donde le inventaron, como ya dije, la forma minúscula (que no entiendo por qué algunos especialistas dicen que apareció a causa de la escritura a mano de la mayúscula). De la mano de los romanos llegó a España y en aquel barquito de Colón se vino para América. Esa es la herencia que hemos recibido nosotros, los que hablamos español donde lo hablemos.

         Monitor explica que la pronunciación de la de en la terminación de los participios y otras palabras fue haciéndose cada vez más relajada con el tiempo, y que en muchas regiones no se pronuncia. (Yo hubiera dicho, y el profesor Malaver me apoya, que era en todas partes, siempre que esté uno amparado por el contexto familiar, amical, informal.) Ese debilitamiento fonético dio como resultado la evolución de palabras latinas como pater a padre, de catena a cadena, de peccata a pecado. En otros casos desapareció, como en paradiso, que nosotros decimos paraíso, o radix, que convertimos en raíz.

         Además de la historia, existen unas cuantas curiosidades relativas a la letra de. Por ejemplo, D. (mayúscula con punto) es la abreviatura de la fórmula de tratamiento don. En la numeración romana, la de mayúscula representa el 500. En música, los compositores de habla inglesa utilizan la D en lugar de nuestra muy reconocible nota re. En la historia del siglo XX, de Día D fue el día en que comenzó el desalojo de los nazis de Europa. En química, la delta es el símbolo de calor. Con esta cálida letra comienzan sustantivos que nombran conceptos importantes y entrañables para nuestra cultura: Dios, democracia, dulzura, y también conceptos desastrados y sin defensores, como deuda, desastre, dolor.

         Como todas las demás, la de tiene diversas funciones, diversas significaciones y diversas historias detrás de ella. Su sencilla forma de arco de flecha sin tensar, recta y curva al mismo tiempo, que desde nuestro ángulo poco tiene que ver con la idea de una puerta, pero que puede abrir un camino, o marcar un punto hacia el cual caminar, una dirección, nos trae a la mente una claridad como la de la didáctica, como el dominio de las emociones, como la diestra mano que invita al conocimiento. Conocerla mejor con toda certeza nos comunicará mayores placeres en el uso de nuestra dichosa lengua.

         Otro día —ya no tengo certeza de la fecha—, seguiré con el sexto capítulo de esta hermosa historia. Mañana regreso a Atenas.

 

Valencia, 27 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXI / 20 de mayo del 2024

 


lunes, 18 de diciembre de 2023

Los grafitis en la historia [CDXXXVIII]

Luis Roberts

 

 

Albucio edil, digno del cargo, vota por él. Grafiti electoral
en Pompeya. Foto: Antigua Roma al Día

 

 

 

         Hace unos días leí el resultado de un estudio que ha hecho un grupo de reputados “espeleólogos lingüísticos”, sobre cuáles son las palabras más antiguas que pronunció el ser humano, tomando ocho lenguas ya desaparecidas y algunas de hace 15.000 años. Unas son absolutamente lógicas, pero otras son sorprendentes. Mamá, papá, , yo, hombre, fuego, mano, no, eso, más, que, , nosotros, dar, quien, esto, viejo, oír, jalar, negro, ceniza, escupir, corteza, gusano. Pasamos del gruñido a estas palabras, mientras otros congéneres usaban silbidos, humo, etc., como otras especies usan chillidos o movimientos para comunicarse, pues, en definitiva, de eso va el lenguaje: de comunicarse.

         Mucho más tarde apareció la escritura. Primero en piedra y en tablas en las que los romanos escribían con el punzón, el stilus, al que siempre nos referimos en estilística. Más tarde el junco nos traería el papiro, que llenó con cientos de miles de ejemplares sobre filosofía, historia, poesía, teatro la mayor biblioteca conocida, la de Alejandría, quemada en parte accidentalmente y luego rematada exprofeso por los cristianos. Algunos filósofos griegos se oponían rotundamente a la enseñanza de la filosofía a través de la escritura, pues, según ellos, sólo la oratoria tenía la belleza suficiente para poder transmitir el pensamiento filosófico. Unos visionarios.

         Pero me quiero referir a lo que, desde Roma al menos, usaban para expresarse, para comunicarse, los que no podían tener acceso a los papiros, ni a las lápidas ni columnas de bronces, como los emperadores, senadores y ricos en general. Me refiero a los esclavos y a sus grafitis: “firma, texto o composición pictórica realizados generalmente sin autorización en lugares públicos, sobre una pared u otra superficie resistente”, según la definición de la RAE.

         El emperador Augusto, en un acto de total egocentrismo hizo erigir a la entrada de su tumba dos gigantescas columnas de bronce con el título de RES GESTAE (“Lo que hice”, en español), en el que se narraban todas sus batallas, construcciones, leyes, etc. Siglos después fueron fundidas, aunque su texto, copiado infinidad de veces, fue vuelto a poner en dos columnas parecidas por Mussolini, tan egocéntrico como Augusto, al que se quería parecer, pero en payaso y hoy todavía se pueden ver en el Foro de Augusto.

         Lápidas parecidas, pero más modestas, tuvieron otros emperadores, pero también esclavos y libertos de categoría superior, pues también entre los esclavos había categorías, como la dedicada a Titus Elius Primitivus, archimagiros, del Emperador, chef en griego, pues en latín no existía la palabra, de chef de cuisine, o jefe de los cocus, de los cocineros.

         Algunos emperadores, como Geta, asesinado por su hermano Caracalla, vio su lápida con su nombre borrado con maza y cincel, costumbre romana que luego practicarían los cristianos cuando se apoderaron de Roma, donde destruyeron templos y amputaron narices, brazos y cabeza de las maravillosas estatuas de las diosas y dioses, como relata la historiadora Catherine Nixey en su magnífico libro La edad de la penumbra.

         Volviendo a los grafitis, estos no nos dan cuenta de la política imperial, pero sí de la vida de los ciudadanos de a pie y de las legiones de esclavos que formaban el servicio de la infinidad de palatium, de los “palacios” de los emperadores, que empezaron por apoderarse de toda la colina Palatina, de ahí el nombre, y que nos muestran la cotidianidad de los ciudadanos y esclavos romanos. En el área de servicio del Palatino aún se conserva el yeso con más de 350 inscripciones o grafitis; la más famosa es de finales del siglo II e.c., y se trata de la primera representación conocida de la crucifixión: un dibujo con “chiste” dedicado por sus compañeros a un esclavo cristiano de nombre Alexamenos, con la inscripción en un griego tosco “Venera a tu dios” y en la que se ve a un crucificado con cabeza de asno, pues así calificaban y representaban los no cristianos a Jesús de Nazaret, “cabeza de asno”, sobre todo por confundir el relato con el dato, pues el relato de la crucifixión de los cristianos no coincidían con el dato de las crucifixiones romanas. Este grafiti y su explicación aparecen en el libro Emperador de Roma, de la historiadora inglesa Mary Beard.

         Los grafitis que van apareciendo año tras año en las excavaciones de Pompeya, de la que aún se ha recuperado una mínima parte, nos dan una imagen vívida de lo que era la gran ciudad de recreo millonario de los romanos. Grafitis en los prostíbulos: “Aquí tiró Flavio Cayo con una prostituta siria hermosísima”; “Aquí se hace el mejor amor griego de la ciudad”, etc. Aunque tal vez el más gracioso, que también reproduce Mary Beard, sea el que reza: “Apollinaris medicus Titi imperatoris hic cacavit bene”. Es decir: “Apollinaris médico (esclavo por supuesto), del emperador Tito, hizo aquí una buena cagada”.

Quiero terminar con los grafitis expresivos y divertidos, alejándome de Roma y yendo a Caracas, donde en el muro de una casa de cierto lujo en San Marino a una cuadra de Mata de Coco, durante años (lástima que perdí la foto y no sé si sigue ahí o tras muchos años lo borraron) había un grafiti muy propio de esta época que decía: “Las hallacas de mi madre son una mierda, mi padre es un jalabolas”.

 

luisrobert@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVIII / 18 de diciembre del 2023

 

lunes, 30 de agosto de 2021

AVGVSTVS [CCCLXIV]

Ariadna Voulgaris

 

 

El busardo augur oriental vive en la zona
ecuatorial de África. Foto: F. Atasalan

 

 

 

         El emperador César Augusto nació con el nombre de Cayo Octaviano en el año 63 antes de Cristo. Julio César, su tío-abuelo, lo había adoptado como hijo y heredero poco antes de ser asesinado en el año 44, pero el Senado, prudentemente, le impidió heredar el cargo de cónsul debido a su juventud, a él, a Octaviano, no le quedó más camino que aliarse con Marco Antonio para establecer una dictadura. Después se pelearon, sobre todo porque Marco Antonio, enamorado de Cleopatra, quería “egiptizar” Roma y eso no le olió bien a nadie en la ciudad eterna. Finalmente, en el 27, el Senado que antes lo había rechazado lo nombró Augustus (Augusto), que quiere decir ‘consagrado por augurio’. Equivalía a divinizarlo, y, de hecho, se puede decir que con este acto quedó fundado el Imperio Romano.

         Nos damos cuenta de una vez de cómo la palabra augusto se parece tanto a augurio. Este era en Roma un título religioso y no únicamente político, así que el pueblo, el supersticioso pueblo romano, debía aceptarlo así porque esto era cuestión de los dioses, de predestinación. Un augur era una especie de sacerdote adivinador que, según la creencia arraigada, decía lo que le revelaban los signos naturales. Si en las altas esferas del poder, a alguien se le daba el título de Augusto, no era cosa que se pudiera discutir.

         Vean también que un agüero es un presagio sobre un hecho que no se puede evitar, pero normalmente es un acontecimiento muy negativo. Existe la expresión ave de mal agüero, pero no creo que nadie haya visto volar muchas aves de “buen agüero”. ¡Ah!, no les he dicho que el vuelo de las aves era de las señales favoritas de los augures, y por eso agüero también proviene de aquella misma raíz.

         Al auge de César Augusto —no, mis queridos, aunque lo parezca, auge no es de ese grupo, pues proviene del árabe— duró más de 40 años, y después de él todos los emperadores quisieron llamarse César. Él inauguró un período que terminaría 503 años más tarde en Occidente... ¡y 1.480 en Constantinopla! Y claro que sí, inaugurar, si lo dividimos en prefijo y lexema, es decir, in-augurar, se observa fácilmente que significa ‘dejar atrás los augurios para comenzar con la realidad’, ¿no les parece?

         Pero... ¿por qué les estoy hablando de César Augusto? Ya estaba augurado: porque a su muerte, para rendirle honores perdurables, el Senado decidió poner su nombre al octavo mes del año, que hasta ese entonces se llamaba SEXTILIS. Y para que la figura del gran Octaviano no desluciera ante la de su egregio padre adoptivo, le agregaron a este mes un día que le robaron a febrero.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXIV / 30 de agosto del 2021

 

 

 

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lunes, 23 de diciembre de 2019

Soldada y botín [CCLXXXIII]

Luis Roberts


Corona de Adviento: cada vela, un domingo



         Otra palabra derivada de soldada es soldadesca, que, entre otras cosas, significa ‘tropa indisciplinada’. Y si la soldadesca se indisciplina por la falta o insuficiencia de la soldada, la única forma de calmarla es con el botín. Y no me refiero a la bota de caña corta, sino a sus otras acepciones: 1. despojo que se concedía a los soldados, como premio de conquista, en el campo o plaza enemigas. 3. Beneficio que se obtiene de un robo, atraco o estafa.
         La práctica de repartir el botín con la tropa ya era habitual en Roma, pero en la Edad Media, los reyes y señores feudales cuya única forma de incrementar su riqueza era apoderase de las tierras del vecino, no tenían suficiente tropa y llamaban a filas a sus campesinos con la promesa de disfrutar de un opíparo botín, es decir, lo que sería un bono en nuestros términos salariales actuales. En la historia hay famosos botines producto de famosos saqueos. Recordemos que en la cuarta Cruzada, las naves venecianas se dirigían a liberar Tierra Santa, pero ante las noticias de que el botín que les esperaba era menguado y su soldada escasa, decidieron desviar el rumbo y atacar, invadir y saquear Constantinopla, robando, violando, y pasando a cuchillo a cuanto buen cristiano se les ponía por delante, pero, claro, como eran ortodoxos, es decir, de otro club, había indulgencias. Gran parte de los tesoros artísticos que hoy se contemplan en Venecia son procedentes de ese enorme saqueo.
         El otro saqueo más famoso fue el llamado Saco de Roma en 1527. Las tropas del cristianísimo emperador Carlos I de España y V de Alemania, se amotinaron tras ganar una batalla en el norte de Italia y no recibir su soldada y decidieron bajar hasta Roma, porque allí sí que había de donde agarrar y como el papa Clemente VII era enemigo del Emperador, pues si no indulgencia, sí justificación política, que viene a ser lo mismo. Soldados españoles, alemanes, holandeses y hasta italianos, pasaron a cuchillo a la Guardia Suiza y a todos los defensores de Roma y del Vaticano y el propio papa se escapó por los pelos encerrándose en el castillo de Sant’Angelo. Vaticano, San Pedro, iglesias, excepto las españolas, palacios, todo fue saqueado.
         Según viajeros y periodistas, algunos países de África sumidos en la pobreza y el caos están padeciendo esta peste resucitada del botín, en sus dos acepciones antes apuntadas, como medio de pago a sus fuerzas de orden público, ante la imposibilidad de remunerarles con una soldada decente. Algunos incluso dicen que en algún país de Latinoamérica, con igual pobreza, caos y anomia, sucede lo mismo. ¡Válgame Dios! Robos de celulares en la calle a plena luz del día, extorsiones mafiosas a comerciantes, pago de “peajes” en alcabalas de calles y carreteras, requisa de mercancía en autobuses en las carreteras, robo de camiones que transportan alimentos, “incautación” de divisas y de moneda nacional, si la hubiere, directamente de las billeteras, supuestas infracciones de tráfico que han de pagarse en divisas o en una noche en la playa en su defecto, si la infractora lo merece, secuestros, asesinatos por encargo o por “vendetta”, etc., etc.
         Cuando las fuerzas de orden público son la mayor causa de zozobra y miedo de la ciudadanía, no solo la anomia de un país ha llegado a su punto álgido sino que las esperanzas de recuperación social y moral se ven difíciles, complejas y a muy largo plazo. Ojalá no ocurra nunca esto en nuestro país y, puesto que estamos en pleno Adviento: ¡Dios nos coja confesados!

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXIII / 23 de diciembre del 2019




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domingo, 30 de septiembre de 2018

De cómo la traducción engendró la literatura latina [CCXXVIII]

Edgardo Malaver



Esclavo, griego y traductor, Livio 
Andrónico inventó la literatura romana 

 

         En el principio fue el verbo. Y entonces dijo Dios: “Hágase la cultura griega”. Y nació Homero. Y se enseñoreó Homero de la palabra y escribió los cantos que decía por los caminos. Y los romanos, al regresar triunfantes del Hélade, quisieron oír la voz de Homero, y así nació la traducción, y la traducción engendró la literatura latina.
         En realidad, como dice Jacques Gaillard en Introducción a la literatura latina (1997), los romanos durante mucho tiempo “no mostraron inclinación ni talento alguno para la creación literaria” (p. 12), probablemente por su espíritu rústico y para diferenciarse de las “futilidades” artísticas de los griegos, que por ellas descuidaron la construcción de un imperio más duradero. También explica Gaillard que el latín necesitó que se estabilizaran las instituciones políticas para descollar, lo cual sucedió apenas en el siglo I antes de Cristo. Incluso más tarde, bien entrada la era cristiana, para ser un hombre culto todavía hacía falta hablar griego, incluso a las puertas de la ciudad de Roma.
         Y sucedió entonces que el pueblo romano, rústico y belicoso, se tropezó en el sur de la península itálica con los mismísimos griegos, a los que sometió militarmente. Y descubrió que estos hombres cultivaban el espíritu como ellos la tierra, desde hacía siglos. Y tal como hicieron con los dioses, los mitos e incluso con miles de palabras de la vida cotidiana, los romanos importaron, asimilaron, adoptaron (y adaptaron), en una sola palabra, latinizaron también la literatura helénica. “Cuando la mitología griega llega a Roma”, comenta Gaillard, “ya no es otra cosa que pura literatura, una maravillosa reserva de hermosas historias con personajes engalanados con el prestigio de la divinidad” (p. 14). Ya habían completado el ciclo de transición del “tiempo de los dioses” al “tiempo de los hombres” y estaban en el centro de la cultura y, también, de la educación.
         Dice Bartolomé Segura en “La literatura latina como traducción e imitación” (2003) que no es posible que la literatura latina arcaica haya “surgido de repente, de la nada, en virtud de un sencillo hágase la luz” (p. 26). Sería, dice, un esclavo griego, Livio Andrónico (280-205 antes de Cristo), quien actuaría de nexo “entre una literatura, la griega, ya superdesarrollada, y otra, la latina, tan incipiente y pobre que, para hablar con propiedad, no existía” (p. 26).
         ¿Qué hizo este Andrónico para aparecer en tan honrosa posición en la historia de Roma? Nada menos que traducir al latín las palabras de aquel viejo poeta que cantó las hazañas del superhábil Odiseo. Andrónico introdujo en Roma el arte de la escritura artística. Segura (junto con otros autores) considera su traducción de la Odisea una creación ex nihilo por la inexistencia de obras literarias anteriores. Y recuerda que ha sido un griego quien ha puesto ese hito.
         Inmediatamente después vendrían Nevio (270-201 antes de Cristo) con La Guerra Púnica, Ennio (239-169) con sus Anales, Lucilio (180-103) con sus Sátiras, Plauto (251-184) con su Anfitrión, Terencio (190-159) con su Andriana. Fuera en la épica, la epopeya, la sátira, la tragedia o la comedia (y después de siglos, la poesía y la narrativa), las obras de estos autores (o al menos sus títulos, en el caso de las que se han perdido) revelan que traducían (o al menos adaptaban) riquísima piezas literarias de la antigua Grecia. En su mayoría, aunque esto no era mal visto en Roma, y mucho menos en sus inicios, los escritores romanos no traducían servil y ciegamente las obras griegas: modificaban nombres, localizaciones, motivos de la acción, de vez en cuando sentimientos y genealogías, es decir, el rostro en general de los protagonistas y sus circunstancias, pero ciertamente procedían mediante un procedimiento de traducción que era al mismo tiempo imitación y creación, a la vez emulación y apropiación. Cuando la literatura latina estuvo suficientemente madura gracias a esta práctica, comenzó a parir frutos verdaderamente autóctonos y preñados de genuina romanidad. Para lograr esto, empero, se necesitaron años y siglos, porque el concepto de originalidad en Roma consistía en dar un tratamiento novedoso a cualquier historia, sin importar si ésta era nueva o antigua, propia o extranjera.
         Aun así, la traducción y la imitación siguieron siendo herramientas frecuentes de producción literaria en Roma (y en culturas posteriores). No podía ser de otra manera, puesto que la traducción, como actividad y como mecanismo de comunicación y de construcción cultural, se manifiesta más necesaria y más útil, más presente y más viva precisamente donde el hombre (y decir hombre es decir cultura) necesita nacer, crecer, sobrevivir, transformarse y fructificar. Si la traducción fue capaz de traer al mundo el vasto patrimonio que hemos heredado de los romanos, no puede pensarse, ni en el presente ni en el futuro, que la tarea de traducir sea menos valiosa que ninguna otra.
         (A todos los traductores del mundo, de todas las edades y de todas las lenguas, feliz día de san Jerónimo.)

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXVIII / 30 de septiembre del 2018




Referencias bibliográficas
Gaillard, J. (1997). Introducción a la literatura latina. Trad. J.L. Checa Cremades. Madrid: Acento.
Segura, B. (2003). “La literatura latina como traducción e imitación”. Epos XIX, 23-31.





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lunes, 22 de diciembre de 2014

La sílaba que se le perdió a la Navidad [XXXVI]

Edgardo Malaver Lárez



         Según Benedicto XVI (2012), lo más probable es que Jesús haya nacido en el año 6 antes de Cristo. No es una broma, ni siquiera una perogrullada. Es la evidencia de que la práctica de registrar el día del nacimiento de la gente, recordarlo cada año e incluso celebrarlo, por lo menos en el caso de los pobres, es más reciente, quizá posterior al Imperio Romano. La Navidad, posiblemente por esa razón, comenzó a celebrarse en el año 345. Antes de esta fecha, parece, los cristianos se dedicaban a cosas más serias, quizá a lo verdaderamente importante: ser cristianos. No trato de decir que la Navidad no sea cosa seria o importante, porque lo es muchísimo, sino que inmensamente más importante que la fecha y las celebraciones, que son la superficie del asunto, es el significado de aquel acontecimiento, que puede ser personal e íntimo para cada quien.
         En esta ocasión pretendo, apenas mencionar, ni siquiera examinar, un detalle totalmente superficial: la mera palabra Navidad... y, más superficial que eso, una sílaba de esta palabra que ni siquiera aparece en ella.
         Navidad proviene de la palabra latina nativitas, es decir, ‘natividad’. Sin buscar en el diccionario, puede uno imaginarse que dirá: acción y efecto de nacer. Nativitas es un sustantivo que deriva de natus, participio del verbo nasci (nacer). Se ve, ¿verdad?, que, entonces, de ella han de venir nuestras contemporáneas y utilizadísimas nación, connacional, renacimiento, natural, naturaleza, nativo, nato, neonato, natalicio, natal e incluso los nombres propios Natalia y Renato. Etcétera.
         Además, en italiano la Navidad se llama Natale; en portugués, Natal; en catalán y en gallego, Nadal. Se ve, ¿verdad?, que en esas lenguas la palabra que se utiliza en la actualidad deriva, como en español, de la latina. Todas conservan la raíz que tenía en latín. La sílaba ti de nativitas ha subsistido en todas ellas, sea que se la pronuncie con consonante sorda o sonora. Subsiste.
         Siendo así, ¿qué pasó con la sílaba ti en español?


Bibliografía
Benedicto XVI (2012). La infancia de Jesús. Trad. J. Fernando del Río. Barcelona: Planeta.


emalaver@gmail.com




Año II / Nº XXXVI / 22 de diciembre del 2014