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lunes, 3 de junio de 2019

La glosixenia [CCLXIII]

Luis Roberts


 
El baile de tambor es como la lengua materna
de Birongo (foto: A. Herrera)


        La única red social por la que transito —yo procuro cuidarme— es Twitter, y me limito a seguir a quienes valen la pena, que me puedan aportar información valiosa e inteligente, aunque a veces se cuelan unos “retuiteos” indeseados. Una de esas personas es mi querida Leidy Jiménez, profesora e investigadora inquieta de todo lo que tenga que ver con la lengua, y gracias a uno de sus tuits recientes descubrí una palabra que apunté en mi memoria para hoy sacarla a relucir en este artículo: glosixenia, del griego glosos, lengua, y xenia, extranjero.
        Se refiere a mezclar palabras de otro idioma, citas o frases cortas, con el idioma propio. Al parecer es una palabra con tradición académica, pero que no aparece en el DRAE. Puestos a pensar al fin y al cabo hoy es domingo  se me ocurren tres tipos de usuarios de la glosixenia: 1) los cultos, los que tienen en la punta de la lengua un vini, vidi, vinci, un to be or not to be, o un primus inter pares; 2) los “jergatarios”, los que usan una jerga, en inglés generalmente, para demostrar su integración en el oficio con un coworking, vintage, cool o start-ups; 3) los esnobs; estos a su vez se dividen en los esnobs elegantes, como esos personajes de Oscar Wilde en la Inglaterra del siglo XIX, o los de Pushkin en la Rusia de la misma época, que hablaban casi más en francés que en inglés o ruso, y que son la pesadilla de los traductores franceses, y los esnobs “rancheros”, en la acepción venezolana de “rancho”, ¡ojo! Estos son los que han ido a Disney alguna vez en su vida y te dicen “don’t forget me, mi amor”, o pretender elevar el registro de su ignorancia, usando sólo la palabra cabello, porque el pelo no es lo que está en la cabeza, sino en otra parte, y te dicen “asín no, ¡oh my god!”.
        Pero la que sí está en el DRAE es una palabra muy parecida y del mismo origen, xenoglosia, con dos acepciones. La segunda equivale a “don de lenguas”, la capacidad sobrenatural de hablar lenguas y se usa sólo en el campo de la religión, la católica concretamente, pero que a los profesores de la Escuela de Idiomas, en general, nos produce ciertas dudas y reticencias; y la primera acepción es la de la “glosolalia”, o lenguaje ininteligible.
        Yo asistí hace años a una sesión de santería en Birongo y oí, entre el retumbar de los tambores, a un negrito en trance en pleno ataque de glosolalia, pero no es necesario irse hasta Birongo para oír, o escuchar, depende de su atención, un lenguaje ininteligible, basta con sintonizar un canal de televisión, sí, ese, ese, sí.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCLXIII / 3 de junio del 2019

lunes, 20 de agosto de 2018

Veneca serás tú [CCXXII]

Edgardo Malaver



Una selfie de Vasco Szinetar
con Gabriel García Márquez en 1982



         Hace días, iniciada ya la reciente ola de xenofobia en contra de los venezolanos en el resto de Sudamérica, una estudiante me escribió para preguntarme sobre una palabra que en su familia todos parecen entender como despectiva pero que ella siente como un inofensivo sinónimo de venezolano. “Quiero saber con certeza si esta palabra es un insulto o un gentilicio”, me decía.
         La situación que me relató es más o menos así: está su familia viendo las noticias en la televisión y en una de ellas una mujer se ofende porque alguien la llama veneca. Mi alumna comenta: “Qué loca, todos somos venecos”. Y su padre salta y le dice a ella: “Veneca serás tú”.
         El sustantivo veneco”, le respondí, “ciertamente, es peyorativo, discriminatorio y xenofóbico. Me imagino que habrá situaciones particulares, familiares, muy reducidas, en que algún colombiano (o algún venezolano) utilice esta palabra con cariño, pero no es una palabra cariñosa, ni siquiera regular e inofensiva; en Colombia, se llama así a los venezolanos (desde que yo recuerdo) cuando se habla de ellos (de nosotros) con menosprecio y cuando la presencia de los venezolanos en Colombia ha representado un problema. Parece que nunca en la vida esa presencia había sido tan problemática como en este momento, así que la palabra goza de buena salud y será así durante larguísimo tiempo”.
         Es fácil observar en el mecanismo de construcción de la palabra una coincidencia con otra que también es peyorativa: paraco, que se usa también en Colombia para nombrar a los paramilitares, que en realidad, aunque se hagan pasar por justicieros, son delincuentes. En Venezuela también hay —sí, también hay paracos, pero pensaba en otras palabras como éstas—. La primera que me viene a la mente, aunque en realidad no se formó de la misma manera, es adeco, es decir, miembro del partido Acción Democrática. Adeco se formó en los años 1940 cuando, siendo aún ilegal el partido, la gente percibía a sus miembros como comunistas. La unión de las siglas del partido y la primera sílaba del adjetivo comunista (AD + co-) formaron la nueva palabra, que dejó de ser insultante cuando los adecos contribuyeron a restaurar la democracia y el partido llegó al poder.
         También tenemos en español palabras que parecen construirse siguiendo el mismo mecanismo que veneco. Terruco, por ejemplo, se usa popularmente en Perú para referirse a los terroristas desde los tiempos de auge de Sendero Luminoso y más recientemente también como insulto contra otros grupos, incluyendo a los indígenas. En España, una ventanuca es una ventanita tan pequeña que ni siquiera requiere reja; y no recuerdo en este instante el título de aquella película argentina sobre Eva Perón en que la protagonista se refiere los militares como “esos milicos cagones”.
         Aparezcan o no en el diccionario, también se usan casuca, papeluco, feúco, beatuco, frailuco, mujeruca, carruco, hermanuco, equivalentes a casucha, papelucho, feúcho, etc. Hasta llamamos cariñosamente Camucha a algunas mujeres de nombre Carmen.
         A lo que no hemos llegado es que se trata del sufijo –uco, que en todas partes es diminutivo y despectivo. El mejor ejemplo en Venezuela es maluco. Y el peor, horrible, insoportable, es vejuca. Pequeño, insignificante, feo, sin valor para nadie, parecen ser semas importantes que comunica el sufijo –uco (y sus variantes). Curiosamente, en Santander, España, según el Centro Virtual Cervantes, terruca es un diminutivo afectuoso de la tierra donde uno ha nacido.
         Veneco, como insulto, queridos alumnos, es en realidad un dimunitivo peyorativo más que nace del uso de la lengua en circunstancia en que un grupo mayoritario se cree en ventaja sobre otro que atraviesa dificultades. Aunque algunos no lo crean y aunque sea con otros sufijos, la lengua de los venezolanos también ha delatado en distintas épocas sentimientos xenofóbicos que habría que recordar ahora: portu, españoleto, maquediche, cotorro, perucho, turco, chino, caliche, indocumentado. La xenofobia, como diría Elías Pino Iturrieta, es enanismo intelectual. Y lo es en todas partes.
         Gracias a Dios y a la literatura, Gabriel García Márquez escribió al final de los 1950 un libro titulado Cuando era feliz e indocumentado, en que habla de ese período en que, aun extranjero, Venezuela lo amaba a él y él la amaba a ella.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXII / 20 de agosto del 2018



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