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lunes, 3 de agosto de 2026

El terremoto que desafió a Simón Bolívar [DXLIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Ilustración del terremoto de Caracas, aparecida en el libro 
Historical Cabinet de L.H. Young en 1834

 

 

         Tan audaz como siempre fue, al terminar la guerra de Troya, Odiseo no tuvo mejor idea que desafiar a los dioses. ¡Y lo mal que le fue después! Muchos años después, apenas comenzando otra guerra, a Simón Bolívar no le vino a la mente otra ocurrencia que sentirse desafiado por la madre naturaleza, que no puede ser acusada de los mismos vaivenes emocionales que los habitantes del Olimpo. ¡Y la de dificultades que se encontró en el camino a partir de aquel día!

         Hay quienes creen que en realidad el Libertador estaba desafiando a los realistas (en Ritos 335 lo comentamos en el 2020), pero hoy nos interesa el hecho de que aquel de marzo de 1812 otro terremoto golpeó a Venezuela con una fuerza particularmente grande y, dado que comenzaba a andar el movimiento de independencia, las consecuencias también se sintieron en los campos de batalla y, ergo, en la estabilidad del joven gobierno revolucionario.

         Este lunes recurrimos a un enemigo de la causa para que nos narre el terremoto sacudió a Caracas y echó al suelo la Primera República. José Domingo Díaz (1772-1834), que pocos años después sería secretario del implacable Pablo Morillo (17-18), escribió en su ácido libro Recuerdos de la rebelión de Caracas (1829) sus impresiones sobre el ruinoso terremoto de 1812:

 

         En estos mismos días y circunstancias, acontecimientos de otro género cambiaron la faz de todos los negocios, y aquel Dios que regía a su voluntad y por su infinita sabiduría el orden de la naturaleza, descargó el brazo de su justicia sobre el territorio de la culpable Caracas.

         El Jueves Santo 26 de marzo de 1812, [...] eran las cuatro [y] el cielo de Caracas estaba extremamente claro y brillante; una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable; caían algunas gotas de agua sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí de mi casa para la santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto, convento del orden de Predicadores, comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrí hacia aquella; algunos balcones de la Casa de Correos cayeron a mis pies al entrar en ella; me situé fuera del alcance de las ruinas de los edificios, y allí vi caer sobre sus fundamentos la mayor parte de aquel templo, y allí también entre el polvo y la muerte vi la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros.

         A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo; subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas, y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca”. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos. Volví a mi casa, tomé [a] mi familia y la conduje a aquel sitio.

         Poco tiempo después de estar en ella se dio una prueba pública del delirio revolucionario. Mientras que el R. P. Prior de los Dominicos, puesto sobre una mesa en medio de la multitud asombrada y llorosa, pronunciaba una vehemente oración; mientras que el doctor don Nicolás Anzola, regidor del 19 de abril, pedía de rodillas y a gritos perdón al señor don Fernando VII; mientras que todos estábamos mirando nuestros sepulcros abiertos a nuestros pies, se presentó el mayordomo de los hospitales, don Rafael de León, con el semblante más alegre y risueño que he visto jamás, felicitando a todos “por haber tan patentemente declarado Dios su voluntad destruyendo hasta las casas hechas por los españoles”. ¡Ceguedad extrema y estado propio del espíritu cuando está apoderado del delirio de la independencia!

         Aquel movimiento eléctrico corrió en cuatro segundos y en todas direcciones un espacio de 200 leguas. Las ciudades de San Felipe, Barquisimeto y Mérida cayeron por sus fundamentos, y pereció una gran parte de sus habitantes, y de las tropas acantonadas en ellas. Los pueblos de la Guayra, Mayquetía y Chacao tuvieron igual suerte; la mitad de las casas de la ciudad de Caracas vino a tierra, y la otra mitad quedó inhabitable, o poco menos de serlo, y el resto de los pueblos tuvo también señales sensibles de la violencia del meteoro.

         El templo de la Trinidad de Caracas, que sobre robustísimos pilares sostenía una enorme bóveda, estaba situado en la parte septentrional y en lo más elevado de su gran plaza. En el extremo opuesto de ella se hallaba situada aquella misma horca en que ocho meses antes habían sido colgados los cadáveres de los fusilados en julio. Este templo inmediato al gran cuartel veterano era la Iglesia Castrense, y en el pilar de una capilla llamada de los Remedios, destinada al servicio eclesiástico de los militares, estaba pintado el escudo de las Reales Armas de España. Este templo cayó sobre sus mismos fundamentos; fue un hundimiento: ni una pequeña piedra salió fuera de su área, y solo un gran pedazo de uno de aquellos pilares saltó con la violencia de la caída, rodó por la plaza en dirección a la horca, tropezó con ella y la derribó. Solo quedó en pie el pilar de las armas que se descubrían desde todas partes por sobre aquel montón de ruinas. El batallón veterano habla sido reformado: las compañías de fusileros eran compuestas de americanos, y la de granaderos de todos los españoles europeos que anteriormente estaban repartidos en aquellas. Era costumbre hallarse esta compañía, por la solemnidad de aquel día, en las puertas de la santa Iglesia Catedral y en la procesión de la tarde. Esto la salvo; mucha parte de las demás y de la artillería y zapadores que pasaban lista en el cuartel perecieron bajo sus ruinas.

         El Gobierno [presidido por don Francisco de Miranda] se reunió a las cinco de la tarde en la plaza de la Catedral para tomar providencias en aquella calamidad espantosa, y la primera que tomó fue la más propia para consumar la desgracia. Dispuso que se abandonase la ciudad por todos sus habitantes, situándose en sus inmediaciones, e hizo así entregar las fortunas de todos a un enjambre de ladrones que en aquella noche robaron cuanto quisieron en las casas abandonadas y en los templos medio arruinados.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIII / 3 de agosto del 2026

 

 

 

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jueves, 24 de junio de 2021

La Segunda Batalla de Carabobo [CCCLIX]

Edgardo Malaver


  

Inauguración del Arco del Triunfo de Carabobo (1921)

 

         Han pasado, con el de hoy, 73.049 días desde que se libró la Segunda Batalla de Carabobo, en 1821. ¿La segunda? Sí, la segunda, porque la primera fue el 28 de mayo de 1814, es decir, hace 75.633 días.

         Cuando yo estaba en primaria, todos mis maestros recitaban de memoria lo que parecía la única descripción concebible de la Batalla de Carabobo: “la acción militar que selló la independencia de Venezuela”. Sin embargo, la Guerra de Independencia fue un tira y encoge tan prolongado, un subibaja tan acelerado de triunfos y derrotas que incluso la batalla que habría de “sellarla” fue superada por el enemigo, y resultó no ser cierto —descubrí después, como en sexto grado— que aquella guerra hubiera terminado en Carabobo.

         Siempre cuando tocaba hablar de la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, que ocurrió el 24 de julio de 1823 (hace 72.289 días, para no romper la uniformidad), los maestros decían que había sido “consolidación definitiva de la independencia”, y yo parecía ser el único niño que se preguntaba: “Pero bueno, ¿y entonces la Batalla de Carabobo, dos años antes, no fue la última de la guerra?”. Pues no, porque en 1822, los realistas habían logrado tomar Maracaibo y la disputa continuó. Lo que es más, después de la Batalla del Lago, a pesar de terminar con victoria para la causa republicana (que ya estaba establecida desde 1819 y se llamaba Colombia), no iba a ser tampoco el final de la guerra porque todavía faltaba liberar Puerto Cabello. No sería la Guerra de los Cien Años, pero sí fue la guerra del nunca acabar.

         Simón Bolívar estuvo al frente de ambas batallas de Carabobo. En la primera, el Libertador, líder ahora de la Segunda República, se enfrentó al mariscal de campo Juan Manuel de Cajigal, que no sólo debió huir a Apure sino que perdió más de 500 soldados y 700 quedaron heridos. Bolívar, por su lado, reportó inicialmente una pérdida de apenas 12 hombres, con 40 heridos, pero después se calculó que habría sido diez veces mayor.

         La Segunda Batalla de Carabobo parece haber sido la última en que participó como soldado además de como comandante en jefe. Soldados fueron también en aquella ocasión multitud ciudadanos comunes, campesinos, esclavos, manumisos, artesanos, pequeños comerciantes y, entre los casi 7.500 hombres que lograron reunir Páez y Bolívar, 14 mujeres que nadie en el Ejército Libertador pudo disuadir de armarse y combatir.

         Bolívar fue el único de los cuatro oficiales de alto rango que resultó ileso en la refriega. Páez fue herido, Ambrosio Plaza quedó muerto en la explanada y Manuel Cedeño murió al día siguiente a causa de las heridas de la batalla. Y si es de hablar de muertos, hubo menos de 300 bajas patriotas, mientras que las fuerzas españolas perdieron diez veces más hombres.

         Curiosamente, en la Segunda Batalla de Carabobo muchos españoles nacidos en España lucharon del lado patriota, y la mayoría de los soldados del bando realista eran venezolanos de nacimiento. También había soldados británicos, franceses, holandeses, antillanos y de otros países de América. Y si es por curiosidades, se puede agregar que el ejército de Páez contaba con 3.000 reses, casi mil más que caballos, porque los llaneros viajaban todo el tiempo bien preparados para que no les faltara de comer.

         La Segunda Batalla de Carabobo —he comprendido a pesar de mis maestros de primaria— no fue la última batalla de aquella larga guerra, pero tampoco fue simplemente la reedición, siete años después, de un baño de sangre en una sabana suficientemente amplia para una revancha. Esta batalla permitió liberar la capital de Venezuela, nada menos, donde había comenzado todo once años antes.

         Cien años más tarde, hace 36.525 días, Juan Vicente Gómez un caudillo que se llamaba a sí mismo general, pero ni siquiera era militar y que había nacido, como Bolívar un 24 de julio y que moriría, como Bolívar, un 17 de diciembre—, inauguró lo que pronto se convertiría en uno de los símbolos de Venezuela y de la cultura venezolana: el Arco del Triunfo de Carabobo.

         Y otros cien años más tarde, hemos llegado tan desnudos, tan desnutridos, tan desanimados a esta fecha, que, como si la historia nos hubiera elegido para construir una metáfora despiadada, la situación, proporcionalmente, no dista mucho de la que dejó la guerra.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLIX / 24 de junio del 2021

 



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martes, 23 de marzo de 2021

La primera carta de un niño rico [CCCXLIX]

Edgardo Malaver

 

 

Carmen Molina como María Teresa en Simón Bolívar (1942),
de Miguel Contreras Torres

 

 

 

         El 4 de enero les prometí que los dejaría descansar de Simón Bolívar hasta el 20 de marzo. En esa fecha, pero del año 1799, escribió Bolívar su primera carta —la primera de que se tenga noticia—, a la edad de 16 años, desde Veracruz, México. ¿Qué hay en esa carta que nos llama la atención hoy? Pues lo mal que, por lo visto, escribía el Libertador a los 16 años. Afortunadamente, en la adultez ya escribe mejor, pero en 1799, considerando la clase social del autor y la educación que sabemos que había recibido hasta el momento y el prestigio intelectual de sus maestros, cualquiera diría que sus errores son más bien pueriles e incomprensibles.

         Lo relevante es que en realidad no es así. La carta, dirigida a su tío Pedro Palacios y cuya sola lectura nos ahorra la investigación de los detalles circundantes a ella y a su autor, contiene palabras que el joven Bolívar escribe como si nunca antes hubiera escrito nada y apenas intuyera, por la pronunciación, la ortografía de muchas de ellas. Escribe, por ejemplo: “Mi llegada a este puerto ha sido felismente...”; “...nos hemos detenido aquí con motibo de haber estado bloqueada la Abana...”; “...podía escribir a usted mi situasión, y partisiparle mi biaje que ise a México...”. Andrés Bello, Simón Rodríguez y el Padre Andújar lo habrían dejado sin orejas, de haber tenido la carta entre manos.

         Hoy, sin embargo, somos capaces de entender que, para 1799, no estaban tan ampliamente difundidas las reglas de ortografía que la Real Academia había publicado en 1741, sobre todo de este lado del mar; además, en ese momento no eran tan coherentes como en ediciones posteriores. En estos días he descubierto que Andújar alguna vez se quejó con los tutores del benjamín de los Bolívar con respecto al escaso esfuerzo que hacía el muchacho para aprender estas y otras cosas, pero esto no es suficiente explicación de que escribiera yjo en lugar de hijo, hoi en vez de hoy, nabegasión y no navegación.

         Al contrario, hay que decir que Vicente Lecuna, el gran recopilador de los documentos de Bolívar, afirma que en el original se observa que el futuro Libertador había comenzado a corregir la carta, aunque no pasó de la mitad. (Yo, en estos días, intentando ponerme en su lugar, he imaginado al niño don Simón tratando de corregir la carta a toda prisa antes de que zarpara el barco que salía para Maracaibo y, cuando ya no pudieron esperarlo más, tuvo que entregarla sin haber terminado, sin poder transcribirla corregida, lamentando la vergüenza que pasaría con su tío y sus hermanos cuando leyeran la carta en Venezuela.)

         En suma, es más un caso de poca experiencia que de ignorancia. De hecho, ese mismo adolescente, que viaja solo desde Caracas para Madrid, con escala en La Habana, pero que tiene que pasar más de un mes varado en Ciudad de México, y que después de tres años en Europa regresa a casa más rico que antes y de la mano de una esposa, en su segunda carta al mismo tío Pedro —son los documentos 1 y 2 en el archivo de Lecuna—, fechada el 30 de septiembre de 1800, apenas un año y medio después, escribirá de esta casi cervantina manera:

 

Estimado tío Pedro:

No ignora usted que poseo un mayorazgo bastante cuantioso, con la precisa condición de que he de estar establecido en Caracas y que a falta de mí pase a mis hijos, y de no, a la casa de Aristiguieta, por lo que atendiendo yo al aumento de mis bienes para mi familia, y por haberme apasionado de una señorita de las más bellas circunstancias y más recomendables prendas, como es mi señora doña [María] Teresa [Rodríguez del] Toro, hija de un paisano y aun pariente, he determinado contraer alianza con dicha señorita para evitar la falta que pueda causar si fallezco sin sucesión, pues haciendo tan justa liga querrá Dios darme algún hijo que sirva de apoyo a mis hermanos y de auxilio a mis tíos.

 

         Una vez a la cabeza del Ejército Libertador, Bolívar escribió cientos y cientos de documentos que declaran sostenidamente la profundidad de su conocimiento cultural y sus habilidades lingüísticas. Las normas escritas de la lengua (y las normas de la lengua escrita), como las no escritas (o sea, las de la lengua hablada), han seguido evolucionando y son imparables; por fortuna, esta evolución no es tan rápida como para impedirnos captar enteramente el sentido de una carta de hace 222 años, aun minada de errores, que, por cierto, no notaríamos si nada más nos la leyeran y no la viéramos con nuestros propios ojos.

         La ortografía ha sido compañera de viaje de los Bolívar desde que en el siglo XVI llegó a América el primero de la familia que vino a buscar aquellas ciudades de calles hechas de oro que llegaron describiendo los primeros que regresaron a España con Colón. En 1569, Simón de Bolíbar el Viejo (1532-1612), al llegar a Caracas, se cambió el apellido alterando solamente la segunda be por una ve. Y el Viejo debe haber sido, como su célebre descendiente, habilidoso con la pluma porque en poco tiempo logró que se abriera en Caracas el Seminario de Santa Rosa de Lima, donde residiría después la Real y Pontificia Universidad de Caracas, que el Libertador rebautizaría en 1827 como Universidad Central de Venezuela.

         Al final, el revoltoso niño rico se salvó de los halones de orejas de sus sabios maestros de origen humilde.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLIX / 20 de marzo del 2021

 



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lunes, 4 de enero de 2021

Otra maldición de Bolívar [CCCXXXVIII]

Edgardo Malaver




Corona de oro que regalaron los cuzqueños a Bolívar en junio de 1825




El tercer asombro que experimenté en diciembre, cuando me puse a leer los documentos de Simón Bolívar para hablar de sus frases en el habla popular venezolana, fue con la idea extendidísima aquella de que Bolívar era masón. Apuesto fuertes a lochas que todo el que lea hoy Ritos de Ilación ha oído decir, ha pensado e incluso ha creído fielmente que el Libertador pertenecía a este grupo. Según mis observaciones, en Venezuela, todo aquel que ha superado los 30 años de edad y desea impresionar a cualquier interlocutor a quien crea de menor grado de instrucción, ha soltado, entre whisky y whisky, la desdichada frase (que intentaré no escribir más, porque a mí ni siquiera me ha importado jamás si es verdad o no y porque a Bolívar de lejos se le nota que no era importante para él).

Resulta que el 8 de octubre de 1826, desde Ibarra, Ecuador, Bolívar le escribe a Francisco de Paula Santander, que lo sustituye como presidente en Colombia, para responder varias cartas de éste, y en la post data, da su parecer sobre varias personas en Perú, en Ecuador y en Colombia con las cuales deben tener cuidado. Una de estas personas es un tal Flores, que “se ha hecho odioso por los masones”.

Un año antes, el 21 de octubre de 1825, en Potosí, Bolivia, le había escrito también para decirle, entre otras muchas cosas:


Vd. tiene la culpa [de los ataques], porque no los ha sabido tratar por las majaderías de masones [...]. Conmigo siempre están bien, porque los lisonjeo y los sujeto en los límites que me parecen justos. Malditos sean los masones y los tales filósofos charlatanes [...]. Por aquí no hay nada de esto, y los que haya serán tratados como es justo.


Sin embargo, la joya de la corona es un decreto emitido por Bolívar el 8 de noviembre de 1828, en el cual prohíbe las sociedades o confraternidades secretas en toda Colombia, fuere cual fuere su denominación. El decreto ordenaba a los gobernadores y jefes de policía disolver tales grupos y aplicar las sanciones sumariamente, para que nadie tuviera ocasión de alegar nada en su defensa.

Dado todo esto, o Bolívar era contrario a la masonería o se había decepcionado de ella. Es decir, si de veras había entrado en una organización masónica en 1804 estando en Cádiz, había llegado a un punto en que ya no pensaba igual y, porque le parecía nociva para la república, como dice el decreto, se le oponía.

En la carta de 1825 a Santander, le pide que no difunda sus cartas: “No mande Vd. publicar mis cartas, ni vivo ni muerto, porque ellas están escritas con mucha libertad y con mucho desorden”. Como si me lo hubiera dicho a mí, voy a dejarlos descansar de Bolívar. Nos vemos el 20 de marzo.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXVIII / 4 de enero del 2021





lunes, 28 de diciembre de 2020

Maldito el soldado... [CCCXXXVII]

Edgardo Malaver


Perseo con la cabeza de Medusa (1554), de Benvenuto Cellini




Simón Bolívar escribió tanto en su vida que a cualquiera se le ocurre inventar una sentencia de aquellas contundentes y severas, pintarla en una pancarta y firmarla con el ilustre nombre para llevarla a una marcha, y nadie se va a poner a investigar si de veras la frase viene de la pluma del Libertador antes de aprendérsela y repetirla y lanzársela en la cara a quien corresponda —porque a veces parece que sólo para eso sirven las ideas brillantes de Bolívar.

Hace dos semanas, cuando me interné en el Archivo del Libertador para investigar de qué documentos provenían algunas frases célebres que forman parte del habla venezolana, no me imaginé que descubriría que algunas no figuran en ninguno de ellos. Los que hemos ido a marchas y más marchas contra el único gobierno que ha habido en Venezuela desde 1999 hemos leído mil veces, en letras de todos los tamaños, aquella que dice: “Maldito el soldado que vuelve sus armas contra su propio pueblo”. Yo creo recordar haberla oído antes de esa fecha, y quizá por eso me sorprende más no encontrar la frase en ninguna colección confiable de textos firmados por Bolívar, o atribuidos a él, de los cuales debería ser inapelable el Archivo del Libertador.

Siendo así, lo más atractivo de esta afirmación es que ya tiene sonoridad y solidez de sabiduría popular, de proverbio antiguo, infalible. Como en multitud de otras frases de Bolívar, aunque se demostrara un día que no lo es, ésta exhibe, al menos recientemente, un rasgo que no señalé en los dos primeros artículos de esta serie: la contradicción, la paradoja, el sentido circularmente acusatorio de su contenido. Es una afirmación dura que aniquila a cualquier que ejerza el poder y que por ello crea que tiene derecho a ir contra aquellos que le han dado ese poder. Los ciudadanos espetan este reproche al gobierno, que se dice bolivariano de nacimiento y es militar de corazón, cuando los cuerpos de seguridad, e incluso las fuerzas armadas, atacan con armas de fuego a los venezolanos, especialmente a los estudiantes, que se organizan para protestar. Es como devolver a Medusa su mirada petrificante.

Ya no hace falta que la ingeniosa sentencia sea real. Su fuerza cumple con los requisitos que exige la sabiduría popular para ocupar su puesto en la lengua. Tenga en alguna parte la firma de Bolívar o la de un autor anónimo, es cultura venezolana.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXVII / 28 de diciembre del 2020





lunes, 21 de diciembre de 2020

Si se opone la naturaleza... [CCCXXXV]

Edgardo Malaver



El terremoto de 1812 (1929), de Tito Salas



La semana pasada, investigando en el Archivo del Libertador para hablar de cómo sus frases más célebres han penetrado la lengua hablada en Venezuela, descubrí un par de cosas sobre algunas de ellas que vale la pena comentar.

La primera que se me presentó como problema fue una que yo siempre había sentido cargada de arrogancia y temeridad (como corresponde a un espíritu que, de no haber sido temerario, no habría logrado nada de lo que se propuso en su juventud). La imprecación “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca”, que todos los venezolanos nos aprendemos de memoria en primaria (o nos aprendíamos cuando yo estudiaba primaria), tiene antes que nada el rasgo dudoso (que nunca se me había ocultado) de la oralidad. Es decir, cualquiera se da cuenta de que si es una idea lanzada al aire en las circunstancias en que se nos dijo siempre que fue emitida, no puede haber una certeza inapelable de que se haya dicho tal como se la entrecomilla. Ahora resulta que ciertamente no nos habían contado todo (o no lo habíamos averiguado).

El historiador Manuel Bermúdez, para comenzar, incluso niega en su libro Por qué no soy bolivariano (2006) que Bolívar haya pronunciado nunca semejante arenga. No es difícil imaginarse la situación (y la pintura de Tito Salas de 1929 ayuda bastante): tiembla la tierra en Caracas en marzo de 1812, menos de un año después de la declaración de la Independencia, y la gente corre desesperada, llora de miedo, todos buscan a sus seres queridos entre la multitud informe y entre los escombros, levantan los ojos al cielo, la confusión es grande; los religiosos, que se oponen al movimiento revolucionario, gritan por las calles que el terremoto es un castigo de Dios por oponerse al rey, muchos caen de rodillas al suelo y piden perdón. Y en medio de este escenario, ¿van a prestarle atención a este “loco que se creía Simón Bolívar” (Bermúdez, 2006, 34), que se encarama sobre unas piedras a gritarles que hay que luchar contra la naturaleza, que todos saben que es invencible?

Para tratar de aclararnos, vamos a ver, como recomienda Bermúdez, la fuente de donde viene la dichosa frase: el libro Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, del médico José Domingo Díaz, que, según unas voces, era amigo de Bolívar y otros revolucionarios antes de 1810 pero lo cierto y verificado es que negó su apoyo al movimiento desde el primer momento. Dice Díaz:


Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas las ruinas, y jamás olvidaré este momento. En lo más elevado encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su rostro estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca” (Díaz, 1829, 39).


¡Bolívar no se dirigía a la multitud desesperada! Se dirigía a una sola persona en un momento en que también él, el futuro Libertador, naturalmente, lucía asustado. Y lo hizo dentro del templo destruido por el sismo, no al aire libre, como hemos creído siempre. Sin embargo, Díaz no puede ser una fuente absolutamente confiable porque todo su libro, escrito y publicado en España, resuma un resentimiento ácido y recalcitrante contra todo aquel que en algún momento se hubiera mostrado a favor de la revolución.

     Hasta aquí, uno puede creer aclarado el asunto, pero hay aun quienes afirman, al leer el relato de Díaz (que es por quien conocemos la repetidísima frase), que en realidad Bolívar no deseaba contrariar a la naturaleza, que era como contrariar a Dios, sino a los realistas, o a sus partidarios, que en ese momento fueron quienes, no bien cesó el movimiento de tierra, comenzaron a utilizarlo para atacar la causa de la Independencia. Estos autores creen que la frase debe haber sido más bien: “Aunque se oponga la naturaleza, lucharemos contra ellos y haremos que nos obedezcan”. Ellos son los españoles, los monarquistas. Ciertamente, suena razonable que así lo expresara el impetuoso Bolívar, pero no hay documento que respalde estas afirmaciones. También parece razonable lo que reflexiona Bermúdez: que si Bolívar se hubiera puesto a arengar así a la gente en medio de aquella fatalidad, lo más probable es que lo lincharan. Además, nadie le habría puesto atención.

Mi conclusión es que José Domingo Díaz es medianamente creíble, no totalmente, pero lo importante aquí es que el apóstrofe de 1812 ha de pervivir en los labios de los venezolanos, aunque sea apenas como retórica, como metáfora de la persistencia, siempre que se encuentren ante un obstáculo, natural o no, que luzca suficientemente grande y tenaz como para complicar sus planes.


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Bermúdez, M (2006). Por qué no soy bolivariano. Caracas: Alfadil.

Díaz, J.D. (1829). Recuerdos sobre la rebelión de Caracas. Madrid: León Amarita.




Año VIII / N° CCCXXXV / 21 de diciembre del 2020




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jueves, 17 de diciembre de 2020

Simón Bolívar en la lengua hablada de Venezuela [CCCXXXIV]

Edgardo Malaver



"Cambiadme, Señor, todos mis dictados
por el de buen ciudadano"



Hoy, a la 1:07 de la tarde, harán 190 años del descenso de Simón Bolívar al sepulcro. A pesar de que no han “cesado los partidos”, estuvo un tiempo tranquilo ahí, pero ya hubo quien alterara esa tranquilidad, y hasta existe ahora una leyenda, copiada de la egipcia, sobre la maldición que condena y persigue a los que presenciaron aquella “exhumación”. Pero no es de eso que vine a hablar hoy porque no creo que pueda estudiarse rigurosamente ese fenómeno. Lo que sí se puede estudiar, y se ha hecho, es la influencia del Libertador en la lengua que hablan los venezolanos. No se pueden dar demasiados pormenores aquí, pero sí hay un par de expresiones de uso común en Venezuela que nacieron de la mente de Bolívar.

Quizá el ejemplo más claro sea la frase que soltamos cuando vemos una situación en que alguien que tendría que estar muy preparado para un trabajo, sobre todo intelectual, no lo está: “Moral y luces son nuestras primeras necesidades”. No es posible no pensar en Bolívar al escuchar esta frase, que aparece en el Discurso de Angostura (1819). Es tan conocida y tan significativa que existen en varios lugares de Venezuela escuelas llamadas “Moral y Luces”.

Cuando los venezolanos se encuentran ante un obstáculo natural, aunque no pretendan sortearlo o se vea claramente que no es posible, dicen, casi sin pensarlo: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, frase que, según la tradición, dirigió el héroe a los caraqueños mientras ayudaba a rescatar heridos del terremoto de 1812. [Autores como Manuel Caballero y Rogelio Altez tienen otra versión del famoso apóstrofe, pero ya nos detendremos en ese detalle en otra ocasión.]

En las miles de manifestaciones que hubo en el 2002, 2007, 2013, 2014, 2016 y 2017 en toda Venezuela, en vista de los abiertos ataques de las fuerzas armadas contra la población, era muy frecuente, durante todo el día, citar al Libertador cuando condena tales atrocidades: “Maldito el soldado que vuelve sus armas contra su propio pueblo”. Aunque no he encontrado la cita en ninguna fuente autorizada, tiene una fuerza y una gravedad típicas de Bolívar. Y aunque se demostrara que no lo dijo él, ya ha pertenecido a la lengua hablada de los venezolanos durante más de 200 años.

Frases de Bolívar hay para todos los gustos: a los periodistas les gusta oír decir: “La primera de todas las fuerzas es la opinión pública”, pronunciada en noviembre de 1817 en Angostura; a los maestros les encanta citar aquella carta que le escribió desde Lima a su hermana mayor en 1824 y donde dice: “Un hombre sin estudios es un ser incompleto”; los militares repiten: “Dios concede la victoria a la constancia”, que aparece en el Manifiesto de Carúpano de 1814; los marxistas aman proclamar: “Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”, del segundo Discurso de Angostura, en 1819; los bolivarianos devotos dicen: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria”, de la última proclama de 1830.

Además, como si fueran del Evangelio, las frases de don Simón parecen concebidas para calzar en todas las situaciones de la vida ciudadana, moral y política de un país. Hasta para hablar de la lengua pueden servir. Su uso de la lengua no podía ser otro después de una educación tan esmerada y en medio de un mundo completamente poseído por el romanticismo, incluso en la política. El día de hoy, 190 años después, diríase que el uso y abuso del lenguaje político ha deformado su figura, pero es también la lengua, la que habla la gente común, la que lo mantiene vivo, no otra cosa.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXIV / 17 de diciembre del 2020