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jueves, 24 de junio de 2021

La Segunda Batalla de Carabobo [CCCLIX]

Edgardo Malaver


  

Inauguración del Arco del Triunfo de Carabobo (1921)

 

         Han pasado, con el de hoy, 73.049 días desde que se libró la Segunda Batalla de Carabobo, en 1821. ¿La segunda? Sí, la segunda, porque la primera fue el 28 de mayo de 1814, es decir, hace 75.633 días.

         Cuando yo estaba en primaria, todos mis maestros recitaban de memoria lo que parecía la única descripción concebible de la Batalla de Carabobo: “la acción militar que selló la independencia de Venezuela”. Sin embargo, la Guerra de Independencia fue un tira y encoge tan prolongado, un subibaja tan acelerado de triunfos y derrotas que incluso la batalla que habría de “sellarla” fue superada por el enemigo, y resultó no ser cierto —descubrí después, como en sexto grado— que aquella guerra hubiera terminado en Carabobo.

         Siempre cuando tocaba hablar de la Batalla Naval del Lago de Maracaibo, que ocurrió el 24 de julio de 1823 (hace 72.289 días, para no romper la uniformidad), los maestros decían que había sido “consolidación definitiva de la independencia”, y yo parecía ser el único niño que se preguntaba: “Pero bueno, ¿y entonces la Batalla de Carabobo, dos años antes, no fue la última de la guerra?”. Pues no, porque en 1822, los realistas habían logrado tomar Maracaibo y la disputa continuó. Lo que es más, después de la Batalla del Lago, a pesar de terminar con victoria para la causa republicana (que ya estaba establecida desde 1819 y se llamaba Colombia), no iba a ser tampoco el final de la guerra porque todavía faltaba liberar Puerto Cabello. No sería la Guerra de los Cien Años, pero sí fue la guerra del nunca acabar.

         Simón Bolívar estuvo al frente de ambas batallas de Carabobo. En la primera, el Libertador, líder ahora de la Segunda República, se enfrentó al mariscal de campo Juan Manuel de Cajigal, que no sólo debió huir a Apure sino que perdió más de 500 soldados y 700 quedaron heridos. Bolívar, por su lado, reportó inicialmente una pérdida de apenas 12 hombres, con 40 heridos, pero después se calculó que habría sido diez veces mayor.

         La Segunda Batalla de Carabobo parece haber sido la última en que participó como soldado además de como comandante en jefe. Soldados fueron también en aquella ocasión multitud ciudadanos comunes, campesinos, esclavos, manumisos, artesanos, pequeños comerciantes y, entre los casi 7.500 hombres que lograron reunir Páez y Bolívar, 14 mujeres que nadie en el Ejército Libertador pudo disuadir de armarse y combatir.

         Bolívar fue el único de los cuatro oficiales de alto rango que resultó ileso en la refriega. Páez fue herido, Ambrosio Plaza quedó muerto en la explanada y Manuel Cedeño murió al día siguiente a causa de las heridas de la batalla. Y si es de hablar de muertos, hubo menos de 300 bajas patriotas, mientras que las fuerzas españolas perdieron diez veces más hombres.

         Curiosamente, en la Segunda Batalla de Carabobo muchos españoles nacidos en España lucharon del lado patriota, y la mayoría de los soldados del bando realista eran venezolanos de nacimiento. También había soldados británicos, franceses, holandeses, antillanos y de otros países de América. Y si es por curiosidades, se puede agregar que el ejército de Páez contaba con 3.000 reses, casi mil más que caballos, porque los llaneros viajaban todo el tiempo bien preparados para que no les faltara de comer.

         La Segunda Batalla de Carabobo —he comprendido a pesar de mis maestros de primaria— no fue la última batalla de aquella larga guerra, pero tampoco fue simplemente la reedición, siete años después, de un baño de sangre en una sabana suficientemente amplia para una revancha. Esta batalla permitió liberar la capital de Venezuela, nada menos, donde había comenzado todo once años antes.

         Cien años más tarde, hace 36.525 días, Juan Vicente Gómez un caudillo que se llamaba a sí mismo general, pero ni siquiera era militar y que había nacido, como Bolívar un 24 de julio y que moriría, como Bolívar, un 17 de diciembre—, inauguró lo que pronto se convertiría en uno de los símbolos de Venezuela y de la cultura venezolana: el Arco del Triunfo de Carabobo.

         Y otros cien años más tarde, hemos llegado tan desnudos, tan desnutridos, tan desanimados a esta fecha, que, como si la historia nos hubiera elegido para construir una metáfora despiadada, la situación, proporcionalmente, no dista mucho de la que dejó la guerra.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLIX / 24 de junio del 2021

 



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martes, 23 de marzo de 2021

La primera carta de un niño rico [CCCXLIX]

Edgardo Malaver

 

 

Carmen Molina como María Teresa en Simón Bolívar (1942),
de Miguel Contreras Torres

 

 

 

         El 4 de enero les prometí que los dejaría descansar de Simón Bolívar hasta el 20 de marzo. En esa fecha, pero del año 1799, escribió Bolívar su primera carta —la primera de que se tenga noticia—, a la edad de 16 años, desde Veracruz, México. ¿Qué hay en esa carta que nos llama la atención hoy? Pues lo mal que, por lo visto, escribía el Libertador a los 16 años. Afortunadamente, en la adultez ya escribe mejor, pero en 1799, considerando la clase social del autor y la educación que sabemos que había recibido hasta el momento y el prestigio intelectual de sus maestros, cualquiera diría que sus errores son más bien pueriles e incomprensibles.

         Lo relevante es que en realidad no es así. La carta, dirigida a su tío Pedro Palacios y cuya sola lectura nos ahorra la investigación de los detalles circundantes a ella y a su autor, contiene palabras que el joven Bolívar escribe como si nunca antes hubiera escrito nada y apenas intuyera, por la pronunciación, la ortografía de muchas de ellas. Escribe, por ejemplo: “Mi llegada a este puerto ha sido felismente...”; “...nos hemos detenido aquí con motibo de haber estado bloqueada la Abana...”; “...podía escribir a usted mi situasión, y partisiparle mi biaje que ise a México...”. Andrés Bello, Simón Rodríguez y el Padre Andújar lo habrían dejado sin orejas, de haber tenido la carta entre manos.

         Hoy, sin embargo, somos capaces de entender que, para 1799, no estaban tan ampliamente difundidas las reglas de ortografía que la Real Academia había publicado en 1741, sobre todo de este lado del mar; además, en ese momento no eran tan coherentes como en ediciones posteriores. En estos días he descubierto que Andújar alguna vez se quejó con los tutores del benjamín de los Bolívar con respecto al escaso esfuerzo que hacía el muchacho para aprender estas y otras cosas, pero esto no es suficiente explicación de que escribiera yjo en lugar de hijo, hoi en vez de hoy, nabegasión y no navegación.

         Al contrario, hay que decir que Vicente Lecuna, el gran recopilador de los documentos de Bolívar, afirma que en el original se observa que el futuro Libertador había comenzado a corregir la carta, aunque no pasó de la mitad. (Yo, en estos días, intentando ponerme en su lugar, he imaginado al niño don Simón tratando de corregir la carta a toda prisa antes de que zarpara el barco que salía para Maracaibo y, cuando ya no pudieron esperarlo más, tuvo que entregarla sin haber terminado, sin poder transcribirla corregida, lamentando la vergüenza que pasaría con su tío y sus hermanos cuando leyeran la carta en Venezuela.)

         En suma, es más un caso de poca experiencia que de ignorancia. De hecho, ese mismo adolescente, que viaja solo desde Caracas para Madrid, con escala en La Habana, pero que tiene que pasar más de un mes varado en Ciudad de México, y que después de tres años en Europa regresa a casa más rico que antes y de la mano de una esposa, en su segunda carta al mismo tío Pedro —son los documentos 1 y 2 en el archivo de Lecuna—, fechada el 30 de septiembre de 1800, apenas un año y medio después, escribirá de esta casi cervantina manera:

 

Estimado tío Pedro:

No ignora usted que poseo un mayorazgo bastante cuantioso, con la precisa condición de que he de estar establecido en Caracas y que a falta de mí pase a mis hijos, y de no, a la casa de Aristiguieta, por lo que atendiendo yo al aumento de mis bienes para mi familia, y por haberme apasionado de una señorita de las más bellas circunstancias y más recomendables prendas, como es mi señora doña [María] Teresa [Rodríguez del] Toro, hija de un paisano y aun pariente, he determinado contraer alianza con dicha señorita para evitar la falta que pueda causar si fallezco sin sucesión, pues haciendo tan justa liga querrá Dios darme algún hijo que sirva de apoyo a mis hermanos y de auxilio a mis tíos.

 

         Una vez a la cabeza del Ejército Libertador, Bolívar escribió cientos y cientos de documentos que declaran sostenidamente la profundidad de su conocimiento cultural y sus habilidades lingüísticas. Las normas escritas de la lengua (y las normas de la lengua escrita), como las no escritas (o sea, las de la lengua hablada), han seguido evolucionando y son imparables; por fortuna, esta evolución no es tan rápida como para impedirnos captar enteramente el sentido de una carta de hace 222 años, aun minada de errores, que, por cierto, no notaríamos si nada más nos la leyeran y no la viéramos con nuestros propios ojos.

         La ortografía ha sido compañera de viaje de los Bolívar desde que en el siglo XVI llegó a América el primero de la familia que vino a buscar aquellas ciudades de calles hechas de oro que llegaron describiendo los primeros que regresaron a España con Colón. En 1569, Simón de Bolíbar el Viejo (1532-1612), al llegar a Caracas, se cambió el apellido alterando solamente la segunda be por una ve. Y el Viejo debe haber sido, como su célebre descendiente, habilidoso con la pluma porque en poco tiempo logró que se abriera en Caracas el Seminario de Santa Rosa de Lima, donde residiría después la Real y Pontificia Universidad de Caracas, que el Libertador rebautizaría en 1827 como Universidad Central de Venezuela.

         Al final, el revoltoso niño rico se salvó de los halones de orejas de sus sabios maestros de origen humilde.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLIX / 20 de marzo del 2021

 



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lunes, 4 de enero de 2021

Otra maldición de Bolívar [CCCXXXVIII]

Edgardo Malaver




Corona de oro que regalaron los cuzqueños a Bolívar en junio de 1825




El tercer asombro que experimenté en diciembre, cuando me puse a leer los documentos de Simón Bolívar para hablar de sus frases en el habla popular venezolana, fue con la idea extendidísima aquella de que Bolívar era masón. Apuesto fuertes a lochas que todo el que lea hoy Ritos de Ilación ha oído decir, ha pensado e incluso ha creído fielmente que el Libertador pertenecía a este grupo. Según mis observaciones, en Venezuela, todo aquel que ha superado los 30 años de edad y desea impresionar a cualquier interlocutor a quien crea de menor grado de instrucción, ha soltado, entre whisky y whisky, la desdichada frase (que intentaré no escribir más, porque a mí ni siquiera me ha importado jamás si es verdad o no y porque a Bolívar de lejos se le nota que no era importante para él).

Resulta que el 8 de octubre de 1826, desde Ibarra, Ecuador, Bolívar le escribe a Francisco de Paula Santander, que lo sustituye como presidente en Colombia, para responder varias cartas de éste, y en la post data, da su parecer sobre varias personas en Perú, en Ecuador y en Colombia con las cuales deben tener cuidado. Una de estas personas es un tal Flores, que “se ha hecho odioso por los masones”.

Un año antes, el 21 de octubre de 1825, en Potosí, Bolivia, le había escrito también para decirle, entre otras muchas cosas:


Vd. tiene la culpa [de los ataques], porque no los ha sabido tratar por las majaderías de masones [...]. Conmigo siempre están bien, porque los lisonjeo y los sujeto en los límites que me parecen justos. Malditos sean los masones y los tales filósofos charlatanes [...]. Por aquí no hay nada de esto, y los que haya serán tratados como es justo.


Sin embargo, la joya de la corona es un decreto emitido por Bolívar el 8 de noviembre de 1828, en el cual prohíbe las sociedades o confraternidades secretas en toda Colombia, fuere cual fuere su denominación. El decreto ordenaba a los gobernadores y jefes de policía disolver tales grupos y aplicar las sanciones sumariamente, para que nadie tuviera ocasión de alegar nada en su defensa.

Dado todo esto, o Bolívar era contrario a la masonería o se había decepcionado de ella. Es decir, si de veras había entrado en una organización masónica en 1804 estando en Cádiz, había llegado a un punto en que ya no pensaba igual y, porque le parecía nociva para la república, como dice el decreto, se le oponía.

En la carta de 1825 a Santander, le pide que no difunda sus cartas: “No mande Vd. publicar mis cartas, ni vivo ni muerto, porque ellas están escritas con mucha libertad y con mucho desorden”. Como si me lo hubiera dicho a mí, voy a dejarlos descansar de Bolívar. Nos vemos el 20 de marzo.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXVIII / 4 de enero del 2021





lunes, 28 de diciembre de 2020

Maldito el soldado... [CCCXXXVII]

Edgardo Malaver


Perseo con la cabeza de Medusa (1554), de Benvenuto Cellini




Simón Bolívar escribió tanto en su vida que a cualquiera se le ocurre inventar una sentencia de aquellas contundentes y severas, pintarla en una pancarta y firmarla con el ilustre nombre para llevarla a una marcha, y nadie se va a poner a investigar si de veras la frase viene de la pluma del Libertador antes de aprendérsela y repetirla y lanzársela en la cara a quien corresponda —porque a veces parece que sólo para eso sirven las ideas brillantes de Bolívar.

Hace dos semanas, cuando me interné en el Archivo del Libertador para investigar de qué documentos provenían algunas frases célebres que forman parte del habla venezolana, no me imaginé que descubriría que algunas no figuran en ninguno de ellos. Los que hemos ido a marchas y más marchas contra el único gobierno que ha habido en Venezuela desde 1999 hemos leído mil veces, en letras de todos los tamaños, aquella que dice: “Maldito el soldado que vuelve sus armas contra su propio pueblo”. Yo creo recordar haberla oído antes de esa fecha, y quizá por eso me sorprende más no encontrar la frase en ninguna colección confiable de textos firmados por Bolívar, o atribuidos a él, de los cuales debería ser inapelable el Archivo del Libertador.

Siendo así, lo más atractivo de esta afirmación es que ya tiene sonoridad y solidez de sabiduría popular, de proverbio antiguo, infalible. Como en multitud de otras frases de Bolívar, aunque se demostrara un día que no lo es, ésta exhibe, al menos recientemente, un rasgo que no señalé en los dos primeros artículos de esta serie: la contradicción, la paradoja, el sentido circularmente acusatorio de su contenido. Es una afirmación dura que aniquila a cualquier que ejerza el poder y que por ello crea que tiene derecho a ir contra aquellos que le han dado ese poder. Los ciudadanos espetan este reproche al gobierno, que se dice bolivariano de nacimiento y es militar de corazón, cuando los cuerpos de seguridad, e incluso las fuerzas armadas, atacan con armas de fuego a los venezolanos, especialmente a los estudiantes, que se organizan para protestar. Es como devolver a Medusa su mirada petrificante.

Ya no hace falta que la ingeniosa sentencia sea real. Su fuerza cumple con los requisitos que exige la sabiduría popular para ocupar su puesto en la lengua. Tenga en alguna parte la firma de Bolívar o la de un autor anónimo, es cultura venezolana.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXVII / 28 de diciembre del 2020





lunes, 21 de diciembre de 2020

Si se opone la naturaleza... [CCCXXXV]

Edgardo Malaver



El terremoto de 1812 (1929), de Tito Salas



La semana pasada, investigando en el Archivo del Libertador para hablar de cómo sus frases más célebres han penetrado la lengua hablada en Venezuela, descubrí un par de cosas sobre algunas de ellas que vale la pena comentar.

La primera que se me presentó como problema fue una que yo siempre había sentido cargada de arrogancia y temeridad (como corresponde a un espíritu que, de no haber sido temerario, no habría logrado nada de lo que se propuso en su juventud). La imprecación “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca”, que todos los venezolanos nos aprendemos de memoria en primaria (o nos aprendíamos cuando yo estudiaba primaria), tiene antes que nada el rasgo dudoso (que nunca se me había ocultado) de la oralidad. Es decir, cualquiera se da cuenta de que si es una idea lanzada al aire en las circunstancias en que se nos dijo siempre que fue emitida, no puede haber una certeza inapelable de que se haya dicho tal como se la entrecomilla. Ahora resulta que ciertamente no nos habían contado todo (o no lo habíamos averiguado).

El historiador Manuel Bermúdez, para comenzar, incluso niega en su libro Por qué no soy bolivariano (2006) que Bolívar haya pronunciado nunca semejante arenga. No es difícil imaginarse la situación (y la pintura de Tito Salas de 1929 ayuda bastante): tiembla la tierra en Caracas en marzo de 1812, menos de un año después de la declaración de la Independencia, y la gente corre desesperada, llora de miedo, todos buscan a sus seres queridos entre la multitud informe y entre los escombros, levantan los ojos al cielo, la confusión es grande; los religiosos, que se oponen al movimiento revolucionario, gritan por las calles que el terremoto es un castigo de Dios por oponerse al rey, muchos caen de rodillas al suelo y piden perdón. Y en medio de este escenario, ¿van a prestarle atención a este “loco que se creía Simón Bolívar” (Bermúdez, 2006, 34), que se encarama sobre unas piedras a gritarles que hay que luchar contra la naturaleza, que todos saben que es invencible?

Para tratar de aclararnos, vamos a ver, como recomienda Bermúdez, la fuente de donde viene la dichosa frase: el libro Recuerdos sobre la rebelión de Caracas, de médico José Domingo Díaz, que, según unas voces, era amigo de Bolívar y otros revolucionarios antes de 1810 pero lo cierto y verificado es que negó su apoyo al movimiento desde el primer momento. Dice Díaz:


Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas las ruinas, y jamás olvidaré este momento. En lo más elevado encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su rostro estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca” (Díaz, 1829, 39).


¡Bolívar no se dirigía a la multitud desesperada! Se dirigía a una sola persona en un momento en que también él, el futuro Libertador, naturalmente, lucía asustado. Y lo hizo dentro del templo destruido por el sismo, no al aire libre, como hemos creído siempre. Sin embargo, Díaz no puede ser una fuente absolutamente confiable porque todo su libro, escrito y publicado en España, resuma un resentimiento ácido y recalcitrante contra todo aquel que en algún momento se hubiera mostrado a favor de la revolución.

     Hasta aquí, uno puede creer aclarado el asunto, pero hay aun quienes afirman, al leer el relato de Díaz (que es por quien conocemos la repetidísima frase), que en realidad Bolívar no deseaba contrariar a la naturaleza, que era como contrariar a Dios, sino a los realistas, o a sus partidarios, que en ese momento fueron quienes, no bien cesó el movimiento de tierra, comenzaron a utilizarlo para atacar la causa de la Independencia. Estos autores creen que la frase debe haber sido más bien: “Aunque se oponga la naturaleza, lucharemos contra ellos y haremos que nos obedezcan”. Ellos son los españoles, los monarquistas. Ciertamente, suena razonable que así lo expresara el impetuoso Bolívar, pero no hay documento que respalde estas afirmaciones. También parece razonable lo que reflexiona Bermúdez: que si Bolívar se hubiera puesto a arengar así a la gente en medio de aquella fatalidad, lo más probable es que lo lincharan. Además, nadie le habría puesto atención.

Mi conclusión es que José Domingo Díaz es medianamente creíble, no totalmente, pero lo importante aquí es que el apóstrofe de 1812 ha de pervivir en los labios de los venezolanos, aunque sea apenas como retórica, como metáfora de la persistencia, siempre que se encuentren ante un obstáculo, natural o no, que luzca suficientemente grande y tenaz como para complicar sus planes.


emalaver@gmail.com




Bermúdez, M (2006). Por qué no soy bolivariano. Caracas: Alfadil.

Díaz, J.D. (1829). Recuerdos sobre la rebelión de Caracas. Madrid: León Amarita.




Año VIII / N° CCCXXXV / 21 de diciembre del 2020




Otros artículos de Edgardo Malaver:

jueves, 17 de diciembre de 2020

Simón Bolívar en la lengua hablada de Venezuela [CCCXXXIV]

Edgardo Malaver



"Cambiadme, Señor, todos mis dictados
por el de buen ciudadano"



Hoy, a la 1:07 de la tarde, harán 190 años del descenso de Simón Bolívar al sepulcro. A pesar de que no han “cesado los partidos”, estuvo un tiempo tranquilo ahí, pero ya hubo quien alterara esa tranquilidad, y hasta existe ahora una leyenda, copiada de la egipcia, sobre la maldición que condena y persigue a los que presenciaron aquella “exhumación”. Pero no es de eso que vine a hablar hoy porque no creo que pueda estudiarse rigurosamente ese fenómeno. Lo que sí se puede estudiar, y se ha hecho, es la influencia del Libertador en la lengua que hablan los venezolanos. No se pueden dar demasiados pormenores aquí, pero sí hay un par de expresiones de uso común en Venezuela que nacieron de la mente de Bolívar.

Quizá el ejemplo más claro sea la frase que soltamos cuando vemos una situación en que alguien que tendría que estar muy preparado para un trabajo, sobre todo intelectual, no lo está: “Moral y luces son nuestras primeras necesidades”. No es posible no pensar en Bolívar al escuchar esta frase, que aparece en el Discurso de Angostura (1819). Es tan conocida y tan significativa que existen en varios lugares de Venezuela escuelas llamadas “Moral y Luces”.

Cuando los venezolanos se encuentran ante un obstáculo natural, aunque no pretendan sortearlo o se vea claramente que no es posible, dicen, casi sin pensarlo: “Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella y haremos que nos obedezca”, frase que, según la tradición, dirigió el héroe a los caraqueños mientras ayudaba a rescatar heridos del terremoto de 1812. [Autores como Manuel Caballero y Rogelio Altez tienen otra versión del famoso apóstrofe, pero ya nos detendremos en ese detalle en otra ocasión.]

En las miles de manifestaciones que hubo en el 2002, 2007, 2013, 2014, 2016 y 2017 en toda Venezuela, en vista de los abiertos ataques de las fuerzas armadas contra la población, era muy frecuente, durante todo el día, citar al Libertador cuando condena tales atrocidades: “Maldito el soldado que vuelve sus armas contra su propio pueblo”. Aunque no he encontrado la cita en ninguna fuente autorizada, tiene una fuerza y una gravedad típicas de Bolívar. Y aunque se demostrara que no lo dijo él, ya ha pertenecido a la lengua hablada de los venezolanos durante más de 200 años.

Frases de Bolívar hay para todos los gustos: a los periodistas les gusta oír decir: “La primera de todas las fuerzas es la opinión pública”, pronunciada en noviembre de 1817 en Angostura; a los maestros les encanta citar aquella carta que le escribió desde Lima a su hermana mayor en 1824 y donde dice: “Un hombre sin estudios es un ser incompleto”; los militares repiten: “Dios concede la victoria a la constancia”, que aparece en el Manifiesto de Carúpano de 1814; los marxistas aman proclamar: “Un pueblo ignorante es instrumento ciego de su propia destrucción”, del segundo Discurso de Angostura, en 1819; los bolivarianos devotos dicen: “¡Colombianos! Mis últimos votos son por la felicidad de la patria”, de la última proclama de 1830.

Además, como si fueran del Evangelio, las frases de don Simón parecen concebidas para calzar en todas las situaciones de la vida ciudadana, moral y política de un país. Hasta para hablar de la lengua pueden servir. Su uso de la lengua no podía ser otro después de una educación tan esmerada y en medio de un mundo completamente poseído por el romanticismo, incluso en la política. El día de hoy, 190 años después, diríase que el uso y abuso del lenguaje político ha deformado su figura, pero es también la lengua, la que habla la gente común, la que lo mantiene vivo, no otra cosa.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXIV / 17 de diciembre del 2020




lunes, 13 de enero de 2020

Un Bello colombiano (II) [CCLXXXVII]

Edgardo Malaver


 
Platón reunido con sus discípulos en la academia
(mosaico del siglo I)


[He aquí el segundo capítulo, para celebrar el Día del Maestro]
         ¡Los adversarios políticos! En la serie, de joven no tanto, pero de adulto, durante la guerra, en los debates parlamentarios, en las proclamas, Bolívar termina convenciendo a muchos que se le oponen por la fuerza de sus palabras, tanto como por la autoridad que detenta pero que, a fin de cuentas, está fundada en palabras. ¿Y quién ha desplegado mayor habilidad epistolar para reunir a su favor las circunstancias y los pareceres? El mérito de este triunfo, o de este método para llegar a él, es de Bello. También de Rodríguez.
         ¡Y las mujeres! La destreza de Bolívar con las mujeres no puede ser únicamente producto de su inspiración, de su belleza física, ¡de su dinero! Las cosas que parece que les decía tienen que haber sido fruto de sus lecturas literarias, de la reflexión sobre la naturaleza humana y, otra vez, sobre la fuerza de las palabras para mover las emociones a favor o en contra de una u otra razón. ¿Y quién inició a Bolívar en tales lecturas, en tales reflexiones, en tales prácticas? No puede haber sido Bello el único, pero sí tiene que haber sido el más poeta de sus maestros.
         Ustedes recuerdan, ¿verdad?, lo que hizo Albert Camus al oír la noticia de que se le había concedido el Premio Nóbel de Literatura en 1957. Le escribió una carta a su maestro de literatura de la escuela primaria y le atribuye a él todo lo que ha conseguido en ese camino iniciado con él. Bolívar le escribió esa carta a Rodríguez, pero sin duda también Bello la merecía. En la serie, Rodríguez vuelve a encontrar a Bolívar en París y ya no parece corregirlo ni darle más consejos. Bello, al contrario, nunca vuelve a verlo después de 1810, y no se despidieron en santa paz, porque Bello no aprobaba el proceder sinuoso de su pupilo. Sólo cuando este entra en cintura deja de ser un señorito malcriado y se convierte en un estadista, cosa que también era Bello.
         En el fondo de todo esto, entonces, está Bello. Y está Simón Rodríguez, y está el marqués de Ustáriz y el marqués del Toro, está incluso el tirano Bonaparte, pero Bello está en el origen, los demás vinieron después.
         El aniversario de Bello —y ahora el Día del Maestro— es importante por la misión de los maestros en el presente. ¿Es misión de un maestro enseñar a leer y a sumar a un niño? ¿Tiene un maestro que ocuparse de enseñar las capitales de los países y los números en inglés? Sí, pero ¿no es eso demasiado simple para un personaje tan importante en la formación de un niño? La misión tiene que ser superior a eso. Si no me propongo moldear un Simón Bolívar de cada niño, soy un triste maestro. [No vayan a creer los postmodernos sabelotodos que estoy diciendo que hay que educar líderes, porque no se trata y no se ha tratado nunca de eso... como no se trata tampoco del acento que le ponen a un personaje real en una película de época.]
         La polis ideal de Platón debía ser gobernada por “hombres de oro”, los espíritus más luminosos de la ciudad, pero la educación —la paideia, para decirlo con la palabra más precisa— tenía que velar por el crecimiento honroso de estos individuos, porque aun siendo de oro el espíritu puede desviarse en ausencia de educación. Y los efectos de la paideia sobre cada individuo incrementa exponencialmente los efectos sobre la sociedad. Con esa visión parece haber edificado Bello el monumento de su obra.
         Al final, ni la guerra, que es el hábitat de Bolívar, ni la universidad, que es el de Bello, pueden hacerse sin palabras y sin conocimientos. Al final, hayan sido de donde hayan sido nuestros maestros, hayan hablado con el acento que hayan hablado, lo que nos quedan son sus ideas, sus metáforas, sus palabras. Al final, es eso lo que podemos recuperar de su paso por la historia, que es nuestra propia historia: palabras, pero no son sólo palabras, porque ellas han tenido vida, y la vida está por encima de los hechos y de la historia.

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXVII / 13 de enero del 2020




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lunes, 9 de diciembre de 2019

Un Bello colombiano (I) [CCLXXXI]

Edgardo Malaver



Cincuenta y cinco años después, Humboldt aún recordaba
a aquel muchacho enfermizo que vivía para estudiar




         Seguramente por influencia de mi madre, no pasa un 29 de noviembre sin que yo me acuerde de Andrés Bello. Recuerdo con claridad una escena de mi infancia en que, al llamarme ella para almorzar, le contesté que no podía porque estaba leyendo, y después de eso, muchas veces se comentó en la mesa que yo tenía la actitud de Andrés Bello, para quien, según ella, estudiar era más importante que alimentarse; pero no era verdad, porque a mí siempre me gustó mucho comer, aunque sabemos que don Andrés, de joven, sí era más bien frágil y enfermizo, es decir, que se tomaba a pecho que su mente necesitaba más alimento que su estómago.
         Suena a lugar común, y lo es, pero lo cierto es que, según Miguel Amunátegui, discípulo, amigo y biógrafo de Bello, hasta el barón Alejandro de Humboldt lo deja bastante claro cuando, en 1799, le aconseja a la familia del joven poeta moderar el fervor de su trabajo, si querían conservar su salud. Es presumible que Bello estuviera entre los caraqueños que quisieron acompañar al científico alemán a subir al Ávila el 2 de enero de 1800 y que luego se devolvieron a mitad de camino, cansados por una escalada que para él y para Bonpland había sido un simple calentamiento mañanero.
         El punto es, entonces, que el espíritu docente de mi madre me inscribió en la memoria recordar el nacimiento de Bello. Y este año la fecha casi me atrapa viendo la serie Bolívar de Netflix, en la que aparece un Bello bastante curioso para la imagen que tenemos de él, y no sólo en apariencia sino sobre todo en la lengua. Este Bello, interpretado por el actor Nicolás Prieto, es, en primer lugar, alto, musculoso, todo un galán contemporáneo de televisión, de pelo largo y con una barca de cinco días inconcebible para un maestro del siglo XIX; en segundo lugar, pero más impresionante, ¡este Bello habla en español de Colombia! No tenemos derecho a reprochar a los productores que no hayan buscado un actor que fuera tataranieto de Bello y que imitara el acento y las frases que éste usaba cuando era maestro de Simón Bolívar; eso es una necedad. (Me parece ya un logro que los actores que representan a Bolívar adulto, a su madre y a su hermana mayor hayan sido venezolanos y que la actriz de Manuelita Sáenz haya sido ecuatoriana. Lo demás es demasiado pedir.) A mí me llama la atención este Bello de habla colombiana porque, cultural e históricamente, es eso lo que más llama la atención en Andrés Bello: la lengua.
         El párvulo Bolívar, apenas 20 meses más joven que su maestro, era un muchacho presumido, impulsivo e incontrolable, como casi todo niño rico, huérfano y sin idea de lo que desea hacer en la vida. Bello, sin embargo, era un maestro equilibrado, tranquilo, sabio; un maestro —en la serie dicen profesor, que es un título que a Bello no le calza ni con escuadra, como no le calza a Simón Rodríguez— que en 1810 tiene mucho más clara que su predestinado discípulo la situación política europea, el tacto y la cautela que debe tener un diplomático y, por encima de eso, la importancia de la honestidad. Sin embargo, lo importante aquí son las cosas que dice el personaje.
         Cuando Bello le da clases a Bolívar, que lo hace en la academia militar (primera noticia para mí), lo convence de que un líder, un estratega, un hombre culto y de mundo no es nadie si no conoce su lengua y su literatura (y otras) como instrumento para lograr objetivos, para persuadir, para dirigir a su pueblo. Y el personaje Bolívar, capítulos más tarde, da múltiples demostraciones de haber aprendido bien la lección. Siempre que un grupo de soldados quiere, por ejemplo, desertar del ejército para huir del frío de los Andes, que, por orden del Libertador, están atravesando sin camisa y sin zapatos, aparece él, desgranando palabras e ideas como si fuera Demóstenes, Pericles, Cicerón. Y los soldados, el pueblo, hasta los adversarios dudosos siempre terminaban gritando: “¡Cuente con nosotros, general, cuente con nosotros!”. Eso fue obra de Bello.

Seguimos en el próximo capítulo.

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Año VII / N° CCLXXXI / 9 de diciembre del 2019




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