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lunes, 11 de marzo de 2024

Eufemismos de eufemismos [CDLI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Pedro León Zapata (1929-2015)

 

 

 

         Comencé a escribir el artículo de la semana pasada con la idea de hablar de algunos eufemismos, partiendo de uno que oigo ahora todos los días: no manches, güey, pero el texto tomó su propio camino y terminé hablando de la prolongada influencia del español mexicano, sobre todo el utilizado en productos audiovisuales, en el español actual de Venezuela y en general de América.

         Oigo en casa la expresión no manches, güey, unas 20 veces al día. La trae mi hija de 10 años de la escuela, pero también la encuentra en Internet, que la ha llevado a todas partes a una velocidad mayor que las telenovelas y los movimientos migratorios mexicanos. Después de meses de parecerme gracioso que use la dichosa expresión, apenas hoy se me ocurre explicarle que en realidad es un eufemismo (o por lo menos tengo yo la hipótesis de que lo es). Como ya conoce el concepto de eufemismo, le explico de una vez que puede ser una fórmula que pretende esconder la vulgaridad de no mames, la cual, a su vez, es una “suavización” casi imperceptible de no jodas. Quizá sea en realidad traducción coloquial de no bromees, que también es sinónimo de joder, pero no soy tan ingenuo ni quiero que ella lo sea. Me imagino a los niños mexicanos de hace tiempo, como hace mi niña en la actualidad, buscando formas de disfrazar las palabras “maleducadas” que uno les enseña a los niños a no usar. Y me imagino la alegría de encontrar esta expresión que se parece tanto pero no es. “¡No manches, mamá, no es lo mismo!”, habrán dicho los primeros que la usaron.

         ¡Cuántas cosas decimos que en realidad son lo que no deseamos decir! Cuántas palabras hemos aprendido que ya eran “disfraces” que generaciones anteriores habían diseñado para palabras que la educación, la cortesía, el pudor les indicaban que no era adecuado usar en ciertas circunstancias. Pienso, por ejemplo, en caramba, tan inocente que la vemos y resulta que es un “adecentamiento” de otras, mucho menos limpias, como carajo o cipote, que queremos que expresen desprecio hacia alguien, negación o anulación figurada de alguna cosa desagradable, pero primordialmente se refieran al órgano sexual masculino. Son lo que propiamente habría que llamar eufemismos de eufemismos.

         Hubo una telenovela en Venezuela hace un tiempo en que uno de los personajes, que era mecánico, tenía un taller llamado “Toño el Amable”, que era la expresión que más utilizaba el susodicho cada vez que algo o alguien le molestaba. No es difícil adivinar a qué expresión vulgar hacía referencia, que no es un eufemismo, pero me permite reflexionar que, a veces, los hablantes, queriendo crear un eufemismo, simplemente arriban a nuevas vulgaridades en las que, en lugar de cambiar la parte indecorosa u ofensiva de la expresión, cambian otra que puede ser incluso noble y bella. El mejor ejemplo es la sustitución de coño de la madre por coño de la pepa (como sustantivo o como expresión).

         El lenguaje de lo “políticamente correcto” está poblado de eufemismos que puede ser absurdos e incluso más ofensivos que las palabras o expresiones que pretende suavizar, adecentar o despojar de desprecio o discriminación. Quién pudiera mostrarles una caricatura de Pedro León Zapata que una vez vi en El Nacional en que un personaje le decía a otro algo así como: “No, amigo, a mí llámeme negro, que yo no me avergüenzo de serlo”. Y hay también términos “políticamente correctos” que más parecen absurdos eufemismos de eufemismos que reivindicaciones a favor de grupos desfavorecidos. El término trabajadora sexual, por ejemplo, creado para no decir prostituta, que existe para no decir puta, es un eufemismo de otro eufemismo que, a pesar del esfuerzo democratizador, termina siendo muy discriminatorio.

         Los eufemismos son, entonces, unos trucos muy ingeniosos que nos permiten decir palabras que se supone que no debemos decir porque hieren el oído o la sensibilidad de nuestros interlocutores. Y ojalá fueran sólo eso. Las fulanas palabras malsonantes en realidad hablan peor de nosotros que de las cosas que nombran o aluden. En realidad es para cuidar nuestra imagen ante los demás que en algunas situaciones evitamos usar esas palabras, y para esas ocasiones nos vienen bien los eufemismos. Pero la lengua hace de las suyas con nosotros y a veces terminamos necesitando eufemismos de los eufemismos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLI / 11 de marzo del 2024

 

 

 

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lunes, 4 de marzo de 2024

El mexicano nuestro de cada día [CDL]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Dolores del Río y Pedro Armendáriz como María Candelaria
y Lorenzo Rafael, en 1943

 

 

 

         ¿Qué oye uno decir a todos los niños que este año están en primaria, cuando se sorprenden por cualquier cosa? “¡No manches, güey!”, exclaman todo como si les pisaran una tecla. ¿Qué les brota de los labios si se tropiezan con algo que no entienden o que no han visto antes? “¡¿Qué fue, mano?!”. ¿Qué se les escapa cuando quieren escuchar la verdad y nada más que la verdad? “¡La neta!”. A uno no le hace falta haber visto ni una sola película de Cantinflas, ni un solo capítulo de El Chavo del 8 ni una hora del Carrusel de la señorita Jimena, para adivinar que estas y otras expresiones provienen de México lindo y querido.

         No es nuevo. Cuando yo estaba en primaria algunos niños de mi escuela (y supongo que yo mismo) decían de vez en cuando, para bromear (porque así comienza esto, bromeando): “A poco no tienes miedo de que la maestra te descubra la chuleta en el examen?”. Y teníamos una vecina, que había llegado a mi familia una generación antes que yo, que, por influencia de Pedro Infante y de Sara García, ya decía a cada rato: “¡Híjole, mi cuate, qué padre!” cuando mi abuela le servía algún postre muy rico. No es nuevo, pero el mundo ha cambiado varias veces de forma y contenido desde que Dolores del Río y Pedro Armendáriz protagonizaron María Candelaria. Ahora no son algunas personas aquí y tres o cuatro allá que se acuerdan de estas expresiones a tiempo para utilizarlas en su discurso cotidiano. Ahora son casi todos los niños —¡los niños!— los que hablan tan mexicanamente como  si estuvieran creciendo en Tijuana o en Jalisco. Es decir, para ellos esas palabras y expresiones pertenecen a su lengua materna. Las utilizarán toda su vida y se las enseñarán a sus hijos.

         Está claro que el inmenso poder de difusión que tuvo la época dorada del cine mexicano, que influyó en el castellano de la América en que la generación de mi abuela comenzó a ir al cine, a tener sus legendarios “ídolos” de la juventud, a querer parecerse a ellos, y, después, la inmensa influencia de la televisión de El Chavo, La carabina de Ambrosio y Marimar, ha sido superada por el poder, aún no completamente revelado ni comprendido por todos, de monstruos como YouTube y TikTok —o más bien de los youtubers y los tiktokers.

         Y por obra y gracia de algún artilugio incomprensible, de alguna magia cibernética, la inmensa población que “hace” televisión por el torrente de canales que ahora ofrece Internet ha desembocado en la idea de que tiene que hablar como los mexicanos. Quién sabe si se deba que durante décadas y décadas todos los productos audiovisuales que nos llegaban de otros idiomas venían cernidos por el doblaje con acento mexicano. Sí, el que todos se empeñan en llamar “español neutro”, pero que nunca suena argentino ni colombiano, sino mexicano.

         Entonces, si usted vive en un país de habla española, pero no tiene hijos, pídale a un hermano, a una prima, a un amigo que lo invite un día a la escuela de un hijo de ellos a recogerlo al final de las clases. Y con tan sólo estar un rato en la puerta de la escuela —porque si el portero es responsable en la aplicación de las normas, a usted no lo dejará entrar—, será suficiente para comenzar a recolectar las nuevas expresiones que se usarán dentro de 30 o 40 años en su país y que todo el mundo defenderá como las más normales de la variante que habla usted ahora. Y ya verá que serán casi todas mexicanas. Mejor será que las aprenda.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXLX / 4 de marzo del 2024

 

 

 

lunes, 19 de febrero de 2024

Parangaricutirimícuaro [CDXLVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

En Michoacán, después de una lluvia de lava de nueve años

 

 

 

         No hay mucho que decir, aunque sea poco lo que se ha dicho ya. La palabra parangaricutirimícuaro es simplemente un trabalenguas. ¡O quién sabe! Cualquiera diría que no tiene mucho sentido (pero tiene tanto como uno quiera atribuirle) buscarle origen, significado y abolengo. Parece más bien ocioso, y, sin embargo, sí existe una historia y un fenómeno natural y cultural impresionante que ha acompañado, sin que lo sepamos, a esta singular palabra.

         De pequeños seguramente todos nos esforzamos por aprender a decir, a toda velocidad, el trabalenguas parangaricutirimícuaro porque eso indicaba nuestra habilidad con la lengua, aunque en aquellos tiempos la llamáramos, con toda simpleza, inteligencia. Yo, por lo menos, no tenía mucha, porque nunca se me ocurrió averiguar si la dichosa palabra era, por ejemplo, el nombre de una persona reconocida, de un lugar atractivo, de un animal mitológico, nada. Pero he aquí que existió en México, en el estado de Michoacán, un pueblo llamado San Juan Parangaricutiro. En realidad aún existe, pero lo único que podemos ver de él es una enorme extensión de lava ya sólida casi engullendo el campanario y parte de la fachada de la que en el pasado fue la iglesia dedicada al Señor de los Milagros.

         El 20 de febrero de 1943 —mañana serán 81 años—, cerca de San Juan Parangaricutiro, hizo erupción por primera vez el entonces recién nacido volcán Paricutín, que estuvo activo durante los siguientes nueve años y cuyo objetivo parece haber sido únicamente dejar bajo tierra los pueblos de San Juan y Paricutín, homónimo del volcán.



Antes de la lluvia de lava,
el mismo Michoacán

         Gracias a Dios, toda aquella población pudo abandonar los lugares afectados en 1944 y llegaron, a pie, a una antigua hacienda a poco más de 33 kilómetros del volcán. Ahí fundaron Nuevo San Juan Parangaricutiro, que fue reconocido como municipio en 1950, y hoy alberga a más de 21.000 habitantes. Cientos de turistas visitan ahora las ruinas del San Juan Parangaricutiro inicial para impresionarse en primera fila.

                  El nombre Parangaricutiro bien podría verse como un presagio. Proviene, según Antonio Peñafiel (1830-1922), que lo recoge en su obra Nomenclatura geográfica de México (1897), de las palabras tarascas parangari (‘lugar que arde en fuego’) y cutiri (‘pequeño’). Es decir, desde los tiempos de su fundación, en 1533, los indios tarascos adivinaron el destino del pueblo.

         Dado todo esto, nadie duda que el conocido trabalenguas proviene del nombre del pueblo mexicano que ardió en el fuego de la tierra hace ocho décadas. Varias fuentes que consulté afirman que la deformación se debe a la dificultad para pronunciar bien Parangaricutiro al primer intento, lo cual llevó a los mexicanos a agregarle sílabas para simular que trataban de decir un trabalenguas. El resultado es parangaricutirimícuaro, todo un desafío fonético de diez sílabas que es, por si fuera poco, esdrújulo. Más tarde, queriendo torcer más la lengua de niños y turistas, convirtieron el vocablo en verbo y la integraron a una archiconocida fórmula lúdica para dar lugar a esta joya:

 

El pueblo de Parangaricutirimícuaro

se quiere desparangaricutirimicuarizar,

y aquel desparangaricutirimicuarizador

que lo desparangaricutirimicuarizare

gran desparangaricutirimicuarizador será.

 


Comenzar de nuevo con el mismo nombre


         Si tuviéramos un gramo más de este conocimiento sobre cada expresión que decimos, sobre las metáforas que heredamos de nuestros abuelos, sobre tantos trabalenguas que de niños aprendemos, ¿a qué edad nos volveríamos sabios? Cuán breve se haría el camino a las palabras, cuánto nos conoceríamos a nosotros mismos. Y al mismo tiempo, cuánta más placentera sorpresa nos llevaríamos cada vez que conociéramos una nueva o, como hoy, le descubriéramos la parentela a una que creíamos muy conocida.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVIII / 19 de febrero del 2024

 

 

 

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lunes, 31 de julio de 2023

Échame una manita, manito [CDXXIX]

Edgardo Malaver

 

 

Mirla Castellanos en la portada
de un disco de 1962

 

 

 

         Después de El Chavo del 8, todo fue diferente. Me quedó claro que había otro lugar en el mundo donde se hablaba como quien siempre lo está animando a uno a volver a intentar de otra forma lo que no ha logrado, donde a los tontos los llamaban mensos y donde se podían, eternamente, pasar 14 meses sin pagar el alquil... la renta. Muchas cosas tenían otros nombres, aunque era fácil deducirlos siempre, sin necesidad de localización ni de postgrados en variaciones del español. Y, curiosamente, maravillosamente, muchas de las cosas que tenía los mismos nombres admitían derivaciones diferentes. Una de ellas era la palabra mano, que el Chavo, Quico y la Chilindrina podían llamar, muy castellanamente, mano, pero si hablaban de ella con cariño, pues les salía manita, y no manito, como decíamos mi hermano y yo porque en la casa, en la calle, en la escuela le decían así.

         Y entonces me lanzaba yo a atormentar a mi pobre madre, que no tenía ocupaciones ni responsabilidades y que, con su sueldo de maestra de preescolar, pagaba docenas de sirvientes para dedicar todo el tiempo posible de atender y resolver las diatribas lingüísticas del muchachito que le había salido preguntón: “¿Por qué el Chavo dice manita? ¿La palabra no es mano? ¿No es como carro, que termina con o y si es chiquito uno dice carrito?”. Mucho oído, pero cero kilómetros en morfosintaxis. “Ay, hijo, será que en México dicen así. Quién sabe, a lo mejor es porque mano es femenino. La mano, ¿no?”. ¡Claro! ¡La mano, la manita! Mi mamá sí que sabía de morfosintaxis. Es ahora que me pregunta a mí, pero en aquellos días de El Chavo, hasta Andrés Bello le consultaba a ella.

         Si hay algo más que decir con respecto a la razón por la que los mexicanos dicen manita en lugar de manito, es muy poco. Es un sustantivo femenino, y el diminutivo de los femeninos, en español, se forman agregando sufijos como -ita, -illa, -eta, -ina, etceteruela. Simplemente sucedió en el territorio que ahora llamamos México —aunque no dudo que en otros lugares suceda también— que a los hablantes se les atravesó el femenino en la mente en el momento originario en que iban a hablar por primera vez de una mano pequeña.

         Los venezolanos, por lo menos, dicen una foto y una fotico (aunque tres o cuatro venezolanos prefieren fotito), la moto y la motico, esta modelo y esta modelito (más bien infrecuente, ¿verdad?), En el caso de radio (al igual que de disco, o sea, ‘discoteca’), sería bien extraño utilizar, por ejemplo, algunas radiecitos para referirse al medio de comunicación o a una emisora, no al aparato, pero quien prefiere mi médico favorita, no se detendrá en semejante pequeñez.

         También existe un subgrupo de los sustantivos femeninos terminados en o que no tienen versión masculina y aparecen muy poco en el discurso popular: soprano, libido y polio. Esta última, como foto y moto, es en realidad una apócope, y sí parece bien difícil que se le use en diminutivo, cosa que pude afirmarse tranquilamente de las otras dos. Lo que sí es bastante seguro es que, de aparecer, a pesar de su “feminidad” de corazón, aflorarían con diminutivos terminados en o.

         El diccionario, románticamente, nos da la expresión hacer manitas, que significa ‘cogerse y acariciarse las manos’ una pareja. Es la única que incluye con el diminutivo, pero su forma “original”, mano, tiene 36 acepciones y más de 250 expresiones y locuciones adjetivas, verbales y adverbiales, además de las equivalentes a sustantivos y términos fijos. También incluye mano y manito, que provienen de hermano y que, naturalmente, tiene su femenino, mana, cuyo diminutivo es manita. Qué periplo, ¿no?, para llegar otra vez a la palabra que aprendí del Chavo... o a los mexicanos, que también la usan tanto.

         Una expresión que siempre se detiene en mi mente cuando el oído me la trae desde el exterior, echar una mano a alguien, además del significado que pone el diccionario: ‘ayudar a alguien’, es la expresión más clara y noble del compañerismo y de la cooperación desinteresada que puede uno prestar —más bien, regalar— a quien los necesite. Con razón échame una mano, manito tiene un sonido tan a propósito para pedir ayuda a un amigo.

         Habrán sido los despistados, digo yo, los que, paradójicamente, se pusieron detallistas e influyeron para que, en diminutivo, esta palabra pasara del género “hermafrodita” al femenino. No pasa lo mismo que pasa con los sustantivos masculinos que terminan con a, como... ¡Un momento...!, que sí observo que en este grupo, en países como Perú y Bolivia, en unos pocos casos, les cambian a femenino el artículo definido, en singular y plural: la diploma, las diplomas; la tema, las temas.

         La lengua, como cantaba Mirla Castellanos en 1962, “es una tómbola”. Apenas reconoce uno un rasgo que parece uniforme, que podría usarse con la confianza de no “equivocarse”, inmediatamente aparece el ejemplo contrario. Pobre de los hablantes extranjeros.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXIX / 31 de julio del 2023