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lunes, 4 de septiembre de 2023

El Hombre de la RAE y Otrova Gomas [CDXXXI]

Edgardo Malaver

 

 

Los gemelos Malvin (izq.) e Ivan Albright pintan a Dorian Gray 

para una película de 1945. Fuente: Britannica


 

 

 

         Hace casi una semana me he reído un cuarto de hora seguido con un video de José Mota protagonizado por un nuevo personaje de este comediante español: el Hombre de la RAE. No tenía noticias de él desde los tiempos en que hacía con Juan Muñoz el programa Punto y raya, donde muchas veces la lengua era puesta en el centro de la escena para producir situaciones jocosas y, como corresponde a los buenos humoristas, propicias al pensamiento.

         En realidad El Hombre de la RAE no es nuevo, es del 2018, pero yo lo descubrí esta semana. Es una especie de superhéroe, de abogado, de centinela de la lengua española, arropado en una capa negra a lo Conde de Montecristo y con un sombrero, también negro, que parece herencia de Abraham Lincoln. Como todo héroe solitario, lleva consigo a un amigo inseparable, un escudo insustituible, que le sirve de arma, arrojadiza a veces, más poderosa las más de ellas que las armas blancas y las de fuego, forrado en tapa dura negra y título en letras plateadas: el archiconocido Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, de Joan Corominas y José Antonio Pascual, o sea, el Corominas.

         Normalmente entra el personaje en escena cuando alguna persona (que habla por teléfono, que está rompiendo con su cónyuge, que está a punto de morir, que está siendo torturado por unos terroristas) dice una palabra o construye una oración con un error, un ataque, una ignominia contra la gramática de la lengua española. El Hombre de la RAE interrumpe cualquier conversación y ante la protesta de los demás personajes, él se limita a seguir corrigiendo las fallas que van apareciendo. Después todo termina con una coreografía en que, para resumir, el superhéroe se compara, en la defensa de la lengua, ¡con el Cid Campeador!

         No logro dejar de reír al acordarme de esta, para mí, nueva idea de Mota. Y no puedo dejar de conectarla con aquel ingenioso cuento del inmortal Otrova Gomas, que se titulaba “Los fiscales del idioma” (Historias de la noche, 1989) (puede leerlo más adelante en los comentarios). En él, un ministerio de cultura crea un cuerpo de policía específico para identificar, perseguir, atrapar y castigar a los infractores de la ortografía, la sintaxis y hasta la prosopopeya del español en el territorio venezolano. La historia se desarrolla de una manera tal que, después de un tiempo, sobreviene el desastre menos esperado.

         La aproximación humorística a este asunto es quizá la única que produce algún resultado provechoso. Todos los esfuerzos que ha hecho el hombre por eliminar las “imperfecciones” de la lengua que habla (que paradójicamente se ha construido sobre los “errores” lingüísticos de sus antepasados) han estado siempre condenados al fracaso y en él han sido enterrados tarde o temprano. La vida cotidiana se opone, la “ignorancia” de las reglas se opone, la creatividad de los hablantes (especialmente la de los más jóvenes) se opone, las telecomunicaciones se oponen, la influencia de otros idiomas se opone. Y se opone, ¡qué esperanza!, la lengua misma, respaldada por su evolución. El punto en que se han ubicado Gomas y Mota para presentar el “fenómeno” nos permite por lo menos identificar las fallas de otros tratamientos. Nada más comenzamos a reflexionar, nos damos cuenta de que la lengua, todas las lenguas, se conducen cual niños antojadizos y, por ende, no vale sino esperar que crezcan e ir aprendiendo con ellos. No se les puede colgar con un clavo en la pared, como un retrato, y pretender que no sean hoy de una forma y mañana de otra. ¡Ni Dorian Gray logró eso!

         El cuento de nuestro Gomas, como bien podría suceder en los videos de Mota si fueran una historia unitaria, desemboca en el silencio, que es la negación de las bondades de la lengua (aunque también la confirmación de sus riesgos). Pero sabemos que la lengua corta mejor con su filo romo que con el otro, que es el de cortar carne. Como dice la sabiduría popular, se atrapan más moscas con miel que con vinagre. Ambos textos nos llevan a la misma conclusión: que el sinsentido, el absurdo, el reproche a la andadura natural de la lengua, en una palabra, la aplicación insensata y forzosa de las normas, aumenta la proximidad de su fin, exageran la gravedad del mal que se desea evitar y, por si eso fuera poco, envilece la belleza del tesoro que se desea proteger. Mejor es reír.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXI / 4 de septiembre del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 23 de noviembre de 2020

Gente que baila con dos pies y medio [CCCXXXI]

Edgardo Malaver



El sesquipedalismo desnuda al hablante como en una pintura de Henri Matisse. La danza, 1909





Ya habrá entrado usted en un supermercado en que el portero le haya querido visualizar la cartera o el morral [no existe ley que ampare esa irrespetuosa práctica, pero como usted no lo sabe, no se atreve a oponerse]. Ya habrá inicializado más de una vez su computadora. Ya algún funcionario le habrá recepcionado unos documentos sin revisionarlos. Ya usted se ha enfrentado a toda esta problemática y ha sentido que se le tensionan los músculos y se le movilizan las emociones negativas, o sea, se le negativizan. Pues no se deje influenciar, porque esa situación no se puede legitimizar en su emocionalidad

Si fuéramos romanos de la antigüedad, diríamos sin temor a quedar en ridículo, que hablar así equivale a bailar con dos pies y medio. Diríamos que somos sesquipedales, o sesquipedálicos. O sea, sufrimos de sesquipedalismo.

El pie, en la métrica de la poesía griega y latina, era una medida equivalente a muy pocas sílabas (casi siempre dos, casi nunca más de cuatro). En cada pie se marcaban dos tempos: uno hacia arriba y uno hacia abajo. En la poesía acompañada de danza, en la cual el golpe del pie del bailarín en el suelo señalaba el tempo ascendente o descendente, la palabra pes (pedis) terminó dando nombre a cada grupo de sílabas que componía el verso.

Entonces, bailar con dos pies y medio y no con dos, como las personas normales, habría equivalido a alterar el ritmo de la música, de la poesía y de la danza. Por esa razón las expresiones de los hablantes inclinados hacia la sesquipedalia verba son innecesariamente rimbombantes, desmesuradas, pedantes, y, ergo, malogran —al menos alteran, adulteran— la comunicación.

La señal más sonora de sesquipedalismo que encontramos todos los días es la sustitución del verbo abrir por aperturar; pero también es frecuente la de conmover por conmocionar, la de culpar por culpabilizar, la de marginar por marginalizar, la de poner por posicionar. Eso es en la región de los verbos. En el de los sustantivos, florecen permisología en lugar de permisos, impetuosidad en lugar de ímpetu, intencionalidad en lugar de intención.

Mis amigos van a decir que nada me satisface, pero resulta que existe la tendencia contraria: la de acortar palabras que ya tienen una forma acuñada en el habla común: optimar por optimizar, traumar por traumatizar; pero no va ser verdad. Hay dos ejemplos que, a mi juicio, añaden significado a una palabra anterior. Mi preferido es juguetear, que no significa lo mismo que jugar, y el otro es señalizar, que no apunta hacia el mismo lado que señalar.

El sesquipedalismo entonces parece una conducta contraria a lo que uno sabe de teoría lingüística —por lo menos el principio de economía del lenguaje—, pero resulta que también existe lo que podríamos llamar el antisesquipedalismo, y ambas actitudes nos dan datos de cómo es la lengua dentro de la mente de los hablantes.

Los unos, buscando parecer cultos, inteligentes, dueños de muchos conocimientos, en lugar de simplificar lo que desean decir, lo ornamentan, lo prolongan, lo complican. Los otros hacen lo contrario, pero terminan en lo mismo.

Y logran todos lo que lograríamos si bailáramos con dos pies y medio: tropezar, trastabillar con el ritmo y desequilibrar a los demás. En lugar de trastocar, trastornar, transformar las palabras, siempre y con fines tan vanos, habría que recordar el consejo más respetable que nos dejó Henry David Thoreau: “Simplificar, simplificar, simplificar”.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXI / 23 de noviembre del 2020




martes, 27 de noviembre de 2018

Contra el mismismo [CCXXXVI]

Edgardo Malaver



Mafalda lo ha dicho todo


         Como todo lo que se podía decir del mismismo ya se ha dicho, e incluso se ha dicho más, no tengo la ilusión de aclararle nada a nadie. Además, observo que todo el que se decide a escribir sobre este fenómeno siente la necesidad, y sucumbe ante ella, de comenzar o justificándose —disculpándose, en realidad, como quien no ha tenido otro remedio— por actuar como inquisidor de la lengua o declarándose aguerridamente mismismista —porque eso terminan siendo cuando adoptan el mismismo para ridiculizarlo—. No es lo que pretendo yo, ni una ni otra. Eso parece una pelea, y lo que yo tengo con la lengua es un romance, no una pelea.
         Ya se ha dicho: es un fenómeno —así dice un científico: un fenómeno, no un vicio, no una desviación, no una falta— en que se recurre muy frecuentemente al uso de la palabra mismo (y sus variantes de género y número) para referirse a algo que acaba de ser nombrado (sobre todo sustantivos y adjetivos, parece). Se dice, por ejemplo, “El gobierno ha cerrado algunas emisoras de radio debido a que... —y aquí siente que sería pecaminoso y abominable volver a decir emisoras de radio, pero se da cuenta de que afortunadamente aún tiene tiempo de cambiar a...— las mismas han cometido numerosos delitos contra la estabilidad de la patria”. ¿Le suena?
         Existe —no sabemos por qué, pero no nos preguntamos, mucho menos investigamos si tendrá sentido—, una especie de prohibición de utilizar dos veces una misma palabra en un párrafo. Y es mucho peor —es decir, condenable— si aparece tres, cuatro veces, y digno de castigo cuando es en la misma oración. No sabemos por qué está como prohibido, por qué está mal, por qué nos lo reprochan, pero urge evitarlo. Bueno, sí lo sabemos: la escuela y su empeño en deseducarnos nos repiten desde que aprendemos a escribir la a que hay que preferir la muerte antes que incurrir en esa repetición. (Eso hace la escuela, pero lo hace sobre todo el empeño en deseducarnos, uno lo comprende más tarde.) Ante semejante alternativa, alguna estrategia hay que procurarse para eludir la horca, ¿no?
         El problema, ergo, no es propiamente el mismismo, que alguna vez debe ser útil para algo. El problema es el deseo incomprensible de aparentar que hablo bien, bonito, educado, cuando ni yo mismo logro ver con claridad lo que intento decir. Si en ese intento, no hago más que ponerme obstáculos a mí mismo, si en lugar de simplificar, produzco oraciones más complejas, invento atajos y desvíos para llegar a home sin pasar por tercera, lo más probable es que nadie me entienda, que es la principal razón por la que uno habla. Y eso no es hablar bien. Además, ese “hablar bien”... ¿qué es? ¿Qué hace falta para hablar bien? ¿Ser Andrés Bello?
         En contra de lo que piensa mi hermana menor, lo que deseo no es corregir a nadie, lo que deseo no es que la gente hable como yo. Uno no tiene derecho a desear eso. Que cada quien hable como se lo dicte y se lo permita su personalidad, su visión del mundo, la cultura en que vive. Diría Joan Manuel Serrat: “que se haga lo que está mandao y que no mande nadie”. Sería fantástico.
         En realidad no estoy en contra del mismismo, estoy en contra de la ultracorrección, del parecer lo que no se es, del deseo de sonar mejor de lo que se suena por dentro, porque nos parece que está mal sonar como sonamos. Si usted quiere sonar como si hubiera estudiado mucho, estudie mucho. Cambiar una palabra por otra no le va a funcionar, no va a sonar bien. Si nos limitamos a eso, terminaremos diciendo como Mafalda: “¡Sonamos!”.

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXXVI / 27 de noviembre del 2018



Otros artículos de Edgardo Malaver:

Ilación

Perú (III)

Perú (II)
We will come back

Hayaca

 


lunes, 16 de junio de 2014

Confusión remota entre 'b' y 'v' [XI]

Luisa Teresa Arenas Salas


     ¿Cómo dices tú: [benesla] o [venesuéla]?
     ¿Cómo debe decirse: [benesuéla] o [venesuéla]?
     ¡Pon atención a lo que dice la gente a tu alrededor! ¡Escúchate a ti mismo y observa tu pronunciación! ¿Cómo pronuncia la gente la letra <v> chiquita, <v> de vaca, como la llamamos en Venezuela, o letra uve, como se recomienda en la última edición de la Ortografía de la lengua española (2010)? Anota cuántas veces escuchas que pronuncian la <v> como bilabial [b] o como labiodental [v]. Compara tu observación con la argumentación que a continuación escribo.
     No existe en español ninguna diferencia en la pronunciación de las letras <b> y <v>; ambas representan el fonema bilabial, oclusivo, sonoro, oral /b/. ¿Por qué?, se preguntarán muchos de ustedes. Porque la articulación labiodental de la <v> no es propia del sistema fonológico del español. Pronunciarla así: [viviénda] es “un error que comenten muchas personas por un equivocado prurito de corrección” (RAE, 2010: 92), basado en recomendaciones que en el pasado se hacían en la Ortografía y la Gramática de la Academia. O también por imitación de otras lenguas como el inglés y el francés, en las que la pronunciación labiodental sí es propia. Esta confusión remota existe, a pesar de que en el Diccionario de autoridades (1726-1739) se reconoce que “los españoles no hacemos distinción entre estas dos letras”.
     Ahora bien, si tu hábito lingüístico es la pronunciación labiodental de la <v>, no te angusties, es parte de tu idiolecto producto de esa confusión que viene de tu tránsito por la escuela, en la que tus profesores de español insistían (y aún insisten) en la pronunciación labiodental de la <v>, bien sea como recurso mnemotécnico para la correcta escritura o simplemente para hacer real distinción entre los dos grafemas. También, actores, personalidades de la televisión y hablantes quienes, pretendiendo mostrar una buena dicción, caen en el vicio de la ultracorrección. Se inicia, pues, para todos, un proceso de reaprendizaje.
     Ahora tienes el conocimiento: “la pronunciación correcta de la letra <v> en español es idéntica a la de la letra <b>, por lo que no existe diferencia de pronunciación en nuestro idioma entre palabras como bello [béјo] (hermoso) y vello [béјo] (pelo)” (RAE, 2010: 92), bota [bóta] (calzado) y vota [bóta] (acción de depositar el voto). ¡¿Cómo diferenciarlas, entonces?! La respuesta a esto podría ser tema de otro Ritos de Ilación.
     Lo que sí no debe hacerse, queridos y respetados colegas lectores, es obligar a nuestros pupilos a una pronunciación labiodental de la <v>, pues, “sin querer queriendo”, por falta de conciencia de lo comunicado aquí, sostenemos esa remota confusión en el aula, pretendiendo mejorar la ortografía. Ahora, apreciados lectores, especialmente mis colegas docentes y locutores, les digo: [benesla], [bída], [abentúra], [bitalidád]... es la pronunciación correcta de las palabras Venezuela, vida, aventura, vitalidad, en cualquier situación de habla sea esta formal o informal.

Bibliografía
Real Academia Española (2010). Ortografía de la lengua española. Madrid: Espasa.

ltarenas13@gmail.com



Año II / Nº XI / 16 de junio del 2014