lunes, 20 de octubre de 2025

José Gregorio escritor (I)

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La multiplicación de los panes y peces
(1897), de Arturo Michelena

 

 

         Muchas veces pensé en las últimas dos décadas, o más, que nunca lo vería, es más, que nunca llegaría a suceder. Ha pasado más tiempo en otros casos, con más obstáculos, menos fe quizá —aunque parece que nunca menos esperanza—,tanta gente ha muerto sin ver cumplido tamaño anhelo, que alguna vez me dije: “Si va a suceder, será cuando mis nietos sean ya ancianos, quién sabe”. Pero el día finalmente llegó y fue ayer. Ayer, en la Plaza de San Pedro de Roma, el médico venezolano José Gregorio Hernández Cisneros (1864-1919) fue declarado santo de la Iglesia Católica.

         No es que los venezolanos hayan esperado hasta ayer para amar y respetar a este conciudadano hasta el extremo, pero ahora puede, con apego a las normas, tener la vida del doctor Hernández como ejemplo de conducta virtuosamente cristiana e incluso de heroísmo en la vivencia del amor a Dios y a los semejantes. Ahora está permitido hacer con él lo que desde hace siglos y siglos se hace con personajes que, en algunos casos, debido a la falta de información precisa y confiable, incluso se duda de que hayan existido: venerarlo en los templos católicos. Ya comenzarán a aparecer parroquias que lleven su nombre, quién sabe si esta misma semana.

         Lo que no se duda en absoluto —ni siquiera lo dudan los que no dan ni un centavo por los asuntos de la fe— es que José Gregorio Hernández haya sido una mente brillante y disciplinada, un científico respetadísimo en su época y un intelectual que no se dejaba engañar por los artificiales límites que el hombre moderno quiere ver entre las ciencias y las humanidades. Y su amor e interés por todo lo humano era de tal dimensión que, además de todo, también era escritor. Sí, escritor, como Gallegos.

         En el año 1912, José Gregorio —perdón, es que en Venezuela casi nadie lo llama de otra forma, ni siquiera en ambientes formales o académicos—llegó a publicar por lo menos tres cuentos en la prestigiosa revista cultural El Cojo Ilustrado, de Caracas: “Visión de arte”, “En un vagón” y “Los maitines”. De una vez les manifiesto que los tres exudan poesía, los tres se ciñen a la estructura esencial del cuento, los tres se adentran en el espíritu humano buscando diferentes rasgos y encontrando siempre al final... a sí mismo.

         El narrador de José Gregorio está, como él mismo, buscando a Dios, naturalmente. En “Visión de arte”, de los tres cuentos el primero en ser publicado, en junio de 1912, el protagonista (y narrador en primera persona) parece al principio estar escribiendo un libro. “Tomé la pluma”, dice al iniciar el relato, “y escribí con desencanto: ‘Capitulo segundo. El arte’”. A partir de esta imagen, el lector no acertaría a identificar en qué momento se funde la realidad del personaje con la ilusión de unas escenas que el narrador llama “fantásticas” y que inicialmente pueden traernos a la mente el comienzo  de “El cuervo” de Edgar Allan Poe. Más adelante por las escenas majestuosas y gloriosas desfilan personajes que recitan la Ilíada en voz alta, inscripciones que podría haber escrito Virgilio, coros celestiales que parecen tomados del Apocalipsis, voces que le indican al personaje qué hacer a cada paso en una especie de región etérea y onírica.

         La “visión del arte” que presenta José Gregorio en este cuento no se limita a la elevación de la musa clásica de griegos y románticos, pues incluso hay una escena que parece típicamente caraqueña en que un “granuja” vocea números de billetes de lotería. No hace falta esforzarse para ver en este pasaje a Panchito Mandefuá y la humildad de su vida, recompensada con la cena celestial.

         No tarda en aparecer la imagen de Jesucristo en la escena de la multiplicación de los panes y los peces. Jesús levanta los brazos al cielo en actitud de dar gracias al Padre, mientras en la mente del lector se dibuja el cuadro de Arturo Michelena que retrata aquel episodio. El protagonista es arrebatado a sitios para mostrarle todo el poder que posee como creador de belleza, y más tarde se le dice: “No tienes tiempo que perder”.

         El cuento, de forma metafórica, presenta a un José Gregorio Hernández que se siente artista e igualmente escucha la llamada de la fe, que parece desear que arte y fe converjan en una vida provechosa para él mismo y para los demás y, además, sea digna de los dones que ha recibido. Aunque el narrador termina describiendo todo aquello como una “simple visión imaginaria producida por el cansancio”, ni el texto ni la vida del autor se queda en el arrebato, sino que aterriza en la única realidad de que dispone: la vida asociada a un trabajo, a un camino, a un servicio que le permite realizar una obra y ofrecer sus frutos a todos.

 

[La semana que viene comentaremos el segundo cuento:

“En un vagón”.]

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIX / 20 de octubre del 2025