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viernes, 14 de octubre de 2022

¡Tierra! ¡Tierra! [CCCXCVII]

 Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Allá, capitán. Ilustración de la Real Academia 

de la Historia de España


 

 

         A mí, lo que me atrajo de este grito, cuando lo leí en el libro de lectura de cuarto grado, fue que difería de lo que siempre oía yo en las películas, que era “¡Tierra a la vista...!”. Todavía me estoy preguntado por qué aquel cuento pretendía, en apariencia, sonar original, diferente, fuera de lo común. Si era para llamar la atención, conmigo lo logró al primer intento. Necesité años y años de reflexionar sobre esto para darme cuenta, hoy, de que gritando “¡Tierra! ¡Tierra!” en lugar de “¡Tierra a la vista...!”, al menos en la distancia del tiempo y el espacio en que yo lo veía, Rodrigo de Triana sí denunciaba la desesperación que ya se vivía en el barco, que ya ponía en peligro la vida del capitán, además de la sorpresa de encontrar, después de muchos días infructuosos, lo que buscaban. Y también se oye en su grito la alegría de ver que aquel viaje de locos estaba por terminar... aunque en realidad no fuera así.

         Otra cosa que podemos pensar de la particular repetición que lanzó De Triana aquella mañana de octubre es la expectativa de ser él quien se ganaría, no únicamente los 10.000 maravedíes que habían prometido los reyes que darían al primer marinero que avistara las Indias (o las Chinas o los Japones). Don Cristóbal había prometido igualmente, días antes, un jubón de seda, que por lo que parece, de vuelta a España, sería de mucho lucir.

         Sin embargo, quien ha leído el Diario de a bordo de don Cristóbal, sabe que la noche anterior al avistamiento, el capitán había visto en la distancia unas “candelillas” que le parecían a él, aunque menos a sus colaboradores, indicio de actividad humana en territorio seco. Y aun antes habían ido encontrando en la superficie del mar diversidad de hojas, palos y otras cosas, incluso un trozo de madera labrada y con una pieza metálica, que implicaban la cercanía de una costa. O sea, el descubrimiento de América fue, más que un acontecimiento, un tránsito, un recorrido que se tomó días, no fue repentino —y en realidad llevaba años en el horno, por lo que sabemos de las peripecias de don Cristóbal para lograr el dinero necesario—. Mas, aunque el diario del capitán dice claramente que fue De Triana quien vio por primera vez la isla salvadora, se sabe por documentos posteriores que el premio se lo llevó Colón.

         Además de esto, a aquel marinero que se subió al palo mayor para verificar que se acercaban a tierra se refieren en los documentos con varios nombres: Rodrigo de Triana (o más bien “un Rodrigo”, que quizá era “Rodríguez” debido a un error del escribiente y que decía ser de un lugar llamado Triana), Rodrigo Pérez de Acevedo, Juan Rodríguez Bermejo (el único de los hombres de Colón que, según varios autores, procedía del municipio de Lepe, de donde era De Triana), “el marinero de Lepe” o simplemente “el lepero”. Es decir, en esta historia existen tantas dudas e imprecisiones con respecto a tantos detalles que hasta existe la duda de que realmente haya existido el histórico muchacho tan simpático que siempre me ha caído a mí— que lanzó el grito de “¡Tierra! ¡Tierra!”.

         Al final, decepcionado por la injusticia que se le había hecho, y harto del alboroto en que se había convertido aquel asunto de las Indias, según la narración de sus compañeros de expedición, De Triana se alejó de la marinería, se fue a África a perderse en ella, y llegó a “abjurar de la fe”, que no es poca cosa. En Lepe, sin embargo, hay estatuas en que se le representa señalando hacia Guanahaní. Y en el escudo del municipio aparece dentro de su cesta del mástil, dueño así de la memoria y el orgullo de su pueblo.

         También yo pienso en él y en la única palabra suya que quedó escrita, la misma dos veces. Cada vez que hago un descubrimiento, aunque sea, como en el caso de Rodrigo, la constatación de algo que ya otros —o yo mismo— habían observado, encontrado, descubierto, recurro al grito marinero que cerró la Edad Media y nos introdujo en la Edad Moderna: “¡Tierra! ¡Tierra!”. Era viernes.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCVII / 14 de octubre del 2022

 

martes, 23 de noviembre de 2021

Ochocientas velitas [CCCLXXI]

Edgardo Malaver

 

 

 

Alfonso X el Sabio, el primer defensor del “castellano derecho”

 

 

         A uno le cuesta siempre encontrar al menos un poco de información sobre sus bisabuelos, y mucho más sobre sus padres y sus abuelos. Cuando se tiene la suerte de tener una abuela que se interesa en esas cosas, es uno el que tarda años y décadas en darse cuenta de la importancia de esa información, patrimonio ignorado por la mayoría, y para entonces la abuela ha comenzado a perder facultades, le falla la memoria, se fatiga de nuestras preguntas, se desvía hacia otros recuerdos, mezcla datos reales con hechos imaginados, con dudas, con cuentos que contaban sus propios viejos, y llega el momento en que son tantas las preguntas e hipótesis que nacen en nuestra mente y son tan pocas las respuestas que conseguimos, que es mejor lanzarse en el mar de la ficción e imaginar un mundo que sea, para robarle miel a la literatura, como quisiéramos que haya sido.

         Imagínense ustedes la oscuridad, la vaguedad que podemos encontrar si tratamos de rastrear un antepasado que cumple 800 años de nacido. Por fortuna, este antepasado fue rey de Castilla, de modo que hubo en su tiempo, y ha habido desde entonces todo el tiempo y hay aún hoy, gente que se ocupa de investigar con seriedad la vida pública y privada del personaje, su contexto, su reinado, su descendencia, sus anhelos... y su obra. Y la obra de don Alfonso X el Sabio es precisamente lo que más nos interesa de él 800 años más tarde. Si Alfonso el Sabio no se hubiera empeñado hace tanto tiempo en convertir su forma de hablar y la de sus súbditos en una lengua capaz de expresar toda la ciencia y el arte, la historia y la filosofía existentes en su tiempo, no habría recibido el apodo de “el Sabio”, quizá ni siquiera recordaríamos su nombre de pila, mucho menos su fecha de nacimiento: 23 de noviembre de 1221.

         De los reyes de Castilla del siglo XIII, que es cuando comenzó el castellano a transformarse en lengua estándar, afirma Inés Fernández Ordóñez que ninguno destaca como Alfonso X, coronado en 1252, pues él institucionalizó “el uso del castellano y [promovió] la creación de una serie de producciones textuales sin parangón en su tiempo” (2009, p. 1). Desechando la práctica de todo el mundo “civilizado” de escribir en latín aunque se hablara ya alguna lengua vulgar, Alfonso decretó para su pequeño reino que las comunicaciones de todo tipo se hicieran en “castellano derecho” —“derechura” en la cual el primer y principal artífice sería él mismo.

         La escritura en lenguas locales, explica Fernández Ordóñez, comenzó en la primera mitad del siglo XIII, cuando Alfonso era un niño. En el reino de León se hablaban variedades que hoy se llamarían gallego-portuguesas y astur-leonesas; en Castilla, variadas formas de castellano, no una sola, repartidas desde el este hasta el oeste del reino; en Navarra, el vascuense y una modalidad navarro-aragonesa, y en Aragón, aragonés y catalán. Que una de esas limitadas variedades lingüísticas se haya desarrollado hasta llegar a cubrir una gran parte del territorio no conquistado por los árabes se debió, antes que a otras causas, a decisiones reales y al trabajo intelectual que realizaba y dirigía personalmente el propio rey. No parecen existir muchas evidencias confiables de que Alfonso el Sabio haya escrito todos los textos que se le atribuyen, pero sí está establecido que todo el trabajo que hacían los redactores, recopiladores, traductores, poetas, artistas, filósofos, historiadores, médicos, matemáticos, juristas e incluso lo que hoy llamaríamos astrólogos que trabajaban para él era planificado y pasaba por las manos y los ojos de Alfonso, que le hacía modificaciones y aportes, unos más creativos que otros, a veces de forma, otras de fondo (Arconada y Páez, 1971). “A cargo del soberano corrió, pues, la tarea de dar al vasto volumen de los materiales reunidos dirección, unidad y estilo” (p. 230).

         Nada más coronarse, Alfonso X inicia la reorganización de la célebre Escuela de Traductores de Toledo, que ya había hecho trabajos para él. Esta no era en realidad una escuela compacta en sentido estricto, sino más bien una “oficina” que había dado a Europa versiones en latín de magníficas obras filosóficas y poéticas de la cultura árabe. Alfonso redirige a aquel grupo, que incluía sabios y traductores árabes, hebreos y cristianos, hacia las lenguas vulgares, con privilegiado favor hacia la castellana, y los concentró bajo su autoridad como recopiladores, ordenadores, exégetas y productores de material literario y científico, todo con el propósito de difundir este conocimiento expresado en “vulgar e plano lenguaje”, a decir del propio rey.

         Detalle importantísimo es que, a partir de Alfonso, los traductores de Toledo abandonan la práctica de traducir a la lengua vulgar y luego traducir al latín, lo cual, por cierto, exigía un equipo de hasta cuatro personas que casi nunca hablaban todas las lenguas involucradas. Este salto, respaldado por el prestigio del monarca poeta, sirvió de inspiración para autores de generaciones siguientes que comienzan a escribir su obra prescindiendo del latín.

         Más de un investigador de la vida y obra del rey Alfonso, incluso Alan Deyermond, quizá el más detallista de todos, aseveran que la elección del castellano como lengua para la erección de su obra cultural fue una decisión política y no de otra naturaleza. “La lengua romance del siglo XIII, derivada del latín vulgar”, dice José Miguel Carrión Gutiérrez, “era una lengua popular, con un léxico muy reducido y una gramática tosca: en definitiva, era la lengua creada y usada por la gente ‘menos alfabetizada’” (1997, p. 104). Esa lengua, sin embargo, parece haber estado creciendo, gracias a la empresa cultural de Toledo, que es lo mismo que decir gracias a la traducción. Lo más probable es que, como asegura Deyermond, el castellano fuera lo que proporcionaba un coherente elemento común que mantenía cohesionadas a las mentes más brillantes de la época: judíos, árabes y cristianos, que en el reinado de Alfonso, a pesar de las diferencias raciales y religiosas, pudieron trabajar juntos.

         Se entiende en general que en el terreno político, el reinado de Alfonso X el Sabio no fue precisamente exitoso. Se le criticaba, por ejemplo, que incluso descuidó derechos hereditarios que lo habrían hecho más poderoso por estudiar las estrellas, indagar en la historia y leer y escribir poesía. No fue quizá el gobernante más habilidoso, pero presidió un esfuerzo cultural que aceleró enormemente el proceso por el cual la lengua romance hablada en Castilla alcanzaría más tarde su carácter de lengua estándar y, luego, pronto, de lengua literaria. No habrá resuelto a tiempo el siempre espinoso problema de la sucesión entre sus descendientes, pero creó cantidad de neologismos, introdujo mayor soltura sintáctica en la frase, hizo avances notorios hacia “las finuras de la subordinación” (Arconada y Páez, 1971, p. 231), fijó la grafía de muchas palabras.

         Hoy, exactamente 800 años más tarde, cual si se tratara de un bisabuelo cuya partida de nacimiento se ha perdido pero que nos ha dejado en herencia más libros en la sala que dinero en el banco, más palabras sabias en la memoria que propiedades costosas en el sur de Francia, tendríamos que brindar en su honor esta noche, tendríamos al menos que aplaudir al pronunciar su nombre.

         ¡Salud, don Alfonso!

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Referencias bibliográficas

Arconada, L. y Páez, R. (1971). Historia y antología de la literatura española con referencias a la universal. Caracas-Madrid: Mediterráneo.

Carrión Gutiérrez, J.M. (1997). Conociendo a Alfonso X el Sabio. Murcia: Editora Regional de Murcia.

Deyermond, A. (2001). Historia de la literatura española (vol. 1: La Edad Media). Barcelona: Ariel.

Fernández Ordóñez, I. (2009). “Alfonso X el Sabio en la historia del español”. Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. Descargado de http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc5b0k8.

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXI / 23 de noviembre del 2021

 

 

 

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lunes, 11 de octubre de 2021

OCTOBRIS, October, 12 de octubre [CCCLXIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

Como buena enredadera, el español
sigue creciendo en América

 

 

 

         Lo primero que he de decir sobre la etimología del nombre del presente mes es que, según la fuente que uno consulte, o es muy aburrida (como la de otros meses de los que hemos hablado este año) o demasiado complicada. En unas dice, escuetamente, que es derivación de OCTOBER, ‘octavo mes’ en latín; pero otras enrevesan la cosa de tal manera que uno pierde el hilo (y, como saben, la tradición no me permite ese lujo). Además, desde el mes de FEBRVARIVS estoy esperando para hablar de OCTOBRIS, porque es una palabra que me atrae y resulta que es la menos frecuente en la bibliografía. Así que este mes, no vamos a entretenernos con la etimología.

         ¿Qué se celebra en octubre que tenga que ver con la lengua española? Pues, lo único que encontré en mi calendario de mesita de noche fue el Día de la Raza... oh, perdón, el Descubrimiento de América... ¿Tampoco? Llamémoslo entonces Día de la Lengua Española en América. El 12 de octubre de 1492 sucedió un hecho que habría de salvar a España de aquella mala idea de Isabel la Católica de expulsar a los árabes y los judíos de su territorio (a menos que quisieran convertirse al cristianismo). Error porque esa medida cortó con sus propias tijeras un flujo de dinero que mantenía al reino a flote. Y ya saben ustedes de la adicción de los reyes al dinero. (Perdón, no logro derrotar mi tendencia a la generalización.)

         Ese mismo año, unos meses después, un italiano que había logrado el apoyo de la reina llegó a las costas de América y declaró aquellas tierras (que él no sabía que eran tan grandes como son) propiedad del Estado español. Y con esto, sembró en ese suelo una enredadera que se expandiría por todo el continente (y como buena enredadera, sigue creciendo hoy). El idioma de Castilla, de la reina y del pueblo, se apropió de los territorios de América del Norte (eso fue después que ahí se habló inglés, pero, otra vez, ahora cada día se habla más español), de América Central (hasta en Belice se habla español), de América del Sur (toda la costa caribe, la pacífica y la mitad de la atlántica) y de la América antillana (tres de las cuatro islas más grandes hablan español).

         Mañana en la tarde, cuando los que viven cerca de la playa oigan a un loco gritando “¡Tierra, tierra!”, sepan que es la primera palabra castellana que oímos de aquel lado del mundo y hagan espacio en sus muelles para tres barquitos con nombres de mujer. Ah, y simulen, al recibir al capitán, que hablan latín, para que esta vez no crea el pobre que ha llegado a Japón.

         Mañana, para contradecir a un mar océano de gente inconforme, sí habrá algo que celebrar. Mañana vamos a celebrar la llegada del idioma español a la tierra donde mejor se alimentaría y donde fructificaría más allá de lo imaginable.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXIX / 11 de octubre del 2021

 

 

 

 

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lunes, 12 de abril de 2021

Una palabra de ida y vuelta [CCCLII]

Luis Roberts

 

 

 

Helio Pedregal interpreta en la serie Carlos, rey emperador (RTVE)
al elegantísimo Señor de Chièvres

 

 

         Hoy quiero compartir con ustedes la historia de una palabra, una historia que estoy seguro de que les sorprenderá, como me ha sorprendido a mí. Es la historia de una palabra de ida y vuelta. Ya verán por qué.

         A la muerte de Fernando de Aragón, el futuro emperador Carlos se embarca en Gante y llega a España el 17 de septiembre de 1517 para hacerse cargo de sus dominios. Al frente de su séquito, compuesto únicamente por flamencos y borgoñones, se encontraba Guillermo de Croy, señor de Chièvres (Bélgica), a quien el emperador Maximiliano, abuelo de Carlos, le había nombrado su tutor a la edad de nueve años. Carlos llega a España con 17 años. El señor de Chièvres, como toda su corte flamenca, fue recibido con muchas reticencias e incluso hostilidades, por la corte castellana. Razones no les faltaban pues una de las primeras cosas que hizo fue nombrar a su sobrino de 20 años, también Guillermo de Croy, arzobispo de Toledo.

         Sin embargo, el señor de Chièvres también tuvo sus admiradores y aduladores, pues en una corte sobria hasta el aburrimiento como la castellana, en la que el color protocolario era el negro, Monsieur de Chièvres, traía con él una buena y colorida colección de los paños y telas de Flandes. Pronto se pasó de los comentarios críticos a algunos de los más vanguardistas que se propusieron vestirse como él, dando rienda suelta a los colores y esa moda pronto tuvo un adjetivo y un sustantivo: ir a la Chièvres, estar como Chièvres o, sencillamente, estar Chièvres. Tanto sustantivos como adjetivos equivalían a bello, colorido, moderno, bueno, etc. Ahora, a los que hablan francés les pido que se olviden de la correcta pronunciación, y lo digan como un castellano del siglo XVI, o del siglo XXI, da lo mismo. Con la s muda nos quedamos con chievre un paso, muy corto, más, y nos topamos con chévere. Y llegamos adonde queríamos llegar: el origen de la palabra chévere. El señor de Chièvres murió y su rastro desapareció de España así como la palabra chévere, que, sin embargo, arraigó con fuerza en el Caribe, cada vez con más acepciones y todas positivas.

         Pero ¿por qué digo al principio que es una palabra de ida y vuelta? Pues porque gracias a los culebrones venezolanos, hoy la palabra chévere se ha incorporado al léxico de muchos españoles peninsulares. Cosas veredes, Sancho.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 


Año IX / N° CCCLII / 12 de abril del 2021

 

 

 

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lunes, 8 de marzo de 2021

El ladino sefardita [CCCXLVII]

Luis Roberts



Sefardíes jugando ajedrez, ilustración del Libro
de los juegos (1283), atribuido a Alfonso X el Sabio





         Ante todo, perdonen que inicie este artículo con una anécdota personal, pues viene al caso. Hace muchos años, muchos, estaba yo en Israel en viaje de trabajo-placer con mi socio y amigo, que era un judío franco-argentino, y una vez cumplido el trabajo en Tel Aviv, fuimos a Jerusalén, donde vivían su hermana y su esposo. La primera noche nos llevaron a un sitio que era algo más parecido a una cave francesa que a una discoteca de bola, donde cantaba un genial judío yemení en el idioma que fuera, preguntándonos a cada uno de los que nos sentábamos en las mesas de dónde éramos para cantar una canción típica de ese país, sin acento alguno. Al rato, una preciosa muchacha que se encontraba cerca de mí, en una numerosa mesa cerca de la nuestra, se dirigió a mí, en un extraño español, pero que yo entendía perfectamente, preguntándome que de dónde éramos, ya que hablábamos español. Bailamos y yo no sabía qué me tenía más excitado, si estar bailando con una bellísima teniente de la Fuerza Aérea de Israel que había entrado varias veces en combate, según ella me dijo, o el hecho de que nos entendiéramos tan bien en castellano y ladino, una especie de koiné improvisada, pero ayudada por el Arcipreste de Hita, José Álvarez Gato y otros. Y nos entendimos muy bien. Y yo había descubierto de boca a oreja el ladino sefardí, de una musicalidad indescriptible. A raíz de esa experiencia me aficioné un tiempo a leer poemas y oír canciones en ladino. Al final les pongo algunos enlaces a canciones sefardíes en YouTube, pero hay centenares, a cual más bella.

         El ladino, o “muestra lingua”, como la llaman los sefardíes, es la lengua que hablaban los judíos en España hasta su expulsión en 1492 por los Reyes Católicos. Sefarad, de donde viene sefardí o sefardita, era el nombre que le daban los judíos a España desde los propios textos bíblicos. No olvidemos que para los judíos ortodoxos el hebreo era un idioma que se podía utilizar sólo para hablar con Dios, o con Ds, como se ve en el Talmud, para no pronunciar su nombre; así, en España hablaban el ladino, una variante del castellano, y en el norte de Europa el yiddish, una variante del alemán. Hoy que el hebreo es ya el idioma oficial de Israel, los ultraortodoxos, los jasidistas del Mea Shearim, cabezonamente, se niegan a hablarlo y siguen hablando yiddish, y hay una minoría que usa el ladino, como en Turquía, Armenia, Siria, Yemen, etc., más por tradición familiar que por razones religiosas. También pongo al final un enlace con un magnífico artículo de la sefardí Viviana Rajel Barnatán Gini, publicado en Verne: “El trezoro de la lingua djudeo-española”, donde encontrarán, además de más información, enlaces con periódicos, blogs, etc., que se publican en ladino.

         Todo esto viene a cuento porque hace pocos días vi este tuit publicado por la Embajada de España en Turquía:

 

España en Turquía

@EmbEspTurquia

 

Keridos amigos i amigas de la Komunidad Sefaradi. Para mi es una grande onor i un privilejio de pueder adresarme a vozotros en una data tan importante komo la de oy. Devesh de saver ke muestra ambasada es la suya i estamos a sus dispozision para lo ke tienen de menester. #Ladino

10:26 a.m., 21 feb. 2021

 

         España ha reconocido recientemente la nacionalidad española a todos aquellos que demuestren su origen sefardí, haciendo así justicia a algunas de sus raíces, las de árabes y judíos, o “moros y jodíos”, como dice el Arcipreste.

         Y terminemos con una frase del magnífico artículo de Viviana Barnatán que nos anima a conservar esta maravillosa reliquia, como tantas otras lenguas a punto de desaparecer:

 

La difuzión de la lingua es un lavoro del día en día kon el buto de dar konosensia la rika kultura i por ser aínda espanyola, ay el menester de konoser las literaturas (kuentesikos, dichas, refranes i poesía) y los kantes de ermozas melodías, los sefardim guadrimos los romanses espanyoles. Las presonas ke sintieron avlar sovre las yaves de las moradas de Sefarad, les kero adjustar ke la mijor yave es el trezoro de la lingua djudeo-espanyola ke bive en kada korasón sefardí, es ansí ke en las nochadas sentimos los sonos de unas palavras ke kedaron en la memoria de Sefarad, “muestra lingua”, esa, es la vedradera yave.

 

https://verne.elpais.com/verne/2021/02/23/articulo/1614078431_361081.html

https://www.youtube.com/watch?v=4aKMxd7Zk0s

https://www.youtube.com/watch?v=O2siNjpiyKY

https://www.youtube.com/watch?v=r4O9pAh0rDo

https://www.youtube.com/watch?v=VpgCBvZWQYI        

https://www.youtube.com/watch?v=KSM8K0yC_Lw



luisroberts@gmail.com



Año IX / N° CCCXLVII / 8 de marzo del 2021

 

lunes, 12 de junio de 2017

Prohibir la dictablanda [CLVI]

Edgardo Malaver


 
“¡Vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo!”, les dice
Unamuno  a los españoles en “El error Berenguer”



         Todo el mundo supo en su momento que las hijas del príncipe Raniero III de Mónaco (1923-2005), Carolina y Estefanía, fueron durante su adolescencia un dolor de cabeza constante para él y para todo el principado. Las caprichosas niñas se pintaban el pelo de verde, se bañaban desnudas en el mar, dormían en la calle, hacían todo aquello que sus antepasados no pudieron hacer... al menos en público. ¿La solución del príncipe? Ponerles guardaespaldas para que les previnieran de lo que tenían prohibido. ¿Reacción de las muchachas? Enamorarse de los guardaespaldas, casarse con ellos, darles hijos. O, más escandaloso aun, hacer todo eso a la inversa. Siempre que usted prohíbe una conducta, logra justamente lo contrario.
         No es diferente en la lengua, aunque sí es peor. Si, haciendo realidad aquel cuento de Otrova Gomas, “Los fiscales del idioma”, pusiéramos un vigilante a cada hablante para que no dijera esta o aquella palabra, naturalmente el uso de esa palabra proliferaría, pero, a diferencia de las princesas de Mónaco, todos terminaríamos odiando furiosamente a nuestros vigilantes. No debe haber nada en el cielo ni en la tierra que la gente aborrezca con más crudo encono que escuchar correcciones de lo que dice.
         En Venezuela —a juzgar por lo que dicen ciertos de esos periodistas que siempre tienen una fuente cuyo nombre no pueden revelar—, parece que algunos canales de televisión tuvieran prohibido, por lo menos extraoficialmente, usar la palabra dictadura. Si fuera cierto, ya sabemos lo que va a pasar.
         Políticamente serán reprobables, pero estas prohibiciones siempre traen también la explosión de la creatividad lingüística. En este caso podríamos hacer como los periódicos españoles en 1930, cuando el rey Alfonso XIII (1886-1941) quiso “restituir la normalidad constitucional”, al final de la dictadura de Miguel Primo de Rivera (1870-1930) nombrando como sucesor a Dámaso Berenguer (1873-1953). Éste no mostró talento alguno para el gobierno: ni continuó la dictadura, que habría complacido a los monarquistas; ni reinstauró la abolida constitución de 1876, que quizá habría favorecido al rey, ni, mucho menos, inició el proceso constituyente que exigía la oposición. Los periódicos bautizaron su gobierno “la Dictablanda”.
         Entonces prohibirían decir dictablanda. También parece que se hubiera prohibido decir guarimba, saqueo, desobediencia, para las cuales los medios, por los menos la televisión, ahora dicen términos como barricadas, robos masivos, violencia. ¿Y si prohibieran usar prostituyente, boliburgués, robolución? Quizá la explicación sea la que dio Laura Jaramillo la semana pasada: el cerebro humano como que tiene severas dificultades para obedecer las órdenes negativas.
         De todas maneras, el gran problema no parecer ser el sustantivo dictadura ni su significado. ¡El problema podría ser más bien llegar al punto de prohibir palabras! En 1931, aquel gobierno de Berenguer, indefinido y tímido, incapaz de sumar fuerzas e ideas para encontrar a una solución, sin destreza para imponer la ley, ni siquiera su propia ley, desembocó en el fin de la monarquía. Después de unas elecciones municipales que numéricamente ganaron los candidatos de la monarquía, el rey tuvo que irse al exilio.
         Quizá en Venezuela, en lugar de no mencionar la dictadura, que es retroceso, lo que habría que prohibir, porque impide avanzar, es la dictablanda.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLVI / 12 de junio del 2017