Mostrando las entradas con la etiqueta Morfología. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Morfología. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de febrero de 2026

Anagramas en el diccionario

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Las lampyridae, luciérnagas para los amigos, viven 61 días

 

 

 

         El 10 de abril del 2013, en el número III de Ritos de Ilación, titulado “Electroencefalografistas y más récords”, en el que me concentré en recolectar algunas pocas curiosidades de la lengua española (como quien se prepara para jugar a la trivia), repetí sin pensarlo mucho esta idea que había leído horas antes en algún comentario de Facebook, probablemente: “Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante”. Pues resulta que el ignorante fui yo. El ingenuo al menos. Hoy, casi 13 años después, descubro fortuitamente que semejante afirmación, por fortuna, no es cierta.

         Es lo que se llama un anagrama en toda regla, pero de ningún modo es el único que puede construirse con ese conjunto preciso de letras. Para comportarme esta vez lo más seriamente que pueda, y aunque ustedes deben conocer muy bien el concepto, pongo aquí lo que dice el diccionario sobre el termino anagrama: “Cambio en el orden de las letras de una palabra o frase que da lugar a otra palabra o frase distinta”.

         Resulta que hace horas, cuando sucedió todo este hallazgo y este asombro, lo que estaba haciendo era buscar alguna buena noticia sobre el idioma español que comentar en esta décima tercera “edición aniversaria” de Ritos y, por alguna razón que no recuerdo, me vi en la página de la Real Academia; al desplegar, como por accidente, un menú a la izquierda del botón “Consultar” mis ojos cayeron sobre otro botón que decía “Anagrama”. “¿Qué será esto?”, me dije, “¿será posible que el diccionario me vaya a dar anagramas de las palabras que yo le ponga aquí?”. Pues para alegría mía, sí, así fue. Y entonces, aunque parezca mentira, me vino a la memoria en ese instante el que creo que es el único anagrama del que hemos hablado en Ritos: la palabra argentino. Y escribí “argentino”, pensando que me iba a salir lo que yo recordaba del 2013. ¡Pero no! Hay cuatro palabras en el diccionario que se escriben con las mismas letras que argentino y que me da gusto mostrarles hoy: gritonean, de verbo gritonear; el ya mencionado ignorante; la hermosa palabra tangerino, con su femenino, más hermoso aún, y tangieron, del verbo tangir.

         A veces a uno le sucede que se contenta de haber cometido un error porque cuando el tiempo nos trae la corrección, e incluso cuando nos trae la filípica, sale uno ganando porque todo termina siendo un aprendizaje. Quién hubiera dicho que de una palabra tan conocida y tan cercana florecieran de repente tantas palabras nuevas, que, más que palabras, parecen melodías.

         Quizá para muchos es algo tan común y tan simple que ya ni siquiera se percatan de los anagramas que se les presentan todos los días. Para mí no deja de ser atrayente como un imán. Es como si estuviera aprendiendo a leer y escribir otra vez... porque recuerdo que eso me pasaba cuando estaba aprendiendo a leer y escribir: cada palabra nueva que encontraba era una flor nueva, un océano nuevo, una alegría nueva.

         Por tanto, no es solamente que me alegra haber podido corregir lo que llamaría una ‘falla de investigador’ que tuve hace 13 años —porque nunca es tarde—, sino además que, caminando por el bosque de la lengua, me acabo de tropezar otro tesoro. Jugar con las letras de unas palabras para construir otras palabras es de lo más agradable que se pueda haber. Ahora, por ejemplo, usted pone rama en diccionario y le aparece amar, arma, armá y mara. Puede ser también el juego más poético del mundo: usted pone luciérnaga y el diccionario le da neurálgica. ¿Se imaginan una luciérnaga neurálgica que en una rama arma una mara?

         Algunos disfrutamos unos placeres más bien inverosímiles. Hoy, para el cumpleaños de Ritos de Ilación, yo por lo menos me siento feliz con este descubrimiento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXV / 25 de febrero del 2026

EDICIÓN DEL DÉCIMO CUARTO ANIVERSARIO

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes)

Congorocho (2014)

¿Pronombre de lugar en español? (2015)

¡Ay, qué noche tan preciosa! (2016)

Picnic (2017)

Kikirikí (2018)

Qué arrecho (2019)

A caballo regalado... (2020)

El quid del asunto (2021)

Aniversario con heterónimos (2022)

Ritos de Ilusión (2023)

¡Suerte y Gaceta Hípica! (2024)

Tengo una muñeca vestida de azul (2025)


lunes, 3 de marzo de 2025

Sesenta y tres monosílabos juntos [DII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Darío Lancini (1932-2010), poeta venezolano

 

 

Para Ana María, la inspiradora.

 

         Viene mi niña pequeña y me dice: “Fíjate, papá, en la oración yo no sé si es él todas las palabras tienen dos letras. Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis sílabas, ¡¿qué fue, mano?!”. Yo levanto las cejas por el placer de verla detenerse en esos detalles de la lengua, se lo aplaudo, lo celebramos, y ella vuelve a su escritorio, donde está haciendo una tarea de la escuela.

         Y yo me quedo en mi propio escritorio, pero durante un rato no puede trabajar: me hacen cosquillas estas sílabas en la mente, y trataba, sin lograrlo, de evitar que hicieran fila, una tras otra, construyendo oraciones, sin mucho sentido al principio, pero pronto llegaron a tenerlo. Pensé que a Darío Lancini le habría gustado mucho esta idea, este mecanismo para escribir poemas como los suyos, que siempre escondían algún tipo de código como este. Tengo que investigar si alguna vez lo intentó, que seguramente sí. Ya no hay remedio, ya me acorralaron los monosílabos.

         Así que, para que la idea me dejara en paz algún día, me puse a escribir oraciones solamente con monosílabos intentando que tuvieran algún sentido, aunque fuera ficticio. Al principio apenas logré igualar el récord de mi hija, después agregué dos (yo no sé si él ve mi fe), cuatro (oh, ya no sé si él no da el do), cinco (yo no sé si él no ve la fe en ti), ocho, nueve... Después comencé a “sacrificar” algunas para agregar un número superior en su lugar. Me puse a hacer listas de monosílabos recorriendo el alfabeto y combinando cada consonante con las vocales en los dos órdenes posibles, y esto aumentó inmediatamente la longitud de las nuevas frases que se me ocurrían. Escribí, por ejemplo: si él es el de la be, el de la ce, el de la de, yo no lo sé, que llega a tener 19 palabras monosílabas y... ¿bisónicas? Y fue milagroso, porque esta cifra se duplicó en un instante y después siguió creciendo.

         Al momento de decidirme a escribir esta nota, había llegado a una oración de 55 palabras, incluso titulé con ese número. Y mientras escribía, volvió a aumentar a 58, a 60 y, finalmente, a 63. Y estoy seguro de que en cualquier momento le sumo otras, o alguno de ustedes me escribe para darme una de 75, de 92, de 104. Lancini llegó a escribir una obra teatral con palíndromo... ¡de siete páginas!  Siempre es posible agregar una palabra más, que bien podría exigir el uso de otra y otra y otra. Como decía mi profesora Martha Shiro, “you never know with language”.

         Aún tengo que verificar en el diccionario algunos monosílabos que aparecieron en el “inventario” que hice, y que se ven sospechosamente atractivos; es como si me guiñaran el ojo, como diciéndome: “Anda, úsame, que yo tengo significado suficiente para entrar en tu lista”. Ya son 39, las muy evidentes, pero aún tengo que examinar las que no conozco, las escondidizas, las tímidas.

         ¡Ja, ja, ja...! ¿Me creerán que ya se me iba a olvidar ponerles aquí la oración de 63 monosílabos que logré escribir? Paren la oreja:

 

Ah, no, si él es en sí el de la be, si es el de la ce, si es el de la de, yo ya no lo sé —yo no lo vi, él no me lo da de sí, ve tú si es de ir—, ni su as se le ve en el té ni su do es el de la fe.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DII / 3 de marzo del 2025

 




lunes, 17 de junio de 2024

Veintiuna casas [CDLXV]

Edgardo Malaver Lárez



¿Y si fueran todas hembras?




Decimos un perro y una casa. Si les sumamos veinte, serían veintiún perros, pero ¿por qué habría que decir veintiún casas? ¿Los sustantivos femeninos cambian a masculino cuando pasan de veinte? ¿Y vuelven a ser femeninos hasta que pasan de treinta? Se oye con frecuencia. Treinta y un carros y treinta y un flores; cuarenta y un días y cuarenta y un noches. ¿Y cuando pasan de cincuenta? ¿A qué se debe esto? Cualquiera entiende que nos invade la duda porque no se dice cincuenta y uno niños, así que debe no ser tampoco cincuenta y uno tazas, y en el momento de la verdad, la lengua, la de la boca, pone por sí sola el numero en masculino, la forma de la que se siente segura, y uno sigue hablando y no se percata. Muy bien, pero cuando pasa de cien, ¿cuál es el problema de volver al uno, o sea, decir ciento un dálmatas y ciento una pastoras alemanas? Muchas personas que comienzan a estudiar francés logran controlar con mucha facilidad el pronombre partitivo en y el de lugar y, que en español no existen, y muchos que estudian alemán muestran una destreza enorme con las declinaciones y las proposiciones subordinadas, pero en su propia lengua les cuesta Dios y su ayuda acordarse de la simplísima concordancia entre adjetivo y sustantivo, particularmente cuando este es femenino y el determinante numeral termina en uno. ¿Cómo hacen cuando pasan de doscientos, en que habría que poner ambos números en femenino? O sea, doscientas una horas. ¿Dirán trescientas un empleadas? Eso sí que parece bien difícil de articular: femenino-masculino-femenino. ¿Y si después hubiera que agregarle un adjetivo? ¿Lo pondrán masculino, para no perder el ritmo y la uniformidad? Tendría que ser neutro, ¿no?

Hay quienes se mortifican por este fenómeno. No ven posible que vaya a mejorar en el futuro. Ay, Pandora, cierra pronto tu caja.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXV / 17 de junio del 2024


lunes, 4 de diciembre de 2023

Tres diminutivos más bien singulares [CDXXXVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Los Jardines Colgantes de Babilonia son la única maravilla del mundo
antiguo sobre la cual no queda evidencia tangible. Ilust.: O. Mann



 

 

         En español hay más diminutivos que palabras. Hay tantos que en unos países se usan unos que a veces en otros países no se conocen. Pienso ahora mismo en el diminutivo borrico de los españoles, que para nosotros en Venezuela, por más que le pongamos cabeza, está lejos de sugerir su significado de ‘burro pequeño’. Pondré un solo ejemplo, porque hay más en el número II de Ritos, de marzo del 2013, en el que José Antonio Millán nos hablaba de lo que llamó diminutivos ocultos, es decir, términos que, en apariencia, o por reputación, son palabras primitivas, pero que por morfología son diminutivos: ardilla, abanico, cangrejo.

         En Perú los diminutivos son caracteres tan dominantes que, a menudo, incluso las apócopes los tienen: acortan, por ejemplo, señora y dicen seño, pero luego, influidos por el poder seductor del diminutivo, a las mujeres que han llegado a la madurez las llaman señito. El diminutivo incluso ha penetrado el territorio de los habitualmente imperturbables adverbios: aquicito, tardecito, casito. Aunque algunos de ellos viven también en otros países, aquí se sienten más en casa.

         ¡Pero...! Lo que más me asombra y me vuelve a asombrar, por más que lo oiga cada día con más frecuencia, es el diminutivo de algunos nombres propios que hasta parecieran haber sido diseñados intencionalmente para no admitir diminutivo. Y hay tres nombres particulares, masculinos los tres, de esos impermeables que, en Perú, han tenido que bajar la cabeza ante las fuerzas hipocorísticas del habla: Edgar, César y Héctor. Los tres son nombres cuyo rasgo común más destacado es el de llevar el acento en la penúltima sílaba; además de eso, es interesante que terminan con un sonido consonántico que no les da, en realidad, señales masculinas ni femenina. ¿Y cómo se construye en Perú el diminutivo de estos bienaventurados nombres? Edguítar, Cesítar y Hectítor. Seguramente hay otros, pero para ser rigurosamente honesto, no han llegado aún a mis oídos.

         Entonces, dejándome llevar por las insinuaciones del método científico, intenté hacer un corpus de estos nombres para ver qué me descubría. Quizá por mi impericia como filólogo, sólo encontré Amílcar. A pesar de que cumple con la descripción del “corpus”, apenas puedo hacerme hipótesis porque nunca he oído que a nadie lo llamen Amilquítar.

         Ampliando un poco el criterio de selección, se me aparecen estos: Apolinar, Baltazar, Omar y Oscar. La diferencia con los anteriores es que son todos palabras agudas, pero lo importante es que nadie va a dudar de construir sus diminutivos con el sufijo -cito. Es decir, habrá que ponerlos en otra gaveta.

         Una curiosidad que tiene el “corpus” inicial es Héctor, que termina con -or y no con -ar, y su “descendiente”, Hectítor. Por esa razón, decidí ampliarlo y entonces entraron nombres como Agenor, Amador, Igor, Nabor, Nicanor y Salvador. Sin embargo, ninguno de estos parece susceptible de aceptar el peculiar infijo de diminutivo que los convertiría en Agenítor, Amadítor, Iguítor, Nabítor, Nicanítor y Salvadítor. A no ser, limitadamente, remotamente, por el primer caso, no suenan plausibles. A este grupo pertenecerían —¿como excepción fonética, quizá, por ser grave entre los agudos?— Néstor y Nestítor, pero todos conocemos a algún Néstor al que llaman Nestico.

         Hasta donde he llegado en esta brevísima investigación, todo indica que es un diminutivo peruano. Apenas tenga más noticias al respecto, me apresuraré a comentárselo a ustedes aquí mismo. Si de veras lo es, quizá se explique por la influencia que han tenido las lenguas indígenas sobre los hablantes del español en Perú. Y si ocurre en otros países, bien podría ser una “reacción” del propio español a nombres que, en el fondo y en su origen, son extranjeros: inglés el primero, latino el segundo y griego el tercero. Sin embargo, muchos de los otros que hemos considerado y que adoptan diminutivos de manera muy propiamente española también lo son. Toca seguir investigándolos.

         Cuando yo era pequeño, al lado de mi casa vivía una familia cuyo hijo más joven se llamaba Esteban, y todos lo llamábamos Estebita. A la primera, cualquier podría haber pensado que estábamos menoscabando la masculinidad de aquel niño, pero lo cierto es que a nadie llamaba esto la atención porque es una de las formas regulares en que se comporta el diminutivo en español. Pasa lo mismo, al menos en Venezuela, con el sustantivo mano: su diminutivo más común es manito, aunque sea, y siga siendo, femenino.

         Qué lástima que antes de Cristo no existiera la lengua española. Habría sido un gusto saber con qué diminutivo llamaba su madre a aquel rey de Babilonia que ahora recordamos por la construcción de míticos jardines colgantes y la destrucción del templo de Jerusalén.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVI / 4 de diciembre del 2023

 

martes, 9 de noviembre de 2021

Verbo más sustantivo [CCCLXX]

Adrianka Arvelo y Edgardo Malaver

 

 

 

Según el diccionario, esta es la elegante
apariencia de un parapeto

 

 

 

         Sin que lo supiéramos, escribimos en el año 2007 el artículo de esta semana. Aquí lo dejamos, por si alguien le encuentra algún interés:


 

De: Adrianka E. Arvelo <adriank_3@hotmail.com>

Para: Edgardo Malaver <emalaver@gmail.com>

Fecha: 1 marzo 2007, 16:11

Asunto: Para

 

¡Megaprofe!

 

El otro día que estábamos hablando después de la clase dije que te iba a preguntar algo y me dio pena decirte, porque ya te había preguntado muchas cosas. Pero es que de verdad no me quiero quedar con la duda. Perdón en serio por el fastidio =( Lo que pasa es que el otro día en mi clase de Lengua Española estábamos hablando sobre parabrisas, que unos decían que eso era un prefijo y otros que era del verbo parar y yo creo que es del verbo, pero ya siento que no sé nada. Entonces… eso. Jajajajaja Gracias y perdón por el fastidio otra vez. Te debo un café jeje.

 

Adri


 

 

De: Edgardo Malaver <emalaver@gmail.com>

Para: Adrianka E. Arvelo <adriank_3@hotmail.com>

Fecha: 2 marzo 2007, 18:18

Asunto: Los para, como dirían los panas colombianos

 

Hola otra vez, Adrianka.

Me escribiste para preguntarme sobre el prefijo para-. Sí, existe. Fíjate que con ese prefijo comienza, justamente, en la palabra PARAsíntesis. También está en paralelo, paranormal, paramédico y... parapeto. ¡¡¡Ja, ja, ja, ja, ja...!!! No, no, ese lo inventé yo. Ríete.

Para- es un prefijo griego que sugiere la idea de junto a, por un lado o, también, casi. (Se parece a meta-.) Fíjate en la palabra paramilitar. Significa, sin buscarla en el diccionario, algo así como “lo que está fuera de lo militar, al lado de lo militar, que no es militar, pero funciona igual o parecido, casi militar”. ¿No es cierto? Lo paranormal es lo que parece normal, pero sabemos que no es normal, es decir, que está como al lado, PARAlelo a los fenómenos NORMALes.

Pero hablábamos de parabrisas. No es lo mismo, no es el mismo prefijo, sobre todo porque ahí no hay prefijo. “Parabrisas” nace de la unión del verbo parar (conjugado en tal y cual persona, etc.) y el sustantivo brisas. Sucede con ella lo mismo que sucede con comedulce, tragaluz, sacapunta, pararrayos, recogebates, guardafango, portavasos. Un verbo más un sustantivo. Es sólo una coincidencia que el verbo parar se parezca tanto al prefijo para-.

Y repito, repito, repito: no me fastidia, no me fastidia, no me fastidia, sino que más bien me hace feliz, feliz, feliz que me preguntes.

Hasta luego.

 

Edgardo

 

aarvelo22@gmail.com

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXX / 8 de noviembre del 2021

 


  

Otros artículos de Adrianka Arvelo

Colombia, el país de las siglas

Colombianadas


Otros artículos de Edgardo Malaver

Perú (IV)

Niño (varón) y niña (hembra)

IVLIVS

La Segunda Batalla de Carabobo


lunes, 11 de mayo de 2020

El extraño caso de la ‘y’ que es más latina que griega [CCCIII]

Daniel Avilán



La colección de trajes de una conjunción




         Hace algún tiempo ya, escribí para Ritos de Ilación este breve artículo sobre el pronombre de lugar y en francés y la evidencia de su uso en los primeros pasos del castellano, así como su presencia morfosintáctica en el ADN de nuestra lengua. Si ya lo leyeron, probablemente se preguntarán, como muchos de mis alumnos y colegas lo hicieron: ¿Y qué tiene que ver la conjunción y con dicho pronombre? Mi respuesta es: nada.
         Verán, la y ([ye]) o “i griega” viene de la grafía del YPSILON, una letra griega cuya realización fonética corresponde con la i del latín (la i latina) y ha ido adaptándose, desgastándose y reformándose con la evolución del idioma. Es muy flexible y ha asumido formas, o como diríamos, actualizaciones, muy variables en lo fonético (hay versus haya) y en lo morfológico (me caigo versus me cayera). De todo esto debe haber explicaciones incontables en todas las disciplinas de la lingüística. Yo, en mi mente un poco naïve, pienso que, por ser una letra foránea en la niñez del castellano, como ocurrió con la j, la x o la z, fue una especie de comodín que estaba dispuesto a asumir riesgos de todo tipo que las inflexibles letras latinas no podían (hasta pronombre de lugar pudo haber sido en algún tiempo).
         La y se ha podido convertir en muchas cosas, pero, ojo, nunca en conjunción. De hecho, me acaba de decir Edgardo que grandes escritores y académicos de principio del siglo XX usaban aún la i como conjunción coordinadora. Más bien me parece que la conjunción de coordinación se transformó en la forma gráfica y y ya voy a explicar cómo y por qué.
         En latín (de donde el castellano saca la mayor carga genética) la conjunción de coordinación se escribe et y ésta ha pasado a la mayoría de las lenguas herederas como e, et, i, è, pero se siguió usando et en ámbitos jurídicos, administrativos y académicos por muchos siglos. Recuerdo que, para una investigación que tuve que hacer en la Academia de la Historia en Caracas, me topé con manuscritos viejísimos, unos más que otros, en los que figuraba, en perfecto castellano, la conjunción et, a veces en su forma ligada &. Ésta última se usa actualmente en muchos idiomas porque resulta más económico; en inglés, por ejemplo, es mucho más corta que la conjunción and. Pero en castellano la y es más fácil de escribir y, por lo tanto, más económica. Lo que me lleva a observar que, en la caligrafía, la escritura a mano, ese garabato que significa et fue cambiando convenientemente a una grafía más fluida, similar a la y.
         Yo me atrevo a concluir, y quedo abierto al debate, que la conjunción y es una deformación gráfica de &, que es a su vez la ligadura de et y que todo su recorrido se debe puramente a la necesidad de rapidez en la escritura a mano. Entonces, la conjunción y en castellano parece griega, pero es tan latina como la i.

daniel.avilan@gmail.com



Año VIII / N° CCCIII / 11 de mayo del 2020



Otros artículos de Daniel Avilán:

lunes, 16 de diciembre de 2019

Soldada [CCLXXXII]

Luis Roberts


Santa María, Isla de Sal, Cabo Verde [Foto: P. Hauser]



         Todas las armas para combatir la injusticia histórica de la discriminación y cosificación de la mujer, son válidas, legítimas y justificadas. Todas menos, entre otras, aplicar criterios de hoy a personajes del pasado, culpabilizar al hombre por el hecho de serlo, y, querer enmendar los yerros históricos cambiando la lengua y su gramática. La lengua cambia sola, la cambiamos, poco a poco y sin descanso, respetemos su tempo y sus reglas.
         Si hay algo ridículo y risible a veces, en este terreno, es el llamado lenguaje inclusivo, la duplicación, utilizado de manera oportunista por los políticos en general. Venezolanos y venezolanas, alcaldes y alcaldesas, diputados y diputadas, etc. Atenta al principio de la economía del lenguaje y entra dentro de lo risible que señalábamos antes.
         Hay que tener en cuenta que el masculino abarcador no es resultado de una sociedad patriarcal. El académico de la RAE Álex Grijelmo, en su libro recién publicado, Propuesta de acuerdo sobre el lenguaje inclusivo (Taurus), dice:

En el indoeuropeo, que es la madre de la mayoría de las lenguas de nuestro entorno, había un género para señalar a las personas (lo animado) y otro para señalar lo inanimado. El primero servía para nombrar a personas de cualquier sexo. Pero hace miles de años nació el género femenino por la necesidad de nombrar a las mujeres ante el papel primordial que adquirieron en las familias. Se crean así los géneros y el que valía antes para todos se desdobló como masculino sin perder su función inclusiva original. El problema viene de la Grecia clásica, cuando se empezó a reflexionar sobre el lenguaje y se habló de género masculino, en vez de hablar de un género de lo animado. Si se hubiera hecho así, entenderíamos hoy por qué hay un género que sirve para todas las personas y uno para las mujeres.

         La palabra señora no existía en el castellano hasta bien entrada la Edad Media, existía señor, pero no señora. Hoy, y desde no hace mucho tiempo, ya no sólo nos es familiar, sino que lo hemos incorporado al lenguaje tanto culto como coloquial, la presidenta, la jueza, la ingeniera, la abogada; la policía ya nos crea cierta ambigüedad.
         Esto viene a cuento de que hace poco oí la palabra soldada aplicada a la mujer que forma parte del ejército en su grado más bajo. Ya tenemos digerido, más o menos, generala, coronela, capitana, pero va a costar algo más asumir lo de comandanta, tenienta, alfereza, caba, y lo de soldada va a ser mucho más duro, debido a sus distintas acepciones, no ya verbales, de soldar, sino sustantivas. Soldada es sueldo, salario o estipendio, así como el haber del soldado, la paga. Su origen está en el latín, solidus, que era la moneda de oro que acuñó el emperador Constantino, el sólido.
         En la antigua Roma, la paga del soldado consistía en saquitos de sal, de ahí la palabra salario. Hasta la conquista colonial de África en muchos países de ese continente el instrumento de pago también era la sal, único remedio para combatir la deshidratación en las tórridas sabanas.

luisroberts@gmail.com



Año VII / N° CCLXXXII / 16 de diciembre del 2019



Otros artículos de Luis Roberts: