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lunes, 8 de julio de 2024

Cuando a Roma fueres... [CDLXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Escena de Sophia Loren en Roma, de 1964

 

 

         Cuando a Roma fueres, haz como vieres” (Quijote II, 54), decía el Caballero de la Triste Figura, imitando a mi abuela. Parece una recomendación más bien sabia, si pensamos que en tiempos antiguos en los actuales quizá sí— no había manera de saber nada de otro lugar que no fuera presentarse en ese lugar y vivir un tiempo en él. No digo que me sienta inclinado a adoptar formas de decir las cosas que he encontrado en Perú, pero sí me veo a veces asombrado, sorprendido, agradado por algunas de ellas.

         Algunas personas aquí responden las gracias diciendo, por ejemplo, “Qué ocurrencia”. Puede ser también: “¿Cómo se le ocurre?”. Me imaginaba al principio que eran personas mayores quienes dirían así (porque en Venezuela esas expresiones sonarían como típicas de los abuelos), pero ya hace tiempo que concluí que la edad no es el factor determinante. Una de las primeras personas a las que oí responder así fue la directora de la escuela en la que mi hija iba a estudiar primer grado. En aquel momento quedé totalmente confundido, pero de camino a casa pensé que quizá había querido decir: “Qué ocurrencia la de usted, agradecerme por tan poca cosa”. Me colgué de esa interpretación y me gustó la expresión como señal de humildad.

         Discursivamente, es más poético, no hay duda, que el simple de nada del español general, que de todas maneras es también bastante humilde. Cuando respondemos “De nada” o “Por nada” a las gracias que nos da alguien, le estamos diciendo: “Me estás agradeciendo por nada, no estoy haciendo nada en realidad”. Pero esta forma que usan los peruanos impresiona al mismo tiempo por su cortesía y una resonancia proveniente de la retórica de otros tiempos.

         Hace unos días un hombre bastante joven que me atendió en una tienda, en la que solamente había entrado para preguntar un precio, respondió mi “Muchas gracias” con un “Imagínese”. Fue como que me respondiera: “Imagínese las pequeñeces por las que usted da las gracias”. Ojalá que nadie me desmienta esta interpretación porque me gusta el sonido de estas palabras, que le inyectan placer a la situación.

         ¡Ah...! El placer. Un día, siendo yo aún un muchacho, oí a una persona muy elegante y educada responder las gracias con un “Fue un placer”, y desde entonces lo uso. Quizá voy a sonar pretencioso, pero me atrae también esta fórmula porque implica que soy yo quien tendría que agradecer porque en realidad soy yo quien sale ganando debido al gusto que me da hacer... lo que sea que usted me está agradeciendo.

         Qué de metáforas. Y qué de descubrimientos. No se puede uno parar a reflexionar sobre las expresiones más conocidas, cotidianas y recurrentes, porque se tropieza con secretos, misterios y recompensas. No creo que llegue al punto de adoptar todas estas fórmulas y metáforas, pero sí disfruto su poesía y su poder comunicativo. Y llegados a este punto, apenas me resta darles a ustedes las gracias por su lectura y su paciencia... Vamos a ver qué me responden.

 

 

 

Año XII / N° CDLXVIII / 8 de julio del 2024

 

lunes, 4 de diciembre de 2023

Tres diminutivos más bien singulares [CDXXXVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Los Jardines Colgantes de Babilonia son la única maravilla del mundo
antiguo sobre la cual no queda evidencia tangible. Ilust.: O. Mann



 

 

         En español hay más diminutivos que palabras. Hay tantos que en unos países se usan unos que a veces en otros países no se conocen. Pienso ahora mismo en el diminutivo borrico de los españoles, que para nosotros en Venezuela, por más que le pongamos cabeza, está lejos de sugerir su significado de ‘burro pequeño’. Pondré un solo ejemplo, porque hay más en el número II de Ritos, de marzo del 2013, en el que José Antonio Millán nos hablaba de lo que llamó diminutivos ocultos, es decir, términos que, en apariencia, o por reputación, son palabras primitivas, pero que por morfología son diminutivos: ardilla, abanico, cangrejo.

         En Perú los diminutivos son caracteres tan dominantes que, a menudo, incluso las apócopes los tienen: acortan, por ejemplo, señora y dicen seño, pero luego, influidos por el poder seductor del diminutivo, a las mujeres que han llegado a la madurez las llaman señito. El diminutivo incluso ha penetrado el territorio de los habitualmente imperturbables adverbios: aquicito, tardecito, casito. Aunque algunos de ellos viven también en otros países, aquí se sienten más en casa.

         ¡Pero...! Lo que más me asombra y me vuelve a asombrar, por más que lo oiga cada día con más frecuencia, es el diminutivo de algunos nombres propios que hasta parecieran haber sido diseñados intencionalmente para no admitir diminutivo. Y hay tres nombres particulares, masculinos los tres, de esos impermeables que, en Perú, han tenido que bajar la cabeza ante las fuerzas hipocorísticas del habla: Edgar, César y Héctor. Los tres son nombres cuyo rasgo común más destacado es el de llevar el acento en la penúltima sílaba; además de eso, es interesante que terminan con un sonido consonántico que no les da, en realidad, señales masculinas ni femenina. ¿Y cómo se construye en Perú el diminutivo de estos bienaventurados nombres? Edguítar, Cesítar y Hectítor. Seguramente hay otros, pero para ser rigurosamente honesto, no han llegado aún a mis oídos.

         Entonces, dejándome llevar por las insinuaciones del método científico, intenté hacer un corpus de estos nombres para ver qué me descubría. Quizá por mi impericia como filólogo, sólo encontré Amílcar. A pesar de que cumple con la descripción del “corpus”, apenas puedo hacerme hipótesis porque nunca he oído que a nadie lo llamen Amilquítar.

         Ampliando un poco el criterio de selección, se me aparecen estos: Apolinar, Baltazar, Omar y Oscar. La diferencia con los anteriores es que son todos palabras agudas, pero lo importante es que nadie va a dudar de construir sus diminutivos con el sufijo -cito. Es decir, habrá que ponerlos en otra gaveta.

         Una curiosidad que tiene el “corpus” inicial es Héctor, que termina con -or y no con -ar, y su “descendiente”, Hectítor. Por esa razón, decidí ampliarlo y entonces entraron nombres como Agenor, Amador, Igor, Nabor, Nicanor y Salvador. Sin embargo, ninguno de estos parece susceptible de aceptar el peculiar infijo de diminutivo que los convertiría en Agenítor, Amadítor, Iguítor, Nabítor, Nicanítor y Salvadítor. A no ser, limitadamente, remotamente, por el primer caso, no suenan plausibles. A este grupo pertenecerían —¿como excepción fonética, quizá, por ser grave entre los agudos?— Néstor y Nestítor, pero todos conocemos a algún Néstor al que llaman Nestico.

         Hasta donde he llegado en esta brevísima investigación, todo indica que es un diminutivo peruano. Apenas tenga más noticias al respecto, me apresuraré a comentárselo a ustedes aquí mismo. Si de veras lo es, quizá se explique por la influencia que han tenido las lenguas indígenas sobre los hablantes del español en Perú. Y si ocurre en otros países, bien podría ser una “reacción” del propio español a nombres que, en el fondo y en su origen, son extranjeros: inglés el primero, latino el segundo y griego el tercero. Sin embargo, muchos de los otros que hemos considerado y que adoptan diminutivos de manera muy propiamente española también lo son. Toca seguir investigándolos.

         Cuando yo era pequeño, al lado de mi casa vivía una familia cuyo hijo más joven se llamaba Esteban, y todos lo llamábamos Estebita. A la primera, cualquier podría haber pensado que estábamos menoscabando la masculinidad de aquel niño, pero lo cierto es que a nadie llamaba esto la atención porque es una de las formas regulares en que se comporta el diminutivo en español. Pasa lo mismo, al menos en Venezuela, con el sustantivo mano: su diminutivo más común es manito, aunque sea, y siga siendo, femenino.

         Qué lástima que antes de Cristo no existiera la lengua española. Habría sido un gusto saber con qué diminutivo llamaba su madre a aquel rey de Babilonia que ahora recordamos por la construcción de míticos jardines colgantes y la destrucción del templo de Jerusalén.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVI / 4 de diciembre del 2023

 

lunes, 9 de enero de 2023

El que se va de villa [CDVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente de los Suspiros, Barranco, Lima

 

 

         No habré sido yo el único que mil veces se preguntó, siendo niño, qué significaba “irse de villa” en el muy conocido refrán el que se va de villa pierde su silla, que es como lo oía yo cuando era pequeño y como sigo oyéndolo hoy en Venezuela. Tampoco habré sido el único que, un poco más grande, pensó, tratando de entender, que lo más probable era que originalmente se dijera el que se va de la villa... —ya comenzaba a sonar colonial, ¿no?—, y que el oído colectivo, arbitrariamente, ajustaría la métrica a siete sílabas, en contra del popular verso octosílabo. Y después, muchos habrán, como yo, concluido que esa villa tenía que ser Sevilla. ¿Qué otro nombre de ciudad española se iba a parecer más?

         El problema persistía porque era forzado decir: “El que se va de Sevilla pierde su silla” en momentos en que alguien se levanta y otro que ha estado de pie mucho tiempo aprovecha la oportunidad para sentarse —o cuando alguien descuida un negocio o un asunto que le interesa y luego lo lamenta al ver que ha sido desplazado—. Alguna vez me he propuesto comenzar a decir más bien: “El que se va a Sevilla...”, que resolvería la disparidad en el número de sílabas, pero no, con la lengua no hay quien pueda: sigue sonado como una guitarra con cinco cuerdas.

         Hoy me he tropezado en Internet con un libro que dejé en Caracas, El porqué de los dichos (1955), de José María Iribarren (1906-71), y echándole un vistazo rápido, me di en la frente con el refrán Quien se fue a Sevilla perdió su silla. Como no hace falta señalar las sutiles diferencias y por el mero placer de oír de una voz sabia la ansiada respuesta, voy a reproducir aquí lo que dice Iribarren:

 

Quien se fue a Sevilla perdió su silla

 

[Se emplea este dicho cuando alguien se ausenta momentáneamente de un lugar, por lo general una habitación, y, cuando regresa, otra persona ha ocupado su sitio. En sentido más amplio, indica que la ausencia puede ocasionar un perjuicio]

Este dicho debió de originarse del siguiente hecho histórico que refiere Diego Enríquez del Castillo en su Crónica del rey Enrique IV (caps. 26 y 54). En tiempos de Enrique IV le fue concedido el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca, y como el reino de Galicia estaba muy alterado, creyó el electo que el tomar posesión iba a costarle Dios y ayuda. Se lo pidió a su tío, y este convino en que iría él a Santiago a pacificar Galicia, y que mientras tanto su sobrino se quedase en el arzobispado de Sevilla.

Don Alonso de Fonseca restableció el sosiego en la revuelta diócesis de Santiago; pero cuando trató de deshacer el trueque con su sobrino, este se resistió a dejar la silla hispalense.

Hubo necesidad, para apearle de su resolución, no solo de un mandamiento del papa, sino de que interviniese el rey y de que algunos partidarios del sobrino de Fonseca fuesen ahorcados después de breve proceso.

Monláu, que refiere esto en su libro Las mil y una barbaridades (Madrid, 1869), concluye: «Dedúcese que el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella».

 

         Y le faltó decir que, además de todo esto, el sobrino, que se llamaba igual que el tío, no abandonó la hermosísima Catedral de Sevilla sino a punta de espada. La tensión se disipó en 1469. Es fácil imaginar que al terminar ese siglo, cuando los españoles acababan de llegar a América, o un poco después, a ambos lados del océano habría quien recordara que aquella situación había puesto en labios de la gente común la ahora archiconocida expresión. Los niños del siglo XX hemos tenido que investigar para saberlo.

         Además, en muchos lugares hay variaciones. Hoy mismo he leído que en Ecuador tienen su propia versión del refrán: El que se fue a Quito perdió el banquito. En algunos lugares de España dicen más bien Quien fue a Sevilla perdió su silla, y quien fue a Granada no perdió nada. No he oído, sin embargo, versión más creativa y graciosa que la peruana, probablemente para referirse jocosamente a la bohemia del barrio limeño de Barranco. Aquí, cualquier que oiga decir la versión sevillana del refrán automáticamente responderá: “Y el que se fue a Barranco perdió su banco”. E inmediatamente, aunque sea un desconocido, alguien replicará con la ingeniosa coda: “Y si viene de Lima, se sienta encima”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVI / 9 de enero del 2023

 

lunes, 24 de enero de 2022

Amameyado [CCCLXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El obispo anaranjado (o Euplectes franciscanus), un pajarito
africano con plumas negras y... amameyadas

 

         Qué difícil es, al menos cuando uno es medio insensible, dar con el nombre del verdadero color de las cosas, pero hay gente que tiene toda la habilidad que nos falta a otros. Existen personas que no pueden oírlo a uno decir “Eso es rojo” sin brincar a corregir: “No, eso es fucsia, eso es lila, eso es rosa viejo”. Mis hijas nacieron con ese resorte y les ha salido muy bueno, a pesar de lo mucho que lo usan. Las mujeres parecen tener ojos mejor preparados para esas precisiones (a menos que la verdad sea que los de los hombres no encuentran razón para detenerse en ellas).

         ¿Serán de veras tan diferenciados, en el uso de la lengua, los nombres que damos a los colores? Una persona mayor que conozco en Margarita se refiere siempre al color anaranjado como amameyado. A mí me fascina este uso porque no sólo viene a mi mente el color del mamey sino también el mismo mecanismo de formación de la palabra que en anaranjado: sufijo a + sustantivo naranja + sufijo -ado. Naturalmente, hay que haber visto (y hasta saboreado) un mamey para poder tener registrado su color en la mente. En Caracas, hasta donde sé, anaranjado convive con naranja (como adjetivo), pero el mamey no es frecuente ni en el mercado de Guaicaipuro.

         La verdad es que existen muchas formas de dar los nombres de los colores. Yo de pequeño descubrí el rojo, por ejemplo, y siempre lo llamo rojo; pero más tarde me di cuenta de que existía también lo que yo llamo rojo oscuro. Y cuando lo menciono así, siempre viene alguien que me corrige: “Eso es vino tinto”. Me pasa lo mismo con el azul. En Perú, por si fuera poco, lo que los venezolanos llamamos azul claro es únicamente celeste; para ellos el azul es totalmente otro color —normalmente ni siquiera se orientan cuando, en lugar de diferenciar tonalidades de azul, se trata de distinguirlo del rojo o del verde—. El amarillo quizá sea el que nos causa menos desacuerdos, aunque algunas personas prefieren llamarlo dorado todo el tiempo, con lo cual yo me quedo sin el oro y sin el moro.

         (Creerán que exagero, pero hace media hora le digo a una de mis niñas: “Ponte la gorra amarilla”, y ella me contesta: “Es color mostaza”. Y sí, parece más un frasco de mostaza que una pluma de canario. ¿Ven?, el simple siempre soy yo.)

         En Margarita, algunas cosas pueden ser color agua, que es esencialmente el aguamarina, pero más claro, y bastante más claro que el turquesa, por lo que he entendido recientemente. Mientras tanto, el rojo oscuro en Perú puede llamarse guinda (otra fruta que hay que probar para reconocer su color). Y un término que ya no se usa en el habla cotidiana y que algunos van a creer que es italiano, es azur, que es, si ojos más agudos que los míos no me contradicen, el azul más oscuro, que en Venezuela solemos llamar azul marino.

         Dediqué en estos días un tiempo a buscar sinónimos de los nombres de los colores primarios y secundarios y encontré esto: para el amarillo, ambarino, rubio, dorado, pajizo, gualdo —esta palabra hoy en día no se usa sino para hablar de banderas y escudos de los países y familias—. Para el azul, encontré añil, índigo, celeste, zarco, garzo, cerúleo —según el himno de Nueva Esparta, “Margarita es una de las siete estrellas que llena de rayos el cerúleo tul”, es decir, la franja azul de la bandera de Venezuela)—. Y para el rojo, colorado, encarnado, bermejo, grana, escarlata, carmesí, carmín, rubí —¿será por ser el más apasionado que es el que tiene más sinónimos?, ¿será por su encendida pasión que la protagonista de Lo que el viento se llevó se llama Escarlata?

         Los secundarios no salieron favorecidos en el número de sinónimos (que no es lo mismo que de metáforas). El verde tiene esmeralda, glauco, aceitunado; el violeta, morado, malva, lila, pero el anaranjado tiene tan pocos que el más común es... ¡naranja! Y, en español de Margarita, amameyado.

         Más creativos, más pretenciosos, más inocentes, todos estos modos de llamar a los colores revelan la naturaleza de la gente que los usa, y quizá también las necesidades que han tenido, la distancia que han recorrido desde el punto en que recibieron su idioma hasta el punto en que fueron relevados por la generación siguiente. Y así, generación tras generación, la lengua se alimenta a sí misma. En la lengua, como decía mi abuela, todo obra para bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLXXVII / 24 de enero del 2022

 

 

 

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martes, 28 de septiembre de 2021

Perú (IV) [CCCLXVII]

Edgardo Malaver

 

 


La Virgen de la Leche (1491),
de Leonardo Da Vinci

 

 

         El español de Perú me saltó a los ojos unos 15 minutos después de aterrizar la primera vez que lo visité en el 2017. El primer letrero que vi aquel día fue “Recojo de equipaje”. Quince minutos más tarde, el carro salía de la playa de estacionamiento para coger la pista y llevarnos a casa. Era lo que había que esperar: pueblo nuevo, lengua nueva... aunque sea la misma.

         Desde entonces casi a diario me tropiezo —no, ya no es tropezar, ya va siendo caerme en las manos— palabras conocidas con usos inusitados para mí, expresiones nuevas para conceptos viejos y, lo más atractivo, expresiones que a oídos recién llegados parecen graciosas o ingeniosas y que se refieren a cosas que, una vez atravesada esta experiencia, me hacen ver cuán graciosas o ingeniosas son las palabras de mi propio pueblo. Nada como estar lejos para ver de cerca lo que dejamos en casa.

         No es poco frecuente en Perú utilizar una perífrasis donde en otros lugares se recurriría a un verbo sencillo. Por ejemplo, un peruano no alcanza a otro mientras camina, sino que le da el alcance. En la escuela los niños normalmente no leen los textos o el material didáctico preparado por el docente: le dan lectura. Y muchas veces las cosas no comienzan ni empiezan sino que la mayoría de las veces se les da inicio. Y hay mil ejemplos más que ahora no me vienen a la mente.

         Lo que sí es infalible es el desayuno, pero no porque nunca falte en la mesa sino por su perífrasis: nadie desayuna, sino que toma el desayuno. Invariablemente. Es en este caso particular en que me pongo a pensar en lo que hacemos en el español de Venezuela: existe, por ejemplo, comer casquillo, expresión que no sé traducir con precisión a lenguaje formal porque me parece que intrigar se excede e incordiar no es jocoso (debería bajar la santamaría, ¿no es cierto?).

         También me quedé pensando mucho cuando escuché por primera vez que alguien le sacaba la vuelta a su esposa, que terminó significando que le era infiel. Ahora que lo oigo con naturalidad, pienso que los peruanos seguramente se confunden cuando nosotros decimos que aquel marido lo que hacía en realidad era montarle cachos a su mujer (aunque no tenemos esa sola forma de decirlo).

         El asunto moral me dirige a un par de perífrasis que oigo usar aquí unánimemente y que intuyo que se usan porque la opción de usar un verbo sencillo, una sola palabra, puede ser percibido como chocante, poco delicado, casi vulgar. Aquí las mujeres embarazadas siempre dan a luz, ninguna llega al punto de parir, que es lo que suelen hacer las que traen a sus hijos al mundo en Venezuela. (Sí, es verdad, parir es más atribuible las hembras de las especies animales, pero en Venezuela está instalado para las humanas, y a nadie le extraña ni le asombra.) En Perú a nadie le extraña ni le asombra que la madre que acaba de dar a luz siempre, siempre dé de lactar a su bebé, pero sí se siente la incomodidad cuando uno dice que está amamantando. (En realidad quien lacta, el lactante, es el bebé, pero en español peruano, como la madre le da el pecho, ella también lo es.). En conclusión, nadie (o casi nadie) usa los, a mi parecer, hermosos verbos parir y amamantar, sino perífrasis de ellos.

         Cualquier analista del discurso diría sin ambages que esa elección léxica evidencia una forma de evadir referencias incómodas (¡corríjanme, por favor!); a simple vista son como las diferencias en las formas de las uñas o en la estatura de la gente, es decir, diversidad y riqueza. No me imagino qué se puede encontrar si uno entra en ese laberinto. (¡Ah!, tampoco se entra nunca en ninguna parte, ni siquiera en las páginas web, sino que se ingresa, o, algunas veces, se hace ingreso. Curiosamente, nadie que haya ingresado en un lugar egresa de él más tarde: todos terminan saliendo, aunque no sea coherente ni uniforme.)

         Digo que dicen así en Perú y en realidad debería decir Lima, o más bien el pequeñísimo territorio de Lima donde he oído a la gente hablar. ¿Qué habrá sido lo que inclinó a los limeños, si es que son todos, a seguir por años y años prefiriendo las perífrasis, es decir, el camino largo para llegar al significado? ¿Qué habrá lanzado esas chispas de formalidad sobre el habla popular? ¿Cómo es que se mantiene?

         Para mí, que estoy tan lejos de mi pueblo, estos sonidos que oigo, estas palabras conocidas que se enlazan de formas inusuales para mi oído, son aves nuevas que se posan en un árbol bordado de verdes: la lengua materna siempre abierta de brazos pero con los pies en la tierra. Yo me acerco al árbol de aquí y hasta toco sus hojas, huelo sus flores, doy vueltas al alrededor de su tallo y descanso cerca, pero estoy siempre anhelando volver a la sombra, al olor y a los frutos de mi propio árbol.

 

emalaver@gmail.com


 

 

 

Año IX / N° CCCLXVIII / 27 de septiembre del 2021

 

 

 

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miércoles, 18 de noviembre de 2020

Vacancia en un dos por tres [CCCXXX]

Edgardo Malaver



Mucho espacio para presidentes vacantes




El Congreso de Perú vacó al presidente de la República, Martín Vizcarra, la semana pasada. Como Vizcarra había llegado a la presidencia, dos años y ocho meses antes, por ser el vicepresidente del gobierno de Pedro Pablo Kuczynski, que había dejado vacía la silla presidencial al renunciar, entonces la presidencia, según la Constitución, tenía que ser ocupada por el presidente del Congreso, que la semana pasada era Manuel Merino. Éste, que ostentaba el cargo desde los primeros días de la pandemia (porque el Congreso anterior había sido disuelto por Vizcarra) no tuvo oportunidad de disfrutar su luna de miel con el poder, pues casi todos los estudiantes universitarios de Perú y no pocos ciudadanos de más edad salieron a la calle a hacerle muchísimo ruido. Después de la juramentación, la primera vez que el nuevo presidente apareció en televisión (y lo hizo en video, no en vivo), fue para renunciar. Durante la noche anterior, habían renunciado todos sus ministros y la junta directiva del Congreso. Apenas habían pasado 122 horas.

No, no es que ahora en Ritos nos vayamos a dedicar a hablar de política. Es que si tres personas le preguntan a uno por “esa palabra tan rara” desde tres países diferentes, lo menos que se puede hacer es escribir la respuesta en Internet.

Ya en julio del 2018 escribí sobre el sustantivo vacaciones, al que se le nota que tiene la misma raíz que vacancia. Ahí ya dice lo que quiero decir hoy, así que, con el permiso del respetable, voy a transplantar un párrafo que necesito:


Vacaciones [y, por supuesto, vacancia] proviene del verbo latino vacare, es decir, ‘estar vacío, desocupado’. Ah, y concuerda con la inusualísima cuarta acepción: ‘el cargo o dignidad que está vacante’. De esta palabra derivan también vacío, vacuo e incluso evacuar (sí, vaciar... en todos los sentidos). Hasta los vagos, el vagar y la vagancia declaran su conexión con el vacare de nuestras vacaciones.


Eso es, vacancia es el sustantivo abstracto referido a la situación de “vaciedad”, de desocupación. Hasta podemos decir que un banco de la plaza que no está ocupado por nadie está vacante, o sea, en situación de vacancia. Las mociones de vacancia que se presentaron para echar del palacio de gobierno a Martín Vizcarra son simplemente peticiones de desocupar, de evacuar el palacio.

Ahora el que quedó vacante fue Merino. Un político de la oposición, que en Perú no se sabe bien hacia qué lado se inclina, dijo el lunes, día en que se debía elegir al nuevo presidente, que la palabra del día tenía que ser legitimidad, pero en Perú la palabra del año (por lo menos del mes de noviembre) ha sido vacancia, ni siquiera pandemia, como en el resto del mundo.

Vizcarra puede sentirse ahora de vacaciones, pero no podrá vagar fuera de su país porque entregó el pasaporte en la Fiscalía. Los estudiantes, cuyas vacaciones ya están cerca, siguen gritando que hay que vacar hasta al portero del Congreso.


emalaver@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXX / 18 de noviembre del 2020