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martes, 25 de febrero de 2025

Tengo una muñeca vestida de azul [DI]

Edgardo Malaver



Una clase con niños de otra lengua puede ser
un laboratorio para una nueva lengua


Me tropiezo y me pongo a leer un artículo sobre las dificultades de aplicar las teorías de la educación de Jean Piaget a los niños andinos y amazónicos y que viven en sus comunidades originarias y, por tanto, son hablantes nativos del aimara, del quechua y lenguas del Amazonas (y, ergo, partícipes de las culturas que rodean a esas lenguas). “¿De cuál niño se trata?”, se pregunta el autor del artículo, Walter Quispe Santos. “Los niños de la Suiza francesa a los que investigó Piaget” no son los mismos “que observan los psicólogos y educadores en una realidad histórica y ecosociocultural variada como la nuestra [...]. Entonces, ¿a quién enseñamos?”.
Quispe Santos cita a continuación un poema de Efraín Miranda en el que una niña indígena siente que en la escuela ponen a una niña blanca delante de ella, una niña que el maestro ha creado para educarla; pero esa niña blanca existe también dentro de la niña india, porque ahí la ha puesto el maestro, y es a ella a quien se dirige cuando le habla a ella; sólo cuando el maestro no le habla a ella, la otra niña desaparece. “El maestro se olvida de mí y de todos los alumnos”, dice, porque “para los indios no se ha inventado nada”. Sin embargo, la niña indígena resiste: “está dentro de mí, pero no me puede”, y “al concluir mis estudios, se extinguirá”.
Y luego el autor reflexiona sobre el punto que me convence de seguir leyendo el artículo: la narración de un “experimento” ideado y aplicado por el profesor Luis Enrique López durante una investigación académica (“Tengo una muñeca vestida de azul: ¿kuns uka siñurita parlpachaxa?”):


La profesora pidió a sus alumnos que prestaran atención a lo que ella escribía en la pizarra. “Tengo una muñeca vestida de azul, zapatitos blancos y velo de tul”. Puntero en mano, la profesora hizo que los alumnos repitieran, por lo menos unas cinco veces, cada uno de los versos de la pizarra, sin percatarse siquiera de si sus discípulos entendían o no lo que decían. Nunca se dio explicación alguna sobre el contenido de los versos (…) Sin embargo, nadie parecía aburrirse y el “loreo” continuaba, con los alumnos que creían que imitaban a su profesora a perfección y con ella sin darse cuenta de los obvios problemas que tenían sus alumnos para emitir sonidos castellanos. A la voz de vestido, los niños decían wistiru; de muñeca, moñica; y de tul, yol. (...) Darío, imitando a su maestra, puntero en mano y presto a demostrar lo que sabía, leyó de corrido los versos de la pizarra: “Tinku u-na moñica wistiro de a-sol saptitus lancus y wilu de tol” (...).

 

¿Qué interpreto yo? Los niños, sin saber lo que hacían, terminaron escogiendo lo mejor de los dos mundos: la musicalidad y la rima de los versos, desconocidos hasta ahora que les hacen repetirlos, y la sonoridad y la pronunciación que para ellos era propia, la que conocen de casa, de la comunidad, de su vivencia cotidiana. Casi se puede decir que han creado una lengua nueva a partir de los sentidos de la lengua recién llegada a ellos y los sonidos que han heredado de sus antepasados. Una vez en sus labios estos versos, no sabría yo decir cuál de las lenguas se adaptó a la otra, cuál de las dos se sometió a la otra, es decir, o hubo una penetración mutua, en la que una lengua entra hasta donde puede en territorio extraño, o hubo una invitación mutua, en la que cada una de ellas se sintió en casa en los nuevos espacios. Muñeca, moñika; zapatitos blancos, saptitus lankus. ¿No es, poco más o poco menos, lo mismo que, hace tanto tiempo y guardando las proporciones, debe haber sucedido entre mater y madre, sukkar y azúcar?, aide-de-camp y edecán?
¿Qué me pregunto? Las lenguas que llegan a un lugar nuevo, ¿a quién pertenecen? Pertenecen a quienes las han traído hasta que los que estaban ya ahí comienzan a adoptarla y, sin querer siquiera, pero con pleno derecho, por causa del frote y del saboreo, de la resistencia y del amor nuevo que comienzan a sentir, a modificarla para que ella hable con propiedad del nuevo contexto y respire holgadamente la nueva atmósfera. Amor y resistencia, atracción y distancia, permanencia y peregrinación se convierten así en fuerzas que tallan las lenguas a medida que pasan los siglos. Y como brotando de los labios de los niños, florecen de las mismas semillas pero con nuevos colores.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DI / 25 de febrero del 2025
EDICIÓN DEL DUODÉCIMO ANIVERSARIO



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lunes, 12 de febrero de 2024

Palabras del uno al mil cien [CDXLVII]

 Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Los números, al final, también son palabras

 

 

         No existe forma de eludir este dilema. Apenas comienza uno a ganar confianza en la escritura, se da en la frente con la dura piedra de cómo escribir las cantidades de cualquier cosa: ¿en números o en letras? Y por fortuna, es un asunto sencillo, porque existen otros que ni Aristóteles que “resucitara sólo para ello”.

         En realidad, no debería ser tan difícil resolverlo. Lo difícil es poner de acuerdo a la multitud de gente que ha propuesto soluciones y a los que adoptan esta y aquella. ¿Y lo peor de todo? Que muchas de estas soluciones son buenas.

         Primero hay que considerar que, en cuanto a su escritura, al menos los números enteros pueden ser divididos en dos grandes grupos: los que pueden escribirse como una sola palabra y los que tienen que ser escritos en varias. Comenzando por el principio, del 1 al 30 todos se expresan mediante una sola palabra: del uno al treinta. En este caso me gusta la “norma” de la Academia que recomienda escribirlos así: toda cantidad que se pueda expresar con una sola palabra, que se escriba con una sola palabra; lo que no, en números. Lo que no me gusta es que en los ambientes científicos es mejor violar esa norma —habrán observado las dóciles comillas que le puse a la palabra norma— en nombre de la precisión matemática. No me gusta a mí, pero es innegable que tiene sentido.

         Después del 30, comienza la alternancia. Inmediatamente viene el treinta y uno, y sigue así hasta que tropezamos con el cuarenta. Y se repite el ciclo con cada decena hasta el 100. Tiempo atrás era regla escribir treintiuno, cuarenticinco, sesentinueve, etc., con lo cual los primeros 100 números de cuantos existen formaban un solo grupo; del 101 en adelante, hasta el 1.100, se escribían en dos palabras (ciento veintiuno, novecientos cincuentiséis, mil setentidós). Más allá, se iba incrementando, lentísima y alternativamente, la cantidad de palabras necesarias, era después de esto que comenzaban las comprensibles complicaciones. En el presente comienzan antes.

         También me gusta la “norma” más habitual en el mundo del periodismo, que dice que del 1 al 10 se escriban las cantidades en palabras y de ahí en adelante en números. El problema, otra vez, es que no nos ponemos de acuerdo, sobre todo porque todos tenemos razón y los demás no han estudiado suficiente.

         En el mundo de la redacción jurídica, judicial e incluso policial existe la manía de usar los números y “aclararlos” entre paréntesis: “El inquilino pagará 550 (quinientos cincuenta) bolívares cada mes...” (a veces también lo veo al revés), como si fuera posible leer 550 de alguna otra manera que ‘quinientos cincuenta’. Tengo un primo que estudió derecho que dice que esto “se hace por el temor de que nos hagan la trampa que estamos tratando de hacer nosotros”. Verdaderamente, otro mundo.

         Otra manía, mucho más llamativa, porque es padecida por el mundo en que uno supone que las cosas están más claras con respecto a la lengua, es la de cambiar (o prestarse para cambiar) el signo que hemos utilizado en español desde hace siglos para separar las unidades, decenas y centenas de las unidades, decenas y centenas de mil (y más allá). Siempre hemos utilizado el punto para ese fin... y la coma para los decimales. La razón que pone la Academia para poner el mundo al revés parece infantil (o peor, adolescente): que en el mundo entero la mayoría lo hace así. Tanto escándalo que hicimos cuando los fabricantes de computadoras quisieron eliminar la eñe de los teclados, ¿y ahora vamos a cambiar la coma por el punto y el punto por la coma como si fuéramos ovejitas a las que les da lo mismo el perro que les ladre?

         En suma, aunque parece menos sencillo ahora que hace unos 80 años clasificar los números para decidir si se escriben con una, dos, tres o más palabras, sigue siendo razonablemente sencillo saberlo tomando en cuenta que hay un orden que es también bastante razonable. Y ese orden tiene la ventaja de coincidir con la forma lexical de las palabras que nombran el número. Números y palabras existen para aclararnos el mundo: lo que no debería pasar es que nos perdamos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVII / 12 de febrero del 2024

 

 

 

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lunes, 17 de abril de 2023

Apellidos que se disfrazan de nombres [CDXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Isla griega de Gavdos, el punto más al sur de Europa

 

 

         Cuando estaba aún en primaria, ya me atormentaba que los niños escribieran sus nombres al revés, es decir, apellido-nombre. Más tarde observé que también muchos adultos lo hacían, y esto era mucho más difícil de comprender. Y aún no lo logro, porque resulta que esta práctica no es compatible con nosotros; es en el hemisferio oriental del mundo donde lo normal es que la gente exprese su identidad anteponiendo el apellido al nombre.

         Cualquiera que recuerde a Saddam Hussein (1937-2006) recordará también que en las noticias lo llamaban Saddam y no Hussein. A Mao Tse-Tung (1893-1976) (como se escribía en español cuando yo supe de su existencia) se le llama Mao en el mundo entero y a Mobutu Sese Seko (1930-97) nadie lo llama de otra forma que Mobutu. Y hay otros casos, miles, sólo que quería impresionarlos con estos tres [malos] ejemplos.

         Hay en Occidente, sí, en muchas áreas, personajes históricos que tienen apellido y, a pesar de eso, se les conoce mejor por su primer nombre. Uno muy prominente es Napoleón Bonaparte, cuyo apellido se utiliza con tan poca frecuencia —hay que ser un historiador hiperriguroso para hacerlo— que uno puede pensar que se llama simplemente Napoleón, como en la antigüedad. Otro caso, infinitamente más grato, es fray Luis de León, a quien nunca nadie ha llamado De León. A sor Juana suele llamársele por ese primer nombre, por el nombre sor Juana Inés o sor Juana Inés de la Cruz, su nombre religioso completo, pero nunca De la Cruz. Pasa exactamente lo mismo con Garcilaso de la Vega —con los dos, en realidad— y también con Lope de Vega, y en este caso, Lope, por el que se le menciona con más frecuencia, ¡es su segundo nombre! A Leonardo, sin embargo, puede llamársele por el nombre o por su apellido, si es que Da Vinci es su apellido. Y en el caso de Miguel Ángel, muy pocos recordarán en el momento más necesario cómo se apellidaba.

         Aunque no hace mucha falta repetirlo, en el mundo occidental, es decir, aquí, los hablantes decimos nuestros nombres en este orden: nombre-apellido. El nombre puede incluir una composición de dos o más y el apellido puede ser uno solo o dos, pero cuando son más de dos —que es un caso tan raro que ya no debe haber muchos ni en la nobleza, donde la haya—, igualmente se acomodan lo mejor que pueden en dos grupos: el paterno y el materno.

         Lo que no pasa en la cultura occidental (o es tan poco común que apenas sucede a uno le llama la atención) es que, como los tres personajes aquellos del segundo párrafo, uno diga su nombre al revés. Cuando se le pone el nombre de una persona a una calle, a una escuela, a un parque, no le ponen, por ejemplo, “Universidad Sáenz Manuela” ni “Calle Blanco Andrés Eloy” ni “Plaza Páez José Antonio”. Eso es impensable. En la portada de un libro no se pone nunca “Gallegos Rómulo”, y si lo pusieran, hay que dudar tanto de esa edición que sería mejor ni examinarla siquiera. Y sin duda, cuando usted está en una fiesta y le preguntan su nombre, no dice: “Rodríguez Juan. Mucho gusto”. Nunca.

         Sí hay, es cierto, contextos y situaciones en los que tiene sentido poner los nombres al revés: en la escuela, en instituciones del Estado y en poquísimos otros lugares. Se hace, esencialmente para organizar la información que se tiene sobre los individuos, por ejemplo, por medio de una lista. Sin embargo, es el que desea hacer la lista, el que tiene el deber de presentar la información ordenada y fácilmente inteligible, quien pone los nombres al revés (apellido-nombre), no las personas cuyos nombres están en la lista.

         Muchos estudiantes se quedan con la impresión, después de los años de primaria y secundaria, de que en situaciones formales, como en los exámenes, deben escribir su nombre comenzando por el apellido. Incomprensible. Pueden suceder desastres debido a esta actitud, que normalmente no ha sido objeto de reflexión. Pensando en mis propios alumnos, voy a poner un ejemplo extremo pero de ninguna manera imposible. Imagínense, chicos, que alguno de ustedes se acostumbra a poner su nombre al revés y firma de esta manera:

 

Cruz Alfonzo Clemente Román

Fermín Belisario Beltrán Lorenzo

Marta Elvira Reina Concepción

Socorro Magdalena Ventura Rosario

 

Todos estos nombres, los masculinos y los femeninos, son también apellidos. Es decir, si yo no sé que ustedes, en contra de lo regular en nuestra cultura, escriben sus nombres con los apellidos primero —¿por qué tendría que pensar eso si no estamos en Asia?—, voy a creer que se llaman Cruz, Fermín, Marta y Socorro, y que se apellidan Clemente, Beltrán, Reina y Ventura. Perfectamente posible. Culturalmente claro. Pero podría cualquiera de ustedes venir a señalarme que estoy confundiendo sus nombres con sus apellidos. Comprando refrescos en la playa, quizá no pasaría nada, pero ¿se imaginan el resultado de esta confusión si un cirujano tiene que extirparle un órgano a Marta y le traen a Reina al quirófano? ¿y la del profesor que les va a poner una mala nota, y la del juez que les va a leer un veredicto condenatorio?

         Miren ahora estos nombres:

 

Martín Gimeno Santiago

Sabina Gadea Francia

 

Si no estamos de acuerdo en que los nombres van primero y los apellidos después (que es incomprensible que no lo estemos) o si usted lo hace al revés sin saber o por alguna razón, ¿cómo decido yo si estas personas están usando un solo nombre y dos apellidos o dos nombres y un solo apellido? Y en cualquiera de los dos casos, ¿cuál es cuál? En realidad, no hay razón para que me haga esas preguntas, porque la cultura me indica que los nombres van primero y los apellidos después. Y, aunque parezca una tontería, si uno se acostumbra a hacerlo al revés, se está creando a sí mismo un problema que puede convertirse en grave y, quizá, no tener solución (después de que nos extirpan un riñón sano, un diente o un ojo, no hay vuelta atrás, por más que después el médico se entere de que nuestro nombre estaba al revés).

         La solución puede ser sencillísima: leer las normas de uso de la coma. Cuando es necesario invertir el orden nombre-apellido, hay que poner una coma entre uno y otro (tal como se hace, por lo demás, cuando se invierte, por ejemplo, el orden sujeto-predicado o se traslada alguna parte de la oración a un lugar que no le corresponde en el orden canónico). Otra solución (sobre todo en casos especialmente confusos como el de Martín Gimeno Santiago o Sabina Gadea Francia) puede ser la que han adoptado los franceses. Para que el nombre quede recalcitrantemente claro, incluso en casos muy claros, los franceses ponen casi siempre los apellidos en mayúsculas sostenidas.

         Entonces, muchachos, no se crean chinos, iraquíes o congoleses, que no lo son. En los países árabes, en los asiáticos, en muchos africanos y en los europeos del este, es normal y correcta la inversión del nombre, pero desde la isla de Gavdos, Grecia, hasta la de Diomedes Menor, Estados Unidos, y desde Puerto Williams, Chile, hasta Hammerfest, Noruega, no es así. No actúen sin saber lo que hacen. Investiguen las normas y adopten los recursos que ellas ofrecen para escribir con la mayor claridad. Y si se trata de sus propios nombres, que es como decir que se trata de ustedes mismos, y si puede tener consecuencias negativas escribirlo mal (sí, mal), es urgente aprender a escribirlo y escribirlo bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVII / 17 de abril del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 27 de marzo de 2023

La inteligencia artificial (II) [CDXIV]

Luis Roberts

 

 

 

Immanuel Kant en la Universidad de Kaliningrado.
Obra de Christian Daniel Rauch de 1857

 

 

Pregunta:

         ¿Cómo pueden manejar los profesores el ChatGPT?

 

Respuesta:

         Como modelo de lenguaje, ChatGPT es una herramienta útil para los profesores que buscan mejorar la interacción con sus estudiantes. Aquí hay algunos consejos para ayudar a los profesores a manejar ChatGPT de manera efectiva:


1.    Establecer expectativas claras: es importante que los profesores establezcan claramente las expectativas para los estudiantes en cuanto a cómo se utilizará ChatGPT en el aula. Esto puede incluir el horario de disponibilidad de ChatGPT, qué tipo de preguntas o temas son apropiados para discutir con el modelo y qué tipo de lenguaje es apropiado para usar en la plataforma.

2.    Monitorear el uso de ChatGPT: los profesores deben monitorear regularmente el uso de ChatGPT en el aula para asegurarse de que los estudiantes estén utilizando la herramienta de manera adecuada y efectiva. Esto puede incluir revisar las conversaciones y proporcionar retroalimentación constructiva sobre cómo mejorar la interacción con ChatGPT.

3.    Proporcionar orientación y apoyo: los profesores pueden ofrecer orientación y apoyo a los estudiantes que puedan estar luchando con la comprensión del lenguaje natural o la interacción con ChatGPT. Esto puede incluir recursos adicionales, tutorías o consejos prácticos sobre cómo interactuar de manera efectiva con el modelo.

4.    Integrar ChatGPT en el plan de estudios: los profesores pueden integrar ChatGPT en el plan de estudios, utilizando la herramienta como una forma de fomentar la discusión y el pensamiento crítico. Esto puede incluir actividades que requieren que los estudiantes interactúen con ChatGPT de manera activa y que respondan a las preguntas generadas por el modelo.

 

         En general, el manejo efectivo de ChatGPT por parte de los profesores requerirá un enfoque cuidadoso y estratégico para integrar la herramienta en el aula y garantizar que los estudiantes la utilicen de manera efectiva. Con la orientación adecuada y la supervisión, ChatGPT puede ser una herramienta valiosa para mejorar la interacción en el aula y promover el aprendizaje de los estudiantes.

 

Pregunta:

¿Puede ChatGPT decirme si considera ético el uso de ChatGPT en la enseñanza?

 

Respuesta:

         Como modelo de lenguaje, no tengo una opinión ética, pero puedo decirle que el uso de ChatGPT en la enseñanza puede ser ético siempre y cuando se utilice de manera responsable y respetando ciertas consideraciones éticas.

         En primer lugar, es importante que los educadores utilicen ChatGPT de manera transparente y clara con sus estudiantes, asegurándose de que comprendan que están interactuando con un modelo de lenguaje y no con un ser humano. Además, es importante tener en cuenta que ChatGPT no puede reemplazar completamente la interacción humana y no debe ser utilizado como un sustituto de los profesores o tutores en la enseñanza.

         También es importante considerar la calidad y veracidad de la información que se proporciona a través de ChatGPT. Aunque ChatGPT puede proporcionar respuestas rápidas a las preguntas de los estudiantes, no siempre garantiza la precisión o relevancia de la información proporcionada. Los educadores deben tener cuidado al utilizar ChatGPT como fuente de información y siempre verificar la exactitud de las respuestas antes de compartirlas con los estudiantes.

         En resumen, el uso de ChatGPT en la enseñanza puede ser ético si se utiliza de manera responsable y se consideran las implicaciones éticas. Los educadores deben ser transparentes con sus estudiantes sobre su uso, no depender completamente de ChatGPT para la enseñanza y siempre verificar la precisión de la información proporcionada por el modelo.

 

         Las dos preguntas son mías, las respuestas son de la inteligencia artificial. Y como dice Yuval Harari, en el futuro, que ya es presente, estudiar a Kant, estudiar la ética, va a ser de la máxima importancia.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXIV / 27 de marzo del 2023

 

martes, 25 de octubre de 2022

Dos influencias... tres [CCCXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Somos tres: Jesucristo, don Quijote y yo. Muerte de Simón
Bolívar (1889), de Antonio Herrera Toro

 

 

         Ya casi me había dado por vencido: esta semana no parió mi mente un tema del cual hablar en Ritos de Ilación. Y en eso me pongo a revisar el foro de mi asignatura en la universidad para responder los comentarios, dudas y preguntas de los estudiantes, y me tropiezo con esto: “La explicación del profesor sobre la literatura, la ficción y el pacto ficcional me hacen reflexionar sobre la influencia que puede tener un texto en la vida de una persona”.

         Como no tengo otra vida en la cual pensar, aunque no parezca muy ingenioso ni sabio, pensé en la influencia de los libros en mi propia vida. El problema era que, no estando frente a frente con los estudiantes, iba a ser bien fastidioso hablarles de semejante tema. Así que respiré profundo y me puse a decirles lo menos que pudiera. Y me salió esto:

 

Estimada Rodríguez:

     La influencia de una obra literaria en la vida de una persona. Tengo que controlarme para no contarles, para no pasarme la noche entera escribiéndoles sobre esto. Me voy a limitar a dos casos, dos obras.

     Cien años de soledad es un libro que ejerce una atracción tal sobre mí que tengo que tenerlo escondido en mi biblioteca porque si está a la vista y yo paso por ahí, siento que el libro me hace lo mismo que le hizo Atenea a Aquiles aquella vez que estaba a punto de desenvainar la espada para matar a Agamenón, que lo cogió por los cabellos y le dijo: “Insúltalo como gustes, pero no lo mates, que por sus ofensas recibirás más tarde espléndidos presentes”. Si dejo que el libro me atrape, es decir, si lo abro, si leo el primer párrafo, estoy perdido, voy a tener que leer 300 páginas antes de seguir en lo que estaba al pasar junto a él.

     La segunda obra es Don Quijote de la Mancha, que es un libro que intenté leer a los 15 años, a los 18, a los 24, a los 25, a los 29, a los 30, y nunca pude... hasta que a los 33, como por un milagro, estaba yo un día leyendo el periódico y leí una palabra, no recuerdo cuál, y levanté la vista y dije: “Llegó la hora”. Y esa misma tarde comencé a leerlo y no me detuve hasta que lo terminé y ya saben ustedes que Don Quijote tiene más de mil páginas. Y después pasé como seis meses atormentando a mi familia y a mis amigos hablándoles todo el tiempo de don Quijote. Casi no hablaba de otra cosa en todo el día. Ahora solamente atormento a los estudiantes, pero en aquellos días, ya la gente adivinaba: “Sí, Edgardo, ya sé, seguro que don Quijote un día hizo algo como esto que está pasando ahora, ¿no?”. Es lo mejor, lo más bello, lo más impresionante que he leído en mi vida. Y los especialistas, que han leído mucho más que yo, dicen que es la mejor novela que se ha escrito en la historia.

     Mientras escribía esto me vinieron a la mente cinco o seis obras más, pero si me pongo hablar de ellas, no solamente pasaré la noche entera aquí sentado, sino que me iré acordando de otras y otras, y luego vendrán las películas y las obras de teatro y los cuentos de mi abuela y los de mis profesores y los que me cuento a mí mismo y los del cielo y de la tierra, y ay, madre mía. Y así ninguno de ustedes leerá nunca más el foro porque el profesor habla demasiado. Y será verdad.

     Hasta luego, María Elena.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCIX / 24 de octubre del 2022

 



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lunes, 17 de octubre de 2022

Agudos y obtusos [CCCXCVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Con tres ángulos basta para un teorema.
Pitágoras en
La escuela de Atenas (1511),
de Rafael Sanzio

 

 

         Ahora es martes. Dos de la tarde. Llego al salón de mi niña para recogerla y, mientras espero que recolecte sus cosas, miro por la ventana. Veo en la pared de enfrente un afiche sobre los tipos de ángulos, escrito con la letra de la maestra, y me digo: “Ah, comenzaron con los ángulos”. Y comienzo yo a prepararme mentalmente para hablar de ángulos durante toda la semana y encontrar ángulos por todas partes y contar mis experiencias con los ángulos cuando estaba en primaria. Me digo: “Voy a memorizar el primer tipo, de modo que el segundo se defina por descarte. ‘Ángulo agudo: menos de 90 grados’, dice el afiche. Muy bien, lo teng... Un momento: el agudo se llama así porque es como una punta de lápiz, como un pico de pájaro, como un diente de cocodrilo. ¡Y todas esas cosas son agudas, puntiagudas, o sea, pinchan, porque tienen un vértice de menos de 90 grados! Son ángulos cerrados. Por no haberme dado cuenta de esto era que muchas veces me confundía en primaria.

         En ese momento sale mi niña del salón y me cuenta sobre el tema de la clase. Dice:

         —Los ángulos de más de 90 grados se llaman... ay, se me olvidó.

         —¿Obtusos? —le propongo.

         —¡Sí! ¡Obtusos!

         —Un momento, obtuso significa ‘cerrado’, así que...

         —No, papi, los cerrados son los agudos.

         —Sí, sí, claro que sí, pero fíjate, cuando una persona no entiende ni acepta una opinión diferente a la suya, se dice que es una persona obtusa. ¿Por qué será que los dos nombres de los ángulos significan ‘cerrado’?

         Al llegar a casa buscamos en el diccionario. Y así vengo a descubrir, después de tanto tiempo de terminar la primaria, que obtuso no equivale a cerrado sino a romo, y romo es antónimo de agudo. Obtuso es antónimo de agudo.

         Es decir, cuando una mente obtusa no ve, no comprende, no respeta una visión diferente a la suya, lo que pasa no es que se cierre a ella, sino que no es capaz de hacer distinciones muy detalladas, no se permite a sí misma detenerse a separar filamentos de ideas ni mínimas diferencias entre palabras. Lápiz de punta roma, que sólo puede hacer trazos gruesos, no admite líneas finas.

         —Qué alegría me da —le digo a mi maestra de ocho años— aclararme ese enigma que he tenido tanto tiempo en la mente.

         Pero la alegría de hoy me dura poco, porque, entusiasmada por mi aprendizaje, sigue contándome y pronto llegamos a los ángulos... ¡cóncavos y convexos! Es demasiado para mi pobre mente. Es otra dualidad que no logré desentrañar a partir de sus nombres cuando era un inocente escolar. Y, a simple vista, no veo la respuesta ahora tampoco. Ojalá que la semana que viene, al llegar a la escuela de mi niña hermosa, la luz del conocimiento le haya entregado, para mí, esta otra respuesta tan largamente esperada.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCVIII / 17 de octubre del 2022