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lunes, 20 de abril de 2026

De los supuestos gritos de las mayúsculas

Edgardo Malaver Lárez



¿Los textos informativos gritan lo suficiente?



         Cada tres o cuatro meses oigo a alguien a mi alrededor quejarse de que en el trabajo o en su celular le lleguen comunicaciones importantes o mensajes personales o de cualquier tipo escritos en letras mayúsculas sostenidas. La verdad, me digo yo, es que no se ve bien, estéticamente no es fácil de aceptar. Sin embargo, esta no es nunca esa la razón de la queja. Lo que oigo decir es siempre que el autor del mensaje está gritando.
         Sólo una vez hace años, porque lo decía una persona que sabía relacionada con los estudios de la lengua, he preguntado si las mayúsculas se utilizaban para expresar molestia o reprensión, y me respondió que sí; solamente dijo que sí. Posiblemente —es la hipótesis que favorezco en este caso— respondió afirmativamente pensando en el uso común y frecuente. Yo había preguntado pensando en la norma, de la que muy pocos parecen tener conciencia.
         Ya está implícito, ¿verdad?, que la norma no sustenta esta práctica ni esta actitud. No existe norma alguna en la lengua española que indique, ni siquiera implícitamente, que el uso de mayúsculas sostenidas signifique ni deba ser interpretado como un grito, como un mensaje en voz alta ni mucho menos un emisor que le habla airado, molesto o en términos insultantes a su destinatario. He revisado escrupulosamente las normas del uso de mayúsculas y minúsculas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española y no encuentro nada que señale esta práctica como errada, inconveniente ni irrespetuosa. A mí me parece estéticamente poco atractiva o armoniosa, pero eso de ninguna manera la convierte en un grito áspero o destemplado.
         (Me imagino que algunos lectores están pensando en esos conjuntos de normas propias de algunas disciplinas, empresas o instituciones precisas que atañen a grupos de personas que trabajan en sus campos del conocimiento y que deben comunicarse por escrito, y han decidido crear sus propias normas para regir esa comunicación. No puedo incluir esas normas en mi análisis de este asunto. Reflexiono sobre él desde el punto de vista lingüístico e intento que esa reflexión sea tan científica como se pueda, y para lograr eso tengo que recurrir a especialistas pertinentes. Los hay también fuera de la Academia, claro que sí y gracias a Dios, pero no puedo confiar a la primera en cualquier grupo que en su oficina (de cuatro o de mil quinientos empleados, no importa), haya decretado que “la sangría ya no se usa”, que “las mayúsculas no llevan tilde”, que “los nombres no tienen ortografía” y otras reglas sin fundamento, como que “las mayúsculas sostenidas expresan gritos”. Ya es suficiente con las incongruencias en que a veces caen los especialistas más respetados, que trabajan rigurosamente. Lo demás no nos va a ser útil.)
         La sola introducción de las normas que ofrece la Academia ya indica explícitamente que la escritura regular se hace en minúsculas y que, por ende, el uso de las mayúsculas debe seguir unas normas razonables. Inmediatamente agrega: “La escritura enteramente en mayúsculas se emplea únicamente en las siglas, los números romanos y textos cortos de carácter informativo”. Esto tendría que ser suficiente para descartar del todo la redacción en mayúsculas sostenidas (e incluso la discusión, si es que existe, sobre si es positiva o negativa de alguna manera). Pero también elimina la idea de que el uso de mayúsculas sostenidas sea agresivo. Las normas ni siquiera mencionan que existan hablantes que se inclinen por esa mecánica.
         La única norma del uso de las mayúsculas que puede traerse a esta reflexión es la número 6, referente a “la mayúscula sostenida para favorecer la legibilidad”, pero señala explícitamente que se refiere a “la visibilidad y legibilidad de textos cortos”. Esta sexta norma está dividida en diez puntos, que resumo aquí:

 

Llevan mayúsculas sostenidas a) palabras que aparecen en portadas de libros y documentos; b) cabeceras de diarios y revistas; c) inscripciones en lápidas, monumentos o placas conmemorativas; d) lemas y leyendas de banderas, estandartes, escudos, monedas; e) textos de carteles de aviso o de las pancartas; f) en textos informativos, frases que expresan el contenido fundamental (Por higiene, SE PROHÍBE DEPOSITAR BASURA); g) términos como aviso, nota, advertencia, posdata, cuando introducen los textos correspondientes (AVISO: Los pagos se harán los martes); h) en textos jurídicos y administrativos, verbos que expresan la finalidad del escrito (SE DECRETA...); i) términos con los que se alude brevemente a las partes en documentos jurídicos o administrativos; j) textos de los cómics y viñetas gráficas.


         Creo que se puede entender que la escritura textos enteros, es decir, oraciones concatenadas que forman párrafos y párrafos consecutivos que forman textos, en los que todos los caracteres utilizados aparezcan en su forma mayúscula, no es aceptable, no se ajusta a las normas. Sin embargo, tampoco afirma en ninguno de los puntos, ni siquiera en letras pequeñitas dentro de un paréntesis escondido detrás de una nota a pie de página, que las mayúsculas sostenidas en una palabra, una frase o un párrafo tengan el fin de expresar gritos ni agresión verbal contra el receptor del mensaje. Las mayúsculas no significan eso. No parece faltar nada más que decir.

emalaver@gmail.com


Año XIV / N° DXXV / 20 de abril del 2026



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 20 de mayo de 2024

La de, puerta y arco [CDLXI]

Ariadna Voulgaris



Delta del río Orinoco, en su camino hacia el Atlántico



         No fui a Chiguará. Recordarán que la noche en que llegué a Mérida, hace una semana, mientras cenaba, oí una conversación de otra mesa en que hablaban de este pueblo andino, y quise ir. Al amanecer de la mañana siguiente, recibí una llamada de mi trabajo y tuve que quedarme en el hotel... trabajando. El segundo día tuve que volver a Valencia, donde tenía material que necesitaba para hacer el trabajo. Sin embargo, el recepcionista de la primera noche me habló extensamente de un escritor importante en la literatura venezolana que nació en Chiguará, Antonio Márquez Salas, que ahora deseo mucho leer, ya les contaré.

         Hoy les traigo datos de la letra de (o d, o D, como quieran), que ahora es la cuarta del alfabeto español, pero ocupa el quinto lugar entre las que encabezan más palabras. Con de comienzan 5.793 palabras de la lengua española, 6,58 por ciento.

         Esta letra, por lo que me dice una enciclopedia que tiene Alejandra en su casa, Monitor, fue creada por los ilustres sabios egipcios. Leo en Internet que el ideograma de los egipcios era triangular, ya que representaba la puerta de las tiendas de campaña, pero en la enciclopedia hay un dibujo que la hace parecer la puerta regular de una casa contemporánea. Además, parece también una de minúscula de la actualidad, que se supone que crearon los romanos siglos después.

         El signo de los egipcios, pues, se “triangulizó”, deduzco yo humildemente, cuando lo adoptaron los fenicios, que lo llamaron dalet, “puerta”, y los hebreos, después, hicieron lo mismo. Para cuando el dichoso dibujito llegó a territorio heleno, se convirtió un triángulo de lo más sencillo y equilátero que podían trazar y que ellos llamaron delta. Dalet primero, después delta. Por ese camino llegó a Roma, donde le inventaron, como ya dije, la forma minúscula (que no entiendo por qué algunos especialistas dicen que apareció a causa de la escritura a mano de la mayúscula). De la mano de los romanos llegó a España y en aquel barquito de Colón se vino para América. Esa es la herencia que hemos recibido nosotros, los que hablamos español donde lo hablemos.

         Monitor explica que la pronunciación de la de en la terminación de los participios y otras palabras fue haciéndose cada vez más relajada con el tiempo, y que en muchas regiones no se pronuncia. (Yo hubiera dicho, y el profesor Malaver me apoya, que era en todas partes, siempre que esté uno amparado por el contexto familiar, amical, informal.) Ese debilitamiento fonético dio como resultado la evolución de palabras latinas como pater a padre, de catena a cadena, de peccata a pecado. En otros casos desapareció, como en paradiso, que nosotros decimos paraíso, o radix, que convertimos en raíz.

         Además de la historia, existen unas cuantas curiosidades relativas a la letra de. Por ejemplo, D. (mayúscula con punto) es la abreviatura de la fórmula de tratamiento don. En la numeración romana, la de mayúscula representa el 500. En música, los compositores de habla inglesa utilizan la D en lugar de nuestra muy reconocible nota re. En la historia del siglo XX, de Día D fue el día en que comenzó el desalojo de los nazis de Europa. En química, la delta es el símbolo de calor. Con esta cálida letra comienzan sustantivos que nombran conceptos importantes y entrañables para nuestra cultura: Dios, democracia, dulzura, y también conceptos desastrados y sin defensores, como deuda, desastre, dolor.

         Como todas las demás, la de tiene diversas funciones, diversas significaciones y diversas historias detrás de ella. Su sencilla forma de arco de flecha sin tensar, recta y curva al mismo tiempo, que desde nuestro ángulo poco tiene que ver con la idea de una puerta, pero que puede abrir un camino, o marcar un punto hacia el cual caminar, una dirección, nos trae a la mente una claridad como la de la didáctica, como el dominio de las emociones, como la diestra mano que invita al conocimiento. Conocerla mejor con toda certeza nos comunicará mayores placeres en el uso de nuestra dichosa lengua.

         Otro día —ya no tengo certeza de la fecha—, seguiré con el sexto capítulo de esta hermosa historia. Mañana regreso a Atenas.

 

Valencia, 27 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXI / 20 de mayo del 2024

 


lunes, 29 de abril de 2024

La ce, joroba del desierto [CDLVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

El problema de la ce y las vocales puede ser sencillo,
pero llevarlo a cuestas... Actor anónimo representa
a Quasimodo en París


 

 

         Después de varios días tratando de hacer espacio en su horario de trabajo presencial y en línea, mi amiga Alejandra, su esposo, su hijo y yo cogimos el carro para venir a Puerto Cabello, donde vive el abuelo de ella, que está enfermo desde hace una semana.

         En el camino les comenté que esta semana, para seguir con la serie iniciada en ese mismo carro diez días antes, tenía que escribir sobre la ce. El niño entonces suelta el cubo de Rubik y se pone a mirar por la ventana y a señalarme los letreros donde veía nombres de lugares cercanos que comienzan con esa letra.

         ¿Y qué palabra conoces que comiencen con ce? —le pregunto.

         —Todas, tía —me responde con entonación de autosuficiente.

         Su papá desde el volante lo anima a recordar el nombre del abuelo paterno, y él piensa en el que vamos a visitar.

         —Simón —responde.

         Nos reímos.

         —El otro, hijo, el papá de papá —dice la madre.

         —No, mami, Carlos no tiene ce, ¿verdad, tía?

         Qué problema. ¿Quién habrá inventado que la ce se lee diferente ante la e y la i que ante la a, la e y la u? Y quien lo haya inventado, ¿no podía darse cuenta, una semana después, de que el asunto necesitaba una corrección en el diseño? Y yo ahora, como no he sido sistemática con este objetivo didáctico, me acabo de meter por la calle equivocada.

         Por lo que he leído en estos días, hemos heredado la ce de los etruscos, no de los fenicios. La escribían como un ángulo de unos 45 grados con el vértice hacia arriba y con el trazo de la derecha más largo que el de la izquierda. Se llamaba gimel y recordaba inicialmente la joroba de un camello. Simplificando el asunto excesivamente, los etruscos tenían dos variantes de este signo, que los griegos absorbieron —y llamaron gamma—: uno para el sonido sordo, que se combinaba con la vocal a, y otro, también sordo, que ponían antes de las vocales e e i. ¿Ustedes también ven ahí una respuesta a esa bifurcación de usos que todos sufrimos en primaria al aprender a escribir, al menos en español?

         Los romanos escribieron estos signos (o los signos que iban quedando de su evolución) de manera similar a nuestra ka actual. Con el tiempo perdió el trazo vertical y se pareció más al signo de menor que (<). Hubo quienes por eso la relacionaron con un búmeran. Era esa letra, por cierto, con la que escribían el nombre que todos los emperadores querían ponerse: Caesar, que se pronunciaba más parecido al actual Kaiser del alemán que a nuestro César.

         Para no atormentarlos con más datos y datos, sólo les cuento que en Roma, en realidad, durante muchísimo tiempo, la ce representaba también el sonido de la ge, pero pronto lo resolvieron, como es evidente, agregándole un trazo al signo que habían copiado de los griegos.

         Es una larga y, además, compleja historia que uno no entiende a primera vista en la infancia, y cuando crece y memoriza cómo funciona, ya no importa. Y si no lo aprende, importa menos aún.

         La encantadora letra ce es con la que comienza el mayor número de palabras que quedaron registradas en la edición del 2001 del diccionario de la Real Academia Española: 12.577, o 14,29 por ciento. Sin duda, una de las razones importantes del “récord” —que antes ostentaba la a— es la inclusión en la sección de la ce de todas las palabras que comienzan con che.

         E indudablemente es esa también una dificultad nueva para los niños del presente. Mi hermoso sobrino, por fortuna, ha comenzado ya a sortearla: reconoce la ce y se da cuenta del sonido al que corresponde. Y afortunadamente también, un grupo de hombres que cabalgaba al borde de la carretera no bien entramos en la ciudad lo distrajo de las excepciones de nuestro alfabeto.

         Qué felicidad volver a ver Puerto Cabello.

 

 

 

Puerto Cabello, 14 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLVIII / 29 de abril del 2024

 

lunes, 15 de abril de 2024

La a, primera y principal [CDLVI]

 Ariadna Voulgaris

 

 

 

En el campo y la ciudad, lo primero
que aprendemos en la escuela

 

 

         Estoy en Venezuela. Mi amiga Alejandra fue a recibirme en el aeropuerto hace tres días y ayer, miércoles, finalmente encontramos el camino a Valencia, donde viven su familia y lo que queda de la mía en toda América. En el camino, antes de quedarse dormido en el asiento de atrás del carro, el hijo de mi amiga, que acaba de cumplir cinco años y anda en una tensa relación sentimental con el alfabeto, me pregunta:

         Tía, ¿cuál es tu letra favorita del abecedario?

         Bromeando, simulo que no entiendo bien la pregunta, volteo y le pregunto a Alejandra:

         —¿Abededario? Eso nos lo enseñaron en secundaria, ¿no?, al final, ¿tú te acuerdas?

         Y el niño salta con una carcajada y grita:

         —¡Ustedes saben leer desde que eran chiquitas!

         En ese instante me percato de que los nombres de los tres comienzan por A, de modo que decido no escoger esta letra por si es la favorita de él. El niño me urge a responderle y yo no logro interpretar la mirada de la madre. Digo nerviosamente:

         —¡Eh...! ¡La zeta!

         —¡¿La del Zorro?! —pregunta él.

         —Sí, la última.

         —La mía es la a, la primera.

         Tan inocente la a, ¿verdad?, tan sencilla, tan calladita que parece ahí en la puerta del alfabeto, tan sonora y tan amiga de los niños que comenzamos a aprender las artes y misterios de la lengua, de cualquier lengua, del conocimiento y, aunque no parezca, también de la ignorancia. Y cuánta historia a cuestas de su redonda humanidad, cuánta poesía y cuánto pensamiento, cuánta ciencia y cuánta agua que ha caído con la lluvia del mundo, que la lava y la limpia de nuestra grosería y nuestras mentiras.

         Y tan humildes sus orígenes. La A, la mayúscula, fue creada probablemente en aquel mismo siglo en que aquellos ingeniosos señores fenicios —¿sería uno solo, serían cien?— tuvieron aquella revolucionaria idea de atribuirle “significado” a aquellos trazos que comenzaron a hacer sobre una tabla o un pedazo de arcilla recién horneado para llevar cuenta del ganado y el grano que acababan de comprar, o de vender, a los comerciantes que llegaban a menudo a su puerto a ofrecer sus mercancías o que ellos mismos llevaban a otras orillas del Mediterráneo. ¿Vendemos y compramos ganado? Pues, mira, podemos dibujar una cabeza de buey por cada res que nos entregan. Ya después, con el tiempo, la parte de abajo, la del hocico, se hará punteaguda y la de arriba, los cuernos, se transformará en dos simples trazos rectos. Y siglos y siglos más tarde, algún heleno girará la figura y la “escribirán”, la trazarán como si el buey mirara hacia adelante y quizá después los latinos la inviertan y será un triángulo con una línea horizontal a la mitad y no en la base. Y la conocerán tantos hombres que hasta la usarán para escribir poesía y para “anotar”, recordar los nombres de sus abuelos y de los lugares donde han ido y de las mujeres que han amado y de los hijos que les nazcan.

         Brevísimo sonido, larguísima la historia. Siempre fiel y siempre diferente en cada pueblo que la profería. Y hubo que esperar unos tres milenios para que otra vez la historia se partiera en dos, antes y después de Cristo, y que después, escritos a toda prisa, los trazos rectos y quebrados de la A se suavizaran, se curvaran, se “minusculizaran”, conservando en todo este recorrido el lugar que desde el principio le habían dado los fenicios aquella mañana caliente en aquella orilla marina. La imprenta de Gutenberg y la pantalla de Gates se lo han respetado; ya no parece una cabeza como en sus primeros días, pero sigue siendo la primera.

         Con la letra A comienzan casi 10.400 palabras de la lengua española, es decir, 11,4 por ciento de las registradas en el diccionario de la Real Academia. Aunque perteneciente al grupo minoritario, las vocales, la a preside el conjunto total de las letras. Representa además el sonido más fácil de pronunciar, el que encuentra menos obstáculos en el aparato fonador.

         Le muestro a mi curioso sobrino el torpe dibujo que hago en mi agenda. Él lo reconoce y dice:

         —Una vaquita.

         —Es más bien un toro —le digo—. Se llama Aleph.

         Le dibujo después la simplificación de la letra fenicia, con dos puntos como narices y juntando ojos y orejas en un solo trazo casi horizontal. El niño le da la vuelta a la libreta y dice:

         —Ahora es una A. ¿Por qué te gusta la zeta, tía? Esta es más bonita. Es la A de mi nombre, y mi mamá dice que es la primera y principal.

 

Valencia, 4 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLVI / 15 de abril del 2024

 

martes, 25 de octubre de 2022

Dos influencias... tres [CCCXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Somos tres: Jesucristo, don Quijote y yo. Muerte de Simón
Bolívar (1889), de Antonio Herrera Toro

 

 

         Ya casi me había dado por vencido: esta semana no parió mi mente un tema del cual hablar en Ritos de Ilación. Y en eso me pongo a revisar el foro de mi asignatura en la universidad para responder los comentarios, dudas y preguntas de los estudiantes, y me tropiezo con esto: “La explicación del profesor sobre la literatura, la ficción y el pacto ficcional me hacen reflexionar sobre la influencia que puede tener un texto en la vida de una persona”.

         Como no tengo otra vida en la cual pensar, aunque no parezca muy ingenioso ni sabio, pensé en la influencia de los libros en mi propia vida. El problema era que, no estando frente a frente con los estudiantes, iba a ser bien fastidioso hablarles de semejante tema. Así que respiré profundo y me puse a decirles lo menos que pudiera. Y me salió esto:

 

Estimada Rodríguez:

     La influencia de una obra literaria en la vida de una persona. Tengo que controlarme para no contarles, para no pasarme la noche entera escribiéndoles sobre esto. Me voy a limitar a dos casos, dos obras.

     Cien años de soledad es un libro que ejerce una atracción tal sobre mí que tengo que tenerlo escondido en mi biblioteca porque si está a la vista y yo paso por ahí, siento que el libro me hace lo mismo que le hizo Atenea a Aquiles aquella vez que estaba a punto de desenvainar la espada para matar a Agamenón, que lo cogió por los cabellos y le dijo: “Insúltalo como gustes, pero no lo mates, que por sus ofensas recibirás más tarde espléndidos presentes”. Si dejo que el libro me atrape, es decir, si lo abro, si leo el primer párrafo, estoy perdido, voy a tener que leer 300 páginas antes de seguir en lo que estaba al pasar junto a él.

     La segunda obra es Don Quijote de la Mancha, que es un libro que intenté leer a los 15 años, a los 18, a los 24, a los 25, a los 29, a los 30, y nunca pude... hasta que a los 33, como por un milagro, estaba yo un día leyendo el periódico y leí una palabra, no recuerdo cuál, y levanté la vista y dije: “Llegó la hora”. Y esa misma tarde comencé a leerlo y no me detuve hasta que lo terminé y ya saben ustedes que Don Quijote tiene más de mil páginas. Y después pasé como seis meses atormentando a mi familia y a mis amigos hablándoles todo el tiempo de don Quijote. Casi no hablaba de otra cosa en todo el día. Ahora solamente atormento a los estudiantes, pero en aquellos días, ya la gente adivinaba: “Sí, Edgardo, ya sé, seguro que don Quijote un día hizo algo como esto que está pasando ahora, ¿no?”. Es lo mejor, lo más bello, lo más impresionante que he leído en mi vida. Y los especialistas, que han leído mucho más que yo, dicen que es la mejor novela que se ha escrito en la historia.

     Mientras escribía esto me vinieron a la mente cinco o seis obras más, pero si me pongo hablar de ellas, no solamente pasaré la noche entera aquí sentado, sino que me iré acordando de otras y otras, y luego vendrán las películas y las obras de teatro y los cuentos de mi abuela y los de mis profesores y los que me cuento a mí mismo y los del cielo y de la tierra, y ay, madre mía. Y así ninguno de ustedes leerá nunca más el foro porque el profesor habla demasiado. Y será verdad.

     Hasta luego, María Elena.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCIX / 24 de octubre del 2022

 



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lunes, 10 de diciembre de 2018

Las vocales y sus colores [CCXXXVIII]

Edgardo Malaver


 
¿Para ti de qué color son las vocales?



         No supe nunca cómo llegué a juntar las unas con los otros, pero, de pequeño, en la imaginación, yo les asignaba colores a las vocales. Llegué incluso a usar mis lápices de colores para dibujarlas, distribuidas, en apariencia caprichosa y aleatoriamente, entre las monótonas consonantes, a veces más cerca, a veces a dos, tres, cuatro espacios de la siguiente, todo por el puro placer de poner la hoja a cierta distancia y disfrutar del colorido irregularmente ordenado. Imaginar que hacer las letras más grandes, sustituir alguna breve palabra, agregar un prefijo, las cambiaría de lugar y les mudaría el aspecto, me insinuaba que el mismo texto podía lucir de diferentes formas y que, aun con los mismos colores, tendría infinitas posibilidades de combinación; todo esto me llenaba de fascinación. Si no fuera por la lectura, por los libros, por las historias, este sería el recuerdo más caro de mi escuela primaria.
         Haciendo estos juegos de letras y colores, de sonidos que eran imágenes, llegué a bachillerato; y recordándolos, llegué a la universidad, pero no los abandoné nunca. Mentalmente, he jugado miles de veces con las vocales y sus colores. Sin embargo, había aprendido a jugar solo, porque las muecas que he visto las tres o cuatro veces que lo he mencionado a algunos amigos me disuaden compartir mi juguete con otros niños. Así que no me esperaba llegar a tener un alma gemela que me disparara las palpitaciones al preguntarme, no bien ha aprendido siquiera el orden de las letras en el alfabeto: “Papi, ¿para ti de qué colores son las vocales?”.
         Para ella, la a es roja, la e es azul y la i es amarilla, exactamente como lo son para mí; en su imaginación, la o es verde y en la mía es marrón (“Podemos dibujar un árbol”, me dice); ella ve la u marrón, yo la veo morada. Resulta que su mamá, a quien nunca me había pasado por la cabeza comentarle esta “manía” mía, también ve la a roja, pero ve la e verde; ve la i igualmente amarilla, pero para ella la o es azul y la u, anaranjada. Mendel seguramente nos daría una explicación plausible de cómo estos caracteres dominantes de la a y de la i darán siempre rojo y amarillo, respectivamente, para la descendientes de individuos que ven de esos colores esas vocales. Las disparidades han de ser fruto de los caracteres recesivos.
         Las vocales, que, en su condición de minoría fonética, lucen más bien débiles y desprotegidas, han conquistado lugares honrosos en las lenguas, por lo menos en la española. En primer lugar, no es posible en español crear una sílaba sin una vocal, por lo menos. Todas las vocales, además, pueden funcionar como sílabas, e incluso como palabras individuales, sin la asistencia de ninguna consonante. Está entre ellas el sonido más “puro” que puede pronunciarse en la lengua, el de la a, es decir, el que experimenta la menor intrusión de los órganos de fonación. Son un grupo pequeño, pero son imprescindibles.
         En cierta forma, equivalen en la lengua a los colores primarios, que existen como personalidades originales, pero de ellos, de su combinación endogámica, aparecen los colores secundarios. Al revés, no es posible. No es extraño, entonces, que las vocales tengan en la mente de algunas personas sus propios colores. O que los colores, para decirlo de manera más bien poética, se sientan atraídos por las vocales, que parecen hacer sido las primeras en aparecer entre los sonidos.
         Mi niña, como está una generación más adelante que yo, tiene también colores para algunas consonantes, pero quizá espere hasta que aprenda a leer para contarles sobre esa otra bendición de la vida... y de la lengua.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXXXVIII / 10 de diciembre del 2018