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lunes, 17 de abril de 2023

Apellidos que se disfrazan de nombres [CDXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Isla griega de Gavdos, el punto más al sur de Europa

 

 

         Cuando estaba aún en primaria, ya me atormentaba que los niños escribieran sus nombres al revés, es decir, apellido-nombre. Más tarde observé que también muchos adultos lo hacían, y esto era mucho más difícil de comprender. Y aún no lo logro, porque resulta que esta práctica no es compatible con nosotros; es en el hemisferio oriental del mundo donde lo normal es que la gente exprese su identidad anteponiendo el apellido al nombre.

         Cualquiera que recuerde a Saddam Hussein (1937-2006) recordará también que en las noticias lo llamaban Saddam y no Hussein. A Mao Tse-Tung (1893-1976) (como se escribía en español cuando yo supe de su existencia) se le llama Mao en el mundo entero y a Mobutu Sese Seko (1930-97) nadie lo llama de otra forma que Mobutu. Y hay otros casos, miles, sólo que quería impresionarlos con estos tres [malos] ejemplos.

         Hay en Occidente, sí, en muchas áreas, personajes históricos que tienen apellido y, a pesar de eso, se les conoce mejor por su primer nombre. Uno muy prominente es Napoleón Bonaparte, cuyo apellido se utiliza con tan poca frecuencia —hay que ser un historiador hiperriguroso para hacerlo— que uno puede pensar que se llama simplemente Napoleón, como en la antigüedad. Otro caso, infinitamente más grato, es fray Luis de León, a quien nunca nadie ha llamado De León. A sor Juana suele llamársele por ese primer nombre, por el nombre sor Juana Inés o sor Juana Inés de la Cruz, su nombre religioso completo, pero nunca De la Cruz. Pasa exactamente lo mismo con Garcilaso de la Vega —con los dos, en realidad— y también con Lope de Vega, y en este caso, Lope, por el que se le menciona con más frecuencia, ¡es su segundo nombre! A Leonardo, sin embargo, puede llamársele por el nombre o por su apellido, si es que Da Vinci es su apellido. Y en el caso de Miguel Ángel, muy pocos recordarán en el momento más necesario cómo se apellidaba.

         Aunque no hace mucha falta repetirlo, en el mundo occidental, es decir, aquí, los hablantes decimos nuestros nombres en este orden: nombre-apellido. El nombre puede incluir una composición de dos o más y el apellido puede ser uno solo o dos, pero cuando son más de dos —que es un caso tan raro que ya no debe haber muchos ni en la nobleza, donde la haya—, igualmente se acomodan lo mejor que pueden en dos grupos: el paterno y el materno.

         Lo que no pasa en la cultura occidental (o es tan poco común que apenas sucede a uno le llama la atención) es que, como los tres personajes aquellos del segundo párrafo, uno diga su nombre al revés. Cuando se le pone el nombre de una persona a una calle, a una escuela, a un parque, no le ponen, por ejemplo, “Universidad Sáenz Manuela” ni “Calle Blanco Andrés Eloy” ni “Plaza Páez José Antonio”. Eso es impensable. En la portada de un libro no se pone nunca “Gallegos Rómulo”, y si lo pusieran, hay que dudar tanto de esa edición que sería mejor ni examinarla siquiera. Y sin duda, cuando usted está en una fiesta y le preguntan su nombre, no dice: “Rodríguez Juan. Mucho gusto”. Nunca.

         Sí hay, es cierto, contextos y situaciones en los que tiene sentido poner los nombres al revés: en la escuela, en instituciones del Estado y en poquísimos otros lugares. Se hace, esencialmente para organizar la información que se tiene sobre los individuos, por ejemplo, por medio de una lista. Sin embargo, es el que desea hacer la lista, el que tiene el deber de presentar la información ordenada y fácilmente inteligible, quien pone los nombres al revés (apellido-nombre), no las personas cuyos nombres están en la lista.

         Muchos estudiantes se quedan con la impresión, después de los años de primaria y secundaria, de que en situaciones formales, como en los exámenes, deben escribir su nombre comenzando por el apellido. Incomprensible. Pueden suceder desastres debido a esta actitud, que normalmente no ha sido objeto de reflexión. Pensando en mis propios alumnos, voy a poner un ejemplo extremo pero de ninguna manera imposible. Imagínense, chicos, que alguno de ustedes se acostumbra a poner su nombre al revés y firma de esta manera:

 

Cruz Alfonzo Clemente Román

Fermín Belisario Beltrán Lorenzo

Marta Elvira Reina Concepción

Socorro Magdalena Ventura Rosario

 

Todos estos nombres, los masculinos y los femeninos, son también apellidos. Es decir, si yo no sé que ustedes, en contra de lo regular en nuestra cultura, escriben sus nombres con los apellidos primero —¿por qué tendría que pensar eso si no estamos en Asia?—, voy a creer que se llaman Cruz, Fermín, Marta y Socorro, y que se apellidan Clemente, Beltrán, Reina y Ventura. Perfectamente posible. Culturalmente claro. Pero podría cualquiera de ustedes venir a señalarme que estoy confundiendo sus nombres con sus apellidos. Comprando refrescos en la playa, quizá no pasaría nada, pero ¿se imaginan el resultado de esta confusión si un cirujano tiene que extirparle un órgano a Marta y le traen a Reina al quirófano? ¿y la del profesor que les va a poner una mala nota, y la del juez que les va a leer un veredicto condenatorio?

         Miren ahora estos nombres:

 

Martín Gimeno Santiago

Sabina Gadea Francia

 

Si no estamos de acuerdo en que los nombres van primero y los apellidos después (que es incomprensible que no lo estemos) o si usted lo hace al revés sin saber o por alguna razón, ¿cómo decido yo si estas personas están usando un solo nombre y dos apellidos o dos nombres y un solo apellido? Y en cualquiera de los dos casos, ¿cuál es cuál? En realidad, no hay razón para que me haga esas preguntas, porque la cultura me indica que los nombres van primero y los apellidos después. Y, aunque parezca una tontería, si uno se acostumbra a hacerlo al revés, se está creando a sí mismo un problema que puede convertirse en grave y, quizá, no tener solución (después de que nos extirpan un riñón sano, un diente o un ojo, no hay vuelta atrás, por más que después el médico se entere de que nuestro nombre estaba al revés).

         La solución puede ser sencillísima: leer las normas de uso de la coma. Cuando es necesario invertir el orden nombre-apellido, hay que poner una coma entre uno y otro (tal como se hace, por lo demás, cuando se invierte, por ejemplo, el orden sujeto-predicado o se traslada alguna parte de la oración a un lugar que no le corresponde en el orden canónico). Otra solución (sobre todo en casos especialmente confusos como el de Martín Gimeno Santiago o Sabina Gadea Francia) puede ser la que han adoptado los franceses. Para que el nombre quede recalcitrantemente claro, incluso en casos muy claros, los franceses ponen casi siempre los apellidos en mayúsculas sostenidas.

         Entonces, muchachos, no se crean chinos, iraquíes o congoleses, que no lo son. En los países árabes, en los asiáticos, en muchos africanos y en los europeos del este, es normal y correcta la inversión del nombre, pero desde la isla de Gavdos, Grecia, hasta la de Diomedes Menor, Estados Unidos, y desde Puerto Williams, Chile, hasta Hammerfest, Noruega, no es así. No actúen sin saber lo que hacen. Investiguen las normas y adopten los recursos que ellas ofrecen para escribir con la mayor claridad. Y si se trata de sus propios nombres, que es como decir que se trata de ustedes mismos, y si puede tener consecuencias negativas escribirlo mal (sí, mal), es urgente aprender a escribirlo y escribirlo bien.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVII / 17 de abril del 2023

 



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viernes, 25 de diciembre de 2020

Nombre y apellido del Niño Jesús en castellano [CCCXXXVI]

 Edgardo Malaver



Buen Pastor, imagen del siglo III



Me imagino que no soy el único que se ha preguntado por qué el Niño Jesús, de adulto, recibe el nombre de Jesucristo. ¿Acaso es un resumen del nombre?, pregunté una Navidad en casa cuando era niño y nadie supo decirme. Ahora tengo edad de responder, más que de preguntar, y ya encontré la respuesta.

En castellano —uso castellano a propósito—, cuando las culturas occidentales no se habían zambullido de lleno en la fiebre de ponerse, de poner, de heredar y de perpetuar apellidos, los hombres simplemente tenían su nombre, y así nacían, crecían, se reproducían y, al final, morían. Es probable que cuando los pueblos comenzaron a crecer y hubo más de un Pedro, más de una María, comenzarían en algunos lugares a ponerse segundos nombres: Pedro José, María Antonia, César Augusto. Cuando ya la temperatura les llegó, digamos, a 38, fueron los oficios, los lugares de origen, los caracteres físicos, las reputaciones, las hazañas los que se ponían después del nombre de pila: Pedro el Herrero, María la de Navarra, José el Feo, Juan el Cortés.

Cuando se aproximaba la Edad Media, ya la fiebre era delirante, y los apellidos eran indicio de alcurnia, de posición social, de poder. Mucha gente del pueblo, que no se pertenecía a sí mismo, mucho menos iba a tener apellido (por más originales que sean y hayan sido las formas de llamarse de los más humildes). Cuando llegó la hora de escribir el Cantar del Mío Cid, ya existía, cuando menos, aquella práctica de apellidarse a partir del nombre del padre (lo que se llama patronímico, pater + nome: ‘nombre del padre’). Pedro tiene un hijo llamado Gonzalo y éste se apellida Pérez, que es el patronímico que corresponde a Pedro (por Pere, la forma medieval de este nombre); luego Gonzalo Pérez tiene un hijo, lo bautiza Ramiro y éste, de adulto, se hace llamar Ramiro González. Y sus hijos se llamarán Ramírez.

Don Rodrígo, el Cid Campeador, se apellidaba Díaz porque su padre se llamaba Diego, pero sus hijas, doña Elvira y doña Sol, se apellidaban Rodríguez, hijas de Rodrigo. En este punto, algunos se están preguntando, como hacía yo también, por qué a veces se llama a este personaje Ruy Díaz de Vivar. Andrés Bello lo explica en dos líneas:


Los nombres propios se apocopan antes del patronímico: Alvar Fáñez, Garci Ordóñez, Rodric Díaz, que después se dijo Rui Díaz, etc. (Bello, 1881, 312).


Y así, de paso, nos enteramos de que García era nombre (masculino) y no apellido en la Edad Media, pero cuando iba seguido por el patronímico, se convertía en Garci. Así aparecieron los apellidos Garcilaso, Garcidueñas, Garciálvarez. Por la combinación de dos nombres (como los casos descritos), un nombre y un apellido o dos apellidos, nacieron también Fuentidueño, Sanchiáñez, Ruipérez.

“Profe”, me van a decir mis alumnos, “¿y el Niño Jesús?, ¿cómo entra el Niño Jesús en este asunto?”. ¿No lo han visto? Jesús de Nazaret, también llamado ‘el Cristo’, aunque éste no sea un patronímico, en algún momento hace poco más de mil años, en el incipiente castellano de Castilla, llegó a ser llamado Jesu Christos, y de esto a Jesucristo, había tan sólo un paso. Jesús el Cristo es muy similar a Felipe el Hermoso, Pipino el Breve, Alfonso el Sabio, o cualquier otro personaje, célebre o no, que haya tenido un apodo, un apelativo, un epíteto.

El personaje que cumple años hoy tiene, según Fray Luis de León, “casi innumerables nombres”. De ellos el primero que aparece en el Antiguo Testamento es Pimpollo, y no es difícil imaginarse a la Virgen María, como cualquier otra madre, mirando a su hijo recién nacido como quien mira el pimpollo de una flor. Otros nombres de Jesús, dice Fray Luis, son


León y Cordero, y Puerta y Camino, y Pastor y Sacerdote, y Sacrificio y Esposo, y Vid y Pimpollo, y Rey de Dios y Cara Suya, y Piedra y Lucero, y Oriente y Padre, y Príncipe de Paz y Salud, y Vida y Verdad (De León, 2020, 28).


Los nombres tienen tanta influencia en nuestra vida, en nuestra constitución psíquica y emocional, que no es extraño que el Niño Jesús tenga tantos y tan poéticos, y que en algunos casos, hasta parezca que tiene también apellido.


emalaver@gmail.com




Bello, A. (1881). Obras completas. Volumen II: Poema del Cid. Santiago de Chile: Pedro G. Ramírez.

De León, F.L. (2020). De los nombres de Cristo. Madrid: Verbum.




Año VIII / N° CCCXXXVI / 25 de diciembre del 2020