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lunes, 10 de junio de 2024

Una de gramática [CDLXIV]

Edgardo Malaver Lárez



¿Quién quiere darle palos a un caballito tan bonito
si en la fiesta están hablando de gramática?




No sé ya cuál de los niños que estaban en aquel cumpleaños me preguntó: “¿Por qué todos los estudiantes son iguales y los alumnos son niños y niñas?”. Pensé que se refería a la diferencia de edades, pero él observaba que la diferencia en el artículo puede dar, por un lado, los estudiantes y las estudiantes (todos iguales) y, por otro, los alumnos y las alumnas (cada sexo con su género). Y no sé quién apagó la música ni en qué momento se hizo silencio para escuchar otras “curiosidades”: “Miren, niños, también existen ‘nombres de cosas’ cuyo significado cambia si les cambiamos el artículo: la frente y el frente, el cólera y la cólera, el parte y la parte”. Y qué asombro cuando dije: “Y otros nombres en que pasa lo contrario: no cambian de significado: el sartén y la sartén, el mar y la mar, el terminal y la terminal”. Una madre llamó su enfant terrible, que estaba en primera fila delante de mí. “Además”, agregué finalmente, “están los nombres que cambian totalmente de masculino a femenino, como hembra y macho, caballo y yegua, sastre y costurera”. Entonces se levantó una niña pequeñita y declaró: “Entonces no hay nada mejor que ser estudiantes, porque somos todos iguales”.

Aplaudimos todos.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXIV / 10 de junio del 2024


lunes, 31 de julio de 2023

Échame una manita, manito [CDXXIX]

Edgardo Malaver

 

 

Mirla Castellanos en la portada
de un disco de 1962

 

 

 

         Después de El Chavo del 8, todo fue diferente. Me quedó claro que había otro lugar en el mundo donde se hablaba como quien siempre lo está animando a uno a volver a intentar de otra forma lo que no ha logrado, donde a los tontos los llamaban mensos y donde se podían, eternamente, pasar 14 meses sin pagar el alquil... la renta. Muchas cosas tenían otros nombres, aunque era fácil deducirlos siempre, sin necesidad de localización ni de postgrados en variaciones del español. Y, curiosamente, maravillosamente, muchas de las cosas que tenía los mismos nombres admitían derivaciones diferentes. Una de ellas era la palabra mano, que el Chavo, Quico y la Chilindrina podían llamar, muy castellanamente, mano, pero si hablaban de ella con cariño, pues les salía manita, y no manito, como decíamos mi hermano y yo porque en la casa, en la calle, en la escuela le decían así.

         Y entonces me lanzaba yo a atormentar a mi pobre madre, que no tenía ocupaciones ni responsabilidades y que, con su sueldo de maestra de preescolar, pagaba docenas de sirvientes para dedicar todo el tiempo posible de atender y resolver las diatribas lingüísticas del muchachito que le había salido preguntón: “¿Por qué el Chavo dice manita? ¿La palabra no es mano? ¿No es como carro, que termina con o y si es chiquito uno dice carrito?”. Mucho oído, pero cero kilómetros en morfosintaxis. “Ay, hijo, será que en México dicen así. Quién sabe, a lo mejor es porque mano es femenino. La mano, ¿no?”. ¡Claro! ¡La mano, la manita! Mi mamá sí que sabía de morfosintaxis. Es ahora que me pregunta a mí, pero en aquellos días de El Chavo, hasta Andrés Bello le consultaba a ella.

         Si hay algo más que decir con respecto a la razón por la que los mexicanos dicen manita en lugar de manito, es muy poco. Es un sustantivo femenino, y el diminutivo de los femeninos, en español, se forman agregando sufijos como -ita, -illa, -eta, -ina, etceteruela. Simplemente sucedió en el territorio que ahora llamamos México —aunque no dudo que en otros lugares suceda también— que a los hablantes se les atravesó el femenino en la mente en el momento originario en que iban a hablar por primera vez de una mano pequeña.

         Los venezolanos, por lo menos, dicen una foto y una fotico (aunque tres o cuatro venezolanos prefieren fotito), la moto y la motico, esta modelo y esta modelito (más bien infrecuente, ¿verdad?), En el caso de radio (al igual que de disco, o sea, ‘discoteca’), sería bien extraño utilizar, por ejemplo, algunas radiecitos para referirse al medio de comunicación o a una emisora, no al aparato, pero quien prefiere mi médico favorita, no se detendrá en semejante pequeñez.

         También existe un subgrupo de los sustantivos femeninos terminados en o que no tienen versión masculina y aparecen muy poco en el discurso popular: soprano, libido y polio. Esta última, como foto y moto, es en realidad una apócope, y sí parece bien difícil que se le use en diminutivo, cosa que pude afirmarse tranquilamente de las otras dos. Lo que sí es bastante seguro es que, de aparecer, a pesar de su “feminidad” de corazón, aflorarían con diminutivos terminados en o.

         El diccionario, románticamente, nos da la expresión hacer manitas, que significa ‘cogerse y acariciarse las manos’ una pareja. Es la única que incluye con el diminutivo, pero su forma “original”, mano, tiene 36 acepciones y más de 250 expresiones y locuciones adjetivas, verbales y adverbiales, además de las equivalentes a sustantivos y términos fijos. También incluye mano y manito, que provienen de hermano y que, naturalmente, tiene su femenino, mana, cuyo diminutivo es manita. Qué periplo, ¿no?, para llegar otra vez a la palabra que aprendí del Chavo... o a los mexicanos, que también la usan tanto.

         Una expresión que siempre se detiene en mi mente cuando el oído me la trae desde el exterior, echar una mano a alguien, además del significado que pone el diccionario: ‘ayudar a alguien’, es la expresión más clara y noble del compañerismo y de la cooperación desinteresada que puede uno prestar —más bien, regalar— a quien los necesite. Con razón échame una mano, manito tiene un sonido tan a propósito para pedir ayuda a un amigo.

         Habrán sido los despistados, digo yo, los que, paradójicamente, se pusieron detallistas e influyeron para que, en diminutivo, esta palabra pasara del género “hermafrodita” al femenino. No pasa lo mismo que pasa con los sustantivos masculinos que terminan con a, como... ¡Un momento...!, que sí observo que en este grupo, en países como Perú y Bolivia, en unos pocos casos, les cambian a femenino el artículo definido, en singular y plural: la diploma, las diplomas; la tema, las temas.

         La lengua, como cantaba Mirla Castellanos en 1962, “es una tómbola”. Apenas reconoce uno un rasgo que parece uniforme, que podría usarse con la confianza de no “equivocarse”, inmediatamente aparece el ejemplo contrario. Pobre de los hablantes extranjeros.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXIX / 31 de julio del 2023

 




miércoles, 6 de mayo de 2020

La RAE y el coronavirus [CCCII]

Luis Roberts



La Cúpula Genbaku (1915) de Hiroshima resistió
el bombardeo atómico de 1945



         Recuerdo que cuando la enfermedad terminal de Chávez, todos los taxistas, al menos los de Caracas, se convirtieron en expertos oncólogos, que, en cuanto abordabas el taxi, te ponían al día, te daban diagnóstico, origen, ubicación del psoas, etc. Hoy, por varias y lógicas razones, los taxistas han sido sustituidos por las redes sociales, esas corralas donde la gente se desgañita, se pavonea o se insulta, y en plena pandemia, sobre todo, opina. Hay miles de científicos especialistas, virólogos, epidemiólogos, etc., trabajando, tanteando, por ensayo y error, como se avanza en la ciencia, pero en las redes sociales, hay miles de “expertos”, “enteradillos”, que todos los días nos recomiendan la sangre de Cristo, el secador de pelo, la lejía con vainilla, o el whisky a todo dar. Las redes sociales del siglo XXI son como la energía nuclear del siglo XX: sirve para curar el cáncer o para destruir Hiroshima. Y, claro, en plena cuarentena, para matar el rato los tontos se dedican a decir las mismas tonterías que siempre han dicho los tontos, pero ahora con eco digital.
         Pues resulta que los dignos miembros numerarios de la Real Academia Española, por quienes por el hecho de serlo siento un profundo respeto, excepto por uno, que no lo merece, han decidido reunirse para, “con urgencia”, encontrar “una posible definición y sus consecuencias” del coronavirus, palabra que no aparece en el DRAE. Ya han tenido la primera reunión telemática y la segunda ya se habrá dado cuando se publiquen estas líneas. Con todos mis respetos, insisto, no creo que sea tan difícil definir un virus que tiene un círculo protector-agresor de proteínas en forma de corona, de ahí su nombre. Lo de las consecuencias, no creo que los doctos académicos estén en medida de definirlas sino muy someramente, pues ni siquiera los epidemiólogos las conocen aún en su totalidad. Tanta urgencia viene dada porque desde el inicio de la cuarentena ha habido 84 millones de consultas a la RAE de palabras que sí existen, como pandemia, cuarentena, confinar, resiliencia, epidemia, virus, triaje...
         Dicho esto, hay una segunda discusión entre los académicos, en la que, ahora sí, me atrevo a participar, y esta es sobre el género de ciertas palabras relacionadas con el virus. El idioma inglés no tiene este problema y lo sabemos los traductores que traducimos un relato de un asesino en serie, depredador sexual y ladrón, y a mitad del relato aparece un she, ella, y hay que cambiar todo pues se trata de una asesina, depredadora sexual y ladrona. El alemán se defiende con sus neutros, que hacen tan complicado que un alemán atine con el género cuando habla español, pero las lenguas romances tienen todas su género bien definido, donde el pronombre es obligatorio en francés y en español mucho menos, pues casi siempre la terminación define su género. Parece ser, por la información filtrada, que no hay discusión alguna sobre el hecho de que el virus, masculino, el SARS-COV 2 —el 1 ya fue descubierto en 2002— es un acrónimo de severe acute respiratory syndrome (coronavirus 2), o síndrome respiratorio agudo grave, producido por un conavirus, el segundo que se detecta. Virus y síndrome son ambos masculinos, por lo que en español el virus que nos flagela es el SARS-COV 2, si queremos respetar el acrónimo en inglés.
         La discusión viene por la COVID-19 —sí, la— porque este es un acrónimo del inglés CORONAVIRUS DISEASE (enfermedad) 2019. Es decir, el virus SARS-COV 2 produce una enfermedad que es la COVID-19. Pero hay un grupo de académicos que arguye que por tratarse de un “sustantivo” debe ser masculino. Lo lamento, pero no puedo estar más en desacuerdo, es un acrónimo de una enfermedad, como la malaria, la tosferina, la diabetes o la hepatitis. Si algunos acrónimos de enfermedades se han sustantivado en masculino, como el sida, es sencillamente porque cuando apareció no se sabía exactamente lo que era, era un síndrome, y ese masculino del síndrome prevaleció a la hora de sustantivarlo. Así, que, cuídense mucho, que nadie les contagie el virus, ni se lo contagien a nadie, y así se libren de la COVID-19.

luisroberts@gmail.com



Año VIII / N° CCCII / 4 de mayo del 2020





Otros artículos de Luis Roberts:

martes, 27 de noviembre de 2018

Contra el mismismo [CCXXXVI]

Edgardo Malaver



Mafalda lo ha dicho todo


         Como todo lo que se podía decir del mismismo ya se ha dicho, e incluso se ha dicho más, no tengo la ilusión de aclararle nada a nadie. Además, observo que todo el que se decide a escribir sobre este fenómeno siente la necesidad, y sucumbe ante ella, de comenzar o justificándose —disculpándose, en realidad, como quien no ha tenido otro remedio— por actuar como inquisidor de la lengua o declarándose aguerridamente mismismista —porque eso terminan siendo cuando adoptan el mismismo para ridiculizarlo—. No es lo que pretendo yo, ni una ni otra. Eso parece una pelea, y lo que yo tengo con la lengua es un romance, no una pelea.
         Ya se ha dicho: es un fenómeno —así dice un científico: un fenómeno, no un vicio, no una desviación, no una falta— en que se recurre muy frecuentemente al uso de la palabra mismo (y sus variantes de género y número) para referirse a algo que acaba de ser nombrado (sobre todo sustantivos y adjetivos, parece). Se dice, por ejemplo, “El gobierno ha cerrado algunas emisoras de radio debido a que... —y aquí siente que sería pecaminoso y abominable volver a decir emisoras de radio, pero se da cuenta de que afortunadamente aún tiene tiempo de cambiar a...— las mismas han cometido numerosos delitos contra la estabilidad de la patria”. ¿Le suena?
         Existe —no sabemos por qué, pero no nos preguntamos, mucho menos investigamos si tendrá sentido—, una especie de prohibición de utilizar dos veces una misma palabra en un párrafo. Y es mucho peor —es decir, condenable— si aparece tres, cuatro veces, y digno de castigo cuando es en la misma oración. No sabemos por qué está como prohibido, por qué está mal, por qué nos lo reprochan, pero urge evitarlo. Bueno, sí lo sabemos: la escuela y su empeño en deseducarnos nos repiten desde que aprendemos a escribir la a que hay que preferir la muerte antes que incurrir en esa repetición. (Eso hace la escuela, pero lo hace sobre todo el empeño en deseducarnos, uno lo comprende más tarde.) Ante semejante alternativa, alguna estrategia hay que procurarse para eludir la horca, ¿no?
         El problema, ergo, no es propiamente el mismismo, que alguna vez debe ser útil para algo. El problema es el deseo incomprensible de aparentar que hablo bien, bonito, educado, cuando ni yo mismo logro ver con claridad lo que intento decir. Si en ese intento, no hago más que ponerme obstáculos a mí mismo, si en lugar de simplificar, produzco oraciones más complejas, invento atajos y desvíos para llegar a home sin pasar por tercera, lo más probable es que nadie me entienda, que es la principal razón por la que uno habla. Y eso no es hablar bien. Además, ese “hablar bien”... ¿qué es? ¿Qué hace falta para hablar bien? ¿Ser Andrés Bello?
         En contra de lo que piensa mi hermana menor, lo que deseo no es corregir a nadie, lo que deseo no es que la gente hable como yo. Uno no tiene derecho a desear eso. Que cada quien hable como se lo dicte y se lo permita su personalidad, su visión del mundo, la cultura en que vive. Diría Joan Manuel Serrat: “que se haga lo que está mandao y que no mande nadie”. Sería fantástico.
         En realidad no estoy en contra del mismismo, estoy en contra de la ultracorrección, del parecer lo que no se es, del deseo de sonar mejor de lo que se suena por dentro, porque nos parece que está mal sonar como sonamos. Si usted quiere sonar como si hubiera estudiado mucho, estudie mucho. Cambiar una palabra por otra no le va a funcionar, no va a sonar bien. Si nos limitamos a eso, terminaremos diciendo como Mafalda: “¡Sonamos!”.

emalaver@gmail.com




Año VI / N° CCXXXVI / 27 de noviembre del 2018



Otros artículos de Edgardo Malaver:

Ilación

Perú (III)

Perú (II)
We will come back

Hayaca

 


lunes, 22 de enero de 2018

De sustantivo a verbo [CXC]

Laura Jaramillo


Vendedor de perros calientes de Altamira, 1959



         Los usuarios de la lengua no están pendientes de si las palabras son correctas o no, o si son aceptadas o no por el DRAE. A ellos lo único que les importa es comunicarse. Y lo más importante, que la comunicación sea eficaz, es decir, que el mensaje llegue, que el mensaje sea comprendido.
         Hay ocasiones en las cuales esas palabras son tan necesarias que sin ellas esa comunicación no sería eficaz, como por ejemplo el caso del lenguaje hamponil, el cual es usado, y creado, por esos hablantes que son un poco desviados moralmente, pues en su comunidad esas palabras son claves para lograr esa eficacia comunicativa.
         Ahora bien, no vamos a hablar de esos señores (por ahora). Hablaremos más bien del común, de los que andan calle arriba y calle abajo, que constantemente están generando mensajes, pues allí, en lo cotidiano, está el caldo de la creación de nuevas palabras, que tarde o temprano llegarán a las páginas de la señora española.
         En ese común, se está dando una curiosidad bien curiosa. Se observa que hay una tendencia a crear verbos a partir de sustantivos. La lógica lingüística, que todos tenemos pero no lo sabemos, indica que si hay un sustantivo pues debe haber un verbo de ese sustantivo, ¿no?
         No lo sé, pero está pasando.
         Ejemplos hay muchos: mensajear, de mensaje; conejear, de conejo; ensanduchar, de sánduche; matrimoniarse, de matrimonio, microfonear, de micrófono; cesarear, de cesárea; cachapearse, de cachapa; garitear, de garita. Hay una que me encanta: emperrarse, de perro caliente (cortesía del perrocalientero de la esquina de mi casa); y así un largo etcétera.
         ¿Son palabras correctas? Sí, pues sirven para comunicarse, para enviar un mensaje clarito, sin tantas vueltas.
         ¿Son palabras cultas? Sí, porque hay que ser bien ingenioso para crearlas.
         ¿Dañan o perjudican la lengua? No lo sé, pero al final del camino, cuando una comunidad las usa y reúsa, la señora española termina por aceptarlas, y a partir de ese momento dejan de ser dañinas o incorrectas.
         “El genio y el ingenio de una lengua resultan ser, en definitiva, el alma lingüística que todos llevamos dentro, la que debemos desarrollar discursivamente en el hogar, en la escuela, en la universidad, en la calle, la que debemos defender y conservar. En consecuencia, cualquier pedagogía que se proponga deberá orientar su enseñanza hacia el genio y el ingenio idiomáticos. En síntesis, hacia la enseñanza y el aprendizaje de la lengua materna oral y escrita, la que nos hace orgullosos de ser hablantes y escribientes del español de Venezuela. Todo ello desde una pedagogía integradora estratégica que permita al alumno descubrir todas y cada una de las características de su lengua, para la grata convivencia, para el aprendizaje de saberes, en definitiva, para ser libres”[i].
         ¡Qué hermoso! Libres por el poder de la lengua.

laurajaramilloreal@gmail.com




Año V / N° CXC / 22 de enero del 2018




Otros artículos de Laura Jaramillo:





[i] Discurso de incorporación como individuo de número de Lucía Fraca de Barrera en Boletín Nº 202 de la Academia Venezolana de la Lengua (AVL). Caracas, enero-diciembre 2009.

lunes, 15 de mayo de 2017

Por las siglas de las siglas [CLII]

Edgardo Malaver


Mis letreros contra los tuyos. Las guerras también se hacen 
con palabras. Foto: M. Gutiérrez (EFE)



         Hace como una semana, oí en el metro un chiste más bien cruel: un padre regresa del hospital a su casa y les dice a sus hijos: “Tengo VIH, VPH, VHC y VEB, y el VDRL casi me causa un ACV”. La hija menor, al verlo triste, le responde: “Te comprendo, papá, yo tengo SMS, GPS, MP4, LAN, LCD, DVD con HD y aún no estoy conforme”. Existen cosas de uso cotidiano cuyos nombres puede uno pasar la vida entera ignorando porque nos han llegado ya abreviados y así funcionan, como curiosos sustantivos que se escriben con letras mayúsculas.
         Hay hasta nombres de países que en multitud de ocasiones aparecen escritos así. El más destacado quizá sea Estados Unidos —denominación que se utiliza a falta de “nombre oficial”—. Lo más frecuentes es encontrar EEUU (con o sin separación, con o sin puntos), EUA, e incluso el anglicismo USA. Todas son fácilmente identificables. Lo difícil es no confundirla con EAU.
         Aquellos cuyos nombres están formados por dos palabras, aunque no siempre, sí son un tanto difíciles de identificar, como RD, CR, NZ, TT, y grupos de países, como la UE, AP o la AL (que últimamente se ha convertido en ALC), pero también existen la ONU, la OEA, la APEC, la OPEP, la OTAN, los BRICS. Algunos nombres han sido tan importantes en la historia, que, aunque ya no existen esos países, siguen apareciendo en nuestro discurso: URSS, RDA, RFA, RAU.
         En todos los campos se produce este fenómeno. En el deporte, el COI decide dónde y cuándo vamos a ver los JJOO; la FIFA impone las reglas del fútbol; la UCI, las del ciclismo; la NBA, las del basquetbol americano; la LVBP, las del venezolano.
         Los MCS de EUA a veces hacen famosa a la gente diciendo simplemente JFK, FDR, OJS. Los venezolanos, en los años 80, se referían al presidente como LHC; los españoles desde el 2003, usaron ZP.
         Los bancos ahora son simplemente BBVA, BM, BOD, BFC, BNC.
         Los conflictos entre la AN y el TSJ y, en la calle, las agresiones de la GNB contra AD, PJ, VP, BR, UNT, MUD y diversas FCU son como para un ACV. Los simpáticos muchachos de la PTJ, de la PM y de la DISIP, herederos de la SN, parientes de la FBI, la CIA, la KGB, la SS, ahora son los inocentes querubines del CICPC, el SEBIN y la PNB.
         La vida académica no está excluida: existen la UCV, la USB, la ULA, la LUZ, la UDO, la UPEL, la UCAB. El colmo deben ser la UNELLEZ y el IVILLAB. El diccionario de la RAE, el solo diccionario, ya no quieren llamarlo DRAE, sino DILE.
         Y esto no es nada. Las generaciones más recientes, queriendo diferenciarse de la anterior, hacen exactamente lo misma que ella y que sus antepasados: reducir a dos o tres letras la imagen que desean expresar: TQM, CDM, MFP, o, si se sienten más FYI: LOL, BFF, WTF, OMG, ILY. Claro, tiene que ser así, porque el que no las use, estará, como boxeador en la lona, KO. Es que todos quieren ser VIP.


emalaver@gmail.com 




Año V / N° CLII / 15 de mayo del 2017

lunes, 15 de agosto de 2016

Los Juegos Olímpicos como 'pluralia tantum' [CXIX]

Edgardo Malaver



No hay información definitiva al respecto, pero se cree
que los atletas de la antigüedad competían desnudos



         Los Juegos Olímpicos han comenzado oportunamente. No sólo han llegado para aprovechar el verano, como cada cuatro años, y para descansar un poco de las controversiales noticias políticas de Brasil, sino además para sumarse a esta seguidilla de artículos sobre el plural que tenemos en este momento en Ritos de Ilación. Lo oportuno es que, aunque nadie necesita que se lo diga, el nombre Juegos Olímpicos es plural. Siempre es plural, como Olimpíadas. Estos y otros son plurales tan curiosos que la gramática les ha asignado una habitación aparte, en cuya la puerta dice: “Pluralia tantum”... en latín, ¡madre mía!
         Pluralia tantum equivale a ‘todos plurales’, ‘solamente plurales’ o, como dicen algunos autores, ‘plurales inherentes’, sustantivos que se usan únicamente en plural. Esta particularidad se debe a que no se presentan nunca en la realidad en forma de un solo individuo, objeto o acontecimiento. Siempre existen sólo como grupo numeroso, al menos doble. Uno nunca dice, por ejemplo, “Yo vivía en la afuera de la ciudad” ni “La finanza del Estado funciona mal”. Aunque nos parezca, en la lengua hablada, que no es verdad porque es muy común decirlos y oírlos en singular, los sustantivos tijeras, pantalones y bigotes pertenecen al grupo de los pluralia tántum. También nos pasa con calzones, pinzas y tenazas, pero no con lentes (y sus sinónimos), esposas y riendas.
         Hay quienes se han puesto en la minuciosa tarea de explorar el reino de los pluralia tántum y han descubierto regiones que han bautizado ‘de alimentación’ (que incluye comestibles, víveres, espaguetis, etc.), ‘de dinero’ (fondos, emolumentos, ingresos, etc.), ‘de actitud’ (arrumacos, modales, ínfulas, etc.), ‘de objetos menudos’ (añicos, residuos, trizas, etc.), ‘de matrimonio’ (arras, nupcias, esponsales, etc.), ‘de anatomía’ (sesos, entrañas, facciones, etc.), ‘de lugares’ (andurriales, adentros, lares, etc.). También aparecen en términos especializados como artes marciales, cuidados intensivos y juegos olímpicos. El reino es tan extenso, que cada autor anota un nuevo territorio que el anterior no había cartografiado.
         También son fácilmente observables en expresiones como volver a las andadas, estar de malas pulgas, hacer buenas migas y mil otras. No vamos a ganar indulgencias con esta información, pero para cubrir las apariencias, escondiendo los cabos sueltos y para no dar largas al asunto, será mejor soltar las amarras y despedirnos.
         Concentrémonos en los juegos, que ya ha entrado en los anales de la historia por el número de delegaciones que asisten, 207, ¡qué pluralidad!, y por ser los primeros que prepara un país de América del Sur y de habla portuguesa. Salve, atletas, que ganen los mejores. ¡Citius, altius, fortius!

7 de agosto del 2016


emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIX / 15 de agosto del 2016



lunes, 1 de agosto de 2016

Los plurales de los plurales [CXVIII]

Edgardo Malaver


Doña Bárbara (personificada por Marina Baura) y Juan Primito
(Arturo Calderón) en la versión de RCTV (1975)



         Existe un poema de Aquiles Nazoa titulado “Marilyn en la morgue”, en que la voz del poeta dice: “Visto harapos de vagabundo, / mi equipaje es mi corazón, / viajo en los trenes de la noche, / no tengo un diez para un hot dog”. No sé si antes o después de conocer yo este texto, una muchacha española que pagaba su entrada en el cine antes que yo le ofrecía al taquillero, para facilitar la entrega del vuelto, “dos dieces”. ¿Qué es un diez? En el caso de Nazoa, tendría que ser una moneda de diez centavos de dólar. En el de la muchacha del cine, eran billetes de diez bolívares. O sea, los números también tienen sus plurales. Para un hablante del español de Venezuela, aquello fue toda una revelación.
         El diccionario me lo confirmó un día. El plural de dos (el número, el billete de cualquier moneda y cualquier cosa que numeremos con el 2) es doses. Y el plural de doce es doces. Qué divertido. Muchos se preparan durante meses para los veinticuatros y treintaiunos de diciembre. Todos esperan con ansiedad los quinces (y los últimos, que pueden ser los veintiochos, los veintinueves, los treintas u, otra vez, los treintaiunos, depende del mes). En países como Cuba se llama quinces a las fiestas de décimo quinto cumpleaños de las niñas. Aún no nos decidimos, pero también, a veces, llamamos cuarentas, sesentas, noventas a las décadas de los siglos.
         Otro autor venezolano, Rómulo Gallegos, menciona en su obra más conocida, Doña Bárbara, un apellido, Mondragón, cuyo plural les da a aquellos hermanos una figura terrible en nuestra imaginación. Los Mondragones están, en efecto, sometidos a la “autoridad” de la protagonista y le obedecen ciegamente, por lo que, aunque sean sólo tres, parecen un batallón. Algunos apellidos tienen, aun en singular, apariencia de plural, como Cervantes, Cortés, Borges y hay otros que, aunque no terminen con las marcas típicas de plural, suenan a muchos: Rodríguez, González, Martínez; sin embargo, todos aquellos que, fuera de la heráldica, son sustantivos o adjetivos en singular, pueden ser pluralizados con enorme facilidad cuando nos referimos a una familia: los Crespos, los Castillos, los Borbones.
         En Venezuela, muchos lugares reciben como nombres los apellidos de las familias que los fundaron o los habitaron por primera vez. En Margarita, son notorios Las Giles, Los Millanes, Las Marvales, apellidos que ya no volverán a su forma singular. En Los Salias, Miranda; en Los Ruices y en la esquina de Avilanes, Caracas, en San Juan de las Galdonas, Sucre, comprenden muy bien esta práctica.
         Otro terreno invadido por los plurales es la forma de hacer las cosas. Uno puede entrar a un lugar a hurtadillas, a gatas, a tientas... Los niños hacemos cosas a escondidas y jugamos con objetos de mentiritas, sobre todo si nos los dan a manos llenas. García Márquez en Cien años de soledad dice que a José Arcadio hijo hubo que enterrarlo “a las volandas”.
         A sabiendas de todas estas cosas, a las tontas y a las locas, para comprobarme a mí mismo que no andaba tan mal de entendederas, en estos días me he puesto a buscarle plural a todo —¿qué es más plural que el singular todo?—, intentar decirlo todo en plural y, a todas estas, me he topado con una tropa —¡mira, singular otra vez!— de singulares sin los cuales no habría podido decir nada. El intento se ha quedado a medias, pero como sé que la lengua es así, me parece que esto resultó a las mil maravillas.

emalaver@gmail.com




Año IV / N° CXVIII / 1° de agosto del 2016



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 26 de octubre de 2015

Números impresionantes (II) [LXXIX]

Edgardo Malaver


            Por alta que sea la cifra, los llamados números redondos (que no deja de ser también una imagen poética) no tienen mucha sonoridad. Se expresan casi siempre con una sola palabra, y muchas veces monosílaba. Noventa, novecientos, nueve mil son expresiones más bien sencillas; diez, cien, mil pueden ser cifras muy significativas, pero son palabras monosílabas que casi no “impresionan” a nadie.
            ¿O quizá deberíamos decir que si la lengua les ha adjudicado signos tan simples ha de ser porque en la mente de los hablantes esas cantidades no son difíciles de abarcar? El nombre ciempiés, por ejemplo, no indica que este animal tenga cien patas, ni mil... ¡mucho menos diez mil!, como indican sus nombres científicos. Implica que es mucho más sencillo decir (o recordar o imaginar o, incluso, concebir) mil cosas que contarlas. Seguramente contar las patas del ciempiés nos daría un número más atractivo, más sonoro, más impresionante.
            Hay, sin embargo, otras formas de numerar que pueden impresionarnos más que las cifras con que trabajan los matemáticos. Los hablantes siempre se las arreglan para crear metáforas y juegos que expresan cifras enormes de cosas: un montón de árboles, un chorro de problemas, un camión de sonrisas. En la película El pez que fuma, la Garza, la dueña del burdel, dice que ella no ha tenido hombres, sino autopistas de hombres. Otros, con un poco más de crudeza, dirán que han encontrado un vergajazo de gente en un lugar, que botaron un mierdero de muebles viejos, que se han bebido un coñazo de cervezas. Y los hay más elegantes que dirán: una retahíla de frases hechas, una sarta de mentiras, una ristra de groserías. Para la matemática no existen estos “números”; la gramática los llama sustantivos colectivos; pero en la mente de los hablantes son equivalentes a cantidades que en ocasiones pueden ser más precisas que el número pi.
            Los números no son impresionantes, entonces, únicamente por su sonoridad. También pueden serlo por el tamaño, la fuerza o la longitud o el número de partes de la cosa con la que se relaciona. Con este mecanismo, es difícil poner freno a la creación lingüística. Habría que poner freno a la imaginación. Y la imaginación, como los números, es infinita, pero cabe toda en la ciencia de los números, como cabe en la ciencia de las palabras. Tal como un número puede ser múltiplo de otro, que es múltiplo de otro y de otro, una palabra puede ser hiperónimo de otra, que puede serlo de otra y de otra. Lo impresionante, al final, es que haya tanta semejanza, tanta equivalencia... tanta simetría.

emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXXIX / 26 de octubre del 2015