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lunes, 20 de abril de 2026

De los supuestos gritos de las mayúsculas

Edgardo Malaver Lárez



¿Los textos informativos gritan lo suficiente?



         Cada tres o cuatro meses oigo a alguien a mi alrededor quejarse de que en el trabajo o en su celular le lleguen comunicaciones importantes o mensajes personales o de cualquier tipo escritos en letras mayúsculas sostenidas. La verdad, me digo yo, es que no se ve bien, estéticamente no es fácil de aceptar. Sin embargo, esta no es nunca esa la razón de la queja. Lo que oigo decir es siempre que el autor del mensaje está gritando.
         Sólo una vez hace años, porque lo decía una persona que sabía relacionada con los estudios de la lengua, he preguntado si las mayúsculas se utilizaban para expresar molestia o reprensión, y me respondió que sí; solamente dijo que sí. Posiblemente —es la hipótesis que favorezco en este caso— respondió afirmativamente pensando en el uso común y frecuente. Yo había preguntado pensando en la norma, de la que muy pocos parecen tener conciencia.
         Ya está implícito, ¿verdad?, que la norma no sustenta esta práctica ni esta actitud. No existe norma alguna en la lengua española que indique, ni siquiera implícitamente, que el uso de mayúsculas sostenidas signifique ni deba ser interpretado como un grito, como un mensaje en voz alta ni mucho menos un emisor que le habla airado, molesto o en términos insultantes a su destinatario. He revisado escrupulosamente las normas del uso de mayúsculas y minúsculas de la Real Academia Española y la Asociación de Academias de la Lengua Española y no encuentro nada que señale esta práctica como errada, inconveniente ni irrespetuosa. A mí me parece estéticamente poco atractiva o armoniosa, pero eso de ninguna manera la convierte en un grito áspero o destemplado.
         (Me imagino que algunos lectores están pensando en esos conjuntos de normas propias de algunas disciplinas, empresas o instituciones precisas que atañen a grupos de personas que trabajan en sus campos del conocimiento y que deben comunicarse por escrito, y han decidido crear sus propias normas para regir esa comunicación. No puedo incluir esas normas en mi análisis de este asunto. Reflexiono sobre él desde el punto de vista lingüístico e intento que esa reflexión sea tan científica como se pueda, y para lograr eso tengo que recurrir a especialistas pertinentes. Los hay también fuera de la Academia, claro que sí y gracias a Dios, pero no puedo confiar a la primera en cualquier grupo que en su oficina (de cuatro o de mil quinientos empleados, no importa), haya decretado que “la sangría ya no se usa”, que “las mayúsculas no llevan tilde”, que “los nombres no tienen ortografía” y otras reglas sin fundamento, como que “las mayúsculas sostenidas expresan gritos”. Ya es suficiente con las incongruencias en que a veces caen los especialistas más respetados, que trabajan rigurosamente. Lo demás no nos va a ser útil.)
         La sola introducción de las normas que ofrece la Academia ya indica explícitamente que la escritura regular se hace en minúsculas y que, por ende, el uso de las mayúsculas debe seguir unas normas razonables. Inmediatamente agrega: “La escritura enteramente en mayúsculas se emplea únicamente en las siglas, los números romanos y textos cortos de carácter informativo”. Esto tendría que ser suficiente para descartar del todo la redacción en mayúsculas sostenidas (e incluso la discusión, si es que existe, sobre si es positiva o negativa de alguna manera). Pero también elimina la idea de que el uso de mayúsculas sostenidas sea agresivo. Las normas ni siquiera mencionan que existan hablantes que se inclinen por esa mecánica.
         La única norma del uso de las mayúsculas que puede traerse a esta reflexión es la número 6, referente a “la mayúscula sostenida para favorecer la legibilidad”, pero señala explícitamente que se refiere a “la visibilidad y legibilidad de textos cortos”. Esta sexta norma está dividida en diez puntos, que resumo aquí:

 

Llevan mayúsculas sostenidas a) palabras que aparecen en portadas de libros y documentos; b) cabeceras de diarios y revistas; c) inscripciones en lápidas, monumentos o placas conmemorativas; d) lemas y leyendas de banderas, estandartes, escudos, monedas; e) textos de carteles de aviso o de las pancartas; f) en textos informativos, frases que expresan el contenido fundamental (Por higiene, SE PROHÍBE DEPOSITAR BASURA); g) términos como aviso, nota, advertencia, posdata, cuando introducen los textos correspondientes (AVISO: Los pagos se harán los martes); h) en textos jurídicos y administrativos, verbos que expresan la finalidad del escrito (SE DECRETA...); i) términos con los que se alude brevemente a las partes en documentos jurídicos o administrativos; j) textos de los cómics y viñetas gráficas.


         Creo que se puede entender que la escritura textos enteros, es decir, oraciones concatenadas que forman párrafos y párrafos consecutivos que forman textos, en los que todos los caracteres utilizados aparezcan en su forma mayúscula, no es aceptable, no se ajusta a las normas. Sin embargo, tampoco afirma en ninguno de los puntos, ni siquiera en letras pequeñitas dentro de un paréntesis escondido detrás de una nota a pie de página, que las mayúsculas sostenidas en una palabra, una frase o un párrafo tengan el fin de expresar gritos ni agresión verbal contra el receptor del mensaje. Las mayúsculas no significan eso. No parece faltar nada más que decir.

emalaver@gmail.com


Año XIV / N° DXXV / 20 de abril del 2026



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 13 de abril de 2026

Una letra pequeñita que se mudó de idioma

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Monsieur le prof Bernard Cerquiglini

 

 

         No sé cómo ni cuándo comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores, es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun sin decir por qué, queda recomendado.

         Ayer o anteayer me llegó el aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés. ¡Pero...! ¡Resulta que es española!

         Se ve de lejos que, en francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín (que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.

         Por supuesto, en esta regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en francés: zède!).

         En francés pasa lo mismo, o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’) habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu (‘concebido’) sería /concú/.

         En español la cedilla habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia. También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual sentirse a gusto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 13 de abril del 2026

  

miércoles, 25 de febrero de 2026

Anagramas en el diccionario

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Las lampyridae, luciérnagas para los amigos, viven 61 días

 

 

 

         El 10 de abril del 2013, en el número III de Ritos de Ilación, titulado “Electroencefalografistas y más récords”, en el que me concentré en recolectar algunas pocas curiosidades de la lengua española (como quien se prepara para jugar a la trivia), repetí sin pensarlo mucho esta idea que había leído horas antes en algún comentario de Facebook, probablemente: “Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante”. Pues resulta que el ignorante fui yo. El ingenuo al menos. Hoy, casi 13 años después, descubro fortuitamente que semejante afirmación, por fortuna, no es cierta.

         Es lo que se llama un anagrama en toda regla, pero de ningún modo es el único que puede construirse con ese conjunto preciso de letras. Para comportarme esta vez lo más seriamente que pueda, y aunque ustedes deben conocer muy bien el concepto, pongo aquí lo que dice el diccionario sobre el termino anagrama: “Cambio en el orden de las letras de una palabra o frase que da lugar a otra palabra o frase distinta”.

         Resulta que hace horas, cuando sucedió todo este hallazgo y este asombro, lo que estaba haciendo era buscar alguna buena noticia sobre el idioma español que comentar en esta décima tercera “edición aniversaria” de Ritos y, por alguna razón que no recuerdo, me vi en la página de la Real Academia; al desplegar, como por accidente, un menú a la izquierda del botón “Consultar” mis ojos cayeron sobre otro botón que decía “Anagrama”. “¿Qué será esto?”, me dije, “¿será posible que el diccionario me vaya a dar anagramas de las palabras que yo le ponga aquí?”. Pues para alegría mía, sí, así fue. Y entonces, aunque parezca mentira, me vino a la memoria en ese instante el que creo que es el único anagrama del que hemos hablado en Ritos: la palabra argentino. Y escribí “argentino”, pensando que me iba a salir lo que yo recordaba del 2013. ¡Pero no! Hay cuatro palabras en el diccionario que se escriben con las mismas letras que argentino y que me da gusto mostrarles hoy: gritonean, de verbo gritonear; el ya mencionado ignorante; la hermosa palabra tangerino, con su femenino, más hermoso aún, y tangieron, del verbo tangir.

         A veces a uno le sucede que se contenta de haber cometido un error porque cuando el tiempo nos trae la corrección, e incluso cuando nos trae la filípica, sale uno ganando porque todo termina siendo un aprendizaje. Quién hubiera dicho que de una palabra tan conocida y tan cercana florecieran de repente tantas palabras nuevas, que, más que palabras, parecen melodías.

         Quizá para muchos es algo tan común y tan simple que ya ni siquiera se percatan de los anagramas que se les presentan todos los días. Para mí no deja de ser atrayente como un imán. Es como si estuviera aprendiendo a leer y escribir otra vez... porque recuerdo que eso me pasaba cuando estaba aprendiendo a leer y escribir: cada palabra nueva que encontraba era una flor nueva, un océano nuevo, una alegría nueva.

         Por tanto, no es solamente que me alegra haber podido corregir lo que llamaría una ‘falla de investigador’ que tuve hace 13 años —porque nunca es tarde—, sino además que, caminando por el bosque de la lengua, me acabo de tropezar otro tesoro. Jugar con las letras de unas palabras para construir otras palabras es de lo más agradable que se pueda haber. Ahora, por ejemplo, usted pone rama en diccionario y le aparece amar, arma, armá y mara. Puede ser también el juego más poético del mundo: usted pone luciérnaga y el diccionario le da neurálgica. ¿Se imaginan una luciérnaga neurálgica que en una rama arma una mara?

         Algunos disfrutamos unos placeres más bien inverosímiles. Hoy, para el cumpleaños de Ritos de Ilación, yo por lo menos me siento feliz con este descubrimiento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXV / 25 de febrero del 2026

EDICIÓN DEL DÉCIMO CUARTO ANIVERSARIO

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes)

Congorocho (2014)

¿Pronombre de lugar en español? (2015)

¡Ay, qué noche tan preciosa! (2016)

Picnic (2017)

Kikirikí (2018)

Qué arrecho (2019)

A caballo regalado... (2020)

El quid del asunto (2021)

Aniversario con heterónimos (2022)

Ritos de Ilusión (2023)

¡Suerte y Gaceta Hípica! (2024)

Tengo una muñeca vestida de azul (2025)


lunes, 19 de mayo de 2025

La e, la alegría de Egipto (II) [DXIV]

Ariadna Voulgaris

 

 

Los espaguetis pueden servirse con todas las letras del alfabeto

 

 

 

[Decía hace dos semanas en el párrafo donde interrumpí, que de repente en la vida de la e apareció la y como conjunción que une elementos en la oración, y desde entonces no la ha abandonado; pero la empecinada e no abandona su función de enlazadora, aunque ahora aparezca únicamente en casos como Pedro y María o uvas e higos. La escuela enseña que es para evitar la cacofónica, pero en nuestro corazón sabemos que las palabras de nuestros antepasados son más dulces.]

 

         También actúa nuestra redondita letra como intrépida guerrillera cuando advierte que se aproxima una palabra extranjera que comienza por ese, y aprovecha para sumarla a su causa. Viene el inglés a vendernos su stress, y la espabilada e española le pide descuento: “Te la compro, pero aquí vamos a pronunciar y a escribir estrés, última oferta”. Y ante esa determinación, ¿qué va a hacer el pobre marchante anglófono, agobiado además por el calor? Viene el francés con su snob, y la e le espeta: “Pas du tout, musiú: esnob o nada”. Y le avisa que después hablarán de esa be tan mal ubicada. Viene los amigos italianos con una comida irresistible, el spaghetti, y la e les responde: “Le pongo la salsa que ustedes digan, pero la escribo con la e que diga yo”.

         Esta actitud ya es una tradición en ella. Lo hizo antes en la época en que el latín andaba rozándose, frotándose, penetrándose con las lenguas que encontró en Hispania. La e impuso sus términos en la nueva apariencia de palabras como scala, spes, scribere, y nos heredó escalera, esperanza, escribir.

         La e, pues, tiene cubiertos todos los flancos. Está a babor y a estribor, en proa y en popa. Y no les puedo decir cómo se las apaña en el vastísimo terreno de la literatura, en el que no se sabe si queda algo por decir. Pero ella se las arregla, y aquí les voy a dejar un botoncito: el minicuento de terror que escribe el salvadoreño José María Márquez, “Ve que Belén teje”, ¡sirviéndose exclusivamente de la vocal e!:

 

Belén teje. Entrevé el tren que pretende repeler ese deber que le cede el descender de frente. El deber de Belén es ver envejecer ese pez rebelde de mes en mes, temer perderse del presente, perecer. El qué es pedestre. Beber es excelente. Él se mece en ese tren, es el referente de mente efervescente, demente. Belén se estremece. Teme que él desee, que él se exprese, que le pese. Que se envenene.

 

 (En realidad no sé si es de terror, pero me da miedo el final. Por lo menos de suspenso tiene que ser. ¿Eh...?)

         La letra e ha demostrado ser de las bravas. No se deja eludir, no se deja abolir. Es una artista del cambiar para sobrevivir y al mismo tiempo seguir siendo quien es. Eso es darse su puesto.

         Yo, mientras tanto, me he pasado del límite de palabras, incluso el doble del límite. Ya está amaneciendo. Creo que hoy deberíamos ir a mi amada Puerto Cabello.

 

Valencia, 2 de mayo del 2025

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIV / 19 de mayo del 2025

 

 

 

Otros artículos de Ariadna Voulgaris

OCTOBRIS, October, 12 de octubre

DECEMBRIS

NOVEMBRIS... un año tarde

Y un río de Nocheviejas

Perico de los Palotes existió y era mujer

 

lunes, 19 de agosto de 2024

Una del alfabeto [CDLXXIV]

Edgardo Malaver Lárez



La flor de la zanahoria ya no estaría al final de la lista



La semana pasada me preguntaba mi hija pequeña para que servía la letra K. (Agrego de una vez, desordenadamente, porque se me puede olvidar más tarde, que discutimos durante varios minutos si el nombre de la letra debía escribirse con ce o con la propia ca, y terminamos riéndonos mucho por causa de esas letras cuyos nombres comienzan, o pueden comenzar, con otras letras... “Es que no tienen mucha autoestima”, nos dijimos.) Ya se habrán imaginado que le expliqué que, al igual que la doble ve, la ca se utiliza para escribir palabras de origen extranjero que aún no nos hemos decidido a escribir con nuestra ce. Y le mencioné el artículo de Ritos sobre Catar del 2 de enero del año pasado, que no era buen ejemplo porque no involucra la doble ve pero que nos llevó al uso de la cu, que el alfabeto de Andrés Bello se utilizaría para escribir toda la serie de las sílabas ca-, que-, qui-, co-, cu- y sus emparentamientos con otras consonantes y vocales. O sea, se escribiría Qaraqas, saqeo, qinto, banqo y qualqiera.

—¿Y cereza?

Cereza se escribiría seresa. Y circo sería sirqo.

—¿Y zanahoria?

Sanaoria.

—¡¿Y entonces qué se escribiría con ce?!

—Pues nada. Dejaría de existir... y de confundir.

—Ay, qué bueno sería.

—Ciertamente, sólo que luego no seríamos capaces de leer todo lo que se ha escrito en el pasado, o nos costaría muchísimo. Lo que se está escribiendo hoy mismo sería casi incomprensible dentro de muy poco tiempo. Para muchos significaría volver a aprender a leer y escribir. Y una cantidad inmensa de gente se negaría a hacerlo.

Y termina diciéndome pícaramente, en voz bajita, como protegiéndose la boca con una mano: “Sería como un lenguaje secreto”.

¿Se imaginan? Que el alfabeto volviera a ser un lenguaje secreto, aunque todos sepamos leer y escribir... Fascinante.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXIV / 19 de agosto del 2024


lunes, 20 de mayo de 2024

La de, puerta y arco [CDLXI]

Ariadna Voulgaris



Delta del río Orinoco, en su camino hacia el Atlántico



         No fui a Chiguará. Recordarán que la noche en que llegué a Mérida, hace una semana, mientras cenaba, oí una conversación de otra mesa en que hablaban de este pueblo andino, y quise ir. Al amanecer de la mañana siguiente, recibí una llamada de mi trabajo y tuve que quedarme en el hotel... trabajando. El segundo día tuve que volver a Valencia, donde tenía material que necesitaba para hacer el trabajo. Sin embargo, el recepcionista de la primera noche me habló extensamente de un escritor importante en la literatura venezolana que nació en Chiguará, Antonio Márquez Salas, que ahora deseo mucho leer, ya les contaré.

         Hoy les traigo datos de la letra de (o d, o D, como quieran), que ahora es la cuarta del alfabeto español, pero ocupa el quinto lugar entre las que encabezan más palabras. Con de comienzan 5.793 palabras de la lengua española, 6,58 por ciento.

         Esta letra, por lo que me dice una enciclopedia que tiene Alejandra en su casa, Monitor, fue creada por los ilustres sabios egipcios. Leo en Internet que el ideograma de los egipcios era triangular, ya que representaba la puerta de las tiendas de campaña, pero en la enciclopedia hay un dibujo que la hace parecer la puerta regular de una casa contemporánea. Además, parece también una de minúscula de la actualidad, que se supone que crearon los romanos siglos después.

         El signo de los egipcios, pues, se “triangulizó”, deduzco yo humildemente, cuando lo adoptaron los fenicios, que lo llamaron dalet, “puerta”, y los hebreos, después, hicieron lo mismo. Para cuando el dichoso dibujito llegó a territorio heleno, se convirtió un triángulo de lo más sencillo y equilátero que podían trazar y que ellos llamaron delta. Dalet primero, después delta. Por ese camino llegó a Roma, donde le inventaron, como ya dije, la forma minúscula (que no entiendo por qué algunos especialistas dicen que apareció a causa de la escritura a mano de la mayúscula). De la mano de los romanos llegó a España y en aquel barquito de Colón se vino para América. Esa es la herencia que hemos recibido nosotros, los que hablamos español donde lo hablemos.

         Monitor explica que la pronunciación de la de en la terminación de los participios y otras palabras fue haciéndose cada vez más relajada con el tiempo, y que en muchas regiones no se pronuncia. (Yo hubiera dicho, y el profesor Malaver me apoya, que era en todas partes, siempre que esté uno amparado por el contexto familiar, amical, informal.) Ese debilitamiento fonético dio como resultado la evolución de palabras latinas como pater a padre, de catena a cadena, de peccata a pecado. En otros casos desapareció, como en paradiso, que nosotros decimos paraíso, o radix, que convertimos en raíz.

         Además de la historia, existen unas cuantas curiosidades relativas a la letra de. Por ejemplo, D. (mayúscula con punto) es la abreviatura de la fórmula de tratamiento don. En la numeración romana, la de mayúscula representa el 500. En música, los compositores de habla inglesa utilizan la D en lugar de nuestra muy reconocible nota re. En la historia del siglo XX, de Día D fue el día en que comenzó el desalojo de los nazis de Europa. En química, la delta es el símbolo de calor. Con esta cálida letra comienzan sustantivos que nombran conceptos importantes y entrañables para nuestra cultura: Dios, democracia, dulzura, y también conceptos desastrados y sin defensores, como deuda, desastre, dolor.

         Como todas las demás, la de tiene diversas funciones, diversas significaciones y diversas historias detrás de ella. Su sencilla forma de arco de flecha sin tensar, recta y curva al mismo tiempo, que desde nuestro ángulo poco tiene que ver con la idea de una puerta, pero que puede abrir un camino, o marcar un punto hacia el cual caminar, una dirección, nos trae a la mente una claridad como la de la didáctica, como el dominio de las emociones, como la diestra mano que invita al conocimiento. Conocerla mejor con toda certeza nos comunicará mayores placeres en el uso de nuestra dichosa lengua.

         Otro día —ya no tengo certeza de la fecha—, seguiré con el sexto capítulo de esta hermosa historia. Mañana regreso a Atenas.

 

Valencia, 27 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXI / 20 de mayo del 2024

 


lunes, 6 de mayo de 2024

(La che, peregrinación de una paria) [CDLIX]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

Flora Tristán, autora de Peregrinaciones de una paria (1838)

 

 

         Después de pasar cuatro días en casa de los abuelos de Alejandra, ahora acabo de llegar a Mérida. Es de noche. Espero que me sirvan la cena en un restaurant cerca del hotel. En una mesa detrás de mí los comensales, padre, madre e hijo de unos 15 años, conversan sobre el lugar al que viajarán mañana. El lugar se llama Chiguará, que, según Google Maps, está a 51,145 kilómetros de mi mesa. Por lo que dicen, comienzo a enamorarme.

         Este nombre me seduce de tal manera con su sonoridad tan hermosamente indígena y terráquea que me decido a desviar mis planes por segunda vez en estas vacaciones. Será un paréntesis, el primero, en esta historia que estoy contando porque en realidad hoy pensaba escribir sobre la letra de, pero, por la emoción con que hablan de Chiguará junto a mí, voy a hablar de la che.

         Es bastante más sencillo de explicar por qué esta letra (con la cual comienzan 4,24 por ciento de nuestras palabras) ya no tiene su propia sección en el diccionario que enseñarle a un niño cómo usar la ce delante de cada vocal. Casi basta con decir que desde 1803 (¡antes de la invasión de Napoleón!) hasta 1994 (¡madre mía, hace treinta años!), fue considerada una sola letra del alfabeto, a pesar de que estaba compuesta de dos, y fue así porque durante 190 años se tenía como suficiente la evidencia de que los dos caracteres, como sucedía con la elle, representaban un solo sonido (el de chino, por ejemplo, el de choza o el de hacha) y, por ende, la che era descrita como la cuarta letra del alfabeto español. A mí me parece más que suficiente ese argumento, pero a los actuales miembros de la Academia no les gusta... o por lo menos se han vuelto mayoría.

         Ciertamente, casi basta con eso, pero podemos ser más detallistas. La Ortografía de la Academia (2010) explica que a partir de la edición de 1992, una vez desalojadas de su habitación propia, las palabras comenzadas por che se ordenaron al final de la sección de la ce, después de las comenzadas por cu-: cháchara, por tanto, aparecía después que cuñado. Más tarde, el X Congreso de la Asociación de Academias de la Lengua Española, de 1994, decidió que, aunque debíamos seguir considerándola un dígrafo, a la hora de ordenar palabras ortográficamente sí debíamos separar la ce de la hache. De modo que para la vigésima segunda edición (2001), las palabras comenzadas por che aparecieron flanqueadas por las comenzadas por ce- y las comenzadas por ci-, o sea, primero cena, después chasquido, cheque, chinche, chocolate y chusma, y más tarde cisne; el pobre cuñado, que nueve años antes las precedía, quedó unas cuantas páginas más adelante. Las que contienen la che en su interior (como ocho o colcha) también tuvieron que moverse de lugar. Así están ahora.

         No es, empero, la primera vez en la historia que la che ha debido tragar grueso y aceptar los cambios que la historia de la lengua le ha impuesto. Ya en el pasado nuestros bisabuelos tuvieron también que aprender a escribir, prescindiendo de la che, palabras que, de niños, habían aprendido con ella. Por ejemplo, cristianismo, cronológico o crisol, que en la época del primer diccionario de la Academia, 1726-39, se escribían christianismo, chronologico y chrysol. Pero siéntense, que se van a caer para atrás: ¡canciller, querubín y coro se escribían chanciller, cherubín y choro! Aunque en lingüística no cabe clasificarlo más que como una señal de la evolución de la ortografía, este hecho equivale, en geografía, al despojo de una parte del territorio de un país. Los grupos de defensa de los derechos históricos y lexicográficos de la che (no es chiste: existen) no pierden oportunidad de señalarlo.

         A la che, después de tanto recorrido, sólo le faltaría que, a lo Flora Tristán, su marido le dispare en la calle para quitarle lo poquísimo que le queda, lo que hasta su propia familia le niega. En los últimos tiempos, mucha gente la llama en realidad “ce hache”, desatentos a su prolongada peregrinación por el alfabeto. Ya parece saña.


         Llego a mi hotel después de la cena y un breve paseo. Un paseo más minucioso lo daré pasado mañana, cuando vuelva a Mérida. En la recepción, como también estoy peregrinando en estas vacaciones, acabo de contratar un taxi para ir mañana temprano a Chiguará.

 

Mérida, 19 de abril del 2024

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLIX / 6 de mayo del 2024