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lunes, 21 de octubre de 2024

Cada quien con su síndrome (I) [CDLXXXIII]

Edgardo Malaver



Sherezade, la narradora, con el sultán



Todos miramos el mundo y sus cosas, o más precisamente el mundo y sus gentes, con los ojos que nos moldea el oficio al que nos dedicamos. Antes de llegar a la adultez uno se da cuenta de que, entre más estudian, los abogados ven más el mundo a través del cristal de la ley, los científicos ven en el mundo las fuerzas con que la naturaleza sostiene la vida, los fotógrafos no ven el mundo sino imágenes encuadrables. A todos nos pasa, y así, cada quien termina diciendo que los números están en todo, que las palabras son las que construyen la realidad, que todo es termodinámica. O que la vida entera es un milagro. O un sueño. O un síndrome.
Es tan cierto que cada uno de nosotros encuentra en su exterior lo que lleva por dentro que hasta existen síndromes que llevan nombres de personajes literarios u obras artísticas. No es nuevo: ya Sigmund Freud describió hace mucho tiempo un inmenso conjunto de “complejos” psicológicos basándose en conductas características de personajes de la antigua mitología griega, pero a mí no deja de asombrarme que este “sistema” sea tan coherente que por instantes me convenzo de que todo aquel mar de obras literarias, de personajes tan claramente dibujados, tan complejos y deliciosos, tan sobrenaturales y humanos a la vez, fueron concebidos desde el principio para calzar sin obstáculo, siglos y más siglos después, en la ciencia de Freud. Pasa también con la Biblia, con Las mil y una noches y con otros libros antiguos, pero Freud estaba enamorado con los griegos, es todo.
Existe, digo, gran cantidad de síndromes que se han definido en los términos de conocidísimos personajes literarios. Nada más nuestras madres comienzan a leernos cuentos antes de dormir, nuestra infancia comienza a penetrar en las complejidades de personajes que después, cuando uno sale a la calle, va y los observa hablar con fantasmas, salir de un baile con una sola zapatilla, hacerse pintar un cuadro que envejezca por ellos. Son cualquier niña que vende fósforos en la puerta de un teatro, cualquier rey que sospecha de la infidelidad de su reina, cualquier muñeco mentiroso al que le crece la nariz, pero lo que me impresiona más profundamente es que siempre es posible encontrarlos en un libro.
Uno de los primeros que se mezclan con nuestras horas de sueño en la infancia es el de aquella muchacha cuyo padre muere y la deja al cuidado de una madrastra malvada que la esclaviza y, después de mucho sufrir, es “rescatada” y desposada por un “príncipe azul”. El síndrome de Cenicienta, como se titula el cuento de Charles Perrault (1628-1703), afecta mayormente a mujeres que sienten una enorme necesidad de ser cuidadas, que conservan una imagen tan idealizada del padre que sólo puede llenar un hombre “perfecto” que viene a “salvarla” de un destino inferior a sus expectativas o a las de su entorno familiar o social. Este rasgo da como consecuencia, también, la recurrente evaluación de los méritos intelectuales, morales, estéticos de sus enamorados. Estas mujeres, de cierta forma, temen a la independencia, por lo que se involucran en relaciones que no siempre las satisfacen pero las “protegen”.
También existe el síndrome de Dorian Gray, que afecta a sujetos masculinos que, al igual que el personaje de Oscar Wilde (1854-1900), dan una inmensa importancia a la juventud como única fuente de satisfacción anímica y psicológica. La apariencia física es igualmente un fin en sí misma, y para mantenerla es lícito y preciso recurrir a las prácticas más inverosímiles (que recuerda el retrato que se hace pintar Gray en la novela para que envejezca mientras él permanece joven y atractivo). Lógicamente, los afectados por este síndrome sufren excesivamente el paulatino avance de la edad y la llegada de la vejez y pocas veces logran adaptarse a este proceso y disfrutar de sus bondades.


[Aquí sigue el síndrome de Otelo, pero lo leeremos el lunes que viene. Hasta entonces.]


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXIII / 21 de octubre del 2024


lunes, 5 de abril de 2021

APRILIS [CCCLI]

Ariadna Voulgaris

 

 

En este mar, cerca de Pafos, Chipre, dicen
los hermanos chipriotas, nació Afrodita

 

 

 

         APRILIS provenía de Aphorita. O eso dicen ahora, que no tenemos manera de ir a preguntar. El cuarto mes del año, el que coincidía con el florecimiento esplendoroso de la primavera en Europa, se llamaba APRILIS en Roma y este nombre, lejanamente, estaba vinculado al de Afrodita. ¿Cómo? ¿Qué tenía que ver Afrodita, que, por cierto, los romanos llamaban Venus?

         Pues resulta, mis queridísimos, que hay que recordar primero el origen de Afrodita. Cronos había arrancado los genitales a Urano, su padre, y los había lanzado al mar cerca de Chipre. Al entrar en contacto con el agua, la sangre y el semen del dios produjeron una cuantiosa reverberación de espuma de la cual nació Afrodita ya adulta, bella y encantadora. La nueva criatura era dueña de hermosas formas físicas que dioses y mortales deseaban con frenesí; no era para menos, si provenía de las entrañas procreadoras de un demiurgo. Por sus encantos y presencia seductora, fue conducida al Olimpo, donde se convirtió en la diosa la belleza y el amor. Pero calma, pueblo, que este amor es más bien como el de la película española aquella cuyo título nos lo aclara todo: ¿Por qué lo llaman amor cuando quieren decir sexo?. Es decir, Afrodita guiaba, sustentaba, alentaba, protegía y favorecía a aquellos mortales que, enamorados, apasionados, enloquecidos, sentían el arrebato de poseer sexualmente a otro (u otra) mortal. Lo que es más, era ella quien les insuflaba tales emociones y deseos. Se decía incluso que Afrodita los poseía a ellos y por esto experimentaban semejantes manifestaciones. Con razón eran y son estas las historias más apetecidas, en Grecia, en Roma y en todos los mercados del mundo.

         Como Afrodita disfruta una juventud y una belleza intactas, sin decadencia, sin imperfecciones, y levantaba la fuerza de la naturaleza viril y desplegaba su atractivo arrollador en las doncellas, llegó, acaso poéticamente, a equiparársele con el florecimiento exuberante de la naturaleza en los meses de primavera. Y abril ha sido siempre el mes de esas germinaciones, de esos inigualables ímpetus de reproducción natural. El nombre de la época del año en que esto sucede había entonces de asemejarse al de la deidad que la presidía entre los hombres. De este modo, se supone que la voz griega Aphrodita, “la nacida de la espuma”, cuyo nombre se forma a partir de aphrós (es decir, ‘espuma’) puede ser raíz de APRILIS en latín. Si hubiera sido AFRILIS, sería más convincente, ¿no es cierto?, pero la presencia de la P en ambos nombres puede ser suficiente (para mí). Los caminos de la lengua, como se ve, son insondables.

         Todo esto es conjetura, he de repetir, y no mía, que me siento más cómoda en otros terrenos, sino de la gente que sabe de etimología. Por la información que he recogido últimamente, no se tiene certeza del origen del nombre abril, pero bien vale la pena hablar al menos de esa incertidumbre.

         También existe la hipótesis de que APRILIS pudiera provenir de APERIRE, ‘abrir’. Tiene cierto sentido, siento yo, porque se lo relaciona con el “abrirse” de las flores en toda Europa durante el mes de abril. Es igualmente poético, pero los lingüistas le dan más votos a la idea de que esta sea lo que ellos llaman una “etimología popular”, es decir, colegida sin fundamento por el pueblo, porque no hay documentos que sirvan de base para tener la certeza. ¡Haber inventado la imprenta antes, Gutenberg! Y en Italia.

         Vuestras mercedes se percataron ya de que a mí me gusta más la primera opción. Se me ocurrió en estos días que un escritor como Borges podría haber escrito un artículo apócrifo de la Enciclopedia Británica en que mencionara con casi todos los detalles la fuente que nos falta para creer del todo en ella. O que quizá en el futuro nacerá otro poeta, más osado que Borges, que nos convenza de la verdad hasta ahora ficticia... pero que sea más poética, por piedad, demiurgo, para que sea, por fin, la verdadera.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCLI / 5 de abril del 2021




Otros artículos de Ariadna Voulgaris

MARTIVS

FEBRVAS

IANVS

Una historia 72 veces metafórica

¡Puta!


martes, 16 de marzo de 2021

MARTIVS [CCCXLVIII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

15 de marzo del 44 antes de Cristo. La morte di Cesare (1805),
de Vincenzo Camuccini

 

 

         El acto tercero de Julio César, de William Shakespeare, comienza en el momento en que César, como tropezando con Escurpina, el arúspice que al principio de la obra le ha advertido que debe cuidarse de los idus de marzo, le dice: “Ya llegaron los idus de marzo y aún vivo”. Lo dice como ufanándose de haber escapado de la muerte, a pesar del augurio del adivino y de los presagios que él mismo y su mujer, Calpurnia, han tenido durante el sueño en la noche anterior. “Sí, César, ya llegaron, pero no han terminado”, le responde el adivino. El resultado de la escena es que un grupo grande de senadores hacen cola para apuñalar al dictador y al final, cuando el moribundo creía que iba a caer en brazos de un amigo, Bruto, este le hunde la última daga.

         El presagio que Julio César no supo interpretar —Plutarco llega a decir que se rio— cristalizó, sin embargo, en el primero de los días que durante el año los romanos consideraban de buenos augurios: el 15 de marzo, de mayo, de julio y de octubre (en el resto de los meses era el día 13). Como marzo era el primer mes del año, el 15 normalmente coincidía con el inicio de la primera luna llena.

         Al mismo tiempo, dado que los romanos no eran capaces de vivir sin estar inmersos en un conflicto armado (aunque fueran apenas enterrando cuchillos en la panza de algún gobernante), el primero del año tenía que ser el mes dedicado al dios de la guerra: Marte, o MARS, en latín. Tan influyente era Marte en Roma que su nombre todavía hoy sirve para hablar de aquello que tiene que ver con la lucha, la pelea, la confrontación, como en el nombre de las artes marciales. Era también el dios de la fuerza, de la violencia, de la pasión (sobre todo de la sexual y desenfrenada), de la sangre (y según algunos autores, del derramamiento de sangre), de la valentía y hasta de la virilidad.

         Ah, y miren qué coherente este rasgo: era esposo de Belona (la diosa guerrera, la beligerante) y amante de Venus; con esta última tuvo dos hijos, llamados Fuga y Temor. Los hijos de la guerra y el amor son la huida y el miedo, ¿cómo iba a ser de otra forma?

         El dios Marte no ha dado nombre solamente al tercer mes del año, también al tercer día de la semana y, ya que la Tierra se le adelantó en la repartición de órbitas, al cuarto planeta del sistema solar.

         En aquel marzo trágico comenzó una larga guerra que dio nacimiento al Imperio Romano. En marzo del año pasado comenzó también nuestra pelea contra la peste, que quiera Dios (ahora el de la mayúscula) que pronto termine yéndose al inframundo, como decían antes en Grecia.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año IX / N° CCCXLVIII / 15 de marzo del 2021

 





Otros artículos de Ariadna Voulgaris:

FEBRVAS

IANVS

Gaznápiro y cabeza e ñame

Tonto y atónico

Idiocia e imbecilia


lunes, 11 de enero de 2021

IANVS [CCCXXXIX]

Ariadna Voulgaris




Jano bifronte, el dios que abría y cerraba todas las cosas en Roma



El niño iba caminando por las calles de Delfos. Delgado, descalzo y sin familia. Había luz y calor. Y Xifeo venía caminando también por aquellas calles, de vuelta del oráculo. Tanta luz tenía que ser anuncio de lo que debía encontrar hoy: calor para su familia. Entonces vio al niño que venía hacia él. Al mismo tiempo el niño lo vio a él. Xifeo oyó en su mente las palabras del oráculo: “Rapta al primer niño que aparezca mañana ante ti”.

—¿Deseas de vivir en Atenas? —le preguntó.

—¿Dónde es Atenas? —respondió el niño.

—Ven conmigo.

Y lo tomó de la mano. Cuando ponían pie en el barco, se le ocurrió preguntarle su nombre. El niño dijo: “Jano”.

Xifeo le llevó a Jano a su mujer, Creusa, hija del rey de Atenas, con quien no había podido engendrar hijos. Y con el paso del tiempo, descubrieron que el niño era en realidad el hijo que Creusa había tenido antes de conocer a su esposo y que el rey la había obligado a abandonar en Delfos.

Y con el tiempo también, Jano se convirtió en un guerrero audaz y sus victorias lo llevaron hasta Italia, donde fundó varias ciudades. Adquirió tanta fama que Saturno, cuando fue destronado por Júpiter, su hijo, fue a refugiarse en territorios de Jano. Agradecido por su protección, el dios le concedió el don de ver el pasado y el porvenir simultáneamente. Jano empleó con tanta sabiduría y justicia este poder que Saturno lo convirtió también en dios.

Jano entonces fue capaz de mirar al mismo tiempo el comienzo y el final de todas las cosas, y avistaba el solsticio de verano y el de invierno y, por tanto, la llegada de los hombres a esta vida y su partida. En su templo en Roma (construido por orden de Numa Pompilio, segundo rey de Roma, en el siglo VIII antes de Cristo), Jano era colocado en el mero centro para que observara la puerta del amanecer y la del ocaso. Por esta razón se le representaba con un rostro por delante y otro por detrás, a menudo uno joven y el otro de anciano. Jano es, pues, el dios de los umbrales, desde los cuales puede verse hacia adentro y hacia afuera, lo propio y lo extraño, lo íntimo y lo público. Es también la imagen del tránsito del caos a la civilización.

Y así, finalmente, en el año 45 antes de Cristo, cuando Julio César decidió reformar el calendario, agregó dos meses al principio de los diez que por siglos habían seguido los latinos y dedicó el primero de ellos al dios Jano. Lo llamó Ianuarius mensis (‘mes de Jano’), para que en adelante mediara, cual umbral, entre un año que termina y el que comienza. En español lo llamamos enero.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año VIII / N° CCCXXXIX / 11 de enero del 2021



lunes, 31 de agosto de 2020

La manzana y la mujer [CCCXIV]

Luis Roberts

  

 

“La creación del hombre”, detalle de El jardín
de las delicias (1450), de Jerome Bosch
 
 



         He leído con delectación, como siempre, el último y divertido artículo de Ariadna Voulgaris, “La manzana de la discordia”. Como ando inmerso en lectura pandémica, ahora con el último de los libros del genio Yuval Harari, el artículo de Ariadna me impulsa a hacer ciertas reflexiones.

         En primer lugar, el rol de la pobre manzana que, para bien o para mal, aparece en todas las culturas antiguas. En este caso, como objeto de disputa de tres mujeres por su belleza, que pasaría a ser un símbolo de amor en la antigua Grecia. En el Renacimiento, la Iglesia Católica desaconsejó, o tachó de pecaminosa, a la pobre berenjena, al parecer por su forma, llamándola mela insana, o “manzana loca, o insana”, de donde viene su actual denominación italiana: melenzzana. También proscribió al pobre tomate por su color rojo, diabólico, y los marinos italianos se abastecían en el puerto de Tánger, al igual que los españoles, del tomate amarillo que llegaba de México, que llamaban pomma d’oro, o “manzana dorada”, de donde su actual nombre pomodoro; eso sin olvidar uno de los peores errores de traducción, uno más, de la Biblia, que nos persigue hasta hoy, el de la famosa manzana de Eva, pues en el original no se refiere a una manzana para nada.

         Pero volvamos al tema principal. Cuando el homo empieza a ser sapiens, en la revolución cognitiva, con el habla y la simbología como novedades, este se considera como formando parte del universo que le rodea: las plantas, las piedras, las aguas, los animales, etc., a quienes, por lo tanto, respeta como iguales, incluso en sus ritos de caza, pidiendo perdón al animal por matarlo, pues tenía que comer, como atestiguan variedad de pinturas del neolítico. Era una especie de “religión”, que aún perdura en algunas partes de África, y a la que se ha llamado “animismo”. Por los vientos que corren y el auge del ecologismo, como única manera de que el sapiens sobreviva, no sería extraño que este “animismo” se impusiera a las aburridas religiones monoteístas.

         Cuando el sapiens cazador-recolector desaparece con la revolución agrícola, hace 11.000 años, aparecen las religiones, todas politeístas, pues la simbología obliga a antropoformizar a los fenómenos naturales y a darles nombres, y todos, todas, absolutamente todas las deidades son femeninas, los primeros dioses fueron diosas, la agricultura crea la diosa tierra, la diosa madre. Maat en Egipto, Gaia o Gea en Grecia, Ishtar en Caldea, Babilonia, la Pachamama en los Andes y, sobre todo, Astarté, la Astoret de la Biblia. La sociedad es matriarcal, hasta que se descubre el papel del hombre en la procreación y empieza el dominio del hombre en la Tierra y en el Olimpo.

         Homero escribe la Ilíada, hacia el 800 antes de Cristo, cuando ya Zeus se había hecho el amo del Olimpo, y a las pobres diosas les habían dejado, las labores domésticas: “Tú ocúpate de la casa, de estar bella y de criar niños sanos”. El dios jefazo de los pueblos semíticos era ÉL, y en los textos más antiguos de la Biblia en hebreo se refieren a él como Elohim, en plural, los dioses. De ahí se deriva, Elah y Allah. Bien era verdad que el pueblo hebreo, nómada, peleón y fanático, según como le iba en las guerras o en las cosechas, se pasaba de Yaveh, o Adonai, a Baal, el becerro o toro, con una frecuencia pasmosa para la gran indignación y maldición de Yaveh y de sus cronistas bíblicos, a pesar de que ya tenían, desde el 1400 antes de Cristo, aproximadamente, el Deuteronomio, que decía que sólo adorasen a Adonai y se dejasen de monsergas, pero solo fue hasta el reinado de Josías, hacia el 622 antes de Cristo, que se impuso el monoteísmo como obligación sin marcha atrás y con ejemplares castigos divinos y humanos a quien lo incumpliese. Había nacido oficialmente el monoteísmo y con una carga machista absolutamente innegable, como destila toda la Torá, la Biblia, y que heredarían más tarde sus secuelas abrahamánícas: el cristianismo y el islam.

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIV / 31 de agosto del 2020

 

lunes, 24 de agosto de 2020

La manzana de la discordia [CCCXIII]

Ariadna Voulgaris



Irene Papas como Helena en Las troyanas (1971),
de Michael Cacoyannis




         Chicas, si están leyendo la Ilíada por primera vez y no comprenden cómo fue que estalló una guerra tan sangrienta, que duró diez largos años y en la que se supone que se disputaban a una mujer —¡por Zeus!, qué halagador, ¿se imaginan, chicas, miles de hombres despedazándose por ustedes?—, si no ven en el poema la causa de tanta calamidad, tienen que ir a buscar esa causa en otro libro, como muchas cosas en la mitología griega. Y al comprender el porqué de la guerra de Troya, comprenderán también el origen de la expresión la manzana de la discordia.

         ¿Cómo fue que a Paris se le ocurrió robarle la mujer a Menelao? Ante París, considerado por las tres el más hermoso de los mortales, se presentaron una noche Hera, Atenea y Afrodita para pedirle que juzgara quién de ellas era la más bella del Olimpo. Y pusieron en las manos del joven príncipe troyano una manzana de oro que él debía entregar a la elegida. Hera entonces habló la primera y le prometió que si la elegía a ella le daría un poder incalculable y el trono de cien naciones de la tierra. Atenea después le dijo que ella, a cambio del premio, lo haría el hombre más sabio del mundo y su protegido. Y finalmente, Afrodita, desdeñosa, le ofreció entregarle el amor y la máxima felicidad al lado de la mujer más bella del mundo. Y entonces Paris, sin dudarlo un instante, le extendió la manzana a Afrodita.

         Fue así como Hera y Atenea se enfurecieron en contra de Paris y acudieron a Zeus para vengarse de él, de su padre, el rey Príamo, y de todos los troyanos. Afrodita, por su lado, condujo a Paris a Esparta, de donde, a pesar de la amistosa recepción que le dieron los espartanos, raptó a Helena, la bella mujer de su rey, Menelao.

         Y así comenzó la discordia, por causa de una manzana.

         Y la verdad es que Helena se ve muy tranquila y contenta en Troya, no se diría que sufre y llora porque aquel seductor de Paris se la robó. Por culpa de Afrodita, se olvidó incluso de su hija, Hermiona (sí, como la amiga de Harry Potter). La locura en realidad fue iniciada por Menelao, que emprende una gira geopolítica por Grecia en busca de apoyos (entiéndase: financiamiento, soldados y aperos de guerra).

         La manzana de la discordia, aunque representa ‘un origen simple de un gran conflicto, no tiene que ser tan literalmente la manzana de oro que entregó Paris a Afrodita. Pueden asociarla a la propia Helena, que, sin proponérselo (porque sabemos que fue víctima del encantamiento de Afrodita), simboliza un trofeo (esto ya no es halagador, pero pone a la mujer en el centro de la acción de los varones), la guerra dizque gira en torno a ella.

         Otra cosa que no se cuenta en la Ilíada es cómo los aqueos, habiendo entrado en la ciudad, fueron a buscar a Helena para conducirla, llena de mimos, ante su legítimo marido (nunca hay que olvidar los objetivos de empresas tan ambiciosas, ¿verdad?). Uno supone que la bella muchacha terminó volviendo a su lecho de Esparta, pero a mí me hubiera gustado sugerirle a Homero, para condenar la vaciedad de la guerra, un final alternativo: que presuroso entrara Menelao en la cámara de Paris buscando a su mancillada reina y, por ejemplo, la encontrara difunta.


ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año VIII / N° CCCXIII / 24 de agosto del 2020

 

lunes, 25 de mayo de 2020

De memes, la Virgen María, el misterio y otras piruetas del pensamiento [CCCV]

Douglas Méndez



Escultura de Atenea en la moderna Academia de Atenas



         Hace unos días, en un grupo de WhatsApp del cual formo parte, constituido por antiguos compañeros de mi universidad, surgió una polémica a raíz de la publicación en el grupo de un meme (creo que eso era un meme), que, según la interpetación de muchos, arrojaba dudas sobre la castidad de la Virgen María. ¿Cómo puede una mujer dar a luz y sin embargo permanecer inmarcesiblemente virgen? Ciertamente, parece —al menos desde el punto de vista biológico— imposible. Es comprensible que el ser humano, que siempre se deleita en retruécanos y es habilidoso para crear giros de doble sentido y guasas, a lo largo de los siglos haya ventilado en el terreno del humor tan seria paradoja teológica; es, ¡por supuesto!, comprensible también la indignación de los celosos creyentes. Con todo, no me interesan aquí ni la polémica en sí, ni quién tiene la razón, ni la cuestión del respeto a las creencias, el cual respaldo.
         El incidente del controversial meme me ha dejado pensando en otra cosa: en el misterio y en la índole del misterio, en su naturaleza. La virginidad de María es un misterio, ¿por qué tendría que ceñirse a leyes de la biología? ¿Acaso su condición de misterio no le confiere precisamente por eso su rasgo inextricable, al menos para el no iniciado, su carácter excepcional? En definitiva, ¿qué es un misterio? Ante estas encrucijadas, bien vale pasarse un momento por la etimología, de costumbre tan esclarecedora. La voz viene del sustantivo griego mystérion, a su vez del verbo que corresponde al español cerrar: mýein. El mystérion era una ceremonia religiosa cerrada a cualquiera que no fuese un iniciado y así mismo el secreto que en dicha ceremonia se revelaba y compartía. Así pues, para acceder a la vecindad del misterio, para abordar su verdad, debe habérsenos confiado un secreto, debe haber mediado una iniciación, solo entonces podemos saber.
         El asunto de María me recordó una fe mucho más ancestral, en la cual un misterio similar era resguardado: la maternidad de la diosa virgen y guerrera Atenea. En la antigua religión pagana griega, Atenea, diosa virgen completamente indiferente a las acometidas de lo erótico, divinidad de primer orden, hija exclusiva del dios padre y ejecutora de su justicia, era madre en los misterios. Según un oscuro relato, Hefesto, apasionado por la diosa, quien con anterioridad la había pedido como esposa, atrevida solicitud que Zeus negó de plano, en una ocasión, lleno de deseo, como solo son capaces los dioses de sentir, la persiguió para hacerla suya. Atenea huyó en el acto, pero se dice que un poco del esperma del dios herrero alcanzó a rozar el muslo de la poderosa virgen inmortal. De este episodio divino nació un niño, una delicada criatura oculta venerada en los misterios; Atenea, no obstante, permaneció casta.
         Según el insigne mitógrafo húngaro Karl Kerényi, en su perspicaz trabajo “Atenea, virgen y madre” (1952), diosas con mucho poder eran vírgenes o solían aparecer solas, sin consorte, y en esta característica se manifestaba una condición psicológica de la virginidad: la independencia emocional. Todos sabemos de los avatares y desbarajustes que lo erótico suele conllevar; ¿no es de desear que una diosa madre sea además de comprensiva, inmune a las veleidades de Eros; capaz de orientarnos y aconsejarnos con cabeza fría, firmeza, cariño y ecuanimidad hacia la consecusión de nuestros fines? No sé si esta reflexión anterior pueda ser aplicada a la virgen María; me viene ahora a la mente Santa Teresa de Jesús, otra virgen guerrera, madre y patrona de todos los reinos de España. En todo caso, vaya por qué derroteros nos ha encumbrado esta divagación en torno al misterio.
         ¿Cómo queremos acercarnos al misterio? ¿Cómo queremos empaparnos de su esencia? Digamos que depende del discurso. La ciencia quiere apropiarse del misterio para iluminarlo, quiere extraerlo de sus tenues cavernas y desentrañarlo, para democratizarlo y exponerlo convertido en ley en la plaza pública; si bien sus intenciones pueden ser altruistas, la llama de la razón calcina siempre al misterio. La filosofía quiere reflexionar sobre el misterio para hallar su lógica o para formularle una, cándido intento vano, pues el filósofo sabe que nunca pasará del vestíbulo que conduce al recinto sagrado donde esperan los iniciados; la pretensión del filósofo no deja de tener ese leve sabor nostálgico propio de todos los afanes del querer comprenderlo todo, de la fatigosa labor filósofica, taciturna hermana renegada de la poesía. Llegamos al discurso religioso, que presenta al misterio como verdad incontestable, un dogma: María es virgen por la gracia de Dios y eso no se discute, se asume como acto de fe; allí el misterio permanece resguardado, pero la intransigente rigidez dogmática terminará petrificándolo. Nos queda el discurso poético, y con él, naturalmente, el discurso del arte: el poeta, el artista, no quiere poner luces al misterio, lo seducen sus tinieblas; no quiere formular leyes, antes bien le fascina la capacidad que el misterio tiene de violarlas; no quiere erigirlo como verdad inamovible, se regocija en la posibilidad de hallar siempre un nuevo entresijo por el cual sumergirse en el misterio. En el arte, el misterio es imagen y es generador de imágenes, fuente insondable de energía psíquica. En el arte, en la poesía, realmente todo se tiñe de misterio, el artista quiere ser iniciado, quiere compartir y guardar el secreto: la obra son mensajes, guiños, convites para el escurecimiento, para el festival de los matices; allí lo bello y lo feo, el amor y el odio, la saciedad y el hambre, el nacimiento, la vida y la muerte, todo adquiere la connotación del misterio y en el acto gana en significaciones, se transforma en otra clase más profunda de sabiduría, sin duda más humana; entonces María se aparece como el milagro de la imagen de la madre virgen, misericordiosa y a la vez férrea y perseverante, en la que se revela conmovedoramente un aspecto inusitado de la maternidad: pureza y castidad, belleza inmaculada fruto de un amor sin mezquindades, que tiemplan el carácter, el cual es capaz de bondad infinita y sufrimiento sin desesperación, incluso ante el desgarrador espectáculo del sacrificio del propio hijo.

politropos@gmail.com



Año VIII / N° CCCV / 25 de mayo del 2020