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lunes, 8 de mayo de 2017

Galimatías [CLI]

Andrea Villada


María Expropiación Petronila Lascuráin y Torquemada 
de Botija, alias Chimoltrufia, interpretada por Florinda Meza 

 

         Entonces, mientras leía un libro muy interesante sobre ciencia, aunque era un libro en realidad muy interesante pues pretende hablar de la historia de casi todo lo que existe en el mundo y fuera de él como el universo, el mar, el oxígeno, etcétera y demás cosas que no vienen al caso, aunque igual se los recomiendo ampliamente porque es sumamente inteligente y fácil de entender, aunque habla de cosas muy enredadas, lo cual es por lo que me encuentro aquí hablando sobre este asunto, vi una palabra muy extraña por larga y poco conocida, lo cual despertó mi más profunda curiosidad, esa que se despierta tan a menudo cuando nos gustan las palabras mucho pero que a veces no tenemos la oportunidad de saciar, sobre todo cuando trabaja y está ocupado, aunque con Internet ahora todo es posible, ¿no les parece?, ya no debe uno andar por ahí quedándose con curiosidades y que, por supuesto, me hizo preguntarme por qué si el libro habla de casi todo no hablaba también sobre el origen de esa palabra tan larga e interesante. Al parecer, es que no se entiende mucho de dónde salió la palabra esa, galimatías, por cierto, es decir, el origen es confuso, lo cual representa un verdadero galimatías en sí mismo entonces, ¿qué significa?
         Pues, la definición de la Real Academia Española y hasta la de Wikipedia se parecen mucho, pues concuerdan en que se trata de algo enredado, confuso, difícil de entender, un lío, un embrollo, un peo pues, para ser más exactos y adaptarnos más a nuestras propias expresiones coloquiales, que se da en los discursos o en la lengua escrita, (aunque, bueno, en el sentido metafórico de la palabra podemos encontrar muchos ejemplos de galimatías, solo falta ver cómo está nuestro adorado país y entonces me entenderán). Total que la cosa es tan confusa que no se entiende muy bien, si es que usted puede entenderme. Al parecer todo viene de algunos enredos bíblicos, lo cual no debería extrañarnos porque de por sí la Biblia ya es bastante complicada, es decir, por eso se habla de misterios y esas cosas, simplemente porque nuestra comprensión a veces no llega tan lejos, pero, al parecer, a alguien le pareció que había complicaciones en su escritura que merecían más la pena ocasionar una huella indeleble en nuestra lengua ya llenita de un montón de palabras que casi no usamos jamás como impío, que también se usa mucho en la Biblia, iniquidad, execrable, sempiterno, dadivoso, entre otras que casi siempre tienen que ver con cosas malas o buenas, entonces, cuando esta persona leyó las palabras de apertura del apóstol Mateo en su evangelio, que no son más que la explicación de la línea genealógica de Jesús, que quién era hijo de quién y de quién y de quién y así sucesivamente en lo que se va casi todo el primer capítulo del evangelio, entonces pensó que eso era muy enredado y le puso la palabra que nos trae hoy a rompernos la cabeza. Pero hay muchas teorías, algunas tienen que ver hasta con el gallo y un juicio y una bulla y algo así, total que el cuento es medio galimatioso (si es que se puede hacer un adjetivo con esta palabra lo que no se sabe muy bien porque ya no la usamos casi nunca, excepto algunos escritores como el de mi libro de ciencias) y total que nadie puede dar una respuesta certera al asunto del origen. Aunque, por respeto a nuestra academia, y como esta prefiere atribuirle el origen a un escritor bíblico, tal vez porque se trata de literatura seria o quién sabe por qué, el hecho es que yo creo que mejor nos quedamos con la primera versión y le echamos toda la culpa a Mateo y a su compleja explicación de cómo fue que Jesús vino de la línea genealógica de Abrahán, simplemente para no discutir mucho y poder llegar a un consenso que es así como se logran las cosas realmente.
         Bueno, explicado ya el asunto y esperando que me hayan entendido lo suficiente acerca del significado y el origen de esta palabrita que supuestamente está cayendo en desuso, y digo supuestamente porque entonces uno escucha a algunos presidentes y dice: “¡¿Qué c*#o está diciendo?!”, lo cual deja muy claro que la palabra está en desuso pero que realmente es algo que no se dice pero que sí que se hace porque casi todo el mundo lo hace, lo cual le da vigencia, pues, ustedes comprenderán. Como decía, pues eso, espero que hayan entendido porque, así como decía la famosa Chimoltrufia, “como digo una cosa digo otra, pues si es que es como todo, hay cosas que ni qué, ¿tengo o no tengo razón?”.

andrealvilladac@gmail.com






Año V / N° CLI / 8 de mayo del 2017

lunes, 26 de septiembre de 2016

De Cervantes y aquel no acordarse [CXXV]

Edgardo Malaver




En un lugar de Caracas... Busto de Cervantes (1920), de Cruz Álvarez
García, en el Paseo de El Calvario



         Dentro de tres días cumple años el escritor más celebrado de la lengua española, el autor de la novela más fascinante de la historia. Miguel de Cervantes cumple 469 años, y entre más tiempo pasa, más presente lo tenemos en la memoria. La última noticia que tuvimos es que, después de muchas pruebas, se logró identificar sus restos con alto grado de certeza. Hasta apareció hace dos años un documento notariado, fechado en 1593, en el que el escritor otorga un poder a una mujer desconocida de Sevilla para que cobrara sus honorarios. ¡Qué de revelaciones!
         Un detalle que probablemente nunca se revele es dónde vivía su personaje más conocido. El texto dice: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”. Hay quienes, desde el siglo XIX, han argumentado que Cervantes “no quiere acordarse” porque ahí estuvo en la cárcel, ambiente que el autor frecuentó más de lo deseable.
         La razón, sin embargo, puede ser más sencilla. Primero, habría que pensar que quien dice esto en la novela es el narrador, no el autor. Y el narrador, que en Don Quijote cambia cada cierto número de páginas, es, como todo narrador, un ser de ficción. No hace falta buscarle acomodo a este detalle en la vida real de Cervantes, pero si quisiéramos hacerlo, bien podría tratarse de un recurso expresivo, más que se un dato biográfico.
         ¿Qué estaba pensando, entonces, el narrador de Don Quijote, quienquiera que sea, al decir que “no quiere acordarse” del lugar donde vivía el protagonista? ¿Y si no fuera que no desea recordar sino que no lo logra? No es extraño encontrarse en la situación de insistir mucho en hacer algo, abrir un frasco, una puerta, por ejemplo, y, al desistir, lanzar la queja: “¡No se quiere abrir!”. Con esto no queremos decir que el frasco o la puerta hayan adquirido voluntad de seres animados y, de repente, libremente, se han negado a abrirse o a permitir que se les abra. Se trata de una hipérbole en que expresamos la inmensa dificultad de hacer algo o, por lo menos, nuestro momentáneo fracaso en el intento. Es tan difícil, que pareciera que estos objetos se hubieran despertado y se opusieran conscientemente a nuestras fuerzas, como si “no quisieran” abrirse.
         Todos hemos dicho: “El carro no quiere prender”, “La fiebre no quiere bajar”, “La impresora no quiere imprimir”. A veces incluso decimos: “Quiere llover”, cuando la atmósfera da señales de ello. Jesús Ávila dice en la canción “Rauda, rauda” que el viento “se negó a soplar”, como si el viento pudiera decidir cuándo soplar y cuándo no.
         Entonces, así como atribuimos ese poder, esa libertad, esa capacidad de decisión a objetos inanimados, así como les atribuimos esa autonomía más bien humana, es posible entender que Cervantes —o el narrador o quien nos cuente la historia en la novela— más bien quiera indicar que, a pesar de los esfuerzos que hace por recordar dónde fue que sucedieron aquellos hechos, hechos de ficción, no lo consigue, no le es posible obligar a su memoria a recordarlo: es como si él mismo no quisiera recordar.
         Unas frases más adelante, en el mismo primer párrafo, el narrador explica que algunos “quieren decir” que el hidalgo se llamaba Quijada o Quesada, “pero eso importa poco a nuestro cuento”. La función principal de la memoria es olvidar, y ese parece ser el fenómeno que nos ofrece las primeras palabras de una novela que, por los vientos que soplan, no ha de ser olvidada.

emalaver@gmail.com




Año IV / N° CXXV / 26 de septiembre del 2016

lunes, 14 de marzo de 2016

Trivia [XCIX]

Edgardo Malaver


Ilustración de las siete artes liberales
de Herrad von
Landsberg (siglo XII)



         Lo más atractivo de los juegos de trivialidades eran las preguntas sobre ciencias. Era fascinante poder responder (e incluso no poder responder), por ejemplo: “¿Por qué los rayos X se llama rayos X?”; “¿Quién fue la primera persona ganó el Premio Nóbel en diferentes ciencias?”; “¿Quién inventó el cero?”. Y entre más humanista es uno, más se sorprenden los competidores, porque creen que a uno sólo le interesan la literatura, la historia, el cine y la música.
         Aunque lo sabio es que ciencias y humanidades convivan en paz y se enriquezcan las unas a las otras, los juegos de trivialidades parecen confundir la gimnasia con la magnesia. Afortunadamente, las confunden en el buen sentido, porque si todo lo que se pregunta en el juego es trivial, lo es en ambas orillas del río. Es decir, en ambos se detiene en lo que importa menos, en lo que impresiona a primera vista pero que en realidad no es ciencia ni es arte. Como dice el diccionario, son datos que “carecen de toda importancia y novedad”.
         El detalle, sin embargo, no hay que buscarlo en el juego sino en la Edad Media. En las universidades de entonces, las materias que estudiaban los que estudiaban se dividían en dos grupos: por un lado, las artes de la elocuencia y, por el otro, las artes matemáticas. El primer grupo, formado por la gramática, la dialéctica y la retórica, era llamado trivium (tres vías, tres senderos, tres calles), mientras que el segundo, compuesto por la aritmética, la música, la geometría y la astronomía, era llamado quadrivium (cuatro caminos, cuatro avenidas, cuatro sendas, cuatro rutas). Juntas, eran las artes liberales, es decir, de los hombres libres, porque se diferenciaban de los viles oficios de los esclavos. Queda claro que, con el paso del tiempo, el trivio se convirtió en las disciplinas humanísticas y el cuadrivio ahora abarca las científicas. Lo que nos falta comprender en el presente es que en la Edad Media la educación universitaria no se completaba mientras el estudiante no se zambullera en aquellas siete ramas del conocimiento.
         Lo triste es que en algún momento de la historia comenzó a pensarse que las disciplinas reunidas en el trivium eran superficiales y poco importantes con respecto a las otras y desde entonces las humanidades son menospreciadas, subestimadas e incluso ignoradas en la imaginación de la población en general. Lo trivial, inicialmente tan profundo y tan amplio, se asimiló a lo superfluo e insignificante. Y una señal clara de esto es que no existe un adjetivo proveniente de quadrivium que signifique nada como ‘cargado de mucha importancia y novedad’. Se sobreentiende que lo que tiene esos rasgos son las “ciencias serias”... que lo son, ciertamente, pero no más que las humanistas. Y como probablemente diría C.P. Snow si viviera aún, preferir uno de estos universos, sin mirar de reojo siquiera hacia el otro, es, meramente, ignorancia.
         Para decirlo en menos palabras, ¿qué tienen de trivial, en la actualidad, la historia, la lingüística, la antropología? ¿Son superficiales los estudios literarios, los filosóficos, los artísticos? Aceptar que lo son equivaldría a aceptar que el hombre es sólo carne y hueso, que no hay nada más que sangre y hormonas dentro de él.
         Por cierto, ¿qué filósofo ganó competencias de atletismo en las Olimpíadas?


emalaver@gmail.com




Año IV / XCIX / 14 de marzo del 2016

lunes, 4 de enero de 2016

El elogio de la hipérbole [LXXXIX]

Efraín Gavides Jiménez



Agamenón. Imagen de un jarrón,
525-510 antes de Cristo




         Escribir un rito es tan invariablemente placentero que quien nos vea, al menos una vez, quejumbrosos en la imposibilidad de realizar nuestra tarea, dirá, evocando a Agamenón en aquella asamblea frente a los aqueos (Ilíada, canto IX) y resucitando la voz de Homero: “Lloraba cual fuente que vierte sus aguas sombrías en un chorro humeante lanzado de altísima peña”.
         Les diría: «¡qué exagerados!», pero me abstengo, porque quizás haya pocas representaciones mejores que la fastuosidad, el engrandecimiento, la grandilocuencia que sirven de alabanza o tributo a las sensaciones, a los objetos, al amor, a la naturaleza y, desde luego, también, a la propia lengua.
         De los infinitos caminos por los que se desparrama el lenguaje, nos hallamos al final de uno con portón que da una bienvenida: “Español”; en labores de anfitrión, un coloso —como el de Rodas— nos guía en este rito: elogiemos pues, a la hipérbole.
         En la literatura vemos —tantas veces como puestas de sol la humanidad— acudir a los poetas a múltiples figuras retóricas, y entre todas estas, la hipérbole es una de las más expresas, generosas, espléndidas, graciosas, versátiles, poderosas. En ocasiones, sin dejar de ser hipérbole, es una hermosa metáfora: “el amanecer no sabe lo mismo sin ti pequeña lumbre / el cautiverio de las rosas / ya no lame tus manos porque su servidumbre halló en tu / tristeza penumbra” (Gustavo Pereira); otras veces se viste de símil: “su corazón se deshojaba como una flor” (Ricardo Güiraldes), “mi cuerpo ardía como un diminuto sol” (Ednodio Quintero); y también suele ser prosopopeya, o una combinación de varias figuras a la vez: “donde las noches / parecen fugitivas del paraíso” (Ahmed Mohamed Fadel).
         La hipérbole no solo sorprende verbalmente. Las construcciones de las Siete Maravillas de la antigüedad (jardines que aproximan a un imaginario paraíso, o imponentes templos y estatuas que diseminan la deidad en la tierra) no resultaron ser otra cosa sino maravillosas hipérboles. La composición de los Cien sonetos de amor con los que Neruda ensalza a su adorada Matilde, sentimiento fraternizado en el verso “matorral entre tantas pasiones erizado” (soneto III), fue igualmente una manifestación hiperbólica de amor.
         Parte del encanto de los refranes que se hablan en Venezuela se debe a sus peculiares hipérboles; por eso, si algo es muy bueno, «hasta el rabo es chicharrón»; si alguien carece de dinamismo en sus acciones «es más flojo que majarete hirviendo»; soy presa de un desfallecimiento porque «tengo un hambre que no la brinca un venado»; y, refiriendo distancias temporales, decimos que estos refranes son «más viejos que Matusalén».
         La influencia de nuestra figura elogiada es tal que me aventuro a respaldarla con una selección (mínima, cual comida de pajarito) del diccionario venezolano de hipérboles cotidianas (inédito):

biblia: dícese de un libro con varios centenares de páginas o con una cantidad de éstas no deseable.
carnicería: corrección copiosamente desfavorable de exámenes de materias y asuntos complejos.
cocos: véase melones.
matachivo: un golpe para nada propinado con docilidad.
melones: voluminosas prominencias o relieves en el pecho femenino.
molotov: en menú de perrocalentero, un tipo de hamburguesa con innumerables ingredientes.
muerte: una situación exigente físicamente. Ejem. Embarque y desembarque en el Metro de Caracas.
paliza: sufridísima derrota del equipo favorito.
terremoto: niño o niña con inagotable energía y de hiperactividad enorme, desmedida, descomunal.

         Como vemos, ante cualquier fenómeno que pretenda ser descrito, caracterizado, celebrado, imaginado, en fin, definido, siempre, inevitablemente, estará el asedio —como pelotón de hormigas al azucarero— de una hipérbole.


gavidesjimenez@gmail.com





Año III / Nº LXXXIX / 4 de enero del 2016



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lunes, 7 de septiembre de 2015

¡Oh, apóstrofe! [LXXII]

Edgardo Malaver



         Homero, en el siglo VIII antes de Cristo, comienza la Odisea exclamando: “Canta, ¡oh, musa!, la historia de aquel hombre que por mil senderos anduvo errante mucho después de vencer en la sagrada Troya”. Dante, comenzando el siglo XIV, termina su Divina comedia cantándole a María: “Oh, Virgen madre, hija de tu hijo, / la más humilde y alta criatura, / del santo plan de Dios término fijo, / tú ennobleciste la humana natura / hasta tal grado, que su autor / no desdeñó el hacerse de esa hechura”. Bello, en el siglo XIX, canta también en su Alocución: “Divina poesía, / tú, de la soledad habitadora, / a consultar tus cantos enseñada, [...] tiempo es que dejes ya la culta Europa”.
         Esta forma de comunicarse, de decir, de conmover, ha sido útil durante casi tres mil años, y no sólo a los poetas: todos los hablantes de todas las lenguas hacemos uso constante del apóstrofe, siempre con el mismo fin, el mismo que ya antes de Cristo le daban los griegos. El apóstrofe, aunque muchos crean otra cosa, es un recurso estilístico —o figura retórica— que consiste en dirigirse, en medio de un discurso y con expresiones por lo general vehementes y enfáticas, a algún ente humano o espiritual, concreto o imaginario, que puede estar presente o ausente en el auditorio. Va, pues, expresado en segunda persona, aunque se refiera, como puede suceder, al propio emisor del discurso.
         En una clasificación sencilla (si tal cosa es posible en retórica), los recursos estilísticos pueden dividirse según su intención: los que apelan al logos, es decir, a la razón del hombre, que están ligados al tema y contenido del discurso; los que recurren al ethos, a la moral, y atañen al emisor, y los que explotan el pathos, las emociones, y se relacionan con el receptor. El apóstrofe pertenece a este último grupo y, como puede deducirse, intenta “persuadir” (mover, excitar, llamar) apuntando a las pasiones del que escucha (o el que lee), siempre con palabras.
         No es extraño, considerando el origen de la retórica. Aunque suele hablarse también de figuras literarias, la retórica tuvo su origen en la actividad política, en la necesidad de convencer a los opositores en la naciente democracia ateniense en el siglo V antes de Cristo. En principio, una causa noble: intentar ganar batallas verbales en lugar de lanzar cuchilladas a los enemigos y recibirlas de ellos. Sin embargo, el uso del apóstrofe y, en general, del pathos, no sólo en el siglo V antes de Cristo sino incluso hoy, nos ha llevado en muchas ocasiones, y por el camino corto, a la guerra.
         Demóstenes se metió en buen número de líos por causa de sus apóstrofes en contra del rey Filipo, padre de Alejandro Magno. Los revolucionarios franceses, aun predicando la fraternidad, cantaba desde 1792 un apóstrofe que luego se convirtió en su himno nacional (y que no puedo citar si no es en francés): “Allons, enfants de la Patrie, / le jour de gloire est arrivé!”, estimulándose para “inundar los surcos” con la “sangre impura” de sus enemigos. El recuerdo más claro que tenemos de la Batalla de Las Queseras del Medio es el apóstrofe del general Páez: “¡Vuelvan caras, carajo!”.
         Los apóstrofes suelen hacer alusión a situaciones dolorosas o patéticas (de pathos).  Salomón apostrofa a Yavé diciéndole: “Desde los abismos invoco tu nombre, ¡oh, Dios! ¡Señor, escucha mi voz!”. En el Evangelio de san Mateo, Jesús se lamenta: “¡Ah, Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te envío! ¡Cuántas veces he querido reunir a tus hijos, como una gallina que bajo sus alas reúne a sus polluelos, y tú te resistes!”. Cervantes (o Ricardo, el protagonista de El amante liberal) se queja así de su fortuna: “¡Oh, lamentables ruinas de la desdichada Nicosia [...]! Si como carecéis de sentido, le tuviérades ahora, en esta soledad donde estamos, pudiéramos lamentar juntas nuestras desgracias”.
         Otros traen un poco de esperanza a quien escucha, como el de Gardel en su tango más afamado: “Mi Buenos Aires querido, / cuando yo te vuelva a ver, / no habrá más pena ni olvido”. No lo olvide: un apóstrofe no es lo mismo que un apóstrofo (sí, señor, con o), y para conocer esa diferencia, ¡oh, desocupado lector!, tendrá usted que guardarnos fidelidad, por lo menos, hasta  la semana que viene.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº LXXII / 7 de septiembre del 2015

lunes, 29 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (y III) [LXIII]

Laura Jaramillo

El fútbol es un poema
 y los jugadores son los poetas.

Lázaro ‘Papaíto’ Candal


         Las crónicas de fútbol no solo están inundadas de expresiones bélicas, podemos ver también que hay una inclusión de términos provenientes de variados campos semánticos:

·           Física: ‘Viernes de alta tensión’, Meridiano, julio 4 del 2014, en relación al encuentro Brasil y Colombia;
·           Literatura: ‘El capitán en su laberinto’, Meridiano, octubre 21 del 2009, titular relacionado al jugador Juan Arango;
·           Teatro: ‘Costa Rica escribió una tragedia griega’, Meridiano, junio 30 del 2014, en referencia al juego entre Costa Rica y Grecia;
·           Hipismo: ‘Con todos los caballos’, Líder, marzo 4 del 2015, titular que alude a los jugadores de la Vinotinto.

         Mucho se critica por el uso quizás inadecuado del lenguaje deportivo, pero el uso de metáforas enriquece la lengua, de allí que podamos observar que el uso del lenguaje literario sea común en el mundo del discurso periodístico. Como dijera en alguna oportunidad el profesor Alexis Márquez: las figuras retóricas no son de uso exclusivo de la literatura.
         El fútbol necesita ser contado con ingenio, con expresividad, con color, y la mejor manera de hacerlo es a través de la invención de frases como los titulares: ‘¡Messías!’ (Meridiano, junio 22 del 2014, en referencia al jugador Lionel Messi); ‘Mordisco al título’ (Meridiano, marzo 23 del 2015, referente al jugador Luis Suárez que tiene fama de morder a otros jugadores durante los partidos).
         Además, “nuestro lenguaje está conformado por metáforas, no importa a cuál campo semántico pertenezcan, ni el discurso en el cual se presenten, lo que verdaderamente importa es que la metáfora es un instrumento imprescindible para una comunicación exitosa[1].
         No en vano el periodista Lázaro ‘Papaíto’ Candal realiza esa magnífica afirmación, pues gracias a los futbolistas, el fútbol se convierte en un poema, y, por supuesto, eso debe quedar absolutamente plasmado en las crónicas, tal como lo expresa Galeano:

En el fútbol, ritual sublimación de la guerra, once hombres de pantalón corto son la espada del barrio, la ciudad o nación. Estos guerreros sin armas ni corazas exorcizan los demonios de la multitud, y le confirman la fe: en cada enfrentamiento entre dos equipos, entran en combate viejos odios y amores heredados de padres a hijos[2].


laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] Jaramillo, L. (2013). El fútbol como metáfora de la guerra. Estudio cognoscitivo de la metáfora bélica presente en las reseñas de fútbol de los diarios deportivos venezolanos Líder y Meridiano. Trabajo de grado no publicadoUniversidad Central de Venezuela, Caracas.
[2] Galeano, E. (2002). El fútbol a sol y sombra y otros escritos. Buenos Aires: Siglo XXI Editores.



Año III / Nº LXIII / 29 de junio del 2015

lunes, 22 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (II) [LXII]

Laura Jaramillo


         Según el lingüista George Lakoff y el filósofo Mark Johnson[1], el fútbol tiene una estructuración que asemeja a la de la guerra. En el campo deben existir dos bandos, una ofensiva y una defensiva; el ataque y el contraataque; la victoria o la derrota.
         En consecuencia, podemos ver cómo de alguna manera se fusionan ambos lenguajes, dando como resultado las siguientes analogías:

  • ariete: además de ser una máquina militar para derribar murallas, con esta palabra se designa al jugador delantero centro o goleador de un equipo.
  • bombardear: en su significado base, es la acción de lanzar o disparar bombas o proyectiles explosivos. En un contexto metafórico, se refiere a la acción de atacar el arco del equipo contrario, es decir, chutar constantemente contra la portería rival.
  • contraataque: se refiere a la reacción ofensiva contra un enemigo o rival para responder a sus ataques. En el lenguaje del fútbol, es el momento en que un equipo recupera el balón, luego de un ataque contrario, e intenta llegar a la portería rival, solo o con sus compañeros, lo más rápido posible para que el equipo adverso no se organice y anote un gol[2].

         La metáfora bélica engalana las crónicas de fútbol, adereza el relato, así como lo mencioné en un artículo pasado, al referirme a palabras de Jesús Cova, cuando afirma que el lenguaje bélico es ‘la salsa que se le pone al plato sobre la mesa’.
         En el campo de fútbol se gana la gloria o el destierro, y eso debe reflejarse en el lenguaje, porque el lector quiere revivir ese momento, sin importar si fue emocionantemente victorioso o trágicamente derrotista. “El deporte se convierte en la representación de la guerra, es una guerra incruenta que despierta, de alguna manera, nacionalismo y fervor popular” (Franco Arturi, subdirector de La Gazzetta dello Sport).

laurajaramilloreal@yahoo.com




Año III / Nº LXII / 22 de junio del 2015



[1] Lakoff, G. y Johnson, M. (2009). Metáforas de la vida cotidiana. (8va. ed.) Trad. C. González. Madrid: Ediciones Cátedra.
[2] Jaramillo, L. (2013). El fútbol como metáfora de la guerra. Estudio cognoscitivo de la metáfora bélica presente en las reseñas de fútbol de los diarios deportivos venezolanos Líder y Meridiano. Trabajo de grado no publicado, Universidad Central de Venezuela, Caracas.

lunes, 15 de junio de 2015

El fútbol como metáfora de la guerra (I) [LXI]

Laura Jaramillo

Si quieres la paz, prepárate para la guerra[1]
En ocasión de la Copa América, Chile 2015

         Esa expresión, considerada una máxima militar, es frecuente dentro de contextos políticos o religiosos, y nos remite a un significado connotativo de desafío o reto por parte de quien la exprese. Sin embargo, y en un ámbito absolutamente contrario a los mencionados, podemos observar que en el deporte es bastante frecuente el uso del lenguaje belicista como herramienta para narrar sus variados acontecimientos.
         Esta particularidad en el discurso deportivo se puede verificar en las crónicas de beisbol, boxeo, hipismo, pero muy especialmente en las crónicas de fútbol, que reflejan una extraordinaria comunión entre el redactor y el lector, es decir, el primero sabe para quién escribe y el segundo sabe qué va a leer, lo cual da como resultado un fantástico entramado metafórico.
         Las metáforas bélicas son para el periodista el elemento clave en estas crónicas futbolísticas, porque son el vehículo perfecto para transportar al lector a ese momento tan emocionante que vivió y que quiere recordar. Esas metáforas, además de mover todo un sentimiento, de alegría o de tristeza, activan un mecanismo cognitivo, tanto en el que escribe como en el que lee.
         En este proceso de cognición se apela constantemente al bagaje cultural, que vive en un lugar llamado memoria a largo plazo. Esta magnífica memoria es la que permite recordar todo tipo de información, en especial la deportiva y, por ende, la militar. Es esa memoria la que facilita esa fantástica comunión entre redactor y lector, porque ambos manejan la misma información, el mismo fanatismo, el mismo sentimiento.
         Si retrocedemos un poco la película, podremos ver que el fútbol tiene más de 100 años de existencia; sin embargo, su modo de jugarlo está plasmado en un manual de ejercicios militares, que data de los siglos II y III antes de Cristo, durante la dinastía china de Han:

Se lo conocía como “Ts’uh Kúh”, y consistía en una bola de cuero rellena con plumas y pelos, que tenía que ser lanzada con el pie a una pequeña red. Ésta estaba colocada entre largas varas de bambú, separadas por una apertura de 30 a 40 centímetros. Otra modalidad, descrita en el mismo manual, consistía en que los jugadores, en su camino a la meta, debían sortear los ataques de un rival, pudiendo jugar la bola con pies, pecho, espalda y hombros, pero no con la mano[2].

         La anterior información, aunque no totalmente fiel, es una muestra de cómo el fútbol, desde que es fútbol, siempre ha tenido relación con lo bélico, con lo cual puede inferirse que la guerra forma parte casi esencial del fútbol, en pocas palabras, pues, el fútbol es la metáfora de la guerra.

laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] Flavio Vegecio Renato (2006). Compendio de técnica militar. Madrid: Editorial Cátedra.
[2] Datos tomados de la página web de la FIFA.




Año III / Nº LXI / 15 de junio del 2015

lunes, 15 de diciembre de 2014

El lenguaje metafórico del beisbol (y III) [XXXV]

Laura Jaramillo



            Ahora veamos un poco el lado periodístico del tema, ya que el beisbol por ser el evento más esperado por venezolanos, el discurso deportivo hace gala de innumerables creaciones lingüísticas, siendo la metáfora la mamá de los helados.
            A diario, y aproximadamente por tres meses, las crónicas deben narrar lo acontecido, tomando en cuenta que el lector, que primero es fanático, necesita de una lectura que le rememore lo ya vivido. Por esta razón, el periodista hace uso de un lenguaje bastante particular, ya que, analizando la cosa, es posible observar un cierto canibalismo[1].
            La metáfora cognitiva es el vehículo perfecto para desarrollar las crónicas del beisbol, así como sucede con las crónicas del fútbol. Para el beisbol, la metáfora es lo caníbal, y para el fútbol, la metáfora es lo bélico. Aunque, en ambos discursos deportivos existen más metáforas deportivas pertenecientes a distintos campos semánticos.
            En nuestro beisbol tenemos ocho equipos: Leones del Caracas, Navegantes del Magallanes, Tiburones de La Guaira, Bravos de Margarita, Águilas del Zulia, Cardenales de Lara, Caribes de Anzoátegui y Tigres de Aragua.
            Podemos observar que cinco equipos son representados por animales (leones, tiburones, águilas, cardenales, tigres) y los otros por hombres (piratas e indios).
            Veamos algunos ejemplos de este canibalismo en titulares tomados de uno de los principales diarios deportivos de Venezuela, Meridiano:

“Tigres devoró al Caracas” (11/01/2007).
“Luis Raven mató al Tigre” (14/01/2007).
“Magallanes golpeó al Caracas” (03/12/2008).
“Magallanes al acecho” (21/12/2008).
“Estacazos de invictos para Águilas del Zulia” (16/10/2014).
“Caribes mató en extrainning” (16/10/2014).
“Tiburón alzado” (19/10/2014).
“Magallanes ligó su tercer triunfo al hilo al masacrar a Bravos” (09/11/2014).

            El lenguaje tiene tantos recovecos, que de dónde uno menos piensa salta la liebre, o sea, la lengua tiene muchos aspectos todavía por descubrir, especialmente del lenguaje deportivo, que cada día se reinventa, agregándole sabor al deporte y, por supuesto, a la lengua.

laurajaramilloreal@yahoo.com




[1] La idea  sobre el canibalismo deportivo es cortesía de la profesora Aura Marina Boadas, quien alguna vez me comentó sobre esta curiosidad del lenguaje deportivo.




Año II / Nº XXXV / 15 de diciembre del 2014

lunes, 22 de septiembre de 2014

¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma! [XXIII]

Laura Jaramillo




         Cuando por primer vez (como dicen los mexicanos) escuché sobre la economía del lenguaje, pensé en lo maravilloso que era hablar el español con poca plata. Pero, no, no era eso. Resulta que la lengua tiene reglas, normas o mecanismos que permiten decir mucho con pocas palabras. Aunque, más que la lengua, es el usuario de la lengua el que debe tener dicho talento.
         El decir mucho con pocas palabras no es tarea fácil, o, mejor dicho, es misión imposible (ilando ando), ya que el español es en ocasiones bastante anchilargo, porque a veces es necesario alargar la cosa para que el mensaje llegue a su llegadero, pero se corre el riesgo de caer en la redundancia. Hay que aprovechar las facilidades que da la lengua para comunicarnos y hacernos entender.
         Sin embargo, desde hace algunos años, se está usando lo que llaman el lenguaje incluyente, lo cual se ha hecho común, más bien, exageradamente común, decir cosas como todos y todastrabajadores y trabajadorasniñas y niños, etc. Se llega, incluso, hasta cometer errores de concordancia, como por ejemplo los y las delegadas. Si se va a hablar mal, que sea con coherencia.
         Existe una necesidad (¿o necedad?) por incluir a como dé lugar el femenino, aunque no exista, no importa, lo inventan, como es el caso de millones y millonas, libros y libras. Expresiones que ocasionan contaminación sónica. Menos mal que hasta los momentos, se puede decir, esas expresiones no llegan propiamente a lo que es el vulgo, porque no hay nada mejor que ahorrar.
         El lenguaje incluyente puede ser económico. No es necesario decir venezolanos y venezolanas, puede decirse perfectamente la población venezolana, lo cual incluye hombres, mujeres, niños y niñas. He ahí, pues, el exquisito arte de la retórica.
         Definitivamente, ante esta realidad, con poco sentido común y mucho barbarismo, cada vez es más fuerte esa popular expresión de un antiguo programa cómico, que reza: ¡Oh, Andrés Bello, qué han hecho con tu idioma!


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Año II / Nº XXIII / 22 de septiembre del 2014