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lunes, 31 de diciembre de 2018

¿Qué te pasa, viejo año, qué te pasa? [CCXLI]

Ariadna Voulgaris




“¡Madre, cómo son ácidas las uvas de la ausencia!”.
Andrés Eloy Blanco en 1913




         Dentro de unas horas se acaba el año 2018. Algunos vamos a poner música navideña en esas últimas horas del año. Los venezolanos, sobre todo los que vivimos fuera de Venezuela, vamos a recurrir sin duda a la gaita, esa deliciosa música que nos ha regalado la tradición alegre y bullera de los zulianos. Gracias. Con el corazón les doy las gracias. Nadie podrá evitar (ni queriendo) que en algún momento comience a sonar una pieza de Maracaibo 15 que nos arropa siempre y, a pesar de la fiesta, nos hace llorar como si le habláramos a un amigo muy querido que no volveremos a ver. En ese momento sonará: “¿Qué te pasa, viejo año, qué te pasa, / que ya tienes las maletas preparadas? / Dime si es que te han botado de la casa / porque estás viejo, porque no sirves pa nada”.
         La cercanía de la Nochevieja con la Nochebuena hace que todo el que escribe canciones sobre la una escriba también sobre la otra. Primera instancia en que se nos levantan las antenas. Nochebuena, la noche del 24; Nochevieja, la del 31. Ahí está otra. Uno puede decir “24 y 31” el 14 de mayo, el 27 agosto, el 3 de febrero, y todo el mundo va a pensar en diciembre. Pero digo que el tsunami que crea la gaita en Venezuela no se ha calmado aún cuando llega el 31 de diciembre. No ha pasado ni una semana. Los gaiteros no pueden “pelá ese boche”. Además, las emociones (y el cursilismo, pues, sí, está bien, también el cursilismo) están aún palpitantes en los que corren el 24 para llegar a ver a su mamá antes de la medianoche. ¿Cómo no va a ser lo mismo el 31 cuando faltan cinco pa las 12? Conclusión: no será Navidad ya, pero seguimos en la sintonía sentimental y seguimos parrandeando.
         A mí me gusta esa gaita porque desde el principio el autor se dirige al “viejo año” y le habla como si fuera un ser humano que de verdad verdad se va de la casa. Hasta parece sorprenderse: “Dime si es que te han botado de la casa”. Poco le falta para preguntarle: “¿Te hicieron algo?”. Pero no, él, el bardo gaitero, sabe que no es azar, que es inevitable el final, la despedida y la partida: “Ya falta poco para que te vayas, porque ya va a sonar el cañonazo”. Lo que no llegará es el olvido: “Pero no llores, échate un trago, / que yo te recordaré”. Y en la misma estrofa, lo más bello que le pueden decir a uno cuando se va, y si es con un hipérbaton tipo Quevedo, mejor: “por los ratos que de felicidad en tus días yo pasé”.
         Más tarde, como cualquier maracucho que está tomando y gaiteando el 31, emocionado, el parrandero brinda docenas de veces por el año que se va. Y entra en escena la tristeza que se ha estado reservando para los instantes finales de la canción: la sensación de que ambos están en la misma situación: “Pero yo estoy tan triste como tú, / porque no tengo quien me dé un abrazo”. Aquí quería llegar el cantor, no hay duda. Todo lo que ha dicho del año viejo, lo quiere decir de sí mismo. Quien se siente abandonado, quien ya ha hecho sus maletas, quien se está despidiendo es él mismo. Porque, como el año, cada año, todos los años, ya “está viejo”, “no sirve pa nada”. Así se siente mientras consume sus uvas del tiempo.
         Por esa buena razón, como si fuera un trago fondo blanco, finiquita su canción mientras para los demás “todo se convierte en alegría” manifestándole al casi extinto amigo un deseo imposible de realizar nunca jamás: “Levantaré mi copa a tu salud, deseando que regreses algún día”.
         Sí, imposible será que alguna vez regrese este triste año que termina hoy, pero cada Nochevieja es una oportunidad de volver a ver en la memoria imágenes de lo bello que nos sucedió en ese año. A menos que uno prefiera concentrarse en las pesadillas. En mi caso, los lectores de Ritos estaréis esta noche en mi brindis, deseando que, sobre la misma tierra, vuelvan los ratos que de felicidad algún día yo pasé.

ariadnavoulgaris@gmail.com



Año VI / N° CCXLI / 31 de diciembre del 2018




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lunes, 29 de diciembre de 2014

Un año pasado que se queda [XXXVII]

Edgardo Malaver Lárez



         Siempre se tropieza uno con la misma disyuntiva en la noche de san Silvestre, la misma dubitación, la misma ambigüedad: ¿estar contento porque se aproxima un tiempo nuevo o entristecerse porque está a punto de acabar una época que, a fin de cuentas, no nos ha tratado tan mal? Maracaibo 15 lo pone en términos diáfanos, al cantarle al viejo año lo que todos podríamos decirnos a nosotros mismos:

Las cosas viejas como tú las botan
y más si saben que otro llegará,
pero no llores, échate un trago,
que yo te recordaré
por los ratos que de felicidad
en tus días yo pasé”.

         La noche del 31 de diciembre se encuentra, como bien dijo Rubén Darío, “a la orilla del abismo misterioso de lo eterno”. Nos levanta, como a Jorge Luis Borges, “la sospecha general y borrosa del enigma del tiempo”. Es un instante infinitamente efímero en que estamos en el borde entre lo enteramente conocido y lo totalmente por conocer. Es el “mezzo del camin” de Dante revivido cada año, en un solo minuto.
         El eslabón entre una cosa y la otra, entre los significativos “ratos que de felicidad en sus días hemos vivido” y los enigmáticos y borrosos siglos que nos ofrece ahora el abismo de lo eterno, entre el más acá y el más allá de esa orilla, entre la certeza de lo vivido y el vacío de lo aún por vivir, tiene que ser la memoria, que reconoce lo primero y no se halla a gusto, aún, en medio de lo último. La memoria, que a nada se aferra como a lo vivido, bello o macabro, nos lleva a sentir aprehensión respecto de lo que ha de venir después de las “doce irreparables campanadas”.
         Andrés Eloy Blanco, solo en Madrid a medianoche del 31 de diciembre de 1923, recuerda a su madre y no puede disfrutar la fiesta que lo circunda. Como el gaitero, observa que el mundo está contento en un momento en que él está triste. El año termina y el poeta mira hacia atrás, que es como mirar hacia sí mismo, hacia su interior. Se da cuenta de que “por aquella balumba en que da gritos la ciudad histérica”, su soledad y el recuerdo “marchan como dos penas”. Y esta soledad es más solitaria por la presencia de la memoria, la que no se acostumbra con docilidad a lo nuevo, por más alegría que nos prometa:

Yo estoy tan solo, madre,
¡tan solo!, pero miento, que ojalá lo estuviera;
estoy con tu recuerdo y el recuerdo es un año
pasado que se queda”.

emalaver@gmail.com




Año II / Nº XXXVII / 29 de diciembre del 2014