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martes, 8 de noviembre de 2022

Los puntos cardinales como singularia tantum [CDII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Aquel círculo, sus lagos y pulpos... Nocturno-luna (1917),
de Armando Reverón

 

 

         En agosto del 2016, durante las Olimpíadas de Río de Janeiro, publiqué en Ritos de Ilación un artículo titulado “Los Juegos Olímpicos como pluralia tantum”. Ya habrán adivinado que trataba de ese numeroso grupo de sustantivos que, en español, aunque se refieran a un solo objeto, permanecen en plural contra viento y marea. Y, extraño como los pulpos que habitan los lagos de la luna, no se me ocurrió nunca hasta hoy escribir sobre su “antónimo” sintáctico, los sustantivos singulares que persisten en ser singulares, nombres de cosas que tercamente insisten en ser una sola en la vida.

         Se dieron cuenta ya también de que este grupo se llama sigularia tantum, es decir, “todos singulares”. También pueden llamarse singulares inherentes, porque son inherentemente singulares, perdonen la obviedad. Miren ustedes los puntos cardinales: nos volveríamos locos si hubiera dos sures —algunos políticos de izquierda perderían la mitad de sus ideales—, no habría barco que no se extraviara en el mar si hubiera dos nortes, las películas de vaqueros quizá ni habrían aparecido en la historia si hubiéramos tenido dos oestes, y el sol no sería tan confiable cada mañana si hubiera dos estes o más.

         En suma, están por los cuatro confines de la tierra, pertenecen a nuestro mundo cotidiano. La sed, la salud, la gravedad, que tenemos tan cerca, pertenecen a los singularia tantum. Durante toda la vida nos movemos en este grupo de sustantivos, si consideramos que infancia (y niñez), adolescenciajuventud no—, adultez y vejez son siempre singulares. La gente muy generosa (miren la palabra caridad), la que siempre deja para mañana lo que puede hacer hoy (pereza), los que siembran (trigo, leña, perejil), los que hacen mucho ejercicio (vigor), e incluso los que estudian la bóveda celeste (cenit, nadir), todos ellos saben de lo que estoy diciendo. El orden en que los presento puede parecer carente de nobleza, pero tiene su importancia.

         Algunas veces, algunos de estos nombres, abstractos o concretos, pueden aparecer en plural, pero siempre está claro que ha habido para ello un cambio de contexto, de concepción del asunto considerado o simplemente de significado. Puede suceder que, pluralizados, estos sustantivos se tornen poéticos, tangibles (o intangibles), prosaicos o inimaginables. Algunos miembros muy mayores de mi familia, por ejemplo, si yo les hablara de estas peculiaridades de las palabras, me contestarían: “¡Déjate de calores, muchacho!”. Y me ofrecerían así un ejemplo de lo que les digo. Gracias.

         En definitiva, cada quien tiene una sola fe, una sola tez, aunque no siempre un solo cariz. Idealmente, nuestra mente tiene control de estas sutilezas, sea uno emisor o receptor del mensaje. De la mayor o menor atención o capacidad de captarlas a la primera —presumo yo— pueden depender la comprensión y los malentendidos... además de una montaña de factores, claro.

         De norte a sur, de este a oeste, del mercado a la academia, el reino de los singularia tantum convive entremezclado con el de los pluralia tantum para construir juntos el edificio del habla cotidiana, cuyos bloques permanecen unidos con argamasa de poesía.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDII / 7 de noviembre del 2022

  

lunes, 30 de julio de 2018

Feliz vacación [CCXIX]

Edgardo Malaver


A la muerte de Pío VI, en 1799, se vivió un período
de sede vacante de 207 días



         Y ahora que acabó el Mundial, que está a punto de acabar julio, que casi todos están cansados y que muchos no se explican cómo el año ha acelerado tanto en los últimos días, llegan las vacaciones. Es costumbre que por estas fechas se presente tal situación; lo que no sucede mucho es que nos preguntemos por la palabra vacaciones; preguntarnos, por ejemplo, por qué siempre tiene que ser plural.
         La primera sorpresa que uno recibe cuando se pone a investigar sobre el asunto es que el diccionario sólo lo registra en singular, aunque señala que se usa más en plural. De las cuatro acepciones, sólo la primera se refiere al período vacacional. Dice: “Descanso temporal de una actividad habitual, principalmente del trabajo remunerado o de los estudios”. Aunque también dice que es más común en plural, es un solo descanso, un solo período, una sola vacación.
         Las otras no dejan de ser atractivas, precisamente por su poca frecuencia. La segunda, poco usual, se refiere al ‘tiempo que dura la casación de un trabajo’. No sé de qué distancia me llegan con más claridad, para esta acepción, las sílabas de vacancia. La tercera es ‘acción de vacar’, es decir, ‘quedar un empleo sin persona que lo ocupe’. Pareciera que no, pero sí lo oímos de vez en cuando: si hoy renuncia un compañero de trabajo, usted va y pone en Facebook: “Hay una vacante en mi departamento”. Y cuando muere un papa, sucede un período de sede vacante. ¿Le suena?
         Vacaciones proviene del verbo latino vacare, es decir, ‘estar vacío, desocupado’. Ah, y concuerda con la inusualísima cuarta acepción: ‘el cargo o dignidad que está vacante’. De esta palabra derivan también vacío, vacuo e incluso evacuar (sí, vaciar... en todos los sentidos). Hasta los vagos, el vagar y la vagancia declaran su conexión con el vacare de nuestras vacaciones.
         Sin embargo, ni la semántica ni la etimología de la palabra nos aclara por qué la usamos en plural. Probablemente sea —y ruego a los latinistas del grupo que me corrijan— porque en la enseñanza del latín se incluían, en todos los manuales, “claves” como vacatio, vacationis. Y más probablemente, me parece a mí, sea por la misma razón que nos lleva a pluralizar buen día, buena tarde y buena noche. Las jornadas en las que vamos a estar desocupados van a ser varias, unas cuantas, muchas —mentira, nunca son muchas—, de modo que serán vacaciones y no una sola vacación. En uno y otro caso, es, digo yo, un asunto de deseos sobreabundantes para nuestros semejantes, más que de la exacta precisión de la realidad en que viven.
         Pero no hagan caso de todo lo que digo hoy. Hace días, muchos días, que no duermo suficiente. Necesito vacaciones.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXIX / 30 de julio del 2018



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lunes, 29 de agosto de 2016

Me voy pa las Italias [CXXI]

Edgardo Malaver



Plaza Miranda de la atractiva ciudad de Barquisimeto
en 1954. Arriba a la derecha, el obelisco


         Había planeado dejar que los lectores descansaran esta semana del tema del plural, pero acabo de toparme con una vieja lista de posibles temas para cuando no se me ocurriera qué escribir, y como era esa la circunstancia en que me encontraba, tuve que cerrar los ojos y ceder ante la tentación. Las notas que encuentro dicen simplemente: “Plural de topónimo distante: las Europas, las Américas”.
         ¿Por qué algunos hablantes (si es que verdaderamente son algunos) tienden a pluralizar algunos nombres de lugar? Mi hipótesis inicial, hace años, era que debía tratarse de una forma de aumentar en el discurso la importancia que revestía hacer un largo viaje o, aunque no fuera largo, a un lugar muy lejano. Podía ser impresionante para el hablante que alguien cercano lograra ir, por ejemplo de vacaciones, a las Méridas, a los Maracaibos, a los Barquisimetos. Y lo era mucho más, incluso para el que hacía el viaje, ir a los Méxicos, a los Mayamis, a las Europas.
         Aunque esta idea no queda descartada (más bien queda confirmada), las breves lecturas que he hecho antes de comenzar a escribir, me indican que esta forma de aumentativo, más que de plural, más popular que culto, podría provenir de los mismísimos orígenes de la expansión del castellano en la España de la Edad Media. En los siglos anteriores a los Reyes Católicos, España era un reguero de pequeños reinos que apenas se comunicaban para entrar en guerra y para celebrar matrimonios entre los hijos de los reyes. Isabel y Fernando, que se habían casado precisamente para unir las posesiones que sus antepasados habían ido acumulando, figuran como los que comenzaron a unir “todas las Españas”, como le escribió el humanista Diego de Valera (1412-88) al joven príncipe antes del casamiento. “Todas las Españas” bien pueden entenderse como la suma de Castilla y Aragón, la suma de todos los territorios que poseían los dos herederos, todos los que estaban bajo su influencia y todos los que, con su nuevo y agrandado poderío, no tardarían en sometérseles.
         En 1492, Isabel la Católica tomó posesión de los territorios antes dominados por los árabes, con lo cual terminaban reuniéndose también dos Españas, la cristiana y la musulmana. Inmediatamente llegó Colón a un nuevo territorio, que comenzaron a llamar, primero, las Indias, porque era donde creía el Almirante haber llegado, y, más tarde, las Antillas; partir a estas tierras a buscar fortuna comenzó a llamarse “ir a hacer las Américas”. En esa misma sintonía, regresar a la capital del reino —¡hombre, qué viaje más largo!— era recalar por los Madriles. En épocas tan cercanas como 1837, la Constitución española se refería a Isabel II como “reina de las Españas”, y eso que no poseía ya la americana.
         Sea a causa de la noción de distancia, de tamaño (más bien de grandeza) o de herencia, lo cierto es que el pueblo se apodera de esas formas expresivas, sobre todo porque son expresivas, y las mantiene, las perpetúa. Nunca he estado en las Australias, pero veo en el mapa que es lejísimos. Nunca he pisado las Arabias, pero me dicen los que han ido que la gente tiene otras costumbres. Nunca la he visto los Niuyores, pero leo en “La ciudad de nadie” que pasan cosas asombrosas. Deben ser lugares magníficos y misteriosos. Cada quien tiene su idea de ellos, son muy diversos. Será por eso que algunos, muchos, andan diciendo ahora: “Me voy pa las Inglaterras, pa los Portugales, pa las Italias”.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXXI / 29 de agosto del 2016

lunes, 15 de agosto de 2016

Los Juegos Olímpicos como 'pluralia tantum' [CXIX]

Edgardo Malaver



No hay información definitiva al respecto, pero se cree
que los atletas de la antigüedad competían desnudos



         Los Juegos Olímpicos han comenzado oportunamente. No sólo han llegado para aprovechar el verano, como cada cuatro años, y para descansar un poco de las controversiales noticias políticas de Brasil, sino además para sumarse a esta seguidilla de artículos sobre el plural que tenemos en este momento en Ritos de Ilación. Lo oportuno es que, aunque nadie necesita que se lo diga, el nombre Juegos Olímpicos es plural. Siempre es plural, como Olimpíadas. Estos y otros son plurales tan curiosos que la gramática les ha asignado una habitación aparte, en cuya la puerta dice: “Pluralia tantum”... en latín, ¡madre mía!
         Pluralia tantum equivale a ‘todos plurales’, ‘solamente plurales’ o, como dicen algunos autores, ‘plurales inherentes’, sustantivos que se usan únicamente en plural. Esta particularidad se debe a que no se presentan nunca en la realidad en forma de un solo individuo, objeto o acontecimiento. Siempre existen sólo como grupo numeroso, al menos doble. Uno nunca dice, por ejemplo, “Yo vivía en la afuera de la ciudad” ni “La finanza del Estado funciona mal”. Aunque nos parezca, en la lengua hablada, que no es verdad porque es muy común decirlos y oírlos en singular, los sustantivos tijeras, pantalones y bigotes pertenecen al grupo de los pluralia tántum. También nos pasa con calzones, pinzas y tenazas, pero no con lentes (y sus sinónimos), esposas y riendas.
         Hay quienes se han puesto en la minuciosa tarea de explorar el reino de los pluralia tántum y han descubierto regiones que han bautizado ‘de alimentación’ (que incluye comestibles, víveres, espaguetis, etc.), ‘de dinero’ (fondos, emolumentos, ingresos, etc.), ‘de actitud’ (arrumacos, modales, ínfulas, etc.), ‘de objetos menudos’ (añicos, residuos, trizas, etc.), ‘de matrimonio’ (arras, nupcias, esponsales, etc.), ‘de anatomía’ (sesos, entrañas, facciones, etc.), ‘de lugares’ (andurriales, adentros, lares, etc.). También aparecen en términos especializados como artes marciales, cuidados intensivos y juegos olímpicos. El reino es tan extenso, que cada autor anota un nuevo territorio que el anterior no había cartografiado.
         También son fácilmente observables en expresiones como volver a las andadas, estar de malas pulgas, hacer buenas migas y mil otras. No vamos a ganar indulgencias con esta información, pero para cubrir las apariencias, escondiendo los cabos sueltos y para no dar largas al asunto, será mejor soltar las amarras y despedirnos.
         Concentrémonos en los juegos, que ya ha entrado en los anales de la historia por el número de delegaciones que asisten, 207, ¡qué pluralidad!, y por ser los primeros que prepara un país de América del Sur y de habla portuguesa. Salve, atletas, que ganen los mejores. ¡Citius, altius, fortius!

7 de agosto del 2016


emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIX / 15 de agosto del 2016



lunes, 1 de agosto de 2016

Los plurales de los plurales [CXVIII]

Edgardo Malaver


Doña Bárbara (personificada por Marina Baura) y Juan Primito
(Arturo Calderón) en la versión de RCTV (1975)



         Existe un poema de Aquiles Nazoa titulado “Marilyn en la morgue”, en que la voz del poeta dice: “Visto harapos de vagabundo, / mi equipaje es mi corazón, / viajo en los trenes de la noche, / no tengo un diez para un hot dog”. No sé si antes o después de conocer yo este texto, una muchacha española que pagaba su entrada en el cine antes que yo le ofrecía al taquillero, para facilitar la entrega del vuelto, “dos dieces”. ¿Qué es un diez? En el caso de Nazoa, tendría que ser una moneda de diez centavos de dólar. En el de la muchacha del cine, eran billetes de diez bolívares. O sea, los números también tienen sus plurales. Para un hablante del español de Venezuela, aquello fue toda una revelación.
         El diccionario me lo confirmó un día. El plural de dos (el número, el billete de cualquier moneda y cualquier cosa que numeremos con el 2) es doses. Y el plural de doce es doces. Qué divertido. Muchos se preparan durante meses para los veinticuatros y treintaiunos de diciembre. Todos esperan con ansiedad los quinces (y los últimos, que pueden ser los veintiochos, los veintinueves, los treintas u, otra vez, los treintaiunos, depende del mes). En países como Cuba se llama quinces a las fiestas de décimo quinto cumpleaños de las niñas. Aún no nos decidimos, pero también, a veces, llamamos cuarentas, sesentas, noventas a las décadas de los siglos.
         Otro autor venezolano, Rómulo Gallegos, menciona en su obra más conocida, Doña Bárbara, un apellido, Mondragón, cuyo plural les da a aquellos hermanos una figura terrible en nuestra imaginación. Los Mondragones están, en efecto, sometidos a la “autoridad” de la protagonista y le obedecen ciegamente, por lo que, aunque sean sólo tres, parecen un batallón. Algunos apellidos tienen, aun en singular, apariencia de plural, como Cervantes, Cortés, Borges y hay otros que, aunque no terminen con las marcas típicas de plural, suenan a muchos: Rodríguez, González, Martínez; sin embargo, todos aquellos que, fuera de la heráldica, son sustantivos o adjetivos en singular, pueden ser pluralizados con enorme facilidad cuando nos referimos a una familia: los Crespos, los Castillos, los Borbones.
         En Venezuela, muchos lugares reciben como nombres los apellidos de las familias que los fundaron o los habitaron por primera vez. En Margarita, son notorios Las Giles, Los Millanes, Las Marvales, apellidos que ya no volverán a su forma singular. En Los Salias, Miranda; en Los Ruices y en la esquina de Avilanes, Caracas, en San Juan de las Galdonas, Sucre, comprenden muy bien esta práctica.
         Otro terreno invadido por los plurales es la forma de hacer las cosas. Uno puede entrar a un lugar a hurtadillas, a gatas, a tientas... Los niños hacemos cosas a escondidas y jugamos con objetos de mentiritas, sobre todo si nos los dan a manos llenas. García Márquez en Cien años de soledad dice que a José Arcadio hijo hubo que enterrarlo “a las volandas”.
         A sabiendas de todas estas cosas, a las tontas y a las locas, para comprobarme a mí mismo que no andaba tan mal de entendederas, en estos días me he puesto a buscarle plural a todo —¿qué es más plural que el singular todo?—, intentar decirlo todo en plural y, a todas estas, me he topado con una tropa —¡mira, singular otra vez!— de singulares sin los cuales no habría podido decir nada. El intento se ha quedado a medias, pero como sé que la lengua es así, me parece que esto resultó a las mil maravillas.

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Año IV / N° CXVIII / 1° de agosto del 2016



Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 18 de julio de 2016

Úes e íes [CXVI]

Edgardo Malaver


Los zulúes lograron derrotar al poderosísimo Imperio Británico
en la Batalla de Isandlwana (1879)



         Heme aquí, otra vez, con los plurales. Los plurales de las palabras que terminan con i y u acentuadas me han atraído desde que por primera vez oí en la escuela que se formaban agregándoles la terminación -es. Qué sencillo y qué fascinante; sencillo porque, en realidad, es la misma regla que para las que terminan con consonante, y fascinante porque agregando los mismos sonidos se consiguen resultados tan diferentes. He estado jugando desde entonces con colibríes y manatíes, como si fueran los subibajas del parque, con ñandúes y caribúes, como si pertenecieran a mi ecosistema. También, de vez en cuando, con los maníes y los champúes, que son más cotidianos.
         Con una poca de ayuda del diccionario y limitándome a sustantivos y adjetivos, he rescatado de mi memoria estas palabras que terminan con í: ají, ajonjolí, alfonsí, alhelí, bagdadí, baladí, bengalí, benjuí, berberí, bisturí, borceguí, carmesí, chantillí, chií, coatí, colibrí, cují, i, culí, esquí, frenesí, guaraní, hurí, iraní, iraquí, israelí, jabalí, malí, manatí, maní, maniquí, maorí, maravedí, marroquí, nazarí, pachulí, paquistaní, pedigrí, pipí, pirulí, popurrí, potosí, rabí, rubí, saudí, sefardí, sí, sufí, suní, tahalí, tejemaní, tetuaní, tití, yemení, zahorí. Usted puede, sin ningún temor, como quien tiene la Constitución en la mano, pluralizar las 55 agregándoles -es. Su maestra de tercer grado lo felicitará. Algunos otros hablantes lo mirarán como si usted hubiera dicho una grosería en ruso... siempre por razones baladíes. Un rasgo justiciero que tienen los adjetivos de este grupo es que son inmunes a las diferencias de sexo de los seres vivos y de género de los objetos inanimados.
         Las que terminan con ú, por su parte, son menos frecuentes... o mi memoria no les es tan favorable: añú, bambú, bantú, bululú, calalú, canesú, caribú, cebú, champú, cu, cucú, fufú, gurú, hindú, iglú, menú, ñandú, ñu, paspartú, Perú, pupú, ragú, tabú, tatú, tiramisú, tú, tutú, u, vudú, zulú. Poco más de la mitad. Lo que pasa en el grupo anterior, pasa aquí.
         Tradicionalmente se ha entendido que pluralizar estas palabras con una simple ese indica un uso más bien popular, mientras el otro es más bien culto, lo cual también puede traducirse con facilidad a la dicotomía entre oralidad y escritura. La Academia Española, que con la edad ha aprendido de los bambúes a ser flexible, ahora le da tratamiento descriptivo, en lugar de prescriptivo, al asunto. Cada quien sople el viento hacia su molino.
         Una consecuencia lógica y esclarecedora de este tipo de pluralización es que las vocales i y u, cuando aparecen como palabras individuales, como sustantivos, deberían pluralizarse, igualmente, íes y úes. El habla cotidiana lo confirma con la expresión poner los puntos sobre las íes. Sin embargo, suele creerse que el plural de las vocales a, e y o cuando aparecen solas es también con -es. La propia Academia nos ha dicho toda la vida que las palabras que terminan con esas vocales y éstas reciben el acento se pluralizan con ese: marajás, papás, sofás; bebés, cafés, pagarés; dominós, rondós, bongós. La diferencia está —o debe haber estado en la antigüedad— en la calidad de abierta o cerrada de la vocal.
         Nos agrade o no, como ni queriendo puede detenerse la evolución de la lengua, esto terminará cambiando y probablemente dentro de cien años no tenga sentido que nadie haga estos comentarios porque sencillamente será de otra forma, que nadie cuestionará. El problema, entonces, no es la antigüedad, ni lo es el futuro. El problema ni siquiera es el plural de ninguna palabra. El problema, si es que de verdad hay alguno, soy yo, que, cuando quiero comerme una galleta en la calle, al llegar al kiosko, no logro decir sino: “Señora, por favor, deme dos Marilúes”. Y, si necesito un disco compacto para guardar información, llego a la esquina de mi cuadra y le digo a un buhonero que verdaderamente se gana la vida bailando: “¿Cuánto cuestan hoy los cidíes, compañero?”


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Año IV / N° CXVI / 18 de julio del 2016

lunes, 4 de julio de 2016

Lecherías también es una sola [CXIV]

Edgardo Malaver Lárez



Escena cotidiana de las mañanas de Barcelona,
Anzoátegui, en 1907. ¿Vendrían de las lecherías?


         Como a los traductores les llaman la atención los detalles más sutiles en las situaciones más regulares, no pueden dejar de darse cuenta de la diferencia —¡inmensa!— que hay entre el plural de la palabra matemáticas (Ritos CXIII) y el del nombre de la ciudad de Lecherías, estado Anzoátegui. No es el mismo plural.
         Aunque muchos recordamos la época en que el plural de Lecherías no se ponía en duda, en los primeros años del siglo XXI a las autoridades del recién creado municipio Urbaneja, del cual es capital, les nació una duda: ¿por qué Lecherías se llama Lecherías?, ¿no será más bien Lechería? Los que se convencieron de la segunda opción, sin poner mucha atención a los que decían lo contrario, iniciaron una campaña para cambiar el nombre a singular. ¿Cambiar? O sea, que antes era en plural.
         No he encontrado la foto que veo claramente en mi memoria, pero parte de esa campaña era un letrero, que se leía incluso en Puerto La Cruz y que decía: “Lechería es una sola”. En realidad, aquel argumento no se mantiene mucho tiempo en pie si uno recuerda la cantidad de topónimos en plural que hay en Venezuela: Achaguas, Apure; Barbacoas y Tejerías, Aragua; Barinitas, Barrancas y Obispos, Barinas; Pedernales, Delta Amacuro; Caracas, Manzanares, Pajaritos y Sartenejas, Distrito Capital; Tucacas, Falcón; Chaguaramas y Tiznados, Guárico; Bailadores, Lagunillas, Mucuchíes y Timotes, Mérida; Guarenas y Paracotos, Miranda; Torbes, Táchira; Bobures, Cabimas, Lagunillas y Machiques, Zulia; los estados Amazonas, Barinas, Cojedes y Vargas. En el propio estado Anzoátegui, existen, por lo menos, Clarines y Pozuelos, y ninguno de estos lugares es medio pueblo, ni tres quintos de ciudad ni mucho menos dos ni tres estados. Cada uno de ellos es uno solo. El plural tiene otra explicación.
         El escritor Alfredo Armas Alfonzo menciona en algún artículo, aunque para muchos anzoatiguenses no es suficientemente convincente, que en el siglo XIX existían en ese sector, al oeste de Puerto La Cruz y al norte de Barcelona, negocios de productores y vendedores de leche de cabra, que, pasado el tiempo, terminaron dándole nombre al lugar. Sin embargo, Luis Mata García, reconocido especialista en toponimia, y Maximilian Kopp, cronista de Lecherías, defienden el singular y argumentan que antiguamente se le llamaba La Lechería. Al borde del siglo XX, apareció la mencionada discusión y la opción más favorecida oficialmente fue la del singular.
         Varios blogs y perfiles de Facebook de habitantes de Anzoátegui defienden con memoria y documentos particulares el plural. Yo, aunque sin el rigor que exige una investigación recta, he hecho una breve encuesta, que ha dado como resultado que cuatro de cada cinco personas por lo menos pronuncian Lecherías.
         El plural o el singular, la brevedad o la longitud de los nombres de los lugares donde hemos nacido contienen significativos segmentos de su historia, de nuestra historia, razón por la cual cambiarlos, sobre todo si se hace por decreto, puede ser un error. La voz de la gente termina imponiéndose, como en San Petersburgo o en el Congo. Pensemos también en el nombre del Ávila, el guardián de la capital de Venezuela, que la gente sigue llamando Ávila, a pesar de la voz oficial. Los nombres no los ponen las autoridades, sino la gente.

emalaver@gmail.com





Año IV / N° CXIV / 4 de julio del 2016

lunes, 14 de julio de 2014

El verbo de la verdad [XIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 



         En el blog del escritor Armando José Sequera, Caravasar, hay un comentario del 21 de septiembre del 2007 que se titula “Nos falta un verbo”. Se pregunta Sequera por qué si tenemos un verbo para decir mentiras, mentir, no tenemos uno para decir la verdad. Teme que esto pueda deberse a que en la lengua española no acostumbramos decir la verdad o que estemos más inclinados hacia la mentira.

         Toda una particularidad de la lengua, pero no lo es sólo de la española. En francés existe el verbo mentir, pero no existe su antónimo como lexema, es decir, como una sola palabra: se utiliza una locución: dire la verité. En portugués y en italiano pasa igual. En inglés y en alemán, que pertenecen a otra familia de lenguas, pasa lo mismo. En otras palabras, la razón probablemente no esté supeditada a las particularidades de cada lengua (o a la lengua de la que pueda haber derivado la de cada quien) sino, parece, a algo que está fuera de ellas... si es que tal cosa existe.

         En la Roma clásica, la diosa Veritas (Verdad), que era representada desnuda y saliendo de un profundo pozo, era hija de Saturno, dios del tiempo, y madre de Virtus, diosa del valor. La veracidad era, en aquellos tiempos, una virtud que debía distinguir al auténtico romano como ser civilizado.
     No será ésta, quizá, la verdad última en este asunto, pero es sencillo pensar que cuando nos comunicamos con los demás, esperamos que nos digan la verdad. A nadie se le ocurre preguntarle nada a nadie con la esperanza, la ilusión o el deseo de que le respondan otra cosa que la verdad. De esa manera, en la conciencia más profunda de cada uno de nosotros no existe razón para poner a ese acto ningún nombre que no sea el mismo del que estamos realizando: hablar, decir, conversar, responder, comunicarse, dialogar. Decir la verdad, en el fondo, es, dicho así, simplemente decir.

     Es lo que en lingüística se llama un término no marcado. Son las acciones aledañas, diferentes, contrarias, las que necesitan otra denominación. Usted habla de las jirafas en general utilizando ese nombre. Sólo cuando necesita hacer alguna distinción busca otra manera de nombrarlas: jirafa macho, jirafa bebé, jirafa blanca. Lo que tiene que tener un nombre diferente a lo genérico es lo que es diferente. Decir la verdad es lo “genérico”, mentir es lo peculiar.

         También es significativo que se diga, por un lado, decir LA verdad (con artículo definido en singular, lo cual implica que estamos pensando en una sola) y que, por el otro lado, se diga decir mentiras (sin artículo, pero en plural, lo cual implica que la mentira es diversa y difusa, incalculable por el que espera otra cosa).

         Es cierto que existe el verbo verificar, que proviene de veritas (verdad) y pareciera ser antónimo de mentir. Sin embargo, la existencia de este verbo significa que, en algunas circunstancias, cuando existe una duda respecto a un hecho, vamos a ver si es verdad. No es lo mismo que decir la verdad.

         Por tanto, y después de todo esto, la razón más primordial de que no exista un verbo sino una locución verbal para hablar con veracidad debe ser el sentido común. En la mente de los hablantes es así por lógica, por intuición, por sensibilidad y vinculación interior con el fondo del asunto... con la verdad.

         Quizá no sea, entonces, que nos falta un verbo sino hacernos sujetos de él... aunque no exista.


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