Mostrando las entradas con la etiqueta Fraseología. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Fraseología. Mostrar todas las entradas

lunes, 17 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (II) [D]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

—¿Será tierra firme, capitán?
—¡Es Margarita, gañán!

 

 

 

(Continuamos...)


         Lo que no han considerado ellos es que una cosa es la lógica, incluso la lógica lingüística, que pocas veces coincide con la lógica matemática, y otra cosa es el uso concreto que le da la gente, el pueblo, especialmente el pueblo más sencillo, el menos prejuiciado por la educación formal, a cada expresión, a cada palabra, a cada nombre que le llega a los oídos.

         Así que les grabo yo también un audio en que les digo que sí, que los dos tienen razón por razones diferentes; ella porque está usando el razonamiento con sabiduría y lo explica claramente y él porque comprende la realidad como es y también como “debería ser”. Mi respuesta dividió el asunto en la dicotomía saussureana de norma y uso. La norma (que proviene del uso) es una cosa y el uso que da la gente a las palabras es otra cosa. Una vez que la gente comienza a usar las palabras de una forma, ese uso desembocará un día en norma, pero la norma siempre puede violarse, desviarse, descomponerse para ajustarse a la necesidad que tengan los hablantes. Y luego volverá a convertirse en norma y después sigue siendo posible que se desvíe y se use de manera diferente, incluyendo la manera “correcta”.

         Después de grabarles el primer mensaje, me acordé de Cristóbal Colón, que, demente de mí, se me ocurre que debe haber sido quien utilizó el nombre Tierra Firme en la lengua española por este lado del mar. Sin duda sus marineros la usaban, y mucho porque hacía ya muchos días que deseaban llegar a tierra y a tierra firme, como dice mi bella prima política uruguaya, aunque fuera una isla de diez metros cuadrados, porque estos hombres tenían hambre, porque se sentían engañados por el Almirante o porque no comprendían lo que habían venido a hacer navegando hacia el oeste como si fueran locos. Pero sin duda, la expresión tierra firme se quedó en Margarita y supongo que en muchos otros lugares relacionados y enamorados del mar, porque pertenece a la jerga de los marineros, de los pescadores, de la gente que vive del mar y que la lleva todo el tiempo en la mente y además la ama, pero que de vez en cuando siente que necesita regresar a casa. Siempre es bueno llevar alimento a la familia, ir a las fiestas del santo patrono, engendrar un hijo... o varios... esas cosas.

         No es difícil, pues, darse cuenta de que, aunque la lógica, la razón limpia nos indica que tierra firme es todo aquel territorio seco que nos libre, como diría el conde Olinos, de las furias del mar, sucede en ese lugar fantástico que es Margarita que la gente de todos los niveles de educación y de todos los campos de actividad humana dicen tierra firme para referirse solamente al territorio venezolano que está más allá del mar, y que para algunos seguramente se refiere solamente a Puerto La Cruz, a Cumaná, a Cariaco, a Píritu, quizá incluso La Guaira. Puerto Cabello y Maracaibo es ya demasiado lejos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° D / 17 de febrero del 2025

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

Paisano

Otro verbo con otros sinónimos

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Paradójica e imposible naturaleza de la traducción

Pagano

 

lunes, 10 de febrero de 2025

¿Dónde es tierra firme? (I) [CDXCIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Un carpintero de ribera siempre trabaja en tierra...
a veces en tierra firme

 

 

 

         Siempre aparece, con muy poco talento para el mimetismo dialectal, alguien que dice delante de mí (o dirigiéndose a mí), porque cree que los margariteños hablan así: “¿Cómo está ‘laisla’?”. Cuando me toca, respondo: “No, no, Margarita es el continente. La isla es Venezuela”. Una vez mi hija mayor me preguntó qué era entonces América, y yo le contesté que América era ya otro planeta.

         Ahora viene mi primo Moisés, que creció en Paraguachí y se casó con esta hermosa muchacha uruguaya, con quien es delicioso conversar porque llama las cosas por otros nombres, pero siempre termina uno sabiendo a qué se refiere, y cuando pregunta termina encontrando por sí sola de la respuesta... bueno, Moisés y ella hace como un mes me graban un audio en que me cuentan que tienen una contrariedad lingüística: ella tarda en captar cuando, hablando de Margarita, él menciona un lugar llamado Tierra Firme. En el audio me explica lo que yo sé: que los margariteños llaman así a todo lo que no es Margarita, es decir, Venezuela continental; y sí, eso significa también que las demás islas o son parte de Margarita o no son, a lo sumo son islitas que navegan realengas por el mar, pero no son tampoco, jamás, tierra firme).

         Entonces, el pobre Moisés, como preocupado, viene y me explica esto y me dice que su esposa no lo comprende porque, según ella, tierra firme es todo aquello que es tierra por oposición al mar, a un barco, a las olas. Si uno va en un bote y no encuentra la costa, puede llegar a desesperarse por encontrar tierra firme, y si lo que encuentra es una isla, eso es tierra firme, sin importar si es continental o no, porque no se mueve como el bote sobre el agua.

         Y entonces viene Moisés y me pregunta, admitiendo que en el fondo le parece que tiene bastante sentido lo que ella dice, qué pienso yo. ¡Yo...!, ¡que también hablo como él!, ¡que nací en Margarita como él!, ¡que crecí en Margarita como él!, ¡que fui a la escuela en Margarita como él!, ¡que soy descendiente del mismo carpintero de ribera que él!, ¡y que a los 18 años me inscribí en la Universidad Central como él! Es una especie de injusticia, una especie de ventajismo nuestro que le hacemos a la pobre chica uruguaya cuando la dejamos escoger como juez de la “diatriba” a otro margariteño que habla el mismo español que él. Pero claro que, estrictamente, ella tiene razón.


(La próxima semana les sigo contando.)


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCIX / 10 de febrero del 2025

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

Un ex nunca muere

En paz descanses, mío Cid Campeador

¿Por qué Andrés Bello escribe tan mal?

Una niña de nueve años

Dos verbos sinónimos


lunes, 14 de octubre de 2024

¡Vade retro! [CDLXXXII]

Edgardo Malaver



Quo Vadis? (1913), de Enrico Guazzoni




Es muy posible que haya oído la expresión vade retro, y varias veces, antes de aquel domingo en que escuché por primera vez el episodio del Evangelio en que Jesús le espeta a Pedro: “Aléjate de mí, Satanás”. Sin embargo, en mi mente infantil, inocente aún de la omnipresente herencia del latín, había entendido que la frase era va de retro. La imaginé así también entonces. Y cada vez que la oía, me preguntaba qué tendrían que ver en tales contextos los carros que rodaban hacia atrás.

El sacerdote debe haber explicado en la homilía que, dada la importancia de la escena, aquella frase había sido conservada por la historia con el significado de “no importa cuán importante seas para mí, vete bien lejos porque entorpeces mi avance, me alejas de mi objetivo”, que era lo que, sin proponérselo, estaba haciendo Pedro cuando Jesús reveló que se acercaba el momento en que iba a terminar siendo ejecutado y él, Pedro, le aseguraba que jamás lo permitiría. No entendía aún —pero ya estaba mucho más cerca— por qué la frase estaba en latín, si el Evangelio fue escrito en griego. Lo entendí cuando la universidad me introdujo a san Jerónimo en esta historia, con su traducción de la Biblia y el hecho de que esta traducción fue la única que todo Occidente citó durante los siguientes mil años e incluso subsistió hasta el siglo XX —fue renovada apenas en el pontificado de Juan Pablo II.

Es curioso que haya cierta discrepancia entre la expresión que usa Jerónimo para traducir a los evangelistas Mateo y Marcos en sus casi idénticos textos. Al primero lo traduce como “Vade post me, Satana!” (¡Pasa detrás de mí, Satanás!). O sea, delante de mí eres un obstáculo. En el segundo caso pone “Vade retro me, Satana” (Aléjate de mí, Satanás). Retrocede, apártate de mí. En ambos casos es notoria la exigencia de un movimiento hacia atrás: hacia atrás de ti o hacia atrás de mí. Es decir, la discrepancia en realidad es mínima, digamos que sinonímica. Confiando en san Jerónimo traductor, habría que pensar que en el griego original sucede lo mismo... o algo similar.

La palabra retro, que en latín es un adverbio, ha dado lugar, en español y otras lenguas, a sustantivos y adjetivos que revelan fácilmente su significado: retroceso, retrovisor, retrospección, retroalimentación, retroactivo, retrospectivo, retrógrado, algunos de los cuales producen también verbos. También sucede que, como prefijo, puede significar ‘situado atrás’, no ya ‘que se mueve hacia atrás’, como en el adjetivo retroperitoneal.

Uno siempre se imagina que la frase ¡Vade retro, Satanás! era de las primeras que se le gritaba al demonio en los exorcismos. Pongo la oración en pretérito, no porque crea que ya no se practica este rito, sino más bien porque el ‘manual del exorcismo’ para “sacerdotes autorizados” publicado por la Asociación Internacional de Exorcismo en 1999 pone otra: “Recede ergo, Satan, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti” (Ahora vete, Satanás, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo). No que se aparte, que retroceda, que se ponga a un lado o detrás de quien lo increpa, sino que abandone a aquel a quien atormenta.

El pobre san Pedro, joven aún y ciego aún a los fines que perseguía su maestro, pretende alejarlo de la persecución, el dolor y la muerte que Jesús anuncia que le esperan al llegar a Jerusalén en los días siguientes. No imaginaba, él que tan oscilante fue al principio, que ya viejo, con otras palabras, salidas ahora de sus propios labios, habría de devolverse, caminar hacia atrás, para compartir con su maestro la dolorosa forma de morir que una vez había querido evitarle.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXII / 14 de octubre del 2024


lunes, 8 de julio de 2024

Cuando a Roma fueres... [CDLXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Escena de Sophia Loren en Roma, de 1964

 

 

         Cuando a Roma fueres, haz como vieres” (Quijote II, 54), decía el Caballero de la Triste Figura, imitando a mi abuela. Parece una recomendación más bien sabia, si pensamos que en tiempos antiguos en los actuales quizá sí— no había manera de saber nada de otro lugar que no fuera presentarse en ese lugar y vivir un tiempo en él. No digo que me sienta inclinado a adoptar formas de decir las cosas que he encontrado en Perú, pero sí me veo a veces asombrado, sorprendido, agradado por algunas de ellas.

         Algunas personas aquí responden las gracias diciendo, por ejemplo, “Qué ocurrencia”. Puede ser también: “¿Cómo se le ocurre?”. Me imaginaba al principio que eran personas mayores quienes dirían así (porque en Venezuela esas expresiones sonarían como típicas de los abuelos), pero ya hace tiempo que concluí que la edad no es el factor determinante. Una de las primeras personas a las que oí responder así fue la directora de la escuela en la que mi hija iba a estudiar primer grado. En aquel momento quedé totalmente confundido, pero de camino a casa pensé que quizá había querido decir: “Qué ocurrencia la de usted, agradecerme por tan poca cosa”. Me colgué de esa interpretación y me gustó la expresión como señal de humildad.

         Discursivamente, es más poético, no hay duda, que el simple de nada del español general, que de todas maneras es también bastante humilde. Cuando respondemos “De nada” o “Por nada” a las gracias que nos da alguien, le estamos diciendo: “Me estás agradeciendo por nada, no estoy haciendo nada en realidad”. Pero esta forma que usan los peruanos impresiona al mismo tiempo por su cortesía y una resonancia proveniente de la retórica de otros tiempos.

         Hace unos días un hombre bastante joven que me atendió en una tienda, en la que solamente había entrado para preguntar un precio, respondió mi “Muchas gracias” con un “Imagínese”. Fue como que me respondiera: “Imagínese las pequeñeces por las que usted da las gracias”. Ojalá que nadie me desmienta esta interpretación porque me gusta el sonido de estas palabras, que le inyectan placer a la situación.

         ¡Ah...! El placer. Un día, siendo yo aún un muchacho, oí a una persona muy elegante y educada responder las gracias con un “Fue un placer”, y desde entonces lo uso. Quizá voy a sonar pretencioso, pero me atrae también esta fórmula porque implica que soy yo quien tendría que agradecer porque en realidad soy yo quien sale ganando debido al gusto que me da hacer... lo que sea que usted me está agradeciendo.

         Qué de metáforas. Y qué de descubrimientos. No se puede uno parar a reflexionar sobre las expresiones más conocidas, cotidianas y recurrentes, porque se tropieza con secretos, misterios y recompensas. No creo que llegue al punto de adoptar todas estas fórmulas y metáforas, pero sí disfruto su poesía y su poder comunicativo. Y llegados a este punto, apenas me resta darles a ustedes las gracias por su lectura y su paciencia... Vamos a ver qué me responden.

 

 

 

Año XII / N° CDLXVIII / 8 de julio del 2024

 

lunes, 13 de mayo de 2024

Esteban de Jesús y Estelita del Llano [CDLX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

La zorra y el cuervo. Ilustración de Arthur Rackham
para una edición de las fábulas de Esopo en 1912

 

 

         Como todo en la vida, la lengua tiene lo que podemos llamar sus ventajas y desventajas. Nos permite comunicarnos, pero al mismo tiempo es también fuente de discordias y desencuentros; con ella hablamos de amor, alabamos a Dios y sanamos las heridas de nuestros seres amados, pero al mismo tiempo nos pone trampas para que insultemos a nuestros amigos, para maldecir y para humillar a nuestros padres. La lengua es el clavel de nuestro jardín y la herida purulenta en nuestro costado. La lengua es lo mejor que tenemos y lo peor que tenemos, diría Esopo.

         En el nivel pragmático de la lengua, es decir, en lo que atañe a la comunicación efectiva, a cómo se convierte en hecho en la vida cotidiana, si es que llega a hacerlo, aparece a veces el obstáculo de que uno puede desear decirle a alguien algo que no desea que una tercera persona, también presente, escuche o al menos entienda. Es un obstáculo para la cortesía, sobre todo. Puede nacer en ese momento un conflicto si llamamos las cosas por su nombre y eso termina afectando la imagen positiva que tiene el tercero de sí mismo. Y en ese momento viene la imaginación en nuestro auxilio. Todos hemos oído a alguna madre hablar con una prima o una amiga frente a su niño que, aunque pequeño, está en capacidad de entender lo que se dice —¡y los niños siempre estamos atentos a la voz de nuestra madre!—, y cuando va a mencionar un detalle delicado, dice: “Lo que pasa es que el que te conté no puede ver la cebolla ni escrita ni pintada”. Es, ya sabemos, la alusión más clara que conocemos en español. Uno casi nace conociéndola, pero las madres siguen usándola.

         Existen otras mil formas de hacer eso, a veces en broma, otras para evitar avergonzar al otro (o para avergonzarlo), e incluso, cuando ya todos saben a qué o a quién se refiere uno, simplemente para mencionar al otro con humor. Sin embargo, no conozco forma más graciosa de hablar de alguien sin mencionarlo que los venezolanísimos Esteban de Jesús y Estelita del Llano. Estos dos nombres son simplemente eufemismos con apariencia de nombres reales, por lo menos posibles, equivalentes a este y esta, que pueden sonar bastante descorteses si uno los usa delante de los aludidos. Deben haber sido ingeniosos al principio —quién sabe cuándo sería—, pero hace mucho tiempo que ya todos sabemos a quiénes se refieren.

         También durante mucho tiempo he pensado que el “epíteto” Estelita del Llano tendría que haber nacido de la fama que en algún momento tuvo la artista venezolana conocida con ese nombre. Es comprensible que haya sido desde entonces la fachada del pronombre esta cuando el chismoso sentía el peligro de ser descubierto hablando de una mujer en su cara. Sin embargo, nunca antes supe si había aparecido antes la artista o la expresión. Y como no tenía noticias de ningún famoso llamado Esteban de Jesús, siempre pensé que la versión masculina del “apelativo” simplemente derivaba de su semejanza con una forma frecuente de poner nombre a los varones en Venezuela.

         A pesar de esto, uno hace bien en no darlo todo por sentado, y hoy que pensé en escribir sobre ese fenómeno, descubro, primero, que Estelita del Llano es un seudónimo y, después, que Esteban de Jesús era el nombre real, aunque yo no había oído nunca ni una sílaba sobre la persona que lo llevaba.

         La cantante y actriz venezolana Estelita del Llano en realidad se llama —porque aún vive— Berenice Perrone Huggins, y nació en Tumeremo el 28 de septiembre de 1937. Cantó por primera vez en público en 1960, en un concurso radial, que ganó y después del cual la emisora hizo una encuesta para ponerle seudónimo a la nueva artista. Desde entonces grabó 21 discos de boleros que ahora son conocidísimos en toda América Latina. En 1996 formó un exitoso grupo con las célebres Mirla Castellanos, Mirtha Pérez, Neida Perdomo, Mirna Ríos y Floria Márquez y con ellas recibió el Premio Casa del Artista al cantante del año. Hasta la primera década del siglo XXI estuvo activa en la música y la televisión, siempre fiel al género que la llevó a la fama, el bolero.

         Mientras tanto, el boxeador puertorriqueño Esteban De Jesús, nacido en Carolina el 2 de agosto de 1950, andaba buscando y conseguía la oportunidad de enfrentarse al legendario campeón panameño Roberto Durán, apodado Mano e Piedra, que no había perdido un combate en toda su carrera. El 17 de noviembre de 1972 De Jesús se convirtió en el primer hombre que logró derribar y vencer a Durán. Su nombre tiene que haber cubierto cientos de metros de papel periódico en aquellos días y en los años siguientes, cuando los dos peleadores volvieron a enfrentarse en Panamá y en Las Vegas. De Jesús murió de sida en 1989 mientras cumplía una condena a cadena perpetua por homicidio con el agravante del consumo de heroína. Durán estuvo entre los pocos que fueron a despedirse de él días antes del final.

         Todo esto me hace concluir que Esteban de Jesús y Estelita del Llano, sobre todo por sus coincidencias fonéticas, pueden haber surgido en la época de mayor popularidad de la cantante y el atleta: los años 60, 70 y 80. Quién sabe si se utilizaban antes (o si brotaron simultánea o consecutivamente), pero con semejantes historias detrás, palidecen las otras hipótesis. Si me equivoco, ojalá que aparezca pronto quien me corrija.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLX / 13 de mayo del 2024

 

lunes, 11 de diciembre de 2023

Tener sexo todos los días [CDXXXVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

San Miguel Arcángel, en México. Foto: AARP

 

 

 

         Pongo a mis alumnos de segundo año a leer un cuento erótico de Lidia Rebrij, “El arcángel de espada flameante y cabellos tan largos” (1983); luego de la lectura les pido que escriban sobre él. Y cuando me toca leer los comentarios, encuentro el de una estudiante que, resumiendo el relato para analizarlo, pone que los protagonistas, los amantes, “...hasta con la menstruación tenían sexo...”. Entonces me detengo, y me pregunto: ¿por qué me molesta, por qué me ha molestado siempre esta expresión? ¿Qué puede significar tener sexo? ¿Es tener sexo lo que sucede cuando hombre y mujer, para decirlo con un circunloquio, se unen carnalmente? ¡Ah...! ¡Es un circunloquio! Una perífrasis, un rodeo lingüístico, un eufemismo.

         Sigo escarbando en la expresión y preguntándome por qué no representa en mi mente lo que se supone que significa. ¿Qué pasa con esta perífrasis verbal —¡uf, qué bueno tener un nombre que ponerle!—, que parece esconderme esa unidad indivisible que, según Saussure, existe entre el significado y el significante? Y creo que doy con la respuesta: que pretende nombrar algo que nos cuesta llamar por su nombre, al menos en público o en contextos formales (como un ejercicio de redacción en la universidad); pero no es sólo eso: el dardo de la palabra no llega al blanco preciso. En realidad, intentando eliminar la mención frontal de un asunto delicado, nos inclinamos por una fórmula que, en rigor, da otro resultado, o sea, dice otra cosa.

         Llegado a este punto, comienzo a escribirle a la estudiante: “Todos tenemos sexo todo el tiempo, ¿por qué estos personajes no? Es decir, el sexo es algo con lo que nacemos y no podemos librarnos de él. Uno nace hombre (con el sexo masculino) y sigue siéndolo hasta que se muere, todos los días. Y pasa con las mujeres y el sexo femenino también, por supuesto”. Ahora estoy pensando que hay quienes se lo cambian, pero, incluso con el otro, tienen sexo todos los días.

         Después de leer unos párrafos más, como el erotismo del texto de Rebrij es incesante y el análisis no puede eludirlo, la estudiante vuelve a usar la dichosa perífrasis, pero recurre de vez en cuando a otras fórmulas: hacer el amor, encuentros íntimos, tener relaciones sexu... ¡Tener relaciones sexuales! ¡Eso es! Tener sexo me hace ruido porque en rigor no es eso lo que se hacen, ni los personajes del cuento ni, en la realidad, cualesquiera dos personas que se involucran íntimamente. Lo que se hace es tener relaciones sexuales. Y estas, por lo que entiendo, no son sanas si se practican todos los días. (En la naturaleza, quizá con la única excepción de los bonobos, no hay ser que tenga necesidad de esta actividad con semejante frecuencia. Y excluyo al hombre por la “deformación” que le imprime la civilización que él mismo ha creado.)

         Además de esto, me doy cuenta de que tener sexo, e incluso tener relaciones sexuales, son también eufemismos medio científicos, medio técnicos, medio “políticamente correctos”, y se les nota que lo son en el hecho de que hay que expresarlos con más de una palabra, que no es lo regular en la lengua cotidiana. En el habla cotidiana, desinhibida, natural de los hablantes regulares, serían verbos individuales, no perífrasis; pero estos verbos revelarían con claridad que existe algún detalle delicado, vergonzoso, escabroso en el acto al que se refieren. Llevan a cuestas una historia de vulgaridad tan larga que con razón se nos dificulta exhibirlas en la formalidad. Tirar, coger (que últimamente anda por ahí con unas ínfulas intransitivas incomprensibles para su edad), follar, joder, singar suenan mal, ¿verdad? Lo que nos suena mal es la vulgaridad que, siempre a la primera en la lengua cotidiana, se asocia al acto sexual.

         También hay, sin embargo, verbos individuales que de igual manera dicen lo que deseamos y no nos avergüenza en el discurso formal: copular, aparearse (tan animalesco, ¿verdad?), yacer, amancebarse, fornicar, pero... ¡los utilizamos tan poco! (¿Ustedes no sienten un remoto olor a Roma?)

         ¿Y entonces? ¿A qué se debe que se utilice tanto tener sexo, que tan lejanamente expresa lo que pretende expresar? “Tener sexo es un anglicismo”, sigo escribiendo en el examen. “En inglés tiene sentido y significa lo que quieren los hablantes del inglés que signifique”. En español, quizá ya no para la mayoría, pero es forzado atribuirle ese significado. Otra evidencia es que decirlo así, con el verbo tener, indica que no es una construcción muy antigua.

         Otro detalle es que to have sex también parece un eufemismo en inglés, y, si nos pusiéramos tiquismiquis, podríamos traducirlo incluso como “comer sexo”. (Imagínese usted esa dieta todos los días.)

         En definitiva, en español, siendo rigurosos, tener sexo no es lo mismo que tener relaciones sexuales. Lo uno es un rasgo intrínseco a cada quien pero públicamente visible, lo otro es un acto privado y, aun antes que privado, íntimo.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXVII / 11 de diciembre del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

Un tiro al gobierno y otro a la revolución

Asesino

Plebiscito

Prohibir la dictablanda

Los números ordinales de la república


jueves, 30 de noviembre de 2023

Jugar un quintico [CDXXXV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El quinto círculo es de los iracundos. Mapa del infierno (1498),
de Sandro Botticelli

 

 

         Mi abuela me lo explicó un día: “Se dice jugar un quintico porque los billetes de lotería estaban divididos en cinco quintos, y uno podía jugar el billete entero, o, si uno no tenía suficiente centavo, cuatro quintos, tres, dos y hasta un quintico”.

         No me hizo falta más. Jugarle a alguien un quintico, que era lo que yo le había preguntado, significaba, haciendo las equivalencias, apostar, al menos, lo mínimo por esa persona. Y ese apostar tenía que estar asociado a su apariencia, juventud, belleza o algún valor que seguramente se suponía que se iba reduciendo, pero que en esta persona parecía mantenerse de alguna forma por más tiempo del esperado.

         Puede parecer un halago —que es la idea con la que me quedé durante muchísimo tiempo—, pero no deja de ser un poquitín despectivo, ¿no les suena?, porque se concentra en el atractivo que aún queda en la persona a quien se refiere, que ya es tan escasa en realidad que, literalmente, apenas representa un quinto de lo que sería más deseable. Si fuera un asunto matemático, se necesitarían más de dos “quinticos” para que uno valiera la pena. Traduciéndolo al sistema de calificación académica de 20 puntos, un quintico equivale a 04. Figúrese usted si la dichosa expresión jugarle a alguien un quintico es un elogio.

         Hoy, que he querido escribir sobre esta curiosidad del español venezolano, encuentro en alguna página web (que no me inspiró mucha confianza) que la expresión podría provenir del mundo de los toros. Aunque no tengo idea de cómo se apostaba a los toros —ni siquiera sé si se apostaba—, decía la vaga información que encontré que algo podía ganarse incluso con el quinto toro de la corrida. Se me ocurre, dudándolo mucho —y no lo decía el autor—, que podría ser esta una razón por la que no hay quinto malo.

         A nadie le hace falta que diga que prefiero la explicación de mi abuela. No es extraño. En asuntos de la lengua, muy pocas veces se equivocó. Era tanto lo que confiaba yo en sus didácticas palabras cuando me descifraba el mundo, incluso el mundo de las palabras, que cuando oía a nuestra vecina decir, por ejemplo, “¡Abájate de esta mata, hijerdiablo!”, o “Ponte el pantalón amarrón”, o “Llamaron a la polecía”, no había fuerza en el mundo que me hiciera pensar otra cosa que “Eso no es correcto, mi abuela no lo dice así”. Era tanta la confianza que le tenía, que incluso dando clases de gramática en la universidad la he citado.

         Caramba, ahora que abro este último párrafo, estoy pensando que he debido investigar también si la expresión se usa en otros países. ¿Qué voy a decir en la conclusión? Verdaderamente estoy como en el quinto sueño. Pero no, son las horas de sueño las que a veces se me van al quinto... infierno. ¡Uf...! Que vayan otros a parar a la quinta paila. Carlos Quinto, si quiere.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXV / 30 de noviembre del 2023

 


Otros artículos de Edgardo Malaver