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lunes, 13 de enero de 2025

Como si alguien jugara con los verbos [CDXCV]

Edgardo Malaver

 

 

 

Antonio José de Sucre va a morir joven,
pero en el pasado

 

 

         ¿Qué va a pasar el día en que se nos ocurra que todo tenemos que tomárnoslo literalmente? Pues va a pasar que, en contra de lo que sería lógico, la lengua va a ser plana e inexpresiva y, además, no vamos a entendernos. La verdad es que no hay nada que sea literal. Si el signo lingüístico es arbitrario, nada puede ser literal, porque lo literal viene ya estipulado antes de tiempo, mientras que lo expresivo depende siempre de lo que está por pasar.

         Y esta particularidad de la lengua llega hasta el interior del verbo. Miren cómo juegan los tiempos con el verbo, parece que hubiera un duende dentro de ellos, haciendo travesuras. Uno puede expresar en presente eventos que en realidad han sucedido en el pasado (se le llama, aunque no siempre, presente histórico):

 

El mariscal Sucre nace en Cumaná y muere joven;

Ayer nada más, trato de abrir la puerta y descubro que está condenada;

Gómez le escribe una carta a Castro y le dice: “No vuelva, compadre”.

 

También puede aplicarse a los futuros:

 

Mañana me compro una camisa;

En un año me gradúo y me mudo yo solo a otra casa;

La próxima semana viene el electricista, le preguntas a él.

 

         Pero como sería injusto que no sucediera al contrario, igualmente suele utilizarse el pasado para hablar de acontecimientos del presente (como para restarle realidad a un hecho o como si imitáramos a niños que juegan):

 

[juguemos a que] Yo era médico y te operaba un riñón;

[imagínate que] Tu tío estaba vivo y venía a hablar contigo

[hazte cuenta de que] Mi mamá te adoptaba y te convertías en mi hermano.

 

Este tiempo, especialmente el copretérito, puede hacer la magia de imprimir modestia a una solicitud, como cuando uno dice:

 

Deseaba pedirle un favor;

Te llamaba para preguntarte sobre la fiesta;

Me preguntaba si era posible esperar aquí.

 

         Y lo más increíble de todo esto: el uso del futuro para hablar del pasado:

 

Los románticos adoptarán los ideales de la antigüedad griega;

García Lorca regresará a Granada, donde lo apresarán y lo asesinarán;

Más tarde, Estados Unidos lanzará la bomba y Japón se rendirá.

 

¡Bien podría este tiempo llamarse futuro histórico!

         También puede suceder, y sucede, que utilicemos el futuro para referirnos a un hecho que sólo vemos como probable, no cierto ni confirmado (lo cual lo hace más bien subjuntivo, pero en realidad vale como presente):

 

A estas horas, ya estarás en Francia;

Después de estos acontecimientos, María se sentirá destrozada;

Te habrás molestado conmigo, ¿no?

 

         Existe un “efecto” que se parece mucho a este pero que no es el mismo. En este caso, se usa un pasado (con más precisión, el que la Academia llama condicional, el que Bello llama postpretérito) para expresar que un hecho es simple imaginación o deseo. Imagínense que uno dice:

 

Por mí, estarías bien lejos;

Mi abuela te diría del mal que vas a morir y te echaría de su casa;

Preferiría morirme.

 

         Por otro lado, el imperativo afirmativo tiene una forma y el negativo otra: ve y no veas, camina y no camines, sufre y no sufras. Se nota mucho que el negativo, curiosamente, siempre es idéntico al subjuntivo (como si el subjuntivo fuera un tiempo); pero también puede expresarse el imperativo por medio del indicativo, ¿no es una hermosura?:

 

Amarás a Dios por sobre todas las cosas;

Vas ahora mismo y te disculpas con tu hermano;

Tú te comes esto y pasas la tarde como unas pascuas.

 

         Los tiempos verbales son diez: uno para lo presente, cinco para lo pasado y cuatro para lo futuro. Esto quiere decir que por más nombres que utilicemos para definir con toda precisión en qué momento ha sucedido un hecho, este siempre va a caer en las tradicionales y sencillas nociones de presente, pasado y futuro que todos conocemos. Pero el sabor de la lengua se multiplica cuando los hablantes mueven las piezas de lugar, como si estuvieran jugando con las palabras y sus posibilidades expresivas, con los verbos y sus tiempos, con lo dicho y lo significado.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXCV / 13 de enero del 2025

 



Otros artículos de Edgargo Malaver:


lunes, 6 de marzo de 2023

Pretérito y copretérito [CDXI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente sobre el lago de Maracaibo. Foto: C. Hernández


 

 

         Tal como decía en la edición 98 de Ritos, titulada “Antepretérito, antepresente, antefuturo” (¡del 7 de marzo del 2016!), la diferenciación entre los tiempos pretérito (habitualmente llamado pasado) y el copretérito es bastante sencilla, sobre todo si recurrimos a Andrés Bello, que ha pensado su clasificación para “uso de los americanos”, es decir, para los que hablamos la lengua española en América. Me preguntan mucho los estudiantes por qué veo tanta diferencia, en lo que escriben, entre las formas pensé y pensaba, por ejemplo, y cómo pueden identificar rápidamente la diferencia. Me da gusto que me pregunten porque la sola pregunta es ya evidencia del aguijón que les ha clavado el estudio de la lengua, además de que, como descubren poco antes o poco después, es un asunto fascinante.

         Echémosle una mirada a esta lista de oraciones:

 

Yo caminé ayer con mi mamá

Yo caminaba ayer con mi mamá

 

Mis amigos me regalaron libros

Mis amigos me regalaban libros

 

Comieron sin recordar su hambre

Comían sin recordar su hambre

 

¿Te quedaste sola en tu casa?

¿Te quedabas sola en tu casa?

 

Regresamos temprano a Maracaibo

Regresábamos temprano a Maracaibo

 

         Está más bien claro que en la primera oración de cada par el hablante se refiere a una sola oportunidad en que se realizaron las acciones, ¿no es cierto?; señala un punto preciso en la llamada “línea del tiempo”.

         En el primer caso, por ejemplo, ¿verdad que uno piensa: “Sí, claro, esta persona caminó ayer con su mamá, no anteayer ni la semana pasada”? Sabemos que eso pasó en el pasado, no en el presente ni en el futuro, y que pasó una sola vez. Por esta razón esta forma del pretérito, para la Academia, se llama perfecta y, además, simple: porque ha concluido y no ocurre más. Para Andrés Bello, eso es simplemente pretérito, es decir, pasado.

         En la segunda oración de todos los grupos no sucede exactamente eso. Es parecido, pero no es igual. En la segunda oración, se sabe con certeza que el acto de caminar (y los otros ejemplos) ocurre en diversas oportunidades durante un período impreciso del pasado. No se puede (ni siquiera el que habla lo sabe... ¡ni los que caminaban!) determinar qué día ni a qué hora comenzaron con la costumbre de caminar juntos ni cuándo la abandonaron. Ni siquiera se sabe si la han detenido en el presente. En suma, se trata de un período, no de un momento, en el que sucedía repetidamente lo que dice la oración. Es pasado también, pero la repetición que está implícita lleva a Bello a llamar esta forma copretérito. Es como que dibujáramos una “línea del tiempo” y pusiéramos un punto en ella por cada caminata, una al lado de la otra. Por eso aparece el prefijo co- en copretérito.

         Como ejercicio para mis alumnos, los invito a examinar el resto de oraciones y tratar de ver si sucede también en ellas lo he dicho sobre el primer par.

 

Equivalencias entre Bello y la Academia (Fernández López, 2018)

 

         En la tabla de Justo Fernández López que les pongo aquí, aparecen las tres formas de llamar los tiempos verbales en español. Mi opinión es que no hay mejor conjunto que el ideado por Bello. Es la más sencilla y la más clara. Creo que las otras también ofrecen detalles que permiten comprender la naturaleza de los tiempos, pero no superan la de Bello. Su libro sobre el castellano de América es, además de supremamente informativo, muy claro, en contra de lo que su prestigio sugiere.

         Además de esto, uno siempre puede preguntarse (porque es cuestión de preguntarse): ¿cuándo hice tal o cual cosa?, ¿fue una sola vez o fueron muchas?, y, si fue más de una, ¿sigue repitiéndose o ya he dejado de hacerlo? Quizá las respuestas a estas preguntas y las lecturas que hagamos nos darán la ansiada claridad.

         En este instante me doy cuenta (presente, el momento en que lo digo) de que escribí aquel artículo (lo hice una vez y no lo he vuelto a escribir) el 7 de marzo del 2016. En aquellos días, siempre escribía (¿ven?, una época) los jueves, ahora lo hago los domingos.

         Muy bien... como he terminado mis respuestas a todos los que me han preguntado sobre este asunto, hasta luego.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXI / 6 de marzo del 2023




Otros artículos de Edgardo Malaver


lunes, 19 de septiembre de 2022

¿Cuántas naranjas son varias naranjas? [CCCXCIII]

Edgardo Malaver

 

 

 

Ahí te dejé varias frutas. Naturaleza muerta
con flores y frutas, de Marcos Castillo

 

 

         Hace ya un tiempo se me ocurrió hacer una “encuesta” para explorar qué idea tienen los hablantes del español de la cantidad de objetos a la que se refieren cuando dicen “varias nubes”, “varios niños”, “varias naranjas”. No he llegado a hacerla seriamente, es decir, más allá de hacerles la pregunta a dos o tres personas que se encuentren conmigo en el momento en que lo pienso... y si el contexto lo permite; pero ahora he comenzado a escuchar con demasiada frecuencia, por ejemplo en las noticias, expresiones como “En el mundo viven varios habitantes”, “Son superproyectos de varios dólares”. ¿De veras viven en el mundo “varios habitantes”? ¿Cuántos millones de dólares son “varios dólares”?

         En primer lugar, la palabra varios es —aunque a mí me gusta más decir que puede actuar como un determinante indefinido del sustantivo. (Hay quienes lo llamarían “adjetivo determinante”, pero siempre sería indefinido.) Uno puede decir, por ejemplo, Allá hay varios juguetes, pero ni el hablante declara cuántos hay ni, a partir de estas palabras, el oyente logra adivinarlo. Hay que ir a contarlos. Lo único que está claro, a pesar de la indefinición, es que no son muchos. Varios, entonces, es sinónimo de pocos... incluso muy pocos.

         Además, varios puede actuar también como pronombre indefinido, o sea, que como cualquier pronombre, es capaz de sustituir un sustantivo. En la oración Tengo en casa varias ediciones de este libro, varias es determinante indefinido, pero se convertirá en pronombre indefinido si la oración cambia a Tengo varias. Aquí, igualmente, no tenemos idea del número preciso de ediciones de las que se habla, pero sí sabemos que no son cientos... ni siquiera decenas.

         Existe otra forma de usar varios: Mi hermano ha comprado verduras varias. Está claro que aquí se trata de un adjetivo en toda regla que significa ‘variadas’, ‘diferentes entre sí’. Aparecer postpuesto crea en este caso una buena diferencia con el determinante, aunque no sepamos, que no lo sabemos, si son muchas o pocas.

         ¿Qué significa, entonces, varios? ¿Cuántas papas son varias papas? En mi mundo, dos son demasiado pocas para que uno necesite recurrir a la vaguedad de varias. Me pasa lo mismo con tres. Quizá con cuatro comience uno a necesitar más tiempo para contar con cuidado, para calcular, para dar un aproximado más o menos justo. ¿Cinco, entonces? ¿Seis? ¿Hasta dónde llega la falta de certeza? ¿Hasta diez? ¿Hasta doce? Bien podría ser que, sin darnos cuenta, pensemos que al llegar a doce ya podemos cambiar a docena y a partir de ahí vuelve la vaguedad hasta... ¿15? ¿Hasta 20? ¿Y cuándo pasamos de eso a mucho? ¿Y a bastante? ¿Y cuándo se derrama el vaso y llegamos a demasiado?

         Inyectándole la mayor precisión que puedo a este asunto, que llega hasta el punto en que se tropieza con el infinito matemático que existe entre un número entero y el siguiente, creo que varios podría quizá referirse a una cantidad que más o menos se inicia en tres (con seria tendencia a cuatro más bien) y, con cierta duda, comienza a agotarse lentamente cuando, a las tientas y a las locas, se aproxima un poco a 10, quizá a 11, no sé, algunas veces, no tantas. No reparen en todas las señales de indefinición que hay en la oración anterior, porque terminarán pensando que no tengo certeza sobre este asunto.

         ¿Alguien la tiene? Para eso exactamente ha sido creado el lenguaje vago, para no dejar marcas muy ciertas de aquello que decimos, para esconder nuestra falta de conocimiento exacto de algún hecho, cantidad o concepto, o para crear confusión en la mente del oyente, para no darle ventaja, para desorientarlo a nuestro favor. La vaguedad de muchísimas palabras que nos encontramos a diario no es, por tanto, fruto únicamente del desconocimiento, de la falta de comprensión o de la ingenuidad. Puede ser, y a menudo lo es, un producto de nuestra imaginación, de nuestro interés personal por lograr algún objetivo o, también, de nuestra perversidad. O puede ser un instante de desatención de lo que se dice.

         Esta última será la explicación que prefiramos las más de las veces, en especial en la lengua hablada y en particular cuando somos nosotros mismos quienes hablamos. Sin embargo, siempre es posible apelar a la calculadora: un numero grande de cosas (la población de un país, por ejemplo) no es compatible con la escasez explícita en la expresión varias cosas... Son muchas las cosas que admiten varios ceros a la derecha.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCIII / 19 de septiembre del 2022

 



Otros artículos de Edgardo Malaver

jueves, 8 de septiembre de 2022

Prez y gloria [CCCXC]

Edgardo Malaver 

 

 

¿Quién es?, se preguntaban. La Virgen del Valle en la Batalla
de Matasiete (1959), de Juan Antonio Rodríguez

 

 

         Día de la Virgen María. Hoy los católicos del mundo celebran el nacimiento de la madre de Jesucristo. En Margarita, la Virgen del Valle, a cuya mirada materna los margariteños durante todo el año exponen todas sus cosas y todas sus actividades, acapara todos los honores, todas las alabanzas, todas las oraciones. La celebración de la Natividad de la Virgen se celebra en el Hemisferio Oriental desde el siglo VI, mientras que en el Occidental se inició unos 200 años más tarde; cantidad de libros que, como diría san Juan en su Evangelio, “no cabrían en el mundo” se han escrito acerca de esta mujer y, como si fuera poco, también sobre todas las particulares historias que se han tejido a su alrededor dondequiera que alguien ama a su hijo, dondequiera que ella ha aparecido por sí misma, dondequiera que un cristiano confía en su nombre. Se han escrito miles de libros, pero hoy a mí me suena en la mente la letra del Himno de la Virgen del Valle.

         Lo que desde hace tiempo me ha atraído del himno, escrito por José Sixto Cedeño para la coronación de la Virgen del Valle en 1911, es, sobre todo, el nivel lexical del texto. No sé si hace falta hablar de un texto únicamente para explicar el significado de las palabras que lo compone, porque eso es algo que los niños de segundo grado podemos hacer sin dificultad teniendo a mano un diccionario común y corriente, pero este texto es que es lexicalmente muy peculiar. Aquí está el himno:

 

                      Coro

Prez y gloria a la Virgen sagrada,

que del valle do reina el dolor

a la excelsa y divina morada

surgió en alas de célico amor.

 

                          I

De terrible martirios emblema,

circundada de célica luz,

en su áurea y hermosa diadema

brilla enhiesta y serena la cruz.

La ama el nauta que el mar atraviesa

y el labriego en su pobre heredad,

los que luchan con brava entereza,

los que sufren con blanda humildad.

 

                         II

El fulgor de su lumbre destella

a través de las nubes y el viento.

Ora véspero o alba es la estrella

más radiante del vasto elemento.

Es del huérfano triste, clemencia;

del dolor del proscrito, templanza;

es del niño, la blanca inocencia;

del anciano, la dulce esperanza.

 

                         III

Y del ser infeliz del precito

extrañado de humano consuelo,

es el faro inocente y bendito

que lo enrumba camino del cielo.

Caridad es tu nombre más bello,

fe circunda tu trono de luz,

la esperanza te da en un destello

el amor divinal de Jesús.

 

         En el propio coro, la primerísima palabra ya le exige a uno acudir al diccionario. Prez, que yo siempre había pensado que era sinónimo de plegaria, hoy descubro que significa ‘honor, estima o consideración que se adquiere o gana con una acción gloriosa’. La palabra, de origen occitano, no tiene más que dos acepciones en desuso, así de extraña es en español: la primera es ‘opinión de la gente sobre alguien’ y la segunda es igual pero expresamente ‘buena’. Sin embargo, debería ser fácilmente reconocible para nosotros porque al occitano llegó por el latín: pretium, es decir, ‘recompensa’. No deberíamos tener dificultad en ver aquí el origen de una palabra cotidiana y archiconocida: precio.

         También está la palabra célico en el cuarto verso, que se repite en el segundo verso de la primera estrofa. Dice el diccionario que es un adjetivo de uso poético que puede significar ‘relativo al cielo’ (la verdad es que tan distante no está de lo conocido, es igual que celeste). Y por este camino celestial, llega a significar también ‘perfecto’ y, aunque parezca muy mundano, ‘delicioso’. En esta estrofa hay varias palabras que pueden llamar la atención, pero, después de todo, no son tan poco conocidas (diadema, áurea y enhiesta, por ejemplo). La que destaca en realidad es nauta, que no es nada frecuente como sustantivo: ‘persona cuya profesión o afición se ejerce en el mar o está relacionada con la Marina’. No es el sufijo -nauta, pero sí está en el mismo campo semántico.

         En la segunda estrofa, destaca por sobre todo lo demás el sustantivo véspero. Cualquiera cree que no lo conoce, pero después de investigar un instante, nos damos cuenta de que sí. Proviene de vesper, que era, en latín, el nombre del ‘planeta Venus como lucero de la tarde’. ¡Claro! Con razón todo aquello que sucede en la tarde puede uno llamarlo “vespertino”. En segunda acepción, significa ‘anochecer’, ‘tiempo en el cual anochece’.

         Por último, en la tercera estrofa encontramos la palabra precito, que parece un error ortográfico, pero está en el diccionario con el significado de ‘condenado a las penas del infierno, réprobo’. Etimológicamente (o más bien morfológicamente), se descompone en pre- y -cito, que da la apariencia de indicar algo como “citar lo anterior”. Pues resulta que el diccionario lo “traduce” como ‘lo sabido de antemano’. Calza, ¿verdad?

         Sintácticamente también es atractivo este texto, porque no bien comienza el coro aparece el adverbio relativo do, también en desuso, en el verso que del valle do reina el dolor. Sólo se utiliza en poesía y equivale a donde. Sucede algo parecido con el verso Ora véspero o alba es la estrella (tercero de la segunda estrofa). Ora es la aféresis de ahora, equivalente a o, que habría que interpretar como conjunción distributiva y en este verso debería repetirse inmediatamente antes del segundo término que “distribuye”: alba. O sea, debería decir Ora véspero, ora alba... Entiéndase, por tanto, “sea en la tarde, sea en la mañana, es la estrella...”.

         El alto nivel del vocabulario, es decir, el contenido lexical, y la complejidad sintáctica del himno, junto con el hipérbaton omnipresente, la ordenadísima rima, las licencias poéticas, dan una sensación de solemnidad casi gregoriana, medieval, que se confirma cuando oímos la música, abiertamente académica, que acompaña al poema. Y sin embargo, al mismo tiempo, como acabamos de ver, el canto tiene también una sencillez que está a la vista y que, sin estudiar aún su contenido semántico, juega a favor de su belleza y comprensión. Por ende...

         Gloria y prez a la poesía de este himno, surgida como María “en alas de célico amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXC / 8 de septiembre del 2022