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domingo, 20 de abril de 2025

Noli me tangere [DIX]

Edgardo Malaver


Noli me tangere (1442), de Fra Angelico



Si nos tomáramos los Evangelios como textos meramente literarios, que también lo son, bien podríamos interpretar las escenas de la última semana de la vida terrenal de Jesús como metáfora de los vaivenes que sufrimos todos los seres humanos a lo largo de la existencia. Esa semana comienza con la entrada triunfal del protagonista en la capital de su reino natal, la ciudad santa de su cultura. Lo reciben con tanta alegría que todos cortan palmas para saludarlo como sus antepasados saludaban a un legendario rey del que, según el narrador de la historia, desciende este nuevo líder. La alegría de verlo al fin, los rumores fabulosos que desde hace meses llegan a la ciudad y las expectativas de que este hombre se convierta en un libertador que traiga la paz y el bienestar al pueblo no le permite a la multitud percibir que viene montado en lomo de asno, no trae ni una sortija en los dedos, su traje es el mismo que el de ellos y en su séquito no hay soldados y nobles, sino parias y excluidos que ha ido reuniendo por el camino. Salta de boca en boca el deseo de coronarlo para que de una vez expulse al ejército enemigo, pero él ni por asomo tiene esas ínfulas.
Una semana más tarde, ese mismo pueblo y sus autoridades, las locales y las invasoras, le han tendido emboscadas, le han puesto precio a su cabeza, sus amigos lo han abandonado, uno de ellos lo ha vendido, lo han atrapado como a un ladrón, le han hecho un juicio sumario y amañado, lo han condenado a muerte, le han hecho cargar una cruz hasta el sitio donde lo colgarían en ella y le han hecho derramar sangre hasta que muere, desnudo y a la vista de todos. Lo entierran, ponen guardias en su tumba y desatan una persecución contra los pocos seguidores que le quedan.
En otras palabras, todos hemos tenido nuestros domingos de ramos y, tiempo después, nuestros viernes santos. Muchos que nos ponían en un pedestal han pedido después que nos crucifiquen. Todos hemos sido un falso mesías para alguien, a tal punto que sólo nuestra madre y dos o tres amigos más se atreven a visitar nuestra tumba.
La esperanza —y la meta— sería llegar también a vivir nuestro propio domingo de resurrección, ese momento en que la suma y resta de pecados y virtudes, de debilidades y hazañas nos deje en el lado luminoso de la vida, renacer después de tanta tormenta hecho ahora de una naturaleza que no sea de este mundo, superar en la tierra la naturaleza humana para ascender a un estado superior.
“Noli me tangere”, le dice Jesús a María Magdalena, acaso su discípula más fiel, que al verlo resucitado corre, llena de alegría humana, a abrazarlo. “No me toques”, que ya no soy lo que crees ver en mí. El cincel del dolor, la cruz de la soledad, el silencio oscuro de la muerte me han esculpido de nuevo. Como no soy únicamente carne y huesos, nervios y humores, ahora soy un mejor yo.
Pocas páginas más adelante, esta historia nos aclara que, misteriosamente, de nuevo se puede tocar al protagonista, que incluso invita a uno de sus amigos a meter el dedo en sus heridas, que aún están abiertas en su cuerpo. Es indudable que en estas escenas posteriores a la resurrección hay más y más significados que podríamos desentrañar literariamente; sin embargo, me temo que haría falta una lupa mucho más clara que la mía, porque el personaje del que hablamos es un verdadero misterio. Y quizá sea más misterio que personaje.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DIX / 20 de abril del 2025
EDICIÓN DE PASCUA DE RESURRECCIÓN



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lunes, 14 de abril de 2025

Un soponcio de Semana Santa [DVIII]

Ariadna Voulgaris



Un actor personifica al padre José Cortés de Madariaga
en Caracas, en el 2012



Casi me dio un patatús cuando lo supe. Casi me desmayo, por poco no sufro un vahído. Un síncope, pues.
Es que acabo de enterarme de que la palabra soponcio pertenece a ese gordo saco de palabras que nos han ido cayéndonos encima desde que existe la Semana Santa, es decir, la Semana Mayor, que en la antigüedad más antigua se llamaba también Gran Semana.
El soponcio más propio de la Semana Santa que yo conozco es el que tiene que haberle dado a Vicente Emparan el 19 de abril de 1810, que era Jueves Santo, día de la Última Cena. El señor Emparan, pobre, iba apuradito para la Catedral de Caracas, cuidadoso de no llegar tarde a la misa, cuando se le atraviesa el guapo de Francisco Salias, hermano de otro Vicente, el músico, y lo ataja a cuatro pasos de entrar en el templo. Quién sabe si al dar el español un paso dentro de la iglesia hubiera podido Salias formar el zaperoco que formó.
Bueno, en honor a la purísima verdad, a Emparan no debe haberle dado un soponcio por eso. Lo que sí debe haberle dado es por lo menos un sudor frío en la espalda al ver que el jefe de la guardia que lo custodiaba les ordenaba a los soldados que bajaran las armas que, lógica y militarmente, apuntaron sobre Salias y sus mantuanos compañeros. En ese momento sí debe haber sentido, como Jesucristo si no hubiera sabido de antemano lo que iba a pasar, que, enviado al despacho del procurador romano, perdía toda esperanza de salir airoso de aquel trance, que era más bien un aprieto, una dificultad, un brete.
Pues fíjense ustedes, aquella escena evangélica es el antepasado más remoto de la palabra soponcio. Siglos después, cuando comenzaron a proliferar las desviaciones de la fe y la Iglesia se reunió en Nicea para poner en papel el resumen más claro posible de los elementos que diferenciaba la verdadera fe cristiana de aquellas otras, erradas, los encargados del resumen, es decir, los autores del Credo, dividieron el texto en tres partes, como Dios manda: los rasgos del Padre, los del Hijo y los del Espíritu Santo. Y al describir al Hijo, dijeron que se trataba de aquel que había padecido sub Pontio Pilato, que ya saben ustedes que se pronunciaba como se pronuncia ahora en español. De modo que en la época en que no se rezaba sino en latín, cada vez que alguien cambiaba de una mala situación a una peor —como cuando un juez envía a un reo a otro juez que es capaz de considerarlo inocente y aun así azotarlo y, lavándose las manos, entregarlo a otros jueces que esperan la mínima oportunidad para crucificarlo—, la gente cogió la maña de repetir aquel verso de la oración que dice sub Pontio, “su Poncio”, “so Poncio”, soponcio. Es que en Semana Santa, con la calor que hace, a cualquiera le da un síncope. Un telele, un jamacuco. Un desmayo, pues.
El segundo soponcio de Vicente Emparan —¿qué duda puede caber?— tiene que habérselo causado descubrir, después de preguntarle al pueblo de Caracas si querían que él siguiera siendo representante del rey, que detrás de él había estado todo el tiempo el padre Madariaga. Uno puede conjeturar que, intentando zafarse de los niños ricos que lo habían acorralado en el Cabildo, pensó en aquel plebiscito instantáneo y, molesto con la gente que no lo apoyaba, habrá pensado que, informando a España, lo repondrían en el cargo. Pero al tropezarse, no con cualquier curita, ¡con José Cortés de Madariaga!, lo habrá adivinado todo: “La cosa está clara”, se habrá dicho, “este le hizo la seña negativa a la gente”. Y del soponcio, salió de la escena y nunca más volvió a aparecer en ningún otro episodio de la historia de Venezuela.


ariadnavoulgaris@gmail.com




Año XIII / N° DVIII / 14 de abril del 2025
EDICIÓN DE DOMINGO DE RAMOS



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lunes, 29 de marzo de 2021

Hosanna en las alturas [CCCL]

San Jerónimo de Hipona

 

 

Este año, Ritos de Ilación participa en la Semana Santa escudándose en ella para hablar de la lengua. Nos valimos del ya remoto vencimiento de los derechos de autor del patrono de los traductores para cometer el atrevimiento de publicar una carta del año 383 en la que le responde al papa Dámaso sobre una palabra que aun hoy utilizamos sin mucha conciencia de lo que contiene. (Leyendo las cartas de san Jerónimo, a propósito, que son miles, uno siente a veces que, de haber existido los medios de comunicación social en sus tiempos, habría tenido columnas en unos cuantos periódicos, y, llegado Internet, habría opacado a muchísimas páginas web.)

 

 

Entrada en Jerusalén (hacia 1330), de Pietro Lorenzetti

 

 

 

Carta de Dámaso a Jerónimo

 

A nuestro queridísimo hijo Jerónimo, Dámaso obispo, salud

en el Señor.

 

         Después de leer los comentarios griegos y latinos que sobre la interpretación de los Evangelios en la antigüedad o recientemente han escrito los nuestros, es decir, los ortodoxos, veo que sobre el «Hosanna al hijo de David» dicen cosas no sólo distintas sino contradictorias. Te ruego que, con el fervor e intrepidez de ingenio propios de tu dilección, y prescindiendo de opiniones y eliminando ambigüedades, escribas sobre cuál sea en hebreo su sentido auténtico”. Este servicio, como tantos otros, nuestra solicitud te lo agradecerá en Cristo Jesús.

 

Carta de Jerónimo a Dámaso

 

         Son muchos los que sobre esta palabra han imaginado los más diversos sentidos; entre ellos, nuestro Hilario [de Poitiers, (hacia 315-367)], en sus comentarios de Mateo, escribe: “Hosanna, en hebreo, significa ‘redención de la casa de David’”. Pero, en primer lugar, redención, en hebreo, se dice pheduth; casa, heth; en cuanto a David, es claro a todas luces que su nombre no aparece aquí. Otros opinaron que hosanna significa ‘gloria’; pero gloria se dice chabod; algunos lo entendieron como ‘gracia’, que el hebreo llama thoda o anna.

         No queda, pues, más solución que dejar de lado los riachuelos de las opiniones e ir a la fuente misma de donde fue tomada por los evangelistas. Y como ni en los códices griegos ni en los latinos podemos hallar el texto “Para que se cumpliese lo que fue dicho por los profetas: será llamado nazareo[1]; ni el otro: “De Egipto llamé a mi hijo”[2]; por eso, en el caso presente, hay que sacar la verdad de los códices hebreos, que nos explicarán cómo y por qué la muchedumbre y sobre todo la turba unánime, los niños, prorrumpieron en ese grito. Mateo cuenta: “La muchedumbre que iba delante y la que seguía gritaban diciendo: ‘Hosanna al hijo de David; bendito el que viene en el nombre del Señor, hosanna en las alturas’”[3]. Marcos a su vez dice: “Gritaban diciendo: ‘Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor; bendito el reino de nuestro padre David, que viene en nombre del Señor, hosanna en las alturas’”[4]. También Juan coincide en el mismo término: “Y gritaban: ‘Hosanna, bendito el que viene en nombre del Señor, el rey de Israel’”[5]. Sólo Lucas dejó de poner la palabra hosanna, siendo así que concuerda en el resto de la interpretación: “Bendito el que viene rey en el nombre del Señor, paz en el cielo y gloria en las alturas”[6]. Así, pues, como hemos dicho, hay que poner las palabras mismas hebreas y determinar la opinión de todos los traductores; para que del examen de todos, el lector pueda más fácilmente hallar por sí mismo qué haya de pensar sobre el caso.

         En el Salmo 117, donde nosotros leemos: “Señor, danos la salvación. Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor”, en el hebreo se lee: “Anna adonai, osianna, anna adonai, aslianna; baruch abba basem Adonai”. Aquila, Símaco, Teodoción y la quinta edición (para que no parezca [que] cambiamos nada en latín) traducen así: ώ δή κύριε, σωσον δή, ώ δή κύριε, ευλόγητός ό έν όνόματ κυρίου. Sólo la sexta edición concuerda con los Setenta intérpretes, en cuanto que donde los otros pusieron ώ δή, él escribió ώ. Y que osianna, que nosotros, incorrectamente y por ignorancia, convertimos en hosanna, signifique ‘salva’ o ‘haz salvo’, está garantizado por la traducción de todos; lo que ahora preocupa es qué signifique el mero anna sin la añadidura de salvar. Es de notar que en este pasaje anna recurre tres veces; en el primer caso y en el segundo se escribe con las mismas letras: aleph, nun, he; en el tercero, con las letras heth, nun, he. Ahora bien: Símaco, que en el Salmo 117 coincide con la interpretación de todos, en el 115[7], en que se dice: “¡Oh Señor!, libra mi alma!”, para darnos un sentido más claro, tradujo así: “Te suplico, Señor, libra mi alma”. Y donde los Setenta tradujeron “oh” y él “te ruego”, mientras Aquila y las otras ediciones traducen ώ δή, en el hebreo se escribe anna, pero con la letra aleph al principio, no con la heth. De lo cual deducimos que si anna se escribe con aleph significa ‘te ruego’; si con heth, es una conjunción o interjección, que equivale al griego υή y se halla en σωσον. Esta interjección no tiene equivalencia en latín.

         Pero como estas minucias y lo abstruso de esta explicación, dada la barbarie no sólo de la lengua, sino también de las letras, son pesadas para el lector, paso a resumir mi explicación y digo que estos versículos fueron tomados del Salmo 117, que profetiza claramente de Cristo y se leía con frecuencia en la sinagoga, por lo que era muy conocido también del pueblo, y todos sabían que el prometido de su raza había venido para salvar a Israel, pues dice David: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular Es el Señor quien lo ha hecho, y es admirable a nuestros ojos. Este es el día que ha hecho el Señor; regocijémonos y alegrémonos en él Señor, danos la salvación, Señor, danos prosperidad. Bendito el que viene en nombre del Señor. Os hemos bendecido desde la casa del Señor. El Señor es Dios; Él nos ilumina”[8]. De ahí que el mismo texto de los evangelistas recuerda que los fariseos y escribas, indignados al ver que el pueblo entendía la profecía del salmo como cumplida en Cristo y que los chiquillos gritaban: «Hosanna al Hijo de David», le dijeron: “¿Oyes lo que éstos dicen?”. Y Jesús les respondió: “¿Nunca habéis leído aquello: ‘De la lengua de los infantes y de los niños de pecho sacaste cumplida alabanza?’”[9]. Confirmando así el Salmo 117 con la cita del octavo.

         Ahora bien: en lo que era fácil de expresar, como “Bendito el que viene en nombre del Señor», concuerda el texto de todos los evangelistas; respecto, en cambio, de la palabra osianna, al no poderla traducir al griego —cosa que vemos también en alleluia, amen y muchas otras— la dejaron en su forma hebrea y pusieron osianna. En cuanto a Lucas, que fue entre todos los evangelistas el que mejor conocía el griego, médico al cabo, y que escribió entre griegos su evangelio, viendo que no podía traducir exactamente la palabra, prefirió omitirla antes que poner lo que iba a ser un problema para sus lectores.

         En resolución, así como nosotros tenemos en latín ciertas interjecciones, y para expresar alegría decimos ua; en caso de admiración, papai; en el dolor, heu, y para imponer silencio apretamos los dientes, contraemos el aliento y hacemos salir el sonido st, así también los hebreos, entre otras propiedades de su lengua, tienen la interjección, y cuando quieren suplicar a Dios emplean una palabra que expresa el afecto del que pide y dicen: «Anna, Señor», que los Setenta dijeron: “¡Oh Señor!”. Así pues, osi se traduce por salva; anna es la interjección del que suplica. Si de estas dos palabras queremos formar una compuesta, diremos osianna o, como pronunciamos nosotros, hosanna, con elisión de la vocal intermedia, a la manera que solemos hacer en los versos cuando en “Mene incepto desistere victam”[10] escandimos: “men incepto”. La aleph, que es la primera letra de la segunda palabra, al encontrarse con la última de la precedente, la ha eliminado. Por eso, volviendo al principio de la cuestión, donde nosotros leemos en el texto latino: “¡Oh Señor!, sálvame; ¡oh Señor!, sé bueno y complaciente; bendito el que viene en nombre del Señor”, lo podemos leer según el sentido del hebreo: “Te suplico, Señor, sálvanos; te suplico, Señor, danos prosperidad, te suplico; bendito el que viene en nombre del Señor”. Ahora bien: en salva hay que sobreentender a tu pueblo Israel o, de manera general, al mundo. En fin, Mateo, que escribió su evangelio en lengua hebrea, puso así: “Osianna barrama”, es decir: “Hosanna en las alturas”; pues al nacer el Salvador, la salud llegó hasta el cielo, es decir, hasta las mismas alturas, ya que se hizo la paz no sólo en la tierra, sino también en el cielo; para que así, por fin, se pueda dejar de decir: “Mi espada se ha embriagado en el cielo”[11].

         Esto, en fin, es lo que he dictado breve y apretadamente, según la mediocridad de mi inteligencia. Por lo demás, sepa tu beatitud que en esta clase de disputas el aburrimiento no debe invadir al lector. Yo hubiera podido inventarme con facilidad cualquier mentira que con una sola palabra resolviera la cuestión, como he demostrado que hacen otros. Pero es más honrado trabajar un poco por lealtad a la verdad y aplicar el oído a una lengua extraña para nosotros, que dar una solución construida sobre una lengua distinta.

 

 

 

Año IX / N° CCCL / 29 de marzo del 2021

 



[1] Mateo 2, 23.

[2] Mateo 2, 15; Oseas 11, 1.

[3] Mateo 21, 9.

[4] Marcos 11, 9-10.

[5] Juan 12, 13.

[6] Lucas 19, 38.

[7] Se refiere propiamente al Salmo 114, 4.

[8] Salmo 117, 22-27.

[9] Mateo 21, 15-16.

[10] Virgilio, Eneida I, 37.

[11] Isaías 34, 5.


lunes, 24 de diciembre de 2018

¿Cuándo no es Pascua en diciembre? [CCXL]

Edgardo Malaver



Olivia Hussey en el papel de la Virgen María
en
Jesús de Nazaret (1977)



         Razón tenía Rainer María Rilke cuando escribió que en la infancia está todo, todo lo valioso que uno tiene. Cuando yo era niño, con frecuencia oía a mi abuela decir, como para reprocharle a alguien que estuviera haciendo lo mismo de siempre, sobre todo si era una mala conducta, “¿Cuándo no es Pascua en diciembre y San Juan el 24?”. Al mismo tiempo, en Semana Santa se hablaba de “la Pascua del Señor”, y en Navidad se nos deseaban “felices Pascuas”, y así, de una temporada a otra, quedábamos todos “contentos como unas pascuas”. ¿Qué tenía esta palabra que parecía adaptarse con tanta facilidad a diferentes situaciones?
         Es tan adaptable, que en Semana Santa es singular y en Navidad es plural. En una va a aparejada con la resurrección de Jesucristo y en la otra, con la “prosperidad” que esperamos para el año siguiente. También parece ser propia para fechas felices, como las del nacimiento de Jesús, y para las tristes, como las de su pasión y muerte. Su presencia entre nosotros también es señal de su versatilidad, pues de la cultura hebrea emigró a la griega y a la latina y a partir del latín se vertió en el español.
         La palabra pascua quiere decir ‘paso’, ‘pasaje’; hay que tener presente que proviene de la palabra hebrea pesaj, que equivale a ‘pasar por alto’, en el sentido de conservar, de no desechar alguna parte de un todo cuando se está renovando algo. El pueblo judío comenzó a celebrar la Pascua después que Moisés lo guio para escapar de la esclavitud en Egipto. Dios le dio a Moisés instrucciones precisas para que cada familia matara un cordero y marcara con la sangre la puerta de su casa la noche en que iban a huir. El espíritu de Dios pasaría esa noche por todo Egipto para exterminar a los primogénitos de cada familia; pero pasaría por alto las casas que tuvieran la marca de la sangre. Naturalmente, las familias egipcias, incluyendo la del faraón, perdieron a todos los varones mayores, contexto que aprovecharon los judíos para huir. Al llegar a la orilla del mar, perseguidos por los ejércitos egipcios, Moisés dividió las aguas y el pueblo logró pasar “sobre suelo seco” hacia la libertad.
         En el Nuevo Testamento, Jesús hace coincidir la Pascua judía con lo que luego, en la cultura occidental, se llamaría Semana Santa. En esa primera Pascua cristiana, se pasa de la antigua alianza de Dios con su pueblo a la nueva alianza en la que el propio Jesús es el nuevo cordero que se sacrifica por el pueblo, que ya no es únicamente el hebreo. En Navidad, como es fácil suponer, el paso es de la era de la oscuridad a la de la salvación. La larguísima espera por el Mesías ha concluido y el Verbo se ha hecho carne. El hombre deja de ser criatura de Dios y pasa a ser su hijo.
         ¿Cómo llega toda esta historia a la lengua? No se sabe en qué fecha nació Jesús, pero fue la celebración romana de un dios que vence cada día sobre la luz y la oscuridad, la fiesta del Sol Invictus, la que le puso fecha a la Navidad, la fiesta del nacimiento de un hombre que habría de dominar sobre la vida y la muerte. Tal como se suceden el sol y la noche, como se alternan la luz del nacimiento y la sombra del sepulcro, llega también la Pascua una vez y otra vez y otra vez. Y así, la música, la mesa, la atmósfera, hasta las emociones, nos insinúan que ha llegado diciembre... ¿y cuándo no es Pascua en diciembre?

¡Para todos... feliz Navidad!

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXL / 24 de diciembre del 2018



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viernes, 30 de marzo de 2018

Las siete palabras [CCI]

Edgardo Malaver



Cristo y el buen ladrón. Tiziano, 1566



         De pequeño, oía todo el tiempo a mi abuela alabar la predicación que, en Semana Santa, hacía el padre Manuel Montaner (1904-78) “de las Siete Palabras”, las de Cristo en la cruz. ¿Cómo es que Jesús —reflexionaba yo—, en semejante trance, dijo solamente siete palabras, cuando lo natural habría sido que estremeciera el mundo con el diccionario íntegro del arameo, del griego, del latín? Más tarde, en Catecismo, leyendo los Evangelios, me di cuenta, yo solito, de que, colgado en la cruz, Jesucristo dijo un conjunto de frases bien contundentes que, como eran siete, debían ser las famosas Siete Palabras. Eran, además, expresiones que oía con frecuencia y pronto llegué a la conclusión de que casi nunca nadie entendía de dónde le venían. Lástima, porque aquello, a mis ojos, traía una belleza tan misteriosa que aún estoy sorbiendo de ella.
         La primera de las Siete Palabras es archiconocida y la citamos hasta para bromear; con ella podemos ironizar (o rabiar) cuando descubrimos que ante una injusticia extrema lo único que podemos hacer es orar por los que nos agreden: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23, 34).
         La segunda, cuya traducción ha sido suficiente para dividir a los seguidores de Jesús, es “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lucas 23, 43). Acaso menos frecuente que aquella a que responde (“Acuérdate de mí cuando estés en tu reino”), nos interesa aquí porque algunas traducciones implican que Jesús anuncia al ladrón crucificado a su derecha que esa misma tarde lo recibiría en el reino de los cielos y otras hacen pensar que esto sucederá después del Juicio Final; otras no permiten deducir ni una cosa ni la otra. ¿Y si entendiéramos que no hay que estar tan ansiosos por la recompensa como atentos a la tarea que hacemos?
         “Hijo, he ahí a tu madre; mujer, he ahí a tu hijo” (Juan 19, 26). Todos hemos usado la tercera palabra alguna vez. Lo interesante es que Jesús llama “mujer” a su madre, detalle que ha despertado mil disputas y enemistades en la historia. Debe ser sencillo: cada vez que uno “da a su madre en adopción”, para que sea ahora la madre de todos, es pragmático-discursivamente lógico que la acerque más a ellos que a uno. O más sencillo: ¿de qué otra manera le pide uno a un amigo que se ocupe de su madre, que va a quedar sola dentro de un rato cuando uno muera?
         La que históricamente debe ser la más popular es la cuarta: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Marcos 15, 34). Todos hemos proferido esta frase, de niños, de adultos, en sentido literal o metafórico. Muchos han visto en ella un reclamo tardío de Jesús, pero nunca lograremos imaginar el dolor que le arrancó este grito. Lo cierto es que nos dota de un recurso retórico muy poderoso para describir una situación angustiosamente insoportable. Y es así como la usamos.
         La quinta palabra, “Tengo sed” (Juan 19, 28), si fuera lo único que dijera el verso, competiría con aquel que es considerado el versículo más breve de toda la Biblia: “Jesús lloró” (11, 35), del episodio en que resucita a Lázaro. Alguna correspondencia tiene que haber entre las dos escenas, al menos en cuanto a la humedad de las imágenes, que parecen conectar la muerte y resurrección de Lázaro con la de Cristo.
         Con la sexta palabra regresa mi abuela al texto: “Todo está consumado” (Juan 19, 30) era la frase con que ella cerraba aquello que se acababa y no tenía posibilidad de epílogo siquiera. ¿Y qué implica consumar? Terminar, en el sentido de cumplir una misión, de sumar junto con otro para conseguir algo mayor.
         Y para el final, lo mejor: la intertextualidad. Cuando, cumplida su misión, Cristo sintió que se le extinguía el aliento, lanzó su palabra final: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lucas 23, 46). Nadie desea utilizar esta cita en la vida cotidiana, pero ella nos revela, una vez más, la impresionante urdimbre textual e intertextual que es esta narración. Como casi todo lo que dijo siempre, esta última frase de Jesús es una cita, en apariencia cuidadosamente escogida, de otro poeta del Antiguo Testamento: el del salmo 31, que en el sexto verso dice exactamente lo mismo, exactamente en la misma situación.
         No es lo único en que la Semana Santa ha penetrado la lengua cotidiana. Las “palabras” “nuestras de cada día” no se reducen a siete citas peculiares. Diría el propio Jesús, aun hoy, dos mil años más tarde: “No te digo siete, sino setenta veces siete”.

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCI / 30 de marzo del 2018




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