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lunes, 27 de abril de 2026

Tutirimundache

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

“Las cosas tienen vida propia”, pregonaba Melquíades, “todo es
cuestión de despertarles el ánima”. Gabriel García Márquez,
Cien años de soledad, 1967

 

 

         El título que quería poner a este número de Ritos ocupaba al menos cinco líneas en la página del blog. Es un caso bien alimentado de lo que podríamos llamar “variedad ortográfica”. El diccionario da unas formas, la literatura da otras y el pueblo venezolano prefiere las que le salen del fondo de la arbitrariedad del signo. Así que, fiel a la lengua de mi calle, me decidí por la forma léxica que escuchaba a menudo cuando era niño, que lleva todas las de ser la más popular en Venezuela.

         A la palabra tutirimundache, desde que la oí por primera vez, se le notaba muchísimo que era equivalente a todo el mundo. Tiene todos los ingredientes para que se entiendo esto y no otra cosa. Uno crece un poquito, ve un par de películas más, y ya puede pensar que quizá sea una palabra que la gente ha aprendido de alguna actriz italiana, o por lo menos de un personaje de la Roma antigua, quién sabe si en la traducción de un spaghetti western. Más tarde va uno de vacaciones a otro estado y se le paran los ojos cuando escucha otra variedad. Y después otra y otra. Finalmente, pregunta y desemboca en el diccionario.

         Y en el diccionario descubre que lo “formal” es tutilimundi (uy, ¿y se escribe así?), y proviene ciertamente de la expresión italiana tutti li mondi, que se traduce fácilmente como ‘todos los mundos’. O sea, nuestra primera e infantil intuición de traductor había acertado. Lo extraño es que el significado que uno intuye sea la segunda acepción y que diga que es un mexicanismo, cuando en mi calle sudamericana nacemos con esa palabra ya sabida.

         Un momento, que esto no se detiene aquí. El diccionario nos manda, en la primera acepción, a leer la definición de mundonuevo, que es, para mí, la sorpresa del año: ‘Cajón que contenía un cosmorama portátil o una colección de figuras de movimiento, y se llevaba por las calles para diversión de la gente’. Ah, caramba, entonces se trata como de un aparato, de una de aquellas cámaras antiguas en que el fotógrafo se ocultaba bajo un mantel negro para poder hacer la foto, y dentro de eso podían verse escenas del mundo, de todo el mundo, I presume. ¿No llevó Melquíades el gitano una de esas a Macondo?

         Los sinónimos de tutitimundache son todos muy sonoros y atractivos: mundonuevo, mundinovi, titirimundi, totilimundi. También existen, aunque el diccionario no los incluya, tutilimundi, tutirimundi, tutirimundache, tutilimundache e incluso tutilimundachi. Todas estas palabras suenan como una musicalización propia, vernácula, de las voces italianas que nos las trajeron en su origen. Y todas, juntas o por separado, son claro ejemplo de cómo una comunidad puede adoptar, sin remilgos ni límites de ninguna clase, palabras que llegan por tierra o por mar, impresas o guardadas en los labios de los visitantes.

         En la literatura venezolana, hasta donde llegan mis ojos, Simón Camacho (1824-83) y Leoncio Martínez (1888-1941) han utilizado esta palabra con confianza y con provecho en sus obras. El primero tenía en varios periódicos de América Latina una columna llamada “Totilimundi”, en la que publicaba, principalmente, artículos de costumbres, que a veces adquirían la forma de cuentos (y que hoy entran cómodamente en esa clasificación); y el segundo, Martínez, tituló así una divertida “crónica” en que encuentra las semejanzas entre “un velorio y una comida diplomática”. Ojalá que en el futuro aumente esta muestra.

         No estoy inventando el concepto de variedad ortográfica (quién sabe si siempre ha existido y nunca me he enterado), pero este es un bello caso de ortografía adaptable a la fonética y otras circunstancias que empujan a los hablantes a vestir las mismas palabras con diferentes trajes, aunque siempre reconocibles, siempre enriquecedores para turistas e inmigrantes, para poetas e ignorantes, para puristas e innovadores.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXXV / 27 de abril del 2026

 

 

 

Otros artículos de Edgardo Malaver

Los americanos son muy americanos

Vacancia en un dos por tres

Gente que baila con dos pies y medio

Selección múltiple

Obligado, a la fuerza, porque sí

 

domingo, 25 de febrero de 2024

¡Suerte y ‘Gaceta Hípica’! [CDXLIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¡HOY ES EL UNDÉCIMO ANIVERSARIO DE RITOS DE ILACIÓN!

 

  

Virgilio Decán (1930-2022)

 

 

 

         Cuando yo era pequeño, tenía un tío —lo tuve hasta el 2010, cuando aún no era viejo— que estaba enganchado con las carreras de caballo. Cada domingo durante una época, desde el mediodía, más o menos, mi tío se reunía con sus amigotes en uno de esos garitos abominables en que hombres “de mal vivir”, como decía mi abuela, beben alcohol, gritan, juegan cartas, se pelean, se prestan, se roban, se cobran, devoran mujeres imaginarias, compran carros que no existen, se hacen amigos, se enemistan... y apuestan. Y en aquel tiempo, no había “entretenimiento” más popular en Venezuela que las carreras de caballo. Y en realidad ni siquiera era un vicio al que cedían todos nada más los domingos. En el Hipódromo de La Rinconada, de Caracas, había carreras, que yo recuerde, los domingos, pero en el de Santa Rita, de Maracaibo, las había también los jueves, y algunos jueves aparecía mi tío por la calle de la casa de mi abuela, donde yo vivía, para sumergirse con placer en aquel que él llamaba, imitando a Aly Khan, el legendario narrador de carreras, “el maravilloso mundo de las carreras de caballo”.

         Khan —cuyo nombre verdadero era Virgilio Decán— tenía un programa en el canal Venezolana de Televisión en que él y otros locutores analizaban las posibilidades de cada caballo de cada carrera y en el que, por supuesto, hacían publicidad a muchas cosas. Y uno de los productos que anunciaban era la revista más conocida del hipismo venezolano: Gaceta Hípica. La publicación, fundada en 1950 y aún activa hoy, ofrecía todo tipo de datos para los apostadores: historias, récords, fotos, fechas y horas de las carreras, nombres de los jinetes, genealogía de los caballos, infinidad de información. Era tan difícil para las demás revistas, siempre menores, competir con Gaceta Hípica que aparecían y desaparecían como trapecistas de circo. A Gaceta Hípica le iba tan bien que se daba el lujo de poner al legendario narrador de carreras en todos sus comerciales. Y él hacía aquellos comerciales con la misma soltura con que mencionaba, tejidos armoniosamente en una sintaxis incorruptible, todos los detalles del veloz recorrido de 12 caballos por la pista. Aquella misma voz terminaba siempre el comercial con el lema de la revista: “¡Suerte y Gaceta Hípica!”.

         Aunque no nos percatábamos de ello entonces, el dichoso lema tenía todo lo que se necesitaba para conquistar corazones para el hipismo: era una equilibrada conjunción del azar de juego y el análisis racional de la información. La suerte, con frecuencia elusiva, y el conocimiento, acumulado en la revista, le auguraban al fanático de las carreras una buena racha, le deseaban suerte al apostador, pero le revelaban que no era suficiente: también requería la Gaceta Hípica.

         Puesto largamente en el oído de los venezolanos, el lema llegó a convertirse en una expresión más del habla popular: usted quería desearle a un amigo que le fuera bien en algún emprendimiento o aventura, le decía al despedirse de él: “¡Suerte y Gaceta Hípica!”. Después también se oyó: “¡Suerte y Gaceta!”. Y ahora, de vez en cuando, se oye, por ejemplo: “¡Éxito y gaceta!” y otras variantes, emancipada ya la expresión de su origen, al menos en la superficie.

         Después de un tiempo, las inmensas cantidades de dinero que podían ganarse si uno acertaba los ganadores en el juego del 5 y 6 (el sistema de apuestas de los hipódromos) se redujeron de tal manera que la mayoría de la gente perdió el interés en las carreras. Sin embargo, la influencia que había logrado esta actividad en la lengua hablada por los venezolanos ha subsistido hasta el sol de hoy, que Ritos de Ilación celebra su undécimo aniversario (cinco y seis) hablando de ella.

         Otras huellas de herradura que vemos en la lengua cotidiana son las expresiones estar fuera de lote, que se usa para referirse a un caballo (y por analogía a una persona) cuya capacidad está por encima de los de su grupo); ejemplar de poca monta, que se refiere al animal (o persona) con poco talento o habilidades para la competencia; quedarse en el aparato, es decir, no arrancar un caballo cuando se da el disparo de partida y, metafóricamente, no tener una persona la iniciativa en una actividad.

         El hipismo, como el beisbol y la parranda, acaso los tres grandes vicios de los venezolanos, ha sembrado con provecho muchas semillas en el habla. Y eso también es para celebrar.

         Gracias a Dios, un día las palabras de mi abuela hallaron el camino para llegar a lo que Freud llamó el consciente de mi tío, y este volvió a ser un trabajador ejemplar, como nunca antes había sido; con el tiempo llegó a vivir con comodidad, y no precisamente gracias al azar, y a dar educación y estabilidad a sus hijos... Y a sus sobrinos, porque no me imagino a qué temprana hora hubiera tenido yo que abandonar la universidad, si no hubiera sido por la generosidad de aquel tío.

         La vida de las personas y la vida de las lenguas van juntas, no cambia una si no cambia la otra, y cuando una florece, la otra da frutos. Los frutos de esta semilla que hace 11 años bauticé Ritos de Ilación, empresa tan fatigante y placentera al mismo tiempo, quizá crezcan dentro de mucho tiempo, pero aunque sea dentro de mucho tiempo, será bello sentarse bajo su sombra y disfrutar un poco del verdor de sus hojas y de la brisa que sopla.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXLIX / 25 de febrero del 2024

EDICIÓN DEL UNDÉCIMO ANIVERSARIO

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes):

Congorocho [VI], de Isabel Matos

¿Pronombre de lugar en español? [XLV], de Daniel Avilán

¡Ay, qué noche tan preciosa! [XCVI], de Edgardo Malaver Lárez

Picnic [CXLI], de Edgardo Malaver Lárez

Kikirikí [CXCVI], de Edgardo Malaver Lárez

Qué arrecho [CCXLIX], de Edgardo Malaver Lárez

A caballo regalado... [CCXCII], de Álvaro Durán Hedderich

El hashshish vuelve a los diccionarios [CCCXLV], de Luis Roberts

Aniversario con heterónimos [CCCLXXIX], de Edgardo Malaver Lárez

Ritos de Ilusión [CDX], de Edgardo Malaver Lárez


lunes, 1 de julio de 2019

Un ex nunca muere [CCLXVI]

Edgardo Malaver


 
Primavera de la vida (1859), de Camille Corot


        Pongo a mis alumnos a investigar sobre algunos venezolanismos “en vías de extinción” y una de las muchachas del grupo se interesa por la palabra coroto. El segundo paso es “averiguarle la vida” a la palabra, utilizarla, encontrar textos en que aparezca, explicarla, hacerle promoción. En pocas palabras, hay que “apadrinar” un venezolanismo y, tal como se haría con un hijo adoptivo, acogerlo en casa: “darle alimento, techo, vestido, educación y, lo más importante, cariño”.
         Esta estudiante, entonces, eligió coroto. Gran alegría para mí porque es de los que más uso. En la primera clase en que tiene una oportunidad, reporta un avance sobre su rastreo etimológico: como por arte de magia, se ha tropezado con la historia de los cuadros de Camille Corot (1796-1875) que tenía el general Antonio Guzmán Blanco (1829-99) en el palacio de gobierno. Sea o no sea cierta esa versión, vamos bien: la estudiante está trabajando con entusiasmo. El tema de Ritos esta semana, sin embargo, aparece cuando la alumna habla de Guzmán Blanco. Lo llama “expresidente Guzmán”. Y yo me detengo: ¿sí?, ¿de veras hay que referirse a un tipo como Guzmán Blanco como expresidente?, ¿contará sólo el hecho de que en el presente ya no lo sea?
         Yo creo que no cuenta. Lo regular, sí, es que un mandatario se convierte en expresidente cuando cesa en sus funciones, y sigue siendo expresidente per secula seculorum, a menos que vuelva a serlo o que asuma otro cargo y se le comience a llamar como corresponde al nuevo cargo, y luego se convierta en exministro, exgobernador, etc. O que muera, ¿no? Me parece a mí —digo yo, se me ocurre, así, como una idea loca, ya me dirán ustedes— que si se trata de alguien que ya no vive, ya no tiene sentido utilizar el prefijo ex-. El uso de la palabra presidente, cuando todo el contexto indica pasado remoto, no significa que estemos hablando el actual jefe del gobierno.
         Al hablar de Vargas, de Monagas, de Gómez, uno dice presidente porque habla de ellos en presente histórico, esa maravilla de conjugación de los verbos en presente que, siendo la misma de siempre, significa pasado y no presente. Por ejemplo, uno dice “Andrés Bello vive en Londres hasta 1829”, y nadie se pregunta si esa es la fecha del día de hoy. Y cuando hoy decimos que el tirano Aguirre entra en Venezuela por el Orinoco, no pensamos que esté explotando petróleo con una empresa rusa o china. No sé si el presente histórico pretende traer frente a nosotros los acontecimientos del pasado o deseamos con él transportar a nuestro interlocutor al día de los hechos. Qué bonita sería lograr esta segunda opción, ¿verdad?
         A pesar de ello, incluso si usamos el verbo en pretérito, nadie necesita que le aclaren que Páez, Rojas Paúl y Betancourt ya no son presidentes. A ver: “La carretera fue construida por Cipriano Castro, presidente de Venezuela entre 1899 y 1908”. No cabe usar el prefijo porque hablamos de aquel momento, no del actual. Otro ejemplo: “Los problemas que agobiaron a la población en los tiempos del presidente Medina no han sido estudiados suficientemente”. Si hablamos del momento en que el general Medina era presidente, no tiene mucho sentido que lo llamemos expresidente porque en ese momento no lo era. Meses después había que hacerlo, pero ahora no.
         Aunque lo menos que quiero es hablar de políticos y, mucho menos, de militares, pienso en aquellos cuatro presidentes de Venezuela que murieron en ejercicio del cargo: Linares Alcántara, Gómez, Delgado Chalbaud y Chávez. Es dudoso en este último caso, y es el más reciente, pero aún así no tiene sentido llamarlos expresidentes. Nunca lo fueron —esto también es muy discutible en el último caso—, pero si no lo fueron en vida, ¿pueden serlo ahora?
         Pero volvamos a lo verdaderamente importante: la lengua. ¿Quién quiere, fuera de mi clase, apadrinar un venezolanismo en vías de extinción? O colombianismo o mexicanismo o uruguayismo, según prefiera cada quien. ¿Alguien quiere rescatar alguno del olvido? ¿O simplemente hablar de él con cariño?

emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCLXVI / 1° de julio del 2019



Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 31 de julio de 2017

Tramposería sale [CLXIII]

Edgardo Malaver



Richard Nixon en 1974, asumiendo las consecuencias
de su tramposería. Foto: O.F. Atkins



          Cuando uno ha jugado metras en la infancia, sabe con certeza que hacer un mínimo truco, cualquier insignificante abuso que nadie percibe al principio del juego, traerá el amargo resultado de perder buena parte de las metras que haya logrado a lo largo de él. Por más que a uno le vaya bien, por más que el azar compita de su lado y le llene la bolsa, llegará un momento en que un pequeñísimo error desencadene la avalancha y ya no habrá nada de nada que pueda hacerse para detener la ruina. Y entonces latirá en la mente del tramposo el momento fatal en que cometió el primer error, el error de engañar a sus competidores.
         Éstos, por su lado, cuando llegan a sentir que hubo algo fuera de regla, murmuran para sus adentros: “Tramposería sale”. ¿Tramposería? La expresión tramposería sale, cuyo enrevesamiento morfológico delata una dulce resonancia infantil, es quizá el último recurso al que se aferra aquel al que le queda latente una tenue sospecha, o incluso quien tiene la certeza pero no tiene pruebas, de que le han hecho trampa, que lo han estafado, que le han jugado sucio, y no puede hacer nada al respecto, al menos en el momento.
         Es tan sabia la expresión, como  suele suceder en el habla popular, que no hay por qué circunscribirla a los juegos infantiles. Uno puede recurrir a ella, por ejemplo, ante una decisión judicial injusta, que no le favorece, pero ante la cual no tiene recursos con que actuar.
         El enrevesamiento morfológico de tramposería consiste, como es evidente, en que se forma sobre el adjetivo tramposo y no sobre el sustantivo trampa, que por sí solo sería apropiado para indicar lo que se desea. El diccionario de la Academia, sin embargo, nos dirige a trampería, y dice que es frecuente en Ecuador, Perú y Puerto Rico. De todos modos, la definición que da es la que conocemos en Venezuela: “Acción propia del tramposo”. Cualquiera que oye decir tramposería se imagina a un niño (o a un extranjero que comienza a aprender español) que no encuentra cómo llamar la tienda donde se venden sillas y dice sillería, o el lugar donde se fabrican botellas y dice botellería.
         Tiene mucho sentido que la palabra se forme a partir de tramposo y no de trampa, puesto que se concentra en el cuestionamiento en contra del que urde el engaño o protagoniza su ejecución. La lengua —o más bien el hablante— logra este fino señalamiento gracias al sufijo -ería, que tiene cuatro funciones posibles en su tarea de construir nuevos sustantivos: destacar la pluralidad (de balcón proviene balconería), resaltar la condición moral (de bravucón nace bravuconería), indicar el oficio o lugar (de albañil surge albañilería) y señalar la acción o expresión (de coqueto obtenemos coquetería). Observemos que entre las cuatro posibilidades, la única que, al menos mayormente, trasforma adjetivos en sustantivos es la segunda. Y es también la única que involucra tintes peyorativos en la torcida “condición moral” de la que habla. Una tramposería es, ya sabemos, un acto reprochable.
         También nos interesa aquí la cuarta función, que implica, aunque no para cuestionarlos, el acto o dicho del sujeto. Una acción o expresión de alguien bien puede ser tramposa, es decir, puede ser una tramposería... y en la sabiduría popular, importa también que, sea cual sea, el fraude, al final, se va a descubrir.
         En la infancia, tratándose de metras, nada hay más doloroso que perderlas, y mucho más si es uno mismo el culpable. En las relaciones amorosas, los problemas que sobrevienen por causa del engaño son incalculables, algunas veces se sufren de por vida, otras hasta se pierde la propia vida. En la política, como la verdad siempre sale a flote, los tramposos sólo se ganan la mala voluntad de la gente. Puede ser que al principio no se percaten muchos votantes, pero siempre, siempre, tramposería sale.

emalaver@gmail.com





Año V / N° CLXIII / 31 de julio del 2017

lunes, 22 de mayo de 2017

Colombia y Venezuela: falsos amigos [CLIII]

Laura Jaramillo


 
En italiano existe la palabra burro, que en español
equivale a
mantequilla


         Uy, hermano, no vaya a creer que aquí va a encontrar una barbaridad. No. Aunque sí hay que decir que en todo el globo terráqueo hay falsos amigos, no solo en Colombia y Venezuela. Pero en fin... Aquí usted lo que va a encontrar es un pequeño grupo de palabras que, quizás por el parecido morfológico y fonético, uno cree que significan un cosa pero al final son otra; los lingüistas decidieron llamar a esas palabras falsos amigos, solo por el hecho de que son traicioneros… o sea, los significados.
         El término es común en el área de la traducción. Por ejemplo, en italiano existe la palabra burro, que en español equivale a mantequilla. Pero resulta que en español también se da este fenómeno, si se puede llamar así, pues podemos encontrar variedad de significados para una sola palabra a lo largo y ancho de América (ah, sí, y de España también).
         Quizás lo que describo se pudiera considerar un caso de homografía, pero no, me gusta más la falsedad de las palabras cuando oigo una canción o cuando veo una novela de Colombia. Es que resulta que, a pesar de que tenemos tantas cosas en común, hay cosas también que nos diferencian. Qué aburrido sería que todos nos pareciéramos.
         Solo les voy a presentar un bocadito de las tantas que nos pueden jugar una mala broma. Esto es válido pa los colombianos también, porque ellos también tienen que saber que nosotros hablamos tan sabroso como ellos. Así, tenemos que:

Guayabo no es el despecho de nosotros, es un ratón, o sea, la resaca.
Parche no es un pedazo de tela, es una cita, una rumbita por ahí, una salidita, pues.
Patico no es el hijito de la pata, es un “elogio” a la mujer, pues es la combinación de pantera, tigre y cocodrilo.
Matoneo suena como a que matan mucho, pero no, es el chalequeo de nosotros.
Ahogao no es alguien que lamentablemente no sabía nadar, es nuestro sofrito.
Miscelánea es el nombre que le dan a esos lugares donde uno consigue desde un bombillo hasta una curita, una quincalla, pues.
Abanico no es el sofisticado instrumento que usa mi Cucha para los calorones de la edad; en la costa colombiana, el abanico es el ventilador. No se sorprenda cuando oiga: “Mijo, prenda el abanico, que hace calor”.
Arepera no es el lugar donde nosotros vamos a comer arepas; es el equivalente a cachapera.
Perico no es el que tristemente se me fue hace un mes, en Medellín es un café con leche. 

         Yo no diría falsos amigos, diría más bien amigos maravillosos, expresivos y sabrosos, tal cual como nosotros. Más que amigos, hermanos. ¡Eh, avemaría, hombre!

laurajaramilloreal@gmail.com





Año V / N° CLIII / 22 de mayo del 2017

lunes, 20 de marzo de 2017

Tú sí eres jalamecate [CXLIV]

Andrea Villada


Donde hay pesca, hay jalamecates. Pampatar, 1970



         Hace ya unos cuatro años, estando en un hermoso hotel de Mochima, en el maravilloso estado Sucre, se me ocurrió levantarme temprano para poder observar el amanecer desde su mismísimo principio. No quería perderme ni un minuto, así que salí al balcón a las 5:00 de la mañana y noté con gran admiración y curiosidad que había ya tres hombres en el agua, tres lugareños practicando esnórquel con linternas en mano en busca de un buen banco de peces. Al lado del hotel, aquel incrustado en la montaña, había una pequeña casa rebelde que rompía la armonía del ambiente apareciendo malcriadamente en el único espacio arenoso que había en los alrededores.
         Al haber crecido en la caótica ciudad de Caracas y saber de pesca lo que sé de aeronáutica, no imaginaba el propósito de aquella tempranera búsqueda, pero, unas tres horas después, todo ocurrió de sopetón. Los gritos comenzaron desde el agua: “¡Ahora sí! ¡Rápido, rápido, rápido!”, y de la nada salieron seis hombres más en una pequeña lancha con una red tan grande que ellos apenas cabían en la corroída embarcación. ¡Yo estaba maravillada! De cuando en cuando, los hombres se sumergían para asegurarse de que los peces estuvieran dentro de aquella prisión de mecate que iban lanzando hasta formar un extenso óvalo que empezaba en la orilla de la pequeña playa y terminaba allí mismo. Sin embargo, lo que sin duda llamó más mi atención fue el hecho de ver cómo de aquella ínfima playa contigua salían unas tres docenas de personas para ayudar a recoger la red, jalando y jalando aquel pesado mecate para que, así, el patriarca del lugar les repartiera uno que otro pez. Entonces, de repente se me ocurrió: ¿será de esto que sale aquella famosa expresión que sirve para identificar a los aduladores?
         Cuando le comenté aquella idea a mi querido profesor Edgardo Malaver, él me hizo el favor de iluminarme con un poco de conocimiento sobre el origen náutico de algunas palabras, como verga, por ejemplo, y otras más que ahorita no logro recordar. De cualquier manera, para ayudarme a aclarar mi mente, el mismo profesor me envió un archivo con lo que el filólogo venezolano Ángel Rosenblat había investigado sobre este tema. Al parecer, la expresión no es para nada nueva y ya se usaba desde el siglo XIX, pero su origen dista mucho de estar claro. Lo que sí está claro es que los términos que la componen vienen del ámbito marítimo, pues los marineros tenían muchas sogas que jalar y todas eran de mecate. Sin embargo, la creencia popular es que jalamecate como sinónimo de adulador viene de la época de Bolívar, cuando los que deseaban congraciarse con él mecían su chinchorro, cuyos extremos son de mecate, mientras el Libertador tomaba su siesta. Lo curioso es, y a eso apunta Rosenblat, que nadie en los llanos llama a eso jalar mecate, más bien lo llaman echar una mecidita. Es por eso que esta teoría se ha ganado unos cuantos detractores y otras se barajan como candidatas, como el hecho de jalar el mecate de los baldes para sacar agua de los pozos, o el famoso juego de la cuerda en el que hay que jalar mecate para arrastrar a los que están del lado opuesto, o incluso jalar la cuerda de la campana para atraerla hacia sí.
         A mi parecer, y respetando la opinión de los expertos, ninguna de esas teorías son mutuamente excluyentes y, además, especialmente las que no incluyen al chinchorro de Bolívar, no me parecen del todo satisfactorias.
         De cualquier manera, al ver saltar desesperadamente al agua a uno de mis compañeros de viaje, llegar a nado hasta el único rincón arenoso que nos rodeaba, jalar aquella red repleta de peces y regresar con cuatro peces en mano entregados por el mandamás de aquel recóndito lugar, uno para cada uno de los que disfrutábamos de aquellas vacaciones juntos, no pude evitar decirle: “¡Hay que ver que tú sí eres jalamecate!”.

andrealvilladac@gmail.com






Año V / N° CXLIV / 20 de marzo del 2017

lunes, 19 de diciembre de 2016

Hayaca [CXXXV]

Edgardo Malaver


De la página 643 de la 15ª edición
del diccionario de la Academia (1925)



         Una vez, en el año 2000, trabajando como corrector en una revista, hice una travesura. En la edición de diciembre se me estaba escapando un error inmenso en un reportaje sobre las comidas venezolanas de Navidad. La palabra hayaca aparecía en casi todos los párrafos y yo no me daba cuenta. Un minuto antes de devolver el material al jefe de redacción, mi ángel de la guarda se apoderó del control de mis ojos e hizo que mi vista cayera sobre la dichosa palabra que se agazapaba sobre el papel entre las demás, que, cómplices, la escondían.
         Me devolví, me senté de nuevo en mi escritorio y cogí el diccionario, dominado por una pregunta, más que por una duda: “¿Por qué Álvaro Melgarejo, el periodista más correcto del estado, habrá escrito hallaca con ye?”. Y el diccionario, mirándome con los ojos de mi madre cuando me increpa: “¡¿Esa es la educación que yo te he dado?!”, me respondió: “Pastel de harina de maíz relleno con pescado, carne en pedazos pequeños u otros ingredientes, que, envuelto en hojas de plátano, se hace en Venezuela, especialmente en Navidad”. O sea, Melgarejo, como siempre, sabía lo que estaba haciendo.
         Qué tentación. Si un día, en el Sol de Margarita, había despertado el escándalo de todos al poner tilde a la mayúscula inicial del apellido del gobernador, lo cual estaba respaldado por las reglas del español, ¿qué destino me esperaba si dejaba, en apariencia, mal escrita una palabra tan importante en diciembre en toda Venezuela? Pero qué delicioso iba a ser ponerle el diccionario en la cara al director cuando viniera a reclamar que yo había dejado escapar un error de aquel tamaño (que para mí se había reducido inmensamente al pasar por la conciencia de Melgarejo). Iba a ser placentero demostrarles a todos en aquella revista que nadie corregía a los correctores, excepto cuando eran los redactores quienes se equivocaban. Qué tentación.
         Además, había sostenido con Melgarejo conversaciones sobre la manía de la gente de creer que la Academia tiene siempre la última palabra y, a pesar de ello, no hacerle caso nunca. Todo desembocaba siempre en la idea de que nadie se fija en cómo se escriben las palabras... en los medios de comunicación, se entiende. Así que aflojé mi resistencia y me dejé tentar por el diablito de la travesura. No corregí el “error” y entregué la que aquella tarde fue la última prueba que debía leer.
         (Ahora que Internet lo permite, he descubierto que la palabra hayaca, aunque con una definición más amplia, ha estado en el diccionario desde 1925, que desde el 2001 aparece al mismo tiempo como cubanismo y venezolanismo y que en este último caso tiene, como ortografía alternativa, hallaca.)
         En la noche, según me contaron, llegó Melgarejo a la redacción y preguntó por mí. Y todos les respondieron que ya había terminado mi turno. La tarde siguiente fui yo quien preguntó por él. Y me respondieron que había salido a una rueda de prensa del gobernador. Cuando llegué a mi escritorio encontré una nota con su letra que decía: “Ganamos una. Buen trabajo, muchacho”. Nadie más dijo nada.

emalaver@gmail.com






Año IV / N° CXXXV / 19 de diciembre del 2016

lunes, 14 de noviembre de 2016

¡Oh! ¿Qué será? [CXXXI]

Laura Jaramillo


“...con la seriedad de Juan Vicente Gómez...”.
Caricatura de Pedro León Zapata, 24 de julio del 2007



         Hago referencia al título de esa canción, pues he podido darme cuenta de que hay una necesidad de adaptar al español las palabras que vienen de otros idiomas, muy especialmente del inglés, particularidad lingüística que puede observarse en las series de televisión o en las películas, las cuales deben traducirse al español, bien sea por subtítulos o por doblaje.
         El mercado de este tipo de traducciones lo tiene México, al menos una gran parte, por lo que a ellos les debemos que muchas adaptaciones formen parte de nuestra habla, sin que por ello se incurra en error o se corra el riesgo de que nuestro interlocutor no nos entienda, pues ya son de uso común entre los hablantes.
         Ahora, ‘feisbuquiamos’ y ‘tuitiamos’, y nuestras fotos o comentarios publicados tienen cientos de ‘laikeadas’. Pero no solo eso, también tenemos que ‘textear’ o ‘mensajear’, ‘guasapear’ y ‘fotochopear’. En el caso del WhatsApp, terminamos diciendo ‘guasá’, porque a nosotros nos encanta aspirar los sonidos.
         En una película de acción, los policías o los malos de la película están ‘francotirando’. En el canal de ‘vídeos’, hacen un ‘rankeo’, o sea, un conteo de los más pedidos. Y los artistas se la pasan ‘instagramiando’.
         Hace algún tiempo, cuando se nombró tanto la Ley de Amnistía, hubo periodistas que con la seriedad de Juan Vicente Gómez decían sin inmutarse ‘amnistisiado’. La que se inmutaba era yo, que me daba vuelta la cabeza como gallina a medio matar.
         Sin ir muy lejos, ‘bachaqueo’, que denomina esa grotesca actividad comercial, es una palabra que proviene de Bachaquero, una población del estado Zulia. Además de ser una zona petrolífera, es un punto de partida para el contrabando de mercancía de aquí pa allá. Actualmente, se ha desvirtuado un poco su significado, pues no hacemos mercado, sino que vamos a ‘bachaquear’. O a lo mejor es una metáfora que proviene de esa hormiguita culona que se la pasa llevando pedacitos de hoja de un lado a otro. Ustedes dirán.
         Por cierto, los colombianos en este caso dicen que van a ‘mercar’, y, curiosamente, en el caso del Twitter, no dicen ‘tuit’, sino ‘trino’, lo que realmente hace el pajarito, y no silbar como dijeron por ahí hace algunos añitos.
         Por eso, a lo Willie Colón, me pregunto, ¡oh!, ¿qué será?, ¿qué será...? ¿Qué será lo que impulsa a los hablantes a crear giros terminológicos o a hacer adaptaciones al español? ¿Por qué no buscamos un equivalente? ¿Hasta qué punto es válido enriquecer la lengua de este modo? No sé, no sé y no sé. Al final del camino, quizás no sea tan malo, solo queremos expresarnos y hacernos entender, o sea, como el serrucho, pa allá y pa acá.

laurajaramilloreal@yahoo.com






Año IV / N° CXXXI / 14 de noviembre del 2016

lunes, 3 de octubre de 2016

Doble acentuación, ¿doble dolor de cabeza? [CXXVI]

Andrea Villada


 
Agentes alérgenos, o alergenos, que enferman a las personas.
El violinista enfermo (1886), de Cristóbal Rojas


 
         Las normas de acentuación son bastante claras en nuestro idioma español y todos las conocemos bien, o al menos, a estas alturas de nuestras vidas, deberíamos conocerlas. Así, sabemos que existen cuatro tipos de palabras según la ubicación de la sílaba tónica: agudas (acentuación en la última sílaba), graves (acentuación en la penúltima sílaba), esdrújulas (acentuación en la antepenúltima sílaba) y sobresdrújulas (acentuación en cualquier sílaba que esté antes de la antepenúltima) y que cada una viene con su propio reglamento en cuanto a la inclusión de la tilde.
         Hasta allí todo está bien, ¿no es cierto? Pero, dado que la primera área de estudios en la que me especialicé es una ciencia de la salud, me di cuenta de que nadie se termina de poner de acuerdo en cuanto a la pronunciación de ciertas palabras. De esta forma, tan solo en medicina, pude conseguir al menos tres que parecieran graves o esdrújulas dependiendo de la preferencia de quien las pronuncia. Estas son omoplato/omóplato, alveolo/alvéolo, cardiaco/cardíaco y diabetes/diábetes.
         Así que me di a la tarea de buscar en la sagrada biblia de cualquiera que estudie Idiomas Modernos, el Diccionario de la Lengua Española de la Real Academia, para ver, de una vez por todas, cómo es que se pronuncian dichas palabras. Es así como llegué a notar que, aunque al parecer sea el que lleve la batuta, el ámbito de la salud no es, ni de cerca, el único afectado por estas ambivalencias idiomáticas en las que el acento de la palabra puede recaer en diferentes sílabas. Encontramos entonces palabras como vídeo/video, austríaco/austriaco, olimpíada/olimpiada, período/periodo, policíaco/policiaco, zodíaco/zodiaco, kárate/karate o amoníaco/amoniaco, y todas son aceptadas como válidas para nuestra famosa academia idiomática.
         De este modo me di cuenta de que hay estructuras como los alveolos o alvéolos pulmonares y también el omoplato u omóplato, que puede decirse de cualquiera de las dos formas aunque la gente prefiera llamarlo simplemente “paleta”. Así mismo, existen agentes alérgenos o alergenos que enferman a las personas. También me enteré de que a muchos de nosotros nos llegó a dar rubeola o rubéola cuando estábamos chicos y de que los hombres son más propensos a sufrir de enfermedades del corazón tales como la isquemia cardíaca o cardiaca, así como de que hay pacientes con hemiplejia o hemiplejía, o con reuma o reúma, sin contar con que, si alguien piensa que sufre de todas estas cosas, entonces probablemente se trate de un hipocondríaco o hipocondriaco.
         Aparentemente, la RAE respeta la preferencia de quienes utilicen tales palabras (a excepción del propio diccionario de la computadora que me ha llenado de líneas rojas todo este artículo) permitiéndoles poner el acento en dos sílabas distintas, pero no duda en darle una acotación a la diábetes indicando que se trata de un venezolanismo pues, para el resto del mundo y como hace poco le escuché decir a un profesor, la diabetes es una enfermedad grave… jamás esdrújula.

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Año IV / N° CXXVI / 3 de octubre del 2016