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lunes, 7 de abril de 2025

Tópicos literarios: Carpe diem [DVII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El alma de la rosa (1908),
de John William Waterhouse

 

 

         Para mí existe desde que vi la película La sociedad de los poetas muertos (1989), protagonizada por Robin Williams (1951-2014). En esta historia, John Keating, el personaje principal, es el profesor de literatura de una escuela de niños ricos, que, deseando animar a sus alumnos a aprovechar el tiempo, les recita un poema que atribuye, al menos implícitamente, al gran poeta estadounidense Walt Whitman (1819-92)*. “Carpe diem”, les dice, “aprovechen el día”.

         Gracias a Dios, el tópico literario, el tema recurrente del disfrute del tiempo del que disponemos, en vista de la brevedad de la vida, no es obra de Tom Schulman (1950), guionista de La sociedad de los poetas muertos, y tampoco fue creado por Whitman (aunque hubiera podido). Fue, una vez más, fruto de la poesía de Horacio (65-8 antes de Cristo). En este caso aparece por primera vez en la undécima de sus Odas (obra del año 13 antes de Cristo, aunque el poema preciso puede ser anterior), que va dirigida a una joven llamada Leucónoe y le da la recomendación de despreocuparse del futuro y “cosechar” el presente.

         ¿Cosechar el presente? Sí, carpe diem se traduce literalmente así. El infinitivo es carpere, que también puede traducirse como coger, recoger, arrancar, y todas estas equivalencias caben en el campo semántico de la siembra y la agricultura. La fórmula de Horacio, por tanto, podría trasladarse también como “cultiva el día”, dedícate a él, trabaja en él, abónalo, riégalo, cuídalo, de modo que en la tarde, al final del día, la siega te dé buenos frutos. Dice el poeta:

 

No te afanes por saber, Leucónoe, que es nefasto,

lo que a ti ni a mí han destinado los dioses;

no te fíes de los inciertos presagios babilonios.

¡Vale más sufrir con entereza lo que suceda!

Sea que te otorgue Júpiter numerosos inviernos

o que apenas el actual, ni uno más, te conceda,

azotando furioso contra las rocas las olas tirrenas,

tú sé prudente, disfruta la roja dulzura del vino

y limita tus esperanzas a los más breves espacios.

Envidioso huye el tiempo mientras hablamos,

así que aprovecha el día y no te ilusione el mañana.

 

         El poema (que en latín tiene apenas ocho versos) no sólo sugiere imágenes campestres (agreguemos aquí la del vino), sino que también menciona tiempos invernales y sensaciones marinas. Es decir, se inclina a tomar su sabiduría de la naturaleza, en la cual todo es siempre presente, pues el pasado existe en ella únicamente porque se renueva una y otra vez.

         El texto de Horacio puede relacionarse de igual forma con la sabiduría popular —que existe en todos los idiomas, pero en español la conocemos de primera mano—. Uno se acuerda de “A quien madruga Dios lo ayuda”, de “Más vale pájaro en mano que cien volando” y de este que acabo de aprender hoy: “Hermano, bebe, que la vida es breve”.

         La imagen, el tema, el consejo poético de aprovechar el momento, no dejar escurrir tan pronto el breve tiempo que dura la vida, adopta en poetas posteriores la forma de rosas que “si vio nacer una la aurora rutilante, a esa la caída de la tarde la contempla ya mustia”. En este texto, titulado “De rosis nascentibus”, también de fecha incierta, escrito por Décimo Magno Ausonio (310-395), el poeta anima a la doncella a quien se dirige a aprovechar los años juveniles, que se agota particularmente rápido. Le dice con claridad:

 

[...] recoge, niña, las rosas,

mientras está fresca la flor

y fresca tu juventud,

pero no olvides que así

discurre también tu vida [...].

 

         [Sin darnos cuenta hemos entrado en otro tópico literario, el de Collige, virgo, rosas (corta, doncella, las rosas), que es a la juventud y la belleza física lo que el Carpe diem a la duración de la vida.]

         Siglos más tarde, Garcilaso de la Vega (¿1496?-1536) escribe, como continuando el poema de Ausonio:

 

[...] coged de vuestra alegre primavera

el dulce fruto antes que el tiempo airado

cubra de nieve la hermosa cumbre [...]

 

         Y más recientemente, el salvadoreño-guatemalteco José Batres Montúfar (1809-44), haciendo su aporte a la tradición de reescritura de aquella pieza inolvidable de Horacio, tradujo la oda XI con estas palabras:

 

A Leucónoe

 

No te afanes, Leucónoe, por saber

el final que los dioses hayan puesto

a tu cara existencia y a la mía,

inútil es saberlo.

 

Ni consultes tampoco babilonios

astrológicos números inciertos,

¡Cuánto es mejor sufrir lo que viniere

con ánimo resuelto!

 

Ya Júpiter propicio nos conceda

el gozar dilatados los inviernos,

o el presente, por último, y no otro

permita que pasemos.

 

El cual, ahora mismo, embravecido,

a los peñascos cóncavos opuestos

azota con furor y debilita

las aguas de Tyrreno.

 

Cuerdamente dispón, y ve colando

los generosos vinos más añejos,

y reduce tus largas esperanzas

a solo este momento.

 

Mientras hablando estamos envidiosa

huye la edad, corre veloz el tiempo:

coge, pues, este día, y aprovéchalo,

sin creer el venidero.

 

         En realidad, dada la precedencia de Horacio, muchos —Góngora, fray Luis, Lope, sor Juana, Bello— después de él han vuelto a escribir su oda, su Carpe diem, cada quien con sus rasgos particulares, cada quien con la distancia o cercanía que la poesía le ha concedido, pero siempre preñados del sentido de la imagen a la que cantan. Al final, ha de ser, dado que se cumple en la poesía y en la traducción, la suma de los elementos que en el tiempo va ganando el motivo lo que nos diga, nos describa, nos revele, redonda y completa, la verdad poética.


emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DVII / 7 de abril del 2025

 

 

 

 

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lunes, 9 de enero de 2023

El que se va de villa [CDVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Puente de los Suspiros, Barranco, Lima

 

 

         No habré sido yo el único que mil veces se preguntó, siendo niño, qué significaba “irse de villa” en el muy conocido refrán el que se va de villa pierde su silla, que es como lo oía yo cuando era pequeño y como sigo oyéndolo hoy en Venezuela. Tampoco habré sido el único que, un poco más grande, pensó, tratando de entender, que lo más probable era que originalmente se dijera el que se va de la villa... —ya comenzaba a sonar colonial, ¿no?—, y que el oído colectivo, arbitrariamente, ajustaría la métrica a siete sílabas, en contra del popular verso octosílabo. Y después, muchos habrán, como yo, concluido que esa villa tenía que ser Sevilla. ¿Qué otro nombre de ciudad española se iba a parecer más?

         El problema persistía porque era forzado decir: “El que se va de Sevilla pierde su silla” en momentos en que alguien se levanta y otro que ha estado de pie mucho tiempo aprovecha la oportunidad para sentarse —o cuando alguien descuida un negocio o un asunto que le interesa y luego lo lamenta al ver que ha sido desplazado—. Alguna vez me he propuesto comenzar a decir más bien: “El que se va a Sevilla...”, que resolvería la disparidad en el número de sílabas, pero no, con la lengua no hay quien pueda: sigue sonado como una guitarra con cinco cuerdas.

         Hoy me he tropezado en Internet con un libro que dejé en Caracas, El porqué de los dichos (1955), de José María Iribarren (1906-71), y echándole un vistazo rápido, me di en la frente con el refrán Quien se fue a Sevilla perdió su silla. Como no hace falta señalar las sutiles diferencias y por el mero placer de oír de una voz sabia la ansiada respuesta, voy a reproducir aquí lo que dice Iribarren:

 

Quien se fue a Sevilla perdió su silla

 

[Se emplea este dicho cuando alguien se ausenta momentáneamente de un lugar, por lo general una habitación, y, cuando regresa, otra persona ha ocupado su sitio. En sentido más amplio, indica que la ausencia puede ocasionar un perjuicio]

Este dicho debió de originarse del siguiente hecho histórico que refiere Diego Enríquez del Castillo en su Crónica del rey Enrique IV (caps. 26 y 54). En tiempos de Enrique IV le fue concedido el arzobispado de Santiago de Compostela a un sobrino del arzobispo de Sevilla, don Alonso de Fonseca, y como el reino de Galicia estaba muy alterado, creyó el electo que el tomar posesión iba a costarle Dios y ayuda. Se lo pidió a su tío, y este convino en que iría él a Santiago a pacificar Galicia, y que mientras tanto su sobrino se quedase en el arzobispado de Sevilla.

Don Alonso de Fonseca restableció el sosiego en la revuelta diócesis de Santiago; pero cuando trató de deshacer el trueque con su sobrino, este se resistió a dejar la silla hispalense.

Hubo necesidad, para apearle de su resolución, no solo de un mandamiento del papa, sino de que interviniese el rey y de que algunos partidarios del sobrino de Fonseca fuesen ahorcados después de breve proceso.

Monláu, que refiere esto en su libro Las mil y una barbaridades (Madrid, 1869), concluye: «Dedúcese que el refrán debe decir que la ausencia perjudica, no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de ella».

 

         Y le faltó decir que, además de todo esto, el sobrino, que se llamaba igual que el tío, no abandonó la hermosísima Catedral de Sevilla sino a punta de espada. La tensión se disipó en 1469. Es fácil imaginar que al terminar ese siglo, cuando los españoles acababan de llegar a América, o un poco después, a ambos lados del océano habría quien recordara que aquella situación había puesto en labios de la gente común la ahora archiconocida expresión. Los niños del siglo XX hemos tenido que investigar para saberlo.

         Además, en muchos lugares hay variaciones. Hoy mismo he leído que en Ecuador tienen su propia versión del refrán: El que se fue a Quito perdió el banquito. En algunos lugares de España dicen más bien Quien fue a Sevilla perdió su silla, y quien fue a Granada no perdió nada. No he oído, sin embargo, versión más creativa y graciosa que la peruana, probablemente para referirse jocosamente a la bohemia del barrio limeño de Barranco. Aquí, cualquier que oiga decir la versión sevillana del refrán automáticamente responderá: “Y el que se fue a Barranco perdió su banco”. E inmediatamente, aunque sea un desconocido, alguien replicará con la ingeniosa coda: “Y si viene de Lima, se sienta encima”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDVI / 9 de enero del 2023

 

jueves, 3 de noviembre de 2022

NOVEMBRIS... un año tarde [CDI]

Ariadna Voulgaris

 

 

Fieles y fieles difuntos. Las benditas ánimas
del Purgatorio (1772), atribuido
a Juan Pedro López

 

 

 

         El año pasado me propuse escribir para Ritos de Ilación por lo menos 12 notas, una por mes, para explicar el nombre de cada uno. Los que nos siguen se dieron cuenta de que ya para mayo se me iba acabando el combustible, y fue más bonito hablar de poesía —mi tía Andrea y Juana de Ibarbourou me dieron la excusa—. Para julio, la musa me abandonó y el profesor Malaver tuvo que correr en mi auxilio. Con la energía de la Navidad pude terminar el año, pero quedé con esta deuda.

         Pues bien, la etimología de noviembre es, como la de los últimos cuatro meses del año, aburrida; su relato se limita a anotar que significa ‘noveno mes’ y que antes del calendario juliano precedían... ¡a enero y febrero! ¿Qué otra cosa, más entretenida, se puede decir de noviembre?

         En la mente de muchas personas es un mes así como luctuoso; imagínense que apenas comienza, ya se celebra el triste Día de los Fieles Difuntos; sí, mis estimados, a pesar de eso, de ser triste, en muchos países se celebra. En mi mente es una especie de antónimo de abril y mayo, que tienen fama de meses floridos, llenos de color, música y alegría.

         En el mundo de la sabiduría popular, existen dos expresiones que, por lo que dice el diccionario, se utilizan en España y a mí me parecen de lo más encantadoras. Terminado noviembre, el que no sembró que no siembre, dicen en algún lugar de la Madre Patria. Eso me pasó en el 2021. Se acabó noviembre y tuve que dejarlo para la siembra de este año. Uno piensa que es una simple rima, pero también podemos aprender que cuando deja pasar las oportunidades, no vale la pena intentarlo más tarde. Tiene que ser en el momento preciso, y hay que desarrollar el sentido necesario para reconocer la oportunidad y para reconocer cuándo ya ha pasado. En Venezuela, cualquiera piensa que se trata de una reflexión sobre la holgazanería. Una vez que pasa noviembre, dirán algunos, ya los proyectos no iniciados mejor que se queden para enero, porque ¿qué tiempo vamos a tener en diciembre de crear y trabajar si lo que viene es Navidad?

         La otra expresión es noviembre lluvioso, año copioso. Otra vez la rima, no sé pa qué la nombro, si es lo más típico de los refranes y expresiones populares. Parece augurar que el año siguiente como que va a ser buen año, pero para eso tiene que pasar que en noviembre llueva mucho, y seguro que si es en el día de Todos los Santos o en el de los Fieles Difuntos, mejor. Pero no es sólo la rima. ¿Qué más copioso que la lluvia? ¿Qué piensa uno cuando llueve en la última noche del año? Que el año que comienza esa noche va a ser lluvioso. Y después de eso, es fácil conectar con la abundancia y, por ahí, con la prosperidad... pero desde noviembre mismo.

         Por último, quiero comentar una exconfusión, es decir, una confusión que, leyendo y escribiendo sobre este tema, logré aclarar: que el Día de los Fieles Difuntos no se recuerda a unos difuntos que son o han sido fieles sino a todos los fieles que han muerto. Aquellos de los difuntos que, además de todo, permanecieron fieles a Dios en vida, ahora, además de polvo, son felices. Debe ser por eso que tiene sentido celebrarlos.

         ¡Feliz noviembre!

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CDI / 3 de noviembre del 2022

 

lunes, 4 de marzo de 2019

Todo lo que diga será usado en su contra [CCL]

Edgardo Malaver


Barrabás, interpretado por Anthony Quinn en 1961,
celebra su liberación



         Quien ha visto una película estadounidense en que se arresta a alguien ha oído al menos una vez la fórmula “Tiene derecho a permanecer callado. Todo lo que diga puede ser, y será, usado en su contra en un tribunal. Tiene derecho a un abogado...”. A primera vista (u oída, más bien), uno puede pensar que es inconveniente callar cuando puede defenderse, explicar por qué no deberían llevárselo, señalar al verdadero culpable, ¿no?, declararse inocente. Sin embargo, como sucede en la música, en la lengua el silencio puede ser más elocuente, más sabio, más poderoso que la palabra.
         Yo tenía un amigo catalán que decía cada tres días: “Somos amos de lo que callamos y esclavos de lo que decimos”. Con todas las películas que he visto, nunca antes me había puesto a reflexionar sobre esta peculiaridad del poder de las palabras. En esta misteriosa simbiosis entre el lo dicho y lo no dicho, en esta callado equilibrio entre verbo y acción verbal, uno puede preguntarse: ¿quién tiene el poder cuando hablo? ¿Obtenemos o cedemos poder cuando decimos, cuando levantamos la voz, cuando imprecamos? Cuando me ufano, por ejemplo, de tener tres casas, cinco carros, siete empresas, dos yate, cuatro aviones y cuentas bancarias en Caimán y en Andorra, ¿estoy humillando con mi dinero a quien tengo al frente o le estoy regalando información útil para extorsionarme?
         Pasa todos los días que nos arrepentimos de haber dicho esta o aquella palabra, de haber dado esta o aquella respuesta que nos pareció tan ingeniosa para derrotar a nuestro adversario en una discusión; sin embargo, advertimos que, tiempo después, las palabras encontraron el camino de vuelta para vengarse de nosotros. Rómulo Gallegos lo dibuja prístinamente en “La hora menguada”, cuando Amelia y Enriqueta, después de su más agria, más despiadada discusión cotidiana, se retuercen en el dolor de no poder recoger las palabras hirientes que una hermana ha lanzado al rostro de la otra. Pierden por ello al único ser que las ha amado, al niño que las dos habían criado juntas porque era hijo de una con el difunto marido de la otra. “¡La vida rota!”, dice el narrador hacia el final. “Destrozada en un momento de violencia por un motivo baladí: años de sacrificio, dos existencias de heroica abnegación frustradas de pronto porque a una se le cayó una copa de las manos y la otra profirió una palabra dura”.
         La sabiduría popular (y su hermana gemela, la literatura oral) es todo un pueblo de consejos al respecto. El dicho favorito de mi madre es “En boca cerrada no entran moscas”. Y la vida demuestra que más valdría que nos entraran moscas en la boca que hablar más de la cuenta. Quien dice “Por la boca muere el pez” no está precisamente narrando cómo se atrapa un ser marino con una carnada. “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”, también frecuente en mi familia.
         Los pecados de la palabra, por cierto, no son menos graves que los de la carne, aunque menos publicitados. Jesús, tan preciso en el uso de la lengua, alguna vez les dijo a sus discípulos, como para enseñarles los límites: “De la abundancia del corazón habla la boca”, y en otra ocasión: “Por toda palabra ociosa será juzgado el hombre”. Arturo Úslar Pietri también escribió un cuento, “Barrabás”, en que el protagonista, liberado en lugar de Cristo, se atormenta por haber callado, al contrario de Amelia y Enriqueta, por no haber dicho que él, delincuente, era quien merecía morir. Tan difusa como el límite entre la vida y la muerte, la diferencia entre hablar y no hablar, o entre hablar y hablar demasiado, puede tener consecuencias dolorosas.
         Quizá no sea tan sencillo como lo ponen en Hollywood, pero no hay duda: la lengua es tan peligrosa, que una palabra de más puede ser más desoladora que el silencio de la muerte.


emalaver@gmail.com



Año VII / N° CCL / 4 de marzo del 2019

lunes, 28 de enero de 2019

Tiros que salen por la culata [CCXLV]

Edgardo Malaver



Rin Tin Tin y Rusty resolvían todos los misterios



         Cuando era pequeño, no me cabía la palabra culata en la cabeza. Es decir, oía decir, por ejemplo, Al gobierno le salió el tiro por la culata y no me quedaba claro lo que era la culata. Se me parecía remotamente a otra palabra que no había que decir, pero ni siquiera así me insinuaba la musa su significado. Un día, sin embargo, viendo un capítulo de Rin Tin Tin —puede haber sido también de El Zorro o de Jim West—, un soldado dispara un arma larga y la bala le sale por detrás, le roza el hombro y él queda confundido. Minutos después se descubre que los muchachos buenos han alterado todas las armas de los malos “para que se disparen por la culata” y poder escapar de ellos. O sea, ¡la parte del rifle que se pone en el hombro era la culata! ¡Qué descubrimiento!
         La escena se grabó sólo para que yo entendiera la dichosa expresión —porque no recuerdo ni un segundo más de aquel capítulo—, pero a mí me molestaba el hecho de que el ahora evidente origen de la expresión fuera militar. Lastimosamente, en la historia del mundo, especialmente cuando los países son jóvenes como por este lado del mundo, pululan los capítulos militares y, de manera natural, estas historias desembocan en la lengua. La historia particular de Venezuela, como lo demuestra el español que habla, está salpicada de episodios en que, individual o colectivamente, algunos tiros ha salido por la culata.
         En 1810, cuando los “niñitos de papá” de Caracas decidieron tomar por el brazo al entonces capitán general de la colonia, Vicente Emparan, se produjo quizá el primer episodio de la historia de Venezuela en que un personaje hizo un tiro que le salió por la culata. Emparan, acorralado por los burgueses, los intelectuales, los comerciantes y demás “influencers” de la época, en cuestión de minutos vio su territorio reducido a los límites de su despacho frente a la Plaza Mayor. De repente, debe haber pensado que el balcón era la salida. Así que se asomó. El padre Madariaga debe haber pensado que se iba a lanzar al pavimento y lo siguió. Pero el debilitado Emparan pretendía en realidad apelar al espíritu democrático del pueblo, que nunca le había importado, para zafarse de aquel atolladero. Vio en la plaza a la gente que acaba de salir de la misa de Jueves Santo a que los hermanos Salias le habían impedido asistir, y disparó: “¡¿Ustedes quieren mi mando?!”. Ya sabemos que, a la señal de Madariaga, la gente contestó con un no que fue como un proyectil que derribó a Emparan con culata y todo.
         En 1957, el dictador Marcos Pérez Jiménez, comprendiendo que sería imposible ganar las elecciones que la ley lo obligaba a convocar en diciembre de ese año, decidió cambiar la convocatoria para un plebiscito. Es decir, la votación sería a favor o en contra de su continuidad en el poder. En la mañana siguiente a la consulta, hasta llegaron a publicarse cifras iniciales de conteo de votos que daban como ganadora la opción del no, pero Pérez Jiménez ordenó invertir los resultados y se proclamó presidente para un segundo período, hasta 1963. Ese fue el tiro; la culata por la que salió fueron los militares que no se sintieron contentos con la trampa, y un mes después, las cosas se le pusieron tan difíciles, que huyó de Venezuela en mitad de la noche.
         Un tercer ejemplo puede ser el de 1998, en que el tiro lo dio una multitud de votantes fascinados por la lengua de capataz de un militarcillo que, creyéndose un cruzado de la antigüedad, seis años antes había intentado llegar al poder a bordo de un tanque de guerra. Con la falacia de la revolución pacífica pero armada, ganó las elecciones y 20 años más tarde, hay gente comiendo de la basura. El tiro de aquellos ilusos nos salió por la culata a todos.
         En los últimos días, muchos de los herederos de aquel personaje han estado disparando palabras que inmediatamente se les devuelven. Y, obedientes como Rin Tin Tin, no han perdido la costumbre de disparar además balas de verdad, que, aunque tardan más que las palabras, como todos los actos humanos, también suelen devolverse.


emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXLV / 28 de enero del 2019

lunes, 24 de diciembre de 2018

¿Cuándo no es Pascua en diciembre? [CCXL]

Edgardo Malaver



Olivia Hussey en el papel de la Virgen María
en
Jesús de Nazaret (1977)



         Razón tenía Rainer María Rilke cuando escribió que en la infancia está todo, todo lo valioso que uno tiene. Cuando yo era niño, con frecuencia oía a mi abuela decir, como para reprocharle a alguien que estuviera haciendo lo mismo de siempre, sobre todo si era una mala conducta, “¿Cuándo no es Pascua en diciembre y San Juan el 24?”. Al mismo tiempo, en Semana Santa se hablaba de “la Pascua del Señor”, y en Navidad se nos deseaban “felices Pascuas”, y así, de una temporada a otra, quedábamos todos “contentos como unas pascuas”. ¿Qué tenía esta palabra que parecía adaptarse con tanta facilidad a diferentes situaciones?
         Es tan adaptable, que en Semana Santa es singular y en Navidad es plural. En una va a aparejada con la resurrección de Jesucristo y en la otra, con la “prosperidad” que esperamos para el año siguiente. También parece ser propia para fechas felices, como las del nacimiento de Jesús, y para las tristes, como las de su pasión y muerte. Su presencia entre nosotros también es señal de su versatilidad, pues de la cultura hebrea emigró a la griega y a la latina y a partir del latín se vertió en el español.
         La palabra pascua quiere decir ‘paso’, ‘pasaje’; hay que tener presente que proviene de la palabra hebrea pesaj, que equivale a ‘pasar por alto’, en el sentido de conservar, de no desechar alguna parte de un todo cuando se está renovando algo. El pueblo judío comenzó a celebrar la Pascua después que Moisés lo guio para escapar de la esclavitud en Egipto. Dios le dio a Moisés instrucciones precisas para que cada familia matara un cordero y marcara con la sangre la puerta de su casa la noche en que iban a huir. El espíritu de Dios pasaría esa noche por todo Egipto para exterminar a los primogénitos de cada familia; pero pasaría por alto las casas que tuvieran la marca de la sangre. Naturalmente, las familias egipcias, incluyendo la del faraón, perdieron a todos los varones mayores, contexto que aprovecharon los judíos para huir. Al llegar a la orilla del mar, perseguidos por los ejércitos egipcios, Moisés dividió las aguas y el pueblo logró pasar “sobre suelo seco” hacia la libertad.
         En el Nuevo Testamento, Jesús hace coincidir la Pascua judía con lo que luego, en la cultura occidental, se llamaría Semana Santa. En esa primera Pascua cristiana, se pasa de la antigua alianza de Dios con su pueblo a la nueva alianza en la que el propio Jesús es el nuevo cordero que se sacrifica por el pueblo, que ya no es únicamente el hebreo. En Navidad, como es fácil suponer, el paso es de la era de la oscuridad a la de la salvación. La larguísima espera por el Mesías ha concluido y el Verbo se ha hecho carne. El hombre deja de ser criatura de Dios y pasa a ser su hijo.
         ¿Cómo llega toda esta historia a la lengua? No se sabe en qué fecha nació Jesús, pero fue la celebración romana de un dios que vence cada día sobre la luz y la oscuridad, la fiesta del Sol Invictus, la que le puso fecha a la Navidad, la fiesta del nacimiento de un hombre que habría de dominar sobre la vida y la muerte. Tal como se suceden el sol y la noche, como se alternan la luz del nacimiento y la sombra del sepulcro, llega también la Pascua una vez y otra vez y otra vez. Y así, la música, la mesa, la atmósfera, hasta las emociones, nos insinúan que ha llegado diciembre... ¿y cuándo no es Pascua en diciembre?

¡Para todos... feliz Navidad!

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CCXL / 24 de diciembre del 2018



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