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lunes, 5 de febrero de 2024

Perico de los Palotes existió y era mujer [CDXLVI]

Ariadna Voulgaris

 

 

Primera reportera de guerra que conoció España

 

 

 

         Yo, la primera vez que escuché este nombre, estudiaba sexto grado en Caracas. Mi amiga Alejandra, a quien ustedes conocen —y que es para mí lo que era Cristina de Iturbe para María Eugenia Alonso, pero a prueba de distancias— fue testigo de mi repugnancia inicial cuando el profesor de historia dijo, más o menos: “No es ningún Perico de los Palotes el que redactó el Acta de Independencia”. ¿Quién es ese tal Perico de los Palotes?, me estuve preguntando yo toda aquella mañana y toda la tarde. ¿Y qué tendrá que ver con el Acta de Independencia? Alejandra tenía a quién preguntarle en casa, porque sus padres eran venezolanos, pero yo no la tenía tan fácil. Gracias a Dios, la mañana siguiente, llegando al liceo, vi la luz bajando del autobús: la inigualable Georgina de Bello, la profesora de lengua y literatura.

         —Ciertamente no era cualquier escribiente novato de prefectura —me dijo cuando le conté.

         —¿Entonces quién era?

         —Pues Juan Germán Roscio, mi niña, ¿no lo dijo el profesor?

         —¡No, profe! ¿Quién era el señor Perico?

         La pobre mujer, una semana después, todavía se estaba riendo. Pero esa misma mañana logró explicarme que uno decía así para referirse a una persona indeterminada, a cualquier personaje sin importancia. O puede ser una persona muy popular, incluso apreciada por muchos, pero que normalmente no tiene un alto nivel educativo ni es una referencia concreta en ningún oficio, en ningún grupo. Un ignorante, para decirlo más respetuosamente.

         Más grande, supe que el célebre etimólogo Sebastián de Covarrubias (1539-1613) lo caracteriza como “un bobo que tañía un tambor con dos palotes”. Otros autores dicen que en tiempos idos y lejanos también se llamaba así al demonio. Además, nuestro personaje ha penetrado hasta el teatro y el cine: en el mismo siglo XVII, se publicó en Madrid una comedia Perico el de los Palotes, y en 1984, el mexicano Víctor Manuel Castro dirigió en el cine otra comedia con ese título.

         Ahora, después de tanto tiempo, me entero de que, además de esto, Perico de los Palotes fue uno de los seudónimos que utilizó la escritora, periodista, docente y traductora española Carmen de Burgos. Del tiro, llamé a Alejandra para actualizarla: “¡Perico de los Palotes es mujer!”.

         Carmen de Burgos fue la mayor de los diez hijos de un matrimonio burgués de Almería, donde nació el 10 de diciembre de 1867. Su padre, que era diplomático, la casó a los 16 años con el periodista e impresor Arturo Álvarez Bustos (1857-1906), con quien ella nunca se sintió feliz, ni siquiera acompañada, pero quien la introdujo en el mundo del periodismo. Tras perder a tres de sus cuatro hijos y soportar constantes atropellos, Carmen abandonó a Arturo y se fue a Guadalajara con María (1898-1939), su hija sobreviviente, donde trabajó como profesora. Después, en Madrid, trabajó en varios diarios y se decidió a escribir columnas sobre los casi inexistentes y muy maltratados derechos de la mujer, el voto femenino, el matrimonio forzado, el divorcio, la educación de las niñas, los niños trabajadores y en prisión.

         No fue fácil al principio, porque los editores pretendían que escribiera sobre recetas de cocinas y consejos de belleza para las damas jóvenes; ella, sin embargo, se las arregló para lanzar dardos sobre las reivindicaciones de la mujer en todo lo que publicaba. Logró así hacer reflexionar a muchos y reunió el apoyo de intelectuales varones muy influyentes, como Vicente Blasco Ibáñez, Pío Baroja y Miguel de Unamuno.

         En 1909, el diario El Heraldo le da la oportunidad de convertirse en la primera reportera de guerra, al menos en España, al enviarla a Melilla a cubrir el enfrentamiento armado entre las tropas españolas en aquella ciudad y las del Rif, al norte de Marruecos. Y de esta experiencia también se valió Carmen de Burgos para hacer literatura: en 1920 reunió todas las crónicas que había escrito durante la guerra y los sumó con sus artículos antibelicista y publicó el libro En la guerra, que desagradó a muchos radicales en España.

         Para esa época ya había conocido a un jovencísimo Ramón Gómez de la Serna, con quien, a la vuelta de ella de África, inició una relación sentimental. Veinte años más tarde, Gómez de la Serna y María, la hija de Carmen, que trabajaban juntos en el teatro, se hacen amantes y la escritora se hunde en la tristeza.

         Nunca como en aquel diciembre siniestro se sintió tan insignificante, quizá más que al llegar a Madrid, cuando los editores la obligaban a usar seudónimos para publicar sus notas y artículos. El primero de ellos, Colombine, que usó en el Diario Universal, expresaba ya la humilde condición de una mujer que no significaba nada en el mundo intelectual, dominado por los hombres. Pero luego se hizo llamar también Perico de los Palotes, cuya sonoridad menos elegante y más arrabalera la hacía incluso más desconocida y la ubicaba más lejos del centro de su escena natural. Este seudónimo era también, a pesar de todo, una protesta contra la injusticia.

         Y finalmente llegó la Segunda República, en 1931. Carmen la defiende, trabaja por ella, escribe a su favor, ofrece conferencias. El nuevo sistema de gobierno parece abierto a tantas peticiones que ha hecho durante tanto tiempo; pero una tarde de octubre de 1932, durante un discurso, un dolor en el pecho interrumpe su discurso. Era la muerte.

         ¿Por qué no es más conocida la obra de esta mujer que no era ningún Perico de los Palotes, como dijo mi profesor aquel día? Sencillamente su obra fue silenciada, negada, escondida a partir de la llegada de Francisco Franco al poder. Era demasiado clara y demasiado firme para dársela impresa en papel a la generación siguiente. Sus ideas eran una amenaza para la España que deseaba la dictadura. Ha tenido que llegar, recientemente, el sesquicentenario de su nacimiento para que se reunieran sus libros y se volvieran a publicar, para que su pensamiento sobre temas aún no resueltos por la humanidad volviera a resonar en el mundo y se comenzara a estudiarlo. Quiera Dios que esta vez sí haya oídos atentos al tambor de sus palabras.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVI / 5 de febrero del 2024

  

 

 

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lunes, 8 de mayo de 2023

Besos entre sol y mar [CDXX]

Mileydi Juárez

 

 

 

María Alejandra Martín como María Eugenia
Alonso en
Ifigenia (1986), de Iván Feo

 

 

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.


Clarice Lispector (1974)

 

         El mundo nos habla del inicio y el fin, la naturaleza en sus incomprensibles instantes de belleza nos susurra: “Eres una gota de agua en el inmenso mar”. ¿Quién le dice al sol: “Apareciste muy temprano o no cumpliste tu labor hoy?”. Nadie, ni aún el comentario más hiriente, puede cambiar su curso. Lo vemos en el ocaso, que etimológicamente se refiere a la caída, el decaer del sol y guarda un íntimo vínculo con la necesaria oscuridad que envuelve y sucede a esta caída. Y así, las vidas humanas siempre distintas como el ocaso diario, son sin embargo menos predecibles y con propósitos siempre buscados; lo escribimos, cantamos, gritamos y silenciamos: ¿qué haré mientras esté aquí?, ¿cómo viviré mientras llega mi ocaso?

         La verdad es que si el astro rey tuviese la libertad de decidir entre nosotros y su tranquilidad de no hacerlo… ¿cambiaría algo? Lo vemos en la literatura y la oportunidad de plantear imposibles, realidades básicas y anhelos, en la hermenéutica, para comprender, reconocer e interpretar; en obras como Ifigenia (1924) de Teresa de la Parra (1889-1936), Don Quijote de la Mancha (1605-1615) de Miguel de Cervantes y en el presente.

         Partiendo de la hermenéutica gadameriana está el primer horizonte en Ifigenia. Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, con su ambientación de género realista en el siglo XX, apenas unos 100 años atrás; en la vida de María Eugenia Alonso y la alegoría a su sacrificio personal, al entierro de su libertad por una fuerza mayor, que ella misma describe como “deidad terrible y ancestral; dios milenario de siete cabezas que llaman sociedad, familia, honor, religión, moral, deber, convenciones, principios” (De la Parra, 1924, p. 310). En su diálogo personal luchan los anhelos de su alma contra las presiones de su entorno, así como el astro desciende al final de la jornada, ella observa cómo el ocaso la encierra en una prisión, apenas en el florecer de su vida. Ideales confinados a un rol predispuesto.

         A la par, en el siglo XVII, observamos el horizonte de la pastora Marcela en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Con su ambientación de novela realista tipo cínica, la imponente figura de una joven vista como frívola, alza la voz a los señalamientos en su contra. Un discurso que en sí mismo guarda fuerza, pero en el tiempo que es enunciado establece un precedente. Para ella, las opiniones de su belleza no son más que pretextos para recortarla una vez más en los patrones de la mente esclava: “Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso” (Cervantes, 2023, I, 14).

         Ahora bien, acertado es Hans-Georg Gadamer en su ilustración del proceso interpretativo como un “juego”, del cual no somos directores sino participantes: “El que juega se halla más bien arrebatado por una realidad «que le sobrepasa»” (Gadamer citado por Grondin, 2008 p. 75); la fusión de los horizontes entre María Eugenia Alonso y Marcela nos acerca a la humanidad de dos seres de épocas y contextos distintos, con la misma necesidad intrínseca de libertad que supera el entendimiento. Una libertad contemplada desde los inicios del mundo y, en palabras de san Agustín de Hipona, se refieren a “la voluntad del hombre que de modo natural se inclina a buscar los medios para ser feliz” (citado por Alonso García, 2009, p. 194). ¿Acaso esta es no la libertad clamada por estas dos jóvenes?, ¿no es la misma que se defiende en el presente?

         ¿La tradición literaria de los personajes femeninos establece una relación directa entre ellas? El prejuicio interpretativo lleva al lector a comprender la desigualdad entre los personajes como una regla establecida entre líneas. Una María Eugenia o Marcela en el presente seguirían siendo heroínas por valorar su esencia, aunque el ocaso de sus vidas no cumple el deseo de los valientes corazones. Son un reflejo de los autores, en su oportunidad de desarrollar personajes con vestigios de la injusticia humana que ellos han vivido. Las distancias temporales expanden la dimensión de los análisis al dar un paso fuera, como lectores e intérpretes.

         Cada día sin falta ni autorización, el sol culmina su recorrido entregándose al mar con un cálido beso en el horizonte. Los ocasos de cada personaje confirman las verdades del espíritu estudiadas en la hermenéutica; en su identidad almacenan información del pasado, con las experiencias del presente y los interminables hilos del futuro.

 

mile07juarez@gmail.com

 

 

 

Referencias bibliográficas

Alonso García, A. (2009). “Libertad y gracia en san Agustín de Hipona”. En González Ginocchio, D. “Metafísica y libertad”. Cuadernos de Anuario Filosófico 214, 193-200.

Cervantes, M. de (1998). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Centro Virtual Cervantes. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de https://cvc.cervantes.es/literatura /clasicos/quijote/edicion/parte1/cap14/cap14_02.htm.

De la Parra, T. (1982). Obra (Narrativa, ensayos, cartas). Biblioteca Ayacucho.

Grondin J. (2008). ¿Qué es la hermenéutica? Herder.

 

 

 

Año XI / N° CDXX / 8 de mayo del 2023

 

lunes, 1 de mayo de 2023

Libertad femenina: la pastora Marcela y María Eugenia Alonso [CDXIX]

Claudia Contreras

 

 

Teresa, una señorita cervantina
que escribía porque era libre

 

 

 

         Don Quijote de la Mancha (1605-1615) e Ifigenia (1924) tienen más cosas en común de lo que parece a primera vista. Aunque varios siglos de diferencia las separan, ya que pertenecen a los movimientos literarios del Barroco y del Realismo, respectivamente, Don Quijote de la Mancha e Ifigenia generaron un revuelo similar entre los lectores de sus épocas.

         Miguel de Cervantes (1547-1616) parodia las novelas de caballerías, leídas y escritas ad nauseam por aquella época, para dejarnos un mensaje claro: aunque no seamos héroes, podemos marcar una diferencia a nuestro alrededor si tenemos la convicción suficiente. Cervantes nos dio el Quijote para romper con el estereotipo de caballero solemne, para que pudiéramos identificarnos con él, y para humanizar personajes que antes eran unidimensionales. Don Quijote no es completamente una cosa o la otra: ni cuerdo ni loco, ni cobarde ni valiente, ni fuerte ni débil; lo que sí es, es humano. El Quijote representa a todos aquellos que nos atrevemos a recorrer un sendero persiguiendo nuestros sueños, sin importar cuán locos parezcamos.

         Por otra parte, Teresa de la Parra (1889-1936) nos muestra una mirada a la realidad de las mujeres que vivieron a principios del siglo XX a través de María Eugenia Alonso, una jovencita criada a la usanza europea, que tras la muerte de sus padres queda en la ruina, por lo que se ve obligada a vivir en Venezuela con sus familiares conservadores y a casarse con César Leal, a pesar de que ello contradice sus deseos e ideales. Teresa de la Parra hace algo similar a Cervantes, no heroíza a su protagonista: la humaniza, haciéndola actuar como lo haría una mujer de aquella época. María Eugenia hace pocos aspavientos, y aunque responde con hastío, acepta al final la realidad que le toca vivir; y convierte su diario, donde plasma lo que piensa, en su único escape. En Ifigenia vemos reflejada una sociedad que engulle la individualidad, y hace contrapeso como obra a Don Quijote porque muestra que no siempre podemos imponer nuestros ideales sobre las convenciones sociales.

         Exceptuando sus diferencias, ambas historias tienen en común que exploran distendidamente el mundo interno de sus personajes, y rompen así los estereotipos de la literatura de sus respectivas épocas. Don Quijote de la Mancha revirtió los clichés de la caballería y del heroísmo, mientras que Ifigenia fue pionera en enfocarse en la vida y deseos femeninos, en una época en la que a las mujeres aún les faltaba probar su valía y pertenencia a la vida social y política.

         Otro punto en común que tienen ambas novelas es el tratamiento de la libertad como tema. Llama especialmente la atención el personaje de la pastora Marcela en Don Quijote, por lo innovadoras que resultan sus ideas, sorpresivamente parecidas a las de María Eugenia de Ifigenia. Marcela, al igual que le sucedía a María Eugenia con César Leal, no deseaba corresponder el amor de Grisóstomo, puesto que proclamaba haber nacido libre y su hermosura no era sinónimo de sumisión ante los deseos ajenos.

         Sin embargo, hay una clara diferencia entre la libertad de ellas dos. Según san Agustín de Hipona (354-430), se puede “ser libre de” y “ser libre para” (Alonso García, 2009, p. 193). La primera implica desligarse de condicionamientos, y la segunda, disponer de sí mismo para la realización de los propios valores. La pastora Marcela es “libre para”, ella persigue sus propios ideales y elige estar sola, mientras que María Eugenia es “libre de”, ya que su crianza en Europa la desligó de los convencionalismos que imperaban en la vida de sus parientes de Caracas.

         Y según san Agustín, solo la “libertad para” es la libertad real que permite alcanzar un bien mayor; tal vez es por eso que nadie en el Quijote logra tener la superioridad moral para despojar a la pastora Marcela de la libertad de vivir tranquila; mientras que a María Eugenia solo le basta pasar un tiempo en Caracas para perder su “libertad de”, ya que su reticencia a adherirse a las normas morales y sociales de Caracas la ablandan su abuela y su desdeñado esposo, César Leal, con relativamente poco esfuerzo.

         Ambos personajes se relacionan, a pesar de pertenecer a épocas completamente distantes, porque las ideas de la pastora Marcela se adelantaron a su época; y porque María Eugenia se crio en París, donde había valores más modernos que los de la sociedad caraqueña de la década de 1920. Sin las ideas revolucionarias de Cervantes ni las propias experiencias de Teresa de la Parra en Europa, no habría sido posible que ambas obras se encontraran en ese aspecto.

         Ampliando un poco lo anterior, podemos decir que el discurso de Marcela en el capítulo XIV de la primera parte de la novela es innovador porque no se concebía en la época de Cervantes que una mujer eligiera su pareja, ni que reivindicara su hermosura como un medio de ejercer poder sobre los demás (aunque este no fuera el fin que ella persiguiera), ni mucho menos, que esas ideas surgieran en una mujer con relativamente poca instrucción formal.

         El discurso de María Eugenia Alonso resulta un poco menos impactante al contextualizarlo en su época y sus experiencias de vida, ya que no era de extrañar que una señorita culta, criada en los modernos valores europeos y en unos tiempos en los que la mujer se estaba comenzando a despojar de sus roles tradicionales, reflejara libertad en su conducta; sin embargo, el choque que producen los ideales de María Eugenia con los de sus parientes caraqueños, y la escandalizada reacción del lector venezolano a esos ideales, es suficiente muestra de que en aquella época de la Venezuela gomecista, Europa estaba mucho más adelantada socialmente, por lo que la novela de Teresa de la Parra aún resulta innovadora en el contexto latinoamericano.

         Para concluir, ambas novelas marcaron un hito en sus respectivas épocas por traer conceptos innovadores sobre la libertad y los derechos de las mujeres, y debido a ello, ambas merecen ser tomadas como pioneras de sus movimientos literarios.

 

clau.hernandez.1015@gmail.com

 

 

 

Referencias

Alonso García, A. (2009). “Libertad y gracia en san Agustín de Hipona”. En González Ginocchio, D. “Metafísica y libertad”. Cuadernos de Anuario Filosófico 214, 193-200.

Cervantes, M. de (1998). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Centro Virtual Cervantes. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de https://cvc.cervantes.es/literatura/clasicos/quijote/edicion/parte1/cap14/cap14_02.htm.

De la Parra, T. (1982). Obra (Narrativa, ensayos, cartas). Biblioteca Ayacucho.

López Navia, S.A. (2022, julio, 24). “La pastora Marcela: una precursora del feminismo en el Quijote”. The Conversation. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de: https://theconversation.com/amp/la-pastora-marcela-una-precursora-del-feminismo-en-el-quijote-187037.

Silva-Arenas, A. (2022, marzo, 22). “Teresa de la Parra, una literatura cargada de historia y feminismo”. Material Cultural. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de: https://www.materialcultural.com/teresa-de-la-parra-una-literatura-cargada-de-historia-y-feminismo/.

 

 

 

Año XI / N° CDXIX / 1° de mayo del 2023

 

domingo, 23 de abril de 2023

Teresa de la Parra también [CDXVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

San Jorge y el dragón (circa 1470), de Paolo Ucello

 

 

         Hace unos años, cuando comenzó a sonar a mi alrededor el Día del Libro y del Idioma, y me di cuenta de que la fecha, 23 de abril, era la de la muerte de Miguel de Cervantes y de William Shakespeare —coincidencia que conocía desde hacía bastante tiempo— me puse a averiguar si existían otros escritores relacionados con esa fecha, y, para mayor sinceridad, guardaba la esperanza de que los hubiera muchos nacidos, más que fallecidos, en esa fecha. La primera vez, me tropecé solamente con el inca Garcilaso de la Vega, y lo mencioné apenas tuve la ocasión en mis clases y en el auditorio de la Facultad de Humanidades. El año siguiente, me encontré el dato de que en esa fecha había muerto Teresa de la Parra también.

         Desde entonces, levanto siempre el dedo para incluirla cuando se menciona o se celebra la fecha. Ya saben por qué lo hago: porque es venezolana en un mundo centrado en Europa, porque escribe en español en un mundo obsesionado con el inglés, porque es mujer en un mundo dominado por los varones, pero si tuviera que resumir y quedarme con una sola razón, la mencionaría siempre porque escribe con delicadeza en un mundo hundido en la vulgaridad.

         Para decirlo brevemente, Teresa de la Parra escribió dos novelas —Ifigenia, diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba (1924) y Las memorias de Mamá Blanca (1929)—, al menos dos diarios de viajes —Por el lejano Oriente... el diario de una caraqueña (1920) y Diario de Bellevue-Fuenfría-Madrid (1931-1936), publicado póstumamente—, tres cuentos fantásticos —“Historia de la señorita Grano de Polvo, bailarina del sol”, “El genio del pesacartas” y “El ermitaño del reloj”, también póstumos—. Escribió además, digamos que como ensayista, tres conferencias que reciben el título general de Influencia de las mujeres en la formación del alma americana, y buena cantidad de cartas que, probablemente, no se hayan recopilado aún en su totalidad.

         Qué difícil es escoger un fragmento de alguno de estos textos para ejemplificar, en un artículo tan breve, la suavidad de la prosa de nuestra escritora más aplaudida del siglo XX. Ifigenia, para comenzar, es lo que se llamaría hoy una “fusión” de salsas en que se cuecen diversos géneros. Aunque tiene en la portada el subtítulo de diario, la novela comienza con una larga carta que María Eugenia, la narradora protagonista, le escribe a su antigua compañera de estudios en París; uno podría decir que a menudo la narradora recurre a la poesía para expresar, para narrar, pero no es cierto: toda su narración es totalmente poética todo el tiempo. A lo largo de aquella carta, narra episodios de su llegada a Caracas y su reencuentro con personas que conocía desde su infancia. Cuando se encuentra de nuevo con los sirvientes de su casa, le cuenta a su amiga:

 

Porque has de saber, Cristina, que Gregoria, la vieja lavandera negra de esta casa, contra el parecer de Abuelita y de tía Clara, es actualmente mi amiga, mi confidente y mi mentor, pues aun cuando no sepa leer ni escribir, la considero sin disputa ninguna una de las personas más inteligentes y más sabias que he conocido en mi vida. Nodriza de mamá, se ha quedado desde entonces en la casa, donde desempeña el doble papel de lavandera y cronista, dada su admirable memoria y su arte exquisito para planchar encajes y blanquear manteles. Cuando yo era chiquita y me venía a pasar el día aquí en la casa de Abuelita, era Gregoria quien me daba de comer, quien me contaba cuentos y quien a escondidas de todos me dejaba andar descalza o jugar con agua, atendiendo de este modo al bienestar de mi cuerpo y de mi espíritu. Y es que su alma de poeta, que desdeña los prejuicios humanos con la elegante displicencia de los filósofos cínicos, tiene para todas las criaturas la dulce piedad fraternal de san Francisco de Asís. Este libre consorcio le ha hecho el alma generosa, indulgente e inmoral. Su desdén por las convenciones la preservó por siempre de toda ciencia que no enseñara la naturaleza. Por esta razón, además de no saber leer ni escribir, Gregoria tampoco sabe su edad, que es un enigma para mí, para ella y para todo el que la ve. Blanqueando manteles y planchado camisas, mira correr el tiempo con la serena indiferencia con que se mira correr una fuente, porque ante sus ojos franciscanos, las horas, como las gotas de la hermana agua, forman juntas un gran caudal fresco y limpio por donde viene nadando la hermana muerte. Como te he dicho ya, cuando yo era chiquita, me cuidó siempre con la ternura poética con que se cuidan las flores y los animales. Por eso, aquella tarde, al reconocerla asomada a la puerta de la romanilla, corrí hacia ella movida por el mismo impulso que hace temblar de alegría y de felicidad la cola agradecida de los perros.

 

         María Eugenia se reencuentra también con su tío Pancho, hermano de su difunto padre, y comienza un intercambio intelectual de lo más jugoso. El tío Pancho parece concordar con la sobrina en muchos puntos referentes al feminismo que trae María Eugenia en la mente. Ella despliega sus reflexiones sobre el tema haciendo referencia a autores como Cervantes y personajes como la pastora Marcela, con los cuales crea una fascinante madeja de pensamientos y detalles en el nivel estructural de la narración. Es notorio en este punto que Teresa de la Parra, que es mujer, pone su discurso feminista en labios del tío Pancho, que es hombre; Cervantes, que es hombre, lo pone en labios de Marcela, que es mujer. En Don Quijote el protagonista defiende a un personaje que después de esa escena desaparecerá; en Ifigenia el personaje secundario defiende a la protagonista. Y este tejido, junto con otros momentos que quizá uno tarda en percibir, se va construyendo una obra no solamente bella sino, sobre todo, profunda.

         La defensa de la mujer es un tema tan profundo para De la Parra que no ha de haber sido gratuita su aparición frente a diversos escenarios para exponer sus ideas al respecto. El título de su ensayo, que por lo que cuenta, le costó algún trabajo porque deseaba hacerlo, de entrada, revelador de su contenido y de su empeño, nos deja claro que la autora ha buscado y encontrado los objetos y sujetos de su alegato en su propia tierra. Las mujeres han construido, junto con los hombres y no detrás de ellos, el “alma americana” (que Bolívar llamaría “colombiana”).

         En cierto párrafo de este texto, De la Parra explica que, estando en Nueva York y en La Habana, pensó en recoger más datos en estas ciudades para hablar de las mujeres de aquel momento,

 

Y los adquirí en efecto, pero al mismo tiempo me abandonó la vocación al momento propicio de escribir. [...] Me he quedado, pues, por todo haber con mis mujeres abnegadas. Hablando con toda franqueza, les diré que allá en el fondo de mi alma las prefiero: tienen la gracia del pasado y la poesía infinita del sacrificio voluntario y sincero.

 

         Estos dos extractos nos revelan que su defensa corre junto con el aprecio de aquellos (o aquellas) que no han sido tan afortunados como ella, que no han podido estudiar, viajar, cultivarse. No es la suya, entonces, una actitud superficial y egoísta que busque el vano placer de figurar, sino un anhelo de justicia para todos.  Cervantino y quijotesco anhelo, indudablemente.

         Teresa de la Parra es entonces digna de ser recordada hoy y muchos días del año, por la belleza de su obra y por el empeño humano, el sueño que alberga. Ojalá tuviéramos más tiempo y espacio para dedicárselo, a ella y a su obra. Hoy tenemos que celebrar el libro y el idioma, el libro y la rosa, a san Jorge y a la damisela en aprietos, a Cervantes y a la lengua que nos da ojos para ver el mundo, pero, por las mismas razones que a todo esto, a Teresa de la Parra también.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXVIII / 23 de abril del 2023

DÍA DEL IDIOMA

 



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