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lunes, 4 de marzo de 2024

El mexicano nuestro de cada día [CDL]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Dolores del Río y Pedro Armendáriz como María Candelaria
y Lorenzo Rafael, en 1943

 

 

 

         ¿Qué oye uno decir a todos los niños que este año están en primaria, cuando se sorprenden por cualquier cosa? “¡No manches, güey!”, exclaman todo como si les pisaran una tecla. ¿Qué les brota de los labios si se tropiezan con algo que no entienden o que no han visto antes? “¡¿Qué fue, mano?!”. ¿Qué se les escapa cuando quieren escuchar la verdad y nada más que la verdad? “¡La neta!”. A uno no le hace falta haber visto ni una sola película de Cantinflas, ni un solo capítulo de El Chavo del 8 ni una hora del Carrusel de la señorita Jimena, para adivinar que estas y otras expresiones provienen de México lindo y querido.

         No es nuevo. Cuando yo estaba en primaria algunos niños de mi escuela (y supongo que yo mismo) decían de vez en cuando, para bromear (porque así comienza esto, bromeando): “A poco no tienes miedo de que la maestra te descubra la chuleta en el examen?”. Y teníamos una vecina, que había llegado a mi familia una generación antes que yo, que, por influencia de Pedro Infante y de Sara García, ya decía a cada rato: “¡Híjole, mi cuate, qué padre!” cuando mi abuela le servía algún postre muy rico. No es nuevo, pero el mundo ha cambiado varias veces de forma y contenido desde que Dolores del Río y Pedro Armendáriz protagonizaron María Candelaria. Ahora no son algunas personas aquí y tres o cuatro allá que se acuerdan de estas expresiones a tiempo para utilizarlas en su discurso cotidiano. Ahora son casi todos los niños —¡los niños!— los que hablan tan mexicanamente como  si estuvieran creciendo en Tijuana o en Jalisco. Es decir, para ellos esas palabras y expresiones pertenecen a su lengua materna. Las utilizarán toda su vida y se las enseñarán a sus hijos.

         Está claro que el inmenso poder de difusión que tuvo la época dorada del cine mexicano, que influyó en el castellano de la América en que la generación de mi abuela comenzó a ir al cine, a tener sus legendarios “ídolos” de la juventud, a querer parecerse a ellos, y, después, la inmensa influencia de la televisión de El Chavo, La carabina de Ambrosio y Marimar, ha sido superada por el poder, aún no completamente revelado ni comprendido por todos, de monstruos como YouTube y TikTok —o más bien de los youtubers y los tiktokers.

         Y por obra y gracia de algún artilugio incomprensible, de alguna magia cibernética, la inmensa población que “hace” televisión por el torrente de canales que ahora ofrece Internet ha desembocado en la idea de que tiene que hablar como los mexicanos. Quién sabe si se deba que durante décadas y décadas todos los productos audiovisuales que nos llegaban de otros idiomas venían cernidos por el doblaje con acento mexicano. Sí, el que todos se empeñan en llamar “español neutro”, pero que nunca suena argentino ni colombiano, sino mexicano.

         Entonces, si usted vive en un país de habla española, pero no tiene hijos, pídale a un hermano, a una prima, a un amigo que lo invite un día a la escuela de un hijo de ellos a recogerlo al final de las clases. Y con tan sólo estar un rato en la puerta de la escuela —porque si el portero es responsable en la aplicación de las normas, a usted no lo dejará entrar—, será suficiente para comenzar a recolectar las nuevas expresiones que se usarán dentro de 30 o 40 años en su país y que todo el mundo defenderá como las más normales de la variante que habla usted ahora. Y ya verá que serán casi todas mexicanas. Mejor será que las aprenda.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDXLX / 4 de marzo del 2024

 

 

 

lunes, 4 de septiembre de 2023

El Hombre de la RAE y Otrova Gomas [CDXXXI]

Edgardo Malaver

 

 

Los gemelos Malvin (izq.) e Ivan Albright pintan a Dorian Gray 

para una película de 1945. Fuente: Britannica


 

 

 

         Hace casi una semana me he reído un cuarto de hora seguido con un video de José Mota protagonizado por un nuevo personaje de este comediante español: el Hombre de la RAE. No tenía noticias de él desde los tiempos en que hacía con Juan Muñoz el programa Punto y raya, donde muchas veces la lengua era puesta en el centro de la escena para producir situaciones jocosas y, como corresponde a los buenos humoristas, propicias al pensamiento.

         En realidad El Hombre de la RAE no es nuevo, es del 2018, pero yo lo descubrí esta semana. Es una especie de superhéroe, de abogado, de centinela de la lengua española, arropado en una capa negra a lo Conde de Montecristo y con un sombrero, también negro, que parece herencia de Abraham Lincoln. Como todo héroe solitario, lleva consigo a un amigo inseparable, un escudo insustituible, que le sirve de arma, arrojadiza a veces, más poderosa las más de ellas que las armas blancas y las de fuego, forrado en tapa dura negra y título en letras plateadas: el archiconocido Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, de Joan Corominas y José Antonio Pascual, o sea, el Corominas.

         Normalmente entra el personaje en escena cuando alguna persona (que habla por teléfono, que está rompiendo con su cónyuge, que está a punto de morir, que está siendo torturado por unos terroristas) dice una palabra o construye una oración con un error, un ataque, una ignominia contra la gramática de la lengua española. El Hombre de la RAE interrumpe cualquier conversación y ante la protesta de los demás personajes, él se limita a seguir corrigiendo las fallas que van apareciendo. Después todo termina con una coreografía en que, para resumir, el superhéroe se compara, en la defensa de la lengua, ¡con el Cid Campeador!

         No logro dejar de reír al acordarme de esta, para mí, nueva idea de Mota. Y no puedo dejar de conectarla con aquel ingenioso cuento del inmortal Otrova Gomas, que se titulaba “Los fiscales del idioma” (Historias de la noche, 1989) (puede leerlo más adelante en los comentarios). En él, un ministerio de cultura crea un cuerpo de policía específico para identificar, perseguir, atrapar y castigar a los infractores de la ortografía, la sintaxis y hasta la prosopopeya del español en el territorio venezolano. La historia se desarrolla de una manera tal que, después de un tiempo, sobreviene el desastre menos esperado.

         La aproximación humorística a este asunto es quizá la única que produce algún resultado provechoso. Todos los esfuerzos que ha hecho el hombre por eliminar las “imperfecciones” de la lengua que habla (que paradójicamente se ha construido sobre los “errores” lingüísticos de sus antepasados) han estado siempre condenados al fracaso y en él han sido enterrados tarde o temprano. La vida cotidiana se opone, la “ignorancia” de las reglas se opone, la creatividad de los hablantes (especialmente la de los más jóvenes) se opone, las telecomunicaciones se oponen, la influencia de otros idiomas se opone. Y se opone, ¡qué esperanza!, la lengua misma, respaldada por su evolución. El punto en que se han ubicado Gomas y Mota para presentar el “fenómeno” nos permite por lo menos identificar las fallas de otros tratamientos. Nada más comenzamos a reflexionar, nos damos cuenta de que la lengua, todas las lenguas, se conducen cual niños antojadizos y, por ende, no vale sino esperar que crezcan e ir aprendiendo con ellos. No se les puede colgar con un clavo en la pared, como un retrato, y pretender que no sean hoy de una forma y mañana de otra. ¡Ni Dorian Gray logró eso!

         El cuento de nuestro Gomas, como bien podría suceder en los videos de Mota si fueran una historia unitaria, desemboca en el silencio, que es la negación de las bondades de la lengua (aunque también la confirmación de sus riesgos). Pero sabemos que la lengua corta mejor con su filo romo que con el otro, que es el de cortar carne. Como dice la sabiduría popular, se atrapan más moscas con miel que con vinagre. Ambos textos nos llevan a la misma conclusión: que el sinsentido, el absurdo, el reproche a la andadura natural de la lengua, en una palabra, la aplicación insensata y forzosa de las normas, aumenta la proximidad de su fin, exageran la gravedad del mal que se desea evitar y, por si eso fuera poco, envilece la belleza del tesoro que se desea proteger. Mejor es reír.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXI / 4 de septiembre del 2023

 



Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 26 de junio de 2023

¡Ay! [CDXXVII]

Edgardo Malaver

 

 

 

Ay, luna que sales... Ay, luna mala... Ay, triste luna,
dice García Lorca en
Bodas de sangre (1933)

 

 

         Estoy en la sala de mi casa y oigo que un niño pequeño emite sonidos en el pasillo. Oigo a su madre decirle palabras cariñosas. Parece que está aprendiendo a caminar. En cierto momento, parece que cae al piso dando pasos hacia su casa. “¡Ay!”, dice claramente. Es la primera palabra inteligible que le oigo decir desde hace rato. La madre, aparentemente, lo toma en brazos para consolarlo y entra con él en su casa. Vuelve a decir “Ay” mientras ella cierra la puerta.

         Ay. Un niño que está aprendiendo a caminar pierde el equilibrio, cae sentado y le dice: “¡Ay!”. Un obrero se pisa un dedo con el martillo y exclama: “¡Ay!”. Una persona mayor se entera de la muerte de un familiar y lanza un doloroso “¡Ay!”. Los vendedores de verduras de Sevilla en el siglo XIV, Juana la Loca pariendo a Carlos V, los bailarines del ballet de Buenos Aires, los pescadores de Yucatán y de Güiria, los abuelos que se reúnen al leer el mismo periódico por turnos, las secretarias de los empresarios cafetaleros, el ingeniero que construye una carretera... todo aquel que haya estado expuesto a los sonidos de la lengua española, aunque sea unos pocos meses, como mi pequeño vecino, encuentra en estas dos vocales la expresión fiel y precisa de la sensación física que experimenta en la piel, en el corazón o en el espíritu. Dolor, soledad y tristeza —y también, a veces, alegría— salen de nuestros labios convertidos en un sonoro ay, que no admite competencia, ni en fuerza ni contenido, por parte del anodino motivo de la brevedad vocal.

         Lo natural —que no todo en la lengua es cultural—, lo socialmente natural, lo espiritualmente natural en esta lengua del flamenco y del galerón, el idioma de las canciones de cuna y el discurso científico, el habla de García Lorca y de García Bacca, lo natural, digo, si caminamos descalzos por la casa y tropezamos con la pata de la mesa, es el simplísimo ¡ay! de las primeras palabras que aprendimos de nuestras madres, antes de aprender a caminar. Todo el castellano de mi madre y de sus abuelos cabe en esa gota mínima de un ay. ¿De dónde trajeron ese fulano auch! que dicen tanto?

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVII / 26 de junio del 2023

 



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¡Ay, qué noche tan preciosa!
De cómo las flores aprendieron a leer y escribir
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Mala mía


lunes, 9 de marzo de 2020

¡Ay y reay! [CCXCIV]

Edgardo Malaver



El reloj de sol de La Asunción ha sido fiel
a su identidad desde 1612


         Mi madre cuenta que ella tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un fuerte zapatazo en el piso y exclamaba: “¡Ay y reay!”. No puedo dejar de pensar en aquel personaje de mi familia cuando oigo esa difícil interjección que utilizan ahora los niños (y gente adulta también) para casi todo. Se pisan un dedo con la puerta y lanzan un “¡Auch!”. Se equivocan de nombre al llamar a alguien y dicen: “¡Auch!”. Se delatan acerca de quién les hizo la tarea y exclaman: “¡Auch...!”.
         Incomprensiblemente para ellos mismos, escriben “Ouch!” y ay de aquel que insinúe que ouch es una palabra extraña para la lengua española, y mucho más si se les dice que la señal más clara de ello es que no se escribe como se pronuncia... ¡y que es dificilísima de pronunciar! Unas cuantas personas me han dicho que prefieren decir reló porque esa jota al final de la palabra reloj como que les “lengua la traba”, pero si el reloj les roza con una pared, con toda naturalidad gritan: “¡Auch!”.
         ¿Es natural en español terminar una palabra con el sonido /ch/? Las únicas dos palabras que me vienen a la mente son Múnich y sándwich, y ya ven ustedes, por encima nada más, cuán extranjeras son. Casi ni han cambiado siquiera su grafía. Y falta mencionar que muchos, como les pasa con reloj, prefieren decir Múnic y sánduche (o incluso sangüi), que parecen ya resultado del manoseo de la lengua receptora (y, por ende, muchísimo más naturales).
         La lengua española, como todas las demás, siempre ha estado expuesta a la llegada de palabras extranjeras —y ni siquiera es eso: es que hace el ridículo quien intenta detener esa inmigración—, pero nunca será absurdo sugerir que tengamos criterio, que reflexionemos, que por lo menos un instante tengamos conciencia de la forma de decir lo que decimos. La última vez que se presentó este punto en una de mis clases, me sorprendí a mí mismo (porque no me creía capaz de tan serena reflexión) diciéndoles a los estudiantes que cuando uno se niega a usar una palabra o una expresión natural de su idioma para usar una que acaba de llegar, está cediendo territorio de su propia identidad; al hacerlo, puedo parecer cool, pero también doy señales de ignorancia (al menos de la ignorancia que padeceré en el futuro cuando olvide mis propias palabras y sólo recuerde las ajenas); al preferir las palabras extranjeras, voy quedándome desnudo, voy poniendo en manos desconocidas mis claves culturales, mis formas de entender el mundo, mi conducta habitual ante los hechos cotidianos; cuando, what the fuck!, me gustan más los sonidos de otro pueblo, que ni siquiera tengo esperanzas de ir a visitar alguna vez, voy codificando mi propia historia en los términos de otros, del todo extraños para mí, de modo que un día dejaré de ser yo y seré alguien más, seré un forastero en mi propia casa, mi propia madre no me reconocerá porque ya no hablaré el idioma que ella me enseñó.
         Muchos de ustedes dirán que deseo que la gente hable como yo. ¡Dios me libre de eso! Sólo se me ocurre decir que, aunque luzca un asunto simple, es decir, sin la más leve importancia, es un problema. Y el problema no es el uso de la palabra extranjera (porque al fin y al cabo todas las palabras han sido alguna vez extranjeras, como la gente), sino el hábito de no reflexionar al seguir una moda simplemente por parecer especial, por parecer moderno, por parecer inteligente.
         El problema no es de ninguna manera la palabra ouch, escríbase como se escriba, pronúnciese como se pronuncie, porque ya llegará el momento en que se hará mayor de edad entre nosotros y le daremos documentos de ciudadanía. El problema es otro. Lo que es más, me imagino que en el futuro, algún nieto de mis hermanos les contará un día a sus hijos: “Yo tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un zapatazo y gritaba: “¡Auch y reauch!”.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIV / 9 de marzo del 2020





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