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lunes, 12 de febrero de 2024

Palabras del uno al mil cien [CDXLVII]

 Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Los números, al final, también son palabras

 

 

         No existe forma de eludir este dilema. Apenas comienza uno a ganar confianza en la escritura, se da en la frente con la dura piedra de cómo escribir las cantidades de cualquier cosa: ¿en números o en letras? Y por fortuna, es un asunto sencillo, porque existen otros que ni Aristóteles que “resucitara sólo para ello”.

         En realidad, no debería ser tan difícil resolverlo. Lo difícil es poner de acuerdo a la multitud de gente que ha propuesto soluciones y a los que adoptan esta y aquella. ¿Y lo peor de todo? Que muchas de estas soluciones son buenas.

         Primero hay que considerar que, en cuanto a su escritura, al menos los números enteros pueden ser divididos en dos grandes grupos: los que pueden escribirse como una sola palabra y los que tienen que ser escritos en varias. Comenzando por el principio, del 1 al 30 todos se expresan mediante una sola palabra: del uno al treinta. En este caso me gusta la “norma” de la Academia que recomienda escribirlos así: toda cantidad que se pueda expresar con una sola palabra, que se escriba con una sola palabra; lo que no, en números. Lo que no me gusta es que en los ambientes científicos es mejor violar esa norma —habrán observado las dóciles comillas que le puse a la palabra norma— en nombre de la precisión matemática. No me gusta a mí, pero es innegable que tiene sentido.

         Después del 30, comienza la alternancia. Inmediatamente viene el treinta y uno, y sigue así hasta que tropezamos con el cuarenta. Y se repite el ciclo con cada decena hasta el 100. Tiempo atrás era regla escribir treintiuno, cuarenticinco, sesentinueve, etc., con lo cual los primeros 100 números de cuantos existen formaban un solo grupo; del 101 en adelante, hasta el 1.100, se escribían en dos palabras (ciento veintiuno, novecientos cincuentiséis, mil setentidós). Más allá, se iba incrementando, lentísima y alternativamente, la cantidad de palabras necesarias, era después de esto que comenzaban las comprensibles complicaciones. En el presente comienzan antes.

         También me gusta la “norma” más habitual en el mundo del periodismo, que dice que del 1 al 10 se escriban las cantidades en palabras y de ahí en adelante en números. El problema, otra vez, es que no nos ponemos de acuerdo, sobre todo porque todos tenemos razón y los demás no han estudiado suficiente.

         En el mundo de la redacción jurídica, judicial e incluso policial existe la manía de usar los números y “aclararlos” entre paréntesis: “El inquilino pagará 550 (quinientos cincuenta) bolívares cada mes...” (a veces también lo veo al revés), como si fuera posible leer 550 de alguna otra manera que ‘quinientos cincuenta’. Tengo un primo que estudió derecho que dice que esto “se hace por el temor de que nos hagan la trampa que estamos tratando de hacer nosotros”. Verdaderamente, otro mundo.

         Otra manía, mucho más llamativa, porque es padecida por el mundo en que uno supone que las cosas están más claras con respecto a la lengua, es la de cambiar (o prestarse para cambiar) el signo que hemos utilizado en español desde hace siglos para separar las unidades, decenas y centenas de las unidades, decenas y centenas de mil (y más allá). Siempre hemos utilizado el punto para ese fin... y la coma para los decimales. La razón que pone la Academia para poner el mundo al revés parece infantil (o peor, adolescente): que en el mundo entero la mayoría lo hace así. Tanto escándalo que hicimos cuando los fabricantes de computadoras quisieron eliminar la eñe de los teclados, ¿y ahora vamos a cambiar la coma por el punto y el punto por la coma como si fuéramos ovejitas a las que les da lo mismo el perro que les ladre?

         En suma, aunque parece menos sencillo ahora que hace unos 80 años clasificar los números para decidir si se escriben con una, dos, tres o más palabras, sigue siendo razonablemente sencillo saberlo tomando en cuenta que hay un orden que es también bastante razonable. Y ese orden tiene la ventaja de coincidir con la forma lexical de las palabras que nombran el número. Números y palabras existen para aclararnos el mundo: lo que no debería pasar es que nos perdamos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXLVII / 12 de febrero del 2024

 

 

 

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lunes, 17 de octubre de 2022

Agudos y obtusos [CCCXCVIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Con tres ángulos basta para un teorema.
Pitágoras en
La escuela de Atenas (1511),
de Rafael Sanzio

 

 

         Ahora es martes. Dos de la tarde. Llego al salón de mi niña para recogerla y, mientras espero que recolecte sus cosas, miro por la ventana. Veo en la pared de enfrente un afiche sobre los tipos de ángulos, escrito con la letra de la maestra, y me digo: “Ah, comenzaron con los ángulos”. Y comienzo yo a prepararme mentalmente para hablar de ángulos durante toda la semana y encontrar ángulos por todas partes y contar mis experiencias con los ángulos cuando estaba en primaria. Me digo: “Voy a memorizar el primer tipo, de modo que el segundo se defina por descarte. ‘Ángulo agudo: menos de 90 grados’, dice el afiche. Muy bien, lo teng... Un momento: el agudo se llama así porque es como una punta de lápiz, como un pico de pájaro, como un diente de cocodrilo. ¡Y todas esas cosas son agudas, puntiagudas, o sea, pinchan, porque tienen un vértice de menos de 90 grados! Son ángulos cerrados. Por no haberme dado cuenta de esto era que muchas veces me confundía en primaria.

         En ese momento sale mi niña del salón y me cuenta sobre el tema de la clase. Dice:

         —Los ángulos de más de 90 grados se llaman... ay, se me olvidó.

         —¿Obtusos? —le propongo.

         —¡Sí! ¡Obtusos!

         —Un momento, obtuso significa ‘cerrado’, así que...

         —No, papi, los cerrados son los agudos.

         —Sí, sí, claro que sí, pero fíjate, cuando una persona no entiende ni acepta una opinión diferente a la suya, se dice que es una persona obtusa. ¿Por qué será que los dos nombres de los ángulos significan ‘cerrado’?

         Al llegar a casa buscamos en el diccionario. Y así vengo a descubrir, después de tanto tiempo de terminar la primaria, que obtuso no equivale a cerrado sino a romo, y romo es antónimo de agudo. Obtuso es antónimo de agudo.

         Es decir, cuando una mente obtusa no ve, no comprende, no respeta una visión diferente a la suya, lo que pasa no es que se cierre a ella, sino que no es capaz de hacer distinciones muy detalladas, no se permite a sí misma detenerse a separar filamentos de ideas ni mínimas diferencias entre palabras. Lápiz de punta roma, que sólo puede hacer trazos gruesos, no admite líneas finas.

         —Qué alegría me da —le digo a mi maestra de ocho años— aclararme ese enigma que he tenido tanto tiempo en la mente.

         Pero la alegría de hoy me dura poco, porque, entusiasmada por mi aprendizaje, sigue contándome y pronto llegamos a los ángulos... ¡cóncavos y convexos! Es demasiado para mi pobre mente. Es otra dualidad que no logré desentrañar a partir de sus nombres cuando era un inocente escolar. Y, a simple vista, no veo la respuesta ahora tampoco. Ojalá que la semana que viene, al llegar a la escuela de mi niña hermosa, la luz del conocimiento le haya entregado, para mí, esta otra respuesta tan largamente esperada.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año X / N° CCCXCVIII / 17 de octubre del 2022

 

lunes, 12 de febrero de 2018

Unidades de mil, unidades de millón [CXCIII]

Edgardo Malaver


 
Catedral de San José, aledaña a la Plaza
Santander de Cúcuta, Colombia (foto del autor)


         Esta historia tiene dos extremos, dos episodios que están al principio y al final, pero mañana mismo puede aparecer un episodio que vaya más allá, y habrá que escribirlo todo otra vez. En enero del 2017, de regreso de Perú por Cúcuta, al preguntarle a un taxista el precio del viaje desde la Plaza Santander hasta el puente internacional, éste me respondió: “Doce pesitos, paisano”. Naturalmente me sorprendí de cifra tan insignificante, pues unos amigos me habían aconsejado no pagar más de 10.000. Cuando le manifesté mi confusión, me respondió: “Doce mil, doce mil, por supuesto”.
         Hace tres o cuatro días oí contar en mi casa que un obrero se había presentado recientemente en un banco, en Caracas, a cambiar un cheque con que le habían pagado un trabajo. Con la esperanza de no llevar por la calle un paquete demasiado grande que llamara la atención de los ladrones, preguntó si le podían dar, al menos, 60 billetes de 20.000 bolívares, es decir, un millón doscientos mil. La señorita que lo atendía experimentó una sorpresa parecida a la mía en Cúcuta, porque el cheque decía, en letras y en números, que debía entregar a aquel cliente 1.200 bolívares, ni un céntimo más.
         ¿Por qué está pasando esto en Venezuela y en Colombia? En un artículo anterior de Ritos comentaba la aparición de un “nuevo plural” en el español venezolano. Algún nexo debe haber con este otro fenómeno, aunque el de ahora no me parece tan fácilmente comprensible. ¿Qué puede haber causado que, de repente, los hablantes cuenten, con toda normalidad, hasta 999.999 e inmediatamente después digan: “Mil”, en lugar de “Un millón”?  Es posible que el hábito de acortar las cifras “redondas” elidiendo la palabra mil, cuando el contexto indica que todos se refieren a cifras muy altas (lo que en lingüística se llamaría el menor esfuerzo) “engañe” al cerebro, que, al no haber registrado aún, literalmente, el número 1.000 en estos conteos, se decide a terminar en él la cuenta en que se han estado mencionando sólo unidades, decenas y centenas simples.
         También en este caso tiene que tener su participación el contexto, que está metido en todo, pero ¿hace falta que le pase a uno una escena como la de aquel obrero en el banco para percatarse de los inconvenientes de contar de tan disparatada manera? ¿Tiene que pasar por el ridículo o por la estafa para darse cuenta de que 850.000 más 850.000 no da 1.700, ni siquiera tratándose de bolívares... o de pesos? ¿Esto es señal de una extrema habilidad o de torpeza? Si lo es de habilidad, ¿dónde ha dejado la gente que suma así sus quejas sobre las complicaciones matemáticas? Y más allá, ¿esta contrariedad, esta confusión, este fenómeno es meramente matemático o es también lingüístico? Ya ustedes saben mi opinión.
         El año pasado, cuando ya estábamos en el avión de San Cristóbal a Maiquetía, le comenté a mi familia mi conversación con el taxista en Cúcuta. Todos se sorprendieron, es decir, no lo habían oído antes. Al día siguiente, cuando salí a la calle en Caracas, como por obra de magia, todo el mundo estaba hablando como aquel taxista.
         El extremo final de esta historia da la conclusión de que la mayoría de los hablantes, por lo menos en Venezuela, están cambiando los números mediante la herramienta de la lengua... aunque no es lo único que están cambiando. No sé si algún Saussure sabrá explicarse semejante actitud.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CXCIII / 12 de febrero del 2018






lunes, 27 de junio de 2016

Las matemáticas son una sola [CXIII]

Edgardo Malaver



¿Matemática o matemáticas? No parece
sencillo ponerse de acuerdo



         Imagino que usted, como yo, habrá dicho alguna vez las matemáticas no fallan, no dan las matemáticas, ya no hacen las matemáticas como antes. Muy bien, en el habla parece muy adecuado, pero ¿se ha dado cuenta de que, en el terreno formal, ese plural no tiene sentido? ¿Cuántas matemáticas existen? ¿A quién le preguntamos? ¿A Newton, a Descartes, a Tales de Mileto? ¿Al Hombre que Calculaba? Uno siente que, ante una pregunta así, debería acudir a los especialistas, pero resulta que ese camino no ofrece muchas esperanzas. Por grande que sea, y no lo es, el cúmulo de datos que nos ofrece Internet nos deja más o menos en las mismas. Las fotografías de fachadas de escuelas universitarias dedicadas a la ciencia de Euclides no ofrecen mucha claridad o uniformidad para dilucidar el asunto. Las universidades Autónoma de Yucatán y del Estado de Juárez, de México; Industrial de Santander, de España; Sergio Arboleda, de Colombia, y Católica de Chile, por lo menos, pluralizan la palabra en sus nombres. La Nacional de El Salvador y la de Costa Rica no.
         En Venezuela, sin embargo, no parece muy frecuente ese plural, pero también se encuentra. La Universidad Simón Bolívar tiene una Coordinación de Matemáticas, pero, a menos que haya visto mal, las demás no tienen mucha vacilación al respecto. Por fortuna, la lógica nos indica lo que podríamos llamar la mejor respuesta, la más probable. Si hubiera que decir las matemáticas, entonces habría que decir también las biologías, las químicas, las físicas, etc.
         Otro elemento del habla cotidiana nos propone el plural: las matemáticas árabes, las matemáticas financieras, las matemáticas deportivas, pero tratándose de una ciencia, quizá debería imponerse el criterio de la uniformidad con los nombres de las otras disciplinas. Además, las “matemáticas” en las que pensamos cuando decimos, por ejemplo, que “no fallan” o que “no dan” no son toda la ciencia de Euler. Las “matemáticas” en esos casos son las cuentas, los números, los cálculos que uno hace en cada situación particular. Uno puede incluso llamar matemáticas, en plural, a casi cualquier reflexión en la cual adopte la práctica del razonamiento inductivo o deductivo, e incluso “operaciones” más sencillas como una regla de tres. En ese sentido, ese plural es bastante equivalente al que usamos en expresiones como ‘andar a gatas’, ‘hacer algo a escondidas’, ‘resolver las cosas a gritos’.
         Estas ideas no llegan ni cerca de dar una respuesta definitiva, pero, gracias a Pitágoras y a Galileo, la Escuela de Matemática de la Universidad Central de Venezuela cree que las matemáticas son una sola.

emalaver@gmail.com


Año IV / N° CXIII / 27 de junio del 2016


lunes, 19 de octubre de 2015

Números impresionantes (I) [LXXVIII]

Edgardo Malaver



         Ángel Félix Gómez contó una vez en una conferencia sobre la historia de Margarita que durante la Guerra de Independencia algún general mandó a un soldado (un hombre sencillo del pueblo sumado al ejército para combatir por la causa) a vigilar sobre un cerro y avisarle si veía venir alguna tropa enemiga. El soldado volvió después de unas horas, sudado, sin aliento, con el rostro lleno de temor y cuando pudo hablar le dijo a su superior:
         —General, viene un ejército grandísimo por allá.
         —¿Cuántos hombres son? —preguntó el general.
         —Son muchos, mi general, muchísimos.
         —Pero ¿cuántos, hombre? ¿Serán como mil?
         —No, señor, ya le digo que son muchísimos, son como... ¡setenta y siete!
         Si se lo juzga únicamente por su longitud, setenta y siete suena mucho más numeroso que mil. Por su número de sílabas, gana seis a uno. Por la contundencia de sus consonantes, la aliteración que forman las tes lo hace más fuerte, más impetuoso, más aguerrido. La palabra mil, tan breve, es a la vez nasal y líquida —dirían los fonetistas—, casi inofensiva; a lo sumo, la i, su única vocal, pronunciada como muy aguda, quizá pueda herir el oído y llamar un poco la atención. Setenta y siete, por otro lado, con tanta sonoridad y fuerza, con tantas sílabas tan bélicas, parece inconmensurable. En la historia del soldado patriota, la tropa que se acercaba era inmensa, impresionante, eran muchísimos soldados, ¿cómo iban a ser apenas mil?
         Estas consideraciones no parecen ajenas a la ciencia de los números. En matemática, como todos sabemos, existen números que son primos, números que habitan la imaginación, números con mucha entereza, números que gozan (o no) de raciocinio, números llenos de energía positiva (o de pesimismo), números que se quiebran, números nacidos en Roma y en Arabia, números que aman la naturaleza y, al final, todos los números son baquianos de la realidad (¿o de la realeza?). Si hasta existen las matemáticas discretas, las matemáticas puras y las matemáticas de los juegos, no es raro que todo en ellas suene tan metafórico. Y es más o menos natural que sea así, porque en el origen de la matemática los matemáticos, antes que matemáticos, eran poetas.
         Existen también los números impresionantes. Son números que tienen una sonoridad tal que inyectan en los oídos del que oye un vigor y una imagen tan poderosa que la objetividad matemática sería débil y nebulosa. Impresionante es el número ciento quinientos, que todos los niños utilizamos tanto antes de ir a la escuela por primera vez. Impresionante es el número sopotocientos, que parece un número verdadero, pero es mayor que el infinito. Impresionante es un número que tenga muchos sietes y muchos setentas y muchos setecientos.
         Son sin duda, como todos, números imaginarios, pero no ya los que los matemáticos llaman así sino los que se albergan en la imaginación lingüística del hablante que no sabe con qué número expresar una cantidad tan grande de cosas como la que ve en su mente. Simón Bolívar no hubiera podido ganar la Guerra de Independencia calculando las fuerzas del enemigo con números como estos, pero la lengua sí gana cada vez que la intuición matemática del pueblo recurre a la imagen poética para crear números que exceden la posibilidad de contar.


emalaver@gmail.com



Año III / Nº LXXVIII / 19 de octubre del 2015