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lunes, 10 de marzo de 2025

El presidente traductor [DIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Un traductor nos da la bienvenida a la UCV

 

 

         En 1808, fecha en la cual ocurre el que quizá sea el primer acontecimiento que podamos llamar antecedente —o, mejor, causa— de la declaración de independencia de Venezuela, un venezolano tradujo uno de los textos que, junto con otros cuantos, dio sustento político e ideológico a todo el movimiento de independencia en toda América Latina: El contrato social (1762), de Juan Jacobo Rousseau (1712-78).

         Lo que puede parecernos curioso es quién tradujo semejante libro, considerando las demás disciplinas a las que se dedicaba o por las que se ganó su página en la historia. Este traductor era principalmente científico, y también fue profesor universitario. Entre 1827 y 1829 dirigió la Universidad Central de Venezuela como el primer rector de su historia republicana. También fue político y legislador, senda por la cual llegó a convertirse en 1835 en el primer presidente civil de Venezuela. Este traductor se llamaba José María Vargas (1786-1954).

         Gabriel González Núñez, investigador de la Universidad de Texas, asegura que el doctor Vargas tradujo esta la obra de más conocida de Rousseau con el propósito de leérsela a sus amigos en las reuniones secretas que sostenían para analizar la situación los ciudadanos americanos con respecto a la situación política de la monarquía española, que en mayo de 1808 había sido depuesta por Napoleón Bonaparte. Vargas y otros intelectuales venezolanos comentaban el texto y de alguna manera preparaban (o se preparaban para iniciar) un futuro movimiento rebelde. González Núñez cree que para 1811 la traducción ya estaba terminada. (En 1802 el argentino Mariano Moreno la había traducido, pero no la publicaría antes de 1810.) No existen evidencias de que la de Vargas haya sido editada alguna vez. Sin embargo, el autor, basándose en un comentario de Pedro Grases, piensa que una traducción de El contrato social que se vendía en Caracas en el año en que se firmó el Acta de Independencia puede ser la que salió de las manos de Vargas.

         Cada cierto tiempo me sorprende la cantidad de personajes prominentes de la historia de Venezuela que se han dedicado en algún momento a la traducción. En los últimos años del siglo XVIII y los primeros del XIX, casi no había otra opción: estos eran los personajes que habían tenido la oportunidad de estudiar, viajar, aprender idiomas extranjeros. Sin embargo, en casos como el de nuestro doctor-docente-parlamentario-rector-presidente-traductor, uno se sorprende por la cantidad de áreas en las que destacaba y los aportes que hizo, que ahora vamos descubriendo poco a poco. De hecho, llega a tal punto la amplitud de los conocimientos y habilidades de este ciudadano de La Guaira, nacido un 10 de marzo, que con razón en su honor se celebra hoy el Día del Médico en Venezuela.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DIII / 10 de marzo del 2025




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martes, 25 de febrero de 2025

Tengo una muñeca vestida de azul [DI]

Edgardo Malaver



Una clase con niños de otra lengua puede ser
un laboratorio para una nueva lengua


Me tropiezo y me pongo a leer un artículo sobre las dificultades de aplicar las teorías de la educación de Jean Piaget a los niños andinos y amazónicos y que viven en sus comunidades originarias y, por tanto, son hablantes nativos del aimara, del quechua y lenguas del Amazonas (y, ergo, partícipes de las culturas que rodean a esas lenguas). “¿De cuál niño se trata?”, se pregunta el autor del artículo, Walter Quispe Santos. “Los niños de la Suiza francesa a los que investigó Piaget” no son los mismos “que observan los psicólogos y educadores en una realidad histórica y ecosociocultural variada como la nuestra [...]. Entonces, ¿a quién enseñamos?”.
Quispe Santos cita a continuación un poema de Efraín Miranda en el que una niña indígena siente que en la escuela ponen a una niña blanca delante de ella, una niña que el maestro ha creado para educarla; pero esa niña blanca existe también dentro de la niña india, porque ahí la ha puesto el maestro, y es a ella a quien se dirige cuando le habla a ella; sólo cuando el maestro no le habla a ella, la otra niña desaparece. “El maestro se olvida de mí y de todos los alumnos”, dice, porque “para los indios no se ha inventado nada”. Sin embargo, la niña indígena resiste: “está dentro de mí, pero no me puede”, y “al concluir mis estudios, se extinguirá”.
Y luego el autor reflexiona sobre el punto que me convence de seguir leyendo el artículo: la narración de un “experimento” ideado y aplicado por el profesor Luis Enrique López durante una investigación académica (“Tengo una muñeca vestida de azul: ¿kuns uka siñurita parlpachaxa?”):


La profesora pidió a sus alumnos que prestaran atención a lo que ella escribía en la pizarra. “Tengo una muñeca vestida de azul, zapatitos blancos y velo de tul”. Puntero en mano, la profesora hizo que los alumnos repitieran, por lo menos unas cinco veces, cada uno de los versos de la pizarra, sin percatarse siquiera de si sus discípulos entendían o no lo que decían. Nunca se dio explicación alguna sobre el contenido de los versos (…) Sin embargo, nadie parecía aburrirse y el “loreo” continuaba, con los alumnos que creían que imitaban a su profesora a perfección y con ella sin darse cuenta de los obvios problemas que tenían sus alumnos para emitir sonidos castellanos. A la voz de vestido, los niños decían wistiru; de muñeca, moñica; y de tul, yol. (...) Darío, imitando a su maestra, puntero en mano y presto a demostrar lo que sabía, leyó de corrido los versos de la pizarra: “Tinku u-na moñica wistiro de a-sol saptitus lancus y wilu de tol” (...).

 

¿Qué interpreto yo? Los niños, sin saber lo que hacían, terminaron escogiendo lo mejor de los dos mundos: la musicalidad y la rima de los versos, desconocidos hasta ahora que les hacen repetirlos, y la sonoridad y la pronunciación que para ellos era propia, la que conocen de casa, de la comunidad, de su vivencia cotidiana. Casi se puede decir que han creado una lengua nueva a partir de los sentidos de la lengua recién llegada a ellos y los sonidos que han heredado de sus antepasados. Una vez en sus labios estos versos, no sabría yo decir cuál de las lenguas se adaptó a la otra, cuál de las dos se sometió a la otra, es decir, o hubo una penetración mutua, en la que una lengua entra hasta donde puede en territorio extraño, o hubo una invitación mutua, en la que cada una de ellas se sintió en casa en los nuevos espacios. Muñeca, moñika; zapatitos blancos, saptitus lankus. ¿No es, poco más o poco menos, lo mismo que, hace tanto tiempo y guardando las proporciones, debe haber sucedido entre mater y madre, sukkar y azúcar?, aide-de-camp y edecán?
¿Qué me pregunto? Las lenguas que llegan a un lugar nuevo, ¿a quién pertenecen? Pertenecen a quienes las han traído hasta que los que estaban ya ahí comienzan a adoptarla y, sin querer siquiera, pero con pleno derecho, por causa del frote y del saboreo, de la resistencia y del amor nuevo que comienzan a sentir, a modificarla para que ella hable con propiedad del nuevo contexto y respire holgadamente la nueva atmósfera. Amor y resistencia, atracción y distancia, permanencia y peregrinación se convierten así en fuerzas que tallan las lenguas a medida que pasan los siglos. Y como brotando de los labios de los niños, florecen de las mismas semillas pero con nuevos colores.

emalaver@gmail.com



Año XIII / N° DI / 25 de febrero del 2025
EDICIÓN DEL DUODÉCIMO ANIVERSARIO



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martes, 24 de diciembre de 2024

Una de traducción... y Navidad [CDXCII]

Edgardo Malaver Lárez



VOCATI PASTORES ADPROPERANT



He oído tanto aguinaldos y villancicos en estos días, algunos de ellos en lenguas extranjeras, que me decido a buscar las letras de algunos que me parecen particularmente hermosos. Como no tengo esperanza de desentrañar pronto, por mucho que la estudie durante esta Navidad, los alegres versos escritos en la lengua de los antiguos incas, me pongo a escudriñar algunos que los niños del coro de la iglesia cantan en latín. El primero, el que más me atrae, el archiconocido Adeste fideles, ha sido traducido por cientos de personas, algunos con suma habilidad para adaptarlos al canto coral (aunque limitando la fidelidad a la métrica), otros con resultados bastante pobres pero relativamente útiles, y luego quedan aquellos que pretendían “solamente dar idea de lo que decía el poema”, pero cuya intuición no acertaba ni en lo más obvio.

Saltando atléticamente por encima de mi amplia ignorancia del latín, después de examinar unas cuantas traducciones de las que juzgo mejor hechas, y apoyándome en el precedente de Luis Cernuda (1902-63) y Ezra Pound (1885-1973), que tradujeron respectivamente a Wordsworth y a Confucio casi en las mismas circunstancias que yo —¡casi!, porque nada como el descaro mío—, intento construir mi propia versión del hermoso canto de Navidad. La composición del Adeste ha sido atribuido al rey Juan IV de Portugal (1604-56) y la melodía al músico inglés John Francis Wade (1711-86). Por los momentos, voy a sumar mi propia traducción, aunque la métrica es irregularísima y la rima aún no encuentra su rumbo. El año próximo, quizá, avance un poco en eso. Aquí lo tienen: el Adeste fideles, con mi deseo de que disfruten la Navidad abrazados con vuestras familias y amigos:


ADESTE FIDELES LÆTI TRIUMPHANTES

Acudan, creyentes, alegres, triunfantes.

VENITE, VENITE IN BETHLEHEM

vengan, vengan a Belén y vean

NATUM VIDETE REGEM ANGELORUM

que ha nacido el rey de los ángeles.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


EN GREGE RELICTO HUMILES AD CUNAS

Dejando el rebaño, a la humilde cuna

VOCATI PASTORES ADPROPERANT

llamados, se acercan pastores;

NOSQUE OVANTI GRADU FESTINEMUS

nosotros también, jubilosos corramos.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


ÆTERNI PARENTIS SPLENDOREM ÆTERNUM

Eterno resplandor del Padre Eterno

VELATUM SUB CARNE VIDEBIMUS

oculto en la carne observamos:

DEUM INFANTEM, PANNIS INVOLUTUM

el infante Dios envuelto en pañales.


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


PRO NOBIS EGENUM ET FŒNO CUBANTEM

Por nosotros pobre, sobre heno es arrullado,

PIIS FOVEAMUS AMPLEXIBUS

a él con ternura calurosa cobijémoslo.

SIC NOS AMANTEM QUIS NOS REDAMARET

Al que tanto nos amó, ¿quién no lo amaría?


VENITE ADOREMUS VENITE ADOREMUS

¡Vengan y adoremos, vengan y adoremos,

VENITE ADOREMUS DOMINUM

vengan y adoremos al Señor!


STELLA DUCE MAGI CHRISTUM ADORANTES

Guiados por la estrella, sabios adoran a Cristo,

AURUM THUS ET MYRRHAM DANT MUNERA

y con oro e incienso y con mirra le obsequian.

IESU INFANTI CORDA PRÆBEAMUS

Ofrezcamos al pequeño Jesús nuestros corazones.


¡Feliz Navidad!


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDXCII / 24 de diciembre del 2024

VÍSPERA DE NAVIDAD


lunes, 14 de octubre de 2024

¡Vade retro! [CDLXXXII]

Edgardo Malaver



Quo Vadis? (1913), de Enrico Guazzoni




Es muy posible que haya oído la expresión vade retro, y varias veces, antes de aquel domingo en que escuché por primera vez el episodio del Evangelio en que Jesús le espeta a Pedro: “Aléjate de mí, Satanás”. Sin embargo, en mi mente infantil, inocente aún de la omnipresente herencia del latín, había entendido que la frase era va de retro. La imaginé así también entonces. Y cada vez que la oía, me preguntaba qué tendrían que ver en tales contextos los carros que rodaban hacia atrás.

El sacerdote debe haber explicado en la homilía que, dada la importancia de la escena, aquella frase había sido conservada por la historia con el significado de “no importa cuán importante seas para mí, vete bien lejos porque entorpeces mi avance, me alejas de mi objetivo”, que era lo que, sin proponérselo, estaba haciendo Pedro cuando Jesús reveló que se acercaba el momento en que iba a terminar siendo ejecutado y él, Pedro, le aseguraba que jamás lo permitiría. No entendía aún —pero ya estaba mucho más cerca— por qué la frase estaba en latín, si el Evangelio fue escrito en griego. Lo entendí cuando la universidad me introdujo a san Jerónimo en esta historia, con su traducción de la Biblia y el hecho de que esta traducción fue la única que todo Occidente citó durante los siguientes mil años e incluso subsistió hasta el siglo XX —fue renovada apenas en el pontificado de Juan Pablo II.

Es curioso que haya cierta discrepancia entre la expresión que usa Jerónimo para traducir a los evangelistas Mateo y Marcos en sus casi idénticos textos. Al primero lo traduce como “Vade post me, Satana!” (¡Pasa detrás de mí, Satanás!). O sea, delante de mí eres un obstáculo. En el segundo caso pone “Vade retro me, Satana” (Aléjate de mí, Satanás). Retrocede, apártate de mí. En ambos casos es notoria la exigencia de un movimiento hacia atrás: hacia atrás de ti o hacia atrás de mí. Es decir, la discrepancia en realidad es mínima, digamos que sinonímica. Confiando en san Jerónimo traductor, habría que pensar que en el griego original sucede lo mismo... o algo similar.

La palabra retro, que en latín es un adverbio, ha dado lugar, en español y otras lenguas, a sustantivos y adjetivos que revelan fácilmente su significado: retroceso, retrovisor, retrospección, retroalimentación, retroactivo, retrospectivo, retrógrado, algunos de los cuales producen también verbos. También sucede que, como prefijo, puede significar ‘situado atrás’, no ya ‘que se mueve hacia atrás’, como en el adjetivo retroperitoneal.

Uno siempre se imagina que la frase ¡Vade retro, Satanás! era de las primeras que se le gritaba al demonio en los exorcismos. Pongo la oración en pretérito, no porque crea que ya no se practica este rito, sino más bien porque el ‘manual del exorcismo’ para “sacerdotes autorizados” publicado por la Asociación Internacional de Exorcismo en 1999 pone otra: “Recede ergo, Satan, in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti” (Ahora vete, Satanás, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo). No que se aparte, que retroceda, que se ponga a un lado o detrás de quien lo increpa, sino que abandone a aquel a quien atormenta.

El pobre san Pedro, joven aún y ciego aún a los fines que perseguía su maestro, pretende alejarlo de la persecución, el dolor y la muerte que Jesús anuncia que le esperan al llegar a Jerusalén en los días siguientes. No imaginaba, él que tan oscilante fue al principio, que ya viejo, con otras palabras, salidas ahora de sus propios labios, habría de devolverse, caminar hacia atrás, para compartir con su maestro la dolorosa forma de morir que una vez había querido evitarle.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXXII / 14 de octubre del 2024


lunes, 30 de septiembre de 2024

La madre de las literaturas [CDLXXX]

Edgardo Malaver

 

 

“Esos genios de la lámpara maravillosa...”.
Barbara Eden en 1966

 

 

 

         Uno tarda en darse cuenta, pero el mundo rebosa de evidencias de que la literatura nace de la traducción. No habrá sido siempre ni en todas las civilizaciones, pero donde una estirpe humana, en su desarrollo, en su expansión, ha tenido dificultades en el parto, siempre ha venido en su auxilio la traducción para traer al mundo un nuevo vástago que la haga grande y la eternice; pero a veces le ha tocado a la traducción sentir los dolores y parir la literatura y después velar el embellecimiento progresivo de la criatura poética que el pueblo venera y multiplica sin darse mucha cuenta de su valor.

         Miren cómo los romanos llegaron a Grecia —nada menos—, la vencieron, la dominaron, y Grecia, que era la que ya poseía una literatura madura y florecida, contagió la literatura al pueblo latino. Qué caso tan curioso de pueblo conquistador que adopta la cultura del pueblo conquistado en lugar de imponerle al otro sus dioses, su forma de alimentarse, sus letras. Los romanos se llevaron a la ciudad de Roma toda la poesía y todo el teatro de los griegos y se lo entregaron a los esclavos traductores y, en un primer tiempo, lo que hicieron fue leer traducciones y escribir imitando lo que habían escrito los griegos. Fue bastante rato después cuando los poetas latinos se emanciparon de los modelos de Homero y Aristófanes, y sólo así comenzaron a germinar los Virgilios y los Horacios.

         La pieza literaria árabe más conocidas de todas, Las mil y una noches, es también un parto de la traducción. Esta obra no nos llegó ya formada del Medio Oriente. Fueron los traductores europeos, especialmente los ingleses y franceses, los que la fueron moldeando, podando, ajustando a la moral y al carácter de su época, hasta fijarla en la forma que exhibe hoy y que nos habla, como debe una obra de arte de buena ley, del espíritu humano, de lo mejor y lo peor que habita en el hombre. Es decir, la fórmula mágica de Alí Babá, el arrojo de Simbad, la picardía de la propia Sherezade, al final, han llenado nuestras noches y han visto aparecer el sol en Occidente gracias al talento de mil y un traductores, esos genios de la lámpara maravillosa que son también como vivas imágenes del misterioso poder que contienen las palabras.

         La propia Biblia, el texto literario escrito en Oriente que por más que se le evada ha terminado permeando las fibras de todo lo que se ha escrito en Occidente durante los últimos dos mil años, es resultado de una traducción constante durante todo su lento itinerario de escritura. Mil años estuvo creciendo en ese útero nutricio que es la cultura hebrea, escribiéndose a sí misma en la pluma de autores que citaban a lejanos antepasados que habían escrito en otros idiomas, hasta llegar a la era cristiana, protagonizada por gentes que se comprendían aunque se hablaban en lenguas extranjeras. Y en el presente, ninguno de nosotros tiene en casa una Biblia que no sea una multitraducción literaria —¿o una traducción multiliteraria?— de todas sus narraciones y poemas a la lengua de cada quien.

         Y Don Quijote... Usted que ya tuvo, como diría Unamuno, la dicha de leer Don Quijote por primera vez, se habrá quedado con la boca abierta al oír al narrador, a pocos capítulos de principio, que aquel libro que tenía entre manos era, ni más ni menos, una traducción. Se habrá reído con las risas del muchacho que el narrador contrata para que traduzca la “verdadera historia del ingenioso hidalgo”, que con tanta inocencia se mete en cada pleito que existe, que se embarca en cada locura que se le atraviesa, que dice cada palabra sabia que se le adhiere a los labios. Y es la obra más grande que se haya escrito jamás y al mismo tiempo es una traducción, al menos dentro de la ficción, donde el protagonista diserta con tanto acierto sobre la traducción como actividad intelectual y como producto literario.

         El camino por el cual hemos llegado a la concepción de la cultura en todos los países discurre de vez en cuando por trechos y parajes circundados de traducción, cubiertos de poesía traída de otras tierras y enamorada de la lengua del nuevo lugar que habita, olorosos sus campos y ciudades del saber de otros pueblos, tapizados sus muros de palabras traducidas, que es casi lo mismo que decir, como Zorrilla, que “están respirando amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXX / 30 de septiembre del 2024

  

lunes, 9 de septiembre de 2024

El guion de la ciencia-ficción [CDLXXVII]

Edgardo Malaver



Primera novela de ciencia-ficción de autor
venezolano: Pepe Alemán (1933)




No bien apareció, la semana pasada, el breve comentario que hice sobre la palabra robot, me escribió nuestra amiga Ariadna Voulgaris para preguntarme por qué le ponía guion al término ciencia-ficción. Aunque la alegría mayor es que me haya preguntado, le he explicado que es ahora, en el siglo XXI, cuando veo que otros escriben el término sin guion. Traigo la costumbre de ponerle guion a este término desde la época en que comencé a leer las novelas de Isaac Asimov y de Robert Heinlein, en mi adolescencia, y aunque la memoria hace con los recuerdos lo que le da la gana, yo recuerdo que en aquellos días siempre veía unidas con guion las dos palabras. La memoria es tan tercamente fiel a lo que uno quiere recordar que hasta recuerdo haberle explicado a alguien en el liceo —¿habrá sido a mi compañera Paula Rojas, de quinto año?— que, escrito así, significaba que las historias eran “al mismo tiempo científicas e imaginarias”. Así lo sentía yo al leerlas, así parecían querer mostrárnoslas los autores. Me encontraba en aquellos textos aparatos que, sin fuego, sin ingredientes, sin habilidades culinarias, ofrecían a los personajes exquisitos y nutritivos platos, para lo cual estos apenas tenían que tocar un botón. Estos aparatos, sin embargo, respetaban por ejemplo la ley de la gravedad. Si algo tropezaba con ellos, se caían al piso, incluso se estropeaban. Había personajes que ni siquiera sabían que en un pasado remotísimo había existido la Tierra, pero eran capaces de explicar la naturaleza del sonido de la Pequeña serenata nocturna que era perfectamente racional y perfectamente artística. Los personajes pertenecían, por ejemplo, a una especie del futuro, heredera nuestra, pero las emociones y el arte eran parte de su ciencia.

Además de esto, que debería ser suficiente para usar el guion, ¿qué habrá influido en mí para que lo hiciera con tanta convicción hasta ahora? ¿Habrá sido la forma sci-fi, en inglés, que nadie escribe de otro modo? (Cosa curiosa, por cierto, porque, observo ahora, al nombre completo tampoco le ponen guion en inglés.) Ariadna cree que es “un caso de rebeldía galileana”, pero yo no soy capaz de tanto heroísmo. Tiene que haber alguna otra razón... que implique menos riesgo.

Como todas las fuentes que lo mencionan, leo lo que dice la Academia al respecto. Para resumir, afirma que hay que escribirlo sin guion (ver 1.3.a. Sustantivos). Sin embargo, la explicación que da me convence precisamente de lo contrario, y los ejemplos que pone me hacen pensar que tan loco no estoy. La Academia lo trata de simple “composición” de sustantivo más sustantivo, y no sé si se refiere a lo que en otros momentos se ha llamado aposición. Lo que sí es coherente en la explicación de la Academia es la distinción que hace entre las uniones ocasionales y las permanentes entre dos sustantivos, pero ciencia ficción se distingue en ambos conjuntos por el hecho de que el núcleo del sintagma es el segundo sustantivo y no el primero, como en todos los demás casos. En ese detalle puede estar la falla del argumento.

Ya estaba a punto de admitir ante mí mismo que había cometido ese error tan sencillo durante toda mi historia de lector —y claro que sí, considerando la norma, es un error—, cuando descubrí en mi computadora un artículo de esos que voy recolectando porque pienso que pueden ser útiles para mis clases y luego, sin que yo lo decida, pasan meses antes de que los lea. El artículo se titula “¿Qué clase de ciencia es la ciencia ficción?”, de Guillermo Rojo, aparecido en la revista española ABC Cultural el 15 de octubre del 2022. Aunque este autor está más interesado en expresar que el término science fiction debería llamarse en español más bien ficción científica, que es lo que significa, me da la idea de que, expresándolo así, el proceso de comprensión del nombre es sencillo y natural, típico de la lengua española, mientras que la “defectuosa” traducción como ciencia ficción (que ciertamente es defectuosa) requiere un esfuerzo que no muchas veces llega a buen puerto en la mente del lector. Es cierto que un coche bomba es un vehículo automotor que en algún momento explotará, y un perro guía es un animal que conduce a una persona ciega por la calle, pero la ciencia ficción no es una ciencia que existe solamente en la imaginación de un escritor. El solo título de Rojo, que con razón es interrogativo, nos revela desde antes de empezar a leer, este “pequeño” “problema” que no es únicamente terminológico. También es de traducción, y a mí me da la valentía que me faltaba para conservar mi visión sobre el guion de ciencia-ficción.

En mi mundo, donde la ciencia es tan importante como la ficción, la definición de la ciencia-ficción como subgénero literario narrativo y toda su evolución (que no esperó el siglo XX para iniciarse) admiten pocos desvíos de aquella idea elemental que debo haber encontrado en algún texto de los que leía antes de terminar la secundaria: “historias que son al mismo tiempo científicas e imaginarias”. Estas historias contienen de todo, menos especulación vacía o superficial. Cuando es así, no son literatura y, por ende, no tienen nada que buscar en nuestros análisis. Lo que no puede dudarse es que juntos, conocimiento científico e imaginación artística componen un híbrido fascinante y notable. Sea, pues, también su nombre un híbrido que exprese cohesión y no dispersión entre sus componentes.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXXVII / 9 de septiembre del 2024


lunes, 24 de junio de 2024

Enshittification [CDLXVI]

Luis Roberts

 

 

 

Cartel en una panadería artesanal. Foto del autor

 

 

         Hace algunos años, un alumno me preguntó al final de la clase: “¿Cómo hacían ustedes los traductores antes de que existiera Internet?”. Yo le contesté: “¿Cuántos de ustedes saben dónde está la Biblioteca Nacional en Caracas?”. Sólo un par de alumnos de una muy concurrida clase levantó la mano. Proseguí: “Pues pasábamos horas ahí consultando, investigando”. Hoy “a golpe de un clic” tenemos la consulta resuelta. O eso parecía. Por eso siempre decía, y digo, a mis alumnos que para ser un buen traductor se necesitan tres condiciones principalmente: 1. conocer muy bien tu idioma; 2. usar la cabeza (si hay algo en ella utilizable al respecto), y 3. consultar con el amigo, “el pana” Google.

         Hoy el 92 por ciento del total de las consultas en la red se hacen por Google, que el 14 de mayo ha anunciado que incorpora la inteligencia artificial a su buscador. La IA está acabando con los traductores y con esta medida de Google va a dificultar bastante más la consulta. Google pretende “monetizar” las búsquedas, es decir, aumentar los beneficios para sus accionistas, por eso cuando haces una consulta cualquiera, con un poco de suerte tienes que esperar a la segunda página para que te indique algo parecido a lo que buscas, pues en la primera todo, o casi todo, es publicidad, con Amazon a la cabeza, eso sí, aunque busques “cómo es el impacto del cambio climático en la Antártida”, por ejemplo.

         Parece ser que hay un truco para evitarlo en las búsquedas tecnológicas y es añadir a la URL la línea de código “&udm=14”; y otro más, añadir “before 2023”. Suerte.

         Todos conocemos la maravillosa capacidad del idioma inglés para convertir en verbo cualquier sustantivo. Pues bien, para esta deriva de Internet el escritor y activista canadiense Cory Doctorow se inventó en 2022 el sustantivo enshittification, y su equivalente verbal, enshittify, de shit (mierda), que la American Dialect Society, que recoge el léxico usado en Estados Unidos desde 1889, eligió en 2023 como la palabra del año. Todavía no hay traducción al español, pero la duda está entre “enmierdamiento” o “mierdificación”.

         Hace unos días, ya con la bendita IA funcionando, se preguntó a Google “cuántas piedras debíamos comer al día”. La respuesta del buscador fue que “al menos una de tamaño pequeño para mejorar la salud digestiva y aportar minerales como el calcio y el magnesio”. La referencia académica de tamaño dislate era nada menos que un trabajo de un equipo de geólogos de la Universidad de Berkeley. La realidad era que la IA había copiado un artículo de The Onion, un periódico satírico muy popular en Estados Unidos, como nuestro Chigüire Bipolar.

         La publicidad “monetiza” rápidamente, pues vivimos lo que se está llamando “la cultura de la dopamina”: satisfacción instantánea, compulsión de rapidez adictiva, contestar ya, comprar ya, empatarse ya, información muy limitada, pero rápida, etc. Eso nos lleva al otro gran problema, el de las redes sociales, la otra cara, y esta aún más fea, de Internet, donde un limpiador de piscinas tiene 15 millones de seguidores en Tik-Tok, con más de 400 millones de likes (eso es lo que monetiza), o donde un loco de atar telegrammer, funda un partido llamado “Se acabó la fiesta”, para presentarse en España en las elecciones europeas y obtiene tres escaños gracias a los 800.000 votos de unos descerebrados cabezas rapadas, por fuera y por dentro. Pero lo de las redes sociales da para otro artículo, así que terminemos con Google y con una frase que no es mía, sino de César Astudillo: “Si es gratis, entonces el producto eres tú”.

 

 

 

luisroberts@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXVI / 24 de junio del 2024

DÍA DE LA BATALLA DE CARABOBO

  

lunes, 3 de junio de 2024

Algún grave mal se oculta en Dinamarca [CDLXIII]

Edgardo Malaver Lárez



Glen Close como Gertrudis en Hamlet (1990), de Franco Zeffirelli



La sorpresa fue grande. Hace siete días, buscando una foto para ilustrar el artículo de la semana pasada, e intentando ser riguroso y no confiar más de la cuenta en mi memoria, abrí la versión digital de Hamlet que tengo en la computadora para copiar con precisión la celebérrima frase “Algo podrido hay en Dinamarca”. Después de varios minutos, no lograba encontrarla, ni siquiera limitando la búsqueda a la sola palabra podrido. Decidí buscarla en inglés en Google y la encontré de inmediato. Con ella me llegaron fotos de Lawrence Olivier, Mel Gibson, Richard Burton. Me decidí por Burton, pero ahora el problema no era la foto, sino el hecho de que mi archivo de Hamlet parecía estar incompleto. Entonces busqué la frase en español en Internet y otra vez apareció a la primera. Con los textos de los otros personajes del diálogo, volví al archivo en español, y... ¡pun...! Hamlet va siguiendo al fantasma de su padre y sus amigos Marcelo y Horacio van siguiéndolo a él, y en algún momento, para convencer a Horacio de continuar para saber qué busca el protagonista, Marcelo le dice: ¡“Algún grave mal se oculta en el reino de Dinamarca”! Pensé inmediatamente, invadido por el asombro: “Pero... hasta en las comiquitas aparece a cada rato la famosa cita”. Y busco el nombre del traductor y la fecha de traducción, y llego a la conclusión de que es probablemente a los traductores audiovisuales a quienes les debemos la popularidad de esta breve y densa muestra de la genialidad de Shakespeare. Resulta que fue el también agudísimo Leandro Fernández de Moratín, en 1798, quien por alguna razón traduce la contundencia de “Something is rotten in the state of Denmark” por la simpleza de “Algún grave mal se oculta en Dinamarca”. Por fortuna, parece que ha sido el único.


emalaver@gmail.com




Año XII / N° CDLXIII / 3 de junio del 2024


sábado, 30 de septiembre de 2023

Un encargo de traducción [CDXXXIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Jerónimo y Agustín diferían sobre la traducción
de la Biblia. 
San Jerónimo penitente (1525),
de Pietro Torrigiano. Foto: D. Gray

 

 

 

Mi estimadísimo Agustín:

         Bendito sea Dios en el cielo y benditas las manos que hoy depositen esta carta en las tuyas, y bendita también la luz que te permita leerla.

         Confíote que su Santidad me ha llamado hoy para hacerme un encargo. Ser su secretario ya era para mí el más alto honor que he recibido estando al servicio de la Santa Iglesia de Nuestro Señor, pero ahora el Papa me pide que traduzca el Antiguo y el Nuevo Testamentos a la lengua de Roma y de todo el mundo civilizado. Me temblaban las manos al oírlo decir que yo era la oveja mejor dotada de todo su rebaño para semejante empresa, que nadie tenía la agudeza sino yo, este insensato esclavo de Cristo Jesús, Salvador de los Hombres, para ser mensajero y repetidor de la profecía de la antigüedad hebrea y de la plenitud cristiana de su verbo en el Tiempo Nuevo de Dios hecho carne.

         Nuestro Señor, sólo nuestro Señor, sabe bien cuán inmensamente se equivoca la infalible cabeza visible de toda la Cristiandad. Nuestro Señor solo conoce en su infinita sabiduría ante qué obstáculo tan descomunalmente gigantesco me pone el ínclito Dámaso. Sólo Nuestro Señor es capaz de imaginar cuánta faena y estrago habrá de costarme expresar con precisión y con justicia, con verdad y con amor, las palabras que durante los siglos el Señor ha dictado a los hombres santos —y también a multitud incontable de mujeres sabias e intachables— para trazarnos caminos a los que creemos y hemos aceptado sus preceptos.

         Te ruego, pues, hermano de las aventuras de la juventud, hermano en la fe y hermano de apostolado y servicio a la causa de Jesús de Nazaret, que dobles tus rodillas ante el Santo Sacramento, juntes tus manos sobre el pecho y acopies las aguas de tu santidad, para rogar a nuestro Señor por la cordura de este siervo indigno del Evangelio, pues habré de pasar el resto de mis días atado a la pluma y al papel, a la meditación y al palpitar de las palabras, traduciendo los dichos de Dios y los hechos de los hombres. A partir de esta memorable fecha, no habré de dormir noche entera, ni habré de poder holgar en una caminata por la ciudad ni por el campo, pues la palabra de Dios me perseguirá como un ave que ha escapado del Edén para rescatar a Adán e invitar a Eva a volver al redil de la prístina creación de Eterno Autor de lo visible y lo invisible, de lo vivo y de lo perenne.

         Ora, hermano mío, vuelvo a suplicarte, por este pecador incorregible, que aun al escribir esta carta comete el desatino de creerse, vanamente, un elegido cuando no es más que imperfecta herramienta en las manos de aquel que nos amó antes del primer asomo de nuestra existencia.

         Te saludo, caro Agustín, y te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

 

Tu hermano Jerónimo

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXXIII / 30 de septiembre del 2023

DÍA DEL TRADUCTOR

 

lunes, 19 de junio de 2023

Hurra por los traductores médicos [CDXXVI]

Edgardo Malaver

 

 

Pelvis de medio millón de años de edad,
hallada en Atapuerca, España

 

 

 

         Les dije un día con esta misma caligrafía que me llevaba mal con la traducción legal. La traducción médica es mucho menos lejana conmigo, y aun así no somos fanáticos el uno del otro. Sin embargo, a mitad de marzo de este año tuve la oportunidad de escuchar, de lejos, intermitentemente y sin intervenir, un taller del célebre Pablo Mugüerza sobre medicina para traductores, y, cuando habló de los intestinos, me asombré con algo que seguramente ya había sabido antes por diferentes caminos y situaciones de aprendizaje. El exhaustivo taller de Mugüerza —sobre el cual él no cesaba de advertir que representaba una ínfima porción de lo que se estudia en cualquier escuela de medicina... como es natural— describe el cuerpo humano y sus funciones sistema por sistema, órgano por órgano, hormona por hormona. Así que no importa si uno no estudia traducción ni medicina, el atractivo es lo que informa: el maravilloso funcionamiento de un engranaje exquisitamente singular.

         Lo que me sorprendió ese día fueron cuatro palabras que con toda certeza ya había oído mencionar en secundaria y probablemente hasta he traducido alguna vez: hilio, íleon, ilion e íleo. Como se trata de un ejemplo magnífico de cómo el traductor tiene que tener los ojos, los oídos, el conocimiento, la imaginación más abiertos que las órbitas de Alí Babá, les voy a poner aquí las definiciones (la primera es de la Academia Española y las demás, del propio Mugüerza):

 

hilio (en inglés, hilus o hilum): depresión en la superficie de un órgano, que señala el punto de entrada y salida de los vasos o de los conductos excretores;

íleon (ileum): tercera porción del intestino delgado, entre el yeyuno y el ciego.

ilion (ilium): hueso ancho que forma la parte superior de cada mitad de la pelvis.

íleo (ileus): obstrucción del intestino debida a su parálisis (íleo paralítico) o a su exceso de actividad (íleo espástico).

 

         Como la traducción no puede ser nunca —ni siquiera la científica, que quizá da menos espacio para las oscilaciones creativas, sinonímicas, polisémicas de los términos— una simple sustitución mecánica de un significante por su equivalente léxico en otra lengua, conviene poner atención, y mucha, a estas sutilezas. El nivel de atención que exige la traducción médica, al menos juzgando por este meticuloso ejemplo, llega a un nivel tan alto que involucra un tercer idioma que, para más inri, ya no habla nadie en el mundo como lengua materna. Así que quizá podamos encontrar de todo sobre ellos en el inmenso lago de Internet, pero no podemos llamar a un amigo médico extranjero para que nos diga si le “suena natural” a sus oídos nativos.

         Muchísimos de mis alumnos están pensando, al pasar por esta línea, en uno de mis refranes favoritos: “En traducción no hay enemigo pequeño”. Cualquiera diría que se trata de simples palabras, incluso breves, que no importa mucho cómo las escribamos porque el especialista sabrá adivinar de cuál se trata en realidad, y los ignorantes de todos modos no las van a entender. Pero desde que nuestro más remoto antepasado primate pronunció su primera palabra está claro que no existe palabra que sea una simple palabra.

         El traductor científico está, como pocos otros profesionales, acorralado entre numerosas salidas tupidas de espinas. Si traducimos para científicos y no somos capaces de atinar los términos con la precisión con que lo han hecho ellos, vamos a hacer el ridículo y, como consecuencia, además, nos van a borrar de la lista de traductores confiables. Si traducimos para pacientes, vamos a crear más confusión de la que en condiciones naturales hay y, de resultas, también, nos van a culpar de los hipotéticos errores del autor. Para traducir con precisión y correctamente, hace falta el tiempo que nunca hay, y si traducimos con ayuda electrónica, querrán pagarnos menos. Si traducimos bien, nadie se da cuenta, pero si traducimos mal, matamos al paciente.

         El traductor que no se prepara para estos espejismos y fantasmas o que piensa que siempre va a estar lejos de su alcance porque por más que camina nunca se los tropieza, se encuentra en la misma culposa situación del médico que recibe un paciente cuyo padecimiento no logra identificar. Si el paciente tiene gripe y el médico le diagnostica cáncer será tan grave y criminal como si tiene cáncer y él le receta un antigripal.

         Indudablemente, sí, en todas las disciplinas existen estos pasajes dificultosos, delicados, casi insondables del oficio que producen comentarios como este, y en todos habrá quienes les adviertan a los más jóvenes: “Tengan cuidado con esto”. En la traducción médica, sin embargo, estas advertencias normalmente concluyen en el argumento incontestable, inapelable, incuestionable, de que lo que está en riesgo al traducir por debajo del estándar de la excelencia es la vida humana. No llega uno a imaginarse la magnitud de esa responsabilidad.

         Dije en el primer párrafo que no era precisamente amigo de la traducción médica. He sido en extremo injusto con ella. Lo que pasa es que las palabas que me flotan en la mente me han engolosinado para que ponga atención a otras voces, que me atraigan otros colores y me cuelgue de otras imágenes; pero tendría que hablar de la traducción médica con más cariño: los primeros 500 bolívares que me gané como traductor, cuando aún era estudiante, provinieron de la traducción de un artículo sobre ginecología. Y cómo me contenta haber comenzado por ahí, porque nada hay mejor cuando uno comienza en un trabajo que tener al menos algo de certeza acerca de cómo tienen que llamarse las cosas. Ayuda bastante no tener que inventar lo que ya está inventado.

         Pues bien, en estos días, escuchando a Mugüerza explicar, con el afán de precisión del médico y el afán de precisión del traductor, la hermosa complejidad del organismo humano, he llegado a pensar: “Qué trabajo tan difícil tiene que ser traducir estas cosas. ¡Hurra por los traductores médicos!”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XI / N° CDXXVI / 19 de junio del 2023