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lunes, 29 de septiembre de 2025

Desocupado, carísimo, suave lector [DXIX]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Leía de claro en claro y de turbio en turbio.
Buenos amigos (1881), de Albert Edelfelt

 

 

         Cuenta el nunca como se debe alabado autor de Don Quijote de la Mancha, de cuyo nacimiento en fecha de hoy supe acordarme, que en escribiendo el prólogo de su obra más grande y más discreta, encontrábase “suspenso, con el papel delante, la pluma en la oreja, el codo en el bufete y la mano en la mejilla, pensando lo que diría”. Y costábale tanto escribirlo debido a una sola circunstancia: “el qué dirá el antiguo legislador que llaman vulgo”. Temía presentar su obra “seca como un esparto, ajena de invención, menguada de estilo, pobre de conceptos y falta de toda erudición y doctrina”.

         En semejante situación he estado yo en los días recientes al pensar qué podía decir en el artículo de hoy, que por tradición dedico a Miguel de Cervantes el 29 de septiembre, cuando comenzó a sonar en mi mente aquella sencillísima pero enigmática formula de dirigirse el autor a su público: “desocupado lector”. Me resulta enigmática porque no cabe en ese momento de la obra más que halagar, seducir, atraer al lector para que al menos eche un vistazo a la obra que se pone en sus manos —y esto en cierta forma confiesa Cervantes en algún punto—, pero él lo adjetiva como “desocupado”. ¿No suena a la primera como una especie de reproche? ¿No parece que estuviera llamándolo más bien ocioso, de lo cual no iba a sentirse feliz, por más que lo fuera, nadie que se respetara a sí mismo?

         Claro que sí. Sin embargo, la primera mitad del prólogo de Cervantes pretende disculparse de estar a punto de entregar el texto a la imprenta sin todas las notas de brillantez y erudición que se acostumbraba e incluso sin prólogo porque, honestamente, no encontraba qué escribir ni qué poner antes del principio ni después del final de las aventuras de su “enamorado” y “distraído” personaje. La verdad es que no le tocaba a Cervantes escribir tal prólogo. Yo he oído a autores tan enterados de este asunto como Arturo Úslar Pietri (1906-2001) y Mario Vargas Llosa (1936-2025) decir que en realidad Cervantes escribió él mismo el prólogo de Don Quijote, que no era lo que se estilaba en su época y era mal visto, porque todavía en 1604 nadie daba un centavo por un autor como él, un desconocido, un soldado fracasado, un poeta que no había publicado nada en veinte años, un actor sin histrionismo, un dramaturgo de sainetes. De modo que lo que dice de sí mismo en el prólogo, aunque parezca modestia, termina siendo cierto, al menos parece ser lo que se decía de él:

 

Yo determino que el señor don Quijote se quede sepultado en sus archivos en la Mancha, hasta que el cielo depare quien le adorne de tantas cosas como le faltan, porque yo me hallo incapaz de remediarlas, por mi insuficiencia y pocas letras, y porque naturalmente soy poltrón y perezoso de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos.

 

         Entonces, el adjetivo que nos dedica a los lectores no es, ni mucho menos, ofensivo ni desafiante. Nos dice en realidad: usted, que solo estando desocupado podría haber hallado el tiempo para coger entre manos esta obra; usted, que tiene tanto tiempo disponible que se ocupa nada menos que de leer este libro que ni los sabihondos letrados han querido prologar; usted, oiga esta advertencia.

         Cervantes es tan poco descortés con su lector que, poco después de dejar esto asentado en el texto, incluso le expresa estima, y alta estima. Le dice “lector carísimo”. No puede hacer otra cosa un autor que cree, como parece creer Cervantes, que su obra no vale tanto como ahora sabemos que vale. A cualquiera que, a pesar de todo y aun al pasar el tiempo, se ponga a leer Don Quijote le espera esa grande recompensa en las propias páginas de la novela: el cariño del autor. No soy un lector cualquiera, no soy un lector desechable, no soy un lector gris ni ignorado: soy un lector “carísimo” a la mano que escribió lo que leo. Soy lector de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.

         Y no se conforma Cervantes con lo dicho hasta ahora: al dirigirse por tercera vez al lector en el prólogo lo llama “lector suave”. ¿Qué significará esto? Hay dos series de sinónimos que da el diccionario, basadas en las varias acepciones de la palabra suave. La una es “agradable, dulce, grato, gustoso, delicado”. La otra es “magnífico, excelente, estupendo”. Es decir, después de celebrar que el lector tenga el tiempo de dedicarle unas horas de lectura, después de expresarle su estima, Cervantes lo halaga y le manifiesta incluso su gratitud por la finura que ha demostrado para con él al leer su libro. Qué gusto da escribir para ti, desocupado, carísimo, suave lector, qué estupendo eres, qué dulzura es dejarte escritas estas palabras que tanto me ha costado tejer.

         Creo que ambos interlocutores salen satisfechos de este intercambio, porque no es poco lo que disfruta uno, lo que se ríe, lo que ama al leer la historia de aquel delirante hidalgo que todo era capaz de arriesgar, y aun de perder, por su amor a la justicia, a la belleza y lo grande que hay en el espíritu humano.

         Con razón cuando les pregunto a los escritores de hoy de qué escritor del pasado les hubiera gustado ser amigos, antes de que me respondan, interiormente me digo a mí mismo que si me preguntaran a mí, diría: “De Cervantes”. No se me asoma vacilación alguna.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXIX / 29 de septiembre del 2025

ANIVERSARIO DEL NACIMIENTO DE CERVANTES





Otros artículos de Edgardo Malaver

lunes, 30 de septiembre de 2024

La madre de las literaturas [CDLXXX]

Edgardo Malaver

 

 

“Esos genios de la lámpara maravillosa...”.
Barbara Eden en 1966

 

 

 

         Uno tarda en darse cuenta, pero el mundo rebosa de evidencias de que la literatura nace de la traducción. No habrá sido siempre ni en todas las civilizaciones, pero donde una estirpe humana, en su desarrollo, en su expansión, ha tenido dificultades en el parto, siempre ha venido en su auxilio la traducción para traer al mundo un nuevo vástago que la haga grande y la eternice; pero a veces le ha tocado a la traducción sentir los dolores y parir la literatura y después velar el embellecimiento progresivo de la criatura poética que el pueblo venera y multiplica sin darse mucha cuenta de su valor.

         Miren cómo los romanos llegaron a Grecia —nada menos—, la vencieron, la dominaron, y Grecia, que era la que ya poseía una literatura madura y florecida, contagió la literatura al pueblo latino. Qué caso tan curioso de pueblo conquistador que adopta la cultura del pueblo conquistado en lugar de imponerle al otro sus dioses, su forma de alimentarse, sus letras. Los romanos se llevaron a la ciudad de Roma toda la poesía y todo el teatro de los griegos y se lo entregaron a los esclavos traductores y, en un primer tiempo, lo que hicieron fue leer traducciones y escribir imitando lo que habían escrito los griegos. Fue bastante rato después cuando los poetas latinos se emanciparon de los modelos de Homero y Aristófanes, y sólo así comenzaron a germinar los Virgilios y los Horacios.

         La pieza literaria árabe más conocidas de todas, Las mil y una noches, es también un parto de la traducción. Esta obra no nos llegó ya formada del Medio Oriente. Fueron los traductores europeos, especialmente los ingleses y franceses, los que la fueron moldeando, podando, ajustando a la moral y al carácter de su época, hasta fijarla en la forma que exhibe hoy y que nos habla, como debe una obra de arte de buena ley, del espíritu humano, de lo mejor y lo peor que habita en el hombre. Es decir, la fórmula mágica de Alí Babá, el arrojo de Simbad, la picardía de la propia Sherezade, al final, han llenado nuestras noches y han visto aparecer el sol en Occidente gracias al talento de mil y un traductores, esos genios de la lámpara maravillosa que son también como vivas imágenes del misterioso poder que contienen las palabras.

         La propia Biblia, el texto literario escrito en Oriente que por más que se le evada ha terminado permeando las fibras de todo lo que se ha escrito en Occidente durante los últimos dos mil años, es resultado de una traducción constante durante todo su lento itinerario de escritura. Mil años estuvo creciendo en ese útero nutricio que es la cultura hebrea, escribiéndose a sí misma en la pluma de autores que citaban a lejanos antepasados que habían escrito en otros idiomas, hasta llegar a la era cristiana, protagonizada por gentes que se comprendían aunque se hablaban en lenguas extranjeras. Y en el presente, ninguno de nosotros tiene en casa una Biblia que no sea una multitraducción literaria —¿o una traducción multiliteraria?— de todas sus narraciones y poemas a la lengua de cada quien.

         Y Don Quijote... Usted que ya tuvo, como diría Unamuno, la dicha de leer Don Quijote por primera vez, se habrá quedado con la boca abierta al oír al narrador, a pocos capítulos de principio, que aquel libro que tenía entre manos era, ni más ni menos, una traducción. Se habrá reído con las risas del muchacho que el narrador contrata para que traduzca la “verdadera historia del ingenioso hidalgo”, que con tanta inocencia se mete en cada pleito que existe, que se embarca en cada locura que se le atraviesa, que dice cada palabra sabia que se le adhiere a los labios. Y es la obra más grande que se haya escrito jamás y al mismo tiempo es una traducción, al menos dentro de la ficción, donde el protagonista diserta con tanto acierto sobre la traducción como actividad intelectual y como producto literario.

         El camino por el cual hemos llegado a la concepción de la cultura en todos los países discurre de vez en cuando por trechos y parajes circundados de traducción, cubiertos de poesía traída de otras tierras y enamorada de la lengua del nuevo lugar que habita, olorosos sus campos y ciudades del saber de otros pueblos, tapizados sus muros de palabras traducidas, que es casi lo mismo que decir, como Zorrilla, que “están respirando amor”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XII / N° CDLXXX / 30 de septiembre del 2024

  

lunes, 15 de mayo de 2023

Interpretación de libertad (y su ausencia) [CDXXI]

Andrea Salgado

 

 

 

El sacrificio de Ifigenia (1760),
de Giovanni Domenico Tiepolo

 

 

         Interpretar un texto es un viaje en el cual guardamos prejuicios, ideas y expectativas en nuestras maletas para establecer lo que expresa el autor en palabras y preguntas de nuestro presente. Otros viajeros nos han precedido y han aportado sus interpretaciones de diversos textos, enraizados en su contexto literario y en el bagaje cultural de sus intérpretes. Es a través de la permanente mediación del presente y el pasado que realizamos un acercamiento y comprensión de las voces que han forjado nuestra senda.

         La novela Ifigenia (1924) de Teresa de la Parra (1889-1936) plasma la pérdida de voluntad de María Eugenia Alonso, educada y con ideales europeos, dentro de una sociedad que la engulle y la hace sentir extranjera en su propia tierra. Perteneciente al movimiento literario del realismo, surgido en la Europa de mediados del siglo XIX, en el cual la realidad, sin idealizaciones, toma el centro de atención y se valora como un objeto artístico (Lissorgues, 2008), la novela presenta temas como la soledad del ser humano ante la sociedad y la pérdida de voluntad ante la inevitabilidad del destino. Estos temas se refuerzan gracias al contraste de dos sociedades: una Francia recuperándose de la Gran Guerra, con una creciente participación y libertad de las mujeres, y una Venezuela gomecista con un fuerte atraso educativo y una cultura en la que la mujer desempeñaba un rol pasivo a merced de figuras masculinas.

         Por otro lado, en Don Quijote de la Mancha (1605-1615) el propio don Quijote, enloquecido por las novelas de caballería, se encamina a un viaje de justicia, en el cual se enriquece de su propia sabiduría y la humildad campesina de Sancho Panza. A pesar de haberse publicado durante los últimos años del Renacimiento y los primeros del Barroco, Miguel de Cervantes (1547-1616) aborda dos temas que hacen pionero a Don Quijote de la Mancha como la primera novela moderna: la complejidad de la realidad y el permanente diálogo entre la realidad y lo ideal.

         Una noción que desarrollan Don Quijote e Ifigenia es la libertad con atención a las mujeres, plasmada, respectivamente, en los personajes de la pastora Marcela y María Eugenia Alonso. Entiéndase la libertad según los pensamientos de san Agustín de Hipona, como el don del hombre de inclinarse naturalmente hacia el bien y obrar para alcanzar su propia felicidad (Alonso García, 2009).

         La libertad agustiniana se vislumbra en la construcción de la pastora Marcela, quien goza del libre albedrío, en primera instancia por su condición humana, tal como ella misma lo afirma: “Yo nací libre, y para poder vivir libre escogí la soledad de los campos...” (Cervantes, 2004, p. 171). Se suma a su favor la libertad económica, a través de la herencia de su padre, que funge como instrumento para llevar su felicidad a cabo, vivir en el campo alejada de los hombres, a pesar de la oposición del entorno social en que se encuentra: “Yo, como sabéis, tengo riquezas propias, y no codicio las ajenas; tengo libre condición...” (Cervantes, 2004, p. 172).

         Sin embargo, el caso de María Eugenia representa la ausencia de esta libertad. Se encuentra atrapada en la inevitabilidad del matrimonio con César Leal, sin escapatoria alguna y condenada a un destino de felicidad inalcanzable: “...el vestido desgonzado con sus dos mangas vacías que se abren en cruz y se descuelgan casi hasta llegar al suelo, es un cadáver...” (De la Parra, 1982, p. 309). Su único consuelo, su única gracia que mantiene unida su naturaleza herida y la clave de su existir (Alonso García, 2009) es el sacrificio.

         Ante la oposición, ante al choque del individuo con la sociedad, el libre albedrío puede verse flanqueado o reforzado. En Ifigenia y Don Quijote, bajo la noción de la distancia temporal y la fusión de los horizontes, en la cual el sentido del contenido de un texto es interpretable en una dimensión infinita y ese sentido es comprensible desde nuestra cultura del presente, salen a relucir las dos caras de la libertad agustiniana. Marcela se mantiene firme en su voluntad de vivir alejada de los hombres y demás personas por cuanto tiene las convicciones y el poder para alcanzar su felicidad, mientras que María Eugenia fracasa en su lucha contra la sociedad al perturbarse su razón, y con ello sacrifica su felicidad.

 

andreasalgadovillarroel@gmail.com

 

 

 

Referencias

Alonso García, A. (2009). Libertad y gracia en san Agustín de Hipona. En González Ginocchio, D. Metafísica y libertad. Cuadernos de Anuario Filosófico, 214, 193-200.

Cervantes, M. de (1605/2004). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Edición del IV Centenario.

De la Parra, T. (1924/ 1982). Ifigenia. Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba. En Obra (Narrativa- Ensayos-Cartas). Editorial Biblioteca Ayacucho.

Lissorgues, Y. (2008). “El Realismo. Arte y literatura, propuestas técnicas y estímulos ideológicos”. https://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc0c5d0.

 

 

 

Año XI / N° CDXXI / 15 de mayo del 2023

 

lunes, 8 de mayo de 2023

Besos entre sol y mar [CDXX]

Mileydi Juárez

 

 

 

María Alejandra Martín como María Eugenia
Alonso en
Ifigenia (1986), de Iván Feo

 

 

Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra.


Clarice Lispector (1974)

 

         El mundo nos habla del inicio y el fin, la naturaleza en sus incomprensibles instantes de belleza nos susurra: “Eres una gota de agua en el inmenso mar”. ¿Quién le dice al sol: “Apareciste muy temprano o no cumpliste tu labor hoy?”. Nadie, ni aún el comentario más hiriente, puede cambiar su curso. Lo vemos en el ocaso, que etimológicamente se refiere a la caída, el decaer del sol y guarda un íntimo vínculo con la necesaria oscuridad que envuelve y sucede a esta caída. Y así, las vidas humanas siempre distintas como el ocaso diario, son sin embargo menos predecibles y con propósitos siempre buscados; lo escribimos, cantamos, gritamos y silenciamos: ¿qué haré mientras esté aquí?, ¿cómo viviré mientras llega mi ocaso?

         La verdad es que si el astro rey tuviese la libertad de decidir entre nosotros y su tranquilidad de no hacerlo… ¿cambiaría algo? Lo vemos en la literatura y la oportunidad de plantear imposibles, realidades básicas y anhelos, en la hermenéutica, para comprender, reconocer e interpretar; en obras como Ifigenia (1924) de Teresa de la Parra (1889-1936), Don Quijote de la Mancha (1605-1615) de Miguel de Cervantes y en el presente.

         Partiendo de la hermenéutica gadameriana está el primer horizonte en Ifigenia. Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba, con su ambientación de género realista en el siglo XX, apenas unos 100 años atrás; en la vida de María Eugenia Alonso y la alegoría a su sacrificio personal, al entierro de su libertad por una fuerza mayor, que ella misma describe como “deidad terrible y ancestral; dios milenario de siete cabezas que llaman sociedad, familia, honor, religión, moral, deber, convenciones, principios” (De la Parra, 1924, p. 310). En su diálogo personal luchan los anhelos de su alma contra las presiones de su entorno, así como el astro desciende al final de la jornada, ella observa cómo el ocaso la encierra en una prisión, apenas en el florecer de su vida. Ideales confinados a un rol predispuesto.

         A la par, en el siglo XVII, observamos el horizonte de la pastora Marcela en El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Con su ambientación de novela realista tipo cínica, la imponente figura de una joven vista como frívola, alza la voz a los señalamientos en su contra. Un discurso que en sí mismo guarda fuerza, pero en el tiempo que es enunciado establece un precedente. Para ella, las opiniones de su belleza no son más que pretextos para recortarla una vez más en los patrones de la mente esclava: “Y, según yo he oído decir, el verdadero amor no se divide, y ha de ser voluntario, y no forzoso” (Cervantes, 2023, I, 14).

         Ahora bien, acertado es Hans-Georg Gadamer en su ilustración del proceso interpretativo como un “juego”, del cual no somos directores sino participantes: “El que juega se halla más bien arrebatado por una realidad «que le sobrepasa»” (Gadamer citado por Grondin, 2008 p. 75); la fusión de los horizontes entre María Eugenia Alonso y Marcela nos acerca a la humanidad de dos seres de épocas y contextos distintos, con la misma necesidad intrínseca de libertad que supera el entendimiento. Una libertad contemplada desde los inicios del mundo y, en palabras de san Agustín de Hipona, se refieren a “la voluntad del hombre que de modo natural se inclina a buscar los medios para ser feliz” (citado por Alonso García, 2009, p. 194). ¿Acaso esta es no la libertad clamada por estas dos jóvenes?, ¿no es la misma que se defiende en el presente?

         ¿La tradición literaria de los personajes femeninos establece una relación directa entre ellas? El prejuicio interpretativo lleva al lector a comprender la desigualdad entre los personajes como una regla establecida entre líneas. Una María Eugenia o Marcela en el presente seguirían siendo heroínas por valorar su esencia, aunque el ocaso de sus vidas no cumple el deseo de los valientes corazones. Son un reflejo de los autores, en su oportunidad de desarrollar personajes con vestigios de la injusticia humana que ellos han vivido. Las distancias temporales expanden la dimensión de los análisis al dar un paso fuera, como lectores e intérpretes.

         Cada día sin falta ni autorización, el sol culmina su recorrido entregándose al mar con un cálido beso en el horizonte. Los ocasos de cada personaje confirman las verdades del espíritu estudiadas en la hermenéutica; en su identidad almacenan información del pasado, con las experiencias del presente y los interminables hilos del futuro.

 

mile07juarez@gmail.com

 

 

 

Referencias bibliográficas

Alonso García, A. (2009). “Libertad y gracia en san Agustín de Hipona”. En González Ginocchio, D. “Metafísica y libertad”. Cuadernos de Anuario Filosófico 214, 193-200.

Cervantes, M. de (1998). El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. Centro Virtual Cervantes. Recuperado el 18 de febrero de 2023, de https://cvc.cervantes.es/literatura /clasicos/quijote/edicion/parte1/cap14/cap14_02.htm.

De la Parra, T. (1982). Obra (Narrativa, ensayos, cartas). Biblioteca Ayacucho.

Grondin J. (2008). ¿Qué es la hermenéutica? Herder.

 

 

 

Año XI / N° CDXX / 8 de mayo del 2023