lunes, 26 de febrero de 2018

Kikirikí [CXCVI]

Edgardo Malaver

 

 

 

Cómo escribir las onomatopeyas es tan importante
como hacia dónde sopla del viento

 

 

          Seguramente era para tener, por lo menos, una palabra que comenzara con ca en un idioma en que no abunda que los libros de lectura de primer grado incluían la palabra kikirikí. Aparecía siempre —o sigue apareciendo, porque ¿por qué cesaría esa costumbre?— un gallo sobre una rama y con el pico abierto y el pescuezo estirado al horizonte, y junto a él, la entretenida palabra. Sin embargo, ¿por qué habría que escribir esta palabra de otra forma que quiquiriquí?
         El diccionario le da la razón a quien piense que en español se impone el uso de la cu. Y curiosamente, junto a la definición como onomatopeya, la Academia da ésta: ‘persona que quiere sobresalir y gallear’. ¿Gallear? Me detengo en la tercera acepción, señalada como coloquial: ‘presumir de hombría, alzar la voz con amenazas y gritos‘. Es la imagen del gallo, en su equivalente humano. Con la misma carga coloquial, en Venezuela suele llamarse a personas así gallitos. El diccionario también los llama, justamente, quiquiriquíes.
         Aunque no es precisamente una quiquiriquí, tengo en casa un pequeño ser humano de cuatro años de edad que insiste en corregirme cuando intento despertarla en la mañana con la conocida llamada. Ella, ojos cerrados aún, lanza su agudo grito: “¡Quiriquiquí...!”. Debe pasar en esta situación lo mismo que con murciégalo, estuata u odontógolo.
         Y ha de pasar en otros idiomas, porque, asombrosamente, los mismos sonidos son oídos de maneras diferentes en las dos orillas de un mismo río, cuando ese río marca la frontera entre un idioma y otro. En francés, todos dicen cocorico, pero al cruzar el canal de la Mancha, tienen que cambiar a cock-a-doodle-doo. Parece que en China el gallo, como si fuera un reloj, canta: “Kukú”. Como que faltaran sílabas, ¿verdad?
         No es cuestión de enquiquirizarse; sólo pongamos los puntos sobre las íes, aprovechando que quiquiriquí tiene tantas. La forma en que se escriben una onomatopeya ofrece siempre variedad de oportunidades para estudiar la lengua y, como habla siempre más de nosotros mismos que del ser o la cosa que produce el sonido, vale la pena ponerle atención. Entonces, ¿cómo escribe usted las onomatopeyas? ¿Cómo las pronuncia? ¿Y en qué idioma las prefiere? ¿Por qué?

emalaver@gmail.com



Año VI / N° CXCVI / 26 de febrero del 2018
EDICIÓN DEL QUINTO ANIVERSARIO



domingo, 25 de febrero de 2018

Las extranjias [CXCV]

Edgardo Malaver Lárez



¡Estamos de cumpleaños! Ritos de Ilación llega hoy a su quinto aniversario. La alegría de la fecha es de todos los que palpitan cada semana con nuestro trabajo, que es más bien un placer: los que escriben, los que nos escriben, los que nos leen, los que nos difunden, los que nos comentan, los que nos corrigen, los que nos recuerdan, los que no nos olvidan, los que nos esperan... los que queremos tanto.


Julio Cortázar vivió la mitad de su vida
en las extranjias



         Otra vez el español de Colombia.  Esta misma semana estaba prendido el televisor en mi casa y pasaban un programa colombiano llamado “Tu voz estéreo”. Es una serie protagonizada por dos periodistas que tienen un programa de radio en el cual entrevistan a gente que viene a contar sus historias, que a veces llegan a convertirse en tramas que involucran a los entrevistadores; a veces también, son ellos, los entrevistadores, quienes terminan resolviendo los dramas familiares, las disputas entre amigos, los crímenes que la policía desdeña.
         Esta semana pasaron un capítulo en que una mujer de unos 50 años, aparentemente con pocos estudios, quizá procedente de un ambiente rural, contaba que su hija de 18 años, en un abrir y cerrar de ojos de ella, había desaparecido de su casa. Un vecino apareció de repente contando que la había visto de la mano con un muchacho en otro pueblo. La madre no quería creer aquella versión, porque sabía que su hija le habría contado primero a ella y, además, porque el único muchacho con quien la niña había salido alguna vez, era uno cuyos padres “se habían llevados para las extranjias”.
         “¡Las extranjias!”, exclamé yo, mudándome para más cerca del televisor, a pesar de las mil ocupaciones que tenía. “¡Qué palabra! Cuando yo era pequeño, necesitaba esa palabra. ¡De ahí tiene que venir los extranjeros!”. ¿No les parece, como dirían los franceses, la perla de las palabras?
         Naturalmente, cuando apareció la muchacha, que había sido secuestrada por el vecino —¡y yo lo adiviné, ¿eh?!—, corrí al diccionario. Lo primero que descubrí en la Academia es que lo registra como extranjía y lo segundo, que no la define, sino que remite a extrajería: ‘condición del que vive en un país extraño’; ‘sistema de normas que regulan la permanencia de los extranjeros en un país’, y ‘conjunto de los extranjeros’). Extranjias, en plural, sin tilde y como nombre de un lugar, no aparece. Aparece la expresión de extranjía, como locución adjetiva coloquial que significa ‘extranjero’, pero también ‘extraño’ e incluso ‘inesperado’.
         No me parece que haga falta mencionar los argumentos de los que creen que se escribe con ge, pero la existencia de esta discusión confirma el dato de que es una expresión coloquial. Ya antes ha publicado Ritos alguna reflexión acerca de la pluralización que hace el pueblo de los nombres de lugar, y esto también concuerda con la coloquialidad.
         Laura Jaramillo y Adrianka Arvelo tendrían que estar fascinadas con esta palabra, que bien puede resultar una señal de mi ignorancia. Ya veo a Luis Roberts escribiéndome mañana para informarme sobre su origen, uso y variantes desde que el mundo es mundo. Yo, mientras tanto, cual Cortázar del siglo XXI, me siento feliz descubriendo el mundo por primera vez después de viejo. Y pensando y pensando en esta nueva palabra vieja, siento que es una lástima que me incomode tanto viajar, porque, con semejante nombre, me encantaría ir a menudo a las extranjias.

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Año VI / N° CXCV / 25 de febrero del 2018




lunes, 19 de febrero de 2018

Lo breve [CXCIV]

Edgardo Malaver


Montaigne, creador del ensayo como género literario,
apreciaba también la brevedad



         Una estudiante de primer año me prestó hace unas semanas un libro suyo que yo estuve curioseando mientras ella respondía un examen: No más de una cuartilla. Trescientos ensayos (Alfa, 2009), de Manuel Caballero.
         Desde el primero de estos ensayos, el autor se ciñe a esta norma expresa en el título. Y en el mismo primer ensayo explica que, aunque un ensayo expresa y argumenta una idea, una opinión, una visión sobre un asunto, es posible la brevedad. Expresar y argumentar, dice, porque en el género del ensayo, que es el género del pensamiento, no vale “jamás esconderse tras aquello de ‘esa es mi opinión y punto’”.
         Leí con emoción ése y muchos de los textos de este libro —que he de devolver mañana a las 8:00 de la mañana— porque eso intentamos hacer en Ritos de Ilación. Esa “norma” de Caballero y que sean 500 palabras o poco más lo que se escriba cada semana es lo único que se nos exige a los autores de Ritos.
         Y esta lectura, a veces deliciosa, a veces dura, me trae a la memoria la archiconocida (pero jamás suficientemente trillada) sentencia de Baltazar Gracián en Oráculo manual y arte de prudencia (1647): “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Y eso no es todo: sabiamente, como siempre, agrega Gracián: “Y lo malo, si poco, menos malo”. Que se nos haga verdad.

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Año V / N° CXCIV / 19 de febrero del 2018

lunes, 12 de febrero de 2018

Unidades de mil, unidades de millón [CXCIII]

Edgardo Malaver


 
Catedral de San José, aledaña a la Plaza
Santander de Cúcuta, Colombia (foto del autor)


         Esta historia tiene dos extremos, dos episodios que están al principio y al final, pero mañana mismo puede aparecer un episodio que vaya más allá, y habrá que escribirlo todo otra vez. En enero del 2017, de regreso de Perú por Cúcuta, al preguntarle a un taxista el precio del viaje desde la Plaza Santander hasta el puente internacional, éste me respondió: “Doce pesitos, paisano”. Naturalmente me sorprendí de cifra tan insignificante, pues unos amigos me habían aconsejado no pagar más de 10.000. Cuando le manifesté mi confusión, me respondió: “Doce mil, doce mil, por supuesto”.
         Hace tres o cuatro días oí contar en mi casa que un obrero se había presentado recientemente en un banco, en Caracas, a cambiar un cheque con que le habían pagado un trabajo. Con la esperanza de no llevar por la calle un paquete demasiado grande que llamara la atención de los ladrones, preguntó si le podían dar, al menos, 60 billetes de 20.000 bolívares, es decir, un millón doscientos mil. La señorita que lo atendía experimentó una sorpresa parecida a la mía en Cúcuta, porque el cheque decía, en letras y en números, que debía entregar a aquel cliente 1.200 bolívares, ni un céntimo más.
         ¿Por qué está pasando esto en Venezuela y en Colombia? En un artículo anterior de Ritos comentaba la aparición de un “nuevo plural” en el español venezolano. Algún nexo debe haber con este otro fenómeno, aunque el de ahora no me parece tan fácilmente comprensible. ¿Qué puede haber causado que, de repente, los hablantes cuenten, con toda normalidad, hasta 999.999 e inmediatamente después digan: “Mil”, en lugar de “Un millón”?  Es posible que el hábito de acortar las cifras “redondas” elidiendo la palabra mil, cuando el contexto indica que todos se refieren a cifras muy altas (lo que en lingüística se llamaría el menor esfuerzo) “engañe” al cerebro, que, al no haber registrado aún, literalmente, el número 1.000 en estos conteos, se decide a terminar en él la cuenta en que se han estado mencionando sólo unidades, decenas y centenas simples.
         También en este caso tiene que tener su participación el contexto, que está metido en todo, pero ¿hace falta que le pase a uno una escena como la de aquel obrero en el banco para percatarse de los inconvenientes de contar de tan disparatada manera? ¿Tiene que pasar por el ridículo o por la estafa para darse cuenta de que 850.000 más 850.000 no da 1.700, ni siquiera tratándose de bolívares... o de pesos? ¿Esto es señal de una extrema habilidad o de torpeza? Si lo es de habilidad, ¿dónde ha dejado la gente que suma así sus quejas sobre las complicaciones matemáticas? Y más allá, ¿esta contrariedad, esta confusión, este fenómeno es meramente matemático o es también lingüístico? Ya ustedes saben mi opinión.
         El año pasado, cuando ya estábamos en el avión de San Cristóbal a Maiquetía, le comenté a mi familia mi conversación con el taxista en Cúcuta. Todos se sorprendieron, es decir, no lo habían oído antes. Al día siguiente, cuando salí a la calle en Caracas, como por obra de magia, todo el mundo estaba hablando como aquel taxista.
         El extremo final de esta historia da la conclusión de que la mayoría de los hablantes, por lo menos en Venezuela, están cambiando los números mediante la herramienta de la lengua... aunque no es lo único que están cambiando. No sé si algún Saussure sabrá explicarse semejante actitud.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CXCIII / 12 de febrero del 2018






lunes, 5 de febrero de 2018

Adolescente / adolecer [CXCII]

Luisa Teresa Arenas Salas



César Miguel Rondón en su ambiente natural:
la radio (foto:
El Impulso)


A César Miguel Rondón

         Hoy, 19 de enero de 2018, escuchando el programa de César Miguel Rondón, en su tradicional segmento de los viernes, “Soundtrack de su vida”: las canciones que han marcado la vida de Edgar Ramírez, me quedé patitiesa al escuchar a mi admirado periodista, locutor, animador cuando decía que, palabras más palabras menos, adolescente viene de adolecer, que significa ‘carencia de madurez, de seguridad, de todo’.
         “No puede ser —me dije— que mi admirado César Miguel Rondón haya caído en la trampa de confundir el significado del verbo adolecer y lo asocie con la raíz de la palabra adolescente. Esto merece transformarse en un rito dedicado a este insigne comunicador social y, por supuesto, a mis estudiantes de la EIM y a los lectores de Ritos de Ilación”.
         El verbo irregular, adolecer, “en su acepción más habitual, tener algún defecto o sufrir de algún mal, es intransitivo y lleva un complemento introducido por de, que expresa el defecto o el mal” (RAE y ASALE, 2005, p. 22). La trampa en la que cayó Rondón en ese programa que fue grabado en 2011 y repetido en 2016 y ahora en el 2018, fue el uso popular del término con un significado antónimo, tal como lo cita el Panhispánico: “es impropio usar este verbo con el significado de “carecer”. Ilustrémoslo con ejemplos sencillos cotidianos. Piense en las palabras de un médico cuando, después de examinar a un paciente, haber conocido sus síntomas y estudiado los resultados de exámenes de laboratorio, le dice, de manera conclusiva: “Usted adolece de un cáncer grado 3”. ¿Es motivo de alegría este resultado? Otro ejemplo que se escucha mucho en los campos de juego cuando el equipo pierde es: “Los jugadores adolecen de un entrenamiento adecuado”.
         Esa trampa en la que fue atrapado Rondón sigue al creer que adolescente tiene una raíz próxima a adolecer, dada su similitud morfológica, asociada al sentido erróneo que señalamos arriba. Para aclarar esto, recurrimos a Google, a la Hispanoteca Lengua y Cultura y citamos la explicación que daJusto Fernández López al respecto:

La palabra adolescente viene del latín adolescens, adolescentis, ‘que está en período de crecimiento, que está creciendo’ y es el participio presente del verbo adolescere, ‘criarse, ir creciendo, estar creciendo, madurar’. Este verbo latino es un compuesto del prefijo ad-, ‘hacia’, y el verbo alescere, ‘crecer’, forma incoativa (que implica o denota el principio de una cosa o de una acción progresiva) del verbo latino alere, ‘nutrir, alimentar, criar’ (2009, párr. 2).

         Hecha esta explicación, creo que es difícil desde el punto de vista lingüístico que, con esa confusión asociativa por similitud de forma en las palabras adolescente y adolecer, se vaya a cumplir la tesis de que “el uso impone la norma”. Como concluye Fernández López:

etimológicamente, adolescente y adolescencia no tienen nada que ver con la idea de que en esta etapa del desarrollo se adolece de alguna cosa o falta algo. No es una etapa de carencias, sino de crecimiento, que en muchos puede ser traumática o dejar recuerdos dolorosos (2009, párr. 4).

         Por ello, siendo un tanto redundante en la explicación, anoto los significados propuestos en el Diccionario de la Lengua Española (digital), edición del Tricentenario, actualización de 2017:

adolecer. Del ant. dolecer. Conjug. actual c. agradecer. 1. tr. desus. Causar dolencia o enfermedad. 2. intr. Caer enfermo o padecer alguna enfermedad habitual. 3. intr. Tener o padecer algún defecto. Adolecer DE claustrofobia. 4. prnl. compadecerse (‖ sentir lástima).
adolescente. Del lat. adolescens, -entis. 1. adj. Que está en la adolescencia. Apl. a pers., u.t.c.s.
adolescencia. Del lat. adolescentia. f. Período de la vida humana que sigue a la niñez y precede a la juventud.

         Estoy segura de que pasados siete años (de 2011 a 2018) desde la grabación del soundtrack de la vida de Edgar Ramírez, ya mi admirado César Miguel Rondón en algún momento se habrá percatado de su error y habrá reaprendido el significado de adolecer y la etimología de adolescente y no volverá a asociar esa bella y, a veces, difícil etapa de la vida del ser humano con “carencias” sino con crecimiento hacia la adultez. Y, en caso de que no lo haya hecho, sirva este rito que a él dedico para internalizar el sentido de adolecer como ‘padecer’ y nunca ‘carecer’. “Errar es de humanos”, lo importante es rectificar a tiempo y hacer, por ejemplo, una “fe de erratas” cuando esa excelente entrevista a Edgar Ramírez sea nuevamente puesta al aire.
         César Miguel Rondón, el cariño es el mismo y seguirás siendo objeto de mi admiración.

ue.eim.ucv@gmail.com


Referencias bibliográficas
Fernández López, Justo (2009). “¿En qué consiste el error de considerar que adolescente tiene relación con adolecer?”. Disponible en http://hispanoteca.eu/Foro-preguntas/ARCHIVO-Foro/Adolescente%20y%20adolecer.htm.
Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española (2005). Diccionario panhispánico de dudas. Madrid: Santillana.



Año V / N° CXCII / 5 de febrero del 2018

lunes, 29 de enero de 2018

El globish [CXCI]

Luis Roberts


Todos los idiomas son iguales, pero el inglés es más igual
que otros.
Rebelión en la granja (ilust.: Ralph Steadman)


         Si el neoespañol  es  un idioma que amenaza la misma existencia  del español,  hay otro idioma que no hace sino reforzar el predominio del inglés, o eso parece.
         La primera lingua franca del mundo occidental, del mundo mediterráneo, fue el griego, luego el latín, más tarde el catalán, después el castellano se hizo universal. Napoleón le dio el relevo al francés y desde la II Guerra Mundial lo es el inglés.  Parafraseando la famosa frase de la granja de Orwell: “Todos los idiomas son iguales, pero el inglés es más igual que otros”.
         En mis primeros viajes de joven universitario por Europa, con un inglés aún inseguro, empezando por el duro acento español que hizo que un bobby londinense no entendiera mi pregunta de dónde estaba la plaza de Trafalgar, hasta que cayó en la cuenta de que me refería nada menos que a la “Trafálga Square” (sí, llana, no aguda); ante la segura sonrisa irónica del mismísimo Nelson que nos observaba desde su pedestal, me resultaba, por lo menos, curioso que me entendiera mejor en inglés, o algo parecido, con un sueco, una danesa, una vietnamita o un libanés, que con un inglés, y no digamos con un estadounidense.
         Pues bien, ese “algo parecido” es lo que se habla en congresos, simposios de médicos, políticos, ingenieros, ejecutivos, un nuevo dialecto global, que Jean-Paul Nèrriere, exdirectivo de IBM en París, ha bautizado, y patentado, como el “Globish”, acrónimo del Global English. Si a mí se me hubiera ocurrido entonces, y lo hubiera patentado, otro gallo me cantara. El Globish se compone de unas 1.500 palabras, con una Globish Grammar aceptada por el British Council.
         El empobrecimiento del lenguaje constituye el mayor riesgo, precisamente, y una de las mayores críticas. El mismo Nèrriere lo define, en una formulación más técnica, como “una estructura reflexionada y organizada de inglés que se pone limitaciones a sí misma”.  Dice: “Si quieres disfrutar de la lectura de Mark Twain, Oscar Wilde o Racine, tienes que saber inglés, o francés, de verdad. Si quieres comunicarte con un indio o un japonés, no hace falta”. El mismo director del British Council recuerda que “la población nativa de Reino Unido y de los Estados Unidos tan solo utiliza unas 1.800 palabras en el 80 por ciento de su comunicación verbal en inglés”.  Prensa, críticos, lingüistas, académicos, del mundo anglosajón lo aplauden y lo reciben como el nuevo dialecto del siglo XXI, la nueva lingua franca. Interesados, gugleen. El esperanto ha muerto, viva el globish.

luisroberts@gmail.com



Año V / N° CXCI / 29 de enero del 2018

lunes, 22 de enero de 2018

De sustantivo a verbo [CXC]

Laura Jaramillo


Vendedor de perros calientes de Altamira, 1959



         Los usuarios de la lengua no están pendientes de si las palabras son correctas o no, o si son aceptadas o no por el DRAE. A ellos lo único que les importa es comunicarse. Y lo más importante, que la comunicación sea eficaz, es decir, que el mensaje llegue, que el mensaje sea comprendido.
         Hay ocasiones en las cuales esas palabras son tan necesarias que sin ellas esa comunicación no sería eficaz, como por ejemplo el caso del lenguaje hamponil, el cual es usado, y creado, por esos hablantes que son un poco desviados moralmente, pues en su comunidad esas palabras son claves para lograr esa eficacia comunicativa.
         Ahora bien, no vamos a hablar de esos señores (por ahora). Hablaremos más bien del común, de los que andan calle arriba y calle abajo, que constantemente están generando mensajes, pues allí, en lo cotidiano, está el caldo de la creación de nuevas palabras, que tarde o temprano llegarán a las páginas de la señora española.
         En ese común, se está dando una curiosidad bien curiosa. Se observa que hay una tendencia a crear verbos a partir de sustantivos. La lógica lingüística, que todos tenemos pero no lo sabemos, indica que si hay un sustantivo pues debe haber un verbo de ese sustantivo, ¿no?
         No lo sé, pero está pasando.
         Ejemplos hay muchos: mensajear, de mensaje; conejear, de conejo; ensanduchar, de sánduche; matrimoniarse, de matrimonio, microfonear, de micrófono; cesarear, de cesárea; cachapearse, de cachapa; garitear, de garita. Hay una que me encanta: emperrarse, de perro caliente (cortesía del perrocalientero de la esquina de mi casa); y así un largo etcétera.
         ¿Son palabras correctas? Sí, pues sirven para comunicarse, para enviar un mensaje clarito, sin tantas vueltas.
         ¿Son palabras cultas? Sí, porque hay que ser bien ingenioso para crearlas.
         ¿Dañan o perjudican la lengua? No lo sé, pero al final del camino, cuando una comunidad las usa y reúsa, la señora española termina por aceptarlas, y a partir de ese momento dejan de ser dañinas o incorrectas.
         “El genio y el ingenio de una lengua resultan ser, en definitiva, el alma lingüística que todos llevamos dentro, la que debemos desarrollar discursivamente en el hogar, en la escuela, en la universidad, en la calle, la que debemos defender y conservar. En consecuencia, cualquier pedagogía que se proponga deberá orientar su enseñanza hacia el genio y el ingenio idiomáticos. En síntesis, hacia la enseñanza y el aprendizaje de la lengua materna oral y escrita, la que nos hace orgullosos de ser hablantes y escribientes del español de Venezuela. Todo ello desde una pedagogía integradora estratégica que permita al alumno descubrir todas y cada una de las características de su lengua, para la grata convivencia, para el aprendizaje de saberes, en definitiva, para ser libres”[i].
         ¡Qué hermoso! Libres por el poder de la lengua.

laurajaramilloreal@gmail.com




Año V / N° CXC / 22 de enero del 2018




Otros artículos de Laura Jaramillo:





[i] Discurso de incorporación como individuo de número de Lucía Fraca de Barrera en Boletín Nº 202 de la Academia Venezolana de la Lengua (AVL). Caracas, enero-diciembre 2009.

lunes, 15 de enero de 2018

Ave, magister [CLXXXIX]

Edgardo Malaver


Maestro bueno, ¿qué debo hacer?
Ilustración 
china (
1879) del pasaje
de Jesús y el joven rico




         Hace un año publicamos en Ritos un artículo inspirado en el Día del Maestro en el que, sin embargo, hablaba yo de la etimología de la palabra alumno. Se titulaba “Niños de pecho”. Hoy, abrumados de tristeza por el inmerecido desprestigio que sufre, dedicamos este día a la palabra maestro.
         La palabra maestro proviene del sustantivo latino magister, o magistrum. Sabiendo esto, uno finalmente entiende por qué los maestros, entre sí, llaman magisterio a su profesión, a las actividades que llevan a cabo o, incluso, a las organizaciones que los agrupan. Entiende también uno lo que significa el término clase magistral. Y si es por ampliar el vocabulario, uno anota entonces magistratura, magisterial, maestría (que solemos llamar magister scientiarum), contramaestre, maestranza. Todas ellas parecen referirse a alguien o algo que destaca de lo demás.
         Ciertamente. La palabra contiene el adverbio magis, que equivale a nuestro más. Para resumir lo que podría ser una charla demasiado fastidiosa sobre una lengua que mi familia no ha hablado ni estudiado, por lo menos, en las últimas cinco generaciones, concluyamos que uno llama maestro al ‘que sabe más’ de un asunto, de una disciplina (en la que lo siguen unos discípulos). Por otro lado, con el adjetivo minus, ‘menos’, se construyen minister, que en español equivale a ‘sirviente’, ‘lacayo’, ‘criado’, y, lógicamente, ministerio, es decir, el ‘servicio’... o así era en la antigüedad. En la actualidad, curiosamente, el magisterio está bajo las órdenes de ministros, que no suelen ser maestros de nada ni parecen interesados en llegar a serlo.
         En inglés, la palabra master, que equivale a ‘amo’, pero también a ‘maestro’ en un sentido más místico —Jesucristo y Confucio son maestros, Obama es un simple lecturer—, deriva igualmente de magister, como maître en francés, mestre en catalán y maestru en rumano. Siempre rodeadas estas palabras de la dignidad que da el respeto que sienten los demás por quienes no sólo enseñan sino que además no cesan de aprender, como si siempre fueran pupilos de escuela, como si intentaran hallar el ser humano que llevan por dentro.
         En español, y en todos los idiomas, que yo sepa, sólo después de obtener una licencia (o licenciatura) para ejercer una profesión puede uno inscribirse en una maestría, es decir, no se alcanza el grado de maestro al concluir los estudios universitarios. El de maestro es, pues, un título mucho más honroso que el de profesor, por más que muchos profesores se sientan disminuidos —hasta se molestan— cuando los llaman así. Uno no se atreve, porque no concuerda, a llamar profesor a Andrés Bello, a Simón Rodríguez, a Cecilio Acosta, o a Mariano Picón Salas, a Luis Beltrán Prieto Figueroa, a Arturo Úslar Pietri. Estos son maestros, por más que algunos de ellos hayan sido profesores imprescindibles a nuestras universidades. La educación formal moderna ha encontrado una fórmula para aminorar esos pruritos: los profesores son instructores, asistentes, agregados, asociados, titulares. Existe otra palabra, en apariencia asépticamente científica y contemporánea —permite aglutinar todas las anteriores, ni siquiera tiene género—, pero no es difícil adivinarle el genotipo romano: docente. Y un docente es justamente un maestro, el que “dociliza”, el que convierte el barro informe que es el niño en figura humana consciente y madura.
         Cada 15 de enero aparece en Venezuela, único país en que se celebra en esta fecha, multitud de artículos de periódicos en los que se ensalzan las virtudes que ha de tener un individuo, de cualquier edad, para merecer el nombre de maestro. ¿Cuáles son esas virtudes? Los sinónimos de la palabra nos las dicen: padre, hermano, amigo, compañero, protector, modelo, líder, guía, conductor, orientador, consejero, tutor, mentor, héroe.
         Y no sólo etimológica sino que también culturalmente, un maestro, un magister, es una persona en quien sus alumnos confían y a quien quieren emular. Los discípulos de Jesús, por ejemplo, no lo llamaban maestro sólo porque él les enseñaba algo que ellos buscaban aprender. También lo era porque ellos veían en él un modelo, un norte, una esperanza cierta de hacerse hombres mejores, una prueba viviente de que es posible convertir la prédica en conducta cotidiana.
         Qué poderosa esta palabra y qué reveladora su etimología: ella sola dice que aquel que no está dispuesto a todo esto no es un maestro, es un diletante.

emalaver@gmail.com



Año V / N° CLXXXIX / 15 de enero del 2018





Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 8 de enero de 2018

El neoespañol en Venezuela [CLXXXVIII]

Luis Roberts


 
El Chunior, personificado por Emilio Lovera, antecedente
histórico del neoespañol en Venezuela


         Hace algunos años, el gran humorista Emilio Lovera creó un personaje en el desaparecido programa de la televisión Radio Rochela, en la desaparecida, por ahora, RCTV: el Chunior. Pues bien, el Chunior fue el antecesor histórico más cercano e identificable del neoespañol en Venezuela. Lo que entonces parecía solo una disparatada fantasía humorística es ya hoy una avasalladora realidad. Muchos de los ejemplos que aparecieron en mi anterior escrito sobre el neoespañol y que sacuden los cimientos de la lengua en España, les recordarán los disparates lingüísticos del Chunior, pero hoy nos vamos a fijar solamente en los verbos desaparecidos en Venezuela y sustituidos por otros del mismo campo semántico pero con significado distinto.
         Empezaremos con uno que también forma parte de las preocupaciones de ultramar, el verbo oír. Hoy ya nadie oye, todo el mundo escucha. Según el DRAE, oír es percibir con el oído los sonidos; es decir, la función que corresponde al sentido del oído. Escuchar es prestar atención a lo que se oye, también según el DRAE. Escuchar implica un acto de voluntad de oír, a diferencia de oír que es función natural del oído. “¿Me escuchas?” Sí, claro, te escucho con atención; si no, sería un maleducado, pero no te oigo porque la señal es mala. “Esta madrugada escuché tiros en mi calle.” Eres un masoquista, ponte a escuchar el Himno de la alegría, pero no un tiroteo. En todos los idiomas cercanos existe la diferencia: entendre y écouter, listen y hear, sentire y ascoltare, sentir y escoltar, hören y zuhören, ouvir y escutar, y todos siguen haciendo la diferencia, excepto el neoespañol.
         Otro verbo que ha corrido la misma suerte, este en Venezuela, es el “mirar”. Ya nadie mira, todo el mundo ve. Con este verbo cabe la misma explicación que con el anterior: uno es un acto voluntario de la vista, el mirar, y el otro, el ver, es la función del sentido de la vista. “¿Por qué me ves?” Porque no soy ciego. “¿Por qué me miras?”. Porque me gusta mirarte, porque me gustas. Y claro, a fuerza de ver por mirar se ha olvidado el significado de este verbo y ha sido sustituido por otro: visualizar, cuya primera acepción es la de visibilizar, es decir, “hacer visible artificialmente lo que no puede verse a simple vista, como con los rayos X los cuerpos ocultos, o con el microscopio los microbios. Las otras acepciones se alejan aún más de las de ver simplemente. “Le voy a visualizar la cartera por si lleva microbios sospechosos”.
         Otro verbo en trance de desaparecer: abrir. Ya nadie abre, todo el mundo apertura. La “apertura”, que es la acción de abrir, es un participio del verbo abrir, pero participo que el verbo aperturar, probablemente de origen bancario, además de feo, no está admitido, de momento. El otro día oí a mi odontólogo decirme: “Apertúrame bien la boca” (así con el reflexivo cariñoso), y me dieron ganas de “obturacionarle” la suya con el torno.
         Y para terminar, un ejemplo chirriante, de reciente aparición, pero que parece lamentablemente imparable, la sustitución del poner por el colocar. Acudamos de nuevo al DRAE, que nos dice que poner es “colocar en un sitio o lugar a alguien o algo”, y colocar es “poner alguien o algo en su debido lugar”. ¿Pero no es lo mismo? No. La diferencia está en el matiz “debido lugar” del colocar, es decir, colocar implica un orden, preestablecido o no, pero un orden. Hace unos meses vi, miré y fotografié un cartel en una clínica de Caracas que rezaba así: “Se colocan inyecciones en el piso de arriba”. Hace unos días, una alumna, conocedora de mi inquina “colocalista”, en una conversación sobre enfermería, precisamente, titubeó al darse cuenta de que iba a decir ”colocar inyecciones”, y optó por “administrar inyecciones”. Ojalá esto no trascienda. En cualquier caso lo que parece un disparate es la desaparición del “poner”, aparentemente sin razón alguna, aunque en parte la hay, como revelaré a continuación. Hace unos días, y explicando a una alumna el porqué de mi corrección de sus “colocaciones” en un ejercicio, me dijo: “En el colegio me dijeron que no dijera ‘yo pongo’, porque solamente ponen las gallinas y yo no soy una gallina”. Otra alumna que asistía a la conversación corroboró que a ella también le decían eso en el colegio. Misterio resuelto. Algunas maestras, probablemente las mismas que enseñan que las mayúsculas no llevan tilde, son unas de las principales responsables del neoespañol, al menos hasta que no se demuestre que las gallinas colocan huevos.

luisroberts@gmail.com