lunes, 16 de marzo de 2026

La hache, el patio silencioso [DXXXII]

Ariadna Voulgaris

 

 

 

La expulsión de los moriscos, la procesión (1882),
de Manuel Gómez-Moreno

 

 

         La hache es una letra tan curiosa que —a menos que mañana aparezca una fuente más antigua— la primera vez que su nombre apareció escrito en un libro fue en el año 1433. Y para más precisión, ¡lo escribieron sin hache!

         Su antecesor, en el alfabeto fenicio, de donde lo tomaron los amigos griegos, se llamaba het, y era, más o menos, un rectángulo vertical, algo inclinado hacia la izquierda y dividido en dos cuadrados aproximadamente del mismo tamaño. Los especialistas dicen que se pronunciaba /jet/, como se pronuncia en inglés casi todo lo que comienza con hache. En Grecia perdió los trazos horizontales superior e inferior, y así, ya casi era la mismísima hache nuestra de cada día, a la que llamaron eta. Más tarde, la adoptaron los avispados amigos romanos y con los siglos fueron debilitando su sonido aspirado.

         Hasta el momento, 2.860 de las palabras incluidas en el diccionario de la Real Academia comienzan con hache. Nada mal para ser una letra que, supuestamente, no se pronuncia (ver Ritos LXV). Sin embargo, no serían tantas si siguiéramos escribiendo igual todas las palabras que en latín comenzaban con efe. Lo que Ruy Díaz de Vivar llamaba furtar ahora lo llamamos hurtar; lo que don Quijote de la Mancha llamaba finojos ahora lo llamamos hinojos; lo que Gonzalo de Berceo decía fervir ahora lo decimos hervir (y no olvidemos ferviente, que se le parece tanto porque también le sube la temperatura).

         Esta tendencia —miren ustedes si serán graciosos los españoles— se inició en el siglo XV, después de la expulsión de los musulmanes de la península y el descubrimiento de América. Las élites intelectuales comenzaron a ver con malos ojos la preferencia del pueblo por las efes iniciales de palabras latinas y comenzaron a pronunciarlas con hache levemente aspirada. Al final del siglo, las cosas se invirtieron y les dio por evitar esa aspiración, que ahora sentían como reminiscencias de la lengua árabe y del habla rústica. No fueron pocas, sin embargo, las palabras que conservaron la hache, particularmente en zonas alejadas de la capital del imperio, como Andalucía, Extremadura y mucho más en Canarias y América.

         Y no me lo van a creer —yo misma casi no lo creo—, pero el pueblo romano apreciaba con todo su corazón la vulgarísima palabra future, equivalente a ‘practicar el coito’, y esta, en la Edad Media, terminó convirtiéndose en foder, que pronto logró su versión aspirada, hoder, la cual, como ya os estáis imaginando, ¡derivó en nuestro recurrentísimo joder! Como dirían ellos mismos, a que son graciosos los españoles.

         Aunque muy discutido, quizá el significado más antiguo del signo het sea el de ‘cerrado’, ‘espacio cercado’, ‘patio’. No es difícil imaginarse que sería, por los cuatro costados, un patio muy silencioso.

 

ariadnavoulgaris@gmail.com

 

 

 

 

Año XIV / N° DXXXII / 16 de marzo del 2026

 

 

 

 

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