lunes, 3 de agosto de 2015

Caso extremo: 'Las Vegas' [LXVIII]

Edgardo Malaver



         Hace unos meses un canal de televisión venezolano presentó una telenovela chilena que bien podía describirse como una reescritura de la brillante novela El difunto Matías Pascal, del escritor italiano Luigi Pirandello. La telenovela trataba de las transformaciones que sufre una familia de clase media cuyo padre, Carlos Vega, muere en el primer capítulo y no deja a su esposa y sus tres hijas más que deudas y un rosario de sorpresas sobre la vida oculta que llevaba. El que en vida era conocido y alabado como un hombre trabajador, responsable y devoto resulta ser un sinvergüenza que todo lo ha conseguido por vías ilegales y moralmente condenables. La única propiedad que no se ha perdido es un negocio que queda en el centro de Santiago. Cuando van a visitarlo, creyendo que se trata de un restaurant, descubren que era un prostíbulo y esa misma noche llega un juez a embargarlo. Las cuatro mujeres emprenden entonces la recuperación del negocio, que convierten en una discoteca. Y no por la ciudad, sino por el apellido de las tres muchachas, le cambian el nombre a Club Las Vegas.
         Lo que convierte Las Vegas en un caso extremo no es nada de lo dicho en el párrafo anterior, sino el hecho de que, a pesar de haber sido filmada originalmente en español, es decir, con actores que hablaban español como lengua materna, en un país de habla española y, a pesar de que en Venezuela, desde que el mundo es mundo, hablamos también español, el audio con que fue emitida aquí la telenovela no era el original sino un doblaje.
         Viene a mi mente el caso de El Chavo del 8. En los años 70, oíamos a la Chilindrina decirle a Quico, por ejemplo: “Pareces un zopilote mojado”, y no hacíamos más que reírnos. ¿A alguien le importaba lo que pudiera significar zopilote modado en México? Estaba claro que lo estaba insultando. Si alguien quería imaginarse a un zopilote mojado —para lo cual no había tiempo: había que seguir viendo y riéndose—, sólo tenía que ver a Quico. Cuando don Ramón tomaba la decisión de irse de la vecindad y pedía al Chavo que le cargara las petacas o doña Clotilde invocaba a los espíritus chocarreros o doña Florinda describía cariñosamente a don Ramón diciendo que tenía patas de chichicuilote, a nadie se le ocurrió decirse: “Caramba, chico, vamos a traducirles esta serie a los venezolanos para que no se pierdan en medio de tanto mexicanismo”. Todos entendimos siempre todo. Y lo disfrutamos. Y los niños de la segunda década del siglo XXI también lo entienden y lo disfrutan todo en El Chavo... ¡sin doblaje!
         Cuando, por ejemplo, Julio Cortázar escribe: “Los puchos caían sobre la rayuela y Oliveira calculaba para que cada ojo brillante ardiera un momento sobre diferentes casillas”, ¿se pone a pensar que en español de Cuba o de Costa Rica quizá no se llame así lo que él llama rayuela o que los colombianos o los españoles quizá no conozcan la palabra pucho? No hace falta pensarlo porque está escribiendo en la lengua materna de esos lectores. Y si los autores propios no tienen ese detalle con los lectores que hablan tantas variedades de la misma lengua, ¿tienen que tenerlo los traductores que nos descifran obras extranjeras? Y si es así en la traducción, ¿tendría que ser diferente en el doblaje?
         ¿Había que doblar Las Vegas? ¿Acaso el español de Chile anda por el mundo, como Matías Pascal y Carlos Vega, de incógnito? ¿Es tan lejano al de Venezuela como para que los venezolanos necesiten que se les “traduzca” un material que ha sido elaborado en su propia lengua? De ser así, ¿por qué no se dobló Aquí no hay quien viva o Yo soy Betty, la fea? La “industria” del doblaje parece haber dado un paso más en su evolución, más allá de la manía de ponerle nombres “neutros” a todo; pero ¿no estará, en su afán de borrar las “fronteras lingüísticas”, llegando al extremo de crearlas donde nunca han existido?

emalaver@gmail.com




Año III / Nº LXVIII / 3 de agosto del 2015



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