lunes, 6 de abril de 2026

Divide et impera

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Con tres de estos lanzamientos, Frandelis García puede sacar
de juego a cualquier bateadora

 

 

         En el beisbol, todo partido tiene nueve entradas, que es múltiplo de 3, y en cada inning el equipo que defiende el campo tiene que capturar a tres jugadores del otro equipo fuera de base para poder pasar a la ofensiva. Cada vez que el lanzador acierta tres veces en poner la pelota en el centro de un cuadro imaginario sobre el pecho del receptor y el bateador no logra batearla, este pierde su turno. Hacer ese contacto, golpear la pelota con el bate, es tan difícil y poco probable que los mejores bateadores lo logran apenas tres de cada 10 veces que se paran frente al lanzador. Y cuando lo logran, tienen que recorrer tres bases para hacer una anotación. El tres tiene su misterio.

         Otros deportes ofrecen panoramas similares. En el voleibol se enfrentan dos equipos compuestos por seis jugadores (múltiplo de 3) en tres sets, hasta que uno de ellos alcanza 15 puntos (múltiplo de 3). Mientras el balón está en el aire, cada equipo sólo puede golpearlo tres veces. En el fútbol, que no parece inclinado a esta omnipresencia del tres, los dos tiempos en que se divide el juego duran 45 minutos, que es múltiplo de 3, y el equipo que gana un partido obtiene tres puntos (regla reciente, sin embargo). A veces hay más, pero en muchos partidos hay tres árbitros.

         ¿Y si nos dejáramos seducir por esta notoria regencia del tres, aparentemente tan próspera en el deporte, para lograr ventajas y beneficios en nuestro propio terreno de juego? ¿Y si la aplicáramos, por ejemplo, a la redacción, en la producción de textos?

         Nada más ponerme a pensar en esto, me doy cuenta de que tiene sentido: todo texto que redactemos, incluso antes de estar conscientes de lo que vamos a decir, sabemos que tiene que estar dividido en tres partes: las archiconocidas introducción, desarrollo y conclusión. Asuma usted esta división automática del texto antes incluso de la planificación de la escritura y ya estará siguiendo y aprovechando aquella antigua máxima grecorromana de Divide et impera (Divide y vencerás) —para algo nos dejaron esas cosas escritas—. Sólo reducir a un tercio el tamaño del primer obstáculo que tenemos que sortear es ya una ventaja impagable.

         Dividir al enemigo para vencerlo, dividir a la oposición para gobernar cómodamente, dividir en partes un problema para resolverlo con el menor esfuerzo posible no son las únicas cosas que se pueden hacer con esta “clave” que heredamos de los antiguos. Siempre es posible, en cualquier área, ahorrar tiempo, energía, dinero, preocupaciones, neuronas si nos ocupamos primero de una parte sencilla del asunto que tenemos entre manos para luego emprender una siguiente a partir de lo aprendido con la primera. Además de esto, siempre es posible dividir, subdividir y redividir lo que ya antes hemos separado en partes.

         En un curso de redacción, por ejemplo, después de concebir que cualquier texto tiene que comenzar por una introducción, seguir con un desarrollo y terminar en una conclusión (en el sentido de cierre y en el de aprendizaje), siempre vamos a poder subdividir las tres partes en partes más pequeñas. ¿Quién podría impedírnoslo? Me pregunto esto después de años de observar cómo muchos estudiantes parecen temblar de miedo al exponer ciertas ideas de la forma que se les indica su propia inteligencia, con muchísima frecuencia “porque no saben así le gusta a profesor”. Es como si tuvieran a sus espaldas un ángel vengador que se asomara a leer lo que escriben y que apenas se desviaran un centímetro les fuera a lanzar un latigazo.) Por mala que parezca esta forma de trabajar, tiene que ser mejor que no tener ninguna. Además, todo método de trabajo puede irse mejorando con el tiempo y en sucesivas actividades.

         El propio proceso de la escritura también está dividido en tres etapas: planificación (o preescritura), redacción (o escritura) y corrección (o postescritura). Aristóteles nos lo pone, para resumir, en términos de inventio, dispositio y elocutio. Incluso la pronunciación de los fonemas, para no entrar en demasiados detalles, puede fragmentarse en tres momentos: tensión, articulación y relajación. Son tantas las señales de que no deberíamos complicarnos en esto... ¿Y si nos tomamos estos hechos como una insinuación de la lengua misma (y de la naturaleza) de que la escritura de un artículo, de un mensaje electrónico, de una breve nota que dejamos en la puerta de casa, son productos cuya elaboración podemos emprender parte por parte?

         No es que el beisbol pueda compararse con un misterio teológico, como la Santísima Trinidad: tres personas en un solo Dios. No es que la vida sea sencilla por que después de la infancia entremos en la juventud y más tarde venga la vejez —san Agustín y los griegos tenían una clasificación más compleja—. No es que la naturaleza sea sosa por el hecho de que todo en ella es sólido, líquido o gaseoso. Pero sí es sabio tomar nota de esos avisos que nos lanzan el mundo, la naturaleza y hasta el deporte. Es que nos conviene —y entre más pronto, mejor— ir buscando caminos para decir con claridad lo que deseamos o debemos decir, para que no falten en ello ideas dignas de aplauso y placer de leerlas y que, además, ellas produzcan frutos nobles para los demás y para nosotros mismos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 6 de abril del 2026

 

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