lunes, 3 de agosto de 2026

El terremoto que desafió a Simón Bolívar [DXLIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Ilustración del terremoto de Caracas, aparecida en el libro 
Historical Cabinet de L.H. Young en 1834

 

 

         Tan audaz como siempre fue, al terminar la guerra de Troya, Odiseo no tuvo mejor idea que desafiar a los dioses. ¡Y lo mal que le fue después! Muchos años después, apenas comenzando otra guerra, a Simón Bolívar no le vino a la mente otra ocurrencia que sentirse desafiado por la madre naturaleza, que no puede ser acusada de los mismos vaivenes emocionales que los habitantes del Olimpo. ¡Y la de dificultades que se encontró en el camino a partir de aquel día!

         Hay quienes creen que en realidad el Libertador estaba desafiando a los realistas (en Ritos 335 lo comentamos en el 2020), pero hoy nos interesa el hecho de que aquel de marzo de 1812 otro terremoto golpeó a Venezuela con una fuerza particularmente grande y, dado que comenzaba a andar el movimiento de independencia, las consecuencias también se sintieron en los campos de batalla y, ergo, en la estabilidad del joven gobierno revolucionario.

         Este lunes recurrimos a un enemigo de la causa para que nos narre el terremoto sacudió a Caracas y echó al suelo la Primera República. José Domingo Díaz (1772-1834), que pocos años después sería secretario del implacable Pablo Morillo (17-18), escribió en su ácido libro Recuerdos de la rebelión de Caracas (1829) sus impresiones sobre el ruinoso terremoto de 1812:

 

         En estos mismos días y circunstancias, acontecimientos de otro género cambiaron la faz de todos los negocios, y aquel Dios que regía a su voluntad y por su infinita sabiduría el orden de la naturaleza, descargó el brazo de su justicia sobre el territorio de la culpable Caracas.

         El Jueves Santo 26 de marzo de 1812, [...] eran las cuatro [y] el cielo de Caracas estaba extremamente claro y brillante; una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable; caían algunas gotas de agua sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí de mi casa para la santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto, convento del orden de Predicadores, comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrí hacia aquella; algunos balcones de la Casa de Correos cayeron a mis pies al entrar en ella; me situé fuera del alcance de las ruinas de los edificios, y allí vi caer sobre sus fundamentos la mayor parte de aquel templo, y allí también entre el polvo y la muerte vi la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros.

         A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo; subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas, y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca”. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos. Volví a mi casa, tomé [a] mi familia y la conduje a aquel sitio.

         Poco tiempo después de estar en ella se dio una prueba pública del delirio revolucionario. Mientras que el R. P. Prior de los Dominicos, puesto sobre una mesa en medio de la multitud asombrada y llorosa, pronunciaba una vehemente oración; mientras que el doctor don Nicolás Anzola, regidor del 19 de abril, pedía de rodillas y a gritos perdón al señor don Fernando VII; mientras que todos estábamos mirando nuestros sepulcros abiertos a nuestros pies, se presentó el mayordomo de los hospitales, don Rafael de León, con el semblante más alegre y risueño que he visto jamás, felicitando a todos “por haber tan patentemente declarado Dios su voluntad destruyendo hasta las casas hechas por los españoles”. ¡Ceguedad extrema y estado propio del espíritu cuando está apoderado del delirio de la independencia!

         Aquel movimiento eléctrico corrió en cuatro segundos y en todas direcciones un espacio de 200 leguas. Las ciudades de San Felipe, Barquisimeto y Mérida cayeron por sus fundamentos, y pereció una gran parte de sus habitantes, y de las tropas acantonadas en ellas. Los pueblos de la Guayra, Mayquetía y Chacao tuvieron igual suerte; la mitad de las casas de la ciudad de Caracas vino a tierra, y la otra mitad quedó inhabitable, o poco menos de serlo, y el resto de los pueblos tuvo también señales sensibles de la violencia del meteoro.

         El templo de la Trinidad de Caracas, que sobre robustísimos pilares sostenía una enorme bóveda, estaba situado en la parte septentrional y en lo más elevado de su gran plaza. En el extremo opuesto de ella se hallaba situada aquella misma horca en que ocho meses antes habían sido colgados los cadáveres de los fusilados en julio. Este templo inmediato al gran cuartel veterano era la Iglesia Castrense, y en el pilar de una capilla llamada de los Remedios, destinada al servicio eclesiástico de los militares, estaba pintado el escudo de las Reales Armas de España. Este templo cayó sobre sus mismos fundamentos; fue un hundimiento: ni una pequeña piedra salió fuera de su área, y solo un gran pedazo de uno de aquellos pilares saltó con la violencia de la caída, rodó por la plaza en dirección a la horca, tropezó con ella y la derribó. Solo quedó en pie el pilar de las armas que se descubrían desde todas partes por sobre aquel montón de ruinas. El batallón veterano habla sido reformado: las compañías de fusileros eran compuestas de americanos, y la de granaderos de todos los españoles europeos que anteriormente estaban repartidos en aquellas. Era costumbre hallarse esta compañía, por la solemnidad de aquel día, en las puertas de la santa Iglesia Catedral y en la procesión de la tarde. Esto la salvo; mucha parte de las demás y de la artillería y zapadores que pasaban lista en el cuartel perecieron bajo sus ruinas.

         El Gobierno [presidido por don Francisco de Miranda] se reunió a las cinco de la tarde en la plaza de la Catedral para tomar providencias en aquella calamidad espantosa, y la primera que tomó fue la más propia para consumar la desgracia. Dispuso que se abandonase la ciudad por todos sus habitantes, situándose en sus inmediaciones, e hizo así entregar las fortunas de todos a un enjambre de ladrones que en aquella noche robaron cuanto quisieron en las casas abandonadas y en los templos medio arruinados.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIII / 3 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 27 de julio de 2026

La abogada de los terremotos [DXLII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

En Caracas no cayó “ni una teja de la más humilde
choza, mientras que todos los templos
amenazaron ruina”

 

 

         La historia de los terremotos en Venezuela, que no pretendemos compilar aquí siquiera en una parte mínimamente respetable, contiene toda clase de curiosidades (si cabe poner atención a esos datos). El del 21 de octubre de 1766, fecha del que parece haber sido el más intenso de todos —¡se calcula que llegó a la inaudita marca de 7,9 grados!—, es también, curiosísimamente, el único que no ha dejado víctimas humanas. Según José Grases Galofré, sismólogo de la Universidad Central de Venezuela, este hecho favorable se debió a la escasa población venezolana en aquel momento.

         También fue el primer terremoto que ha permitido a los científicos recabar información concreta suficiente para iniciar los estudios sismológicos en Venezuela. El movimiento estuvo centrado, otra vez, en Cumaná, pero se sintió en casi toda Venezuela. En Guayana y algunos otros lugares, las fuertes réplicas se mantuvieron durante 14 meses, y con tanta intensidad que muchísimos habitantes vivieron durante todo ese tiempo al aire libre.

         Esta semana saltaremos del siglo XVI al XVIII debido a que el terremoto de 1641, que fue el más grave del XVII, en realidad no está entre los más destacados, y porque no hemos encontrado —aún— un relato de buena estatura literaria que nos “cante” aquella historia. Y además, la figura literaria que no dejó escrita una crónica atractiva al respecto es Arístides Rojas (1826-94). Gracias, maestro.

         He omitido algunas partes que quizá puedan distraernos un poco de nuestro punto de atención, pero aquí está el cuento:

 

La abogada de los terremotos

Arístides Rojas

 

[...]

         El primer convento de Mercedes que tuvo Caracas fue una hospedería situada, desde los primeros años del siglo décimo séptimo, en tierras de la parroquia actual de San Juan, cuando en ésta no existían pobladores, sino el camino que comunica a los habitantes de Caracas con los valles de Aragua. Estaba, por lo tanto, muy distante de la pequeña capital [...]. Más tarde, en 1638, se levanta el primer convento de las Mercedes en la porción alta de la ciudad, cerca de la represa del Catuche, cuando no existían ni el puente de La Pastora ni el de la Trinidad, que aparecieron cien años más tarde [...], quedando desde entonces esta Virgen como patrona de la ciudad, reconocida por voto y juramento de ambos cabildos [...].

         Nuevo título, el de abogada de los terremotos, aguardaba a la Redentora de Cautivos, al levantarse el nuevo templo en la prolongación norte de la antigua calle de San Sebastián, hoy Norte 2. En los tres terremotos que ha presenciado Caracas y de los cuales dos de ellos la arruinaron en gran parte, todos han pasado a la historia acompañados de algún incidente extraordinario. [...] En el gran temblor de tierra de 1766, conocido con el nombre de terremoto de Santa Úrsula, por haberse verificado en el día de esta santa, 21 de octubre, la idea que domina pertenece a [...] lo maravilloso, como es la intervención de la Virgen de las Mercedes [...].

         La época del obispo Diez Madroñero, tan fecunda en reformas religiosas, debía serlo igualmente en milagros, hijos éstos de los pueblos creyentes. En los archivos de la Obispalía de Caracas aparece [...] como espíritu de caridad y abnegación, inspirado y capaz de prever los más ocultos males a que está sometida la sociedad humana. Más meritorio que el prelado, por su saber, edad y virtudes excelsas, fue el venerable cura de La Pastora, don Nicolás Bello, varón preclaro que, según la tradición, murió en olor de santidad. En los días que precedieron al gran temblor de Caracas del 21 de octubre de 1766, el padre Bello había escrito al obispo, quien a la sazón hacía la visita pastoral de los valles de Aragua, que ordenase la traída de la Virgen de las Mercedes a la catedral, pues abrigaba presentimientos de que algo debía suceder para el día de santa Úrsula [y] el obispo ordenó la visita de la Virgen de las Mercedes a la catedral, donde fue recibida por grande concurrencia, como protectora de la ciudad, sin que nadie sospechara el objeto de aquella disposición.

         El padre Bello, que entretenía semanalmente con una conferencia religiosa a sus amigos íntimos, excitó a algunos de éstos a que le acompañaran a orar en el templo de La Pastora, en la noche del 20 al 21 de octubre [...].

         Vivía en Caracas, en aquella época, un loco pacífico y locuaz llamado Saturnino, a quien nadie ofendía por su carácter humilde y benévolo. Desde muchos días antes del de santa Úrsula, Saturnino recitaba por todas las calles el siguiente estribillo:

 

Qué triste está la ciudad

perdida ya de su fe,

pero destruida será

el día de San Bernabé;

quien viviere lo verá.

 

Y ya en la víspera del 21 de octubre decía:

 

Téngolo ya de decir,

yo no sé lo que será,

mañana es San Bernabé,

Quien viviere lo verá.

 

Y echándose a cuestas una pesada piedra, subió la colina del Calvario, diciendo a cuantos encontraba que al raso iba a pasar la noche, porque al día siguiente Caracas debía bailar como un trompo. Riose la población tanto de la profecía como del profeta, al cual debía después solicitar a interrogar.

         Serían las cuatro y veinte minutos de la mañana del 21 de octubre de 1786, cuando la población de Caracas despierta aterrorizada al súbito estremecimiento que hace bambolear los edificios de la capital. Al acto lánzanse los habitantes a la calle, y los gritos de “¡Misericordia, Señor!” se escuchan por todas partes. Nadie sabe qué hacer ni a dónde ir, y todo inspira temor por largo tiempo, cuando al despertar la aurora se sabe que ningún edificio notable había caído, aunque casi amenazaban ruina, sobre todo los templos. Dilatada fue el área de este sacudimiento que causó estragos en la región oriental de Venezuela.

         Dos frailes acompañaban a la Virgen en la catedral, en el momento del sacudimiento, mientras que el padre Bello, con sus amigos, oraba en La Pastora aguardando la hora del Ángelus [...]. Inmediatamente fueron abiertas las puertas de la Metropolitana y demás templos, a los cuales se acogió la población atemorizada; [...] después de un prolijo examen, viose que todos los templos exigían pronta reparación en sus muros, arcos, etc., que era necesario rebajar el tercer cuerpo de la torre de San Jacinto y derribar por completo la de las Mercedes. [...]

         ¿Por qué habían sufrido todos los templos, mientras que en las casas de los habitantes no se temía riesgo alguno? Los moradores de Caracas atribuyeron este hecho a la intervención de la Virgen de las Mercedes [...].

         Al amanecer del 21, el loco Saturnino estaba ya en Caracas sano y salvo, después de haber pasado la noche al pie de un árbol en la colina del Calvario. Jamás este pobre se vio tan rodeado de la muchedumbre y hasta de la gente de criterio, que quería saber del loco lo que éste ignoraba y había dicho inconscientemente. Pero Saturnino se limitó a contestar a cuantos curiosos le interrogaban, con una frase: “¿No se lo dije yo, que algo grande iba a suceder?”. Obraba así, como si fuera el hombre más cuerdo.

         Calmados los ánimos y realzada por un milagro la Virgen de las Mercedes, los moradores de Caracas nombraron a la Redentora de Cautivos abogada de los terremotos, dedicándole fiesta solemne el 21 de octubre de cada año. Reparados los estragos que causó el temblor de tierra en los diversos templos, regresó la Virgen al de las Mercedes, acompañada de todos los habitantes de Caracas. Desde esta fecha quedó pospuesta, como patrona de los temblores, la Virgen del Rosario, que tenía tal encargo, desde tiempos remotos, como lo asevera el historiador Oviedo y Baños.

         Llama el cronista Terreros la atención hacia el hecho de no haber caído en Caracas ni una teja de la más humilde choza, mientras que todos los templos amenazaron ruina. [...]

         Una graciosa tarjeta de plata esculturada, regalo del cabildo eclesiástico y Ayuntamiento de Caracas, figuró desde esta época al pie de la imagen que fue testigo de la tribulación [...]. En una de las caras de la tarjeta se lee:

 

SERVATRICE NOSTRÆ

 

DIE. XXI. OCT. A DMN. MDCDLXVI [*]

 

Y en la otra las siguientes sentencias:

 

OMINES, ET JUMENTA SALVASTI DOMINA.

 

Ex. Psalmo 67

 

TU CAPTIVORUM-REDEMPTIO, ET OMNIUM SALLUR.

 

S. Ephren

 

TE NOSTRÆ CAUSAM SERVATRICEN YUE SALUTIS.

 

Ex. Ovidio

 

NOSQUE TUOS LIBRA FAMUR ET (ÆTEMAGIS)

 

Ex. Ovidio

 

         En medio del fervor religioso que se apoderó de los caraqueños hacia la Redentora de Cautivos, comenzó igualmente a apoderarse de ellos la inconstancia. Aguijoneados por la vanidad, se cansaron de la antigua imagen de Nuestra Señora[...], y resolvieron poseer una escultura de la Virgen cuyo modelo fuera caraqueño [...]. Cúpole la dicha a la bella Mercedes Iriarte Aresteiguieta, quedando la nueva Virgen idéntica al modelo. Descendió del trono la antigua española, y orgullosa subió las gradas la caraqueña, a cuyos pies colocose la tarjeta de plata. Esta Virgen es la que recibe anualmente en el templo de las Mercedes la visita de los fieles.

         La inconstancia fue apoderándose igualmente de los ricos agricultores de cacao, perdiendo su brillo la rumbosa fiesta anual dedicada a la Virgen, hasta que imperaron el olvido y el indiferentismo Entibiose igualmente la ciudad y poco a poco fue olvidándose de su abogada la Redentora de Cautivos. En esto llega el famoso terremoto de 1812 que echó por tierra aldeas, villas y ciudades y sepultó diez mil víctimas [...]; pero sobre todo el hermoso convento de las Mercedes [...]. En el espacio de cincuenta años, sobre las ruinas del antiguo templo, se ha levantado uno nuevo. En el área del convento figuran hoy jardines y la estatua de uno de los hijos de Marte, mientras que en su nicho de flores está la imagen de la bella y distinguida Mercedes Iriarte Aresteiguieta de Ponte.


__________ 

[*] Este parece ser un error en el texto de Rojas. En números romanos, 1766 es MDCCLXVI.



emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLII / 27 de julio del 2026

 

 

 

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lunes, 20 de julio de 2026

El terremoto que expulsó a la Virgen del Valle de Cubagua [DXLI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Por estas calles, “lo que más seguro parecía /
peligro, mal y muerte prometía”

 

 

 

         Los terremotos han sido tan frecuentes y tan devastadores en la historia de Venezuela que hasta la Virgen del Valle ha sido víctima de ellos. O sea, terminó siendo expulsada del hogar que había elegido de este lado del mar océano. Sabemos de buena fuente —las investigaciones del Hermano Nectario María y otros autores— que la imagen que hoy atrae multitudes a Margarita cada septiembre fue traída de España a Cubagua antes de 1530. Para la Navidad de 1541, cuando ocurrió el terremoto que dejó en ruinas a la pequeña isla venezolana, se le llamaba sencillamente la Purísima, que equivalía a la Inmaculada Concepción. Después del terremoto, que se produjo junto con huracán y avalancha de altísimas olas marinas, los sobrevivientes no tuvieron otra opción que trasladarse a Margarita, donde ubicaron la imagen en la villa de El Valle del Espíritu Santo.

         De esa época data este culto, que en 1911 cristalizó en la coronación canónica de la imagen, es decir, una veneración reconocida por la Santa Sede. Y lo que esto deja en evidencia es que, desde el principio de la historia de Venezuela, todo, incluso los asuntos de la fe, ha sido tocado y trastocado por los movimientos y las fuerzas de las profundidades de la Tierra. Ese maremoto, que es el término con que se le nombra en Margarita hasta hoy, figura también entre los de mayor intensidad que se han conocido.

         En este caso le toca al célebre cronista Juan de Castellanos (1522-1607) relatarnos, de primera mano, los hechos que presenció en sus años mozos en Nueva Cádiz y que, naturalmente, también modificaron su carrera como religioso y como escritor. Sobre el terremoto de 1541 dice, entonces, Castellanos en Elegías de varones ilustres de Indias (1589), obra tan extensa —más de 113.600 versos— que sólo un cuarto de ella pudo ser publicado en vida del autor:

 

ELEGÍA XIII

 

CANTO TERCERO

Donde se cuenta a cuánta disminución vino la granjería de las perlas

de Cubagua, el asolamiento de aquella ciudad, con otras cosas

allí sucedidas

 

[...] Sería por el año de cuarenta

y tres con el millar y los quinientos,

cuando cierta señal nos representa

bravos y furiosos movimientos:

siguiose después desto tal tormenta

que hizo despertar los soñolientos,

de todos vientos rigurosa guerra,

y el mar mucho más alto que la tierra.

 

El agua de los cielos era tanta,

y con tan grandes ímpetus venía,

que el más entero brío se quebranta,

y el ánimo más fuerte más temía:

ruïdo temeroso se levanta

que de la mar y tierra procedía,

sobrevino la noche muy escura,

y con ella grandísima tristura.

 

No se hallaba ya cosa viviente

que tuviese seguro de su vida,

porque la calle va como creciente

de ríos con furor de la venida;

en las casas no puede parar gente

por los amenazar con su caída,

y lo que más seguro parecía

peligro, mal y muerte prometía.

 

[...]

 

Salíannos ansí desta manera

aquí y allí peligros al encuentro,

pues era grande riesgo salir fuera,

peligro de la vida quedar dentro:

tiembla la isla toda donde quiera

por aire conmovida desde el centro,

aquel que poseía mejor suerte

estaba ya gustando de la muerte.

 

[...]

 

Yo solía posar en una casa

que bien cercana fue de la marina,

do vivía Pero Ruiz Barrasa

y su mujer Beatriz de Medina:

tenía por delante plaza rasa,

e viendo yo henderse cierta esquina,

a grandes voces dije: «Fuera, fuera,

que ya caen las rejas y madera».

 

[...]

 

Y es por acontecer en tal instante

caerse la pared más delantera,

antes de poder ir más adelante

por impedir la puerta su carrera [...].

 

Yo poco antes de caer había

salido con deseo de escaparme,

y en medio de la plaza no sabía

cómo mejor poder acomodarme;

porque de todas partes no tenía

falta de agua para bien mojarme;

pero luego con otras gentes buenas

tuvimos compañeros en las penas.

 

Oíamos murmurios y bullicios,

no con falaces cantos de serenas;

aquí y allí caían edificios,

las altas azoteas, las almenas,

la casa de los santos sacrificios,

moradas que yo vi ricas y buenas:

aquí sonaban voces y allí gritos,

aquellos con temor, estos aflitos.

 

Lo mejor y lo más fortalecido

con la gran tempestad viene cayendo,

la trabazón del techo más asido

con fuerza del temblor se va rompiendo:

causaba gran temor aquel ruïdo,

asombraba la furia del estruendo

de aquellas derrumbadas canterías

y quiebras de las vigas y alfajías[...].

 

[...] el cielo se mostró de nubes lleno,

y el fuego celestial viene rasgando

la nube por el más espeso seno;

y aquella furia con que va pasando

es la causa de dar horrible trueno,

poniendo gran temor a los mortales

sin uso de razón y racionales;

 

tal y tan grande estruendo se hacía

cuando con tantas lluvias y temblores

la más gruesa pared de cantería

caía con los altos corredores,

cuyo grave ruïdo nos ponía

grandísimos espantos y temores:

viérades las doncellas desmayadas,

dueñas amortecidas de asombradas.

 

Aquí sonaba doloroso llanto

del niño de su madre divertido,

allí las madres hacen otro tanto

lamentando su hijo por perdido;

otras por acullá con gran espanto

colgadas de los hombros del marido.

Hacen mayores ser los terremotos

confusísimas voces y alborotos.

 

Fueron durables estos detrimentos,

mas no con una misma destemplanza;

al fin cesó la fuerza de los vientos

y llegaron las horas de bonanza:

ningunos muertos, pero descontentos

determinados a hacer mudanza

por no tener recurso de vivienda,

eso me da soltero que con prenda.

 

Otros de nuevas leyes ignorantes

permanecían en sus desvaríos, [...]

angosta vida, seca, miserable,

y tal que no podía ser durable.

 

[...] y ansí barcos de Niebla y Juan Cabello

nos traspasaron a la Margarita

en tanto que llegaban ocasiones

para ir a buscar nuevas regiones.

 

Y al tiempo de salir desta frontera,

no sin dolor de damas y varones,

acuérdome que Jorje de Herrera

compuso ciertos versos y canciones,

y en un alto pilar en la ribera

también mandó poner ciertos renglones,

que si memoria tengo de aquel día

entre ellos hubo letra que decía:

 

[...Aquí fue pueblo plantado,

cuyo próspero partido

voló por lo más subido;

mas apenas levantado

cuando del todo caído.

 

Quien examinar procura

varios casos de ventura

puestos en humana casta,

aquesto solo le basta

si tiene seso y cordura.


         Quizá no sea yo el único que siente, con cada verso de este poema, que hemos oído otra vez apenas hace días la narración de Castellanos en los labios de los miles de venezolanos que perdieron a sus madres, a sus hermanos, a sus hijos en la más reciente reedición del terremoto de Nueva Cádiz, que hoy vale llamar La Guaira, Macuto, Catia La Mar...

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLI / 20 de julio del 2026

 

 

 

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