Ariadna Voulgaris

No ataque
las palabras de frente: deles el rodeo más
largo posible. Aníbal Nazoa en 1964
No debería
ser yo quien escribiera el artículo de hoy, que se celebra el Día del Traductor
y del Intérprete en el mundo entero, pero el traductor del grupo ha declinado el
honor alegando que tiene derecho a descansar al menos en su día, como si fuera
domingo o el día de su cumpleaños. Por suerte, mi memoria, que hoy está deseosa
de aplausos, me ha resucitado un artículo que leí hace unos años, justamente gracias
a mi encuentro con Ritos de Ilación, acontecimiento que me ha permitido concebir
de alguna forma, desde afuera, el mundo de la traducción... el mundo de la
traducción, digo, que a veces tiene más apariencia de galaxia, otras de constelación,
otras de cometa que viene, pasa, saluda, se devuelve y cuando ya lo hemos
olvidado, regresa a nosotros; la traducción también se comporta como un complejísimo
sistema solar cuya estrella a veces es san Jerónimo, otras veces Walter
Benjamin, otras Octavio Paz.
Entonces...
sí, el artículo que estaba escondido en mi memoria. Se titula “La traducción” y
fue escrito por Aníbal Nazoa —Aníbal, no Aquiles... Perdónanos, Homero, que no sabemos
lo que confundimos—. Es brevísimo y aparece en Obras incompletas, de
1969, editado por Monte Ávila. Lo que más me interesa de él, que se consume en
un humor deleitoso y cultísimo, es una afirmación que hace al principio, porque,
aunque lo diga como una chanza, es la mera verdad (o esa es la razón por la que
lo dice, yo ya no sé). Dice:
[El traductor]
ha de ser persona versada en historia, sociología, semántica, dactiloscopia,
economía política, cocina internacional y, por lo menos, otras diez o doce
disciplinas auxiliares. A veces es conveniente también, aunque no
indispensable, que posea algún conocimiento del idioma en que está escrita la
obra a traducir.
¡Solo a
veces, ¡solo a veces!, es conveniente, ¡ni siquiera necesario!, que conozca un
poco el idioma del original! Indispensable tampoco es. Lo indispensable es que sea
un especialista en unas veinte disciplinas más. ¡Madre santa! Y no podemos objetar
que un traductor al que le falte semejante “arsenal cultural” es un farsante
porque, en la oración anterior, el autor se ha cerciorado de dejar dicho e
impreso que la traición es apenas una sola de las muchas artes que debe conocer
y practicar el traductor.
Me hace
recordar la escena aquella de la película Barbie en que la personaja
de la secretaria vomita aquel impresionante discurso sobre el millón de cosas que
el mundo exige que las mujeres sepamos hacer, ¡sin que nadie nos haya preparado
para ello!, y vigila despiadadamente para que las hagamos a la perfección, y cuando
fallamos en un pequeñísimo ápice de todas esas obligaciones, es culpa nuestra,
exclusivamente nuestra, que el mundo sea un mar de calamidades y que no tenga
salvación.
Yo —que
desde que vivo lejos del pueblo en que nací, cuando oigo en la radio una
noticia que me suena de las históricas y trascendentes, le toco la puerta a mi
vecino para que me la explique, porque, aunque conozca bien todas las palabras
en que fue redactada, no tengo idea de cómo traducirme a mí misma lo que he
escuchado— no me siento autorizada para hablarles a ustedes de traducción, y
menos en este sagrado día de hoy, pero juzgando por las palabras de Nazoa, que
son una parte infinitesimal de lo que se puede decir hoy, con los ojos cerrados
votaría en unas elecciones mundiales para que no dejaran de existir los
traductores humanos de carne y hueso y con la cabeza bien puesta y que se
estudiaran concienzudamente los casos en que se equivocan antes de condenarlos
a la hoguera sin tener claros el error y su circunstancia, la sustancia y la
forma, el original y todas las montañas de etcéteras, cosa que casi nadie
sabemos hacer.
Claro,
es que uno se equivoca más cuando se prepara menos. Los traductores que se creen
tales porque acaban de regresar de sus primeras vacaciones en Miami y
comprendían todo lo que les decían los empleados del hotel, hablando en serio,
esos ni siquiera llegan a diletantes de la traducción. Un traductor de verdad, al
otro lado de la órbita, como por ósmosis se va convirtiendo en la mente que
originalmente escribió lo que traduce, y con razón termina siendo capaz de
volver a escribirlo todo en la lengua a la que traduce. La puntería que hace
falta para llegar ese nivel no se aprende en un par de semanas, y mucho menos tomándose
un ron en la piscina. Claro, porque traducir no es cuestión de lanzar flechas
al aire: es cuestión de dar en el blanco, y eso exige un trabajo como el de la
hormiguita aquella de la fábula.
Ojalá
que todos los traductores del mundo disfruten el día de hoy como si fuera
domingo... o su cumpleaños.
ariadnavoulgaris@gmail.com
Año XIV / N° DLI /
30 de septiembre del 2026
EDICIÓN DEL DÍA
DEL TRADUCTOR Y DEL INTÉRPRETE
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