Edgardo Malaver Lárez
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Pere Ponce como Miguel de Cervantes en El Ministerio del Tiempo
(2015) |
Aunque el
primero era 15 años mayor que el otro, Miguel de Cervantes y Félix Lope de
Vega, al principio, en una primera época después de conocerse, eran amigos. Se
alababan mutuamente en sus respectivos libros y reconocían en público los
méritos y capacidades de cada uno. Pero algo pasó una vez llegado el siglo XVII
—Sainz de Robles cree que fue después de 1602—. Después de unos 20 años de
cordialidad, su amistad sufrió una herida y cayó en barrena.
En obras
tan tempranas como la Galatea, de 1585, Cervantes saludan el talento del joven
poeta, y más tarde este le corresponde incluyéndolo entre los poetas que cita
en su Arcadia, de 1598. Algunos investigadores, como Tomás Tómov y
Alfonso Martín Jiménez, están convencidos de que la manzana de la discordia fue
la que más tarde, y hasta ahora, sería considerada la primera novela moderna de
la historia: Don Quijote de la Mancha. Aunque apareció impresa a
principios de 1605, el año anterior, como era costumbre, se conocía ya el texto
manuscrito (que era una práctica frecuente que estimulaba el “éxito” de los
libros, costosísimos, una vez que salieran al público). Una de las hipótesis es que el capítulo 48
hirió la sensibilidad de Lope, quien desde entonces no dejó de hablar y
escribir en contra de Cervantes, incluso de insultarlo con acritud al
tropezárselo en la calle. Jean Caravaggio llega a decir que Lope, pavoneándose
de ir rodeado de mujeres, pasaba intencionalmente por la calle donde vivía su
antiguo amigo y se detenía a lanzarle improperios.
De esa
época data la carta en que Lope le escribe a otro amigo: “...de poetas no digo
buen siglo es éste, muchos [están] en ciernes para el año que viene,
pero ninguno hay tan malo como Cervantes ni tan necio que alabe a Don
Quijote”. Afirman los autores que Cervantes al principio recibía la mayoría de estos
episodios con paciencia, pero él también en muchas ocasiones le respondió oralmente y por escrito, mediante cartas, poemas y otros textos, siempre con una agudeza y habilidad lírica que irritaba muchísimo a Lope. Los
ataques de Lope hacia Cervantes, por su lado, eran con frecuencia vulgares y deshonrosos,
claramente indignos de su talento.
Por
ejemplo, en 1604, cuando Lope de Vega, jactándose de su éxito, hace poner en la
portada de El peregrino en su patria un grabado de las legendarias
diecinueve torres de Bernardo del Carpio (símbolo de triunfo), un retrato suyo
con la leyenda en latín “Quieras o no quieras, Envidia, Lope es único o muy
raro” y una cita de Quevedo, Cervantes, aunque enardecido, le responde con
creatividad:
Hermano
Lope, bórrame el soné—
de
versos de Ariosto y Garcila—,
y
la Biblia no tomes en la ma—,
pues
nunca de la Biblia dices le—.
También
me borrarás La Dragonté—
y
un librillo que llaman del Arcá—
con
todo el comediaje y epitá—,
y,
por ser mora, quemarás la Angé—,
Sabe
Dios mi intención con San Isí—;
mas
quiéralo dejar por lo devó—.
Bórrame
en su lugar El peregrí—.
Y
en cuatro lenguas no me digas co—;
que
supuesto que escribes boberí—,
las
vendrán a entender cuatro nació—.
Ni
acabes de escribir La Jerusá—;
bástale
a la cuitada su trabá—.
El llamado Fénix de los Ingenios, en cambio, responde
así:
Yo que no sé de los, de li ni le-
ni sé si eres, Cervantes, co ni cu-;
solo digo que es Lope Apolo y tú
frisón de su carroza y puerco en pie.
Para que no escribieses, orden fue
del Cielo que mancases en Corfú;
hablaste, buey, pero dijiste mu.
¡Oh, mala quijotada que te dé!
¡Honra a Lope, potrilla, o guay de ti!,
que es sol, y si se enoja, lloverá;
y ese tu Don Quijote baladí,
de culo en culo por el mundo va
vendiendo especias y azafrán romí
y, al
fin, en muladares parará.
El balance
que hace Tómov al examinar toda la evidencia, indica que “el encarnizamiento,
la saña, las expresiones crudas, la intransigencia corren de parte de Lope”,
mientras que “el papel generoso y reconciliador pertenece a Cervantes, que es
objetivo, alaba, llegado el caso, a Lope, reconoce su talento”.
Hay quienes
creen (y quizá nunca pueda probarse si es cierto o no) que fue Lope quien
escribió la segunda parte apócrifa de Don Quijote, o que contrató a
algún escritor “fantasma”, al que hizo llamarse Alfonso Fernández de Avellaneda,
para que la escribiera. (Otros estudiosos señalan a Juan Blanco de Paz,
enemigo de Cervantes desde los tiempos de la prisión en Argel.) Y quién sabe si fue por
saberlo (que sí parece que lo sabía) que puso Cervantes tanto empeño en
concluirla, cuando hacía ya diez años que la obra tenía vida independiente. Y
los argumentos que presenta Cervantes para demostrar que él es el verdadero autor
son tan contundentes y aguerrido que de alguna manera compaginan con la disputa
personal e intelectual. Después de 1615, con la publicación de la segunda parte
cervantina de Don Quijote, el fulano Avellaneda quedó desprestigiado y
descartado.
En el
teatro sí está claro que a la llegada de Lope Cervantes tuvo que apartarse.
Para Cervantes fue tan arrasadora la incursión de Lope en la dramaturgia que
significó (después de la huida a Italia, de la guerra en que perdió la mano, de
la cárcel en África, su desempleo constante en Madrid, de las penurias
económicas de su familia) un nuevo y enorme obstáculo en una vida turbulenta
que no daba señales de serenarse. Ya en sus últimos años, escribiendo el
prólogo de Ocho comedias y ocho entremeses, dejó anotado su genuino
reconocimiento a aquella otra lumbrera literaria de su tiempo: “Tuve otras
cosas en que ocuparme; dejé la pluma y las comedias, y entró [entonces]
el monstruo de naturaleza, el gran Lope de Vega, y alzose con la monarquía cómica;
avasalló y puso debajo de su jurisdicción a todos los farsantes; llenó el mundo
de comedias proprias, felices y bien razonadas”.
Lope de
Vega también lo hizo: casi veinte años después de la muerte de Cervantes, ya
mayor, Lope terminó reconociendo, aunque fuera tácitamente, el valor de la obra
de su adversario, al utilizar temas cervantinos, es decir, con profundidad
intelectual y delicadeza poética, para comunicarse con su propio público.
En
realidad, desde el principio lo había hecho: si Cervantes, con las solas
palabras, había logrado enfurecer a un poeta admirable como Lope, es porque
habitaba y palpitaba en él lo que exige el arte para ser llamado poeta. Y
viceversa. Esta, que fue una de las más virulentas y en mayor medida absurdas confrontaciones literarias del
Siglo de Oro, fue también, ni más ni menos, la controversia de un monstruo de la
naturaleza contra otro.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXXX / 23
de abril del 2026
EDICIÓN DEL DÍA DEL LIBRO
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