martes, 14 de abril de 2026

Una letra pequeñita que se mudó de idioma

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Monsieur le prof Bernard Cerquiglini

 

 

         No sé cómo ni cuándo comenzó a aparecérseme en la pantalla, pero desde hace meses disfruto mucho cada edición que me llega de un programa de unos tres minutos que desentraña atractivos pormenores de la lengua francesa. La “crónica”, como la llaman los productores, es conducida por el lingüista francés Bernard Cerquiglini. Se llama “Merci professeur” —où manque pourtant la virgule devant le vocatif— y es difundida al mundo entero por el canal de televisión TV5 Monde. Naturalmente, aun sin decir por qué, queda recomendado.

         Ayer o anteayer me llegó el aviso para ver uno que decía que hablaba de la cedilla, esa letra extraña que algunos conocimos tardíamente, al comenzar a estudiar francés. Ahora, gracias a “Merci professeur” (sans virgule), sé que la dichosa letra también se utiliza en portugués y en catalán con similares, o idénticas, funciones que en francés. ¡Pero...! ¡Resulta que es española!

         Se ve de lejos que, en francés, el término cédille proviene de cedilla, palabra a la que también se le nota que significa ‘pequeña ceta’. Ah, ceta es la forma en que deberíamos escribir el nombre de la letra Z. En español siempre que una palabra contiene una sílaba con el sonido de la zeta y sigue la vocal a, la o o la u, en la escritura persiste la zeta, pero cuando sigue una e o una i, entonces la zeta se convierte en ce y viceversa. Observemos cómo de calabaza proviene calabacín (que no calabazín); de lazo, lacito (y no lazito); de dulce (no de dulze), dulzura. Este ejemplo quizá sea el paradigma definitivo: moza, mocedad, mocito, mozo, mozuela.

         Por supuesto, en esta regla hay excepciones, como Zenón, zigzag y, como ya hemos mencionado, zeta (aunque no tiene nada de malo escribir ceta, ni es pecado escribir ceda ni aun zeda, ¡tan parecido a su nombre en francés: zède!).

         En francés pasa lo mismo, o casi lo mismo pero a la inversa, con la cedilla aunque no se pronuncie igual que como se pronunciaría en español si no hubieran dejado de usarla nuestros antepasados, aproximadamente, en el Renacimiento. En francés la utilizan para mantener el sonido /s/, que es el que le asignó la historia de esa lengua, en las palabras con ce seguida de las vocales a o y u —la explicación de Cerquiglini es una obra de arte—. De esta manera, por ejemplo, el sustantivo façade (‘fachada’) habría que leerlo como /facade/, leçon (‘lección’) se leería /lecón/, conçu (‘concebido’) sería /concú/.

         En español la cedilla habrá aparecido —podemos presumir— en algún momento al final de la Edad Media en que, quizá arbitrariamente, los hablantes alfabetizados comenzaron a sentir que el sonido de la zeta no era el mismo delante de las vocales e e i que delante de las otras vocales, y necesitaron un signo que representara esa diferencia. También por esa misma razón habrá desaparecido, ¿no?, porque ya había servido para encontrar la solución (como tantas otras bellas cosas que el francés y otras lenguas habrán adoptado de la española). Sólo le quedaba mudarse a otras lenguas, tomar el camino del patito feo, que sintió que no encontraba acomodo en el lugar donde había nacido, y se fue a buscarse una familia con la cual sentirse a gusto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 13 de abril del 2026

  

lunes, 6 de abril de 2026

Divide et impera

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Con tres de estos lanzamientos, Frandelis García puede sacar
de juego a cualquier bateadora

 

 

         En el beisbol, todo partido tiene nueve entradas, que es múltiplo de 3, y en cada inning el equipo que defiende el campo tiene que capturar a tres jugadores del otro equipo fuera de base para poder pasar a la ofensiva. Cada vez que el lanzador acierta tres veces en poner la pelota en el centro de un cuadro imaginario sobre el pecho del receptor y el bateador no logra batearla, este pierde su turno. Hacer ese contacto, golpear la pelota con el bate, es tan difícil y poco probable que los mejores bateadores lo logran apenas tres de cada 10 veces que se paran frente al lanzador. Y cuando lo logran, tienen que recorrer tres bases para hacer una anotación. El tres tiene su misterio.

         Otros deportes ofrecen panoramas similares. En el voleibol se enfrentan dos equipos compuestos por seis jugadores (múltiplo de 3) en tres sets, hasta que uno de ellos alcanza 15 puntos (múltiplo de 3). Mientras el balón está en el aire, cada equipo sólo puede golpearlo tres veces. En el fútbol, que no parece inclinado a esta omnipresencia del tres, los dos tiempos en que se divide el juego duran 45 minutos, que es múltiplo de 3, y el equipo que gana un partido obtiene tres puntos (regla reciente, sin embargo). A veces hay más, pero en muchos partidos hay tres árbitros.

         ¿Y si nos dejáramos seducir por esta notoria regencia del tres, aparentemente tan próspera en el deporte, para lograr ventajas y beneficios en nuestro propio terreno de juego? ¿Y si la aplicáramos, por ejemplo, a la redacción, en la producción de textos?

         Nada más ponerme a pensar en esto, me doy cuenta de que tiene sentido: todo texto que redactemos, incluso antes de estar conscientes de lo que vamos a decir, sabemos que tiene que estar dividido en tres partes: las archiconocidas introducción, desarrollo y conclusión. Asuma usted esta división automática del texto antes incluso de la planificación de la escritura y ya estará siguiendo y aprovechando aquella antigua máxima grecorromana de Divide et impera (Divide y vencerás) —para algo nos dejaron esas cosas escritas—. Sólo reducir a un tercio el tamaño del primer obstáculo que tenemos que sortear es ya una ventaja impagable.

         Dividir al enemigo para vencerlo, dividir a la oposición para gobernar cómodamente, dividir en partes un problema para resolverlo con el menor esfuerzo posible no son las únicas cosas que se pueden hacer con esta “clave” que heredamos de los antiguos. Siempre es posible, en cualquier área, ahorrar tiempo, energía, dinero, preocupaciones, neuronas si nos ocupamos primero de una parte sencilla del asunto que tenemos entre manos para luego emprender una siguiente a partir de lo aprendido con la primera. Además de esto, siempre es posible dividir, subdividir y redividir lo que ya antes hemos separado en partes.

         En un curso de redacción, por ejemplo, después de concebir que cualquier texto tiene que comenzar por una introducción, seguir con un desarrollo y terminar en una conclusión (en el sentido de cierre y en el de aprendizaje), siempre vamos a poder subdividir las tres partes en partes más pequeñas. ¿Quién podría impedírnoslo? Me pregunto esto después de años de observar cómo muchos estudiantes parecen temblar de miedo al exponer ciertas ideas de la forma que se les indica su propia inteligencia, con muchísima frecuencia “porque no saben así le gusta a profesor”. Es como si tuvieran a sus espaldas un ángel vengador que se asomara a leer lo que escriben y que apenas se desviaran un centímetro les fuera a lanzar un latigazo.) Por mala que parezca esta forma de trabajar, tiene que ser mejor que no tener ninguna. Además, todo método de trabajo puede irse mejorando con el tiempo y en sucesivas actividades.

         El propio proceso de la escritura también está dividido en tres etapas: planificación (o preescritura), redacción (o escritura) y corrección (o postescritura). Aristóteles nos lo pone, para resumir, en términos de inventio, dispositio y elocutio. Incluso la pronunciación de los fonemas, para no entrar en demasiados detalles, puede fragmentarse en tres momentos: tensión, articulación y relajación. Son tantas las señales de que no deberíamos complicarnos en esto... ¿Y si nos tomamos estos hechos como una insinuación de la lengua misma (y de la naturaleza) de que la escritura de un artículo, de un mensaje electrónico, de una breve nota que dejamos en la puerta de casa, son productos cuya elaboración podemos emprender parte por parte?

         No es que el beisbol pueda compararse con un misterio teológico, como la Santísima Trinidad: tres personas en un solo Dios. No es que la vida sea sencilla por que después de la infancia entremos en la juventud y más tarde venga la vejez —san Agustín y los griegos tenían una clasificación más compleja—. No es que la naturaleza sea sosa por el hecho de que todo en ella es sólido, líquido o gaseoso. Pero sí es sabio tomar nota de esos avisos que nos lanzan el mundo, la naturaleza y hasta el deporte. Es que nos conviene —y entre más pronto, mejor— ir buscando caminos para decir con claridad lo que deseamos o debemos decir, para que no falten en ello ideas dignas de aplauso y placer de leerlas y que, además, ellas produzcan frutos nobles para los demás y para nosotros mismos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DCXL / 6 de abril del 2026

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

Anagramas en el diccionario

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Las lampyridae, luciérnagas para los amigos, viven 61 días

 

 

 

         El 10 de abril del 2013, en el número III de Ritos de Ilación, titulado “Electroencefalografistas y más récords”, en el que me concentré en recolectar algunas pocas curiosidades de la lengua española (como quien se prepara para jugar a la trivia), repetí sin pensarlo mucho esta idea que había leído horas antes en algún comentario de Facebook, probablemente: “Y hay una curiosidad que más bien parece un insulto creado por los argentinos para lanzarse entre sí cuando no gana el candidato de su preferencia en alguna elección: alterando el orden de sus letras, la palabra argentino sólo puede ser transformada en ignorante”. Pues resulta que el ignorante fui yo. El ingenuo al menos. Hoy, casi 13 años después, descubro fortuitamente que semejante afirmación, por fortuna, no es cierta.

         Es lo que se llama un anagrama en toda regla, pero de ningún modo es el único que puede construirse con ese conjunto preciso de letras. Para comportarme esta vez lo más seriamente que pueda, y aunque ustedes deben conocer muy bien el concepto, pongo aquí lo que dice el diccionario sobre el termino anagrama: “Cambio en el orden de las letras de una palabra o frase que da lugar a otra palabra o frase distinta”.

         Resulta que hace horas, cuando sucedió todo este hallazgo y este asombro, lo que estaba haciendo era buscar alguna buena noticia sobre el idioma español que comentar en esta décima tercera “edición aniversaria” de Ritos y, por alguna razón que no recuerdo, me vi en la página de la Real Academia; al desplegar, como por accidente, un menú a la izquierda del botón “Consultar” mis ojos cayeron sobre otro botón que decía “Anagrama”. “¿Qué será esto?”, me dije, “¿será posible que el diccionario me vaya a dar anagramas de las palabras que yo le ponga aquí?”. Pues para alegría mía, sí, así fue. Y entonces, aunque parezca mentira, me vino a la memoria en ese instante el que creo que es el único anagrama del que hemos hablado en Ritos: la palabra argentino. Y escribí “argentino”, pensando que me iba a salir lo que yo recordaba del 2013. ¡Pero no! Hay cuatro palabras en el diccionario que se escriben con las mismas letras que argentino y que me da gusto mostrarles hoy: gritonean, de verbo gritonear; el ya mencionado ignorante; la hermosa palabra tangerino, con su femenino, más hermoso aún, y tangieron, del verbo tangir.

         A veces a uno le sucede que se contenta de haber cometido un error porque cuando el tiempo nos trae la corrección, e incluso cuando nos trae la filípica, sale uno ganando porque todo termina siendo un aprendizaje. Quién hubiera dicho que de una palabra tan conocida y tan cercana florecieran de repente tantas palabras nuevas, que, más que palabras, parecen melodías.

         Quizá para muchos es algo tan común y tan simple que ya ni siquiera se percatan de los anagramas que se les presentan todos los días. Para mí no deja de ser atrayente como un imán. Es como si estuviera aprendiendo a leer y escribir otra vez... porque recuerdo que eso me pasaba cuando estaba aprendiendo a leer y escribir: cada palabra nueva que encontraba era una flor nueva, un océano nuevo, una alegría nueva.

         Por tanto, no es solamente que me alegra haber podido corregir lo que llamaría una ‘falla de investigador’ que tuve hace 13 años —porque nunca es tarde—, sino además que, caminando por el bosque de la lengua, me acabo de tropezar otro tesoro. Jugar con las letras de unas palabras para construir otras palabras es de lo más agradable que se pueda haber. Ahora, por ejemplo, usted pone rama en diccionario y le aparece amar, arma, armá y mara. Puede ser también el juego más poético del mundo: usted pone luciérnaga y el diccionario le da neurálgica. ¿Se imaginan una luciérnaga neurálgica que en una rama arma una mara?

         Algunos disfrutamos unos placeres más bien inverosímiles. Hoy, para el cumpleaños de Ritos de Ilación, yo por lo menos me siento feliz con este descubrimiento.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXXV / 25 de febrero del 2026

DÉCIMA TERCERA EDICIÓN ANIVERSARIA

 

 

 

Anteriores ediciones aniversarias (o sus equivalentes)

Congorocho (2014)

¿Pronombre de lugar en español? (2015)

¡Ay, qué noche tan preciosa! (2016)

Picnic (2017)

Kikirikí (2018)

Qué arrecho (2019)

A caballo regalado... (2020)

El hashshish vuelve a los diccionarios (2021)

Aniversario con heterónimos (2022)

Ritos de Ilusión (2023)

¡Suerte y Gaceta Hípica! (2024)

Tengo una muñeca vestida de azul (2025)


lunes, 26 de enero de 2026

Más lugares que nombres

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Hay una Tacarigua para cada venezolano... o poco falta

 

 

         A medida que pasa el tiempo, me acerco más a la conclusión de que hay en el mundo más calles que nombres que ponerles, más vecindarios, más ciudades, más ríos topónimos para llamarlos. A veces me da la impresión de que en Caracas hubiera tres avenidas Sucre, cuatro plazas Páez, cinco barrios El Progreso. Si los hay, una explicación sencilla —y bastante obvia, aunque requiera un poco de estudio de la historia— es que la capital de Venezuela ha ido creciendo, “absorbiendo” lugares que originalmente eran lejanos y adoptados sus topónimos sin darse cuenta de que se le metieron por las ventanas y de repente aparecieron escritos en el mapa. Y no pasa solamente en Caracas, ¡ni siquiera solamente en Venezuela!, pero el caso que nos interesa más es el nuestro... o me interesa a mí, al menos.

         Estas coincidencias, por cierto, por lo menos en mi mente, favorecen mucho la ficción. Imaginen un cuento policial en que el criminal ejecuta sus fechorías en una plaza Bolívar y vive, trabaja o visita a menudo y sin esconderse, frente a otra plaza del mismo nombre, rodeada de calles cuyos nombres se repiten y conducen a sitios históricos parecidos, en los cuales los mismos héroes protagonizaron acontecimientos memorables semejantes en épocas igualmente remotas. ¿Cómo se puede investigar un crimen en una ciudad como esta? ¿Cómo puede cualquier ciudadano encontrar su casa en semejante lugar? ¿Cómo sabe uno a cuál escuela ir a recoger a sus hijos en las dos de la tarde?

         En Venezuela se repiten muchos nombres de lugar. Parece ficción, pero los mapas muy rara vez mienten. Existe, por ejemplo, un Charallave en el estado Miranda y otro en el estado Sucre. De igual forma, tenemos la heroica ciudad de La Victoria del estado Aragua, pero también hay una La Victoria en Apure, a orilla del vibrador Arauca, es decir, en la frontera con Colombia. En el estado Anzoátegui, existe una Aragua de Barcelona, famosa por una batalla de 1814, y más al este, en Monagas, una Aragua de Maturín. Y no hay que olvidar que, en el centro de Venezuela, está el estado Aragua, aparentemente el titular del copyright.

         Y si es por nombres triples, San Carlos no es el único. Tenemos en el mapa una Caicara del Orinoco en el estado Bolívar, una Caicara de Maturín en el estado Monagas y una Caicara de Barcelona en el estado Anzoátegui. Cualquiera diría que la región oriental quiere superar récords de otras regiones, pero no parece que ninguna región se quedara atrás en este espíritu de la repetición toponímica. Y no es diferente en el lado occidental.

         Por si estas coincidencias entre estados no fueran suficientes, también las hay dentro del mismo estado. Miren cómo en el occidente de Venezuela hay una península de San Carlos en el municipio Padilla del estado Zulia, al norte, en la mera entrada del lago de Maracaibo, pero al sur del lago, la capital del municipio Colón se llama San Carlos del Zulia. Y, naturalmente, está la ciudad San Carlos, aunque sea la capital del estado Cojedes, hacia el este, entre el mar y los llanos.

         El nombre Tacarigua, sin embargo, quizá sea el topónimo más frecuente de Venezuela. Hay una Tacarigua en el Zulia y otra en Nueva Esparta (que se divide en Tacarigua Adentro y Tacarigua Afuera), ¡pero en Miranda hay tres!: Tacarigua de la Laguna en el municipio Páez, Tacarigua de Mamporal en Buroz y Tacarigua de Brion en Brion; y no sólo eso: hay en Miranda una laguna y el parque nacional que la abarca que se llaman Laguna de Tacarigua. Tacarigua es también el nombre indígena del Lago de Valencia, Carabobo. ¡Ocho lugares con el mismo nombre!

         Por su parte, los hagiónimos, como en todo el mundo cristiano, son incontables. Para no poner más que un ejemplo, digamos que en Venezuela tenemos por lo menos cuatro ciudades llamadas Santa Ana: en Anzoátegui, Táchira, Nueva Esparta y Falcón —en el mundo, por cierto, hay por lo menos 29, diez de ellas en México—. En Venezuela incluso existe una asociación de ciudades llamadas Santa Ana, que cada año celebra su asamblea general en uno de los estados miembros.

         ¿Y Bolívar? Es curioso que el nombre del Libertador no parezca dar nombre a muchos lugares —seguramente será una falla en mi investigación—. Sin embargo, si no contamos nuestra Ciudad Bolívar, hay en el mundo 13 ciudades llamadas así, ¡cinco de ellas en Estados Unidos! No parece incongruente que el nombre del ciudadano más destacado de la historia venezolana sea el que ha llegado a más lugares y el que se ha multiplicado más. Y mucho más que el propio nombre del país, porque el municipio de Venezuela, en la provincia de Ciego de Ávila, Cuba, es el único otro lugar del mundo, si he investigado bien, donde se repite el nombre de Venezuela.

         ¿Ustedes se acuerdan de aquel cuento de Andrés Eloy Blanco en que un pueblo llamado Mamporal —no, no, este es ficticio, aunque hay más de un Mamporal en Venezuela— y otro llamado Manatí compiten tanto para ser el único, el mejor, el que siempre derrota al otro en tal o cual cosa, que una vez se incendiaron dos casas en Manatí y los de Mamporal al día siguiente, para no ser menos, incendiaron adrede tres casas? Eso parece esta repetición tan llamativa de nombres a lo largo de un mismo país. Quién sabe si Andrés Eloy, como acostumbra, va a tener razón también en esto.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIV / 26 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 19 de enero de 2026

Chacachacare y Chacachacare

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Concepción Mariño, la terrateniente
margariteña en Trinidad que albergó
a los rebeldes en 1812

 

 

         Originalmente comencé a escribir este artículo sin darme cuenta en Guasap hace seis días. El martes de la semana pasada, el 13 de enero, mencioné la Expedición de Chacachacare, de 1813, en una conversación por Guasap con mis primos de Margarita, porque ese día se cumplían 213 años de aquel acontecimiento de la historia de la Guerra de Independencia de Venezuela. Dije además que era en realidad el mismo hecho que la Toma de Güiria, que siempre se cita como si fuera otro casualmente sucedido el mismo día. No, nadie me preguntó cómo se explicaba esto, pero, como soy impertinente y lo quería contar, me fui a verificar la fecha y los nombres de los protagonistas. De repente, cuando ya estaba a medio segundo de volver a la conversación, veo el nombre de Trinidad y Tobago. ¡¿Trinidad?!, me dije, ¿qué tiene que ver Trinidad?

         Todo. Desde pequeño he sabido de la existencia de Chacachacare, que es un pueblo, con su respectiva playa, de la isla de Margarita, muy cerca de la Península de Macanao. Y siempre me sentía feliz de saber que en un lugar tan pequeñito de mi islita pequeñita había pasado algo tan importante como la firma del Acta de Chacachacare. Sin embargo, siempre me preguntaba también por qué, aunque es muy cerca, aquellos 113 expedicionarios, dirigidos por Santiago Mariño, Manuel Piar y José Francisco Bermúdez, se habría puesto un objetivo tan lejano como Güiria. Es decir, partiendo de Chacachacare, que está al sur de Margarita, tendrían que navegar hacia el este, llegar primero a la punta de la Península de Paria, doblar a la derecha en la Boca del Dragón, dejar atrás Macuro, y después otra vez a la derecha para adentrarse en el Golfo de Paria; navegando otra vez hacia el oeste por la costa sur, llegarían a Güiria para arrebatársela a los españoles. Mariño y sus hombres lograron este objetivo en muy pocas horas, pero yo me preguntaba por qué no habrían pensado en objetivos más cercanos como Cariaco, Río Caribe o Chacopata. No es que fuera lejos, pero en un barco de comienzos del siglo XIX tiene que haber sido más bien complicado, ¿no? Es más, ¿por qué no liberar Punta de Piedras, Pampatar o Porlamar, en la costa sur de la propia Margarita?

         Pues resulta que el Chacachacare donde se firmó el acta y de donde zarpó la expedición es —¡siéntense!— una isla, ahora desierta, que pertenecía y pertenece aún... ¡a Trinidad y Tobago! Es más bien un islote que está muy cerca del extremo oriental de Paria. Al principio del siglo XIX estaba habitada y había ahí un leprosario. Pero también estaba una hacienda propiedad de Concepción Mariño, hermana de Santiago. Cuando Monteverde logró acorralar a Miranda en julio de 1812, el héroe margariteño se refugió en la hacienda de su hermana, y desde ahí preparó con Piar y Bermúdez el plan para la invasión, que fue tan exitosa que pronto recuperaron la ciudad y la provincia de Cumaná, la ciudad y la provincia de Barcelona y después la isla y la provincia de Margarita. Bolívar, entusiasmado por esta incursión, emprendió su regreso desde Colombia y llegó triunfante a Caracas. [Qué barbaridad, todo un año de guerra en 148 palabras.]

         Este descubrimiento me trae a la memoria aquella película de Hitchcock —me suena que era El hombre que sabía demasiado— en la cual el personaje de James Stewart, que investiga un crimen, sigue una pista hasta un lugar llamado Ambrose Chapel, que él interpreta como el nombre de una iglesia, y resulta ser el nombre de una persona. En mi caso, la clave del misterio estaba en la insospechada existencia de un lugar en un país que se llamaba igual a otro que estaba en otro país... ¡y a escasos kilómetros uno de otro! De un Chacachacare a otro no hay más de 250 kilómetros, y entre el extremo oriental de Paria y la isla trinito-tobaguense de Chacachacare, apenas 11.

         En la conversación del martes en Guasap, todos admitimos que no sabíamos de la existencia de la Chacachacare de Trinidad. “¡¿Se imaginan aquella confusión?!”, dijo uno de ellos. “Si la hazaña iba a depender de nosotros, qué desastre. Viene mi general Mariño y nos manda un guasap: ‘Miren, muchachos, que me puse de acuerdo con Piar y Bermúdez pa ir mañana a tomar Güiria. Nos vemos en Chacachacare tempranito’. Yo, escondido en Irapa, hubiera dicho dentro de mí: ‘Visquendervallemiarma, ahora hay que ir pa Margarita, tan cerca que estoy yo aquí de Güiria. ¡El Mariño este inventa unas vainas...!’”.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXIII / 19 de enero del 2026

 

 

 

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lunes, 12 de enero de 2026

¿Qué quiere decir millonario?

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Eladio Lárez y Pelé. ¿Usted quiere ser rico...
 o sólo millonario?

 

 

         Por un millón de dolitas, ¿qué quiere decir millonario? Opción A: el que tiene un millón de cosas; opción B: el que sabe escribir la palabra millón; opción C: el que se ha ganado la lotería; opción D: el que va a Nueva York a lavar platos y dice aquí que allá era platero. A veces el popular programa de concursos ¿Quién quiere ser millonario?, que en Venezuela era conducido por Eladio Lárez, hacía estas mezclas desquiciadas de opciones, entre las cuales era difícil decidirse. A veces yo no sabía si reírme o molestarme.

         La velocidad a la que se deterioraba el bolívar —y quién sabe si hubo otras razones— causó que el programa perdiera sentido. Ya no se podía ser millonario al responder las... 20, 25, 30 preguntas, no sé cuántas eran. O faltaban o sobraban cifras en los montos que se ofrecían. No importa. Lo que importa es que no se podía ser millonario de esa manera, ni siquiera en agosto del 2000, cuando comenzó a transmitirse en Venezuela. Y no se podía porque ¿qué quiere decir millonario? ¿Por qué, a pesar de ser, en forma y en contenido, más impresionante que otras más sencillas, no es tan poderosa?

         Existe un criterio —habrá sido definido por científicos de la economía, presumo yo— para decidir si una persona es millonaria o no. No consiste, así sin más, en poseer mucho, mucho, mucho dinero. Y en el lenguaje figurado, quizá sea el popular Alí Primera el único que haya logrado crear una metáfora convincente, irónicamente, sobre la pobreza:

 

Niños color de mi tierra

con sus mismas cicatrices,

millonarios de lombrices.

Y por eso, qué tristeza

viven los niños

en las casas de cartón.

 

Parafraseando, pero con fidelidad, la definición dice así:

 

persona cuyo patrimonio neto (es decir, la diferencia entre sus activos y sus pasivos) es igual o superior a un millón de unidades monetarias (comúnmente dólares o euros), representado en dinero líquido y, también, en el monto total de sus bienes (propiedades, inversiones, etc.).

 

         Muchos de nosotros tenemos claro, antes de despejar la ecuación, que nuestro resultado quedará por debajo de cero. Y a muchos otros, las sumas y restas, las multiplicaciones y divisiones les dará más de un millón, pero como la unidad de medida no es el dólar ni el euro —podía ser también la libra esterlina—, sigue siendo uno de nosotros, los humildes.

         Quién sabe si quede otra opción que sumarse al deseo de otro cantante popular, Roberto Carlos, y reunir un millón de amigos, sin que se los debamos a nadie, sin que hayamos firmado hipoteca sobre ellos (que equivaldría como a venderlos, ¿verdad?), sin que se los dejemos en prenda a usurero alguno. Tres o cuatro amigos líquidos y sin gravamen, contantes y sonantes, limpios, recién salidos del cuño. Tres o cuatro, porque, como dice Rafael Tomás Caldera, “tiene más quien necesita menos”.

         Preguntémonos, en suma, si millonario, siendo un término, en apariencia, perteneciente a la ciencia económica, es o puede ser buen sinónimo, es decir, buen sustituto semántico de rico, por ejemplo, que es la palabra más sencilla con que podemos llamar la posesión de muchos bienes. Claro que sí, en el lenguaje cotidiano lo es, y el diccionario pone casi el mismo grupo de palabras como sinónimos del uno y del otro. Los sinónimos de millonario son multimillonario, rico, millonetis, adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, potentado, capitalista, amillonado, bacán. Los de rico son adinerado, acaudalado, pudiente, opulento, millonario, capitalista, próspero, potentado, creso, platudo, fondeado, bacán, valioso. Pobre aparece como el único antónimo de los dos.

         Sin embargo, imagínese usted estos versos de Calderón de la Barca sustituyendo rico por millonario:

 

Sueña el rico en su riqueza,

que más cuidados le ofrece;

sueña el pobre que padece

su miseria y su pobreza.

 

O el salmo en que David describe a Dios como “clemente y misericordioso, lento a la ira y rico en piedad”; o aquel monólogo de Doña Beatriz de Silva en que Tirso canta:

 

¡Oh premio rico, que a perder provoca

el seso del dichoso que te alcanza!

Pues si enloquece una desconfianza,

también el gozo vuelve un alma loca.

 

Y, para que en serio nos preguntemos si es literal o metafórico, aquí tenemos a Agustina Andrade:

 

¡Si eso es triunfar, la gloria es el martirio,

la gloria es la embriaguez!

¡Vale más la sonrisa de mi madre

que el más rico laurel!

 

         ¿Que qué quiere decir millonario? Que tiene plata, pero que si es rico... Que tiene muchos bienes, muchos activos y pocos pasivos, muchas inversiones y pocas deudas, pero que si es rico, que yo no sé cómo es... Y como pobre parece más rico por sí solo, ser millonario debe significar otra cosa.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIII / N° DXXXII / 12 de enero del 2026

 

 

 

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