martes, 18 de agosto de 2026

El terremoto cuatricentenario [DXLV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Aunque tomada casi 60 años antes, esta imagen
de
El Universal, podría confundirse con una
de hace menos de dos meses

 

 

         Todas las familias caraqueñas que conozco cuentan historias del terremoto de 1967 —incluso la mía, que no lo es—. Un amigo de la universidad me contó que sus padres se estaban dando su primer beso cuando los interrumpió el terremoto; no pudieron volver a besarse hasta que se lo indicó el sacerdote en la boda, casi dos años después. Una empleada de limpieza de una oficina donde yo trabajaba recordaba que el terremoto la había sorprendido en la ducha, y así salió hasta la sala de su casa; más tarde se vio en la calle envuelta apenas por el mantel de su mesa de comedor. Un hermano de mi abuela estaba viendo “El Dorado”, la película de John Wayne, en un cine de la avenida Urdaneta. “Yo era tan bajito”, narraba cada mes de julio, “que decidí esperar que salieran todos, no me fueran a aplastar en la carrera”.

         El detalle curioso de aquel 29 de julio—quizá frívolo, considerando que fue una tragedia— es que cuatro días antes se había celebrado el cuarto centenario de la fundación de Caracas, aunque los eventos conmemorativos no se detenían en esa fecha. La orgullosa Caracas estaba preparada para pasar de fiesta todo 1967. Y la naturaleza, otra vez, quiso darle una lección. El último sábado del mes terminó en catástrofe, y para muchos fue momento de comenzar todo otra vez.

         Esta semana, vamos a dar la palabra al periodista Guillermo José Schael (1919-89), en aquel momento reportero del diario El Universal, para que nos cuente lo que él mismo bautizó “el terremoto cuatricentenario”, y así tituló su obra. Leamos fragmentos de la introducción del libro, publicado en 1972 y subtitulado Lo que ocurrió la noche del 29 de octubre de 1967:

 

Las esferas del reloj de la Catedra se partieron a las 8 y 2 minutos de la noche del 29 de julio de 1967 —año cuatricentenario de la ciudad—. El movimiento sísmico, que duró 35 segundos, seguido de otro de menor duración e intensidad, fue el más violento ocurrido en Caracas después del terremoto de la madrugada del 29 de octubre de 1900. Acusó un saldo trágico de cerca de 400 víctimas y causó daños materiales de consideración. Por ser fin de semana, numerosos vecinos se hallaban aquella trágica noche en los cines, restaurantes o simplemente asistían a reuniones familiares. Otros habían viajado al vecino litoral donde el mismo sismo causó estragos por su mayor proximidad al epicentro localizado por el Observatorio Cagigal en el mar, a 12 kilómetros de la costa. Su director, el capitán Ramiro Pérez Luciani, y el jefe del Departamento de Sismología, Dr. Gunther Fiedler, revelaron aquella misma noche a los periodistas que la violencia de la onda había roto los flejes de sujeción de las agujas pendulares, dejando al sismógrafo sin registros.

La localización del epicentro fue confirmada al día siguiente cuando la Comandancia General de la Marina informó que uno de los submarinos de la Armada que navegaba en la latitud norte 10,39 y oeste 66,5 a la hora de producirse el suceso, observó un repentino descenso de la sonda a cien brazas. La opinión oficial fue la de que el terremoto tuvo lugar en el mismo foco que habría dado origen al desastroso ocurrido el 26 de marzo de 1812. Al responder las preguntas formuladas por los periodistas que cubríamos la información, el capitán Pérez Luciani reveló que el Observatorio había recibido cerca de dos mil llamadas desde el 1º de enero al 25 de julio casi todas procedentes de la zona este de la ciudad y de personas que dijeron haber sentido leves temblores. Dichos movimientos de escasa intensidad, aunque registrados en la cinta del sismógrafo, fueron imperceptibles en otras zonas de Caracas, excepto los del 17 y 21 de junio que alcanzaron una magnitud de 1 y ½ y 1 y ¼ de la escala de Richter. Originalmente el epicentro se atribuyó a la región de los Humocaros, en el estado Lara, pero estudios posteriores indicaron que esta localización no era correcta [...].

 

         Más adelante, después de algunas explicaciones científicas sobre los movimientos sísmicos, Schael explica que, según Fiedler, el de 1967 ha sido “de los más espantosos terremotos observados durante su historia [la de Caracas]”; además, estuvo “acompañado de un fuerte rugido que duró unos 42 segundos, murieron más de 300 personas entre Caracas y el Litoral guaireño bajo montones de escombros de edificios”.

 

Caracas tiene alrededor de 6.000 edificios con más de cuatro pisos y unos 1.000 que pasan de 10 pisos. De los edificios altos, 180 fueron deteriorados gravemente, incluyendo 40 con daños estructurales, no habitables. Además, un número considerable de casas de una o dos plantas resultaron muy dañadas en Caracas, Litoral, Los Teques, Carayaca, Guarenas, Guatire y alrededores.

Cuatro edificios en el este de Caracas (Los Palos Grandes y Altamira) cayeron por completo, dejando un montón de escombros de pocos metros de altura —San José y Neverí, de 10 pisos, y Palace Corvin y Mijagual, de 11 pisos—. Parcialmente, dice Fiedler, cayó la Mansión Charaima. [...]

 

         Según Schael, a muchos llamó la atención el hecho de que en la noche del terremoto nunca se interrumpió el servicio de energía eléctrica. La explicación en este caso fue ofrecida por el ingeniero Asdrúbal Fuenmayor, del Departamento de Carga de la empresa La Electricidad de Caracas: hubo tres razones: el diseño del sistema del servicio, los procedimientos aplicados y la inmediata reacción de los empleados que estaban a cargo. Los equipos que se utilizaban en aquella época, aunque pudieran quedar desactivados por un movimiento de tierra, podían ser “fácilmente reconectados mediante telemandos o control remoto instalados con sentido previsivo”.

         Dos cosas impresionan en el libro de Schael: que ofrece gran cantidad de fotos del acontecimiento y una rigurosa lista de los nombres y otros detalles de las víctimas.

         Casi al final de la obra, también, el autor pone una breve nota sobre una peculiar coincidencia:

 

[El doctor Fiedler] anotaba como circunstancia curiosa el hecho de que los grandes sismos que han afectado a la ciudad de Caracas se han producido generalmente después del 20 de cada mes y en luna menguante. Consultada la retrospectiva Centeno Grau, podemos citar, como ejemplo, el terremoto de Santa Úrsula, ocurrido el 21 de septiembre de 1766; el del Jueves Santo 26 de marzo de 1812, luego el del 29 de octubre de 1900, y finalmente este [...] del 29 de julio de 1967. Únicamente el terremoto de San Bernabé, que sorprendió a Caracas la mañana del 11 de junio de 1641 se presenta como una excepción. El último sismo registrado oficialmente en Caracas data del 24 de julio de 1972, día onomástico del Libertador, poco antes de las 7:00 a.m.

 

         Otra coincidencia notable parece ser la de ocurrir durante fiestas, sean patrias o religiosas, en las que los venezolanos acostumbran desinhibir su incansable espíritu parrandero y bullicioso.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLV / 17 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 10 de agosto de 2026

Un terremoto para despedir un siglo [DXLIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¿Quién puede imaginarse una ola de cinco metros
aproximarse a Los Roques?

 

 

 

         Dice el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar sobre los terremotos que han afectado a los venezolanos:

 

Bien sea por la narración y descripción de sus efectos o por la interpretación de los registros sismográficos, en los cuatro siglos y medio subsiguientes a 1530, se tiene conocimiento de varios miles de sismos con epicentro en territorio venezolano o en regiones adyacentes; de ellos unos 130 ha ocasionado algún tipo de destrucción en localidades venezolanas.

 

         De esos 130, el del 29 de octubre del año 1900, el último del siglo XIX, también conocido como el Terremoto de San Narciso, es apenas el número 29. Tuvo una magnitud de 7,6 y, aunque gracias a Dios murieron menos de 60 personas, el movimiento alcanzó a casi todo el país y causó graves destrozos. Aquel día se reportaron daños en lugares tan distantes entre sí como Mérida y la actual Amazonas, Táchira y Anzoátegui, Lara y las Dependencias Federales —olas de cinco metros de altura invadieron las islas de Los Roques—. En Camurí, según científicos de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, se abrió en el suelo una grieta de 300 metros de ancho.

         Fue tan significativo que este suceso sísmico que dio inicio de la historia científicamente disciplinada de la sismología en Venezuela.

         Hoy, para seguir la costumbre de escoger un texto literario que nos hable del “terremoto de la semana”, vamos a leer un cuento escrito por Francisco Jiménez Arraiz (1868-1927) que se titula “Esfuminea” y fue publicado en la afamada revista El Cojo Ilustrado (número 215) un mes después del terremoto:

 

Esfuminea

(Después del terremoto)

 

A la señorita Lola Sarría

 

La mañanita tibia y el ciento oscuro.

Un profundo sobresalto en los semblantes y en las calles una profunda lobreguez.

Al sur los cerros cenicientos, destacándose en un horizonte plomizo.

Al norte el Ávila, pensativo y lóbrego, en una gasa blanca envuelta la cabeza melenuda, cual si reposar quisiera en el sopor de un largo insomnio o después del cansancio de una siniestra pesadilla.

Caracas está desierta y triste y un aspecto funeral denuncia la viudez de la gran ciudad.

En una de las plazas reposan las familias, en tiendas de campaña, después del inmenso desastre, como una peregrinación de zíngaros en espera del nuevo día de caravana, a la hora en que se aduermen los pájaros y despiertan las estrellas junto a los muros sombríos y silenciosos de Numidia.

Una rubia de veinte años acaricia junto al seno medio abierto a un niño tan rubio como ella, que sonríe mientras ella suspirando lo contempla, y al acariciar las mejillas de la madre, jugando enjuga con la menecita inquiera la lágrima que lentamente la humedece.

Otra, con blancura de porcelana, las cejas muy negras, los ojos grandes, la mirada muy triste, el rostro muy inquieto, sentada en el suelo, los pies hundidos en el césped —parece que busca en la serenidad del viejo papaíto un refugio a su inquietud de alma histérica.

Más allá, una trigueña de amplia pupila y de encendidos labios, cubierta con un abrigo color de grana, mira con inquietud, como en ansias de algo amado, a la vecina bocacalle.

Y en una barraca mugriente, de fragmentos que fueron colchas y ramas que fueron palmas, sostiene sobre las piernas una mujer a un niño moribundo. Si en cada beso al ser amado pudiera irse un pedazo del corazón del ser que ama, todo el corazón de la madre hubiérase ido al pecho de aquel niño, que no recibe de ella sin una caricia una palabra, ni una caricia sin un beso.

De pronto, no sintió más, quizá, el temblor febril de la manecita huesuda y pálida entre las suyas regordetas y rosáceas, que se llevó a la cara la manta en que se cubría y quedose inmóvil, silenciosa, muda, después de un supremo gemido, cual un paroxismo del alma.

Y estaba como despierto el niño; una manita asida al seno maternal, y la otra bajo el cuello, hundida en la fresca melenita, y tenía inmóvil la mirada y fija en los ojos de la madre... al morir le había dejado el alma en la última sonrisa...

Y cuando se vino abajo la parad de enfrente una nube como de incendio cubrió a los dos, y envuelta por los fragmentos del muro demolido, cuando todos corrían —que temblaba— y todos gritaban en torno de ella, ella, entre los escombros y de pie, tan solo se movió para exclamar: ¡Hasta la muerte misma me deja sola!

 

Caracas, 1900

 

         Venezuela entró un mes después en el siglo XX llena de dolor, confundida y rodeada de un paisaje, urbano y rural, que no ofrecía estímulos para mucha celebración. Sin embargo, terremotos no han dejado de ocurrir y, por fortuna, se han convertido también en musa, aunque triste, para la creación literaria.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIV / 10 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 3 de agosto de 2026

El terremoto que desafió a Simón Bolívar [DXLIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Ilustración del terremoto de Caracas, aparecida en el libro 
Historical Cabinet de L.H. Young en 1834

 

 

         Tan audaz como siempre fue, al terminar la guerra de Troya, Odiseo no tuvo mejor idea que desafiar a los dioses. ¡Y lo mal que le fue después! Muchos años después, apenas comenzando otra guerra, a Simón Bolívar no le vino a la mente otra ocurrencia que sentirse desafiado por la madre naturaleza, que no puede ser acusada de los mismos vaivenes emocionales que los habitantes del Olimpo. ¡Y la de dificultades que se encontró en el camino a partir de aquel día!

         Hay quienes creen que en realidad el Libertador estaba desafiando a los realistas (en Ritos 335 lo comentamos en el 2020), pero hoy nos interesa el hecho de que aquel de marzo de 1812 otro terremoto golpeó a Venezuela con una fuerza particularmente grande y, dado que comenzaba a andar el movimiento de independencia, las consecuencias también se sintieron en los campos de batalla y, ergo, en la estabilidad del joven gobierno revolucionario.

         Este lunes recurrimos a un enemigo de la causa para que nos narre el terremoto sacudió a Caracas y echó al suelo la Primera República. José Domingo Díaz (1772-1834), que pocos años después sería secretario del implacable Pablo Morillo (17-18), escribió en su ácido libro Recuerdos de la rebelión de Caracas (1829) sus impresiones sobre el ruinoso terremoto de 1812:

 

         En estos mismos días y circunstancias, acontecimientos de otro género cambiaron la faz de todos los negocios, y aquel Dios que regía a su voluntad y por su infinita sabiduría el orden de la naturaleza, descargó el brazo de su justicia sobre el territorio de la culpable Caracas.

         El Jueves Santo 26 de marzo de 1812, [...] eran las cuatro [y] el cielo de Caracas estaba extremamente claro y brillante; una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable; caían algunas gotas de agua sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí de mi casa para la santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto, convento del orden de Predicadores, comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrí hacia aquella; algunos balcones de la Casa de Correos cayeron a mis pies al entrar en ella; me situé fuera del alcance de las ruinas de los edificios, y allí vi caer sobre sus fundamentos la mayor parte de aquel templo, y allí también entre el polvo y la muerte vi la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros.

         A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo; subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas, y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca”. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos. Volví a mi casa, tomé [a] mi familia y la conduje a aquel sitio.

         Poco tiempo después de estar en ella se dio una prueba pública del delirio revolucionario. Mientras que el R. P. Prior de los Dominicos, puesto sobre una mesa en medio de la multitud asombrada y llorosa, pronunciaba una vehemente oración; mientras que el doctor don Nicolás Anzola, regidor del 19 de abril, pedía de rodillas y a gritos perdón al señor don Fernando VII; mientras que todos estábamos mirando nuestros sepulcros abiertos a nuestros pies, se presentó el mayordomo de los hospitales, don Rafael de León, con el semblante más alegre y risueño que he visto jamás, felicitando a todos “por haber tan patentemente declarado Dios su voluntad destruyendo hasta las casas hechas por los españoles”. ¡Ceguedad extrema y estado propio del espíritu cuando está apoderado del delirio de la independencia!

         Aquel movimiento eléctrico corrió en cuatro segundos y en todas direcciones un espacio de 200 leguas. Las ciudades de San Felipe, Barquisimeto y Mérida cayeron por sus fundamentos, y pereció una gran parte de sus habitantes, y de las tropas acantonadas en ellas. Los pueblos de la Guayra, Mayquetía y Chacao tuvieron igual suerte; la mitad de las casas de la ciudad de Caracas vino a tierra, y la otra mitad quedó inhabitable, o poco menos de serlo, y el resto de los pueblos tuvo también señales sensibles de la violencia del meteoro.

         El templo de la Trinidad de Caracas, que sobre robustísimos pilares sostenía una enorme bóveda, estaba situado en la parte septentrional y en lo más elevado de su gran plaza. En el extremo opuesto de ella se hallaba situada aquella misma horca en que ocho meses antes habían sido colgados los cadáveres de los fusilados en julio. Este templo inmediato al gran cuartel veterano era la Iglesia Castrense, y en el pilar de una capilla llamada de los Remedios, destinada al servicio eclesiástico de los militares, estaba pintado el escudo de las Reales Armas de España. Este templo cayó sobre sus mismos fundamentos; fue un hundimiento: ni una pequeña piedra salió fuera de su área, y solo un gran pedazo de uno de aquellos pilares saltó con la violencia de la caída, rodó por la plaza en dirección a la horca, tropezó con ella y la derribó. Solo quedó en pie el pilar de las armas que se descubrían desde todas partes por sobre aquel montón de ruinas. El batallón veterano habla sido reformado: las compañías de fusileros eran compuestas de americanos, y la de granaderos de todos los españoles europeos que anteriormente estaban repartidos en aquellas. Era costumbre hallarse esta compañía, por la solemnidad de aquel día, en las puertas de la santa Iglesia Catedral y en la procesión de la tarde. Esto la salvo; mucha parte de las demás y de la artillería y zapadores que pasaban lista en el cuartel perecieron bajo sus ruinas.

         El Gobierno [presidido por don Francisco de Miranda] se reunió a las cinco de la tarde en la plaza de la Catedral para tomar providencias en aquella calamidad espantosa, y la primera que tomó fue la más propia para consumar la desgracia. Dispuso que se abandonase la ciudad por todos sus habitantes, situándose en sus inmediaciones, e hizo así entregar las fortunas de todos a un enjambre de ladrones que en aquella noche robaron cuanto quisieron en las casas abandonadas y en los templos medio arruinados.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIII / 3 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 27 de julio de 2026

La abogada de los terremotos [DXLII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

En Caracas no cayó “ni una teja de la más humilde
choza, mientras que todos los templos
amenazaron ruina”

 

 

         La historia de los terremotos en Venezuela, que no pretendemos compilar aquí siquiera en una parte mínimamente respetable, contiene toda clase de curiosidades (si cabe poner atención a esos datos). El del 21 de octubre de 1766, fecha del que parece haber sido el más intenso de todos —¡se calcula que llegó a la inaudita marca de 7,9 grados!—, es también, curiosísimamente, el único que no ha dejado víctimas humanas. Según José Grases Galofré, sismólogo de la Universidad Central de Venezuela, este hecho favorable se debió a la escasa población venezolana en aquel momento.

         También fue el primer terremoto que ha permitido a los científicos recabar información concreta suficiente para iniciar los estudios sismológicos en Venezuela. El movimiento estuvo centrado, otra vez, en Cumaná, pero se sintió en casi toda Venezuela. En Guayana y algunos otros lugares, las fuertes réplicas se mantuvieron durante 14 meses, y con tanta intensidad que muchísimos habitantes vivieron durante todo ese tiempo al aire libre.

         Esta semana saltaremos del siglo XVI al XVIII debido a que el terremoto de 1641, que fue el más grave del XVII, en realidad no está entre los más destacados, y porque no hemos encontrado —aún— un relato de buena estatura literaria que nos “cante” aquella historia. Y además, la figura literaria que no dejó escrita una crónica atractiva al respecto es Arístides Rojas (1826-94). Gracias, maestro.

         He omitido algunas partes que quizá puedan distraernos un poco de nuestro punto de atención, pero aquí está el cuento:

 

La abogada de los terremotos

Arístides Rojas

 

[...]

         El primer convento de Mercedes que tuvo Caracas fue una hospedería situada, desde los primeros años del siglo décimo séptimo, en tierras de la parroquia actual de San Juan, cuando en ésta no existían pobladores, sino el camino que comunica a los habitantes de Caracas con los valles de Aragua. Estaba, por lo tanto, muy distante de la pequeña capital [...]. Más tarde, en 1638, se levanta el primer convento de las Mercedes en la porción alta de la ciudad, cerca de la represa del Catuche, cuando no existían ni el puente de La Pastora ni el de la Trinidad, que aparecieron cien años más tarde [...], quedando desde entonces esta Virgen como patrona de la ciudad, reconocida por voto y juramento de ambos cabildos [...].

         Nuevo título, el de abogada de los terremotos, aguardaba a la Redentora de Cautivos, al levantarse el nuevo templo en la prolongación norte de la antigua calle de San Sebastián, hoy Norte 2. En los tres terremotos que ha presenciado Caracas y de los cuales dos de ellos la arruinaron en gran parte, todos han pasado a la historia acompañados de algún incidente extraordinario. [...] En el gran temblor de tierra de 1766, conocido con el nombre de terremoto de Santa Úrsula, por haberse verificado en el día de esta santa, 21 de octubre, la idea que domina pertenece a [...] lo maravilloso, como es la intervención de la Virgen de las Mercedes [...].

         La época del obispo Diez Madroñero, tan fecunda en reformas religiosas, debía serlo igualmente en milagros, hijos éstos de los pueblos creyentes. En los archivos de la Obispalía de Caracas aparece [...] como espíritu de caridad y abnegación, inspirado y capaz de prever los más ocultos males a que está sometida la sociedad humana. Más meritorio que el prelado, por su saber, edad y virtudes excelsas, fue el venerable cura de La Pastora, don Nicolás Bello, varón preclaro que, según la tradición, murió en olor de santidad. En los días que precedieron al gran temblor de Caracas del 21 de octubre de 1766, el padre Bello había escrito al obispo, quien a la sazón hacía la visita pastoral de los valles de Aragua, que ordenase la traída de la Virgen de las Mercedes a la catedral, pues abrigaba presentimientos de que algo debía suceder para el día de santa Úrsula [y] el obispo ordenó la visita de la Virgen de las Mercedes a la catedral, donde fue recibida por grande concurrencia, como protectora de la ciudad, sin que nadie sospechara el objeto de aquella disposición.

         El padre Bello, que entretenía semanalmente con una conferencia religiosa a sus amigos íntimos, excitó a algunos de éstos a que le acompañaran a orar en el templo de La Pastora, en la noche del 20 al 21 de octubre [...].

         Vivía en Caracas, en aquella época, un loco pacífico y locuaz llamado Saturnino, a quien nadie ofendía por su carácter humilde y benévolo. Desde muchos días antes del de santa Úrsula, Saturnino recitaba por todas las calles el siguiente estribillo:

 

Qué triste está la ciudad

perdida ya de su fe,

pero destruida será

el día de San Bernabé;

quien viviere lo verá.

 

Y ya en la víspera del 21 de octubre decía:

 

Téngolo ya de decir,

yo no sé lo que será,

mañana es San Bernabé,

Quien viviere lo verá.

 

Y echándose a cuestas una pesada piedra, subió la colina del Calvario, diciendo a cuantos encontraba que al raso iba a pasar la noche, porque al día siguiente Caracas debía bailar como un trompo. Riose la población tanto de la profecía como del profeta, al cual debía después solicitar a interrogar.

         Serían las cuatro y veinte minutos de la mañana del 21 de octubre de 1786, cuando la población de Caracas despierta aterrorizada al súbito estremecimiento que hace bambolear los edificios de la capital. Al acto lánzanse los habitantes a la calle, y los gritos de “¡Misericordia, Señor!” se escuchan por todas partes. Nadie sabe qué hacer ni a dónde ir, y todo inspira temor por largo tiempo, cuando al despertar la aurora se sabe que ningún edificio notable había caído, aunque casi amenazaban ruina, sobre todo los templos. Dilatada fue el área de este sacudimiento que causó estragos en la región oriental de Venezuela.

         Dos frailes acompañaban a la Virgen en la catedral, en el momento del sacudimiento, mientras que el padre Bello, con sus amigos, oraba en La Pastora aguardando la hora del Ángelus [...]. Inmediatamente fueron abiertas las puertas de la Metropolitana y demás templos, a los cuales se acogió la población atemorizada; [...] después de un prolijo examen, viose que todos los templos exigían pronta reparación en sus muros, arcos, etc., que era necesario rebajar el tercer cuerpo de la torre de San Jacinto y derribar por completo la de las Mercedes. [...]

         ¿Por qué habían sufrido todos los templos, mientras que en las casas de los habitantes no se temía riesgo alguno? Los moradores de Caracas atribuyeron este hecho a la intervención de la Virgen de las Mercedes [...].

         Al amanecer del 21, el loco Saturnino estaba ya en Caracas sano y salvo, después de haber pasado la noche al pie de un árbol en la colina del Calvario. Jamás este pobre se vio tan rodeado de la muchedumbre y hasta de la gente de criterio, que quería saber del loco lo que éste ignoraba y había dicho inconscientemente. Pero Saturnino se limitó a contestar a cuantos curiosos le interrogaban, con una frase: “¿No se lo dije yo, que algo grande iba a suceder?”. Obraba así, como si fuera el hombre más cuerdo.

         Calmados los ánimos y realzada por un milagro la Virgen de las Mercedes, los moradores de Caracas nombraron a la Redentora de Cautivos abogada de los terremotos, dedicándole fiesta solemne el 21 de octubre de cada año. Reparados los estragos que causó el temblor de tierra en los diversos templos, regresó la Virgen al de las Mercedes, acompañada de todos los habitantes de Caracas. Desde esta fecha quedó pospuesta, como patrona de los temblores, la Virgen del Rosario, que tenía tal encargo, desde tiempos remotos, como lo asevera el historiador Oviedo y Baños.

         Llama el cronista Terreros la atención hacia el hecho de no haber caído en Caracas ni una teja de la más humilde choza, mientras que todos los templos amenazaron ruina. [...]

         Una graciosa tarjeta de plata esculturada, regalo del cabildo eclesiástico y Ayuntamiento de Caracas, figuró desde esta época al pie de la imagen que fue testigo de la tribulación [...]. En una de las caras de la tarjeta se lee:

 

SERVATRICE NOSTRÆ

 

DIE. XXI. OCT. A DMN. MDCDLXVI [*]

 

Y en la otra las siguientes sentencias:

 

OMINES, ET JUMENTA SALVASTI DOMINA.

 

Ex. Psalmo 67

 

TU CAPTIVORUM-REDEMPTIO, ET OMNIUM SALLUR.

 

S. Ephren

 

TE NOSTRÆ CAUSAM SERVATRICEN YUE SALUTIS.

 

Ex. Ovidio

 

NOSQUE TUOS LIBRA FAMUR ET (ÆTEMAGIS)

 

Ex. Ovidio

 

         En medio del fervor religioso que se apoderó de los caraqueños hacia la Redentora de Cautivos, comenzó igualmente a apoderarse de ellos la inconstancia. Aguijoneados por la vanidad, se cansaron de la antigua imagen de Nuestra Señora[...], y resolvieron poseer una escultura de la Virgen cuyo modelo fuera caraqueño [...]. Cúpole la dicha a la bella Mercedes Iriarte Aresteiguieta, quedando la nueva Virgen idéntica al modelo. Descendió del trono la antigua española, y orgullosa subió las gradas la caraqueña, a cuyos pies colocose la tarjeta de plata. Esta Virgen es la que recibe anualmente en el templo de las Mercedes la visita de los fieles.

         La inconstancia fue apoderándose igualmente de los ricos agricultores de cacao, perdiendo su brillo la rumbosa fiesta anual dedicada a la Virgen, hasta que imperaron el olvido y el indiferentismo Entibiose igualmente la ciudad y poco a poco fue olvidándose de su abogada la Redentora de Cautivos. En esto llega el famoso terremoto de 1812 que echó por tierra aldeas, villas y ciudades y sepultó diez mil víctimas [...]; pero sobre todo el hermoso convento de las Mercedes [...]. En el espacio de cincuenta años, sobre las ruinas del antiguo templo, se ha levantado uno nuevo. En el área del convento figuran hoy jardines y la estatua de uno de los hijos de Marte, mientras que en su nicho de flores está la imagen de la bella y distinguida Mercedes Iriarte Aresteiguieta de Ponte.


__________ 

[*] Este parece ser un error en el texto de Rojas. En números romanos, 1766 es MDCCLXVI.



emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLII / 27 de julio del 2026

 

 

 

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