Edgardo Malaver Lárez

El
reconstruido liceo Raimundo Martínez Centeno
El
terremoto de Cariaco de 1997 fue el primer movimiento de tierra del cual tuve
noticias en vivo, por las personas que estaban alrededor de mí, aunque algunas
de ellas tampoco lo habían sentido. Yo iba en un autobús, en Margarita, y,
entre Santa Ana y Tacarigua, el conductor recibe una llamada en el celular y le
dice a su compañero: “Que tembló en Cariaco, me acaban de decir”.
Inmediatamente suena el celular de un pasajero detrás de mí, que dice: “Ah, sí,
aquí en el autobús lo están diciendo eso, que tembló. ¿Tú lo sentiste, hija, están
bien en casa?”. Más tarde, mi familia me preguntó por dónde iba cuando tembló.
El 9 de
julio de aquel año, un movimiento telúrico golpeó la ciudad de Cariaco, estado
Sucre, a las 3:30 de la tarde, con epicentro a 9.400 metros de profundidad. Tuvo
una fuerza de 6,9 grados, suficiente para causar destrozos en Cariaco y los
alrededores, incluso en Cumaná, que está a casi 80 kilómetros de distancia.
Según los especialistas, desde 1967, no había habido en Venezuela un terremoto
tan violento como este de Cariaco.
El liceo
Raimundo Martínez Centeno y la escuela Valentín Valiente, de un minuto a otro,
estuvieron regados por el suelo vueltos pedacitos de bloques, cabillas y
cemento. Recuerdo con claridad la noticia sobre una maestra apellidada Guzmán
que, después de haberse puesto a salvo en los minutos angustiosos, volvió a
entrar en su escuela para ayudar a sus alumnos a salir. Muchos de ellos
sobrevivieron gracias a su gesto heroico, pero ella misma no logró salir con
vida del edificio. Las víctimas fueron menos de 80, en parte, gracias a ella.
En
aquellos días nació en mi imaginación la historia de un niño recién llegado a
Cariaco que se siente feliz de volver a estudiar, pero apenas días después se
encuentra atrapado dentro del derrumbe de pisos, techos y paredes de su nueva
escuela. Nunca llegan a encontrar siquiera rastro de él y, al final, en un
entierro simbólico que hacen sus compañeros, una voz que parece venir con el viento
recita un poema que insinúa el destino del pequeño y que es, al mismo tiempo, un
epitafio para el protagonista.
El
poema, que es lo único que ha sido escrito de aquella historia, dice así:
Yo que acababa
de llegar,
que apenas
sabía sumar,
mejor quizá
que escribir,
leer quizá
mejor que restar;
yo que apenas
te había visto,
que no conocía
aún
la casa de mi
amigo José,
amigo de dos o
tres días;
yo que ahora
lo he perdido todo
sin haber
tenido nada,
que no me
había acostumbrado
al calor que
hace en tu calle;
yo que sin
madre ni hermanos,
sin catecismo
ni cuenta en el banco,
me iba
quedando solo y pequeño,
que sólo de ti
podía amamantarme;
yo que tenía
la esperanza de ver la luz
aquí, sentado
a tu mesa, abiertos los ojos
frente a tu
pizarra, oliendo tus flores,
ahora te
siento temblar bajo mis pies.
Ahora te
siento caer sobre mí,
ahora se te
mina de estruendo la voz,
se te nublan
de polvo los ojos,
se me vacían a
mí las venas de tus latidos.
Después
de Cariaco, ha habido muchos temblores. Sin embargo, el doble terremoto del 24
de junio ha destrozado todas marcas de 496 años de historia y de registros sísmicos.
Aun así, todas las víctimas eran hijos de Venezuela, y las lágrimas de sus
dolientes son también nuestras. De modo que dejamos aquí una oración por el
descanso de todos ellos.
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXLVI /
24 de agosto del 2026
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