Edgardo Malaver Lárez
Por
estas calles, “lo que más seguro parecía /
peligro, mal y muerte prometía”
Los terremotos han sido
tan frecuentes y tan devastadores en la historia de Venezuela que hasta la Virgen
del Valle ha sido víctima de ellos. O sea, terminó siendo expulsada del hogar
que había elegido de este lado del mar océano. Sabemos de buena fuente —las
investigaciones del Hermano Nectario María y otros autores— que la imagen que
hoy atrae multitudes a Margarita cada septiembre fue traída de España a Cubagua
antes de 1530. Para la Navidad de 1541, cuando ocurrió el terremoto que dejó en
ruinas a la pequeña isla venezolana, se le llamaba sencillamente la Purísima,
que equivalía a la Inmaculada Concepción. Después del terremoto, que se produjo
junto con huracán y avalancha de altísimas olas marinas, los sobrevivientes no
tuvieron otra opción que trasladarse a Margarita, donde ubicaron la imagen en
la villa de El Valle del Espíritu Santo.
De esa época data este
culto, que en 1911 cristalizó en la coronación canónica de la imagen, es decir,
una veneración reconocida por la Santa Sede. Y lo que esto deja en evidencia es
que, desde el principio de la historia de Venezuela, todo, incluso los asuntos
de la fe, ha sido tocado y trastocado por los movimientos y las fuerzas de las
profundidades de la Tierra. Ese maremoto, que es el término con que se
le nombra en Margarita hasta hoy, figura también entre los de mayor intensidad
que se han conocido.
En este caso le toca al célebre
cronista Juan de Castellanos (1522-1607) relatarnos, de primera mano, los
hechos que presenció en sus años mozos en Nueva Cádiz y que, naturalmente, también
modificaron su carrera como religioso y como escritor. Sobre el terremoto de
1541 dice, entonces, Castellanos en Elegías de varones ilustres de Indias
(1589), obra tan extensa —más de 100.000 versos— que sólo un cuarto de ella pudo
ser publicado en vida del autor:
ELEGÍA XIII
CANTO TERCERO
Donde se cuenta a cuánta disminución vino la granjería
de las perlas
de Cubagua, el asolamiento de aquella ciudad, con otras cosas
allí sucedidas
[...] Sería por el año de cuarenta
y tres con el millar y los quinientos,
cuando cierta señal nos representa
bravos y furiosos movimientos:
siguiose después desto tal tormenta
que hizo despertar los soñolientos,
de todos vientos rigurosa guerra,
y el mar mucho más alto que la tierra.
El agua de los cielos era tanta,
y con tan grandes ímpetus venía,
que el más entero brío se quebranta,
y el ánimo más fuerte más temía:
ruïdo temeroso se levanta
que de la mar y tierra procedía,
sobrevino la noche muy escura,
y con ella grandísima tristura.
No se hallaba ya cosa viviente
que tuviese seguro de su vida,
porque la calle va como creciente
de ríos con furor de la venida;
en las casas no puede parar gente
por los amenazar con su caída,
y lo que más seguro parecía
peligro, mal y muerte prometía.
[...]
Salíannos ansí desta manera
aquí y allí peligros al encuentro,
pues era grande riesgo salir fuera,
peligro de la vida quedar dentro:
tiembla la isla toda donde quiera
por aire conmovida desde el centro,
aquel que poseía mejor suerte
estaba ya gustando de la muerte.
[...]
Yo solía posar en una casa
que bien cercana fue de la marina,
do vivía Pero Ruiz Barrasa
y su mujer Beatriz de Medina:
tenía por delante plaza rasa,
e viendo yo henderse cierta esquina,
a grandes voces dije: «Fuera, fuera,
que ya caen las rejas y madera».
[...]
Y es por acontecer en tal instante
caerse la pared más delantera,
antes de poder ir más adelante
por impedir la puerta su carrera [...].
Yo poco antes de caer había
salido con deseo de escaparme,
y en medio de la plaza no sabía
cómo mejor poder acomodarme;
porque de todas partes no tenía
falta de agua para bien mojarme;
pero luego con otras gentes buenas
tuvimos compañeros en las penas.
Oíamos murmurios y bullicios,
no con falaces cantos de serenas;
aquí y allí caían edificios,
las altas azoteas, las almenas,
la casa de los santos sacrificios,
moradas que yo vi ricas y buenas:
aquí sonaban voces y allí gritos,
aquellos con temor, estos aflitos.
Lo mejor y lo más fortalecido
con la gran tempestad viene cayendo,
la trabazón del techo más asido
con fuerza del temblor se va rompiendo:
causaba gran temor aquel ruïdo,
asombraba la furia del estruendo
de aquellas derrumbadas canterías
y quiebras de las vigas y alfajías[...].
[...] el cielo se mostró de nubes lleno,
y el fuego celestial viene rasgando
la nube por el más espeso seno;
y aquella furia con que va pasando
es la causa de dar horrible trueno,
poniendo gran temor a los mortales
sin uso de razón y racionales;
tal y tan grande estruendo se hacía
cuando con tantas lluvias y temblores
la más gruesa pared de cantería
caía con los altos corredores,
cuyo grave ruïdo nos ponía
grandísimos espantos y temores:
viérades las doncellas desmayadas,
dueñas amortecidas de asombradas.
Aquí sonaba doloroso llanto
del niño de su madre divertido,
allí las madres hacen otro tanto
lamentando su hijo por perdido;
otras por acullá con gran espanto
colgadas de los hombros del marido.
Hacen mayores ser los terremotos
confusísimas voces y alborotos.
Fueron durables estos detrimentos,
mas no con una misma destemplanza;
al fin cesó la fuerza de los vientos
y llegaron las horas de bonanza:
ningunos muertos, pero descontentos
determinados a hacer mudanza
por no tener recurso de vivienda,
eso me da soltero que con prenda.
Otros de nuevas leyes ignorantes
permanecían en sus desvaríos, [...]
angosta vida, seca, miserable,
y tal que no podía ser durable.
[...] y ansí barcos de Niebla y Juan Cabello
nos traspasaron a la Margarita
en tanto que llegaban ocasiones
para ir a buscar nuevas regiones.
Y al tiempo de salir desta frontera,
no sin dolor de damas y varones,
acuérdome que Jorje de Herrera
compuso ciertos versos y canciones,
y en un alto pilar en la ribera
también mandó poner ciertos renglones,
que si memoria tengo de aquel día
entre ellos hubo letra que decía:
[...] Aquí fue pueblo plantado,
cuyo próspero
partido
voló por lo
más subido;
mas apenas
levantado
cuando del
todo caído.
Quien examinar
procura
varios casos
de ventura
puestos en
humana casta,
aquesto solo
le basta
si tiene seso y cordura.
Quizá no sea yo el único
que siente, con cada verso de este poema, que hemos oído otra vez apenas hace
días la narración de Castellanos en los labios de los miles de venezolanos que
perdieron a sus madres, a sus hermanos, a sus hijos en la más reciente reedición
del terremoto de Nueva Cádiz, que hoy vale llamar La Guaira, Macuto, Catia La
Mar...
emalaver@gmail.com
Año XIV / N° DXLI / 20 de julio del 2026
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