miércoles, 26 de agosto de 2026

Poema con terremoto [DXLVI]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

El reconstruido liceo Raimundo Martínez Centeno

 

 

         El terremoto de Cariaco de 1997 fue el primer movimiento de tierra del cual tuve noticias en vivo, por las personas que estaban alrededor de mí, aunque algunas de ellas tampoco lo habían sentido. Yo iba en un autobús, en Margarita, y, entre Santa Ana y Tacarigua, el conductor recibe una llamada en el celular y le dice a su compañero: “Que tembló en Cariaco, me acaban de decir”. Inmediatamente suena el celular de un pasajero detrás de mí, que dice: “Ah, sí, aquí en el autobús lo están diciendo eso, que tembló. ¿Tú lo sentiste, hija, están bien en casa?”. Más tarde, mi familia me preguntó por dónde iba cuando tembló.

         El 9 de julio de aquel año, un movimiento telúrico golpeó la ciudad de Cariaco, estado Sucre, a las 3:30 de la tarde, con epicentro a 9.400 metros de profundidad. Tuvo una fuerza de 6,9 grados, suficiente para causar destrozos en Cariaco y los alrededores, incluso en Cumaná, que está a casi 80 kilómetros de distancia. Según los especialistas, desde 1967, no había habido en Venezuela un terremoto tan violento como este de Cariaco.

         El liceo Raimundo Martínez Centeno y la escuela Valentín Valiente, de un minuto a otro, estuvieron regados por el suelo vueltos pedacitos de bloques, cabillas y cemento. Recuerdo con claridad la noticia sobre una maestra apellidada Guzmán que, después de haberse puesto a salvo en los minutos angustiosos, volvió a entrar en su escuela para ayudar a sus alumnos a salir. Muchos de ellos sobrevivieron gracias a su gesto heroico, pero ella misma no logró salir con vida del edificio. Las víctimas fueron menos de 80, en parte, gracias a ella.

         En aquellos días nació en mi imaginación la historia de un niño recién llegado a Cariaco que se siente feliz de volver a estudiar, pero apenas días después se encuentra atrapado dentro del derrumbe de pisos, techos y paredes de su nueva escuela. Nunca llegan a encontrar siquiera rastro de él y, al final, en un entierro simbólico que hacen sus compañeros, una voz que parece venir con el viento recita un poema que insinúa el destino del pequeño y que es, al mismo tiempo, un epitafio para el protagonista.

         El poema, que es lo único que ha sido escrito de aquella historia, dice así:

 

Yo que acababa de llegar,

que apenas sabía sumar,

mejor quizá que escribir,

leer quizá mejor que restar;

yo que apenas te había visto,

que no conocía aún

la casa de mi amigo José,

amigo de dos o tres días;

yo que ahora lo he perdido todo

sin haber tenido nada,

que no me había acostumbrado

al calor que hace en tu calle;

yo que sin madre ni hermanos,

sin catecismo ni cuenta en el banco,

me iba quedando solo y pequeño,

que sólo de ti podía amamantarme;

yo que tenía la esperanza de ver la luz

aquí, sentado a tu mesa, abiertos los ojos

frente a tu pizarra, oliendo tus flores,

ahora te siento temblar bajo mis pies.

Ahora te siento caer sobre mí,

ahora se te mina de estruendo la voz,

se te nublan de polvo los ojos,

se me vacían a mí las venas de tus latidos.

 

         Después de Cariaco, ha habido muchos temblores. Sin embargo, el doble terremoto del 24 de junio ha destrozado todas marcas de 496 años de historia y de registros sísmicos. Aun así, todas las víctimas eran hijos de Venezuela, y las lágrimas de sus dolientes son también nuestras. De modo que dejamos aquí una oración por el descanso de todos ellos.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLVI / 24 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 17 de agosto de 2026

El terremoto cuatricentenario [DXLV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

 

Aunque tomada casi 60 años antes, esta imagen
de
El Universal, podría confundirse con una
de hace menos de dos meses

 

 

         Todas las familias caraqueñas que conozco cuentan historias del terremoto de 1967 —incluso la mía, que no lo es—. Un amigo de la universidad me contó que sus padres se estaban dando su primer beso cuando los interrumpió el terremoto; no pudieron volver a besarse hasta que se lo indicó el sacerdote en la boda, casi dos años después. Una empleada de limpieza de una oficina donde yo trabajaba recordaba que el terremoto la había sorprendido en la ducha, y así salió hasta la sala de su casa; más tarde se vio en la calle envuelta apenas por el mantel de su mesa de comedor. Un hermano de mi abuela estaba viendo “El Dorado”, la película de John Wayne, en un cine de la avenida Urdaneta. “Yo era tan bajito”, narraba cada mes de julio, “que decidí esperar que salieran todos, no me fueran a aplastar en la carrera”.

         El detalle curioso de aquel 29 de julio—quizá frívolo, considerando que fue una tragedia— es que cuatro días antes se había celebrado el cuarto centenario de la fundación de Caracas, aunque los eventos conmemorativos no se detenían en esa fecha. La orgullosa Caracas estaba preparada para pasar de fiesta todo 1967. Y la naturaleza, otra vez, quiso darle una lección. El último sábado del mes terminó en catástrofe, y para muchos fue momento de comenzar todo otra vez.

         Esta semana, vamos a dar la palabra al periodista Guillermo José Schael (1919-89), en aquel momento reportero del diario El Universal, para que nos cuente lo que él mismo bautizó “el terremoto cuatricentenario”, y así tituló su obra. Leamos fragmentos de la introducción del libro, publicado en 1972 y subtitulado Lo que ocurrió la noche del 29 de octubre de 1967:

 

Las esferas del reloj de la Catedra se partieron a las 8 y 2 minutos de la noche del 29 de julio de 1967 —año cuatricentenario de la ciudad—. El movimiento sísmico, que duró 35 segundos, seguido de otro de menor duración e intensidad, fue el más violento ocurrido en Caracas después del terremoto de la madrugada del 29 de octubre de 1900. Acusó un saldo trágico de cerca de 400 víctimas y causó daños materiales de consideración. Por ser fin de semana, numerosos vecinos se hallaban aquella trágica noche en los cines, restaurantes o simplemente asistían a reuniones familiares. Otros habían viajado al vecino litoral donde el mismo sismo causó estragos por su mayor proximidad al epicentro localizado por el Observatorio Cagigal en el mar, a 12 kilómetros de la costa. Su director, el capitán Ramiro Pérez Luciani, y el jefe del Departamento de Sismología, Dr. Gunther Fiedler, revelaron aquella misma noche a los periodistas que la violencia de la onda había roto los flejes de sujeción de las agujas pendulares, dejando al sismógrafo sin registros.

La localización del epicentro fue confirmada al día siguiente cuando la Comandancia General de la Marina informó que uno de los submarinos de la Armada que navegaba en la latitud norte 10,39 y oeste 66,5 a la hora de producirse el suceso, observó un repentino descenso de la sonda a cien brazas. La opinión oficial fue la de que el terremoto tuvo lugar en el mismo foco que habría dado origen al desastroso ocurrido el 26 de marzo de 1812. Al responder las preguntas formuladas por los periodistas que cubríamos la información, el capitán Pérez Luciani reveló que el Observatorio había recibido cerca de dos mil llamadas desde el 1º de enero al 25 de julio casi todas procedentes de la zona este de la ciudad y de personas que dijeron haber sentido leves temblores. Dichos movimientos de escasa intensidad, aunque registrados en la cinta del sismógrafo, fueron imperceptibles en otras zonas de Caracas, excepto los del 17 y 21 de junio que alcanzaron una magnitud de 1 y ½ y 1 y ¼ de la escala de Richter. Originalmente el epicentro se atribuyó a la región de los Humocaros, en el estado Lara, pero estudios posteriores indicaron que esta localización no era correcta [...].

 

         Más adelante, después de algunas explicaciones científicas sobre los movimientos sísmicos, Schael explica que, según Fiedler, el de 1967 ha sido “de los más espantosos terremotos observados durante su historia [la de Caracas]”; además, estuvo “acompañado de un fuerte rugido que duró unos 42 segundos, murieron más de 300 personas entre Caracas y el Litoral guaireño bajo montones de escombros de edificios”.

 

Caracas tiene alrededor de 6.000 edificios con más de cuatro pisos y unos 1.000 que pasan de 10 pisos. De los edificios altos, 180 fueron deteriorados gravemente, incluyendo 40 con daños estructurales, no habitables. Además, un número considerable de casas de una o dos plantas resultaron muy dañadas en Caracas, Litoral, Los Teques, Carayaca, Guarenas, Guatire y alrededores.

Cuatro edificios en el este de Caracas (Los Palos Grandes y Altamira) cayeron por completo, dejando un montón de escombros de pocos metros de altura —San José y Neverí, de 10 pisos, y Palace Corvin y Mijagual, de 11 pisos—. Parcialmente, dice Fiedler, cayó la Mansión Charaima. [...]

 

         Según Schael, a muchos llamó la atención el hecho de que en la noche del terremoto nunca se interrumpió el servicio de energía eléctrica. La explicación en este caso fue ofrecida por el ingeniero Asdrúbal Fuenmayor, del Departamento de Carga de la empresa La Electricidad de Caracas: hubo tres razones: el diseño del sistema del servicio, los procedimientos aplicados y la inmediata reacción de los empleados que estaban a cargo. Los equipos que se utilizaban en aquella época, aunque pudieran quedar desactivados por un movimiento de tierra, podían ser “fácilmente reconectados mediante telemandos o control remoto instalados con sentido previsivo”.

         Dos cosas impresionan en el libro de Schael: que ofrece gran cantidad de fotos del acontecimiento y una rigurosa lista de los nombres y otros detalles de las víctimas.

         Casi al final de la obra, también, el autor pone una breve nota sobre una peculiar coincidencia:

 

[El doctor Fiedler] anotaba como circunstancia curiosa el hecho de que los grandes sismos que han afectado a la ciudad de Caracas se han producido generalmente después del 20 de cada mes y en luna menguante. Consultada la retrospectiva Centeno Grau, podemos citar, como ejemplo, el terremoto de Santa Úrsula, ocurrido el 21 de septiembre de 1766; el del Jueves Santo 26 de marzo de 1812, luego el del 29 de octubre de 1900, y finalmente este [...] del 29 de julio de 1967. Únicamente el terremoto de San Bernabé, que sorprendió a Caracas la mañana del 11 de junio de 1641, se presenta como una excepción. El último sismo registrado oficialmente en Caracas data del 24 de julio de 1972, día onomástico del Libertador, poco antes de las 7:00 a.m.

 

         Otra coincidencia notable parece ser la de ocurrir durante fiestas, sean patrias o religiosas, en las que los venezolanos acostumbran desinhibir su incansable espíritu parrandero y bullicioso.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLV / 17 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 10 de agosto de 2026

Un terremoto para despedir un siglo [DXLIV]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

¿Quién puede imaginarse una ola de cinco metros
aproximarse a Los Roques?

 

 

 

         Dice el Diccionario de Historia de Venezuela de la Fundación Empresas Polar sobre los terremotos que han afectado a los venezolanos:

 

Bien sea por la narración y descripción de sus efectos o por la interpretación de los registros sismográficos, en los cuatro siglos y medio subsiguientes a 1530, se tiene conocimiento de varios miles de sismos con epicentro en territorio venezolano o en regiones adyacentes; de ellos unos 130 ha ocasionado algún tipo de destrucción en localidades venezolanas.

 

         De esos 130, el del 29 de octubre del año 1900, el último del siglo XIX, también conocido como el Terremoto de San Narciso, es apenas el número 29. Tuvo una magnitud de 7,6 y, aunque gracias a Dios murieron menos de 60 personas, el movimiento alcanzó a casi todo el país y causó graves destrozos. Aquel día se reportaron daños en lugares tan distantes entre sí como Mérida y la actual Amazonas, Táchira y Anzoátegui, Lara y las Dependencias Federales —olas de cinco metros de altura invadieron las islas de Los Roques—. En Camurí, según científicos de la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas, se abrió en el suelo una grieta de 300 metros de ancho.

         Fue tan significativo que este suceso sísmico que dio inicio de la historia científicamente disciplinada de la sismología en Venezuela.

         Hoy, para seguir la costumbre de escoger un texto literario que nos hable del “terremoto de la semana”, vamos a leer un cuento escrito por Francisco Jiménez Arraiz (1868-1927) que se titula “Esfuminea” y fue publicado en la afamada revista El Cojo Ilustrado (número 215) un mes después del terremoto:

 

Esfuminea

(Después del terremoto)

 

A la señorita Lola Sarría

 

La mañanita tibia y el ciento oscuro.

Un profundo sobresalto en los semblantes y en las calles una profunda lobreguez.

Al sur los cerros cenicientos, destacándose en un horizonte plomizo.

Al norte el Ávila, pensativo y lóbrego, en una gasa blanca envuelta la cabeza melenuda, cual si reposar quisiera en el sopor de un largo insomnio o después del cansancio de una siniestra pesadilla.

Caracas está desierta y triste y un aspecto funeral denuncia la viudez de la gran ciudad.

En una de las plazas reposan las familias, en tiendas de campaña, después del inmenso desastre, como una peregrinación de zíngaros en espera del nuevo día de caravana, a la hora en que se aduermen los pájaros y despiertan las estrellas junto a los muros sombríos y silenciosos de Numidia.

Una rubia de veinte años acaricia junto al seno medio abierto a un niño tan rubio como ella, que sonríe mientras ella suspirando lo contempla, y al acariciar las mejillas de la madre, jugando enjuga con la menecita inquiera la lágrima que lentamente la humedece.

Otra, con blancura de porcelana, las cejas muy negras, los ojos grandes, la mirada muy triste, el rostro muy inquieto, sentada en el suelo, los pies hundidos en el césped —parece que busca en la serenidad del viejo papaíto un refugio a su inquietud de alma histérica.

Más allá, una trigueña de amplia pupila y de encendidos labios, cubierta con un abrigo color de grana, mira con inquietud, como en ansias de algo amado, a la vecina bocacalle.

Y en una barraca mugriente, de fragmentos que fueron colchas y ramas que fueron palmas, sostiene sobre las piernas una mujer a un niño moribundo. Si en cada beso al ser amado pudiera irse un pedazo del corazón del ser que ama, todo el corazón de la madre hubiérase ido al pecho de aquel niño, que no recibe de ella sin una caricia una palabra, ni una caricia sin un beso.

De pronto, no sintió más, quizá, el temblor febril de la manecita huesuda y pálida entre las suyas regordetas y rosáceas, que se llevó a la cara la manta en que se cubría y quedose inmóvil, silenciosa, muda, después de un supremo gemido, cual un paroxismo del alma.

Y estaba como despierto el niño; una manita asida al seno maternal, y la otra bajo el cuello, hundida en la fresca melenita, y tenía inmóvil la mirada y fija en los ojos de la madre... al morir le había dejado el alma en la última sonrisa...

Y cuando se vino abajo la parad de enfrente una nube como de incendio cubrió a los dos, y envuelta por los fragmentos del muro demolido, cuando todos corrían —que temblaba— y todos gritaban en torno de ella, ella, entre los escombros y de pie, tan solo se movió para exclamar: ¡Hasta la muerte misma me deja sola!

 

Caracas, 1900

 

         Venezuela entró un mes después en el siglo XX llena de dolor, confundida y rodeada de un paisaje, urbano y rural, que no ofrecía estímulos para mucha celebración. Sin embargo, terremotos no han dejado de ocurrir y, por fortuna, se han convertido también en musa, aunque triste, para la creación literaria.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIV / 10 de agosto del 2026

 

 

 

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lunes, 3 de agosto de 2026

El terremoto que desafió a Simón Bolívar [DXLIII]

Edgardo Malaver Lárez

 

 

Ilustración del terremoto de Caracas, aparecida en el libro 
Historical Cabinet de L.H. Young en 1834

 

 

         Tan audaz como siempre fue, al terminar la guerra de Troya, Odiseo no tuvo mejor idea que desafiar a los dioses. ¡Y lo mal que le fue después! Muchos años después, apenas comenzando otra guerra, a Simón Bolívar no le vino a la mente otra ocurrencia que sentirse desafiado por la madre naturaleza, que no puede ser acusada de los mismos vaivenes emocionales que los habitantes del Olimpo. ¡Y la de dificultades que se encontró en el camino a partir de aquel día!

         Hay quienes creen que en realidad el Libertador estaba desafiando a los realistas (en Ritos 335 lo comentamos en el 2020), pero hoy nos interesa el hecho de que aquel de marzo de 1812 otro terremoto golpeó a Venezuela con una fuerza particularmente grande y, dado que comenzaba a andar el movimiento de independencia, las consecuencias también se sintieron en los campos de batalla y, ergo, en la estabilidad del joven gobierno revolucionario.

         Este lunes recurrimos a un enemigo de la causa para que nos narre el terremoto sacudió a Caracas y echó al suelo la Primera República. José Domingo Díaz (1772-1834), que pocos años después sería secretario del implacable Pablo Morillo (17-18), escribió en su ácido libro Recuerdos de la rebelión de Caracas (1829) sus impresiones sobre el ruinoso terremoto de 1812:

 

         En estos mismos días y circunstancias, acontecimientos de otro género cambiaron la faz de todos los negocios, y aquel Dios que regía a su voluntad y por su infinita sabiduría el orden de la naturaleza, descargó el brazo de su justicia sobre el territorio de la culpable Caracas.

         El Jueves Santo 26 de marzo de 1812, [...] eran las cuatro [y] el cielo de Caracas estaba extremamente claro y brillante; una calma inmensa aumentaba la fuerza de un calor insoportable; caían algunas gotas de agua sin verse la menor nube que las arrojase, y yo salí de mi casa para la santa Iglesia Catedral. Como cien pasos antes de llegar a la plaza de San Jacinto, convento del orden de Predicadores, comenzó la tierra a moverse con un ruido espantoso; corrí hacia aquella; algunos balcones de la Casa de Correos cayeron a mis pies al entrar en ella; me situé fuera del alcance de las ruinas de los edificios, y allí vi caer sobre sus fundamentos la mayor parte de aquel templo, y allí también entre el polvo y la muerte vi la destrucción de una ciudad que era el encanto de los naturales y de los extranjeros.

         A aquel ruido inexplicable sucedió el silencio de los sepulcros. En aquel momento me hallaba solo en medio de la plaza y de las ruinas; oí los alaridos de los que morían dentro del templo; subí por ellas y entré en su recinto. Todo fue obra de un instante. Allí vi como cuarenta personas, o hechas pedazos o prontas a expirar por los escombros. Volví a subirlas, y jamás se me olvidará este momento. En lo más elevado encontré a don Simón de Bolívar que en mangas de camisa trepaba por ellas para hacer el mismo examen. En su semblante estaba pintado el sumo terror o la suma desesperación. Me vio y me dirigió estas impías y extravagantes palabras: “Si se opone la naturaleza, lucharemos contra ella, y la haremos que nos obedezca”. La plaza estaba ya llena de personas que lanzaban los más penetrantes alaridos. Volví a mi casa, tomé [a] mi familia y la conduje a aquel sitio.

         Poco tiempo después de estar en ella se dio una prueba pública del delirio revolucionario. Mientras que el R. P. Prior de los Dominicos, puesto sobre una mesa en medio de la multitud asombrada y llorosa, pronunciaba una vehemente oración; mientras que el doctor don Nicolás Anzola, regidor del 19 de abril, pedía de rodillas y a gritos perdón al señor don Fernando VII; mientras que todos estábamos mirando nuestros sepulcros abiertos a nuestros pies, se presentó el mayordomo de los hospitales, don Rafael de León, con el semblante más alegre y risueño que he visto jamás, felicitando a todos “por haber tan patentemente declarado Dios su voluntad destruyendo hasta las casas hechas por los españoles”. ¡Ceguedad extrema y estado propio del espíritu cuando está apoderado del delirio de la independencia!

         Aquel movimiento eléctrico corrió en cuatro segundos y en todas direcciones un espacio de 200 leguas. Las ciudades de San Felipe, Barquisimeto y Mérida cayeron por sus fundamentos, y pereció una gran parte de sus habitantes, y de las tropas acantonadas en ellas. Los pueblos de la Guayra, Mayquetía y Chacao tuvieron igual suerte; la mitad de las casas de la ciudad de Caracas vino a tierra, y la otra mitad quedó inhabitable, o poco menos de serlo, y el resto de los pueblos tuvo también señales sensibles de la violencia del meteoro.

         El templo de la Trinidad de Caracas, que sobre robustísimos pilares sostenía una enorme bóveda, estaba situado en la parte septentrional y en lo más elevado de su gran plaza. En el extremo opuesto de ella se hallaba situada aquella misma horca en que ocho meses antes habían sido colgados los cadáveres de los fusilados en julio. Este templo inmediato al gran cuartel veterano era la Iglesia Castrense, y en el pilar de una capilla llamada de los Remedios, destinada al servicio eclesiástico de los militares, estaba pintado el escudo de las Reales Armas de España. Este templo cayó sobre sus mismos fundamentos; fue un hundimiento: ni una pequeña piedra salió fuera de su área, y solo un gran pedazo de uno de aquellos pilares saltó con la violencia de la caída, rodó por la plaza en dirección a la horca, tropezó con ella y la derribó. Solo quedó en pie el pilar de las armas que se descubrían desde todas partes por sobre aquel montón de ruinas. El batallón veterano habla sido reformado: las compañías de fusileros eran compuestas de americanos, y la de granaderos de todos los españoles europeos que anteriormente estaban repartidos en aquellas. Era costumbre hallarse esta compañía, por la solemnidad de aquel día, en las puertas de la santa Iglesia Catedral y en la procesión de la tarde. Esto la salvo; mucha parte de las demás y de la artillería y zapadores que pasaban lista en el cuartel perecieron bajo sus ruinas.

         El Gobierno [presidido por don Francisco de Miranda] se reunió a las cinco de la tarde en la plaza de la Catedral para tomar providencias en aquella calamidad espantosa, y la primera que tomó fue la más propia para consumar la desgracia. Dispuso que se abandonase la ciudad por todos sus habitantes, situándose en sus inmediaciones, e hizo así entregar las fortunas de todos a un enjambre de ladrones que en aquella noche robaron cuanto quisieron en las casas abandonadas y en los templos medio arruinados.

 

emalaver@gmail.com

 

 

 

Año XIV / N° DXLIII / 3 de agosto del 2026

 

 

 

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