lunes, 7 de marzo de 2016

Antepretérito, antepresente, antefuturo [XCVIII]

Edgardo Malaver



La imagen de Andrés Bello en el billete de 50 bolívares
fue sustituida por la de Simón Rodríguez en el siglo XXI


Profe, su trabajo no es complicarme la vida.
Una estudiante de Lengua Española I (2016) 

         A todo el mundo le confunden los tiempos verbales. Todos los usamos con bastante acierto, con mucha destreza, con más facilidad de lo que pareciera indicar la poca atención que les ponemos en la escuela, pero apenas llega un profesor y menciona un tiempo, a todos se nos borra todo lo que sabemos y lo que estamos por saber.
         ¿No deberían los gramáticos —me han preguntado cientos de personas dentro y fuera de la universidad— reunirse y ponerse de acuerdo para simplificar eso, para que la gente no se confunda tanto? Siempre me parece gracioso, en primer lugar porque simplificar el sistema verbal requeriría que la lengua se simplificara, lo cual requeriría que los mismos que preguntan hablaran de manera más simple; y en segundo lugar, porque eso ya existe y lo hemos tenido en casa toda la vida.
         El sistema de nomenclatura verbal ideado por Andrés Bello (1781-1865) tiene la inmejorable virtud de dar a cada tiempo un solo nombre, que se construye a partir de las solas nociones de pretérito, de presente y de futuro y su combinación únicamente con los prefijos ante-, co- y post-. No parece posible una mayor sencillez. Todo el sistema funciona basado en que las acciones suceden en un tiempo anterior, simultáneo o posterior al momento de la emisión del habla y en que el anterior y el posterior (el pretérito y el futuro) pueden ser, a su vez, anteriores, simultáneos o posteriores a otra acción. El nombre que aparece de esas combinaciones es tan significativo y a la vez tan fácil de interpretar, que por sí solo insinúa, o más bien sugiere, o más bien señala directamente en qué punto de la llamada “línea del tiempo” se ubica el tiempo verbal con respecto al presente del hablante y a otras acciones.
         En este instante, en presente, puedo decir: “Hoy escribo esta oración”. Puedo decir también: “Ayer en la mañana escribí una oración”. Pretérito. Y puedo decir: “Mañana en la tarde escribiré otra oración”. Futuro. Una vez establecidos estos puntos en la línea, puede hablarse también de tiempos anteriores al presente: “Hoy he escrito esta oración” (antepresente); al pretérito: “Ayer en la mañana, cuando hube escrito una oración...” (antepretérito), y al futuro: “Mañana en la tarde habré escrito otra oración” (antefuturo).
         Para decirlo en pocas palabras, antepresente significa lo que está justamente antes del presente, lo que ha ocurrido hace poco tiempo (lo más frecuente en España): “El viernes he conocido a tu hermano”. Pasa lo mismo con el antepretérito y el antefuturo, es cuestión de poner el verbo haber en pretérito y en futuro, respectivamente. También indica lo que ha sucedido antes al menos una vez pero puede volver a suceder en el presente o en el futuro, que es el uso más frecuente en Venezuela. Uno dice: “Esta semana he ido al Jardín Botánico tres veces” cuando aún no se ha acabado la semana, porque siempre es posible que vuelva a ir; pero se siente de todas maneras que esa repetición de acciones forma parte de un tiempo aún cercano, que no ha concluido.
         De modo que si a usted le resulta difícil, compleja, incomprensible la nomenclatura verbal de la Academia (que, además, fijó una en 1931 y otra en 1973): pretérito perfecto compuesto, potencial compuesto o perfecto, futuro perfecto, etc., quizá convenga echarle un vistazo a la clarísima clasificación de Bello, que, por si fuera poco, ha sido pensada para los hablantes de América.


emalaver@gmail.com


Año IV / N° XCVIII / 7 de marzo del 2016


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