lunes, 27 de abril de 2020

Libros análogos o digitales, o La lectura cuando no disponemos de libros [CCCI]

Sérvulo Uzcátegui Gómez


 
En la ciudad de la mitad del mundo no abundan
los libros venezolanos


 

         Mi reciente estadía en Venezuela en la Navidad pasada volvió a despertar en mí la nostalgia de leer mis autores predilectos, venezolanos muchos de ellos, los cuales no pueden hallarse en las librerías de Quito. Pero una serie de desafortunados sucesos (que serían muy largos de explicar aquí) me impidieron llevarme mis libros. Y así fue el caso que, aunque volví a mi apartamentico alquilado con un montón de vivencias, ropa de invierno de mis años en Alemania que ha resultado ser de gran utilidad aquí y un montón de documentos que pude rescatar oportunamente, una vez más volví sin libros de autores venezolanos.
         Esa circunstancia me hizo retomar mis lecturas en formato digital, es decir, en los formatos .doc, .docx, .epub y .pdf, a los que ya estaba recurriendo. A esa situación debo añadir ahora la circunstancia por todos conocida y padecida del confinamiento involuntario producto de la pandemia, que me ha hecho tomar conciencia de cuán necesarios (y a veces hasta indispensables) se han vuelto esos soportes digitales, aun cuando para mis adentros sigo siendo un hombre de libros, de los libros de toda la vida.
         Porque el libro ha sido nuestra principal fuente de acceso al conocimiento a lo largo de los siglos, y de pronto, en apenas un parpadeo del tiempo de la historia humana, aparecen los llamados libros digitales, una evolución del formato del libro que surgió con el advenimiento de las computadoras personales (en las que empecé a trabajar hace algo más de veinte años), potenciado luego por la llegada del Internet, y aún más en los últimos diez años, con el boom de los smartphones. Un hecho tan transcendente como ése volvió analógicos (o análogos, una expresión que viene del campo de la electrónica) a los viejos libros, en contraposición con los nuevos digitales. Estos últimos son los que ahora estoy leyendo. Aquí en Quito solo tengo algo más de una docena de mis viejos libros analógicos casi todos en alemán, pero una verdadera montaña de libros .docx, .epub y .pdf se agolpan en el disco duro de mi laptop, dos discos duros externos y numerosos CD y DVD de datos, en gran parte respaldos de los archivos de mis hermanas, humanistas, intelectuales y ávidas lectoras las dos, con obras de autores tan diversos como Michel Foucault, Gaston Bachelard, Maurice Blanchot, Étienne Gilson o George Steiner, y narradores tan dispares como J.R.R. Tolkien, Antonio Tabucchi, Sandor Márai o Henning Mankell. Y eso sin contar mis propios libros, autores e idiomas.
Debo confesar que, ante semejante avalancha de libros, pido a Dios que dé un empujoncito a mi disciplina personal para poder leerlos todos. Esta cuarentena de desenlace abierto es una gran oportunidad para ello, y al mismo tiempo es una situación que, al menos en lo que al ámbito personal se refiere, resuelve a modo de hecho consumado el conflicto entre lo análogo y lo digital en la lectura a favor de lo digital.

suzcategui2012@gmail.com




Año VIII / N° CCCI / 27 de abril del 2020




Otros artículos de Sérvulo Uzcátegui Gómez

jueves, 23 de abril de 2020

La eterna riña de dos hermanas siamesas [CCC]

Ninson Mora



¡FELIZ DÍA DEL IDIOMA!

 
Batalla Naval del Lago de Maracaibo (1823)



         Por un lado, la lengua, que refleja y defiende con profundo rigor las convenciones sociolingüísticas: todo aquello que ayuda a evitar el surgimiento de una cataclísmica Torre de Babel dentro de un mismo sistema de comunicación. Suele ser más cerrada y estricta, sobre todo en lo relativo a los preceptos gramaticales, pero (aunque muchas veces reacia) no cohíbe ni mucho menos prohíbe la evolución léxica, siempre y cuando esta responda a una necesidad sociolingüística real.
         Por el otro, el habla, que aunque en términos generales suele seguir a su hermana más tradicional y comedida, tiende a ser rebelde, se inclina más hacia lo informal, hacia lo sabroso de la expresión natural, pero lamentablemente también suele emplearse como excusa superficial para justificar invenciones léxicas que más que evolución (proceso al que suelen atribuírsele) parecen reflejar indolencia, descuido o incompetencia del individuo o grupo de individuos que las proponen, conduciendo ineludiblemente al empobrecimiento del medio de expresión.
         Por lo general, cuando levantamos la ceja al leer un texto, solemos evocar con marcada suspicacia y poco cariño y respeto a dos consagrados villanos de las producciones lingüísticas: el descuidado, flojo o incompetente traductor que escribe pero no traduce y la conveniente y discrecionalmente desacertada Real Academia Española.
         Palabras como compleción (hasta hace poco, la única entrada del DRAE para denotar la acción y el efecto de completar), cumplimentar e incluso compartición están registradas y debidamente expuestas en el “Libro Gordo de Petete” panhispánico, pero en realidad parecen ser muy pocos los hablantes (si es que los hay) que emplean naturalmente la palabra compleción para referirse al proceso o al efecto de completar y, en su lugar, prefieren el uso de completación, lo que por simple lógica evolutiva condujo a la reciente inclusión de este lema en el odiado pero siempre consultado diccionario de la lengua española. Siempre sentí que compleción lamentablemente había nacido con algún defecto congénito, algo pareciera faltar en esa inflexión tratándose de un término que aparentemente proviene del verbo completar. Completación, por su parte, pareciera gozar de mayor integridad morfológica y etimológica, aunque muchos sigan sintiendo que su salud fonética dista mucho de lo agradable y más aún de lo perfecto. Otro vocablo relacionado es completitud: lo defiende la lengua, lo detesta el habla. Por lo general, recurrimos a fórmulas o voces “salvadoras” como lo completo de o integridad para evitar ese completitud que nos convertiría en los hazmerreír o en los “malhablados” del grupo.
         En el caso de cumplimentar, aunque su primera acepción en el DRAE nos dice que tiene que ver con ‘hacer un cumplido’ (o algo por el estilo), suele figurar en los diccionarios bilingües como una opción para fill in, pero en realidad creo que nunca me atrevería a usar este verbo para denotar algún cumplido y muchísimo menos para dar la idea de llenar o rellenar (un formulario, por ejemplo).
         Por otra parte, compartición comparte con completación su salud lingüística, pero lamentablemente también parece producir la misma aversión fonética, lo que causa la impresión de que su uso habitual y masivo está proscrito entre los hispanohablantes. En general, desconozco la causa, porque si de la fonética dependiera, no se utilizaría tanto en Maracaibo la expresión vergación (que más bien funciona como una interjección para denotar gran asombro, sorpresa o indignación) y, sin embargo, es una palabra de uso muy común en esta ciudad del extremo occidental venezolano. El hecho es que muchos prefieren incluso usar compartir (la nominalización del infinitivo) antes que aceptar la justa pero “indigna” validez de compartición. “Este viernes tendremos un compartir en la empresa” (¡Vergación!).
         Es tan avasallante e implacable el escrutinio al que es sometida la RAE a diario por sus desaciertos, o supuestos desaciertos, que me atrevería a basar en ello la explicación para que hayan incluido recientemente en su diccionario general el adefesio lingüístico accesar, triste invención del campo de la informática (sí, muy probablemente con la decisiva ayuda del traductor descuidado, flojo e incompetente) que prefirió crear un monstruo antes que reconocer que ya existía y existe en la lengua española un verbo que puede denotar perfectamente la acción de ‘obtener acceso a’, aunque su primera acepción haya sido tradicionalmente la de ‘consentir en lo que alguien solicita o quiere’, que es el verbo acceder. “Pudo accesar el sitio web luego de varios intentos”, “Pudo acceder al sitio web luego de varios intentos”. ¿Cuál de esas dos expresiones infringe de manera subyacente la norma de la economía del lenguaje? Afortunadamente, el Diccionario Panhispánico de Dudas, de la misma RAE, sigue proscribiendo enfáticamente el uso, según ellos, del americanismo, accesar.
         Propuestas como millardo o implementar, con los infaltables pros y contras lingüísticos y extralingüísticos, parecieran responder decentemente a la tan aludida economía del lenguaje al permitir expresar con una sola palabra conceptos que (a diferencia del idioma inglés, por ejemplo) solían requerir el uso de frases nominales o verbales para su comunicación efectiva. Ahora bien, en casos como accesar y voces similares como aperturar (ámbito financiero), significancia (ámbito estadístico) y app (ámbito informático-publicitario), pareciera que la genuina necesidad lingüística inexplicablemente pierde terreno ante la indolencia del hablante y la terrible indiferencia indiscriminada del autor, el especialista o el traductor que tratan de solventar sus dificultades de expresión o comunicación con semejantes invenciones que lejos de contribuir al enriquecimiento del léxico español, parecieran empujarlo irremediablemente hacia el enorme y aterrador agujero negro de los sinsentidos.
         Otro ejemplo que ilustra claramente el constante “tira y encoge” entre la lengua y el habla, y que aprovecho para traer a colación en esta oportunidad debido a su ya frecuente y masivo uso impulsado por la ingente expansión de los servicios de mensajería instantánea y las redes sociales, es el término emocicono, perfecta contracción española de las voces emoción e icono, y las pobres traducciones emoticón o emoticono, siendo sorprendentemente este último el único de los tres vocablos que registra el DRAE hasta la fecha, con la definición de ‘representación de una expresión facial que se utiliza en mensajes electrónicos para aludir al estado de ánimo del remitente’. Aparentemente, la lengua tendría sobrados argumentos para declarar que emocicono goza de plena salud lingüística, pero caprichosamente el habla parece haber desahuciado este término en favor de sus poco evolutivas y muy revolucionarias alternativas, algo que podemos comprobar fácilmente al “googlear” (¡y vaya que es traviesa el habla!) estas tres voces.
         Ahora que lo pienso mejor, el habla podría defender a aquella tarada o perversa persona del registro civil que dio al niño el nombre oficial de “Ro-ro-roberto” en lugar de Roberto, que era como quería llamarlo originalmente su padre tartamudo (a quién la lengua literalmente le jugó una mala pasada, ¡y más aún al niño!).

eventum2006@gmail.com



23 de abril del 2020 / Año VIII / N° CCC




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lunes, 20 de abril de 2020

El drama de un lector en tiempos del virus [CCXCIX]

 Luis Roberts




 
James Joyce a la vista de todos en una calle de Dublín.
Escultura de Marjorie Fitzgibbon (1990)





         Sólo raras y justificadas veces me ha gustado escribir sobre experiencias personales, pero en el momento que estamos viviendo todo es raro y todo, en este sentido, está justificado. Los que me quieren me animan desde hace años a escribir una novela con contenido autobiográfico o una autobiografía novelada, pero o por miedo, o por esperar a vivir más y así tener más que contar, no lo he hecho, pero me da la sensación de que después de esto, de esta guerra que estamos viviendo, ya todo será otra novela para mí y para todos, así que igual me animo, si sobrevivo. Este introito no es más que una justificación de lo que voy a contar.
         Cuando yo tenía 18 o 19 años, y ya desde los 14 era un ávido lector, me arriesgué a leer el Ulises de Joyce y, para mayor inri, en inglés. Mi nivel de inglés y mi edad no daban para Joyce, así que abandoné a las pocas páginas el proyecto. Conseguí una traducción argentina, pero tampoco mi nivel de argentino era suficiente para superar la barrera de Joyce y también tuve que abandonarlo. Años, pocos, más tarde, se publicó una traducción decente y por fin conseguí leer esa maravilla.
         Esta cuarentena, que a mí en la faceta del enclaustramiento no me afecta tanto, pues mi vida normal es muy parecida: con las salvedades de la ida a la universidad y a hacer compras de alimentos, la dedico a pensar, a escribir, a corregir y, sobre todo, a leer. Hay un libro que hace años que quiero leer por mi admiración a su autor, Richard Dawkins, The God Delusion, que en Amazon vale sólo 20 euros, pero pedir hoy algo de fuera es un verdadero espejismo, porque si no nos mata el covid, nos puede matar la falta de gasolina y por lo tanto el hambre o el aburrimiento. Así que busqué en Internet (a veces me funciona), encontré y descargué una traducción española. Son 330 páginas, de las que llevo leídas 120, así que sé de lo que hablo. Es la traducción más espantosa que me he encontrado en mi vida, bueno, de las más espantosas, y lo peor es que el “traductor ad honorem” es venezolano; me di cuenta ya en la segunda o tercera página, con traducciones de un Oh, yeah!, como Sí, Luis, o con lindezas como escoñetao, entre otras huellas digitales. No digo el nombre por si alguien lo conoce y le hace pasar vergüenza. El hecho es que por masoquismo o por apego a mi oficio de corrector, no he dejado el libro a pesar de que, a veces, paso más tiempo juzgando los horrores de traducción, sintácticos, ortográficos, de puntuación, etc. que oyendo lo que me dice Dawkins, lo que me obliga a releer varias veces.
         Paradójicamente, siento por este traductor una cierta admiración: un hombre que, obviamente, sin ser traductor, ha dedicado ¡vaya usted a saber cuántas horas de su vida! a traducir un libro para subirlo a Internet con el solo objetivo de hacer llegar el mensaje de Dawkins, el mayor representante actual del ateísmo científico, a todos aquellos a quienes les interesa pero que no pueden comprar el libro. Es como los fansubs, los que suben a Internet subtítulos de series y películas “gratis et amore”, sin ningún parámetro de calidad, por supuesto, algo que es un trabajo por el que se cobra y del que vivimos miles de traductores.
         Afortunadamente tengo muchos libros físicos y virtuales con los que llenar mis horas de cuarentena, pero este, el de Dawkins, a pesar de los pesares, lo terminaré. Sí, Luis Roberts.

luisroberts@gmail.com



20 de abril del 2020 / Año VIII / N° CCXCIX



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lunes, 6 de abril de 2020

La palabra ‘cura’ no proviene del quechua [CCXCVIII]

Edgardo Malaver



Cosme Cortázar como fray Santiago rodeado
de su nueva familia en
Jericó



         Hay una escena en la película Jericó (1990), de Luis Alberto Lamata, en que un grupo de conquistadores españoles que acompañan al poderoso Ambrosio Alfínger (1500-33) en una expedición al interior del territorio venezolano desertan con el oro que le acaban de robar. Fray Santiago, capellán de la expedición y protagonista de la historia, huye con ellos asqueado de los crímenes de Alfínger. Al pasar los días, mientras el monje se aleja buscando qué comer, el jefe de los rebeldes decapita a un indio y entre todos lo asan y se lo comen. Cuando fray Santiago regresa y protesta enérgicamente ante la horrorosa escena, el asesino lo amenaza gritándole: “Estese callado, padre, que no me han enseñado mis padres a matar curas, pero en las Indias todo se puede aprender”.
         No era la primera vez que sentía yo esta carga de violencia en el uso del sustantivo cura. Lo que es más, crecí pensando que, en su sentido de sacerdote, era despectivo. Por nada del mundo me refería a los sacerdotes de mi parroquia utilizando esta palabra. Tuve esa idea hasta que en el año 2009 me mudé a Los Chaguaramos, Caracas, y comencé a ir los domingos a la cercana iglesia de San Pedro Apóstol, y ahí el párroco, Miguel Acevedo, nunca utilizaba otra forma para referirse a sí mismo. De modo que un día que tuve el diccionario entre manos —sí, el de papel— y me acordé del asunto, busqué la palabra cura y descubrí que había estado equivocado.
         Lo que no supe entonces es que existe la idea (incluso entre gente que escribe sobre etimología) de que cura proviene de kuraka, una palabra quechua que, al menos durante el período incaico, equivalía a ‘jefe de una comunidad’, ‘el de mayor edad’, ‘sabio’. Un sacerdote católico es también el líder de una comunidad, pero es fácil ver el error (hasta se lo puede llamar falacia): los curas existen desde siglos y siglos antes de que los españoles, que los trajeron a este lado del mar, llegaran a los territorios de habla quechua. Y ya se llamaban curas cuando llegaron. Antonio de Nebrija (1441-1522) ya utilizaba esta palabra en el sentido actual en sus libros de gramática.
         El español toma su cura del latín, en el cual equivalía a ‘cuidado’, ‘inquietud’, ‘solicitud’, ‘ocupación’, sentidos que también hemos tenido en el pasado. En Roma también significó ‘administración pública’, ‘cargo u obra públicos’, y, como sustantivo concreto, ‘guardián’, ‘intendente’. Así lo usaron, por ejemplo, Suetonio (70-140) en De vita caesarum (universum denique genus operas aliquas publico spectaculo praeventium etiam cura sua dignatus est [sin excepción, todos los que dedicaban su industria a los espectáculos públicos le parecían dignos de su cuidado]), Salustio (86-35 antes de Cristo) en Historiarum fragmentis (dii boni! Qui hanc urbem omissa cura adhuc regitis [¡Oh, dioses, cuya providencia, aun cuando parece dormitar, gobierna esta ciudad!]) y Tácito (56-120) en Historiarum libri (plus apud socordem animum laetitia quam cura valuit [al final pudo más en aquel holgazán la alegría que las preocupaciones]).
         De la misma raíz de cura tenemos hoy palabras como curar, curación, curandero, curioso, procurar, procura, procurador, incuria, curador, curaduría, y también, claro, curato y curia. ¿Cómo fue que cura llegó a transformarse en sinónimo de sacerdote? A los párrocos se les encomienda la “cura de almas”, es decir, el cuidado espiritual de sus feligreses. Y así, metonímicamente, también es cura el individuo que ocupa ese cargo. Idealmente es para eso que se preparan en el seminario, por lo cual para ellos es un término regular, no peyorativo. Sólo yo no me había percatado; sin embargo, no veo la posibilidad de que cura haya derivado de kuraka. Esa semejanza de forma y de fondo entre la palabra quechua y la española es una casualidad.
         En Jericó, después de desertar con los españoles rebeldes, fray Santiago deserta también de ellos. Y al final deja de ser cura, absorbido por la selva y la forma de vivir de los indios que lo acogen. Es decir, encontró su lugar en el mundo. De igual manera, siento yo que las palabras, después de tantas búsquedas y deserciones, después de todos los tropiezos y todos los retornos, van encontrando su lugar en nuestra mente y nuestra vida.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCXCVIII / 6 de abril del 2020




Otros artículos de Edgardo Malaver:


lunes, 30 de marzo de 2020

Los chinos y el virus chino [CCXCVII]

Edgardo Malaver
 
 
 
Los inventos chinos parecen los más sencillos...
y los más bellos
 
 
 
         Siempre compadezco a los muchachos que estudian bachillerato en China. Tienen que estudiar lo mismo que tenemos que estudiar los demás, pero con profesores que les exigen una disciplina mayor —es la reputación de los maestros de aquel lado del mundo— y, además, con clases de historia nacional que abarcan más de 5.000 años. En Venezuela, es poco lo que hay que estudiar antes de la llegada de Cristóbal Colón. Y de Colón en adelante, acabamos de pasar los 500 años, de los cuales los atractivos son los últimos 200. Pan comido para los chinos, cuya historia en realidad comienza mucho antes del nacimiento del Hombre de Pekín.
         Sin embargo, basta decir la palabra chino en cualquier otro lugar del mundo para que se abra en todas las imaginaciones un anchísimo abanico de connotaciones, cuando menos, burlonas, discriminatorias, peyorativas. ¿Qué han hecho los chinos para merecer semejante fama?
         Para merecerlo, en realidad no han hecho nada, pero como han hecho tantas cosas, cualquiera se “confunde”. Han estado presentes y activos en tantos campos que se les atribuye la invención de la tinta, del papel, de los espaguetis (¡gracias!), de la brújula, del sismógrafo, de la pólvor... ¡Ah!, tan bien que íbamos. Es entonces cuando nos vienen a la mente los errores y fechorías de la minoría china que, como en todas partes, siempre se va por el camino fácil.
         La lengua sola nos muestra la foto de lo que pueden haber hecho o dejado de hacer. La principal acepción despectiva se refiere a la lengua precisamente: hablar en chino significa hablar de modo incomprensible; un cuento chino, como dice el diccionario, es un embuste. En Cuba, chino aparece en expresiones que se refieren a cualquiera que se deja engañar con facilidad, que no entiende lo que dice o lo que está sucediendo, que preocupa u ofusca a otra persona, que complica mucho las situaciones o que tiene mala suerte; incluso es sinónimo de varicela. En Ecuador, chino es el habitante de los “barrios bajos”. En Venezuela, puede significar ‘desnudo’ y la naranja china es la mandarina (también en Puerto Rico). Una acepción de la que me entero hoy leyendo el diccionario es que en algunos países el barrio chino es aquel donde abunda la prostitución.
         Por otro lado, algunas acepciones parecen implicar inteligencia (aunque no en primer plano): las chinas se llama a ese “juego que consiste en tratar de adivinar el número total de monedas que esconden los jugadores en el puño”; cualidades curativas, como el caso de ciertas raíces; ingenio artesanal, como el colador en forma de embudo o la porcelana. Una labor muy compleja o que requiere mucha paciencia o es cosa de chinos. Nadie se acuerda de la pasmosa sencillez de los papagayos.
         Últimamente, acusan a los chinos de haber creado el coronavirus de moda; lo más sano que se oye es que todo lo hacen de mala calidad, pero cuando se les ocurre crear un virus que se toma apenas 14 días en matar a su huésped, ese invento sí les sale bueno y resistente. Y como en Wuhan ya no hay cuarentena, muchos están celosos. No puede usted creer —¿cómo es posible que haya que repetirlo?— que la expresión virus chino significa que los respetables hermanos chinos son culpables de la actual pandemia. Muchos, sobre todo en las redes sociales, no logran desprender las palabras de sus prejuicios en contra de sus semejantes. Alguna gente es más saussureana que otra.

emalaver@gmail.com
 
  
Año VIII / N° CCXCVII / 30 de marzo del 2020
 
  

lunes, 23 de marzo de 2020

La tortica* de manteca [CCXCVI]

Luisa Teresa Arenas Salas


 
Y tortica de cebada (foto: E. Malaver)



         Las canciones de cuna “venezolanas”, machistas por demás. Ya Edgardo Malaver, además de imponer el tema en más de un rito, aludió a esta característica de nuestra idiosincrasia: el “machismo”, la dependencia de la mujer por aquello de que es el hombre quien manda, quien tiene la fuerza, “el dador”, como lo escuché decir hace poco a un entrañable amigo.
         La lectura del rito número CCLVIII, “¿Quién es la viudita, la hija del rey?,  publicado el 29 de abril de 2019,  me impactó en mi reposo médico y trajo a mi mente una cancioncita que se las trae en el marco de esa controversia machismo-feminismo. Es un poema corto formado por cuatro versos octosílabos con rima consonante -eca, -eta,  -ada, -ada, aunque con cierta irregularidad de un fonema entre los versos 1 y 2: /k/ opuesto a /t/. Es la canción ideal para jugar con los bebés y enseñarlos a dar palmadas, a aplaudir.

La tortica de manteca
pa mamá que da la teta;
la tortica de cebada
pa papá que no da nada.

         El bebé la goza y aplaude haciendo gracias a su público: mamá, papá, hermanos, amigos, en fin, familia. Sin embargo, la cancioncita trae su veneno machista. ¡Ay, ay, ay! Su último verso dice: “pa papá que no da nada”. ¡¿Nada?! ¿Qué nos  inspira este verso? ¿Denuncia, crítica, reproche al padre machista que deja a la madre sola en la crianza del bebé (hijo)... que no da nada? ¿Qué significa esa nada? Dar nada.
         Veamos qué dice el diccionario sobre la palabra nada: pronombre indefinido categórico en su definición: ‘ninguna cosa, negación absoluta de las cosas, a distinción de las personas. // Cosa mínima o de muy escasa entidad’. Nunca digas nada. Nunca digas nunca. ¿Les es familiar esta expresión?
         Nada, pues,  define a ese padre tradicional  que se sale del cuarto conyugal si el bebé llora porque debe trabajar al día siguiente. Sí y no. Es el padre “dador” que mantiene el hogar, pero nada que ver con las labores caseras cotidianas. El padre que responde: “Ella no hace nada”, ante la pregunta: ¿Qué hace tu esposa? No obstante, ella se ocupa de tooodas las labores hogareñas.
         Ese “papá que no da nada” no es el padre actual, milenial, al que criamos más  consciente de la igualdad entre el hombre y la mujer en el hogar mantenido por ambos, en el que ambos trabajan en la calle y comparten las tareas hogareñas. El padre que acompaña a su pareja en el proceso de gestación y se prepara para la venida de sus hijos, tal como lo hace la mujer. El padre que acompaña a la madre en el alumbramiento de su hijo, sea parto natural o cesárea. El padre que recibe a su hijo al nacer y se lo entrega a la parturienta con toda la emoción que significa ese producto del amor de ambos, que los convierte en “equipo” (como dice mi nuera) en  la primera atención y en su crianza.
         ¿Qué hacer, entonces, con la cancioncita de marras? ¿Cómo cantar ese último verso sin que subliminalmente etiquete al padre como “irresponsable”? No resta más que cambiar el verso, crear su propia versión: “pa papá que da empanadas”, por ejemplo, “pa papá que da palmadas”, “pa papá que ríe a carcajadas”. Así la canto yo a mi cuchinieto.
         Para concluir, tal como dice Xuyen Zambrano en su rol de madre en Instagram  Arrorró, Mami, con respecto a esta canción:

Quizá me dirán exagerada pero si quiero sembrar en ellos [sus dos hijos] la idea de que el hogar se construye en equipo y de que mamá y papá cumplen con un rol importante en sus vidas, no puedo cantarle todos los días que papá no da nada.
Además, tengo dos varones y quiero que el día de mañana ellos den TODO por sus familias y sus hijos.
Así que en mi versión, varío los aliños y les invento cosas como: “Arepita de manteca pa mamá que da la teta; arepita de anís pa papá que hace reír.

         ¡A desarrollar, pues,  esa inventiva! Las canciones de cuna son un rico recurso de aprendizaje para los niños, pero hay que tener cuidado con los valores subyacentes en ellas. Solo nos resta versionarlas a voluntad con el ingenio materno... ¡y paterno!

ue.eim.ucv@gmail.com




* Digo la tortica y no arepita porque así  aprendí este poema en mi seno familiar cumanés, donde se llama torticas a lo que por estos lares llaman arepitas, específicamente si son fritas.



Año VIII / N° CCXCVI / 23 de marzo del 2020



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lunes, 16 de marzo de 2020

Cuarentena [CCXCV]

Edgardo Malaver


 
Tapaboca de los médicos contra la peste
bubónica del siglo XIV


         En 1348, una epidemia y una cuarentena que abarcó toda Asia y Europa nos dejaron una obra que influyó tanto en la literatura posterior que autores como Cervantes, que nació 200 años más tarde, todavía seguían su modelo. Las cientos de historias que contaba el mar de gente que huía de Florencia desafiando cualquier prohibición debe haber dado a Giovanni Boccaccio la idea de escribir sobre siete mujeres y tres hombres que cuentan un cuento cada uno cada noche durante diez días. A aquella cuarentena tan lejana le debemos el Decamerón.
         Los rumores sobre la peste bubónica, o peste negra, llegaron a oídos europeos más o menos dos años antes. Los consejeros del papa Clemente VI calcularon que si la enfermedad llegaba a Europa habría unos 24 millones de víctimas. La peste se había iniciado en China, y entró a Italia a bordo de los barcos que atracaban en Venecia, donde las autoridades impusieron a la tripulación la obligación de permanecer en el puerto durante cuarenta días.
         ¿Por qué precisamente cuarenta? Pues parece que la razón fue la reputación de este número, su constante aparición en relatos de acontecimientos prodigiosos o sobrenaturales. Después de todo, más que un número, el 40 resuena como un símbolo.
         Antes de que Cristo pasara cuarenta días en el desierto como prólogo para su predicación, el pueblo judío había caminado durante cuarenta años también en el desierto. Y antes aún, Moisés había acampado cuarenta días en el Monte Sinaí para recibir, firmadas por Dios, las tablas de los 10 mandamientos. Y muchísimo antes que esto, en tiempos de Noé, cayeron sobre la tierra unas lluvias diluviales durante cuarenta días, que renovaron toda la fauna y la flora del planeta. Después de resucitar, Jesús esperó aún cuarenta días antes de ascender al cielo, y ahora los cristianos observan el tiempo de Cuaresma, que dura cuarenta días. En muchos lugares, las celebraciones de la Navidad terminan el 2 de febrero, día de la Candelaria, cuarenta días después del 24 de diciembre.
         Alí Babá también tuvo su encuentro cercano con el número 40 y no le fue mal. A Phileas Fogg debe haberle ido el doble de bien en su viaje alrededor del mundo. Y a Juan Luis Guerra, que se hizo famoso acompañado del número 4.40, todo el mundo lo quiere. Así que parece ser buen número.
         Etimológicamente, en realidad, la palabra cuarentena no esconde ningún misterio: proviene de cuarenta, que viene de quadraginta, equivalente a ese número en latín, sólo que se le define como el producto de la multiplicación de cuatro por diez, más que de cinco por ocho. El verdadero misterio, al menos en el siglo XIV, era el origen real de la enfermedad, porque la medicina estaba demasiado poco desarrollada para investigarlo. Lo que sí se sabe es que se le llamó bubónica debido a los bubones (inflamaciones supurantes de los ganglios) que brotaban en las ingles, axilas y cuello.
         Ahora, siete siglos más tarde, otra epidemia le está cantando las cuarenta a los seres humanos, ya no, se presume, por causa de las ratas sino de sus primos los murciélagos, pero igualmente dentro de la cuarentena, que ya no dura cuarenta días, unos optan por el rito de las cuarenta horas y otros por el libro de cuarenta hojas.
         Otro misterio es cómo finalmente retrocedió la peste, que se dio por desaparecida en 1361, después de acabar con la vida de 85 millones personas en Asia y Europa.

emalaver@gmail.com



Año VIII / Nº CCXCV / 16 de marzo del 2020



Otros artículos de Edgardo Malaver:

lunes, 9 de marzo de 2020

¡Ay y reay! [CCXCIV]

Edgardo Malaver



El reloj de sol de La Asunción ha sido fiel
a su identidad desde 1612


         Mi madre cuenta que ella tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un fuerte zapatazo en el piso y exclamaba: “¡Ay y reay!”. No puedo dejar de pensar en aquel personaje de mi familia cuando oigo esa difícil interjección que utilizan ahora los niños (y gente adulta también) para casi todo. Se pisan un dedo con la puerta y lanzan un “¡Auch!”. Se equivocan de nombre al llamar a alguien y dicen: “¡Auch!”. Se delatan acerca de quién les hizo la tarea y exclaman: “¡Auch...!”.
         Incomprensiblemente para ellos mismos, escriben “Ouch!” y ay de aquel que insinúe que ouch es una palabra extraña para la lengua española, y mucho más si se les dice que la señal más clara de ello es que no se escribe como se pronuncia... ¡y que es dificilísima de pronunciar! Unas cuantas personas me han dicho que prefieren decir reló porque esa jota al final de la palabra reloj como que les “lengua la traba”, pero si el reloj les roza con una pared, con toda naturalidad gritan: “¡Auch!”.
         ¿Es natural en español terminar una palabra con el sonido /ch/? Las únicas dos palabras que me vienen a la mente son Múnich y sándwich, y ya ven ustedes, por encima nada más, cuán extranjeras son. Casi ni han cambiado siquiera su grafía. Y falta mencionar que muchos, como les pasa con reloj, prefieren decir Múnic y sánduche (o incluso sangüi), que parecen ya resultado del manoseo de la lengua receptora (y, por ende, muchísimo más naturales).
         La lengua española, como todas las demás, siempre ha estado expuesta a la llegada de palabras extranjeras —y ni siquiera es eso: es que hace el ridículo quien intenta detener esa inmigración—, pero nunca será absurdo sugerir que tengamos criterio, que reflexionemos, que por lo menos un instante tengamos conciencia de la forma de decir lo que decimos. La última vez que se presentó este punto en una de mis clases, me sorprendí a mí mismo (porque no me creía capaz de tan serena reflexión) diciéndoles a los estudiantes que cuando uno se niega a usar una palabra o una expresión natural de su idioma para usar una que acaba de llegar, está cediendo territorio de su propia identidad; al hacerlo, puedo parecer cool, pero también doy señales de ignorancia (al menos de la ignorancia que padeceré en el futuro cuando olvide mis propias palabras y sólo recuerde las ajenas); al preferir las palabras extranjeras, voy quedándome desnudo, voy poniendo en manos desconocidas mis claves culturales, mis formas de entender el mundo, mi conducta habitual ante los hechos cotidianos; cuando, what the fuck!, me gustan más los sonidos de otro pueblo, que ni siquiera tengo esperanzas de ir a visitar alguna vez, voy codificando mi propia historia en los términos de otros, del todo extraños para mí, de modo que un día dejaré de ser yo y seré alguien más, seré un forastero en mi propia casa, mi propia madre no me reconocerá porque ya no hablaré el idioma que ella me enseñó.
         Muchos de ustedes dirán que deseo que la gente hable como yo. ¡Dios me libre de eso! Sólo se me ocurre decir que, aunque luzca un asunto simple, es decir, sin la más leve importancia, es un problema. Y el problema no es el uso de la palabra extranjera (porque al fin y al cabo todas las palabras han sido alguna vez extranjeras, como la gente), sino el hábito de no reflexionar al seguir una moda simplemente por parecer especial, por parecer moderno, por parecer inteligente.
         El problema no es de ninguna manera la palabra ouch, escríbase como se escriba, pronúnciese como se pronuncie, porque ya llegará el momento en que se hará mayor de edad entre nosotros y le daremos documentos de ciudadanía. El problema es otro. Lo que es más, me imagino que en el futuro, algún nieto de mis hermanos les contará un día a sus hijos: “Yo tenía un tío abuelo que, a veces, para persuadir a los niños de guardar la compostura, daba un zapatazo y gritaba: “¡Auch y reauch!”.

emalaver@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIV / 9 de marzo del 2020





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lunes, 2 de marzo de 2020

Si el coronavirus llega a América Latina, corona [CCXCIII]

Sara Cecilia Pacheco


 
Este virus (se) coronó hace más de 200 años.
La coronación de Napoleón (1807), de Jacques-Louis David


         Se sabe que en América Latina no somos monarquistas, nada de coronas, lo nuestro son más las democracias demagógicas, las dictaduras. De hecho, creo que por esa razón, el virus más famoso de este verano sureño no nació aquí.
         Erróneamente llamamos coronavirus al virus que está a diario en las noticias a causa de su rápida manera de contagiarse. En realidad se trata de un tipo de coronavirus, el COVID-19, que causa problemas respiratorios y es altamente contagioso.
         Los coronavirus se llaman así por la forma de corona que tienen sus puntas, es decir, tienen unas especies de coronitas en las puntas. Estas le permiten adherirse mejor a la mucosa y llegar a los pulmones, donde se pueden replicar con éxito.
         En este lado del mundo, coronas son las cervezas o las ínfulas que alguien pueda tener: Cree que tiene corona. Como verbo, tiene mucha riqueza. Mientras que en Venezuela coronar es tener relaciones sexuales en la primera cita, en Colombia y Ecuador, coronar es llegar a tener relaciones sexuales, expresión que en Perú sería más bien campeonar. A pesar de esos matices, la acepción similar a estas que recoge el Diccionario de la Real Academia es “Dicho de una persona: Engañar a su pareja con otra persona”. Asociado a la carga semántica de sexualidad, se me ocurre que la reproducción sería coronar a lo grande.
         En América Latina, no se puede asegurar que los sistemas de salud pública estén preparados para controlar la mortalidad por virus ya conocidos. De modo que si el COVID-19 llega a nuestras tierras, ¡corona!, y corona a lo grande, que es al fin y al cabo el propósito de la vida de un virus.

sarace.pacheco@gmail.com



Año VIII / N° CCXCIII / 2 de marzo del 2020